Voltaire

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La nariz
El perro y el caballo
El ministro
La esclavitud

CUENTOS FILOSÓFICOS

La nariz

Cierto día Azora volvió de su paseo totalmente furiosa y dando grandes voces.

_¿Qué tenéis, mi querida esposa _le dijo Zadig__. ¿Quién os ha puesto de esta forma, fuera de vuestras casillas?

_¡Ay! _dijo ella_ estaríais en mi mismo estado si hubierais visto el espectáculo que acabo de contemplar. La viuda Cosrou, que hace dos días había levantado una tumba junto a un riachuelo para su joven esposo tan repentinamente fallecido, había prometido a los dioses quedarse junto a la tumba mientras las aguas del riachuelo corriesen a su lado.

_Bueno _dijo Zadig_, es una mujer que amaba verdaderamente a su marido.

_¡Pero si supierais en que se ocupaba cuando he ido a verla_ dijo Azora.

_¿En qué, querida esposa?

_Estaba ordenando que desviaran el riachuelo.

Azora prorrumpió en tantos insultos y ataques violentos contra la joven viuda, que Zadig quedó preocupado por unas demostraciones tan grandes de virtud en su esposa y decidió ponerla a prueba.

Tenía Zadig un amigo llamado Cador, que, además de merecer su mayor confianza, era un joven muy apuesto e inteligente a quien Azora miraba con buenos ojos. Así que, después de pasar Azora unos días en casa de unos parientes, encontró, al volver a su hogar, a sus criados que, entre llantos, le comunicaban que Zadig había fallecido repentinamente y lo habían enterrado en el jardín de la misma casa.

Esa misma noche Cador visitó a la desconsolada viuda para darle el pésame y llorar juntos una pérdida tan sensible. Al día siguiente, Cador volvió a visitar a Azora y ella le rogó que se quedase a comer. Cador le confió que su amigo le había dejado en testamento casi toda su hacienda y le dio a entender que su mayor dicha consistiría en compartir con ella la herencia. Tras algunas lágrimas y lamentaciones por la pérdida de su esposo, Azora reconoció que, con todo, Zadir tenía algunos defectos que no podía confesarle, pero que él , Cador, parecía un hombre mucho más íntegro.

Estando en esto, Cador se quejó de un violentísimo dolor en el bazo y la dama, inquieta y solícita, hizo traer todas sus esencias y ungüentos para ver si podía aliviarle el dolor.

_¿Hace mucho que estáis sujeto a esta cruel enfermedad? _ le preguntó.

_A veces me lleva al borde de la tumba _respondió el joven_, y sólo hay un remedio capaz de aliviarme: arrancar a un hombre recién muerto la nariz y aplicármela en el costado.

_¡Jesús, qué extraño remedio _exclamó Azora.

_No más extraño que los saquitos de hierbas del señor Arnou para curar la apoplejía.

Esta razón, unida a las prendas del joven acabaron por convencer a la dama.

_Después de todo _dijo ella_, cuando mi marido pase al otro mundo, ¿dejará el ángel Azrael de permitirle el paso porque su nariz sea menos larga en la segunda vida que en la primera?

Cogió, pues, una navaja de afeitar, fue a la tumba de su esposo, la roció con sus lágrimas, la abrió y se inclinó para cortarle la nariz. Pero en ese momento, Zadig se incorporó, agarrándole la navaja con una mano y sujetándose la nariz con la otra. Azora temblaba mientras su marido resucitado le decía:

_ Señora, no insultéis tanto a la joven viuda Cosrou. Vuestra intención de cortarme la nariz para casaros con mi amigo no es mejor que la de desviar un riachuelo.

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El perro y el caballo.

Zadig había comprobado que el primer mes de matrimonio es la luna de miel y el segundo la luna de hiel. Así que, tras repudiar a Azora, se dedicó al estudio de la naturaleza, retirándose a una casa de campo a orillas del Éufrates.

Un día, paseándose por un bosquecillo, vio correr hacia él a un eunuco de la reina, seguido de varios oficiales que parecían presas de la mayor inquietud, y que corrían de acá para allá como hombres extraviados.

_Joven _le preguntó el eunuco, ¿no habéis visto al perro de la reina?

_Es una perra, no un perro _respondió Zadig.

_Tenéis razón, es una perra _asintió el eunuco.

_Una perra podenca muy pequeña _añadió Zadig_. Ha tenido perritos hace poco; cojea de la pata izquierda y tiene las orejas muy largas.

_¿Entonces la habéis visto? _volvió a preguntar el eunuco.

_No _respondió Zadig_ en mi vida la he visto. Ni siquiera supe que la reina tuviese una perra.

Precisamente, y por una de esas casualidades extraordinarias, el caballo más hermoso de las cuadras del rey se había escapado corriendo por las llanuras de Babilonia. El montero mayor y todos los demás oficiales corrían tras él con tanta inquietud como el eunuco lo hacía tras la perra. El montero mayor se dirigió a Zadig y le preguntó si había visto pasar al caballo del rey.

_Es un caballo que galopa muy bien. Tiene dos metros de alto, los cascos muy pequeños, una cola de casi un metro de larga; las copas de su freno son de oro; sus herraduras son de plata _dijo Zadig.

_¿Qué camino ha tomado? ¿Dónde ha ido? _preguntó el montero.

_Yo no lo he visto ni nunca había oído hablar de él _dijo Zadig.

El montero mayor y el primer eunuco no tuvieron la menor duda de que Zadig había robado el caballo del rey y la perra de la reina; le hicieron llevar ante la asamblea del gran juez que le condenó a pasar el resto de sus días en Siberia. Pero inmediatamente el caballo y la perra fueron encontrados y los jueces se vieron en la necesidad de cambiar su sentencia, si bien condenaron a Zadig a pagar cuatrocientas onzas de oro por haber dicho que no había visto lo que había visto.

Tras pagar la multa le fue permitido defenderse, y lo hizo así:

_Estrellas de justicia, abismos de ciencia, espejos de verdad, que tenéis la pesadez del plomo, la dureza del hierro, el brillo del diamante y mucha afinidad con el oro. Os juro que nunca he visto la perra respetable de la reina ni el caballo sagrado del rey de reyes. Lo que ocurrió fue lo siguiente: yo paseaba por el bosquecillo donde encontré al venerable eunuco y al ilustrísimo montero mayor. Poco antes había visto las huellas de un animal y fácilmente deduje que eran las de una perra pequeña recién parida: surcos ligeros y largos, impresos en la arena entre las huellas de las patas, me permitieron saber que correspondían a los pezones de una perra cuyas tetas arrastraban, por lo que debía haber tenido cachorros recientemente. Otras huellas, en sentido diferente, que parecía haber rozado constantemente la superficie de la arena junto a las patas delanteras, me mostraron que tenía las orejas muy largas como los podencos; y como observé que la arena estaba menos pisada por una pata que por las otras tres, comprendí que la perra de nuestra augusta reina era, si se me permite decirlo, algo coja. En lo que al caballo del rey de reyes se refiere, habéis de saber que, paseando por los senderos de ese bosque, percibí marcas de las herraduras de un caballo. Todas las huellas estaban a igual distancia. "He aquí un caballo de galope perfecto", me dije. El polvo de los árboles, en un camino que no tiene más de dos metros de ancho, estaba elevado a derecha e izquierda a un metro del centro del camino. "Este caballo tiene una cola de casi un metro de largo, que, con sus movimientos a derecha e izquierda, ha barrido ese polvo", me dije. Bajo los árboles, que formaban una bóveda de dos metros de alto, vi las hojas de las ramas recién caídas, y supe que aquel caballo las había derribado y que, por tanto, medía dos metros de alto. En cuanto a su freno debe ser de oro por las huellas que dejó en una roca, así como las dejadas por las herraduras en otros guijarros me indicaron que eran de plata.

Todos los jueces quedaron admirados del profundo y sutil discernimiento de Zadig. Las noticias llegaron a oídos del rey y, aunque varios magos opinaron que había que quemar a Zadig por brujo, el rey ordenó que le devolvieran la multa de cuatrocientas onzas de oro. El escribano, los ujieres, los procuradores fueron a su casa con gran boato para devolverle sus cuatrocientas onzas; de ellas, retuvieron sólo trescientas ochenta y nueve para gastos de justicia y diez para los honorarios de los criados.

Zadir comprobó cuán peligroso es ser demasiado sabio y se prometió que, si llegaba otra ocasión, no diría nada de lo que hubiese visto.

Pero esa ocasión llegó pronto. Se escapó un prisionero del Estado y pasó bajo las ventanas de la casa de Zadig. Cuando le interrogaron, respondió que no había visto nada, pero unos vecinos demostraron que lo habían visto mirando por la ventana cuando pasaba el huido. Fue condenado por este crimen a quinientas onzas de oro, y agradeció la benevolencia de los jueces.

_¡Gran Dios _se dijo_, cuánto hay que lamentar si uno pasea por un bosque por el que han pasado la perra de la reina y el caballo del rey! ¡Y cuán peligroso es asomarse a una ventana! Qué difícil es ser feliz en esta vida.

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El ministro.

A Zadig deben las naciones el gran principio siguiente: vale más arriesgarse a salvar a un culpable que condenar a un inocente. Creía que las leyes estaban hechas tanto para ayudar a los ciudadanos como para intimidarles. Su principal talento era desenmarañar la verdad, que todos los hombres tratan de oscurecer. Y así se demostró en este pleito.

Un famoso negociante de Babilonia había muerto en las Indias; había hecho herederos suyos a partes iguales a sus dos hijos varones, tras haber dotado a su hija, dejaba un presente de treinta mil piezas de oro para aquel de los dos hijo varones que demostrase que le amaba más. El mayor le construyó una tumba suntuosa; el menor, aumentó la dote de su hermana con una cantidad notable. Todos decían:

_ El mayor es el que más ama a su padre, porque el pequeño quiere más a su hermana. Al mayor corresponden las treinta mil piezas de oro.

Zadig hizo venir a los dos y dijo al primogénito:

_ Vuestro padre no ha muerto, ha sanado de su enfermedad y regresa a Babilonia.

_Dios sea loado _respondió el hijo _, pero la tumba me ha costado muy cara.

Después Zadig hizo que entrase el pequeño y le dijo lo mismo, a lo que este respondió:

_Alabado sea Dios. Voy a devolver a mi padre cuanto tengo, pero desearía que permitiera que mi hermana conservase lo que le he dado.

_No devolveréis nada _sentenció Zadig_ y tendréis las treinta mil monedas, pues sois quien más querías a vuestro que sí ha muerto.

En otra ocasión le dijeron que una joven muy rica había hecho promesa de matrimonio con dos magos con quienes había tenido relaciones simultáneamente. Y como hubiese quedado embarazada, los dos sabios quisieron hacerla su esposa.

_Tomaré por marido a aquel que demuestre que es quien me ha puesto en situación de dar un ciudadano al mundo.

_Soy yo quien ha hecho esa buena obra _dijo el uno

_No, yo soy quien ha tenido esa dicha_ dijo el otro.

Pues bien _concluyó ella_, reconoceré por padre del niño a aquel que pueda darle la mejor educación.

Cuando ella dio a luz, los dos magos quisieron educar al niño. El pleito fue llevado ante Zadig, quien preguntó al primero de los sabios:

_¿Qué enseñarías al niño?

_Le enseñaría _respondió el mago_ las ocho partes de la oración, la dialéctica, la astrología, la demonomanía, qué es la sustancia y el accidente, lo abstracto y lo concreto, las mónadas y la armonía preestablecida.

Entonces Zadig preguntó al segundo, que dijo:

_Yo trataré de hacerle justo y digno de tener amigos.

_Seas o no el padre, tú te casarás con la madre _sentenció Zadig

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La esclavitud

(Después de distintas peripecias, Zadig es vendido como esclavo. Pero su amo, el egipcio Setoc, pronto descubre la gran inteligencia de Zadig, que le ayuda en muchos pleitos como el siguiente)

Llegado a su tribu, Setoc comenzó por pedir quinientas onzas de plata a un hebreo al que se las había prestado en presencia de dos testigos; pero aquellos dos testigos habían muerto y el hebreo se quedaba con el dinero de Setoc porque éste no tenía pruebas del préstamo. Setoc confió su problema a Zadig, que se había convertido en su consejero.

_¿En qué lugar prestasteis vuestras quinientas onzas de plata a ese infiel? _preguntó Zadig.

_En una inmensa piedra que hay junto al monte Horeb –respondió Setoc.

_¿Qué carácter tiene vuestro deudor?

_El de un bribón _respondió el amo.

_No, yo os pregunto si es un hombre burlón o flemático, avisado o imprudente.

_De todos los malos pagadores, es el más burlón y avisado que conozco.

_Pues bien _concluyó Zadig_, permitidme que yo defienda vuestra causa ante el juez.

En efecto, el tribunal citó a las dos partes para la mañana siguiente. Y habló así Zadig ante el tribunal:

_Almohada del trono de equidad, vengo a pedir a este hombre, en nombre de mi amo, quinientas onzas de plata, que no quiere devolverle.

_¿Tenéis testigos? _ preguntó el juez.

_No, están muertos, pero hay una gran piedra sobre la que fue contado el dinero: y, si place a Vuestra Grandeza ordenar que se vaya a buscar la piedra, espero que ella nos dará testimonio del trato. Entretanto, nosotros nos quedaremos aquí a la espera de que Setoc, mi amo, vaya a buscarla y la traiga.

_De acuerdo _respondió el juez. Y se puso a despachar otros pleitos.

Cuando habían pasado ya algunas horas y se acercaba el final de la audiencia, dijo el juez a Zadig:

_Y bien, ¿todavía no ha llegado vuestra piedra?

Zadig guardó silencio, pero el hebreo, riéndose, respondió:

_Ni llegará. Vuestra Grandeza se quedará aquí hasta mañana y la piedra no habrá llegado: está a más de diez kilómetros de aquí y se necesitarían dos docenas de hombres sólo para moverla.

_Pues bien _exclamó Zadig _, ya os había dicho que la piedra os daría testimonio del trato. Puesto que este hombre sabe dónde está y cuáles son sus características, esta confesando que sobre ella fue contado el dinero.

El hebreo, desconcertado, pronto fue obligado a confesar. Y el juez ordenó que fuese atado a la piedra, sin comer ni beber, hasta que hubiese devuelto todas las onzas, lo cual se apresuró a hacer el hebreo.

Así, el esclavo Zadig y la piedra ganaron gran predicamento en Arabia.

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