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Valle Inclán

Índice

Rosa de Oriente

Bestiario

El preso

El miedo

Sonata de Estío (fragmento)  

¡Malpocado!

ROSA DE ORIENTE

Tiene el andar la gracia del felino,

es toda llena de profundos ecos,

enlabia con moriscos embelecos

su boca oscura, cuencos de Aladino.

Los ojos negros, cálidos, astutos, 

triste de ciencia antigua la sonrisa,

y la falda de flores una brisa

 índicos y sagrados institutos.

Cortó su mano en un jardín de Oriente

las manzana del árbol prohibido,

y enroscada a sus senos, la Serpiente.

Decora la lujuria de un sentido

sagrado. En la tiniebla transparente

de sus ojos, la luz es un silbido. 

(AROMAS DE LEYENDA)

 

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Bestiario

¡Romántica Casa de Fieras

del Buen Retiro, he vuelto a ver

la alegría de tus banderas,

bajo la tarde, como ayer!

Y me detuve emocionado

ante aquel viejo carcamal

estilizado

en el escudo nacional.

¡Viejo león que entre las rejas

bostezando agitas la crin,

sobre tus cejas

sus arrugas puso el esplín!

El canguro antediluviano

huyó con saltos de flin_flan:

es australiano

y tiene trazas de alemán.

Temeroso esconde las crías

en el buche de acordeón:

antipatías

tiene el canguro, de embrión.

El tigre se agita ondulante

tras los hierros de su cubil:

belfo tremante,

garra rampante y ojo hostil.

¡Qué triste el oso se espereza

sobre las pajas de su coy!

¡Cuando bosteza

recuerda al conde de Tolstoy!

Tiene un gesto de omnipotencia

el leopardo bengalés,

la impertinencia

de su gesto dicta al inglés.

Sonríe el lobo tras la reja,

con su guiño de curial.
 

Rasca la oreja

y la estameña del sayal.

Y la romántica jirafa,

solterona que bebe hiel,

las rosas chafa

en la cúpula del laurel.

¡Arquitectura bizantina

imposible de razonar,

de la divina

silueta de Sara Bernhardt!

Un disparate pintoresco,

maravilloso de esbeltez,

el arabesco

del caballo del ajedrez.

Ruge encendida la pantera

su ensueño de arenas y sol,

sabe la fiera

un aljamiado de español.

Recuerda el índico elefante

los bosques sagrados de Anám,

como un faquir ebrio de bahám.

Meditaciones eruditas

que oyó Rubén alguna vez

letras sánscritas

y problemas de ajedrez.

¡Viejo elefante de Sumatra,

sueñas acaso con Belkis

con Cleopatra

o con un circo de París?

¿Añoras la torre guerrera

sobre tus hombros de titán,

o la litera

de la reina de Indostán?

¡Tú que a mi musa decadente

brindas la torre de marfil,

resplandeciente

como una noche de las Mil!...

Encumbrado sobre una rama

el triunfo del pavo_real,

es una llama

del Paraíso Terrenal.

Un ensueño de surtidores,

un cuento del viejo jardín

con los olores

de la albahaca y el jazmín.

¡El negro opio de la China

sabe tu verso ornamental,

ave divina

de un Paraíso Artificial!

El mono acrobático salta

y hace del mundo trampolín.

Mima y esmalta

cada salto con un mohín.

Y la cotorra verdigualda,

rataleando su papel

luce una falda

que fue de la Infanta Isabel!

Feminista que disparata

bajo la rama del calamac.

Bajo su pata

las ramas secas hacen crac.

A Simeón el Estilita

en penitencia sobre un pie,

desacredita

la cigüeña falta de fe.

Caricatura del milagro

en un fondo de azul añil

exprime el magro

y cabalístico perfil.

Sobre una para se arrebuja,

y en el tejado hace una oración,

como una bruja

que escapó de la Inquisición.

Esponja el flamenco la pluma

y su absurdo monumental

trémulo esfuma

sobre dos rayas de coral.

La cabra dibuja una aldea

dando vaho de la nariz.

¿Es de Judea

la aldea o de la Arabia Feliz?

La cabra contempla la vida

con los ojos muertos de luz,

una dormida

visión de Oriente en la testuz.

Y el cocodrilo faraónico

las fauces abre en el fangal

al sol que irónico

hace llorar su lacrimal.

¡Olvidada Casa de Fieras,

con los ojos de la niñez

tus quimeras

vuelvo a gozar en la vejez!

Muere la tarde. _Un rojo grito

sobre la fronda vesperal._

Y abre el círculo de su mito

el Gran Bestiario Zodiacal.

 (LA PIPA DE KIF)

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EL PRESO

Camino polvoriento del herrén amarillo

declinando la tarde. En la loma, un castillo.

Entre guardias civiles un hombre maniatado

camina. Tiene el gesto nocturno del malvado.

Sobre la frente torva como testuz de toro,

el zorongo de lienzo le pone algo de moro.

Negros y silueteados los tricornios, parejos

de la tarde poniente reciben los reflejos.

Una luz que aún define la X amarilla

del correaje. Llegan cantares de una trilla.

Detrás del prisionero corre su amancebada

el halda desprendida, la greña desgreñada.

Los ojos recelados, en los guardias civiles

están inquietos. El hito tienen en los fusiles.

Ya dibuja la luna sus  perfiles inciertos

y el grillo y la cigarra comienzan sus conciertos.

El carro rubicundo de la trilla, y el coro

de trilladores, pasa sobre la puesta de oro.

La grama pinta el rostro del tropel de atropiles

que delante del carro trenzan ritmos gentiles.

La moza castellana alza el ramo venusto

y a los mozos escapa con alborozo y susto.

Los Sénecas senectos pardillos castellanos

cobran las alegrías de Silenos romanos.

El Jaque frente al coro, con balandrón alarde

de su alma negra, reta al canto de la tarde.

Arquea la figura para cobrar aliento,

hincha el cuello robusto y da una copla al viento.

Calla el coro geórgico y corre hacia el camino

con la acucia de ver pasar al asesino.

Y saluda una voz netamente española:

_He d'ir a Medinica cuando te den piola.

(La pipa de Kif)

PULSA EN CADA NOMBRE PARA LEER POEMAS RELACIONADOS CON PRESOS O CONDENADOS:

  ROMANCE ANÓNIMO     CERVANTES    GÓNGORA    TIRSO DE MOLINA     ESPRONCEDA     ROS DE OLANO   JOSÉ MARTÍ    ANTONIO MACHADO       LEÓN FELIPE 

   DIEGO SAN JOSÉ   JORGE GUILLÉN     MIGUEL HERNÁNDEZ      GABRIEL CELAYA

             JOSÉ LUIS GALLEGO    MARCOS ANA   JOSÉ HIERRO  MARÍA BENEYTO  

ALFONSO SASTR  CARLOS ÁLVAREZ    VÁZQUEZ MONTALBÁN  

   LEOPOLDO MARÍA PANERO  

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El miedo

      Ese largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo, sólo lo he sentido una vez. Fue hace muchos años, en aquel hermoso tiempo de los mayorazgos, cuando se hacía información de nobleza para ser militar. Yo acababa de obtener los cordones de Caballero Cadete. Hubiera preferido entrar en la Guardia de la Real Persona; pero mi madre se oponía, y siguiendo la tradición familiar, fui granadero en el Regimiento del Rey. No recuerdo con certeza los años que hace, pero entonces apenas me apuntaba el bozo y hoy ando cerca de ser un viejo caduco. Antes de entrar en el Regimiento mi madre quiso echarme su bendición. La pobre señora vivía retirada en el fondo de una aldea, donde estaba nuestro pazo solariego, y allá fui sumiso y obediente. La misma tarde que llegué mandó en busca del Prior de Brandeso para que viniese a confesarme en la capilla del Pazo. Mis hermanas María Isabel y María Fernanda, que eran unas niñas, bajaron a coger rosas al jardín, y mi madre llenó con ellas los floreros del altar. Después me llamó en voz baja para darme su devocionario y decirme que hiciese examen de conciencia:

      _Vete a la tribuna, hijo mío. Allí estarás mejor.. .

      La tribuna señorial estaba al lado del Evangelio y comunicaba con la biblioteca. La capilla era húmeda, tenebrosa, resonante. Sobre el retablo campeaba el escudo concedido por ejecutorias de los Reyes Católicos al señor de Bradomín, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también el Viejo. Aquel caballero estaba enterrado a la derecha del altar. El sepulcro tenía la estatua orante de un guerrero. La lámpara del presbiterio alumbraba día y noche ante el retablo, labrado como joyel de reyes. Los áureos racimos de la vid evangélica parecían ofrecerse cargados de fruto. El santo tutelar era aquel piadoso Rey Mago que ofreció mirra al Niño Dios. Su túnica de seda bordada de oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro oriental. La luz de la lámpara, entre las cadenas de plata, tenía tímido aleteo de pájaro prisionero como si se afanase por volar hacia el Santo.

      Mi madre quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas como ofrenda de su alma devota. Después, acompañada de mis hermanas, se arrodilló ante el altar. Yo, desde la tribuna, solamente oía el murmullo de su voz, que guiaba moribunda las avemarías; pero cuando a las niñas les tocaba responder, oía todas las palabras rituales de la oración. La tarde agonizaba y los rezos resonaban en la silenciosa oscuridad de la capilla, hondos, tristes y augustos, como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la tribuna. Las niñas fueron a sentarse en las gradas del altar. Sus vestidos eran albos como el lino de los paños litúrgicos. Ya sólo distinguía una sombra que rezaba bajo la lámpara del presbiterio. Era mi madre, que sostenía entre sus manos un libro abierto y leía con la cabeza inclinada. De tarde en tarde, el viento mecía la cortina de un alto ventanal. Yo entonces veía en el cielo, ya oscura, la faz de la luna, pálida y sobrenatural como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos...

      Mi madre cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó a las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de mi madre. La luz de la lámpara temblaba con un débil resplandor sobre las manos que volvían a sostener abierto el libro. En el silencio la voz leía piadosa y lenta. Las niñas escuchaban, y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje y cayendo a los lados del rostro iguales, tristes, nazarenas. Habíame adormecido, y de pronto me sobresaltaron los gritos de mis hermanas. Miré y las vi en medio del presbiterio abrazadas a mi madre. Gritaban despavoridas. Mi madre las asió de la mano y huyeron las tres. Bajé presuroso. Iba a seguirlas y quedé sobrecogido de terror. En el sepulcro del guerrero se entrechocaban los huesos del esqueleto. Los cabellos se erizaron en mi frente. La capilla había quedado en el mayor silencio, y oíase distintamente el hueco y medroso rodar de la calavera sobre su almohada de piedra. Tuve miedo como no lo he tenido jamás, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde, y permanecí inmóvil en medio del presbiterio, con los ojos fijos en la puerta entreabierta. La luz de la lámpara oscilaba. En lo alto mecíase la cortina de un ventanal, y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas. De pronto, allá lejos, resonó festivo ladrar de perros y música de cascabeles. Una voz grave y eclesiástica llamaba:

       _¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán ... !

      Era el Prior de Brandeso que llegaba para confesarme. Después oí la voz de mi madre trémula y asustada, y percibí distintamente la carrera retozona de los perros. La voz grave y eclesiástica se elevaba lentamente, como un canto gregoriano:

       _Ahora veremos qué ha sido ello... Cosa del otro mundo no lo es, seguramente... ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán ... !

       Y el Prior de Brandeso, precedido de sus lebreles, apareció en la puerta de la capilla:

      _¿Qué sucede, señor Granadero del Rey?

      Yo repuse con voz ahogada:

      _¡Señor Prior, he oído temblar el esqueleto dentro del sepulcro ... !

      El Prior atravesó lentamente la capilla. Era un hombre arrogante y erguido. En sus años juveniles también había sido Granadero del Rey. Llegó hasta mí, sin recoger el vuelo de sus hábitos blancos, y afirmándome una mano en el hombro y mirándome la faz descolorida, pronunció gravemente:

      _ ¡Que nunca pueda decir el Prior de Brandeso que ha visto temblar a un Granadero del Rey ... !

      No levantó la mano de mi hombro, y permanecimos inmóviles, contemplándonos sin hablar. En aquel silencio oímos rodar la calavera del guerrero. La mano del Prior no tembló. A nuestro lado los perros enderezaban las orejas con el cuello espeluznado. De nuevo oímos rodar la calavera sobre su almohada de piedra. El Prior se sacudió:

      _¡Señor Granadero del Rey, hay que saber si son trasgos o brujas ... !

     Y se acercó al sepulcro y asió las dos anillas de bronce empotradas en una de las losas, aquella que tenía el epitafio. Me acerqué temblando. El Prior me miró sin despegar los labios, Yo puse mi mano sobre la suya en una anilla y tiré. Lentamente alzarnos la piedra. El hueco, negro y frío, quedó ante nosotros. Yo vi que la árida y amarillenta calavera aún se movía. El Prior alargó un brazo dentro del sepulcro para cogerla. La recibí temblando. Yo estaba en medio del presbiterio y la luz de la lámpara caía sobre mis manos. Al fijar los ojos las sacudí con horror. Tenía entre ellas un nido de culebras que se desanillaron silbando, mientras la calavera rodaba con hueco y liviano son todas las gradas del presbiterio. El Prior me miró con sus ojos de guerrero que fulguraban bajo la capucha como bajo la visera de un casco:

      _Señor Granadero del Rey, no hay absolución... ¡Yo no absuelvo a los cobardes!

      Y con rudo empaque salió sin recoger el vuelo de sus blancos hábitos talares. Las palabras del Prior de Brandeso resonaron mucho tiempo en mis oídos. Resuenan aún. ¡Tal vez por ellas he sabido más tarde sonreír a la muerte como a una mujer

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Aun hoy, con la cabeza llena de canas, viejo prematuro, no puedo recordar sin melancolía un rostro de mujer, entrevisto cierta madrugada entre Urbino y Roma, cuando yo estaba en la Guardia Noble de Su Santidad. Es una figura de ensueño, pálida y suspirante, que flota en lo pasado y esparce sobre todos mis recuerdos juveniles el perfume ideal de esas flores secas que entre cartas y rizos guardan los enamorados, y en el fondo de algún cofrecillo parecen exhalar el cándido secreto de los primeros amores.

Los ojos de la niña Chole habían removido en mi alma tan lejanas memorias, tenues como fantasmas, blancas como bañadas por la luz de la luna. Aquella sonrisa, evocadora de otra sonrisa lejana, había encendido en mi sangre tumultuosos deseos y en mi espíritu ansia vaga de amor. Rejuvenecido y feliz, con cierta felicidad melancólica, suspiraba por los amores ya vividos, al mismo tiempo que me embriagaba con el perfume de aquellas rosas abrileñas que tornaban a engalanar el viejo tronco. El corazón, tanto tiempo muerto, sentía con la ola de la savia juvenil que lo inundaba nuevamente, la nostalgia de viejas sensaciones: Sumergíase en la niebla del pasado y saboreaba el placer de los recuerdos, ese placer moribundo que amó mucho y en formas muy diversas. ¡Ay, era delicioso aquel estremecimiento que la imaginación excitada comunicaba a los nervios!... (Fragmento de Sonata de Estío)

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¡Malpocado!

                                                                                                                                 Ésta fue la mía andanza sin ventura

                                                                                      MACÍAS

      La vieja más vieja de la aldea camina con su nieto de la mano por un sendero de verdes orillas, triste y desierto, que parece aterido bajo la luz del alba. Camina encorvada y suspirante, dando consejos al niño, que llora en silencio:

      _Ahora que comienzas a ganarlo, has de ser humildoso, que es ley de dios.

      _Sí, señora, sí...

      _Has de rezar por quien te hiciere bien y por el alma de sus difuntos.

     _Sí, señora, sí...

      _En la feria de San Gundián, si logras reunir para ello, has de comprarte una capa de juncos, que las lluvias son muchas.

      _Sí, señora, sí...

      _Para caminar por las veredas has de descalzarte los zuecos.

      _Sí, señora, sí...

       Y la abuela y el nieto van anda, anda, anda... La soledad del camino hace más triste aquella salmodia infantil, que parece un voto de humildad, de resignación y de pobreza hecho al comenzar la vida. La vieja arrastra penosamente las madreñas que choclean en las piedras del camino, y suspira bajo el manteo que lleva echado por la cabeza. El nieto llora y tiembla de frío; va vestido de harapos. Es un zagal albino, con las mejillas asoleadas y pecosas: lleva trasquilada sobre la frente, como un siervo de otra edad, la guedeja lacia y pálida, que recuerda las barbas del maíz.

      En el cielo lívido del amanecer aún brillan algunas estrellas mortecinas. Un raposo que viene huido de la aldea, atraviesa corriendo el sendero. Óyese lejano el ladrido de los perros y el canto de los gallos... Lentamente el sol comienza a dorar la cumbre de los montes; brilla el rocío sobre la hierba; revolotean en tomo de los árboles, con tímido aleteo, los pájaros nuevos que abandonan el nido por vez primera; ríen los arroyos, murmuran las arboledas, y aquel camino de verdes orillas, triste y desierto, despiértase como viejo camino de geórgicas. Rebaños de ovejas suben por la falda del monte; mujeres cantando vuelven de la fuente; un aldeano de blancas guedejas pica la yunta de sus bueyes, que se detienen mordisqueando en los vallados: es un viejo patriarcal: desde larga distancia deja oír su voz:

      _¿ Vais para la feria de Barbanzón?

       _Vamos para San Amedio, buscando amo para el rapaz.

        _¿Qué tiempo tiene?

       _El tiempo de ganarlo. Nueve años hizo por el mes de Santiago.

       Y la abuela y el nieto van anda, anda, anda... Bajo aquel sol amable que luce sobre los montes, cruza por los caminos la gente de las aldeas. Un chalán asoleado y brioso trota con alegre fanfarria de espuelas y de herraduras: viejas labradoras de Cela y de Lestrove van para la feria con gallinas, con lino, con centeno. Allá, en la hondonada, un zagal alza los brazos y vocea para asustar a las cabras, que se gallardean encaramadas en los peñascales. La abuela y el nieto se apartan para dejar paso al señor arcipreste de Lestrove, que se dirige a predicar en una fiesta de aldea:

      _¡Santos y buenos días nos dé Dios!

      El señor arcipreste refrena su yegua de andadura mansa y doctoral:

       _¿ Vais de feria?

       _¡Los pobres no tenemos qué hacer en la feria! Vamos a San  Amedio buscando amo para el rapaz.

        _¿Ya sabe la doctrina?

        _Sabe, sí, señor. La pobreza no quita el ser cristiano.

     Y la abuela y el nieto van anda, anda, anda... En una lejanía de niebla azul divisan los cipreses de San Amedio, que se alzan en torno del santuario, oscuros y pensativos, con las cimas mustias ungidas por un reflejo dorado y matinal. En la aldea ya están abiertas todas las puertas, y el humo indeciso y blanco que sube de los hogares se disipa en la luz como salutación de paz. La abuela y el nieto llegan al atrio. Sentado en la puerta, un ciego pide limosna y levanta al cielo los ojos, que parecen dos ágatas blanquecinas:

      _¡Santa Lucía bendita vos conserve la amable vista y salud en el mundo para ganarlo!... ¡Dios vos otorgue que dar y que tener...! ¡Salud y suerte en el mundo para ganarlo...! ¡Tantas buenas almas del Señor como pasan, no dejarán al pobre un bien de caridad...!

      Y el ciego tiende hacia el camino la palma seca y amarillenta. La vieja se acerca Con su nieto de la mano y murmura tristemente:

      _¡Somos otros pobres, hermano...! Dijéronme que buscabas un criado...

       _Dijéronte verdad. Al que tenía enantes abriéronle la cabeza en la romería de Santa Baya de Cela. Está que loquea...

       _Yo vengo con mi nieto.

       _Vienes bien.

       El ciego extiende los brazos palpando en el aire:

        _Llégate, rapaz.

       La abuela empuja al niño, que tiembla como una oveja acobardada y mansa ante aquel viejo hosco, envuelto en un capote de soldado. La mano amarillenta y pedigüeña del ciego se posa sobre los hombros del niño, anda a tientas por la espalda, corre a lo largo de las piernas:

      _¿Te cansarás de andar con las alforjas a cuestas?

      _No, señor; estoy hecho a eso.

      _Para llenarlas hay que correr muchas puertas. ¿Tú co noces bien los caminos de las aldeas?

       _Donde no conozca, pregunto.

       _En las romerías, cuando yo eche una copla, tú tienes que responderme con otra.   ¿Sabrás?

       _En aprendiendo, sí, señor.

      _Ser criado de ciego, es acomodo que muchos quisieran.

       _Sí, señor, sí.

       _Puesto que has venido vamos hasta el Pazo de Cela. Allí hay caridad. En este paraje no se recoge ni una triste limosna.

      El ciego se incorpora entumecido, y apoya la mano en el hombro del niño, que contempla tristemente el largo camino y la campiña verde y húmeda, que sonríe en la paz de la mañana, con el caserío de las aldeas disperso y los molinos lejanos, desapareciendo bajo el emparrado de las puertas, y las montañas azules, y la nieve en las cumbres. A lo largo del campo, un zagal anda encorvado segando yerba, y la vaca de trémulas y rosadas ubres pace mansamente arrastrando el ronzal.

       El ciego y el niño se alejan lentamente, y la abuela mumura enjugándose los ojos:

        _Malpocado, nueve años y gana el pan que come!...¡Alabado sea Dios!...

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