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Rafael Sánchez Ferlosio

Y el corazón caliente

El pensil sobre el Yang Tsé o la hija del emperador

El reincidente

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Y EL CORAZÓN CALIENTE

 ESTOS DÍAS  ATRÁS, cuando hizo tantísimo frío, no se veían más que cosechas y cosechas destruidas del hielo, por toda la carretera litoral de Barcelona hasta Tortosa. Murieron inclusive muchos árboles frutales, y naranjos, y olivos. Hasta viejos olivos, ya árboles grandes, padres, se llegaron a helar, como los débiles geranios. La cosecha de flores, arrasada. Se lamentaban por sus flores los campesinos del. Panadés, de la Plana de Reus, del campo de Tarragona.

Sobrevivían los pinos marítimos bajo el cielo de acero, contra vientos glaciales que entraban de la mar a mediodía: los arbustos bravíos, agitando sus melenas verdioscuras entre los blancos peñascales, hacia las faldas del Montsant.

Y que las flores, allá penas, ya podía fastidiarse la cosecha de flores _discutía en un bar de carretera entre Vendrell y Tarragona un camionero de Aragón_. Empellones de viento oprimían la puerta de cristales y hacían crujir las maderas y vibrar los cuadrados crista1itos de colores, por toda la fachada del local. Qué gracia, ¿es que no eran también una riqueza?, ¿es que acaso no daban dinero por las flores?, que a ver si con el frío tenía perdido el sentido común. Un tercero salió con que no sería extraño, con que si aquellos fríos exagerados, tan fuera de la ley, traían a la gente trastornada con las reacciones más impropias; que a él, sin ir más lejos, le daba por la risa, por echarse a reír a carcajadas, ya tan disparatado como era tantísimo frío. Por las rendijas se metían los cuchillos de aire, al calor del ambiente empañado de alientos humanos y de vapor de cafetera, entre tufos de anhídrido carbónico y aromas de tabaco y de café. Ardía la salamandra de antracita; su largo tubo negro atravesaba el cielo del local, por encima de todas las cabezas, y salía a la calle por un agujero circular, recortado como una gatera en uno de aquellos más altos crista1itos de colores. El barman meneaba la cabeza: pues no era cosa de reírse, no, que las flores valían mucho dinero. De nuevo, el de Aragón, que por las flores era una pajarada andar llorando, cuando tantas legumbres y hortalizas, de las que sustentan las personas, se habían echado igualmente a perder; flores, para los muertos; no quiero flores _dijo_, primero son los vivos. Se volvía, al decirlo, hacia las mesas, y agitaba en el aire la cucharilla del café. Detrás jugaban a las cartas. El barman no podía estar conforme: y que las flores podían ser un lujo para aquel que las compra; pero que no lo eran para quien las produce y las vende, habiendo puesto en ellas su dinero, su inteligencia y su trabajo. Y el maño, que ya en ese plan más valía dejar de discutir; que si quería entender las cosas de esa forma, sobre esa base lo mismo podía valorar esta jarra _la levantó del mármol, mostrándola en su mano_, no ya por el servicio que le hacía, sino por lo que cualquier caprichoso antojase ofrecerle por ella, que caprichosos siempre hay. A lo que el barman replicó que si las flores eran un capricho, se trataba de un capricho bastante común, y que, si se iba a ver, la mitad de la vida son caprichos, y en ellos se gastan los hombres gran parte del dinero, y que a ver si es que él no fumaba y no iba al cine alguna vez. En esto, el de Aragón ya le estaba diciendo que no con la cabeza desde antes de saber lo que el barman le decía, y replicó que al cine, por llevar a sus hijas los domingos, pero que a él le aburría más que una misa; y respecto al fumar, el tabaco no era un capricho, sino una necesidad más necesaria que otras muchas. Entonces el que le entraba la risa por el frío, los mira a la cara a los dos: "A ver quién es más cabezota" _les dice riendo_. El barman se encoge de hombros, y ya dejaron la disputa.

El camionero se tomó una copita de ginebra, detrás del café; después enciende media faria y dice que se marcha, que se le helaba el radiador. Al cruzar el umbral sintió de golpe todo el frío, y se vuelve a los otros, se sonríe: que si también sería a lo mejor algún capricho viajar en un diíta como aquél. Le vieron, por los cristales empañados, cruzar la carretera; parecía un perrito, con aquel cuerpo que tenía, embutido en el cuero; lo vieron encaramarse a la cabina del enorme camión encarnado. Llevaba una carga de hierro, de estas formas corrientes que se emplean para la construcción.

Con que no habrían pasado un par de horas, poco más de las cuatro serían, cuando vienen dos hombres a caballo por el kilómetro cuarenta entre Reus y Tortosa, y en esto, al asomar de una revuelta, ven abajo el camión, con las ruedas al aire, salido del asfalto y recostado sobre el lado izquierdo. Pican a los caballos y llegan a él, y se apean, y allí no ven a nadie. ni señales de sangre en la cabina ni nada. La caja del camión estaba así apoyada contra un árbol, que eso fue, desde luego lo que lo perdonó de despeñarse hasta la playa; y toda la carga volcada hacia el barranco, cada hierro por su lado, esparcidos por entre las peñas de  la abrupta ladera. 

Así es que al no ver a nadie en el sitio, echan una mirada en derredor, cuando de pronto, ahí mismo, al otro lado de la carretera:  el hombrecín. Allí junto se había agazapado, en una especie de cobijo, como una garita de tierra, que hacía de terraplén; y quieto allí, sin decir nada, las manos así puestas sobre un cacho de fuego que se había organizado con cuatro palitroques y un puñado de pasto y hojas secas. Con que acuden a él y le hablan, esas preguntas que se hacen, sobre qué había pasado, si estaba herido a lo mejor, si notaba alguna cosa. Y él no los mira siquiera, ni levanta los ojos de la lumbre; no hizo más que mover la cabeza en sentido negativo; le insistieron a ver qué le pasaba _ya un poco molestos, ellos_, si precisa algo, si tienen que avisar a alguna parte, una ayuda, cualquier cosa que sea; y lo mismo, sigue el tío sin mirarles a la cara. Nada más que una mano levantó, con fastidio, señalando a las bestias, y ya por fin les suelta una arrogancia: pues sí, que enganchasen las bestias al camión, y ellos empujando por detrás; nunca se sabe;  a lo mejor entre los cuatro eran capaces de sacarlo. Ellos, oiga, esto no, no nos  ha de hablar mal, y que tendría sin duda sus razones para estar contrariado, pero ellos no hacían sino cumplir con el deber de socorrerlo, y tampoco tenían ningún derecho a recibir malas palabras. El otro, nada, echando palitos en el fuego, sin mirarlos; que agradecido _les dijo_, pero que a ver ya qué cuernos de ayuda le iban a servir, cuando ya estaba hecho el deterioro, y sucedido cuanto tenía que suceder; que prosiguiesen su camino, y a la paz. Lo miran de mala manera, ya ellos con el pie en el estribo y cogiéndose a las sillas, y le dice el más joven _hijo del otro, a lo mejor_, le dice, montando, que en fin, que ahí lo dejan; que por verlo en el trance en que se halla, no quieren tomárselo en cuenta, pero que a otro a estas alturas ya le habrían fracturado los huesos que el camión había tenido el mal gusto de no quererle fracturar. Y con esto ya pican los dos a sus caballerías y se largan sin más contemplaciones.

De forma que siguieron los dos hombres carretera adelante, y más allá se toparon con otro camión que venía para ellos, y le hacen señas de que pare. Acercó uno la bestia al camión, mientras el chofer ya bajaba el cristal de la cabina: "¿qué vols?" Venía un ayudante con él. Y a todo esto los fríos aquellos apretando, que iban a más a cada instante. Enteramente blancos salían los vapores que soltaba el tapón del radiador y los resuellos que brotaban de las narices del caballo. Pues ya el hombre les cuenta lo que hay, que ha volcado un camión allá atrás, no habrá un kilómetro, más tal y tal detalle, la forma en que el sujeto se había puesto, que no valía, la pena desde luego molestarse por tipos así, pero que se iba a congelar con aquel frío tan asesino. Y el chofer, que cómo es el hombre. Pues pequeñín, ya tendría cumplidos los cuarenta, con cara de garbanzo, un tipo atravesado, hepático, una guerrera de esas de cuero, y que le estaba la guerrera un poco grande; y el camión colorado. Se miraron los otros _se ve que ya le conocían_, y asentían sonriendo, al identificarlo por las señas que les daba de él el del caballo; y que si seguro que no estaba herido. Que no, que ni un rasguño.

Ya por fin continúan los del camión, y acto seguido se presentan en el lugar del accidente, y en esto hay ya también un Citroen allí parado, era un once-normal, del cual Citroen ya se había apeado un señor a la vera del maño, y el maño sin moverse, ni pío; en la misma postura seguía, encogido, ni mira a los que llegan _siquiera hubiese levantado la cara de la lumbre un instante: ni eso, no miró. Se apean los del camión, se acercan igualmente, y que vaya por Dios, pues cómo habrá volcado de esa forma _todo esto con buenas palabras_; y mudo, no contesta; encogerse de hombros, lo único no quiere saber nada de nada. "No, si no les contesta _advierte el del turismo_. No sé lo que le pasa; debe de estar acobardado." Miraron ellos para el hombre, y hacia el Citroen detrás de él; también venía una mujer con un gorro de lana amarillo, tras el cristal del parabrisas. Ya uno de ellos le dice al marido, o el parentesco que tuviera, le pregunta: "¿No trae usted una botella, un licor para el viaje, alguna cosa de bebida?" Asintió el del turismo, "whisky", le dice, y se acerca a por él. Y en lo que va el hombre al coche y regresa, se le ocurre al ayudante del camión tocarle al maño en el hombro con la mano, que no tenía que angustiarse, que salvado el pellejo, lo demás…, y el maño se revuelve, evitando la mano; un resorte muy brusco le hizo, como el que se la habría mordido, capaz, si no la quita a tiempo; y se dispara en qué querían con él, ¿habían volcado ellos? No. Pues cada cual por su camino, entonces. Que ni siquiera tenían que haberse parado, ¿qué venían a apiadarse de nadie?, como si él no lo supiera lo que tenía que purgar. ¿No tenían sus vehículos en regla?, ¡pues halar que se agachasen sobre otro para curiosear.

Luego ya, se ha acercado también la señora con el hombre del whisky; se inclinó hacia el maño y le ofrece un paquete de galletas cuadradas, de estas que vienen envueltas en papel celofán. La mira, y que cómo quería que él comiese galletas ahora, que cómo comprendía que un hombre se pusiese a comer una galleta en una situación como la suya; si no lo veía ella misma que no podía ser, que aquello era una equivocación. Y el marido, por lo menos el whisky le pide que se tome, ¿qué le cuesta tomarse un traguito? De beber, pues tampoco, tampoco podía beber, que no se molestasen, ¿les parecía corriente ponerse él ahora a beber o a comer galletitas? "Mire que estamos a nueve bajo cero" _le decía el del turismo. Ni eso, no quiso beber. "Déjelo, éste está un poco mal de la cabeza y se cree que nos vamos a tirar aquí horas enteras los demás, contemp1ándolo a él, hasta que quiera decidirse a ser una persona razonable." Y a todo esto no tenía ya más pa1itroques y hojas secas al alcance de la mano, y nada más había un rescoldillo de brasa debajo de él: le subía una hebra de humo azulado hacia los ojos y se los hacía llorar. Claro que sí, que se marchasen _dijo_, que no tenían necesidad de padecer el frío ni de purgar ninguna cosa allí con él; que lo dejasen, que él ya lo pasaría tal como a él sólo le pertenecía tenerlo que pasar. Y la señora, que cómo pretendía que se fuesen tranquilos; que no se podían marchar en modo alguno con aquel cargo de conciencia. "Venga, maño, levanta ya de ahí, métete en la cabina ahora mismo, o lo hacemos nosotros a la fuerza; estás entreteniendo a estos señores, estás dando la lata, te comportas como una criatura de tres años, ya sabes además que no podemos parar mucho tiempo, que los depósitos se hielan." Estaba tiritando debajo de sus ropas, y levanta los ojos y mira a la señora y ya saca una voz disminuida, por favor, que siguieran su viaje, que comprendiesen que él no podía coger1es las galletas ni el whisky de su esposo, pero que igual lo agradecía; que por él no tuviesen cuidado, que helarse no se helaba; que se hielan las plantas y las flores y los árboles, todo bicho viviente, pero que el hombre no se hiela, porque si no a ver quien queda para sufrir el castigo del frío, y para alguien tendría que estar hecho ese castigo, que se fuesen tranquilos, que no le vendría esa suerte de quedarse congelado como una coliflor, porque para eso tenía la sangre caliente, no fría como los vegetales, para poder darse cuenta de las cosas y padecer1as y purgar1as y encima vivir todavía; que allí había volcado y ya nadie podía levantarlo de pasar su castigo, aunque hubiese personas amables y buenos compañeros; y después les dio el nombre del pueblo, en la provincia de Terue1, y las señas de su casa, que allí tenían la de ellos, si pasaban un día. Ya la señora, ante aquello, se volvió hacia los otros con una mirada de inquietud, y luego miró al maño nuevamente, encogido en el suelo, tiritando, sobre la mancha negra de su lumbre apagada. "No padezcan ustedes de marcharse, señora; sin reparo ninguno" _la tranquilizó el ayudante_; "descuiden que nosotros aquí no lo dejamos". No paraba aquel aire glacial que congelaba el vaho de los cristales, formando sobre ellos dibujos de escarcha; y el maño miraba a los otros, desde abajo, con unos ojos muy abiertos, que iban de una cara a otra, atentamente, como queriendo seguir1es cada palabra y cada gesto.

Y ya se van a ir los del Citroen, y los del camión todavía diciéndole al maño que atendiese a razones, que por qué no ponía un poquito de su parte, también, para no echarse al surco de aquella manera; al fin y al cabo era un percance que todos ellos estaban expuestos a tenerlo el día menos pensado, sin que fuera tampoco de mayor gravedad, ni para acobardarse hasta tal punto y quedarse aculado en aquella zorrera; y que si tenía pensamiento de continuar así en ese plan, que entonces no se incomodase si lo cogían ellos por un brazo cada uno y lo sacaban de allí a viva fuerza. Él, que no le contasen lo que era aquel percance, que ya él lo veía por sí mismo clarísimamente, que no era tampoco una berza para pasarlo sin sentir, ni quedarse congelado lo mismo que las berzas cuando el hielo las hiela, lo mismo que el camión, ahí patas arriba, que ya ni siente ni padece, ni si estaban a nueve bajo cero como si estaban a noventa, no; a él nadie tenía que explicarle lo que era aquel castigo, porque tenía la sangre funcionando y el coraje de tanta mala sombra como le había sobrevenido. Llega en esto un ronquido de motos y aparece la pareja de Policía de Carreteras y se paran y  acuden al maño, que ya está tiritando todo él como una hoja y haciendo diente con diente, de frío. Los otros les contaron lo ocurrido a los dos policías y que se debía de haber acoquinado, a lo mejor por el susto del vuelco y por la consiguiente desazón, y se negaba a moverse de allí, por cosas raras que se imaginaba, obligaciones, vaya usted a saber. Los policías se dirigen a él, y que vamos, que se levantase, que el día no estaba para bromas ni muchísimo menos, y que se metiese en el otro camión, que a por el suyo ya mandarían una grúa, cuando fuera. El maño se revuelve, que allí la mala sombra lo había revolcado y de allí no daría un paso más, donde lo había cogido su castigo. Ya sin más, echan mano de él los  policías y lo levantan a la fuerza; él queriendo zafarse, y renegando, y ellos intentando aplacarlo y someterlo, hasta que casi a rastras y a empujones lograron ya sentarlo en la cabina del camión, entre el ayudante y el chofer, donde al cabo dejó de resistirse, agachó la cabeza y se quedó taciturno, encogido y temblando, casi enfermo de frío.

Oscurecido, llegaron al bar de carretera donde había estado el maño a mediodía, y le hicieron bajarse, los otros, y entrar en el local. Los policías habían precedido al camión, y ahora uno de ellos le indica que se siente al calor, junto a la salamandra, y al barman que le ponga un café doble, con un chorrito de coñac. Y mientras se lo pone, los otros en la barra comentan en voz baja lo ocurrido, y el maño ahí sentado, los brazos sobre el mármol de una mesa, y así fijo, que no se le cuajaba la mirada sobre ninguna cosa. Con que ya se le acerca el mismo policía, con el café con leche, y se lo deja en la mesa, humeando, delante de él, y que se anime, hombre, que no se deje enfriar le recomienda, que ya vería cómo con eso reaccionaba y entraría en seguida en calor. EL rehusó, apartó el vaso de sí con el codo, y abatió la cabeza sobre el mármol, enterrando la cara entre los brazos, y se puso a llorar seguidamente.

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El pensil sobre el Yang Tsé o la hija del emperador

       No, ella querrá seguir guardando intacta su dignidad. Tampoco hoy saldrá a dejarse ver por un instante, ni siquiera velada por el atardecer, entre los tejos y los aligustres de la alta, inaccesible balaustrada, sin importarle cuánto pueda llegar a anhelarse un céntimo de cualquier cosa en este mundo, incluso un céntimo de su propia dignidad, en donde lo concedido y recibido no sería ya siquiera ese céntimo en sí mismo (¿ quién podría hacerse nada de la dignidad ajena?), sino tan sólo el acto que lo diese; en donde la limosna no estaría ya en la cosa, sino en la limosna misma.

Tampoco hoy, ni aun fingiendo _como dejándose robar_ no saber que hace miles de tardes que la espío, consentirá en perder, con el sólo dejar adivinar su sombra, un céntimo de su dignidad, para verlo caer hasta la orilla pisada y repisada por los pies descalzos de los bateleros junto a los cañaverales despuntados y roídos por las maromas de la sirga. ¿Es que conoce hasta qué punto los ávidos y hambrientos hijos del abuso sabríamos abusar? ¿Adivina tal vez cómo repartiría yo su limosna con vosotros, diciéndoos «¡Mirad!», y cómo haríamos correr y resonar, multiplicándola, de mano en mano, de barcaza en barcaza, su moneda, aguas arriba hacia las montañas, aguas abajo hacia la mar, hasta trocarla en una fiesta inmensa? ¿Sospecha acaso que de ese solo céntimo vendría la ruina del Imperio entero?

         Hoy también, sólo el viento, una vez más, mueve los tejos y los aligustres de la alta y desierta balaustrada; sólo el viento, a quien nadie jamás sabrá imitar. Y si aún, suponiendo  lo imposible, fuese ella lo que realmente se mece entre las ramas, la imitación sería tan prodigiosa que no podría ya redundar en mengua, sino en un nuevo aumento de su dignidad.

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El reincidente

El lobo, viejo, desdentado, cano, despeluchado, desmedrado, enfermo, cansado un día de vivir y de hambrear, sintió llegada para él la hora de reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador. Noche y día caminó por cada vez más extraviados andurriales, cada vez más arriscadas serranías, más empinadas y vertiginosas cuestas, hasta donde el pavoroso rugir del huracán en las talladas cresterías de hielo se trocaba de pronto, como voz sofocada entre algodones, al entrar en la espesa cúpula de niebla, en el blanco silencio de la Cumbre Eterna. Allí, no bien alzó los ojos _nublada la visión, ya por su propia vejez, ya por el recién sufrido rigor de la ventisca, ya en fin por lágrimas mezcladas de autoconmiseración y gratitud_ y entrevió las doradas puertas de la Bienaventuranza, oyó la cristalina y penetrante voz del oficial de guardia, que así lo interpelaba: 

«¿Cómo te atreves siquiera a aproximarte a estas puertas sacrosantas, con las fauces aún ensangrentadas por tus últimas cruentas refecciones, asesino?»

 Anonadado ante tal recibimiento y abrumado de insoportable pesadumbre, volvió el lobo la grupa y, desandando el camino  que con tan largo esfuerzo había traído, se reintegró a la tierra y  a sus querencias y frecuentaderos, salvo que en adelante se guardó muy bien, no ya de degollar ovejas ni corderos, que eso la pérdida de los colmillos hacía ya tiempo se lo tenía impedido, sino incluso de repasar carroñas o mondar osamentas que otros más jóvenes y con mejores fauces hubiesen dado por suficientemente aprovechadas. Ahora, resuelto a abstenerse  de tocar cosa alguna que de lejos tuviese algo que ver con las carnes, hubo de hacerse merodeador de aldeas y caseríos, descuidero de hatos y meriendas,. Las muelas, que, aunque remeciéndosele ya las más en los alvéolos, con todo, conservaba, le permitían roer el pan; pan de panes recientes cuando la suerte daba en sonreír, pan duro de mendrugos casi siempre. Viviendo y hambreando bajo esta nueva ley permaneció, pues, en la tierra y en la vasta espesura de su monte natal por otro turno entero de inviernos y veranos, hasta que, doblemente extenuado y deseoso de descanso tras esta a modo de segunda vuelta de una antes ya larga existencia, de nuevo le pareció llegado el día de merecer reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador.   Si la ascensión hasta la Cumbre Eterna había sido ya acerba la primera vez, cuánto más se le habría vuelto ahora, de no ser por el hecho de que la disminución de vigor físico causada por aquel recargo de la vejez sobreañadido sería sin duda compensada en mayor o menor parte por el correspondiente aumento del ansia de descanso y bienaventuranza.  El caso es que de nuevo llegó a alcanzar la Cumbre  Eterna, aunque tan insegura se le había vuelto la mirada que casi no había llegado siquiera a vislumbrar las puertas de la Bienaventuranza cuando sonó  la esperada voz del  querubín de guardia:

«¿Así es que aquí estas tu otra vez, tratando de ofender, con tu sola presencia ante estas puertas, la dignidad de quienes por sus merecimientos se han hecho acreedores a franquearlas y gozar de la Eterna Bienaventuranza, pretendiéndote igualmente merecedor de postularla? ¿A tanto vuelves a atreverte tú? ¡Tú, ladrón de tahonas, merodeador de despensas, salteador de alacenas! ¡Vete! ¡Escúrrete ya de aquí, tal como siempre, por lo demás, has demostrado que sabes escurrirte, sin que te arredren cepos ni barreras ni perros ni escopetas!»

¡Quién podrá encarecer la desolación, la amargura, el abandono, la miseria, el hambre, la flaqueza, la enfermedad, la roña, que por otros más largos y más desventurados años se siguieron! Aun así, apenas osaba ya despuntar con las encías sin dientes el rizado festón de las lechugas, o limpiar con la punta de la lengua la almibarada gota que pendía del culo de los higos en la rama, o relamer, en fin, una por una, las manchas circulares dejadas por los quesos en las tablas de los anaqueles del almacén vacío. Pisaba sin pisar, como pisa una sombra, pues tan liviano lo había vuelto la flaqueza, que ya nada podía morir bajo su planta por la sola presión de la  pisada. Y al cabo volvió a cumplirse un nuevo y prolongado turno de años y, como era tal vez inevitable, amaneció por tercera vez el día en que el lobo consideró llegada para él la hora de reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador.

Partió invisible e ingrávido como una sombra, y era, en efecto, de color de sombra, salvo en las pocas partes en las que la roña no le había hecho caer  el pelo; donde lo conservaba, le relucía enteramente cano, como si todo el resto de su cuerpo se hubiese ido convirtiendo en roña, en sombra, en nada, para dejar campear más vivamente, en aquel pelo cano, tan sólo la llamada de las nieves, el inextinto anhelo de la Cumbre Eterna. Pero, si ya en los dos primeros viajes tal ascensión había sido excesiva para un lobo anciano, bien se echará de ver cuán denodado no sería el empeño que por tercera vez lo puso en el camino, teniendo en cuenta cómo, sobre aquella primera y, por así decirlo, natural vejez del primer viaje, había echado encima una segunda y aun una tercera ancianidad, y cuán sobrehumano no sería el esfuerzo con que esta vez también logró llegar. Pisando mansa, dulce, humildemente, ya sólo a tientas reconoció las puertas de la Bienaventuranza; apoyó el esternón en el umbral, dobló y bajó las ancas, adelantó las manos, dejándolas iguales y paralelas ante el pecho, y reposó final mente sobre ellas la cabeza. Al punto, tal como sospechaba, oyó la metálica voz del querubín de guardia y las palabras exactas que había temido oír:

«Bien, tú has querido, con tu propia obstinación, que hayamos acabado por llegar a una situación que bien podría y debería haberse evitado y que es para ambos igualmente indeseable. Bien lo sabías o lo adivinabas la primera vez; mejor lo supiste y hasta corroboraste la segunda; ¡y a despecho de todo te has empeñado en volver una tercera! ¡Sea, pues! ¡Tú lo has querido! Ahora te irás como las otras veces, pero esta vez no volverás jamás. Ya no es por asesino. Tampoco es por ladrón. Ahora es por lobo.»

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