Rubén Darío

índice

Manifiesto poético

Estival

Metempsícosis

Caupolicán

Sonatina

Alaba los ojos negros de Julia

Señora, amor es violento

Marcha triunfal

Los cisnes

Lo fatal

Febea

La resurrección de la rosa

D. Q

ir al índice general (web actualizada)

Manifiesto poético. Prólogo a Prosas Profanas.

      Palabras liminares

       Después de Azul... después de Los raros, voces insinuantes, buena y mala intención, entusiasmo sonoro y envidia subterránea -todo bella cosecha-  solicitaron lo que, en conciencia, no he creído fructuoso ni oportuno: un manifiesto.

      Ni fructuoso ni oportuno:

      a) Por la absoluta falta de elevación mental de la mayoría pensante de nuestro continente, en la cual impera el universal personaje clasificado  por Remy de Gourmont con el nombre de Celui-qui-ne comprend-pas.

      Celui-qui-ne-comprend-pas es entre nosotros profesor, académico  correspondiente de la Real Academia Española, periodista, abogado, poeta  rastaquouer.

      b) Porque la obra colectiva de los nuevos de América es aún vana, estando muchos de los mejores talentos en el limbo de un completo desconocimiento del mismo Arte a que se consagran.

      c) Porque proclamando, como proclamo, una estética acrática, la imposición de un modelo o de un código, implicaría una contradicción. Yo no tengo literatura «mía» -como lo ha manifestado una magistral  autoridad-, para marcar el rumbo de los demás: mi literatura es mía en mí; quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal y, paje o esclavo, no podrá ocultar sello o librea. Wagner a Augusta Holmes, su  discípula, le dijo un día: «lo primero, no imitar a nadie, y sobre todo, a mí». Gran decir.

                                                                                  *

      Yo he dicho, en la misa rosa de mi juventud, mis antífonas, mis secuencias, mis profanas prosas. -Tiempo y menos fatigas de alma y corazón me han hecho falta, para, como un buen monje artífice, hacer mis mayúsculas dignas de cada página del breviario. (A través de los fuegos  divinos de las vidrieras historiadas, me río del viento que sopla afuera, del mal que pasa). Tocad, campanas de oro, campanas de plata, tocad todos los días llamándome a la fiesta en que brillan los ojos de fuego, y las rosas de las bocas sangran delicias únicas. Mi órgano es un viejo  clavicordio pompadour, al son del cual danzaron sus gavotas alegres abuelos; y el perfume de tu pecho es mi perfume, eterno incensario de  carne, Varona inmortal, flor de mi costilla.

      Hombre soy.

                                                                                  *

      ¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre de África, o de indio chorotega o  nagrandano? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués: mas he aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de  países lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer; y a un presidente de República no podré saludarle en el idioma en que te cantaría a ti, ¡oh Halagabal! de cuya corte -oro, seda, mármol- me acuerdo en sueños...

      (Si hay poesía en nuestra América ella está en las cosas viejas, en Palenke y Utatlán, en el indio legendario, y el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro. Lo demás es tuyo, demócrata Walt Whitman.)

      Buenos Aires: Cosmópolis.

      ¡Y mañana!

    *                                                                                  

      El abuelo español de barba blanca me señala una serie de retratos  ilustres: «Este, me dice, es el gran don Miguel de Cervantes Saavedra, genio y manco; este es Lope de Vega, este Garcilaso, este Quintana». Yo le pregunto por el noble Gracián, por Teresa la Santa, por el bravo Góngora y  el más fuerte de todos, don Francisco de Quevedo y Villegas. Después exclamo: ¡Shakespeare! ¡Dante! ¡Hugo!... (Y en mi interior: ¡Verlaine...!)

       Luego, al despedirme: «Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra; mi querida, de París».

                                                                                   *

      ¿Y la cuestión métrica? ¿Y el ritmo?

      Como cada palabra tiene una alma, hay en cada verso, además de la armonía verbal, una melodía ideal. La música es sólo de la idea, muchas veces.

                                             *                                     

      La gritería de trescientas ocas no te impedirá, silvano, tocar tu encantadora flauta, con tal de que tu amigo el ruiseñor esté contento de tu melodía. Cuando él no esté para escucharte, cierra los ojos y toca para los habitantes de tu reino interior. ¡Oh pueblo de desnudas ninfas, de  rosadas reinas, de amorosas diosas!

      Cae a tus pies una rosa, otra rosa, otra rosa. ¡Y besos!

                                                                                   *

      Y, la primera ley, creador: crear. Bufe el eunuco; cuando una musa te dé  un hijo, queden las otras ocho encinta.

      R. D.

 

ir al índice

Estival

1

La tigre de Bengala,

con su lustrosa piel manchada a trechos,

está alegre y gentil, está de gala.

Salta de los repechos

de un ribazo, al tupido

carrizal de un bambú; luego, a la roca

que se yergue a la entrada de su gruta.

Allí lanza un rugido,

se agita como loca

y eriza de placer su piel hirsuta.

La fiera virgen ama.

Es el mes del ardor. Parece el suelo

rescoldo; y en el cielo

el sol, inmensa llama.

Por el ramaje oscuro

salta huyendo el canguro.

El boa se infla, duerme, se calienta

a la tórrida lumbre;

el pájaro se sienta

a reposar sobre la verde cumbre.

Siéntense vahos de horno;

y la selva africana

en alas del bochorno,

lanza, bajo el sereno

cielo, un soplo de sí. La tigre ufana

respira a pulmón lleno,

y al verse hermosa, altiva, soberana,

le late el corazón, se le hincha el seno.

Contempla su gran zarpa, en ella la uña

de marfil; luego toca

al filo de una roca,

y prueba, y lo rasguña.

Mírase luego el flanco

que azota con el rabo puntiagudo

de color negro y blanco,

y móvil y felpudo;

luego el vientre. En seguida

abre las anchas fauces, altanera

como reina que exige vasallaje;

después husmea, busca, va. La fiera

exhala algo a manera

de un suspiro salvaje.

Un rugido callado

escuchó. Con presteza

volvió la vista de uno y otro lado.

Y chispeó su ojo verde y dilatado,

cuando miró de un tigre la cabeza

surgir sobre la cima de un collado.

El tigre se acercaba.

                                                             Era muy bello.

Gigantesca la talla, el pelo fino,

apretado el ijar, robusto el cuello,

era un don Juan felino

en el bosque. Anda a trancos

callados; ve a la tigre inquieta, sola,

y le muestra los blancos

dientes, y luego arbola

con donaire la cola.

Al caminar se vía

su cuerpo ondear, con garbo y bizarría.

Se miraban los músculos hinchados

debajo de la piel. Y se diría

ser aquella alimaña

un rudo gladiador de la montaña.

Los pelos erizados

del labio relamía. Cuando andaba,

con su peso chafaba

la yerba verde y muelle;

y el ruido de su aliento semejaba

el resollar de un fuelle. [... ]

2

El príncipe de Gales, va de caza

por bosques y por cerros,

con su gran servidumbre, y con sus perros

de la más fina raza.

Acallando el tropel de los vasallos,

deteniendo traíllas y caballos,

con la mirada inquieta,

contempla a los dos tigres de la gruta

a la entrada. Requiere la escopeta,

y avanza y no se inmuta.

Las fieras se acarician. No han oído

tropel de cazadores.

A esos terribles seres,

embriagados de amores,

con cadenas de flores

se les hubiera uncido

a la nevada concha de Citeres

o al carro de Cupido.

El príncipe atrevido

adelanta, se acerca, y se para;

ya apunta y cierra un ojo; ya dispara;

ya del arma el estruendo

por el espeso bosque ha resonado.

El tigre sale huyendo,

y la hembra queda, el vientre desgarrado.

¡Oh, va a morir!... Pero  antes, débil, yerta,

chorreando sangre por la herida abierta,

con ojo dolorido,

miró a aquel cazador; lanzó un gemido

como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta.

3

Aquel macho que huyó, bravo y zahareño,

a los rayos ardiente.

del sol, en su cubil después dormía.

Entonces tuvo un sueño:

que enterraba las garras y los dientes

en vientres sonrosados

y pechos de mujer; y que engullía

por postres delicados

de comidas y cenas,

-como tigre goloso entre golosos-

unas cuantas docenas

de niños tiernos, rubios y sabrosos.

(AZUL- 1888)

PULSA EN CADA AUTOR PARA LEER POEMAS RELACIONADOS CON LAS ESTACIONES DEL AÑO:

ANÓNIMO ( POR EL MES ERA DE MAYO)

LOPE DE VEGA

MELÉNDEZ VALDÉS

ROSALÍA DE CASTRO

UNAMUNO

ANTONIO MACHADO

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

FEDERICO GARCÍA LORCA

JAIME GIL DE BIEDMA

ÁNGEL GONZÁLEZ

VÁZQUEZ MONTALBÁN

FRANCISCO BRINES

 

ir al índice

METEMPSICOSIS

Yo fui un soldado que durmió en el lecho
de Cleopatra la reina. Su blancura
y su mirada astral y omnipotente.

Eso fue todo.

¡Oh mirada! ¡oh blancura y oh aquel lecho
en que estaba radiante la blancura!
¡Oh la rosa marmórea omnipotente!

Eso fue todo.

Y crujió su espinazo por mi brazo;
y yo, liberto, hice ol
vidar a Antonio.
(¡Oh el lecho y la mirada y la blancura!)

Eso fue todo.

Yo, Rufo Galo, fui soldado, y sangre
tuve de Galia, y la imperial becerra
me dio un minuto audaz de su capricho.

Eso fue todo.

¿Por qué en aquel espasmo las tenazas
de mis dedos de bronce no apretaron
el cuello de la blanca reina en broma?

Eso fue todo.

Yo fui llevado a Egipto. La cadena
tuve al pescuezo. Fui comido un día
por los perros. Mi nombre, Rufo Galo.

Eso fue todo.

PULSA EN CADA AUTOR PARA LEER POEMAS DE TEMA SEXUAL:

POETA ANDALUSÍ (IBN JAFAYA)

FRANCISCO DE ALDANA

LUIS DE GÓNGORA

FRANCISCO DE MEDRANO

FRANCISCO DE QUEVEDO

LOPE DE VEGA

ANÓNIMO (SIGLO XVII)

SAMANIEGO

GARCÍA LORCA

MIGUEL HERNÁNDEZ

PABLO NERUDA

MARIO BENEDETTI

CARLOS MARTÍNEZ AGUIRRE

 

ir al índice

 Caupolicán

                                                                                                                        A Enrique Hernández Miyares

Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.
Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.
Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.
"¡El Toqui, el Toqui!", clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: "Basta",
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

(AZUL)

(PULSA AQUÍ PARA LEER UN POEMA DE NERUDA DEDICADO A ESTE MISMO HÉROE)

ir al índice

   Sonatina

                       La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?

                  Los suspiros se escapan de su boca de fresa,  

                  que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

                  La princesa está pálida en su silla de oro,

                  está mudo el teclado de su clave sonoro; 

                  y en un vaso olvidada se desmaya una flor.

                  El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.

                  Parlanchina, la dueña dice cosas banales,

                  y, vestido de rojo, piruetea el bufón.

                  La princesa no ríe, la princesa no siente;

                  la princesa persigue por el cielo de Oriente

                  la libélula vaga de una vaga ilusión.

                        ¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,

                  o en el que ha detenido su carroza argentina

                  para ver de sus ojos la dulzura de luz? 

                  ¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,

                  en el que es soberano de los claros diamantes,

                  o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

                            ¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa,

                  quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,

                  tener alas ligeras, bajo el cielo volar,

                  ir al sol por la escala luminosa de un rayo,

                  saludar a los lirios con los versos de Mayo,

                  o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

                       Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, 

                  ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,

                  ni los cisnes unánimes en el lago de azur.

                  Y están tristes las flores por la flor de la corte,

                  los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,

                  de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

                               ¡Pobrecita princesa de los ojos azules!

                  Está presa en sus oros, está presa en sus tules,

                  en la jaula de mármol del palacio real;

                  el palacio soberbio que vigilan los guardas,

                  que custodian cien negros con sus cien alabardas, 

                  un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

                          ¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!

                  (La princesa está triste. La princesa está pálida)

                  ¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!

                  ¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe 

                  (La princesa está pálida. La princesa está triste)

                  más brillante que el alba, más hermoso que Abril!

                        ¡Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-,

                  en caballo con alas, hacia acá se encamina,

                  en el cinto la espada y en la mano el azor, 

                  el feliz caballero que te adora sin verte,

                  y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,

                  a encenderte los labios con su beso de amor!

 Alaba los ojos negros de Julia


¿Eva era rubia? No. Con negros ojos
vio la manzana del jardín: con labios
rojos probó su miel; con labios rojos
que saben hoy más ciencia que los sabios.

Venus tuvo el azur en sus pupilas,
pero su hijo no. Negros y fieros,
encienden a las tórtolas tranquilas
los dos ojos de Eros.

Los ojos de las reinas fabulosas,
de las reinas magníficas y fuertes,
tenían las pupilas tenebrosas
que daban los amores y las muertes.

Pentesilea, reina de amazonas;
Judith, espada y fuerza de Betulia;
Cleopatra, encantadora de coronas,
la luz tuvieron de tus ojos, Julia.

La negra, que es más luz que la luz blanca
del sol, y las azules de los cielos.
Luz que el más rojo resplandor arranca
al diamante terrible de los celos.

Luz negra, luz divina, luz que alegra
la luz meridional, luz de las niñas,
de las grandes ojeras, ¡oh luz negra
que hace cantar a Pan bajo las viñas!

 PULSA EN CADA AUTOR PARA LEER UN POEMA DEDICADO A UNOS OJOS DE MUJER:

 Juan del Encina

Gutierre de Cetina

Juan Meléndez Valdés

Gustavo Adolfo Bécquer

PULSA AQUÍ PARA ESCUCHAR ESTE POEMA RECITADO POR JUAN GELMAN.

ir al índice

Señora, Amor es violento,
y cuando nos transfigura
nos enciende el pensamiento
la locura.
No pidas paz a mis brazos
que a los tuyos tienen presos:
son de guerra mis abrazos
y son de incendio mis besos;
y sería vano intento
el tornar mi mente obscura
si me enciende el pensamiento
la locura.
Clara está la mente mía
de llamas de amor, señora,
como la tienda del día
o el palacio de la aurora.
Y el perfume de tu ungüento
te persigue mi ventura,
y me enciende el pensamiento
la locura.
Mi gozo tu paladar
rico panal conceptúa,
como en el santo Cantar:
Mel et lac sub lingua tua.
La delicia de tu aliento
en tan fino vaso apura,
y me enciende el pensamiento
la locura

PULSA EN CADA POETA PARA LEER SU TEORÍA AMOROSA:

POESíA ANDALUSÍ

ARCIPRESTE DE HITA

JORGE MANRIQUE

GARCILASO

LOPE DE VEGA

QUEVEDO

BÉCQUER

GABRIELA MISTRAL

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

VICENTE ALEIXANDRE

 LUIS CERNUDA

PABLO NERUDA

MANUEL ALTOLAGUIRRE

RAFAEL MORALES

ANTONIO GAMONEDA

CARLOS ÁLVAREZ

ir al índice

MARCHA TRIUNFAL

¡Ya viene el cortejo!

¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.

La espada se anuncia con vivo reflejo;

ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.

Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes,

los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas,

la gloria solemne de los estandartes,

llevados por manos robustas de heroicos atletas.

Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros,

los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra,

los cascos que hieren la tierra,

y los timbaleros,

que el paso acompasan con ritmos marciales.

¡Tal pasan los fieros guerreros debajo los arcos triunfales!

Los claros clarines de pronto levantan sus sones,

su canto sonoro,

su cálido coro,

que envuelve en un trono de oro

la augusta soberbia de los pabellones.

Él dice la lucha, la herida venganza,

las ásperas crines,

los rudos penachos, la pica, la lanza,

la sangre que riega de heroicos carmines

la tierra;

los negros mastines

que azuza la muerte, que rige la guerra.

Los áureos sonidos

anuncian el advenimiento

triunfal de la Gloria;

dejando el picacho que guarda sus nidos,

tendiendo sus alas enormes al viento,

los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria!

Ya pasa el cortejo.

Señala el abuelo los héroes al niño:

-ved cómo la barba del viejo

los bucles de oro circundan de armiño.

Las bellas mujeres aprestan coronas de flores,

y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa;

y la más hermosa

sonríe al más fiero de los vencedores.

¡Honor al que trae cautiva

la extraña bandera!

¡Honor al herido y honor a los fieles

soldados que muerte encontraron por mano extranjera!

¡Clarines! ¡Laureles!

Las nobles espadas de tiempos gloriosos

desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros;

-las viejas espadas de los granaderos, más fuertes que osos,

hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros.

Las trompas guerreras resuenan;

de voces los aires se llenan...

A aquellas ilustres espadas

a aquellos ilustres aceros,

que encarnan las glorias pasadas...

Y al sol que hoy alumbra nuevas victorias ganadas,

y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros;

al que ama la insignia del suelo materno;

al que ha desafiado, ceñido el acero, y el arma en la mano,

los soles del rojo verano,

las nieves y vientos del gélido invierno,

la noche, la escarcha,

y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal,

¡saludan con voces de bronce las trompas de guerra

que tocan la marcha triunfal!

(CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA, 1905)

Pulsa aquí para escuchar este poema recitado por Rafael Taibo

ir al índice

 

LOS CISNES

       ¡Antes de todo, gloria a ti, Leda!

Tu dulce vientre cubrió de seda

el Dios. ¡ Miel y oro sobre la brisa!

Sonaban alternativamente

flauta y cristales. Pan y la fuente.

¡Tierra era canto, Cielo, sonrisa!

      Ante el celeste, supremo acto

dioses y bestias hicieron pacto.

se dio a la alondra la luz del día;

se dio a los búhos sabiduría,

y mediodía al ruiseñor.               

A los leones fue la victoria,

 para las águilas toda la gloria

        y a las palomas todo el amor.                               

    Pero vosotros sois los divinos

         príncipes. Vagos como las naves,

 inmaculados como los linos,

 maravillosos como las aves.

               En vuestros picos tenéis las prendas,

      que manifiestan corales puros.

                  Con vuestros pechos abrís las sendas

             que arriban indican los  Dioscuros.

                  Las dignidades de vuestros actos,

eternizadas en lo infinito,

          hacen que sean ritmos exactos,

           voces de ensueño, luces de mito.

                      De orgullo olímpico sois el resumen,

          ¡oh blancas urnas de la armonía!

                Ebúrneas joyas que anima el numen

 con su celeste melancolía.

          ¡Melancolía de haber amado,

           junto a la fuente de la arboleda,

   el luminoso cuello estirado

              entre los blancos muslos de Leda!

(Cantos de Vida y Esperanza, 1905)

ir al índice

Lo fatal

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror...

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,

ni de dónde venimos...!

( Cantos de Vida y Esperanza, 1905)

PULSA EN CADA UNO DE LOS AUTORES PARA LEER POEMAS RELACIONADOS CON LA MUERTE:

JORGE MANRIQUE

ROMANCES

LOPE DE VEGA

FRANCISCO DE QUEVEDO

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

ROSALÍA DE CASTRO

GABRIELA MISTRAL

ANTONIO MACHADO

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

MIGUEL HERNÁNDEZ

PABLO NERUDA

LUIS CERNUDA

GABRIEL CELAYA

ÁNGEL GONZÁLEZ

CARLOS ÁLVAREZ

LUIS GARCÍA MONTERO

LUIS ANTONIO DE VILLENA

ir al índice

FEBEA

I

Febea es la pantera de Nerón. Suavemente doméstica, como un enorme gato real, se echa cerca del César neurótico, que la acaricia con su mano delicada y viciosa de andrógino corrompido.

Bosteza y muestra la flexible y húmeda lengua ante la doble fila de sus dientes finos y blancos. Come carne humana, y está acostumbrada a ver a cada instante, en la mansión del siniestro semidiós de la Roma decadente, tres cosas rojas: la sangre, la púrpura y las rosas.

Un día lleva a su presencia Nerón a Leticia, nívea y joven virgen de una familia cristiana. Leticia tenía el más lindo rostro de quince años, las más adorables manos rosadas y pequeñas, ojos de una divina mirada azul; el cuerpo de un efebo que estuviese para transformarse en mujer, digno de un triunfante coro de hexámetros, en una metamorfosis del poeta Ovidio.

II

Nerón tuvo un capricho por aquella mujer: deseo poseerla por medio de su arte, de su música y de su poesía. Muda, inconmovible, serena en su casta blancura, la doncella oyó el canto del formidable imperator que se acompañaba con la lira, y cuando él, el artista del trono, hubo concluido su canto erótico y bien rimado, según las reglas de nuestro Séneca, advirtió que su cautiva, la virgen de su deseo caprichoso, permanecía muda y cándida como un lirio, como una púdica vestal de mármol.

III

Entonces el César, lleno de despecho, llamó a Febea y le señaló la víctima de su venganza. La fuerte y soberbia pantera llegó , desperezándose, mostrando las uñas brillantes y filosas, abriendo en un bostezo despacioso sus anchas fauces, moviendo de un lado a otro la cola sedosa y rápida.

Y sucedió que dijo la bestia:

_Oh emperador admirable y potente! Tu voluntad es la de un inmortal; tu aspecto se asemeja al de Júpiter; tu frente está ceñida con el laurel glorioso; pero permite que hoy te haga saber dos cosas: que nunca mis zarpas se moverán contra una mujer que como ésta derrama resplandores como una estrella, y que tus versos, dáctilos y pirriquios, han resultado detestables.

ir al índice

La resurrección de la rosa

Amiga Pasajera: voy a contarle un cuento. Un hombre tenía una rosa; era una rosa que le había brotado del corazón. ¡Imagínese usted si la vería como un tesoro, si la cuidaría con afecto, si sería para él adorable la tierna y querida flor! ¡Prodigios de Dios! La rosa era también un pájaro; parlaba dulcemente, y, a veces, su perfume era tan inefable y conmovedor como si fuera la emanación mágica de una estrella que tuviera aroma.

Un día el ángel Azrael pasó por la casa del hombre feliz, y fijó sus pupilas en la flor. La pobrecita tembló y comenzó a padecer y estar triste, porque el ángel Azrael es el pálido e implacable mensajero de la muerte. La flor, desfalleciente, ya casi sin aliento y sin vida, llenó de angustia al que en ella miraba su dicha. El hombre se volvió hacia el buen Dios, y le dijo:

_Señor, ¿para qué me quieres quitar la flor que nos diste?

Y brilló en sus ojos una lágrima.

Conmovióse el bondadoso Padre, por virtud de la lágrima paternal, y dijo estas palabras:

_Azrael, deja vivir esa rosa. Toma, si quieres, cualquiera de las de mi jardín azul.

La rosa recobró el encanto de la vida. Y ese día, un astrónomo vio, desde su observatorio, que se apagaba una estrella en el cielo.

                                                                                    (Azul, 1888)

ir al índice

                                                        D. Q.
Estamos de guarnición cerca de Santiago de Cuba.
Había llovido esa noche; no obstante el calor era excesivo.
Aguardábamos la llegada de una compañía de la nueva fuerza
venida de España, para abandonar aquel paraje en que nos
moríamos de hambre, sin luchar, llenos de desesperación y de
ira. La compañía debía llegar esa misma noche, según el aviso
recibido. Como el calor arreciase y el sueño no quisiese darme
reposo, salí a respirar fuera de la carpa. Pasada la lluvia,
el cielo se había despejado un tanto y en el fondo oscuro
brillaban algunas estrellas. Di suelta a la nube de tristes
ideas que se aglomeraban en mi cerebro. Pensé en tantas cosas
que estaban allá lejos; en la perra suerte que nos perseguía;
en que quizá Dios podría dar un nuevo rumbo a su látigo y
nosotros entrar en una nueva vía, en un rápida revancha. En
tantas cosas pensaba...

¿Cuánto tiempo pasó? Las estrellas sé que poco a poco fueron palideciendo; un aire que refrescó el campo todo sopló del lado de la aurora y ésta inició su aparecimiento, entre tanto que una diana que no sé por qué llegaba a mis oídos como llena de tristeza, regó sus notas matinales. Poco tiempo después se anunció que la compañía se acercaba. En efecto, no tardó en llegar a nosotros. Y los saludos de nuestros camaradas y los nuestros se mezclaron fraternizando en el nuevo sol. Momentos después hablábamos con los compañeros. Nos traían noticias de la patria. Sabían los estragos de las últimas batallas. Como nosotros estaban
desolados, pero con el deseo quemante de luchar, de agitarse en una furia de venganza, de hacer todo el daño posible al enemigo. Todos éramos jóvenes y bizarros, menos uno; todos nos
buscaban para comunicar con nosotros o para conversar; menos uno. Nos traían provisiones que fueron repartidas. A la hora del rancho, todos nos pusimos a devorar nuestra escasa
pitanza, menos uno. Tendría como cincuenta años, mas también podía haber tenido trescientos. Su mirada triste parecía penetrar hasta lo hondo de nuestras almas y decirnos cosas de siglos. Alguna vez que se le dirigía la palabra, casi no contestaba, sonreía melancólicamente; se aislaba, buscaba la soledad; miraba hacia el fondo del horizonte, por el lado del mar. Era el abanderado. ¿Cómo se llamaba? No oí su nombre nunca.
 

                                                         
         II.

  
  El capellán nos dijo dos días después:
     -Creo que no nos darán la orden de partir todavía. La gente se desespera de deseos de pelear. Tenemos algunos enfermos. Por fin, ¿cuándo veríamos llenarse de gloria nuestra pobre y santa bandera? A propósito: ¿Ha visto usted al abanderado? Se desvive por socorrer a los enfermos. Él no come; lleva lo suyo a los otros. He hablado con él. Es un hombre milagroso y extraño. Parece bravo y nobilísimo de corazón. Me ha hablado de sueños irrealizables. Cree que dentro de poco estaremos en Washington y que se izará nuestra bandera en el Capitolio, como lo dijo el obispo en su brindis. Le han apenado las últimas desgracias; pero confía en algo desconocido que nos ha de amparar; confía en Santiago; en la nobleza de nuestra raza, en la justicia de nuestra causa. ¿Sabe usted? Los otros seres le hacen burlas, se ríen de él. Dicen que debajo del uniforme usa una coraza vieja. Él no les hace caso. Conversando conmigo, suspiraba profundamente, miraba el cielo y el mar. Es un buen hombre en el fondo; paisano mío, manchego. Cree en Dios y es religioso. También algo poeta. Dicen que por la noche rima redondillas, se las recita solo, en voz baja. Tiene a su bandera un culto casi supersticioso. Se asegura que para las noches en vela; por lo menos, nadie le ha visto dormir. ¿Me confesará usted que el abanderado es un hombre original?.
    -Señor capellán –le dije–, he observado ciertamente algo muy original en ese sujeto, que creo por otra parte, haber visto no sé dónde. ¿Cómo se llama?.
    -No lo sé –contestome el sacerdote–. No se me ha ocurrido ver su nombre en la lista. Pero en todas sus cosas hay marcadas dos letras: D.Q.

                                                               
        III.

    A un paso del punto de donde acampábamos había un abismo. Más allá de la boca rocallosa, sólo se veía sombra.
    Una piedra arrojada rebotaba y no se sentía caer. Era un bello día. El sol caldeaba tropicalmente la atmósfera. Habíamos recibido la orden de alistarnos para marchar y probablemente ese mismo día tendríamos el primer encuentro con la tropas yanquis. En todos los rostros, dorados por el fuego furioso de aquel cielo candente, brillaba el deseo de la sangre y de la victoria. Todo estaba listo para la partida, el clarín había trazado en el aire su signo de oro. Íbamos a caminar, cuando un oficial, a todo galope, apareció por un recodo. Llamó a
nuestro jefe y habló con él misteriosamente. ¿Cómo os diré que fue aquello? ¿Jamás habéis sido aplastados por la cúpula de un templo que haya elevado vuestra esperanza? ¿Jamás habéis padecido viendo que asesinaban delante de vosotros a vuestra madre? Aquélla fue la mas horrible desolación. Era la noticia.
    Estábamos perdidos, perdidos sin remedio. No lucharíamos más. Debíamos entregarnos como prisioneros, como vencidos. Cervera estaba en poder del yanqui. La escuadra se la había tragado el mar, la habían despedazado los cañones de Norte América. No quedaba ya nada de España en el mundo que ella descubriera. Debíamos dar el enemigo vencedor las armas,
y todo; y el enemigo apareció, en la forma de un gran diablo rubio, de cabellos lacios, barba de chivo, oficial de los Estados Unidos, seguido de una escolta de cazadores de ojos azules. Y la horrible escena comenzó. Las espadas se entregaron; los fusiles también... Unos soldados juraban; otros palidecían, con los ojos húmedos de lágrimas, estallando de indignación y de vergüenza. Y la bandera... Cuando llegó el momento de la bandera, se vio una cosa que puso en todos el espanto glorioso de una inesperada maravilla. Aquel hombre extraño, que miraba profundamente con una mirada de la más amarga despedida, sin que nadie se atreviese a tocarle, fuese paso a paso al abismo y se arrojó en él. Todavía de lo negro del precipicio, devolvieron las rocas un ruido metálico, como el de una armadura.
 
                                                                         IV.
    El señor capellán cavilaba tiempo después:
    -“D.Q.”...De pronto, creí aclarar el enigma. Aquella fisonomía, ciertamente, no me era desconocida.
    -D.Q. –le dije– está retratado en este viejo libro: Escuchad. “Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada –que en eso hay alguna diferencia en los autores que de este caso
escriben– aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana”.

PULSA AQUÍ PARA ACCEDER A  UNA ANTOLOGÍA DE RELATOS DE PERSONAJES MÍTICOS, DE  MAGIA, FANTASÍA O CIENCIA FICCIÓN

ir al índice

ir al índice general (web actualizada)