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Romances
y canciones

 

ÍNDICE

La seducción de la Cava

La derrota de don Rodrigo

La penitencia de don Rodrigo

 El cerco de Zamora

La jura de Santa Gadea

Nunca fuera caballero

Por el mes era de mayo
Romance del conde Arnaldos

Abenámar, Abenámar

En Sevilla está una ermita

Levantose Gerineldo

De Francia partió la niña

Galiarda, Galiarda

 

Un sueño soñaba anoche

Parida estaba la infanta

Estase la gentil dama

Buen amor, no me deis guerra

Al alba venid, buen amigo

Ya cantan los gallos

Mis ojuelos, madre

Quien bien hila

Ondas del mar de Vigo

Muy graciosa es la doncella

La seducción de la Cava.

 Amores trata Rodrigo - descubierto ha su cuidado;

a la Cava lo decía - de quien era enamorado;

miraba su lindo rostro, - miraba su rostro alindado,

sus lindas y blancas manos - él se las está loando:

- Querría que me entendieses - por la vía que te hablo:

darte hía mi corazón - y estaría al tu mandado.

    La Cava, como es discreta, - a burlas lo había echado;

el rey hace juramento - que de veras se lo ha hablado;

todavía lo disimula - y burlando se ha excusado.

El rey va a tener la siesta - y en un retrete se ha entrado;

con un paje de los suyos - por la Cava ha enviado.

La Cava, muy descuidada, - cumplió luego a su mandado.

El rey, luego que la vido, - hale de recio apretado,

haciéndole mil ofertas, - si ella hacía su rogado.

Ella nunca hacerlo quiso, - por cuanto él le ha mandado,

y así el rey lo hizo por fuerza - con ella, y contra su grado.

La Cava se fue enojada, - y en su cámara se ha entrado.

No sabe si lo decir, - o si lo tener callado.

Cada día gime y llora, - su hermosura se va gastando.

Una doncella, su amiga, - mucho en ello había mirado,

y hablóle de esta manera, - de esta suerte le ha hablado:

- Agora siento, la Cava, - mi corazón engañado,

en no me decir lo que sientes - de tu tristeza y tu llanto.

La Cava no se lo dice, - mas al fin se lo ha otorgado.

Dice cómo el rey Rodrigo - la ha por fuerza deshonrado,

y por que más bien lo crea, - háselo luego mostrado.

La doncella, que lo vido, - tal consejo le ha dado:

- Escríbeselo a tu padre, - tu deshonra demostrando.

La Cava lo hizo luego, - como se lo ha aconsejado,

y da la carta a un doncel - que de la Cava es criado.

Embarcárase en Tarifa - y en Ceuta la hubo llevado,

donde era su padre, el conde, - y en sus manos la hubo dado.

Su madre, como lo supo, - grande llanto ha comenzado.

El conde la consolaba - con que la haría bien vengado

de la deshonra tan grande - que el rey les había causado

OTRAS VERSIONES DE LAS CAUSAS DE LA CONQUISTA DE ESPAÑA POR LOS ÁRABES DE:

 FRAY LUIS DE LEÓN 

 MIL Y UNA NOCHES

La derrota de don Rodrigo

 Las huestes de don Rodrigo   desmayaban y huían
cuando en la octava batalla   sus enemigos vencían.
Rodrigo deja sus tiendas   y del real se salía,
solo va el desventurado,   sin ninguna compañía;
el caballo de cansado   ya moverse no podía,
camina por donde quiera   sin que él le estorbe la vía.
El rey va tan desmayado   que sentido no tenía;
muerto va de sed y hambre,   de velle era gran mancilla;
iba tan tinto de sangre   que una brasa parecía.
Las armas lleva abolladas,   que eran de gran pedrería;
la espada lleva hecha sierra   de los golpes que tenía;
el almete de abollado   en la cabeza se hundía;
la cara llevaba hinchada   del trabajo que sufría.
Subióse encima de un cerro,   el más alto que veía;
desde allí mira su gente   cómo iba de vencida;
de allí mira sus banderas   y estandartes que tenía,
cómo están todos pisados   que la tierra los cubría;
mira por los capitanes,   que ninguno parescía;
mira el campo tinto en sangre,   la cual arroyos corría.
Él, triste de ver aquesto,   gran mancilla en sí tenía,
llorando de los sus ojos   desta manera decía:
«Ayer era rey de España,   hoy no lo soy de una villa;
ayer villas y castillos,   hoy ninguno poseía;
ayer tenía criados   y gente que me servía,
hoy no tengo ni una almena,   que pueda decir que es mía.
¡Desdichada fue la hora,   desdichado fue aquel día
en que nací y heredé   la tan grande señoría,
pues lo había de perder   todo junto y en un día!
¡Oh muerte!, ¿por qué no vienes   y llevas esta alma mía
de aqueste cuerpo mezquino,   pues se te agradecería?»

 

La penitencia de don Rodrigo

 

Después que el rey don Rodrigo a España perdido había,

íbase desesperado por donde más le placía.

Métese por las montañas las más espesas que vía,

porque no le hallen los moros que en su seguimiento iban.

Topado ha con un pastor que su ganado traía;

díjole: - Dime, buen hombre, lo que preguntarte quería,

¿ si hay por aquí poblado o alguna casería

donde pueda descansar, que gran fatiga traía ?

    El pastor respondío luego que en balde la buscaría,

porque en todo aquel desierto  sola una ermita había,

donde estaba un ermitaño que hacía muy santa vida.

El rey fue alegre desto por allí acabar su vida.

Pidió al hombre que le diese de comer, si algo tenía;

el pastor sacó un zurrón que siempre en él pan traía;

diole dél y de un tasajo que acaso allí echado había.

El pan era muy moreno, al rey muy mal le sabía;

las lágrimas se le salen, detener no las podía

acordándose en su tiempo los manjares que comía.

Después que hubo descansado por la ermita le pedía;

el pastor le enseñó luego por donde no erraría.

El rey le dio una cadena y un anillo que traía:

joyas son de gran valor que el rey en mucho tenía.

Comenzando a caminar, ya cerca el sol se ponía,

llegado es a la ermita que el pastor dicho le había.

Él, dando gracias a Dios, luego a rezar se metía;

hombre es de autoridad, que bien se le parescía.

Preguntóle el ermitaño cómo allí fue su venida;

el rey, los ojos llorosos, aquesto le respondía:

- El desdichado Rodrigo yo soy, que rey ser solía;

véngome a hacer penitencia contigo en tu compañía;

no recibas peasdumbre, por Dios y Santa María.

El ermitaño se espanta; por consolallo decía:

- Vos cierto habeís elegido camino cual convenía

para vuestra salvación, que Dios os perdonaría.

    El ermitaño ruega a Dios por si le revelaría

la penitencia que diese al rey, que le convenía.

Fuele luego revelado, de parte de Dios, un día,

que le meta en una tumba con una culebra viva,

y esto tome en penitencia por el mal que hecho había.

El ermitaño al rey, muy alegre se volvía;

contóselo todo al rey cómo pasado le había.

El rey, de esto muy gozoso, luego en obra lo ponía.

Métes, como Dios manda, para allí acabar su vida;

el ermitaño, muy santo, mírale al tercero día.

Dice: - ¿ Cómo os va, buen rey ?  Vaos bien con la compañía ?

- Hasta ahora no me ha tocado porque Dios no lo quería;

ruega por mí, ermitaño, porque acabe bien mi vida.

    El ermitaño lloraba, gran compasión le tenía;

comenzóle a consolar y esforzar cuanto podía.

Después vuelve el ermitaño a ver ya si muerto había;

halló que estaba rezando y que gemía y plañía.

Preguntóle cómo estaba: - Dios es en la ayuda mía

- respondío el buen rey Rodrigo -, la culebra me comía;

cómeme ya por la parte que todo lo merecía,

por donde fue el principio de la mi muy gran desdicha.

    El ermitaño lo esfuerza, el buen rey allí moría.

Aquí acabó el rey Rodrigo, al cielo derecho se iba.

 

 _Guarte, guarte, rey don Sancho
no digas que no te aviso
que de dentro de Zamora
un alevoso ha salido:
llámase Bellido Dolfos,
hijo de Dolfos Bellido,
cuatro traiciones ha hecho,
y con ésta serán cinco;
si gran traidor fue el padre,
mayor traidor es el hijo.
Gritos dan en el real:
que a don Sancho han mal herido:
muerto le ha Bellido Dolfos,
gran traición ha cometido.
Desque le tuviera muerto,
metiose por un postigo;
por las calles de Zamora
va dando voces y gritos:
_Tiempo era, doña Urraca,
de cumplir lo prometido.

 

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En Santa Gadea de Burgos
do juran los hijosdalgo,
allí toma juramento

el Cid al rey castellano
sobre un cerrojo de hierro
y una ballesta de palo.
Las juras eran tan recias
que al buen rey ponen espanto.
 
_Villanos te maten, rey,
villanos, que no hidalgos;
abarcas traigan calzadas,
que no zapatos con lazo;
traigan capas aguaderas,
no capuces ni tabardos;
con camisones de estopa,
no de holanda ni labrados;
cabalguen en sendas burras,
que no en mulas ni en caballos,
las riendas traigan de cuerda,
no de cueros fogueados;
mátente por las aradas,
no en camino ni en poblado;
con cuchillos cachicuernos,
no con puñales dorados;
sáquente el corazón vivo,
por el derecho costado,
si no dices la verdad
de lo que te es preguntado:
si tú fuiste o consentiste
en la muerte de tu hermano.
Las juras eran tan fuertes
que el rey no las ha otorgado.
Allí habló un caballero

de los suyos más privado:
_
Haced la jura, buen rey,
no tengáis de eso cuidado,
que nunca fue rey traidor,
ni Papa descomulgado.
Jura entonces el buen rey
que en tal nunca se ha hallado.
Después habla contra el Cid
malamente y enojado:
_Mucho me aprietas, Rodrigo,
Cid, muy mal me has conjurado,
mas si hoy me tomas la jura,
después besarás mi mano.

_
Aqueso será, buen rey,
como fuer galardonado,
porque allá en cualquier tierra
dan sueldo a los hijosdalgo
.
Vete de mis tierras, Cid,
mal caballero probado,
y no me entres más en ellas,
desde este día en un año!

_
Que me place_dijo el Cid_;.
que me place de buen grado,
por ser la primera cosa
que mandas en tu reinado.
Tú me destierras por uno
yo me destierro por cuatro.

Ya se partía el buen Cid
sin al rey besar la mano;
ya se parte de sus tierras,
de Vivar y sus palacios:
las puertas deja cerradas,
los alamudes echados,
las cadenas deja llenas
de podencos y de galgos;
sólo lleva sus halcones,
los pollos y los mudados.
Con el iban los trescientos
caballeros hijosdalgo;
los unos iban a mula
y los otros a caballo;
todos llevan lanza en puño,
con el hierro acicalado,
y llevan sendas adargas
con borlas de colorado.
Por una ribera arriba
al Cid van acompañando;
acompañándolo iban
mientras él iba cazando.

 

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Nunca fuera caballero

de damas tan bien servido

como fuera Lanzarote

cuando de Bretaña vino,

que dueñas curaban de él,

doncellas del su rocino.

Esa dueña Quintañona,

ésa le escanciaba el vino,

la linda reina Ginebra

se lo acostaba consigo;

y estando al mejor sabor,

que sueño no había dormido,

la reina toda turbada

un pleito ha conmovido:

_Lanzarote, Lanzarote,

si antes hubieras venido,

no hablara el orgulloso

las palabras que había dicho,

que a pesar de vos, señor,

se acostaría conmigo.

Ya se arma Lanzarote

de gran pesar conmovido,

despídese de su amiga,

pregunta por el camino.

Topó con el orgulloso

debajo de un verde pino,

combátense de las lanzas,

a las hachas han venido.

Ya desmaya el orgulloso,

ya cae en tierra tendido.

Cortárale la cabeza,

sin hacer ningún partido;

vuélvese para su amiga

donde fue bien recibido.

Por el mes era de mayo

cuando hace la calor,

cuando canta la calandria

y responde el ruiseñor,

cuando los enamorados

van a servir al amor,

sino yo, triste cuitado,

que vivo en esta prisión,

que ni sé cuándo es de día,

ni cuándo las noches son,

sino por una avecilla

que me cantaba al albor.

Matómela un ballestero

¡Dele Dios mal galardón!

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       CERVANTES    GÓNGORA    TIRSO DE MOLINA     ESPRONCEDA    

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ROSALÍA DE CASTRO

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FEDERICO GARCÍA LORCA

JAIME GIL DE BIEDMA

ÁNGEL GONZÁLEZ

VÁZQUEZ MONTALBÁN

FRANCISCO BRINES

 

 Romance del Conde Arnaldos
¡Quién oviera tal ventura
sobre las aguas del mar
como la hubo el conde Arnaldos
la mañana de San Juan!
Con un falcón en la mano
la caza iba a cazar,
vio venir una galera
que a tierra quiere llegar.
Las velas traía de seda,
la jarcia  de oro cendal,
marinero que la manda
viene diciendo un cantar
que la mar facía en calma,
los vientos hace amainar,
los peces que andan nel hondo,
nel mastel los faz posar.
Allí fabló el conde Arnaldos,
bien oiréis lo que dirá:
Por Dios os ruego, marinero,
dígasme ora este cantar.
Respondióle el marinero,
tal respuesta le fue a dar:
Yo no digo esta canción
sino a quien conmigo va.

PULSA AQUÍ PARA ACCEDER A UN RELATO  DEL ESCRITOR CONTEMPORÁNEO JOSÉ MARÍA MERINO SITUADO EN EL DÍA MÁGICO DE SAN JUAN
 

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-¡Abenámar, Abenámar,

moro de la morería,

el día que tú naciste

grandes señales había!

Estaba la mar en calma,

la luna estaba crecida:

moro que en tal signo nace:

no debe decir mentira.

Allí respondiera el moro,

bien oiréis lo que decía:

-Yo te la diré, señor,

aunque me cueste la vida,

porque soy hijo de un moro

y una cristiana cautiva;

siendo yo niño y muchacho

mi madre me lo decía:

que mentira no dijese,

que era grande villanía;

por tanto pregunta, rey,

que la verdad te diría.

-Yo te agradezco, Abenámar,

aquesa tu cortesía.

¿Qué castillos son aquéllos?

¡Altos son y relucían!

-El Alhambra era, señor,

y la otra la mezquita,

los otros los Alixares,

labrados a maravilla.

El moro que los labraba

cien doblas ganaba al día,

y el día que no los labra,

otras tantas se perdía.

  El otro es Generalife,

huerta que par no tenía.

El otro Torres Bermejas,

castillo de gran valía.

Allí habló el rey don Juan,

bien oiréis lo que decía:

-Si tú quisieses, Granada,

contigo me casaría;

darete en arras y dote

a Córdoba y a Sevilla.

-Casada soy, rey don Juan,

casada soy, que no viuda;

el moro que a mí me tiene

muy grande bien me quería.

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En Sevilla está una ermita

cual dicen de San Simón,

adonde todas las damas

iban a hacer oración.

Allá va la mi señora,

sobre todas la mejor,

saya lleva sobre saya,

mantillo de un tornasol,

en la su boca muy linda

lleva un poco de dulzor,

en la su cara muy blanca

lleva un poco de color,

y en los sus ojuelos garzos

lleva un poco de alcohol,

a la entrada de la ermita,

relumbrando como el sol.

El abad que dice misa

no la puede decir, no,

monacillos que le ayudan

no aciertan responder, no,

por decir: amén, amén,

decían: amor, amor.

 

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Levantóse Gerineldo

que al rey dejara dormido,

fuese para la infanta

donde estaba en el castillo.

_Abráisme, dijo, señora,

abráisme, cuerpo garrido.

_¿Quién sois vos, el caballero,

que llamáis a mi postigo?

_Gerineldo soy, señora,

vuestro tan querido amigo.

Tomárala por la mano,

en un lecho la ha metido,

y besando y abrazando

Gerineldo se ha dormido.

Recordado había el rey

de un sueño despavorido;

tres veces lo había llamado,

ninguna le ha respondido.

_Gerineldo, Gerineldo,

mi camarero pulido,

si me andas en traición,

trátasme como a enemigo.

O dormías con la infanta

o me has vendido el castillo.

Tomó la espada en la mano,

en gran saña va encendido,

fuérase para la cama

donde a Gerineldo vido.

Él quisiéralo matar,

mas criole de chiquito.

Sacara luego la espada,

entre entrambos la ha metido,

porque desque recordase

viese cómo era sentido.

Recordado había la infanta

y la espada ha conocido.

_Recordaos, Gerineldo,

que ya érades sentido,

que la espada de mi padre

yo me la he bien conocido.

 

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De Francia partió la niña,

de Francia la bien guarnida,

íbase para París,

do padre y madre tenía.

Errado lleva el camino,

errada lleva la guía,

arrimárase a un roble

por esperar compañía.

Vio venir un caballero

que a París lleva la guía.

La niña, desque lo vido,

de esta suerte le decía:

_Si te place, caballero,

llévesme en tu compañía.

_Pláceme, dijo, señora,

pláceme, dijo, mi vida.

Apeóse del caballo

por hacerle cortesía;

puso la niña en las ancas

y subiérase en la silla.

En el medio del camino

de amores la requería.

La niña, desque lo oyera,

díjole con osadía:

_Tate, tate, caballero,

no hagáis tal villanía,

hija soy de un malato

y de una malatía,

el hombre que a mí llegase

malato se tornaría.

El caballero, con temor,

palabra no respondía.

A la entrada de París

la niña se sonreía.

_¿De qué vos reís, señora?

¿De qué vos reís, mi vida?

_Ríome del caballero

y de su gran cobardía:

¡Tener la niña en el campo

y catarle cortesía!

Caballero, con vergüenza,

estas palabras decía:

_Vuelta, vuelta, mi señora,

que una cosa se me olvida.

La niña, como discreta,

dijo: _Yo no volvería,

ni persona, aunque volviese,

en mi cuerpo tocaría:

hija soy del rey de Francia

y de la reina Constantina,

el hombre que a mí llegase

muy caro le costaría.

 

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--

"¡Galiarda, Galiarda!

¡Oh quién contigo holgase,

y otro día de mañana

con los cien moros pelease!

Si a todos no los venciese

luego matarme mandases,

porque con tan gran favor

grande esfuerzo tomase."

"De dormir, dices Florencios,

de dormir, sí dormiría;

mas sois niño y mochacho,

en corte te alabarías."

Miró hacia al cielo Florencios,

su espada empuñado había:

"Con esta muera, señora,

con esta muera, mi vida,

si jamás por pensamiento,

tal cosa me pasaría."

Aquella noche Florencios

cuanto quisiera hacía.

Otro día de mañana

a todos se lo decía.

"Esta noche, caballeros,

dormí con una doncella,

que en los días de mi vida

yo no vi cosa más bella."

Todos dicen a una voz:

"¡Cierto, Galiarda es ella!."

Oídolo había un su hermano,

 tomado ha en sí la querella:

"¡Por Dios! te ruego, Florencios,

que te cases con ella."

"No quiero hacer, caballeros,

para mí cosa tan fea

en tomar yo por mujer

la que tuve por manceba."

Aun bien no acabó Florencios

de decir aquella nueva,

cuando todos a una voz

luego dicen luego: "¡Muera, muera,

muera quien ha deshonrado

a Gallarda la más bella!"

Desque Galiarda lo supo

gran enojo recibiera:

"Pésame, mis caballeros,

hagáis cosa tan mal hecha;

lo que aquel loco decía

no era cosa creedera.

Hasta saberlo de cierto

no le habíades de dar pena."

 

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Un sueño soñaba anoche,
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores
que en mis brazos la tenía.
Vi entrar señora tan blanca
muy más que la nieve fría.
- ¿Por dónde has entrado amor?
¿Cómo has entrado mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
- No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
- ¡Ay, Muerte tan rigurosa,
 déjame vivir un día!
- Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy de prisa se calzaba,
más de prisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
- ¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta niña!
- ¿Como te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
- Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
- Vete bajo la ventana
donde ladraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
- Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida.

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Parida estaba la infanta,

la infanta parida estaba;

para cumplir con el rey

decía que estaba mala.

Envió a llamar al conde

que viniese a la su sala;

el conde siendo llamado

no tardó la su llegada.

_¿Qué me queredes, mi vida?

¿Qué me queredes, mi alma?

_Que toméis esta criatura

y la deis a criar a un ama.

Ya la tomaba el buen conde

en los cantos de su capa,

mas de la sala saliendo

con el buen rey encontrara.

_¿Qué lleváis, el buen conde,

en cantos de vuestra capa?

_Unas almendras, señor,

que son para una preñada.

_Dédesme de ellas, el conde,

para mi hija la infanta.

_Perdónedes vos, el rey,

porque las traigo contadas.

Ellos en aquesto estando,

la criatura lloraba.

_Traidor me sois vos, el conde,

traidor me sois en mi casa.

_Yo no soy traidor, el rey,

ni en mi linaje se halla:

hermanos y primos tengo

los mejores de Granada.

Revolvió el manto al brazo

y arrancó de la su espada,

el conde, por la criatura,

retiróse por la sala.

El rey decía: _¡Prendedlo!;

mas nadie prenderlo osaba.

La infanta, que luego oyera

rencilla tan grande e brava,

a una de las damas suyas

lo que era preguntaba.

_Es que el rey, señora, al conde

de traidor lo difamaba

porque en la su falda un niño

del palacio lo sacaba,

creyendo que a vos, señora,

el conde vos deshonrara.

Sale la infanta de prisa

adonde su padre estaba,

y la espada de la mano

de presto se la quitara,

diciendo: _Oídme, señor,

una cosa que os contara.

El rey, que la quería bien,

que dijese le mandaba.

_Mía es la criatura

que el conde, señor, llevaba,

y el conde es mi marido,

yo por tal lo publicaba.

El rey, que aquello oyera,

triste y espantado estaba:

por un cabo quería vengarse,

y por otro non osaba;

al fin al mejor consejo

como cuerdo se allegaba:

con voz alta y amorosa

dijo que les perdonaba.

Mándales tomar las manos

a un cardenal que allí estaba,

y hacer bodas suntuosas

de que todo el mundo holgaba,

y así el pesar pasado 

con gran gozo se tornaba.

Estase la gentil dama

paseando en su vergel,

los pies tenía descalzos,

que era maravilla ver;

desde lejos me llamara,

no le quise responder.

Respondile con gran saña:

_¿Qué mandáis, gentil mujer?

Con una voz amorosa

comenzó de responder:

_Ven acá, el pastorcico,

si quieres tomar placer;

siesta es del mediodía,

que ya es hora de comer,

si querrás tomar posada

todo es a tu placer.

_Que no era tiempo, señora,

que me haya de detener,

que tengo mujer y hijos,

y casa de mantener,

y mi ganado en la sierra,

que se me iba a perder,

y aquellos que me lo guardan

no tenían qué comer.

_Vete con Dios, pastorcillo,

no te sabes entender,

hermosuras de mi cuerpo

yo te las hiciera ver:

delgadica en la cintura,

blanca soy como el papel,

la color tengo mezclada

como rosa en el rosel,

el cuello tengo de garza,

los ojos de un esparver,

las teticas agudicas,

que el brial quieren romper,

pues lo que tengo encubierto

maravilla es de lo ver.

_Ni aunque más tengáis, señora,

no me puedo detener.

* * *

(Pulsa en cada autor para ver la descripción de su  mujer ideal (descripio puellae):

Poesía andalusí

Arcipreste de Hita

Fernando de Rojas

Garcilaso

Góngora

Quevedo

Bécquer

García Lorca

Neruda

Damaso Alonso

 

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Canciones

Buen amor, no me deis guerra,
que esta noche es la primera.

Así os vea, caballero,
de la frontera venir,
como toda aquesta noche
vos me la dejéis dormir.

Buen amor, no me deis guerra,
que esta noche es la primera
.

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Al alba venid, buen amigo,
al alba venid.
Amigo el que yo más quería,
venid al alba del día.
Amigo el que yo más amaba,
venid a la luz del alba
Venid a la luz del día,
non trayáis compañía.
Venid a la luz del alba,
non traigáis gran compaña.

 Ya cantan los gallos,
 amor mío, y vete:
 cata que amanece.
     Vete, alma mía,
 más tarde no esperes,
 no descubra el día
 los nuestros placeres.
     Cata que los gallos,
 según me parece,
 dicen que amanece.

 

Mis ojuelos madre,
valen una ciudade.

Mis ojuelos, madre,
tanto son de claros,
cada vez que los alzo
merecen ducados.

Ducados, mi madre,

valen una ciudade.

mis ojuelos, madre,
Tanto son de veros,
cada vez que los alzo
merecen dineros.

Dineros, mi madre,
valen una ciudade.

 

Quien bien hila

bien se le parece.

Quien bien hila
y devana deprisa
bien se le parece
en la su camisa.
Su camisa
bien se le parece.

 

Ondas del mar de Vigo,
¿habéis visto a mi amigo?
¡Ay, Dios! ¿vendrá pronto?
Ondas del mar alzado,
 ¿habéis visto a mi amado?
¡Ay, Dios! ¿vendrá pronto?
¿Habéis visto a mi amigo,
aquel por quien yo suspiro?
¡Ay, Dios! ¿vendrá pronto?
 
¿Habéis visto a mi amado,
por quien siento gran cuidado?
¡Ay, Dios! ¿vendrá pronto?

(Martín Codax)

Muy graciosa es la doncella,
¡cómo es bella y hermosa!

Digas tú, el marinero
que en las naves vivías,
si la nave o la vela o la estrella
es tan bella.

Digas tú, el caballero
que las armas vestías,
si el caballo o las armas o la guerra
es tan bella.

Digas tú, el pastorcico
que el ganadico guardas,
si el ganado o los valles o la sierra
es tan bella
.

 

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