M. José Quintana

Al armamento de las provincias españolas contra los franceses.

   «Eterna ley del mundo aquesta sea:

que pueblos o cobardes o estragados

que ruede a su placer la tiranía

mas si su atroz porfíao

osa insultar a pechos generosos

donde esfuerzo y virtud tienen asiento,

estréllese al instante,

y de su ruina brote el escarmiento.»

Dijo así Dios: con letras de diamante

su dedo augusto lo escribió en el cielo,

y en torrentes de sangre a la venganza

mandó después que lo anunciase al suelo.

   Hoy lo vuelve a anunciar. En justa pena

de tu vicioso y mísero abandono

en ti su horrible trono

sentó el numen del mal, Francia culpable;

y sacudiendo el cetro abominable,

cuanto sus ojos ven, tanto aniquila.

el genio atroz del insensato Atila,

la furia que el mortífero estandarte

llevaban de Timur, mandan al lado

de tu feroz sultán; ellos le inspiran,

y ya en su orgullo a esclavizar se atreve

cuanto hay del mar de Italia a los desiertos

faltos siempre de vida y siempre yertos,

do reina el polo engendrador de nieve.

   Llega, España, tu vez; al cautiverio

con nefario artificio

tus príncipes arrastra, y en su mano

las riendas de tu imperio

logró tener, y se ostentó tirano.

Ya manda, ya devasta; sus soldados

obedeciendo en torpe vasallaje

al planeta de muerte que los guía,

trocaron en horror el hospedaje,

y la amistad en servidumbre impía.

¿Adónde pues huyeron,

pregunta el orbe estremecido, adónde

la santa paz, la noble confianza

la no violada fe? Vanas deidades,

que solo ya los débiles imploran.

Europa sabe, de escarmiento llena,

que la fuerza es la ley, el Dios que adoran

esos atroces vándalos del Sena.

   Pues bien, la fuerza mande, ella decida;

nadie incline o esta gente fementida

por temor pusilánime la frente;

que nunca el alevoso fue valiente.

 

Alto y feroz rugido

la sed de guerra y la sangrienta saña

anuncia del león; con bronco acento

ensordeciendo el eco en la montaña,

a devorar su presa

las águilas se arrojan por el viento.

Sola la sierpe vil, la sierpe ingrata

al descuidado seno que la abriga

callada llega y ponzoñosa mata.

Las víboras de Alcides

son las que asaltan la adorada cuna

de tu felicidad. Despierta, España,

despierta, ¡ay Dios! Y tus robustos brazos,

haciéndolas pedazos

y esparciendo sus miembros por la tierra,

ostenten el esfuerzo incontrastable

que en tu naciente libertad se encierra.

   Ya se acerca zumbando

el eco grande del clamor guerrero,

hijo de indignación y de osadía.

Asturias fue quien le arrojó primero;

¡honor al pueblo astur! Allí debía

primero resonar. Con igual furia

se alza, y se extiende adonde en fértil riego

del Ebro caudaloso y dulce Turia

Las claras ondas abundancia brotan;

y como en selvas estallante fuego

cuando las alas de Aquilón le azotan,

que de pronto a calmar ni vuelto en lluvia

Júpiter basta, ni los anchos ríos

que oponen su creciente a sus furores;

los ecos libradores

vuelan, cruzan, encienden

los campos olivíferos del Betis,

y de la playa Cántabra hasta Cádiz

el seno azul de la agitada Tetis.

   Álzase España, en fin; con faz airada

hace a Marte señal, y el Dios horrendo

despeña en ella su crujiente carro;

al espantoso estruendo,

al revolver de su terrible espada,

lejos de estremecerse, arde y se agita,

y vuela en pos el español bizarro.

«¡Fuera tiranos!» grita

la muchedumbre inmensa. ¡Oh voz sublime,

eco de vida, manantial de gloria!

Esos ministros de ambición ajena

no te escucharon, no, cuando triunfaban

tan fácilmente en Austerlitz y en Jena;

aquí te oirán y alcanzarás victoria;

aquí te oirán saliendo

de pechos esforzados, varoniles;

y la distancia medirán, gimiendo,

que hombres hay a mercenarios viles.

 

   Fuego noble y sublime, ¿a quién no alcanzas?

Lágrimas de dolor vierte el anciano

porque su débil mano

el acero a blandir ya no es bastante,

lágrimas vierte el ternezuelo infante;

y vosotras también, madres, esposas,

tiernas amantes, ¿qué furor os lleva

en medio de esas huestes sanguinosas?

Otra lucha, otro afán, otros enojos

guardó el destino a vuestros miembros bellos.

deben arder en vuestros negros ojos.

«¿Queréis, responden, darnos por despojos

a esos verdugos? No: con pecho fuerte

lidiando a vuestro lado,

también sabremos arrostrar la muerte.

nosotras vuestra sangre atajaremos;

Nosotras dulce galardón seremos

cuando, de lauro y de floridos lazos

la vencedora frente coronada,

reposo halléis en nuestros tiernos brazos.»

   ¿Y tú callas, Madrid? Tú, la señora

De cien provincias, que cual ley suprema

adoraban tu voz, ¿callas ahora?

¿Adónde están el cetro, la diadema,

la augusta majestad que te adornaba?

«No hay majestad para quien vive esclava.

Ya la espada homicida

en mí sus filos ensayó primero.

allí cayó mi juventud sin vida:

Yo, atada al yugo bárbaro de acero,

exánime suspiro,

y aire de muerte y de opresión respiro.»

   ¡Ah! respira más bien aura de gloria.

¡Oh corona de Iberia! Alza la frente,

tiende la vista; en iris de bonanza

se torna al fin la tempestad sombría.

¿No oyes por el oriente y mediodía

de guerra y de matanza

resonar el clamor? Arde la lucha,

retumba el bronce, los valientes caen,

y el campo, de humor rojo hecho ya un lago,

descubre al mundo el espantoso estrago.

Así sus llanos fértiles Valencia

ostenta, así Bailén, así Moncayo;

y es fama que las víctimas de Mayo

lívidas por el aire aparecían;

que a su alarido horrendo

las francesas falanges se aterraban;

y ellas, su sangre con placer bebiendo,

el ansia de venganza al fin saciaban.

   Genios que acompañáis a la victoria,

volad, y apercibid en vuestras manos

lauros de Salamina y de Platea,

que crecen cuando lloran los tiranos.

De ellos ceñido el vencedor se vea

al acercarse al capitolio íbero:

Ya llega, ¿no le veis? Astro parece

en su carro triunfal, mucho más claro

que tras tormenta el sol. Barred las calles

de ese terror que las yermaba un día;

que el júbilo las pueble y la alegría;

los altos coronad, henchid los valles,

y en vuestra boca el apacible acento,

y en vuestras manos tremolando el lino,

«Salve, exclamad, libertador divino,

salve,» y que en ecos mil lo diga el viento,

y suba resonando al firmamento.

   Suba, y España mande a sus leones

volar rugiendo al alto Pirineo,

y allí alzar el espléndido trofeo,

que diga: «Libertad a las naciones.»

Tal es, ¡oh pueblo grande! ¡Oh pueblo fuerte!

El premio que la suerte

a tu valor magnánimo destina.

Así resiste la robusta encina

al temporal; arrójanse silvando

los fieros huracanes,

en su espantoso vértigo llevando

desolación y ruina; ella resiste.

crece el furor, redoblan su pujanza,

braman, y tiembla en rededor la esfera

¿Qué importa que a la verde cabellera

este ramo y aquel falte, arrancado

del ímpetu del viento, y luego muera?

Ella resiste; la soberbia cima

más hermosa al Olimpo al fin levanta,

y entre tanto meciéndose en sus hojas,

Céfiro alegre la victoria canta.

                                              (Julio de 1808)

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