José Mª Pereda

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Cosas de don Paco

La noche de Navidad

El espíritu moderno

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Cosas de don Paco

      Tú le conoces, lector.

      Cien veces le has encontrado en el paseo, en el teatro, en las reuniones que frecuentas, en el café, en misa y hasta en los entierros.

      Es de baja estatura; gordo y rollizo como un flamenco; dos ojos pequeñitos y alegres; boca risueña; dos hoyitos en las mejillas, blancas y sonrosadas como las de una dama; un par de chuletas negras y rizadas; el pelo, corto y áspero, pero muy cuidado y recogido hacia el cogote; la frente, angosta; el tórax y el abdomen, como los de un bolsista, anchos y prominentes; el chaleco, muy abierto; la camisa, muy blanca; las solapas del gabán, hacia la espalda. Siempre tiene la misma edad; nunca pasa de los treinta y cinco años; nadie le ha conocido de niño y todos son contemporáneos suyos.

      Hasta los perros le tratan con intimidad, y, sin embargo, se ignora de dónde viene y adónde va.

      No se le conocen rentas, ni oficio ni beneficio; pero de todo goza y en todas partes es bien recibido.

      Es el oráculo de las mamás, el confidente de las jamonas, el tormento de los amantes, el juez de las polluelas, la pesadilla de los tipos, el solaz de las babiecas, el mentor de los calaveras de afición y el desprecio del sentido común.

      Él solo goza de más derechos sociales que treinta ciudadanos juntos.

      Su palabra no reconoce tasa; sus manos tienen pasaporte para todo.

      Lo que a un hombre vulgar, como él llama a los que no se le parecen, le produce un desaire, a él le vale un triunfo.

      «Cosas de don Paco». He aquí la frase sacramental que le pone al abrigo de toda responsabilidad.

      Entra en tu casa cuando aún estás en la cama durmiendo, rocía tu cara con el agua que quedó en la palangana la noche anterior, y, al despertar furioso, tienes que exclamar, viéndole a tu lado: «¡Qué cosas tiene este don Paco!».

      Vas a vestirte, temblando de frío, y hallas que la camisa está mitad al derecho y mitad al revés; tardas un cuarto de hora en arreglarla, y entre tanto coges un constipado. Paquito está sentado a tu frente1, riéndose a carcajadas de tus apuros; tú también te ríes enseguida, porque son «cosas de don Paco».

      Te pones a almorzar, y él siempre a tu lado te echa pimienta en el dulce y azúcar en las ostras. Es una bromita que te cuesta el almuerzo; pero tienes que celebrarla porque «don Paco es el diablo».

      Después que se ha despedido de ti te echas a la calle y encuentras a tu futura suegra ante la cual estás haciendo méritos. La saludas muy galante, y cuando tienes una mano entre las tuyas, sientes que el sombrero se te cuela hasta los hombros. Perdida la seriedad y abochornado, al sacar la cabeza al aire libre, ves a don Paco, que te saluda desde la acera de enfrente. Reniegas de la broma, pero tienes que decir a tu suegra:

      «Dispense usted, señora, que son cosas de don Paco».

      Un día se te antoja ir de campo con tus amigos. Paco tiene que ir también; habéis mandado preparar con anticipación la comida. En el camino notáis la desaparición de aquél, y cuando llegáis al punto deseado, don Paco está concluyendo los postres, en compañía del ventero que puso la comida y a quien dijo que ya habías suspendido el proyecto. En ocho leguas a la redonda no hay provisiones, y te vuelves a tu casa cansado y muerto  de hambre, con la obligación de decir a todo el mundo que te divertiste mucho con «las cosas de don Paco».

      Si se entabla una discusión sobre cualquier punto, cuando más formalizado estás en el uso de la palabra, don Paquito ha de soltar alguna «gracia» que arranque un aplauso a todos los oyentes, dejándote corrido y derrotado, sin que te sea lícito tomar venganza.

      Tus dichos y observaciones, por sesudos que sean, no pasan más allá del auditorio; «las oportunidades de don Paco» tienen cien famas, cuyas trompetas se las publican por todas partes.

      Don Paco suele ser cobarde, y para sus empresas más arriesgadas se vale de los neófitos que siempre tiene a retaguardia.

      Si se trata de tomar el pelo a algún tipo extranjero de incógnita       paciencia, don Paco dirige la escena; pero el que le tira de los faldones de la casaca, o le cambia el cigarro al pedir la candela, o le pone el pie  para hacerle caer, es un pollo que suele perder un par de muelas por la gracia. Don Paco se ríe entonces y le llama torpe; el otro dice que tiene razón y que en la primera será más diestro.

      El día de los Inocentes te pide media onza y no te la devuelve. Para consuelo tuyo refiere el lance en medio de la Plaza, delante de ti, y mirándote con lástima, exclaman todos:«Es mucho don Paco».

      Si en el café estás con él, pide el primero, pagas lo que toma y todo le disgusta, incluso el habano que le das. Si tu petaca es de Manila, se la guarda en el bolsillo y te regala otra de paja de Italia.

      En el teatro alborota, y cuando todos le miran se vuelve hacia ti, que estás a su lado, y muy serio te dice que guardes formalidad.

      En un baile, se mete con su pareja, entre los demás; rompe a una el vestido, empuja a la otra, pisa a éste un callo, quita el arrebol a esta otra; y todo se convierte en ruido y algazara, y «¡Qué don Paco, tan malo y tan gracioso!», se oye por doquier, mientras que tú, empujado por él, deshiciste las guías del bigote de un elegante y tienes un lance al día siguiente.

      Si eres casado, ves cómo pellizca el cuello de tu mujer y que ésta se ríe, diciéndole: «No sea usted malo, don Paco».

      Si estás al lado de una joven, y después de una teoría capaz de conmover a una roca, te arriesgas en la práctica algo más de lo establecido por la ordenanza materna, oirás un «¡Caballero!», que te deja más frío que una  estatua. Al mismo tiempo, don Paquito la sopla uno de retortijón en lo más gordo de la pantorrilla, recibiendo por su gracia una sonrisa angelical y una reconvención en estos términos: «¡Qué cosas tiene usted, don Paco!».

      Otra vez le ves al lado de tu novia, contándole mil conquistas tuyas y prometiéndola cartas y documentos fehacientes.

      Cuando te arrimas a ella eres tan bien recibido como el que entra en un palco, capaz de seis personas, haciendo el número nueve.

      En vano te proclamas inocente: lo dijo don Paco, y basta.

      Aquella noche riñes con ella y con toda su familia, que da más crédito que a tus méritos de tres años a «las cosas de don Paco».

      En una función de iglesia nunca falta alguno a quien llenar de cera; en un entierro, una peluca que torcer.

      Imagínate la situación más crítica de la vida, la más excepcional, y allí estará don Paco ridiculizando algo; allí habrá una corte de entusiastas que le aclamarán «travieso y oportuno», siquiera se burle de lo más sagrado.

      Un día, para concluir, comprometió tu delicadeza y expuso tu buen nombre; entonces, recordando que ningún derecho asiste a los necios para hacer juguete suyo a los que tienen sentido común, le rompiste, el bautismo, creyendo que así dejaría de atravesarse en tu camino. Te equivocaste lastimosamente. A los pocos días le volviste a hallar más chistoso que nunca. Quizá no fuera el mismo; pero sí otro idéntico, y tanto monta.

      Decidido a vivir libre de sus gracias, emigraste, y en la primera población en que dormiste topó tu estrella con otro, y por dondequiera que dirigías tus pasos aparecía un don Paco con las mismas cosas y con iguales derechos... Y ¿sabes por qué? Porque esta familia se reproduce como los pólipos y los rabos de las lagartijas. Cuanto más se la persigue, más se multiplica.

      Acostúmbrate a vivir entre ellos y convéncete de que están en el mundo para expiación de nuestras culpas, como las chinches, las moscas y las verrugas.

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La noche de navidad

_ I _

       Está apagando el sol el último de sus resplandores, y corre un gris de todos los demonios. A la desnuda campiña parece que se la ve tiritar de frío; las chimeneas de la barriada lanzan a borbotones el humo que se lleva rápido el helado Norte, dejando en cambio algunos copos de nieve.

      Pía sobresaltada la miruella, guareciéndose en el desnudo bardal, o cita cariñosa a su pareja desde la copa de un manzano; óyese, triste y monótono, de vez en cuando, el ¡tuba! ¡tuba! del labrador que llama su ganado; tal cual sonido de almadreñas sobre los morrillos de una calleja... Y paren ustedes de escuchar, porque ningún otro ruido indica que vive aquella mustia y pálida naturaleza.

      En el ancho soportal de una de las casas que adornan este lóbrego paisaje, y sobre una pila de junco seco, están dos chicuelos tumbados panza abajo y mirándose cara a cara, apoyadas éstas en las respectivas manos de cada uno.

      Han pasado la tarde retozando sobre el mullido lugar en que descansan  ahora, y por eso, aunque mal vestidos, les basta para vencer el frío que apenas sienten, soplarse las uñas de vez en cuando.

      De los dos muchachos, el uno es de la casa y el otro de la inmediata.

      De repente exclama el primero, en la misma postura y dándose con los  talones desnudos en las asentaderas:

      _Yo voy a comer torrejas... ¡anda!

      _Y yo tamién, _contesta el otro con idéntica mímica.

      _Pero las mías tendrán miel.

      _Y las mías azúcara, que es mejor.

      _Pus en mi casa hay guisao de carne y pan de trigo pa con ello...

      _Y mi padre trijo ayer dos basallones... ¡más grandes!...

      _Mi madre está en la villa ascar manteca, pan de álaga y azúcara... Y mi padre trijo esta meodía dos jarraos de vino blanco ¡más güeno! y toos los güevos de la semana están guardaos pa hoy... ma e quince, así de gordos...  Ello, vamos a gastar en esta noche güena veintisiete rialis que están  agorraos.

      _¡Mia qué cencia! Mi padre trijo de porte cuatro duros y dimpués dos   pesetas, y tocí lo vamos a escachizar esta noche... ¿Me guardas una tejá  de guisao y te doy un piazo de basallón?

      _¡No te untes!... Y tú no tienes un hermano estudiante que venga esta     tarde de vacantes, y yo sí.

      _Pero tengo un novillo muy majo y una vaca jeda que da seis cuartillos de leche... ¡Tenemos pa esta noche más de ello?

      _¡Ay Dios! ¿Quiés ver ahora mesmo dos pucheraos de leche? Verás, verás...

      Y salta el rapazuelo, y en pos de él el otro, desde la pila al portal, y llegan a la cocina mirando con cautela en derredor, por si el tío Jeromo, padre del primero, anda por las inmediaciones.

      Como ya va anocheciendo, el chico de la casa toma un tizón del hogar, sopla en él varias veces, y al resplandor de la vacilante llama que produce, se acercan a un arcón ahumado que está bajo el más ahumado vasar; alzan la tapadera, y aparecen en el fondo, entre montones de harina, salvado y medio pernil de tocino, dos pucheros grandes llenos de leche.

      El de la casa mira a su amigo con cierto aire de triunfo, y entrambos clavan los ávidos ojos en los pucheros, y entrambos alargan la diestra hacia ellos, y entrambos remojan el índice en la leche, aunque en distinto cacharro.

      Con igual uniformidad de movimientos retiran los brazos del arcón, míranse cara a cara y se chupan los respectivos dedos.

      _¡Güena está la leche! _dice el de casa.

      _¡Mejor está la nata! _repone su camarada.

      _¿Te la comiste?

      _¡Corcia!... ¡toa la apandé con el deo!

      En aquel instante recuerda con susto el primero que su padre arma el gran escándalo cada vez que falta la nata a su ración diaria de leche, y que sus costillas conservan más de un testimonio de tan borrascosos sucesos, impresos por los dedos paternales. Por eso, temiendo una nueva felpa, y para manifestar su inocencia, echa el tizón al fuego y las dos manos a la calzonada de su amigo, y comienza a gritar con el mayor desconsuelo:

      _¡Padre! ¡padre!

      Pero el goloso prisionero, que ya se da por muerto, tira uno de retortijón a cada mano de su carcelero, y toma pipa por el corral afuera,    relamiéndose de gusto.

      Tío Jeromo, que en la socarreña, detrás de la casa, encambaba un rodal,  acude a los gritos, y creyendo una patraña lo del robo de la nata, presume que su hijo se la ha chupado, y le arrima candela entre las nalgas y un par de soplamocos que hacen al chicuelo sorberse los propios.

      Grita el rapaz y amenaza el padre, y entre los gritos y las amenazas, óyese la voz de la tía Simona, desde el portal:

      _¡Ah, malañu pa vusotros nunca ni no! ¡Que siempre vos he de alcontrar asina!

      _¡Ay, madruca de mi alma! _exclama el muchacho corriendo a agarrarse del refajo de la buena mujer.

      _¿Por qué lloras, hijo? ¿Quién te ha pegao?

      _¡Mujuééé... Me pegó... jun... ú... ú... padreeéé!!

      _Y todavía has de llevar más _murmura éste retirándose a la cuadra a  arreglar el ganado_. ¡Yo te enseñaré a golosear la nata!

      _Yo no la comí ¡ea! que la comió Toñu el de la Zancuda... ¡júmmaaá!...

      _Y pué que sea verdá, angelucu: que ese es un lambistón que se pierde de vista... Vamos, toma unas castañas y no llores más... Tu padre tamién tiene la mano bien ligera... ¿Ha venío el estudiante?

      _No, siñora...

      _Dios quiera que no me lo coma un lobo en dá qué calleja... ¿Y ónde está tu hermana?

      _Fue a la juenti.

      _A esa pingonaza la voy yo a andar con las costillas... No, pues, no me    gusta a mí que a estas horas se me ande a la temperie de Dios, que ese hijo condenao de la Lambiona tiene un aquel... que malañu pa él nunca ni no.

      Y murmurando así la tía Simona, deja las almadreñas a la puerta del      estragal; cuelga la saya de bayeta con que se cubría los hombros, del mango de un arado que asoma por una viga del piso del desván; entra en la   cocina, siempre seguida del chico, con la cesta que traía tapada con la saya; déjala junto al hogar; añade a la lumbre algunos escajos; enciende el candil, y va sacando de la cesta morcilla y media de manteca, un puchero con miel de abejas y dos cuartos de canela; todo lo cual coloca sobre el poyo y al alcance de su mano para dar principio a la preparación  de la cena de Navidad, operación en que la ayuda bien pronto su hija, que entra con dos escalas de agua y protestando que «no ha hablao con alma nacía, y que lo jura por aquellas que son cruces... Y que mal rayo la parta si junta boca con mentira».

      Poco después viene el tío Jeromo que toma asiento cerca de la lumbre para auxiliar a la familia en la operación; pues la gente de campo de este   país, sobria por necesidad y por hábito, goza tanto con el espectáculo de   la cena de Navidad como saboreándola con el paladar.

      El chirrido de la manteca en la sartén, el cortar las torrejas, el quebrar los huevos, el batirlos, el remojar en ellos el pan, el derramar el azúcar sobre las torrejas que salen calentitas de la sartén, el verter la leche o la miel sobre ellas, etc., etc. Y el considerar que todo ello, más el   jarro de vino que está guardado como una reliquia, ha de ser engullido y      saboreado por los pobres labriegos que lo contemplan, les produce unas     emociones tan gratas que... en fin, no hay más que ver los semblantes de      la familia del tío Jeromo, olvidado ya el suceso de la nata.

      ¡Qué expansión! ¡qué felicidad se refleja en ellos! La tía Simona, con el  mango de la sartén en una mano y con una cuchara de palo en la otra, y acurrucada en el santo suelo, se cree más alta que el emperador de la China, y en más difícil e importante cargo que el de un embajador de paz entre dos grandes pueblos que se están rompiendo el alma.

      ¡Lástima que no haya llegado el estudiante para solemnizar debidamente toda la Noche_Buena!

      Porque ésta tiene en la aldea varias peripecias.

      Después del placer de preparar la cena y del de tragarla, falta el de la llegada de los marzantes, por los cuales ha preguntado ya muchas veces el vapuleado chicuelo, a quien, la verdad sea dicha, preocupan todavía más que la tardanza de su hermano. Y es porque el infeliz no los ha oído nunca, ni en la Noche-Buena, ni en la de Año nuevo, ni en la de los Santos Reyes, pues se ha dormido siempre antes de que lleguen al portal; así es que cree en los marzantes como en el otro mundo, por lo que le cuentan.

 _ II _

      No vaya a creerse que el tío Jeromo, porque tiene un hijo estudiante, es hombre rico, tomada la palabra en absoluto; el marido de la tía Simona tiene, para labrador, un pasar, como él dice. Pero en la familia hay una  capellanía que ningún varón ha querido, y el tío Jeromo sacrificó de buena gana algunas haciendas para ayudar a costear la carrera a su hijo mayor y  asegurarle la pitanza, ordenándole a título de aquélla, cuyas rentas, por sí solas, no alcanzaban a tanto. Eso sí, y bien claro se lo solfeó a su hijo:  «Si llegas a gastar los cuartos que me valieron las tierras sin cantar misa, Dios te la depare buena, porque, lo que es yo, te abro en canal.»

      Contribuyó mucho a que el chico entrara en el Seminario, el consejo del mayorazgo de la Casona. Este sujeto había estudiado un poco de latín en sus mocedades, y era tan pedante, que sólo por tener alguno con quien lucir su sapiencia, insistió con tío Jeromo un día y otro día hasta que logró decidirle a que su hijo aprendiera latinidades. Y tan obcecado es el mayorazgo en su saber, y tal es su pedantería, que, ingresado ya el  primogénito del tío Jeromo en el Seminario, varias veces ha querido renunciar a las vacaciones por no hallarse cara a cara con el vecino, que le asedia con latinajos arrevesaos, como dice el estudiante.

      Huyendo, pues, de encontrarle en alguna calleja o sentado en el banco del portal de su padre, como suele estar todos los días, el seminarista ha salido tarde de su celda con el objeto de entrar de noche en el pueblo; y esto es lo que explica su tardanza, que ya va metiendo en cuidado a la tía Simona.

      Pero lo que ésta no sabía, ni sospechar pudo el mismo estudiante, fue que, habiéndose éste sentido con sed y decidido a echar medio en sangría en la taberna del lugar, que halló al paso, huyendo de la máxima de su padre de que «el agua cría ranas», lo primero con que tropezó, antes que con el tabernero, fue el mayorazgo, el cual, al guiparle, le enjaretó un «amice, ¿quo modo vales?» que quitó al estudiante hasta la sed.

      _¡Cóncholes con el hombre! _murmuró el interpelado, recogiendo otra vez el lío de ropa, o sea el balandrán y dos camisas sucias, que había puesto  sobre un banco al entrar en la taberna.      

      _¿Unde venis? ¿Quorsum tendis?

      _¡Jeringa, digo yo! que traigo andadas cuatro leguas a pie, y no estoy pa solfeos de esa clase. Queden ustedes con Dios.

      _Aguárdate, hombre. ¡Que siempre has de ser arisco!

      _Y usté preguntón. Y es que el mejor día le echo una zurriascá de latín que no se la sacude en todo el año... Porque yo también... Pues si le entro a teología, veremos onde usté se me queda.

      _Parce miqui, incipiens sa-cerdo.

      _Cuidao con la lengua, le digo, que aunque parece que no entiendo, ya sé traducir... ¡Y si se me hincha la paciencia!...

      _Eres un pobre hombre y no tienes nada del virum fortem... No corras tanto ¡caramba! ¡Tras de que deseo acompañarte hasta tu casa!...

      De poco sirvió al mayorazgo esta reprensión. El seminarista apretó el paso, renegando de su mala estrella; dejó a medio camino al importuno, y   no paró hasta la cocina de su padre, donde se presenta con el humor más perro del mundo.

      _¡Cóncholes, qué hombre! _exclama por todo saludo al hallarse entre la familia.

      _Pero ¿qué te pasa? _dice tío Jeromo.

      _¡Qué me ha de pasar? Ese fantasioso de mayorazgo... ¡siempre con su  latín!

      _¿Y qué cuidao te da a ti? ¿No has estudiao tres años ya? ¿Por qué no le contestas?

      _Porque no soy tan jaque como él... Y luego él ha estudiado por otro arte. El mío no trae todas esas andróminas que él sabe... ¡Cóncholes! como quisiera entrarme a piscología... ¡sé más de ello!

      _¿Y cuándo cantas misa? _añade la tía Simona cayéndosele la baba y mientras contemplan de hito en hito al estudiante sus dos hermanos_. Mira que el lugar está perdío... El señor cura es tan viejo...

      _Y que no sabe una palabra, madre. ¡Si fuéramos nusotros! ¡Cóncholes,  cuánto aprendemos! Verán qué sermones echo los días señalados...

_ III _

      Como quiera que no sea el objeto principal de este artículo retratar al  hijo mayor del tío Jeromo, hago caso omiso de todo el diálogo promovido por su despecho contra el mayorazgo, y vamos a seguir con nuestro asunto comenzado, asistiendo a la cena de esta honrada familia en la noche de Navidad.

      Después que el estudiante retira del fuego el puchero del guisado para que el calor de la lumbre le seque a él el lodo de los pantalones, y cuando su hermana ha recogido con gran esmero el balandrán y las camisas, toma aquél el jarro de la leche, ya que el papel del azúcar lo tiene su padre, y se dispone a auxiliar a su madre y a su hermana en la preparación de las tostadas, amenizando el trabajo con el relato de sus proezas y aventuras de estudiante.

      Cuando cada manjar «lo puede comer un ángel» de bien sazonado que está, como dice la tía Simona, y todos ellos quedan cuidadosamente arrimados a la lumbre para que se conserven en buena temperatura, procédese a otra operación no menos solemne que la cena misma: poner la mesa perezosa.

      Esta mesa se reduce a un tablero rectangular sujeto a una pared de la  cocina por un eje colocado en uno de los extremos; el opuesto se asegura a la misma pared por medio de una tarabilla. Suelta ésta, baja la mesa como el rastrillo de una fortaleza, y se fija en la posición horizontal por medio de un pie, o tentemozo que pende del mismo tablero.

      La perezosa no se usa en las aldeas más que en el día del santo patrono, en la noche de Navidad, en la de Año nuevo y en la de Reyes, o cuando en la casa hay boda.

      Por eso no debemos extrañarnos del estrépito que se arma en la cocina del tío Jeromo al hacerse esta operación.«_¡Que no se te caiga!_¡Ayúdame por esta banda!_¡Quita ese banco!_¡Apaña esa cuchara!_¡Allá va!_¡Que está torcía!_¡Calza de allá!_¡Fuera esa pata!» Poco menos alboroto y mayores precauciones que si se botara al agua un navío de tres puentes.

      Puesta la mesa y sobre ella los manjares, y echada la bendición por el    estudiante, dejaremos a la familia cenar con toda libertad: es operación,     salvas algunas leves diferencias de forma en los cubiertos y de fuerza de   masticación, que todos hacemos lo mismo. Además, nuestra presencia tal vez impidiera al buen Jeromo sorber la salsa que queda en la cazuela del     guisado, y a su mujer pasar el dedo por la tartera de las tostadas para rebañar el azúcar, y al seminarista apurar «hasta verte, Jesús mío», el vaso de vino blanco.

      Volvamos a la misma cocina una hora más tarde.

      Todos están más locuaces que antes, y hasta el viejo labrador ha desarrugado su habitual entrecejo. El rapazuelo ronca tendido sobre un banco, y el estudiante habla en latín y asegura que si entonces pillara al mayorazgo ¡ira de Dios!... La tía Simona canturria por lo bajo:

«Esta noche es Noche Buena

y mañana Navidad;

está la Virgen de parto

y a las doce parirá.»

      Su hija se dispone a hacerle el dúo, cuando se oye en el corral un coro de relinchos y un ruido sobre los morrillos, como si avanzaran veinte caballos.

      _¡Ahí están los ladrones! _diría en tal caso un ciudadano alarmado.

      _Pues no, señor: son los marzantes, es decir, dos docenas de mocetones del lugar que andan recorriéndole de casa en casa. El ruido sobre los morrillos y los relinchos los producen las almadreñas y los pulmones de los mozos.

      Este acontecimiento hace en los personajes de la cocina un efecto agradabilísimo; callan todos como estatuas y se disponen a escuchar.

      _Vaya, señor don Jeromo _dice una voz en falsete para disfrazar la verdadera, desde el portal: _a ver esas costillas que se están curando en el varal; esos ricos huevos de la gallina pinta que cacareaba en el corral, por, por, por, poner, por ¡pone

      _Que recen _dice Jeromo.

      _¡Que canten, cóncholes! _replica el estudiante_, que a mí me gustan mucho las marzas... ¡Ea, a cantar! _añade luego, abriendo una rendijilla, nada más, de la ventana.

      Esta orden es acogida afuera con otro coro de relinchos, y al punto comienzan a cantar los marzantes, en un tono triste y siempre igual, un larguísimo romance que empieza:

«En Belén está la Virgen

que en un pesebre parió;

pario un niño como un oro

relumbrante como un sol...»

      y concluye:

«A los de esta casa

Dios les dé victoria,

en la tierra gracia

y en el ciclo gloria.»

Esta copleja tiene esta otra variante que los marzantes suelen usar cuando  no se les da nada, o cuando se les engaña con morcillas llenas de ceniza:      

«A los de esta casa

sólo les deseo

que sarna perruna

les cubra los huesos.»

      Los pesados lances a que esta jaculatoria suele dar lugar, y los nada     ligeros que se suscitan siempre al fin de la velada cuando van los mozos a comer las marzas a la taberna, ya encontrándose con los marzantes de otro barrio, o ya provocando a algún vecino, es sin duda la causa de que       disfrace la voz el que pide y de que guarden asimismo el incógnito todos sus compañeros.

      Pero en casa de Jeromo no se engaña a nadie, y la tía Simona alarga media morcilla de manteca a los marzantes; y éstos, después de echar la primera copla, se marchan relinchando de placer.

      La familia tira los últimos golpes a la cena, agotándose los jarros de   vino, y el chicuelo despierta preguntando por los marzantes. Cuando sabe que se han marchado, alborota la cocina a berridos, dale su padre un par de guantadas, interpónense el seminarista y su madre, apágase la lumbre,    oscila la luz del candil, dormita la moza, maya perezoso el gato, caésele      la pipa más de una vez de la boca al tío Jeromo, habla torpe sobre los fenómenos de la luz el seminarista; y cuando los relinchos de los marzantes se escuchan lejanos, hacia el fin de la barriada, desfila a paso tardo y vacilante la familia del tío Jeromo a buscar en el reposo del lecho el fin de tan risueña y placentera velada.

      La tía Simona sale la última; y mientras se lamenta de haber dejado de rezar el rosario por causa del jaleo, y jura que al día siguiente ha de rezar dos, guarda en el arcón que ya conocemos los despojos del pan, del    azúcar y de la manteca, para que en el primer día de Pascua pueda lafamilia, «manipulándoselo bien», recordar, con algo más que la memoria, la   noche de Navidad.

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El espíritu moderno

_ I

      Hace doce años,20 hallándome de visita en casa de una señora respetable      (adjetivo con que se expresaba entonces en Santander cuanto de finura,  prosapia, posición social y talento cabía en una mujer), hablaba con ella  de la vida del campo, en el cual acababa yo de pasar unos días.

      _¿Es posible _me decía la culta dama_, que una persona de cierta educación  se resigne a vivir en la soledad de una aldea?

      _Sí, señora _le respondí yo_, y encontrando en ella goces tan grandes como los que proporciona la ciudad.

      _No lo creo. Empiece usted por las malas condiciones de la habitación.

      _Perdone usted, señora: la casa de una persona acomodada de aldea es más espaciosa, y hasta más cómoda, que la mejor de la ciudad.

      _¿Qué está usted diciendo!... Las casas de aldea... ¡Jesús! unas teja_vanas miserables, oscuras, lóbregas... sin un mal balcón...

      _Tres tiene la en que yo nací... y bien grandes, por cierto.

      _¿Es posible!

      _Y en el menor salón de aquella casa cabe muy holgadamente ésta en que ahora estamos.

      _Usted se burla.

      _No vendría muy al caso.

      _Pues digo bien. ¿No estoy yo cansada de ver casas de aldea en Miranda, en Cueto en San Juan Y eso que, según me han dicho, estas casas son palacios, comparadas con las de las aldeas del interior.

      _Vuelvo a repetir a usted que la mía, si no tan lujosa como ésta y otras semejantes, es bastante más cómoda que todas ellas, pudiendo también asegurar, pues las he visto, que hay casas de aldea en esta provincia que contienen cuanto puede apetecer la persona más escrupulosa y exigente.

      _Yo no quiero ponerlo en duda; pero no extrañe usted que me cueste trabajo creerlo, porque ¡me han contado tales horrores de la aldea!...

      _Ya se conoce que usted no ha vivido en el campo.

      _¡Yo vivir en el campo! La idea solamente me hace temblar. _Pues crea usted, señora, que no hay motivos para ello.

      _¡No diga usted que no, por Dios! Aun cuando las habitaciones sean  palacios, aquella soledad, aquella gente tan ordinaria... el cencerro del ganado, aquellos callejones llenos de zarzas, de charcos y bichos venenosos... ¡qué desconsuelo!... Después, de noche, el bufar de las lechuzas, los ladrones... ¡horror! ¡Pasar yo una semana en la aldea!... ¡Ave María Purísima!... Mire usted, hasta el pasear por el Alta me pone de mal humor, porque se me figura que me va a faltar tiempo para bajar de día a la ciudad... Nosotros, los que hemos nacido en ella, desengáñese usted,  no podemos acostumbrarnos a salir de nuestras calles empedraditas, de nuestros paseos, de nuestras reuniones... ¡Es todo tan ordinario en la aldea!

      _Muchas gracias por la parte que me toca.

      _¡Oh, no me haga usted la injuria de creer que he querido agraviarle!... No hay regla sin excepción... Pero compare usted la gente del campo con la de la ciudad.

      _Efectivamente: si la blancura del cutis, el esmero en el corte del  vestido y otras virtudes semejantes, son las que más realzan el mérito de una persona, confieso que las que, por gusto o por necesidad, viven en la aldea perpetuamente, están muy por debajo de las que habitamos en la ciudad.

      _No trataré yo de discutir ese punto; pero lo cierto es que por algo se dice de la aldea que empobrece, embrutece y envilece.

      _Ya; pero como el autor de esa barbaridad, y usted perdone la franqueza, no se cansó en ponerla en tela de juicio...

      _No le diré a usted que sea absolutamente cierto; pero algo tendrá el  agua...

      _Esta cuestión es de gustos, señora, y en vano nos cansaremos  ventilándola. Ya sé que a ustedes, los indígenas de la ciudad, no hay que hablarlos de la aldea: ser aldeano es casi un crimen en Santander.

      _No diré yo tanto; pero lo que sí aseguro es que no arrastrará usted a un      santanderino legítimo a la aldea, ni por ocho días, aunque te prometa en ella la suprema felicidad.

      _Me guardaré muy bien de proponérselo, porque me consta, sin género alguno de duda, que esa opinión es la de toda la buena sociedad de Santander, de la que es usted tan digno miembro.

      _¿Me adula usted?

      _No, señora, le hago justicia.

      _Por supuesto que no me hará usted la ofensa de aplicarse nada de cuanto he dicho contra la aldea.

      _Crea usted, por mi palabra, que me tiene ese punto sin cuidado, máxime cuando estoy convencido de que no ha de tardar usted mucho en variar de  opinión.

      _¿Respecto a la vida de aldea?... Le aseguro a usted que no.

      _¡Bah!

      _¿Y en qué confía usted para eso?

      _En que hasta hoy está siendo Santander la primera aldea de la provincia, por sus costumbres, por sus pasiones y por un sin número de pequeñeces y de miserias...

      _¿Está usted vengándose de mí?

      _Líbreme Dios de semejante tentación.

      _Es que no veo yo un motivo para que de repente se cambien nuestras costumbres, como usted lo asegura.

      _¿No cree usted que solamente el ferrocarril ha de alterar notablemente la      fisonomía local de Santander?

      _Y a propósito, ¿qué hay de ese proyecto?

      _Que ha llegado a ser casi una realidad, y que muy pronto se van a empezar las obras.

      _¡Dios quiera que con ellas no se ponga en un conflicto a la población!

      _No comprendo...

      _Por de pronto, ya se nos ha llenado el pueblo de gente extraña... ¡ay, qué tipos!

      _Señora, ingleses muy decentes, la mayor parte, y muy elegantes... En  cuanto al resto de ellos, para trabajadores los encuentro bastante más  aseados que los de acá.

      _Sí, sí, lo que es apariencia... Pero vaya uno a fiarse en galgos de buena traza... Dígame usted a mí lo que son ingleses. ¡Cada vez que recuerdo la  legión que vino a Santander cuando la guerra civil!... Desengáñese usted: los ingleses son hombres sin religión, y está dicho todo.

      _Es verdad que no profesan la nuestra; pero tienen otra que para ellos es tan buena, y leyes, educación... y conciencia, como nosotros...

      _¿Sería usted capaz de admitirlos en su casa?

      _Lo que le aseguro a usted es que por el solo motivo de ser ingleses no  los rechazaría.

      _Pues no es esa la opinión general de Santander.

      _Ya lo sé, y lo lamento,

      Tal fue, en sustancia, mi conversación con la respetable señora que, desgraciadamente, no puede hoy reñirme por esta delación, doce años ha; es decir, cuando en Santander era de buen tono no haber pisado jamás el campo; cuando los que en él hemos nacido, teníamos que negar la  procedencia en estos salones para no producir entre la gente «fina» cierta prevención, que, con frecuencia, rayaba en repugnancia; cuando hasta por las personas de más alta jerarquía se llamaba judío a todo extranjero que tuviera las patillas rubias, o la pinta sospechosa; cuando, en fin, entregado aún este pueblo a sus propios y naturales recursos, atravesaba  el período más crítico de su amaneramiento.

      Poco tiempo después se fueron estableciendo líneas de vapores entre este puerto y otros de Francia e Inglaterra; las obras del ferrocarril comenzaron a desenvolver en su derredor el ruidoso movimiento de la industria moderna; las máquinas, las razas, los idiomas extranjeros, invadiendo el terreno de los sacos de harina y de las clásicas carretas, lograron aclimatarse entre ellos; y ya comemos a la francesa, hablamos inglés, circulan por estas calles los géneros de comercio en pesados exóticos carretones; el labrador de Cueto o de Miranda arrea su ganado a la voz de «¡allez!», con preferencia al indígena «¡arre!» Los niños de pura raza inglesa, con los brazos descubiertos hasta el hombro, mal  sujetas sus madejas de dorados rizos por el gracioso gorrito escocés, juegan en la Alameda segunda a las canicas con los granujillas de Becedo; y mientras éstos, para ventilar la legalidad de una jugada, detienen a los primeros con un «stop a little, please,» pronunciado con la precisión más  británica, los nietecillos de John Bull, para que les sea permitido «quitar estorbos» se expresan con un «sin féndis,» o manifiestan su enojo con un «no jubo más» que envidiaría el callealtero de más pura raza. La moderna necesidad de los baños de mar, dejando despoblado a Madrid los veranos, llenó de madrileños nuestra capital; y su buen tono, convencido de que para vivir a la moda era preciso salir a bañarse, dio en irse a Ontaneda a reinojarse en sus nauseabundas aguas; pues no era cosa de largarse a otro puerto de mar cuando tenía uno de los mejores en su casa.

      El objeto era salir; la calidad de los baños importaba poco. Estas expediciones fueron aficionando a los santanderinos al veraneo; y este año  dos familias, y el siguiente cuatro, y el siguiente ocho, y así sucesivamente, fuimos a parar a que los que pasaban julio y agosto en la ciudad, tenían vergüenza de confesarlo en setiembre a los que volvían tostados por el sol de nuestra campiña.

      Para no cansarte, lector: hoy se cree rebajada en la opinión pública la  familia acomodada de Santander que no tiene una casita de campo para pasar el verano en ella, o siquiera una huertecilla en las inmediaciones, que dé, por lo menos, espárragos y flores en la primavera, y fruta en agosto, para poder decir al vecino: _«¿Usted gusta?: son de mi huerta.» El  desdichado que ni esto tenga, alquila su choza al primer labrador de la comarca, y en ella tiene que resignarse a pasar el verano, si quiere ser considerado durante el invierno como hombre de pro.

      _¡Dichoso usted! _me han dicho algunos que pocos años hace me miraban con       cierta lástima, porque no era santanderino legítimo_; ¡dichoso usted que puede pasarse la mitad del año en la aldea!

      Para cuando se pongan en duda estas palabras, me reservo el recurso de citar pueblos enteros, como el Astillero de Guarnizo, compuesto de casas de campo, construidas, de cinco años a esta parte, para residencia de  verano de familias de Santander.

      Si la señora respetable a quien me he referido más atrás resucitara hoy,  no creería el cambio que han sufrido las costumbres de los de su comunión social.

      Pero vamos a cuentas. No estoy censurando esta nueva afición de mis paisanos, que ya raya en manía; consigno un hecho sencillamente.

      Dos observaciones debo hacer, siempre con la mejor intención, para  gobierno de mis lectores: La distancia más larga desde el centro de Santander al campo, se anda, a       pie, en diez minutos.

      La localidad que abandonan en verano las familias que se van al campo, la aceptan como residencia campestre los que huyen de otras capitales a la nuestra.

      Aunque de la unión de estas dos verdades resulta una consecuencia que no       aceptarían de buena gana los neo-campestres montañeses, yo quiero prescindir de ella; pues vuelvo a repetir que estoy consignando hechos; y esto con el objeto de demostrar la gran revolución operada en las costumbres de la sociedad de Santander en muy poco tiempo. No se extrañe, pues, que me haya detenido a apuntar algunos detalles que, a primera  vista, parecen ociosos.  […]

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