Las mil y una noches

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El rey Sahriyar y su hermano

Historia del asno, del buey y del campesino

Historia del primer eunuco

Historia del segundo eunuco

Historia de la conquista de España

El pastor devoto

Segundo viaje de Sindbal el marino

El soñador de Bagdad

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 EL REY SAHRIYAR  Y SU HERMANO SAHZAMÁN

   Cuentan (pero sólo Alá conoce la verdad con su infalible sabiduría) que hace muchos años, en tiempos muy antiguos, hubo un rey de los sasánidas que reinaba sobre las islas de la India y de la China. Este rey era dueño de ejércitos, auxiliares, servidores y numeroso séquito; tenía dos hijos; los dos, nobles y valientes, pero el mayor aventajaba aún al pequeño. El mayor se llamaba Sahriyar y gobernaba con justicia granjeándose el amor de su pueblo; mientras que el menor, Sahzamán, era rey de Samarcanda, en Persia. Sus vidas transcurrían tranquilas y sin preocupaciones, mas al cabo de veinte años el hermano mayor sintió deseos de volver a ver a Sahzamán y ordenó a su visir que fuera a buscarle.

     El visir dijo: "Escucho y obedezco". Después emprendió viaje y al llegar fue conducido a presencia del rey, le saludó y le explicó el motivo de su viaje, rogándole que visitase a su hermano. El rey Sahzamán aceptó la invitación y preparó lo necesario para el viaje: llevando sus tiendas, sus siervos y cortesanos, sus camellos y sus mulos. Nombró a su visir gobernador en su ausencia y partió hacia el reino de su hermano. Mas cerca de la media noche, hallándose ya en camino, recordó haber olvidado algo en palacio y decidió volver atrás. Al entrar en su alcoba halló a su esposa abrazada a un esclavo negro durmiendo en su cama. Desconcertado ante semejante espectáculo pensó: "Aún no he dejado la ciudad y esta mala mujer ya me ha traicionado. ¡Sabe Alá lo que hará más adelante" y cegado por la ira desenvainó su alfanje dándoles muerte en el mismo lecho. Seguidamente regresó al campamento y dio órdenes de proseguir el camino. Luego viajó  durante toda la noche hasta llegar a la ciudad de su hermano, la cual estaba engalanada en su honor y el rey, su hermano, le recibió con gran alegría deseoso de poder hablar con él después de tan larga separación. Mas el rey Sahzamán, recordando la aventura de su esposa estaba triste, y una palidez mortal le cubría el rostro. Su hermano creyó que tanta tristeza era debida a la nostalgia de su pueblo y de su casa y no quiso hacerle pregunta alguna. El tiempo transcurría y el rostro de Sahzamán permanecía triste. Un día su hermano Sahriyar le dijo:

     -Hermano, te encuentro muy pálido y abatido, ¿qué tienes?

     A lo que el otro respondió:

     -¡Oh, hermano! Dentro de mi alma hay una llaga  viva-. Pero no le dijo nada referente a su esposa.

    -Procura distraerte. Ven de caza conmigo, y te sentirás aliviado -dijo el otro.

    Mas como el rey no logró convencer le, part solo.

    Se hallaba Sahzamán asomado a una ventana de palacio contemplando pensativo los jardines, cuando vio abrirse la puerta principal y avanzar veinte esclavos y veinte muchachas entre las que se encontraba la bellísima esposa de su hermano. Al llegar a una fuente el extraño cortejo se detuvo y todos, tras desnudarse, se sentaron en el césped. Al poco rato la reina gri:

    Oh, Massud!

    Entonces un esclavo negro avanzó hacia ella, la abrazó y la tomó carnalmente. Los demás esclavos y las muchachas siguieron su ejemplo recreándose con besos, abrazos y amorosos juegos hasta el amanecer.

    "¡Válgame Alá! ", pensó el hermano del rey, "esta mujer es aún peor que la mía". Y así la desgracia ajena hizo que olvidara la suya propia recobrando la alegría y el buen humor.

     Al regresar del viaje el rey Sahriyar  notó cómo su hermano reía y comía despreocupadamente.. Intrigado por tan extraña conducta preguntó:

   -Hermano, antes de mi marcha estabas siempre triste y preocupado mientras ahora te veo alegre y lleno de vida, ¿qué te ha ocurrido?

   -Te explicaré la causa de mi tristeza pero no puedo revelarte el porqué de mi alegría -contestó Sahzamán.

    -De acuerdo -replicó el otro-, te escucho. -Pues verás, cuando tu visir vino a buscarme, yo acepté enseguida la invitación y tras preparar mis cosas emprendí el viaje. Mas aquella misma noche recordé haber olvidado en palacio la alhaja que te he regalado. Volví, pues, sobre mis pasos y al entrar en mi alcoba sorprendí a mi esposa acostada con un esclavo negro. Desesperado los maté y hui de aquel lugar. Desde entonces una gran tristeza se apoderó de mí. Esta es la causa de mi desdicha; te ruego que no me preguntes ahora por qué he recobrado la tranquilidad.

Sahriyar le suplicó en el nombre de Alá que se lo contara, y tanto insistió que terminó por contarle todo cuanto había visto.

     -Quiero verlo con mis propios ojos -dijo el hermano tras oír el relato.

    -Si así lo deseas -dijo Sahzamán- aparenta partir otra vez y escóndete en mis aposentos. El rey siguió el consejo de su hermano, hizo preparar tiendas y camellos y se alejó de la ciudad. Al anochecer, cuando todos descansaban en las tiendas, el rey, disfrazado, huyó del campamento y volvió a palacio para reunirse con su hermano. Ambos esperaron asomados a la ventana hasta que vieron aparecer a la reina con sus esclavos y sus doncellas. La escena se repitió tal , como Sahzamán había explicado. El rey Sahriyar desesperado dijo a su hermano:

    --Vamos, alejémonos de aquí, de nada nos sirve ya el reino. Viajaremos incesantemente hasta encontrar a alguien más desdichado que nosotros.

Después se alejaron de palacio saliendo por una  puerta secreta y anduvieron día y noche hasta llegar a una fuente en la orilla del mar y allí se sentaron bajo un árbol para descansar. Al cabo de un rato vieron cómo el mar se iba oscureciendo y cómo sus olas embravecidas formaban una  negra columna que se acercaba cada vez  más  a la llanura donde ellos se hallaban. Asustados retrocedieron y se encaramaron a un árbol para observar lo que ocurría. Vieron entonces cómo un efrit de desmesurada altura, cabeza grande y ancho pecho llevaba una caja sobre la cabeza. Al llegar a la orilla el genio se encaminó hacia el árbol donde se hallaban los dos hermanos y sentándose a su sombra abrió la caja. Los hermanos vieron en su interior otra caja más pequeña, de donde salió una esbelta muchacha, bella como el sol, como bien dice el poeta:

Ella brilló en las tinieblas, y rompió el día, y de su luz ilumináronse las alboradas. En su resplandor se miran los soles, y las lunas en la claridad de sus ojos. Se desgarran los velos y los seres vienen a postrarse, embelesados, a sus pies. Cuando cruzan el firmamento los relámpagos de su mirada, se humedecen los rostros de lágrimas amantes.

     El genio, una vez que hubo mirado a la muchacha, dijo:

     -¡Oh señora, a quien rapté el mismo día de tus bodas!, el sueño me vence y quiero descansar-. Y así, reclinando la cabeza sobre su regazo, se quedó profundamente dormido. La muchacha empero a mirar a su alrededor hasta que vio en la copa del árbol a los dos reyes; entonces, depositando delicadamente en la yerba la cabeza del genio, se acercó al árbol haciendo señas a los dos monarcas para que bajaran sin miedo. Mas al ver que no tenían intención alguna de descender de allí arriba, dijo:

    -Si no bajáis, despertaré al genio y éste, enfurecido, os matará.

La muchacha vio cómo los dos hermanos descendían del árbol temblando de miedo, y cuando los tuvo frente a frente dijo:

      -Muy bien, ahora los dos me daréis una gallarda demostración de vuestra virilidad; de lo contrario avisaré al efrit.

     Asustado y confuso Sahriyar dijo a su hermano:

    -¡Anda, apresúrate, haz lo que ha dicho!

    -Sería mejor que empezaras tú contestó Sahzamán.

    Y ambos se invitaban mutuamente a empezar primero.

    -¡Basta ya! -exclamó-, haced pronto lo que os he mandado o despertaré al genio...

     Ante tal amenaza los dos monarcas poseyeron a la muchacha. Cuando hubieron terminado, la joven les dijo:

     -Verdaderamente sois muy expertos.

     Sacó luego del pecho un collar de quinientos setenta anillos y dijo:

     -¿Sabéis qué es esto?

      -Desde luego que no. A lo que ella repuso:

     -Los propietarios de estos anillos han  hecho el amor conmigo, poniéndole los cuernos al bobalicón del efrit.      Ahora vosotros también me entregaréis los vuestros.

     Y los dos hermanos sacándolos de los dedos así lo hicieron. Por fin dijo la adolescente:

     - Ese maldito genio me raptó en mi noche de bodas, encerrándome luego en una caja con siete candados y ocultándome en el fondo del mar embravecido; pero el pobre no sabe que cuando una mujer quiere una cosa nada puede detenerla, como bien dice el poeta:

      No te fíes de las mujeres, ni de sus juramentos .Como se desvanece la alegría, así se desvanecen las penas. Sus favores y sus iras dependen del capricho de sus antojos. Hacen alarde de un falso amor y la traición se anida entre sus faldas. Toma ejemplo de la historia de José, y defiéndete de sus engaños.  ¿No ves que el diablo hizo expulsar a Adán por culpa de ellas?

     Y  otro poeta dice:

    Acalla una calumnia que no hace más que embravecer al calumniado, y que exalta la pasión de amor violento. Si amo, nada hago que no hicieran los hombres en lo antiguo antes que yo.   Mucho asombro suscita quien se ha salvado de la seducción de las mujeres.      

     Al oír estas cosas se maravillaron no poco los dos hermanos y uno dijo al otro:

    -Si a éste que es un genio le suceden estas cosas mucho más graves que las nuestras, he aquí que esto debe consolarnos.

Inmediatamente se alejaron de allí y volvieron a la ciudad del rey Sahriyar, el cual entró en su palacio e hizo decapitar a su esposa, a sus esclavas y esclavos. Después ordenó a su visir que cada noche le llevara a una muchacha virgen, la poseía y antes de la madrugada la mataba; y así día tras día por espacio de tres años. El pueblo huyó entre gritos desgarrados llevándose a sus hijas y pronto en aquella ciudad no quedaron jóvenes casaderas.

     Un día el rey ordenó, como de costumbre, a su visir que le trajera una muchacha para aquella noche, mas el pobre hombre por más que buscó no Jogró encontrar ninguna. Triste y angustiado se fue a su casa temiendo la reacción del rey.

Ahora bien, este visir tenía dos hijas jóvenes y hermosas; la mayor se llamaba Sahrazade y la menor Dunyazad. La mayor había leído las historias y las hazañas de los reyes antiguos y conocía las leyendas de los pueblos lejanos, tanto es así que poseía más de mil libros de poetas, de pueblos antiguos y de su historia. Sahrazade al ver el rostro preocupado de su padre, dijo:

     -¿Cómo es que te ves triste y angustiado, padre mío? ¿Recuerdas lo que dice el poeta?: "Di al que soporta una angustia: la angustia no dura."  

Al oír estas palabras de labios de su hija, el visir contó de cabo a rabo cuanto había sucedido.

     Sahrazade escuchó atentamente el relato de su padre y luego con voz firme, dijo:

     -Por Alá, padre, haz que me case con el rey; si Alá me ayuda y sobrevivo habré con mi astucia librado de tan terrible muerte a todas las hijas de los musulmanes. El anciano le rogó una y otra vez que no arriesgara su vida, mas no logró convencerla, y al fin moviendo resignadamente la cabeza, dijo:

    -Creo, hija mía, que no lograrás engañar al rey como el asno y el buey lograron engañar al campesino.

    -Cuéntame cómo ocurrió, padre.

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 HISTORIA DEL ASNO, DEL BUEY Y DEL CAMPESINO

     -Debes saber, hija mía, que hubo una vez un mercader que vivía en el campo con su esposa y sus hijos, que poseía muchos ganados y entre ellos tenía un asno y un buey. Un día el buey pasó frente al lugar donde se hallaba el asno y vio cómo el suelo estaba limpio y recién regado, cómo el pesebre rebosaba de paja y cebada y cómo el asno, que trabajaba tan sólo de cuando en cuando y en fáciles quehaceres, dormía tranquilamente. Fue entonces cuando el mercader, a quien Alá había dado el don de entender el lenguaje de los animales y de los pájaros, oyó cómo el buey le decía al asno: "¡Qué suerte tienes! Yo estoy siempre cansado y tú en cambio duermes todo el día; tú comes cebada limpia y nunca sales a trabajar, mientras que yo me paso los días atado al arado y a la piedra del molino". El asno levantó la cabeza y contestó: "¡Oh padre del vigor y de la paciencia, tienes que ser más listo! Cuando estés en el campo y te pongan el yugo sobre el cuello, échate en el suelo y no te levantes aunque te peguen; aparenta dormir, y cuando de regreso al establo echen habas en tu pesebre, no las comas. Si haces esto un par de días, te creerán enfermo y podrás así descansar de las fatigas y de las penas. Mientras el mercader escuchaba estas palabras, entró en el establo uno de los servidores con una alforja de forraje para el buey y la vació en el pesebre; el animal apenas la probó y a la mañana siguiente, cuando el mismo criado fue a buscarlo para Ilevarlo al campo, lo encontró tan flojo y abatido que no se atrevió a sacarlo. El mercader entonces le dijo: "No te preocupes, coge el asno para que sustituya al buey en el arado."  El hombre cogió el asno, lo hizo tirar del arado y lo Ilevó al campo a trabajar hasta el anochecer.

Cuando el asno hubo regresado, el buey le dio las gracias por su consejo, ya que por fin había podido descansar un día entero. Mas el asno, cabizbajo y arrepentido, no contestó. Al día siguiente el campesino volvió a sacar el asno y lo tuvo con el yugo al cuello hasta la noche; el pobre animal volvió al establo rendido y con el cuello desollado; el buey le miró y volvió a manifestarle su agradecimiento y su admiración. "¡Me está bien empleado!, así aprenderé a no ocuparme de los asuntos ajenos", se reprochó el asno y dirigiéndose al buey añadió: "Estoy muy preocupado por tí pues he oído lo que el amo decía: ' mañana, si el buey no se levanta, podéis llevarlo al matadero para que hagan con su piel una buena alfombra',  y como comprenderás,  he querido avisarte para que sepas a qué atenerte." El buey muy pensativo contestó: "Gracias, mañana iré al campo a trabajar." Y luego, acercándose al pesebre, emperzó a comer hasta acabar todo el forraje. A la mañana siguiente el mercader, que estaba al corriente de todo, fue al establo con su mujer y esperó a que llegara el campesino. Cuando éste entró en el establo, el buey, meneando mansamente la cola, se preparó para salir mientras el amo reía a grandes carcajadas. "¿De qué te ríes?", preguntó la mujer. "De algo que sólo yo he visto y he oído pero que no puedo contar porque de hacerlo moriría." "¡Vas a decirme de qué te ríes aunque tengas que morirte luego!", "¡No puedo!... me asusta la muerte"; y ella dijo: "¡No puedes decirlo porque te estás riendo de mí!"; y tanto lloró y suplicó la mujer que el pobre hombre, sin saber cómo salir del aprieto, se dio por vencido; y puesto que ya había alcanzado los ciento veinte años de edad y no quería disgustar a su amada esposa, llamó a sus hijos, al cadí y a los testigos para hacer testamento, revelar su secreto y morir.

Reunidos, pues, vecinos y familiares a su alrededor, les explicó lo ocurrido, añadiendo que de descubrir su secreto moriría. Los allí presentes rogaron a la esposa que olvidara el asunto para evitar así la muerte del hombre que era a la vez su marido y el padre de sus hijos. Mas la mujer respondió que no pensaba cambiar de opinión aunque por ello él tuviese que morir. Así, pues, todos desistieron. El mercader entonces se encaminó al jardín para efectuar las abluciones de costumbre. A poco volvió junto a los demás para revelar el secreto.

Ahora bien, el mercader tenía un gallinero con un gallo y cincuenta gallinas; al salir del patio pasó por allí y oyó cómo su perro injuriaba al gallo diciendo: "¡Qué desagradecido eres!, ¿no te entristece la muerte de nuestro amo?" "¿Qué dices?", ¡preguntó el gallo. Y el perro le explicó toda la historia. Al acabar, el gallo, muy pensativo, dijo: "Nuestro amo no está en su sano juicio. Yo tengo cincuenta esposas y las manejo a mi antojo, él tan sólo tiene una y no sabe dominarla.  ¿ Por qué no coge un buen palo, entra en su alcoba y empieza a apalearla hasta dejarla tendida en el suelo, para que se arrepienta y no vuelva a pedirle nunca más nada?"Las palabras del perro y del gallo hicieron que el mercader recobrara el juicio y optara por apalear a su esposa.

Al llegar a estas palabras, el visir dejó su narración y dijo a su hija Sahrazade:

     -Y así te podría suceder a ti lo que a la mujer del comerciante.

     -¿Qué le sucedió? -replicó Sahrazade. El visir siguió la narración, diciendo:

     -Cortó de un árbol unas cuantas ramas y, tras esconderlas en la alcoba, fue en busca de su mujer: "Ven a la alcoba, querida, quiero revelarte a solas mi secreto y luego morir." La mujer le siguió y el hombre, tras cerrar la puerta, se abalanzó  sobre ella, apaleándola hasta verla desvanecida en el suelo. Al rato la mujer se reanimó y, arrepentida, con los ojos llenos de lágrimas, besó las manos y los pies del marido. Luego ambos aparecieron en el umbral de la alcoba con gran regocijo de los presentes, y así vivieron felices y contentos hasta el final de sus días.

     Las palabras del visir no acobardaron a la muchacha, la cual siguió firme en su propósito; y así, tras preparar lo necesario, padre e hija se presentaron ante el rey Sahriyar. Mas Sahrazade antes de abandonar su casa, había advertido y dado unos consejos a su hermana menor diciéndole:

    -Al llegar a palacio te mandaré llamar, y cuando te encuentres ante el rey y comprendas que he sido suya, dirás: "Hermana, explícanos un cuento para pasar la velada", y yo os contaré una historieta que con la ayuda de Alá, será nuestra salvación.

     El visir presentó pues su hija al rey y éste viéndola se alegró y dijo:

     -¿Me puede complacer ella en lo necesario? A lo que el visir contestó afirmativamente.

    Y cuando el rey intentó hacerla suya, Sahrazade empezó a llorar desconsoladamente explicando entre sollozos que tenía una hermana de quien quería despedirse. El rey la mandó llamar; la muchacha llegó y abrazó a su hermana, sentándose luego a los pies de la cama. Y así, cuando el rey hubo arrebatado la virginidad de Sahrazade, los tres se sentaron a conversar, y la más pequeña dijo:

     -Hermana, explícanos un cuento para que podamos pasar alegremente la velada.

     -Lo haré encantada -contestó Sahrazade-, si el rey me lo permite.

      Y el rey consintió en ello ya que una dulce excitación no le permitía conciliar el sueño.

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HISTORIA DEL NEGRO SAUAB, PRIMER EUNUCO SUDANÉS

"Sabed, ¡oh mis hermanos! que apenas tenía cinco años de edad cuando el mercader de esclavos me sacó de mi tierra para traerme a Bagdad, y me vendió a un guardia de palacio. Este hombre tenía una hija que en aquel momento contaba tres años. Fui criado con ella, era la diversión de todos cuando jugaba con la niña, y bailaba danzas muy graciosas y le cantaba canciones. Todo el mundo quería al negrito.

Juntos crecimos de aquel modo, y yo llegué a los doce años y ella a los diez. Y nos dejaban jugar juntos. Pero un día entre los días, al encontrarla sola en un sitio apartado, me acerqué a ella, según costumbre. Precisamente acababa de tomar un baño en el hamman, y estaba deliciosa y perfumada. En cuanto a su rostro, parecía la luz en su décima cuarta noche. Al verme corrió hacia mí, y nos pusimos a jugar y a hacer mil locuras. Y la estreché entre mis brazos, mientras que ella se me colgaba del cuello apretándome con todas sus fuerzas.

Una vez terminada la cosa, la niña se echó a reír otra vez, y volvió a besarme, pero yo estaba aterrado con lo que acababa de ocurrir, y me escapé de entre sus manos, corriendo a refugiarme en la casa de un negro amigo mío.

La niña no tardó en volver a su casa, y la madre, al verle sus vestidos en desorden lanzó un grito. Y se cayó al suelo, desmayada de dolor y de ira. Pero cuando volvió en sí, como la cosa era irreparable, tomó todas las precauciones para arreglar el asunto, y sobre todo para que su esposo no supiera la desgracia. Y tal maña se dio, que pudo conseguirlo. Transcurrieron dos meses y aquella mujer acabó por encontrarme, y no dejaba de hacerme regalitos para obligarme a volver a la casa. Pero cuando volví no se habló para nada de la cosa, y siguieron ocultándoselo al padre, que seguramente me habría matado, y ni la madre ni nadie me deseaba mal alguno, pues todos me querían mucho.

Dos meses después la madre consiguió poner en relaciones a su hija con un joven barbero, que era el barbero de su padre, y con tal motivo iba mucho a casa. Y la madre le dio un buen dote de su peculio particular y le hizo un buen equipo. En seguida llamaron al barbero, que se presentó con todos sus instrumentos. Y el barbero me ató y convirtiome en eunuco. Y se celebró la ceremonia del casamiento, y yo quedé de eunuco de mi amita, y desde entones tuve que ir precediéndola por todas partes, cuando iba al zoco, o cuando iba de visitas o a casa de su padre. Y la madre hizo las cosas tan discretamente, que nadie supo nada de la historia, ni el novio, ni los parientes, ni los amigos.

Desde entonces viví con mi amita en casa de su marido el barbero. De modo que sin peligro y sin despertar sospechas pude seguir viviendo con mi ama, hasta que murieron ella, su marido y sus padres. Entonces pasaron a mí todos los bienes, y llegué a ser eunuco de palacio, igual que vosotros, ¡oh mis hermanos negros!' Tal es la causa de que me mutilaran. Y ahora, la paz sea con vosotros."

Dicho lo que antecede, el negro Sauab se calló, y el segundo negro, Kafur, tomó la palabra y dijo:

HISTORIA DEL NEGRO KAFUR, SEGUNDO EUNUCO SUDANÉS

"Sabed, oh hermanos! que cuando sólo tenía ocho años de edad era ya tan experto en el arte de mentir, que cada año soltaba una mentira tan gorda que mi amo el mercader se caía de espaldas. Así es que el mercader, quiso deshacerse de mí cuando antes, y me puso en manos del pregonero, para que anunciase mi venta en el zoco, diciendo: "¿Quién quiere comprar un negrito con todo su vicio?" Y el pregonero me llevó por todos los zocos, diciendo lo que le habían encargado. Y un buen hombre de entre los mercaderes del zoco no tardó en acercarse, y preguntó al pregonero: ¿Y cuál es el vicio de este negrito?" Y el otro contestó: "El de decir una sola mentira cada año." Y el mercader insistió: "¿Y qué precio piden por ese negrito con su vicio?" A lo cual contesto el pregonero: "Sólo seiscientos dracmas." Y dijo el mercader: "Lo tomo, y te doy veinte dracmas de corretaje." Y en el acto se reunieron los testigos, de la venta y se hizo el contrato entre el pregonero y el mercader. Entonces el pregonero me llevó a la casa de mi nuevo amo, cobró el precio de la venta y el corretaje, y se marchó.

Mi amo me vistió decentemente con ropa a mi medida, y permanecí en su casa el resto del año, sin que ocurriera ningún incidente. Pero empezó otro año y se anunció como bendito en cuanto a la recolección y la fertilidad. Los mercaderes le festejaban con banquetes en los jardines, y cada, uno pagaba a su vez los gastos del convite, hasta que le tocó a mi amo. Entonces mi amo invitó a los mercaderes a comer en un jardín de las afueras de la ciudad, y mandó llevar allí comestibles y bebidas en abundancia, y todos estuvieron comiendo y bebiendo desde por la mañana hasta el mediodía. Pero entonces recordó mi amo que había dejado olvidada una cosa, y me dijo: "¡Oh, mi esclavo! monta en la mula, ve a casa para pedirle a tu ama tal cosa, y vuelve en seguida." Yo obedecí la orden y me dirigí apresuradamente a la casa.

Y al llegar cerca de ella empecé a dar agudos chillidos y a verter abundantes lagrimones. Y me rodeó un gran grupo de vecinos de la calle y del barrio, grandes. y chicos. Y las mujeres, asomándose a las puertas y ventanas, me miraban asustadas, y mi ama, que oyó mis gritos, bajó a abrirme, acompañada de sus hijas. Y todas me preguntaron qué ocurría. Y yo contesté llorando: "Mi amo estaba en el jardín con los convidados, se ausentó para evacuar una necesidad junto a la pared, y la pared se vino abajo, sepultándole entre los escombros. Y yo he montado en seguida en la mula, y he venido a todo correr a enteraros de la desgracia."

Cuando la mujer y las hijas oyeron mis palabras se pusieron a dar agudos gritos, a desgarrarse los vestidos y a darse golpes en la cara y en la cabeza, y todos los vecinos acudieron y las rodearon.

Después, mi ama, en señal de luto (como suele hacerse cuando muere inesperadamente el cabeza de familia), empezó a destrozar la casa, a destruir muebles, a tirarlos por las ventanas, a romper todo lo rompible y a arrancar ventanas y puertas. Luego mandó pintar de azul las paredes y echar encima de ellas paletadas de barro. Y me dijo: "¡Miserable Kafur! ¿Qué haces ahí inmóvil? Ven a ayudarme a romper estos armarios, a destruir estos utensilios y hacer trizas esta vajilla." Y yo, sin esperar a que me lo dijera dos veces, me apresuré a destrozarlo todo, armarios, muebles y cristalería; quemé alfombras, camas, cortinas y almohadones, y después la emprendí con la casa, asolando techos y paredes. Y entretanto, no dejaba de lamentarme y de clamar: "¡Pobre amo mío! ¡Ay mi desgraciado amo!"

Después mi ama y sus hijas se quitaron los velos, y con la cara descubierta y todo el pelo suelto, salieron a la calle. Y me dijeron: ¡Oh Kafur! Ve delante de nosotras para enseñarnos el camino. Llévanos al sitio en que tu amo quedó sepultado bajo los escombros. Porque hemos de colocar su cadáver en el féretro, llevarlo a casa y celebrar los debidos funerales." Y yo eché a andar delante de ellas, gritando: ¡Oh mi pobre amo"' Y todo el mundo nos seguía. Y las mujeres, llevaban descubierto el rostro y la cabellera desmelenada. Y todas gemías y gritaban, llenas de desesperación.

Poco a poco se aumentó la comitiva con todos los vecinos de las calles que atravesábamos, hombres, mujeres, niños, muchachas y viejas. Y todos se golpeaban la cara y lloraban desesperadamente. Y yo me divertía haciéndoles dar la vuelta a la ciudad y atravesar todas las calles, y los transeúntes preguntaban la causa de todo aquello y se les contaba lo que me habían oído decir, y entonces clamaban: "¡No hay fuerza ni poder más que en Alá, Altísimo, Omnipotente!"

Y alguien aconsejó a mi ama que fuese a casa de walí y le refiriese lo ocurrido. Y todos marcharon a casa del walí, mientras que yo pretextaba que me iba al jardín en cuyas ruinas estaba sepultado mi amo."

En este momento de su narración, Sahrazade vio aparecerla mañana y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA NOCHE TREINTA Y NUEVE,  ella dijo

He llegado a saber; ¡oh rey afortunado! que el eunuco Kafur prosiguió de este modo el relato de su historia:

"Entonces corrí al jardín, mientras que las mujeres y todos los demás se dirigían a casa del walí para contarle lo ocurrido. Y el walí se levantó y montó a caballo, llevando consigo peones que iban cargados de herramientas, sacos y canastos, y todo el mundo emprendió el camino del jardín siguiendo las indicaciones que yo había suministrado.

Y yo me cubrí de tierra la cabeza, empecé a golpearme la cara y llegué al jardín gritando: "¡Ay mi pobre ama! ¡Ay mis pobres amitas! ¡Ay! ¡Desdichados de todos nosotros!" Y así me presenté entre los comensales. Cuando mi amo me vio de aquella manera, cubierta la cabeza de tierra, aporreada la cara y gritando: "¡Ay! ¿Quién me recogerá ahora?, ¿Qué mujer será tan buena para mí como mi pobre ama?", cambió de color, le palideció la tez, y me dijo: "¿Qué te pasa, ¡oh Kafur!? ¿Qué ha ocurrido? Dime." Y yo le contesté: "¡Oh amo mío! Cuando me mandaste que fuera a casa a pedirle tal cosa a mi ama, llegué y vi que la casa se había derrumbado, sepultando entre los escombros a mi ama y a sus hijas." Y mi amo gritó entonces:

"¿Pero no se ha podido salvar tu ama?" Y yo dije: "Nadie se ha salvado, y la primera en sucumbir ha sido mi pobre ama." Y me volvió a preguntar: "¿Pero y la más pequeña de mis hijas tampoco se ha salvado?" Y contesté: "Tampoco." Y me dijo: ¿Y la mula, la que yo suelo montar, tampoco se ha salvado?" Y dije: "No, ¡oh amo mío!,  porque las paredes de la casa y las de la cuadra se han derrumbado encima de todo lo que había en la casa, sin excluir a los carneros, los gansos y las gallinas. Todo se ha convertido en una masa informe debajo de las ruinas. Nada queda ya." Y volvió a preguntarme: "¿Ni siquiera el mayor de mis hijos?" Y respondí: "¡Ay! ni siquiera ese. No ha quedado nadie con vida. Ya no hay casa ni habitantes. Ni siquiera quedan ya rastros de ello. En cuanto a los carneros, los gansos y las gallinas, deben de ser en este momento pasto de los perros y los gatos:"

Cuando mi amo oyó estas palabras, la luz se transformó para él en tinieblas; quedó privado de toda voluntad; las piernas no le podían sostener; se le paralizaron los músculos y se le encorvó la espalda.

Después empezó a desgarrarse la ropa, a mesarse las barbas, a abofetearse y a quitarse el turbante. Y no dejó de darse golpes, hasta que se le ensangrentó todo el rostro. Y gritaba: "¡Ay mi mujer! ¡Ay mis hijos! ¡Qué horror! ¡Qué desdicha! ¿Habrá otra desgracia semejante a la mía?" Y todos los mercaderes se lamentaban y lloraban como él para expresarle su pesar, y se desgarraban las ropas.

Entonces mi amo salió del jardín seguido de todos los convidados, y no cesaba de darse golpes, principalmente en el rostro, andando como si estuviera borracho. Pero apenas había transpuesto la puerta del jardín, vio una gran polvareda y oyó gritos desaforados. Y no tardó en ver aparecer al walí con toda su comitiva, seguido de las mujeres y vecinos del barrio y de cuantos transeúntes se habían unido a ellos en el camino, movidos por la curiosidad. Y todo el gentío lloraba y se lamentaba.

La primera persona con quien se encontró mi amo fue con su esposa, y detrás de ella vio a todos sus hijos. Y al verlos se quedó estupefacto, como si perdiera la razón, y luego se echó a reír, y su familia se arrojó en sus brazos y se colgó a su cuello. Y llorando decían: "¡Oh padre! ¡Alá sea bendito por haberte librado!" Y él les preguntó: "¿Y vosotros? ¿Qué os ha ocurrido?" Su mujer le dijo: "¡Bendito sea Alá, que nos permite volver a ver tu cara, sin ningún peligro! ¿Pero cómo lo has hecho para salvarte de entre los escombros? Nosotros ya ves que estamos perfectamente. Y a no ser por la terrible noticia que nos anunció Kafur, tampoco habría pasado nada en casa." Y mi amo exclamó: "¿Pero qué noticia es esa?"

 Y su mujer dijo: "Kafur llegó con la cabeza descubierta y la ropa desgarrada, gritando; "¡Oh mi pobre amo! ¡Oh mi desdichado amo!" Y le preguntamos: "¿Qué ocurre, ¡oh Kafur!?" Y nos dijo: "Mi amo se había acurrucado junto a una pared para evacuar una necesidad, cuando de pronto la pared se derrumbó y le enterró vivo."

Entonces dijo mi amo. "¡Por Alá! Pero si Kafur acaba de venir ahora mismo gritando: "¡Ay mi ama! ¡Ay los pobres hijos de mi ama!" Y le he preguntado:' ¿Qué ocurre, ¡oh Kafur!? Y me ha dicho: "Mi ama, con todos sus hijos, acaba de perecer debajo de las ruinas de la casa."

Inmediatamente mi amo se volvió hacia donde estaba yo, y vio qué seguía echándome polvo sobre la cabeza, y desgarrándome la ropa, y tirando el turbante. Y dando una voz terrible, me mandó que me acercara. Al acercarme me dijo: "¡Ah miserable esclavo! ¡Negro de mal agüero! ¡Maldito y de raza maldita! ¿Por qué has ocasionado tanto trastorno? ¡Por Alá! que he de castigar tu crimen según se merece. Te he de arrancar la piel de la carne, y la carne de los huesos."

 Y yo contesté resueltamente: "¡Por Alá! que no me has de hacer ningún daño, pues me compraste con mi vicio, y como fue ante testigos, declararán que sabías mi vicio de decir una mentira cada año, y así lo anunció el pregonero. Pero he de advertirte que todo lo que acabo de hacer no ha sido más que media mentira, y me reservo el derecho de soltar la otra mitad que me corresponde decir antes que acabe el año." Mi amo, al oírme, exclamó: "¡Oh tú, el más vil y maldito de todos los negros! ¿Conque lo que acabas de hacer no es más que la mitad de una mentira? ¡Pues valiente calamidad la que tú eres! Vete, oh perro, hijo de perro, te despido! Ya estás libre de toda esclavitud."

Y yo dije: "¡Por Alá! que podrás echarme, ¡oh mi amo! pero yo no me voy. De ninguna manera. He de soltar antes la otra mitad de la mentira. Y esto será antes de que acaba el año. Entonces me podrás llevar al zoco para venderme con mi vicio. Pero antes no me puedes abandonar, pues no tengo oficio de qué vivir. Y cuanto te digo es cosa muy legal, y legalmente reconocida por los jueces cuando me compraste".

Y mientras tanto, los vecinos que habían venido para asistir a los funerales se preguntaban qué era lo que pasaba. Entonces les enteraron de todo, lo mismo que al walí, a los mercaderes y a los amigos, explicándoles la mentira que yo había inventado. Y cuando les dijeron que todo aquello no era más que la mitad, llegaron todos al límite de la estupefacción, juzgando que aquella mitad era ya de suyo bastante enorme. Y me maldijeron, y me brindaron toda clase de insultos, a cuál peor de todos. Y yo seguía riéndome, y decía: "No tenéis razón en reconvenirme, pues me compraron con mi vicio."

Ya sí llegamos a la calle en que vivía mí amo, y vio que su casa no era más que un montón de ruinas. Y entonces se enteró de que yo había contribuido a destruirla, pues le dijo su mujer: "Kafur ha roto todos los muebles, y los jarrones, y la cristalería, y ha hecho pedazos cuanto ha podido." Y llegando al límite del furor, exclamó: "¡En mi vida he visto un negro más miserable que este! ¡Y aún dice que no es más que la mitad de un embuste! ¿Pues qué sería una mentira completa? ¡Lo menos la destrucción de una o dos ciudades!" E inmediatamente me llevaron a casa del walí, que me mandó dar tan soberana paliza, que me desmayé.

Y encontrándome en tal estado, mandaron llamar a un barbero, que con sus instrumentos me mutiló del todo y cauterizaron la herida con un hierro candente. Y al despertar me enteré de lo que me faltaba y de que me habían hecho eunuco para toda mi vida. Entonces mi amo me dijo: "Así como tú me has abrasado el corazón queriendo arrebatarme lo que más quería, así te lo quemo yo a ti, quitándote lo que querías más." Después me llevó consigo al zoco, y me vendió por más precio, puesto que yo había encarecido al convertirme en eunuco. Desde entonces he causado la discordia y el trastorno en todas las casas en que entré como eunuco, y he ido pasando de un amo a otro, de un emir a un emir, de un notable a un notable, según la venta y la compra, hasta ser propiedad del mismo Emir de los Creyentes Pero he perdido mucho, y mis fuerzas disminuyeron desde que quedé sin lo que me falta.

Y tal es, ¡oh hermanos! la causa de mi mutilación. He aquí que se ha terminado mi historia. ¡Uassalam!"

Y los otros dos negros, oído el relato de Kafur, empezaron a reírse y a burlarse de él, diciendo: "Eres todo un bribón, hijo de bribón. Y tu mentira fue una mentira formidable."

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HISTORIA DE UNA CIUDAD DE ESPAÑA CONQUISTADA POR TARIQ IBN ZIYAD

En una ciudad llamada Tulaitula , capital del reino de los francos, había un castillo que permanecía siempre cerrado, y cada vez que fallecía un rey de los Rum y otro le sucedía, añadían a la puerta un gran candado, tanto es así que sobre ella se hallaban reunidos veinticuatro candados, uno por cada rey. Tras estos reyes, subió al trono un monarca que no pertenecía a la dinastía  y quiso abrir aquellos candados para ver qué había en el interior del castillo. Los grandes del reino intentaron impedírselo, se negaron a abrir- los y le prohibieron que lo hiciera, pero él no quiso escucharles y dijo: "¡No puedo por menos de ver lo que hay en el castillo!". Le ofrecieron cosas de gran valor, el dinero y los tesoros que poseían, para que no la abriera, pero el rey no desis- tió de su propósito.

Al llegar a este punto de su narración, Sahrazade se dio cuenta de que amanecía y, discreta, se calló.

Cuando llegó la  NOCHE DOSCIENTAS SETENTA Y DOS Sahrazade dijo:

-Me han contado, oh rey feliz, que el monarca quitó pues los candados, y al abrir la puerta, encontró efigies de árabes sobre caballos y camellos, con sus turbantes largos y casi caídos, con las espadas en bandolera y con sus largas lanzas al puño. Halló también un escrito, lo cogió y lo leyó. Decía: "Cuando se abra esta puerta, este territorio será invadido por una población árabe, semejante en su aspecto a estas imágenes. Guardaos pues, y una vez más, guardaos de abrirla."

Aquella ciudad se hallaba en España y aquel mismo año fue tomada por Tariq ibn Ziyad, bajo el califato de al-Walid ibn Abd al-Malik, de la dinastía de los omeyas. Aquel rey murió violentamente, su país fue saqueado, las mujeres y los niños que en él vivían fueron hechos prisioneros, y sus riquezas fueron el botín de los enemigos. y en este botín se hallaron cosas de extraordinario valor: más de ciento setenta diademas de perlas y rubíes, se hallaron piedras preciosas, y un salón tan amplio que caballeros armados habrían podido medir en él sus armas, y que estaba lleno de vasijas de oro y de plata de belleza indescriptible. Y hallaron también la mesa perteneciente al profeta Salomón hijo de David (¡Paz sobre ambos!) que era, según la tradición, de esmeraldas: esta mesa se encuentra aún hoy en Roma. Su vajilla es de oro y sus platos de jaspe y piedras preciosas. Encontraron también el libro de los Salmos, escrito en caracteres griegos, sus hojas eran de oro incrustadas de gemas. También había un libro en el que se explicaban las virtudes de las piedras y de las plantas, de las ciudades y de los pueblos, de los talismanes, de la ciencia de la alquimia. Todo ello en oro y plata. Además otro libro que explicaba el arte de tallar los rubíes y las piedras preciosas y la composición de los venenos y de las triacas; y una imagen con la forma de la tierra y de los mares, de los países y de las minas. Vieron también un gran sa1ón lleno de un elixir capaz de transformar en oro puro mil dracmas de plata con una sola dracma de esencia. A continuación hallaron un gran espejo redondo, maravilloso, compuesto ¡por una aleación de metales y fabricado por el profeta de Alá Salomón hijo de David (¡Paz sobre ambos!). Quien se contemplaba en él veía con sus propios ojos las siete regiones del mundo. Y hallaron una sala llena de rubíes de Bahram, en abundancia indescriptible. Todo esto fue llevado ante al-Walid ibn Abd al.Malik, y los árabes se esparcieron por aquel país, uno de los más hermosos del mundo.

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EL PASTOR DEVOTO

Cuentan también que vivía sobre un monte un pastor, religioso, sensato y honrado, que poseía unas ovejas que llevaba a pacer y de las que obtenía leche y lana. El monte en que se hallaba el pastor tenía muchos árboles,  pastos y fieras,  pero éstas nada podían contra el pastor ni contra su rebaño, y él vivía en aquel lugar, tranquilo y feliz, sin cuidarse de las cosas de este mundo, dedicándose tan sólo a la adoración del Señor. Un día enfermó gravemente y se encerró en una gruta que había en el monte, su rebaño seguía igualmente yendo a pacer de día y regresaba por la noche a la gruta donde él se hallaba. Un día Alá quiso probar a este pastor y experimentar su obediencia y su paciencia. Para ello le envió un ángel, que se presentó ante él bajo el aspecto de una hermosísima mujer, y se sentó a su lado. Al ver el pastor a aquella mujer sentada a su lado, se estremeció y le dijo: "Oh mujer, ¿qué te ha impulsado a venir hasta aquí, cuando nada tenemos en común y no existe nada entre nosotros que justifique el que entres en mi casa?" Ella insinuó: "Oh hombre, ¿no ves mi belleza y mi hermosura, y el buen perfume de mi cuerpo?, ¿no sabes lo que los hombres quieren de las mujeres? Nada te impide cogerme, yo misma he escogido tu compañía, acepto unirme a ti, y he venido aquí espontáneamente; no te rechazo y aquí no hay nadie a quien puedas temer. Quiero estar a tu lado mientras permanezcas sobre estos montes y seré tu compañera. Vengo a ofrecerme porque necesitas la ayuda de las mujeres. Si me tomas curarás de tu enfermedad, regresará a ti la salud y te arrepentirás por lo que has perdido no acercándote a las mujeres en todo este tiempo. Te he aconsejado, acepta mi consejo y acércate a mí." El pastor contestó: "Sal de aquí, mujer insidiosa y falsa, que no me atraes, no me acercaré a ti, no necesito tu compañía ni tu unión carnal, porque quien te desea hará abstinencia en la vida futura y el que desea la vida futura tiene que hacer abstinencia de ti que has corrompido a los hombres desde el primero hasta el último. El Altísimo Alá ha anunciado a sus fieles desgracias y penas para quienes están en tu compañía." Ella le replicó: "Oh tú que has perdido el justo sendero y extraviado la recta vía, acerca tu rostro a mí y mira mis bellezas y aprovecha el tenerme cerca, como han hecho los que te han precedido, todos eran hombres sabios más  expertosque tú y llenos de buen sentido; a pesar de ello no han rechazado el placer de las mujeres que tú rechazas; al contrario, han deseado aquel contacto y aquel roce con las mujeres del que tú te abstienes, y esto no les ha perjudicado para nada en la vida religiosa ni en la mundana. Abandona pues esta opinión y no te arrepentirás." Volvió a decir el pastor: "Yo huyo de todo lo que tú dices y me abstengo de todo lo que manifiestas, porque eres embustera y pérfida, no tienes palabra ni fidelidad.  ¡Cuánta maldad escondes bajo tu belleza y cuánta bondad has estropeado dejándola en manos del arrepentimiento y de la tristeza! ¡Aléjate de mí, tú que te alabas a ti misma y corrompes a los demás!" Al decir esto se cubrió el rostro con la capa para no verla y empezó a nombrar a Alá. El ángel, viendo que la fe del pastor era sincera, salió y voló al cielo. Cerca de aquel lugar había un pueblecito en el que vivía un hombre piadoso que ignoraba la presencia del pastor en aquel lugar. Este hombre tuvo en sueños una visión y oyó cómo una voz le decía: "Cerca de ti, en tal lugar, se halla un hombre piadoso, ve a verle y ponte a su disposición." A la mañana siguiente, salió en su busca. Agobiado por el calor se encaminó a un árbol junto al cual había un manantial y se sentó a la sombra para descansar. Mientras estaba sentado, vio llegar fieras y pájaros que iban a beber a la fuente, pero al ver al hombre piadoso al sentado, los animales se asustaron y huyeron. El hombre devoto dijo entre sí: "Me he parado aquí y he asustado a estos animales de la selva y a estos pájaros." Se levantó y siguió reprochándose: "El haberme sentado hoy en este lugar ha perjudicado a estas pobres bestias, ¿ cómo podré justificarme ante mi creador, que es también el creador de estos pájaros y de estas fieras, siendo yo la causa de su alejamiento del agua y del alimento? ¡Qué vergüenza para mí ante mi Alá en el día en que hará justicia a la oveja falta de cuernos sobre la oveja que los poseyó!" Sus ojos derramaron abundantes lágrimas y recitó estos versos:

Por Alá, si los hombres supieran por qué fueron creados,  seguramente no se entregarían a las distracciones y al sueño.  Porque la muerte, la resurrección, la congregación para el juicio  y además el castigo y otras cosas terribles,   son acontecimientos   inevitables. Y nosotros, aunque tenemos algunos poderes, no somos más que durmientes como los de la caverna.

Luego Iloró por haberse sentado bajo el árbol junto al manantial impidiendo así a los pájaros y a las fieras que pudieran beber, y se alejó consternado hasta que llegó junto al pastor. Entró en la cueva y le saludó. El pastor contestó a su saludo, le abrazó, Iloró y le dijo: "¿Qué te ha empujado a venir a este lugar donde nunca ser humano ha venido?" El hombre devoto le contestó: "He visto en sueños alguien que me ha descrito tu lugar, ordenándome llegar hasta ti y saludarte, y yo he venido por obedecer la orden recibida." El pastor le acogió cariñosamente y le ofreció su compañía y los dos permanecieron juntos sobre aquel monte para adorar al Altísimo Alá en la caverna, y siguieron así viviendo en piadosa devoción adorando al Señor y alimentándose de la carne y de la leche del rebaño, carentes de todo bien mundanal y de hijos, hasta que les llegó la muerte, y así acaba su historia.

El rey dijo:

-Oh Sahrazade, tú me induces a renunciar a mi reino y a arrepentirme por haber hecho morir sin reflexionar a mujeres y jóvenes. ¿Conoces aún más historias de pájaros?

-, contestó ella.  

    

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LA SEGUNDA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD EL MARINO, QUE TRATA DEL SEGUNDO VIAJE

“Verdaderamente disfrutaba de la más sabrosa vida, cuando un día entre los días asaltó mi espíritu la idea de los viajes por las comarcas de las hombres; y de nuevo sintió mi alma con ímpetu el anhelo de correr y gozar con la vista el espectáculo de tierras e islas, y mirar con curiosidad cosas desconocidas, sin descuidar jamás la compra y venta por diversos países.

Hice hincapié en este proyecto, y me dispuse a ejecutarlo en seguida. Fui al zoco, donde, mediante una importante suma de dinero, compré mercancías apropiadas al tráfico que pretendía exportar; las acondicioné en fardos sólidos y las transporté a la orilla del agua, no tardando en descubrir un navío hermoso y nuevo, provisto de velas de buena calidad y lleno de marineros, y de un conjunto imponente de maquinarias de todas formas. Su aspecto me inspiró confianza y transporté a él mis fardos inmediatamente, siguiendo el ejemplo de otros varios mercaderes conocidos míos, y con los que no me disgustaba hacer el viaje.

Partimos aquel mismo día, y tuvimos una navegación excelente. Viajamos de isla en isla y de mar en mar durante días y noches, y a cada escala íbamos en busca de los mercaderes de la localidad, de los notables, y de los vendedores, y de los compradores, y vendíamos y comprábamos, y verificábamos cambios ventajosos. Y de tal suerte continuábamos navegando, y nuestro destino nos guió a una isla muy hermosa, cubierta de frondosos árboles, abundante en frutas, rica en flores, habitada por el canto de los pájaros, regada por aguas puras, pero absolutamente virgen de toda vivienda y de todo ser humano.

El capitán accedió a nuestro deseo de detenernos unas horas allí, y echó el ancla junto a tierra. Desembarcamos en seguida, y fuimos a respirar el aire grato en las praderas sombreadas por árboles donde holgábanse las aves. Llevando algunas provisiones de boca, yo fui a sentarme a orillas de un arroyo de agua límpida, resguardado del sol por ramales frondosos, y tuve un placer extremado en comer un bocado y beber de aquella agua deliciosa. Por si eso fuera poco, una brisa suave modulaba dulces acordes me invitaba al reposo absoluto. Así es que me tendí en el césped, y dejé que se apoderara de mí el sueño en medio de la frescura y los aromas del ambiente.

Cuando desperté no vi ya a ninguno de los pasajeros, y el navío había partido sin que nadie se enterase de mi ausencia. En vano hube de mirar a derecha y a izquierda, adelante y atrás, pues no distinguí en toda la isla a otra persona que a mi mismo. A lo lejos se alejaba por el mar una vela que muy pronto perdí de vista.

Entonces quedé sumirlo en un estupor sin igual e insuperable; y sentí que mi vejiga biliar estaba a punto de estallar de tanto dolor y tanta pena. Porque, ¿qué podía ser de mí en aquella isla, habiendo dejado en el navío todos mis efectos y todos mis bienes? ¿Qué desastre iba a ocurrirme en esta soledad desconocida? Ante tan desconsoladores pensamientos; exclamé: “¡Pierde toda esperanza, Sindbad el Marino! ¡Si la primera vez saliste del apuro merced a circunstancias suscitadas por el Destino propicio, no creas que ocurrirá lo mismo siempre, pues, como dice el proverbio, se rompe el jarro cuando se cae dos veces!”

En tal punto me eché a llorar, gimiendo, lanzando luego gritos espantosos, hasta que la desesperación se apoderó por completo de mi corazón. Me golpeé entonces la cabeza con las dos manos, y exclamé todavía: “¿Qué necesidad tenías de viajar ¡oh miserable! cuando en Bagdad vivías entre delicias? ¿No poseías manjares excelentes, líquidos excelentes y trajes excelentes? Qué te faltaba para ser dichoso? ¿No fue próspero tu primer viaje?” Entonces me tiré a tierra de bruces, llorando ya la propia muerte, y diciendo: “¡Pertenecemos a Alah y hemos de tornar a él!” Y aquel día creí volverme loco.

Pero como por último comprendí que eran inútiles todos mis lamentos y mi arrepentimiento demasiado tardío, hube de conformarme con mi destino. Me erguí sobre mis piernas, y tras de haber andado algún tiempo sin rumbo, tuve miedo de un encuentro desagradable con cualquier animal salvaje o con un enemigo desconocido, y trepé a la copa de un árbol, desde donde me puse a observar con más atención a derecha y a izquierda; pero no pude distinguir otra cosa que el cielo, la tierra, el mar; los árboles, los pájaros, la arena y las rocas. Sin embargo, al fijarme más atentamente en un punto del horizonte, me pareció distinguir un fantasma blanco y gigantesco. Entonces me bajé del árbol atraído por tal curiosidad; pero, paralizado de miedo, fui avanzando muy lentamente y con mucha cautela hacia aquel sitio. Cuando me encontré más cerca de la masa blanca, advertí que era una inmensa cúpula, de blancura resplandeciente, ancha de base y altísima. Me aproximé a ella más aún y la di por completo la vuelta; pero no descubrí la puerta de entrada que buscaba. Entonces quise encaramarme a lo alto; pera era tan lisa y tan escurridiza, que no tuve destreza, ni agilidad, ni posibilidad de ascender. Hube de contentarme, pues, con medirla; puse una señal sobre la huella de mi primer paso en la arena y de nuevo la di la vuelta contando mis pasos. Por este procedimiento supe que su circunferencia exacta era de cincuenta pasos, más bien que menos.

Mientras reflexionaba sobre el media de que me valdría para dar con alguna puerta de entrada a salida de la tal cúpula, advertí que de pronto desaparecía el sol y que el día se tornaba en una noche negra. Primero lo creí debido a cualquier nube inmensa que pasase por delante del sol, aunque la casa fuera imposible en pleno verano. Alcé, pues, la cabeza para mirar la nube que tanto me asombraba, y vi un pájaro enorme de alas formidables que volaba por delante de los ojos del sol, esparciendo la oscuridad sobre la isla.

Mi asombro llegó entonces a sus límites extremos, y me acordé de lo que en mi juventud me habían contado viajeros y marineros acerca de un pájaro de tamaño extraordinario, llamado roc, que se encontraba en una isla muy remota y que podía levantar un elefante. Saqué entones como conclusión que el pájaro que yo veía debía ser el roc, y la cúpula blanca a cuyo pie me hallaba debía ser un huevo entre los huevos de aquel roc. Pero, no bien me asaltó esta idea, el pájaro descendió sobre el huevo y se posó encima como para empollarle. ¡En efecto, extendió sobre el huevo sus alas inmensas, dejó descansando a ambos lados en tierra sus dos patas, y se durmió encima! (¡Bendito El que no duerme en toda la eternidad!)

Entonces yo, que me había echado de bruces en el suelo, y precisamente me encontraba debajo de una de las patas, lo cual me pareció más gruesa que el tronco de un árbol añoso, me levanté con viveza, desenrollé la tela de mi turbante y luego de doblarla, la retorcí para servirme de ella como de una soga. La até sólidamente a mi cintura y sujeté ambos cabos con un nudo resistente a un dedo del pájaro. Porque que dije para mí: “Este pájaro enorme acabará por remontar el vuelo, con lo que me sacará de esta soledad y me transportará a cualquier punto donde pueda ver seres humanos. ¡De cualquier modo, el lugar en que caiga será preferible a esta isla desierta, de la que soy el único habitante!”

¡Eso fue todo! ¡Y a pesar de mis movimientos, el pájaro no se cuidó de mi presencia más que si se tratara de alguna mosca sin importancia o alguna humilde hormiga que por allí pasase!

Así permanecí toda la noche, sin poder pegar ojo por temor de que el pájaro echase a volar y me llevase durante mi sueño. Pero no se movió hasta que fue de día. Sólo entonces se quitó de encima de su huevo, lanzó un grito espantoso, y remontó el vuelo, llevándome, consigo. Subió y subió tan alto, que creí tocar la bóveda del cielo; pero de pronto descendió con tanta rapidez, que ya no sentía yo mi propio peso, y abatiose conmigo en tierra firme. Se posó en un sitio escarpado, y yo, en seguida, sin esperar más, me apresuré a desatar el turbante, con un gran terror de ser izado otra vez antes de que tuviese tiempo de librarme de mis ligaduras. Pero conseguí desatarme sin dificultad, y después de estirar mis miembros y arreglarme el traje, me alejé vivamente hasta hallarme fuera del alcance del pájaro, a quien de nuevo vi elevarse por los aires. Llevaba entonces en sus garras un enorme objeto negro, que no era otra cosa que una serpiente de inmensa longitud y de forma detestable. No tardó en desaparecer, dirigiendo hacia el mar su vuelo.

Conmovido en extremo por cuanto acababa de ocurrirme, lancé una mirada en torno de mí y quedé inmóvil de espanto. Porque me encontraba en un valle ancho y profundo, rodeado por todas partes de montañas tan altas, que para medirlas con la vista tuve que alzar de tal modo la cabeza, que rodó por mi espalda mi turbante al suelo. ¡Además, eran tan escarpadas aquellas montañas, que se hacia imposible subir por ellas, y juzgué inútil toda tentativa en tal sentido!

Al dame cuenta de ello no tuvieron límites mi desolación y mi desesperación, y me dije: “¡Ah, cuánto más hubiérame valido no abandonar la isla desierta en que se hallaba y que era mil veces preferible a esta soledad desolada y árida, donde no hay nada que comer ni beber! ¡Allí, al menos, había frutas que llenaban los árboles y arroyos de agua deliciosa; pero aquí solo ratas hostiles y desnudas para morir de hambre y de sed! ¡Qué calamidad! ¡No hay recurso y poder más que en Alá el Omnipotente! ¡Cada vez que escapo de una catástrofe es para caer en otra peor y definitiva!"

En seguida me levanté del sitio en que me encontraba y recorrí aquel valle para explorarle un poco, observando que estaba enteramente creado con rocas de diamante. Por todas partes a mi alrededor aparecía sembrado el suelo de diamantitos desprendidos de la montaña y que en ciertas sitios formaban montones de la altura de un hombre.

Comenzaba yo a mirarlas ya con algún interés, cuando me inmovilizó de terror un espectáculo más espantoso que todos los horrores experimentados hasta entonces. Entre las rocas de diamante vi circular a sus guardianes, que eran innumerables serpientes negras, más gruesas y mayores que palmeras, y cada una de las cuales muy bien podría devorar a un elefante grande. En aquel momento comenzaban a meterse en sus antros; porque durante el día se ocultaban para que no las cogiese, su enemigo el pájaro roc, y únicamente salían de noche.

Entonces intenté con precauciones infinitas alejarme de allí, mirando bien dónde ponía los pies y pensando desde el fondo de mi alma: “¡He aquí lo que ganaste a trueque de haber querido abusar de la clemencia del Destino, ¡oh Sindbad! hombre de ojos insaciables y siempre vacíos!” Y presa de un cúmulo de terrores, continué en mi caminar sin rumbo por el valle de diamantes, descansando de vez en cuando en los parajes que me parecían más resguardados, y así estuve hasta que llegó la noche.

Durante todo aquel tiempo me había olvidado por completo de comer y beber, y no pensaba más que en salir del mal paso y en salvar de las serpientes mi alma. Y he aquí que acabé por descubrir, junto al lugar en que me dejé caer, una, gruta cuya entrada era muy angosta, aunque suficiente para que yo pudiese franquearla. Avancé, pues, y penetré en la gruta, cuidando de obstruir la entrada con un peñasco que conseguí arrastrar hasta allá.

Seguro ya, me aventuré por su interior en busca del lugar más cómodo para dormir esperando el día, y pensé: “¡Mañana al amanecer saldré para enterarme de lo que me reserva el Destino!” Iba ya a acostarme, cuando advertí que lo que a primera vista tomé por una enorme roca negra era una espantosa serpiente enroscada sobre sus huevos para incubarlos. Sintió entonces mi carne todo el horror de semejante espectáculo, y la piel se me encogió como una hoja seca y tembló en toda su superficie; y caí al suelo sin conocimiento, y permanecí en tal estado hasta la mañana.

Entonces, al convencerme de que no había sido devorado todavía, tuve alientos para deslizarme hasta la entrada, separar la roca y lanzarme fuera como ebrio y sin que mis piernas pudieran sostenerme de tan agotado como me encontraba por la falta de sueño y de comida, y por aquel terror sin tregua.

Miré a mi alrededor, y de repente vi caer a algunos pasos de mi nariz un gran trozo de carne que chocó contra el suelo con estrépito. Aturdido al pronto, alcé los ojos luego para ver quien quería aporrearme con aquello; pero no vi a nadie. Entonces me acordé de cierta historia oída antaño en boca de los mercaderes, viajeros y exploradores de la montaña de diamantes, de la que se contaba que, como los buscadores de diamantes no podían bajar a este valle inaccesible, recurrían a un medio curioso para procurarse esas piedras preciosas. Mataban unos carneros; los partían en cuartos y los arrojaban al fondo del valle, donde iban a caer sobre las puntas de diamantes, que se incrustaban en ellos profundamente. Entonces se abalanzaban sobre aquella presa los rocs y las águilas gigantescas, sacándola del valle para llevársela a sus nidos en lo alto de las rocas y que sirviera de sustento a sus crías. Los buscadores de diamantes se precipitaban entonces sobre el ave; haciendo muchos gestos y lanzando grandes gritos para obligarla a soltar su presa y a emprender de nuevo el vuelo. Registraban entonces el cuarto de carne y cogían los diamantes que tenía adheridos.

Asaltome a la sazón la idea de que podía tratar aún de salvar mi vida y salir de aquel valle que se me antojó había de ser mi tumba. Me incorporé, pues, y comencé a amontonar una gran cantidad de diamantes, escogiendo los más gordos y los más hermosos. Me los guardé en todas partes, abarroté con ellos mis bolsillos, me los introduje entre el traje y la camisa, llené mi turbante y mi calzón, y hasta metía algunos entre los pliegues de mi ropa.

Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera vez...

 Al llegar a este punto de su narración, Sahrazade se dio cuenta de que amanecía y, discreta, calló.

Cuando llegó la

Noche doscientas noventa y siete

ella dijo:

 

Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera vez, y me la rodeé a la cintura, yendo a situarme debajo del cuarto de carnero, que até sólidamente a mi pecho con las dos puntas del turbante.

Permanecía ya algún tiempo en esta posición, cuando súbitamente me sentí llevado por los aires, como una pluma entre las garras formidables de un roc y en compañía del cuarto de carne de carnero. Y en un abrir y cerrar los ojos me encontré fuera del valle, sobre la cúspide de una montaña, en el nido del roc, que se dispuso en seguida a despedazar la carne aquella y mi, propia carne para sustentar, a sus roquecillos. Pero de pronto se alzó hacia nosotros un estrépito de gritos que asustaron al ave y la obligaron a emprender de nuevo el vuelo, abandonándome. Entonces desaté mis ligaduras y me erguí sobre ambos pies, con huellas de sangre en mis vestidos y en mi rostro.

Vi a la sazón aproximarse al sitio en que yo estaba a un mercader, que se mostró muy contrariado y asombrado al percibirme. Pero advirtiendo que yo no le quería mal y que ni aun me movía, se inclinó sobre el cuarto de carne y lo escudriñó, sin encontrar en él los diamantes que buscaba.

Entonces alzó al cielo sus largos brazos y se lamentó, diciendo: “¡Qué desilusión! ¡Estoy perdido! ¡No hay recurso más que en Alá! ¡Me refugio en Alá contra el Maldito, el Malhechor!” Y se golpeó una con otra las palmas de las manos, como señal de una desesperación inmensa.

Al advertir aquello, me acerqué a él y le deseé la paz. Pero él, sin corresponder a mi zalema, me arañó furioso y exclamó: “¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes para robarme mi fortuna?” Le respondí: “No temas nada, ¡oh digno mercader! porque no soy ladrón, y tu fortuna en nada ha disminuido.

Soy un ser humano y no un genio malhechor, como creías, por lo visto. Soy incluso un hombre honrado entre la gente honrada, y antiguamente, antes de correr aventuras tan extrañas, yo tenía también el oficio de mercader. En cuanto al motivo de mi venida a este paraje, es una historia asombrosa, que te contaré al punto. ¡Pero de antemano, quiero probarte mis buenas intenciones gratificándote con algunos diamantes recogidos por mí mismo en el fondo de esa sima, que jamás fue sondeada por la vista humana!”

Saqué en seguida de mi cinturón algunos hermosos ejemplares de diamantes; y se los entregué diciéndole: “¡He aquí una ganancia que no habrías osado esperar en tu vida!” Entonces el propietario del cuarto de carnero manifestó una alegría inconcebible y me dio muchas gracias, y tras de mil zalemas, me dijo: “¡La bendición está contigo, ¡oh mi señor! ¡Uno solo de estos diamantes bastaría para enriquecerme hasta la más dilatada vejez! ¡Porque en mi vida hube de verlos semejantes ni en la corte de los reyes y sultanes!” Y me dio gracias otra vez, y finalmente llamó a otros mercaderes que allí se hallaban y que se agruparon en torno mío, deseándome la paz y la bienvenida. Y les conté mi rara aventura desde el principio hasta el fin. Pero sería útil repetirla.

Entonces, vueltos de su asombro los mercaderes, me felicitaron mucho por mi liberación, diciéndome: “¡Por Alá! ¡Tu destino te ha sacado de un abismo del que nadie regresó nunca!” Después, al verme extenuado por la fatiga, el hambre y la sed, se apresuraron a darme de comer y beber con abundancia, y me condujeron a una tienda, donde velaron mi sueño, que duró un día entero y una noche.

A la mañana, los mercaderes me llevaron con ellos en tanto que comenzaba yo a regocijarme de modo intenso por haber escapado a aquellos peligros sin precedente. Al cabo de un viaje bastante corto, llegamos a una isla muy agradable, donde crecían magníficos árboles de copa tan espesa y amplia, que con facilidad podrían dar sombra a cien hombres. De estos árboles es precisamente de los que se extrae la sustancia blanca, de olor cálido y grato, que se llama alcanfor. A tal fin, se hace una incisión en lo alto del árbol, recogiendo en una cubeta que se pone al pie el jugo que destila y que al principio parece como gotas de goma, y no es otra cosa que la miel del árbol.

También en aquella isla vi al espantable animal que se llama “karkadann” y pace exactamente como pacen las vacas y los búfalos en nuestras praderas. El cuerpo de esa fiera es mayor que el cuerpo del camello; al extremo del morro tiene un cuerno de diez codos de largo y en el cual se halla labrada una cara humana. Es tan sólido este cuerno, que le sirve al karkadann para pelear y vencer al elefante, enganchándole y teniéndole en vilo hasta que muere. Entonces la grasa del elefante muerto va a parara los ojos del karkadann, cegándole y haciéndole caer. Y desde lo alto de los aires se abate sobre ellos el terrible roc, y los transporta a su nido para alimentar a sus crías.

Vi asimismo en aquella isla diversas clases de búfalos. Vivimos algún tiempo allá, respirando el aire embalsamado; tuve con ello ocasión de cambiar mis diamantes, por más oro y plata de lo que podría contener la cala de un navío. ¡Después nos marchamos de allí; y de isla en isla, y de tierra en tierra, y de ciudad en ciudad, admirando a cada paso la obra del Creador; y haciendo acá y allá algunas ventas, compras y cambios, acabamos por bordear Basora, país de bendición, para ascender hasta Bagdad, morada de paz!

Me faltó el tiempo entonces para correr a mi calle y entrar en mi casa, enriquecido con sumas considerables, dinares de oro y hermosos diamantes que no tuve alma para vender. Y he aquí que, tras las efusiones propias del retorno entre mis parientes y amigos, no dejé de comportarme generosamente, repartiendo dádivas a mi alrededor, sin olvidar a nadie.

Luego, disfruté alegremente de la vida, comiendo manjares exquisitos, bebiendo licores delicados, vistiéndome con ricos trajes y sin privarme de la sociedad de las personas deliciosas. Así es que todos los días tenía numerosos visitantes notables que, al oír hablar de mis aventuras; me honraban con su presencia para pedirme que les narrara mis viajes y les pusiera al corriente de lo que sucedía con las tierras lejanas. Y yo experimentaba una verdadera satisfacción instruyéndoles acerca de tantos cosas, lo, que inducía a todos a felicitarme por haber escapado de tan terribles peligros, maravillándose con mi relato hasta el límite de la maravilla. Y así es como acaba mi segundo viaje.

 

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Noche trescientas cincuenta y una: El soñador de Bagdad

 Cuentan que  un hombre de Bagdad poseía muchos bienes y abundante dinero; perdió su patrimonio, cambió su condición y acabó por no poseer nada: a duras penas lograba comer. Cierta noche, mientras dormía, afligido y amargado, vio en sueños a uno que le decía: Tu fortuna está en El Cairo; ponte en camino y ve a buscarla.

  Fue a EL Cairo, llegó por la noche y fue a dormir a una mezquita. Cerca de él había una casa y Alá quiso que una banda de ladrones entrara en la mezquita para pasar a la casa. Al oír a los ladrones, la gente de la casa se despertó, empezó a gritar y el jefe de la policía acudió con sus hombres. Los ladrones huyeron y la policía entró en la mezquita; hallaron al hombre de Bagdad dormido, lo cogieron y le pegaron tanto con las porras que poco faltó para que le mataran. Le encerraron en la prisión y allí le tuvieron tres días, después el jefe de la policía le mandó llamar y le preguntó: "De qué país eres". "De Bagdad", respondió el hombre. "¿Y por qué razón has venido a El Cairo?" Y él contestó: "He visto en sueños a uno que me decía: 'Tu fortuna está en El Cairo, ponte en camino'. Pero al llegar a El Cairo he hallado la fortuna prometida en los golpes que me has hecho recibir" El jefe de la policía se puso a reír a mandíbula batiente, hasta tal punto que se le vieron las muelas. Y le dijo: "¡Imbécil! Yo en sueños he visto tres veces a uno que me decía: 'En Bagdad hay una casa en tal calle hecha así y así; en su patio hay un jardincillo, al final del jardín hay una fuente y debajo de la fuente hay dinero, una gran suma de dinero. Ve a buscarlo.'Yo no me he movido y tú, en cambio, eres tan tonto que por un sueño has viajado de un país a otro". Le dio un poco de dinero y le dijo: "Úsalo para regresar a tu casa".

 Al llegar a este punto de su narración, Sahrazade se dio cuenta de que amanecía y, discreta, calló.

Cuando llegó la

Noche trescientas cincuenta y dos

 Sahrazade dijo:

 _Me he enterado, oh rey feliz, que el de Bagdad cogió aquel dinero y regresó a su ciudad. Pero la casa de Bagdad que el jefe de policía le había descrito era precisamente la suya. En cuanto estuvo en ella, cavó debajo de la fuente y halló mucho dinero. Así Alá le dio la esperanza y esto es un suceso extraordinario.

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