Miguel de Unamuno

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El Cristo de Velázquez

Ha empezado a echar flores

La flor del brezo

No, no es Gredos aquella cordillera

Gredos, Gredos, Almanzor

Salamanca, Salamanca

Becedas

Dorium_Duero_Douro

Fascismo

El hacha mística

El amor que asalta

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..      El Cristo de Velázquez

De  pie y con los brazos bien abiertos

y extendida la diestra a no secarse,

haznos cruzar la vida pedregosa

_repecho de Calvario_ sostenidos

del deber por los clavos, y muramos

de pie, cual Tú, y abiertos bien de brazos,

y como Tú, subamos a la gloria

de pie, para que Dios de pie nos hable

y con los brazos extendidos. ¡Dame,

Señor, que cuando al fin vaya rendido

a salir de esta noche tenebrosa

en que soñando el corazón se acorcha,

me entre en el claro día que no acaba,

fijos mis ojos de tu blanco cuerpo,

Hijo del Hombre, Humanidad completa,

en la increada luz que nunca muere;

¡mis ojos fijos en tus ojos, Cristo,

mi mirada anegada en Ti, Señor!     

 

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MANUEL MACHADO

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Ha  empezado a echar flores la pradera,

blancas, rojas,  moradas y amarillas.

En el verde _es un suelo que hace cielo_

parpadean  ¡estrellas! margaritas...

Ojos a tierra me paseo al paso,

siento el desacierto _¡misteriosas brisas

de allende la niñez!_ y en el entierro

sueño, en el sueño _¡maternal caricia!_

que en el regazo de la madre tierra

engendró el alma que en mi carne vibra.

Ha empezado a echar flores mi conciencia

blancas, rojas, moradas y amarillas...

( Cancionero, 21_IV_1928)

 

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LA FLOR DEL BREZO

Humilde flor del brezo,

que te callas el rezo

de la vida fugaz;

con el cielo, su frente

se te dobla riente

el Dueño de la Paz.

Por ser menor cualquiera

te toma de bandera

en su seno el Señor;

tú eres en su regazo

el centro del abrazo

con que encienda al Amor.

La magnolia orgullosa

a tu lado no es cosa

para el Supremo Juez;

achicar su grandeza

con tu rica pobreza

con tu gran pequeñez.

Sin aroma ni viso

guardas del paraíso

prístina plenitud;

eres la flor divina,

virtud de la doctrina,

doctrina de la virtud.

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No, no es Gredos aquella cordillera;

son nubes del confín, nubes de paso

que de oro viste el sol desde el ocaso;

sobre la mar, no roca: bruma huera.

Gredos, que en la robusta primavera

de mi vida llenó de mi alma el vaso

con visiones de gloria que hoy repaso

junto a esta mar que canta lagotera.

¡Aquel silencio de la innoble roca

lleno de gesto de cordial denuedo!

¡Aquel silencio de la inmensa boca

del cielo, en que ponía sello el dedo

del Almanzor! ¡En su uña al paso choca.

y se rompe la sierra de remedo!

 

 Gredos, Gredos, Almanzor, el Tormes.

Piedrahita del Duque,

Barco de Ávila,

Torreón de Alba,

Salamanca dorada,

Soledad de Ledesma,

Fermoselle ceñudo,

mi entrañado Duero

cantando en las entrañas  de Portugal y España.

Portugal, cuna de ensueño,

purgatorio de almas.

Portugal, Portugal,

la mar, la mar, la mar

sobre la mar, bajo la mar el cielo!

bajo el cielo, sobre el cielo el alma!

( Cancionero, 13_III_1928)

 

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Salamanca, Salamanca,

renaciente maravilla,

académica palanca

de mi visión de CastilIa.

Oro en sillares de soto

de las riberas del Tormes;

de viejo saber remoto

guarda recuerdos conformes.

Hechizo salmanticense

de pedantesca dulzura;

gramática de] Brocense,

Bordón de literatura.

¡Ay mi CastilIa latina

con raíz gramatical,

ay, tierra que se declina

por luz sobrenatural!

 

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 Gredos, Gredos, Almanzor, el Tormes.

Piedrahita del Duque,

Barco de Ávila,

Torreón de Alba,

Salamanca dorada,

Soledad de Ledesma,

Fermoselle ceñudo,

mi entrañado Duero.

Cantando en las entrañas de Portugal y España

Portugal, cuna de ensueño, purgatorio de almas.

Portugal, Portugal,

la mar, la mar, la mar,

sobre la mar, bajo la mar el cielo!

bajo el cielo, sobre el cielo el alma!

( Cancionero, 13_III_1928)

BECEDAS

1

Noche de orilla del río,

chopo ceñido de estrellas,

santo silencio que sellas

la quietud del albedrío.

Resbalar de las edades

por el recuerdo infinito

sin llegar jamás al hito

de las sumas soledades

Paz desnudada de guerra,

agua que fluye durmiendo,

cielo que velas teniendo

lecho de amor en la tierra,

II

El verdor de la verdina

de la hondura del regato

se estremece con recato

cuando la luz campesina

que el agua cuela la roza

con la sombra de las flores

tronchadas, muertos amores,

que la corriente a la poza

arrastra; lumbre del agua,

espejo de las honduras

del verde y de las alturas,

de la luz que el verde fragua.

III

Aquel escobar serrano

de escueto pardo verdor

donde se arregla el Señor

un refugio soberano.

Ni chista grillo, ni bala

oveja, ni grazna grajo,

ni canta el agua en regajo

ni se alza zumbido de ala.

Cállase al cielo la escoba

junto al desnudo berrueco

y entre las cumbres el eco

en el silencio se arroba.

(Becedas,20_26_VII_1930. )

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 Dorium_Duero_Douro.
Alarzón, Carrión, Pisuerga,
Tormes, Agueda, mi Duero.
Lígrimos, lánguidos, íntimos,
espejeando claros cielos,
abrevando pardos campos,

susurrando romaceros.

Valladolid; le flanqueas,
de niebla le das tus besos;
le cunabas a Felipe
consejas de comuneros.

Tordesillas; de la loca
de amor vas bizmando el duelo
a que dan sombra piadosa
los amores de Don Pedro.

Toro, erguido en atalaya,
sus leyes no más recuerdo,
hace con tus aguas vino
el sol de León, brasero.

Zamora de Doña Urraca,
Zamora del Cid mancebo,
sueñan tus torres con ojos
siglos en corriente espejo.

Arribes de Fermoselle,
por pingorotas berruecos,
temblando el Tormes acuesta
en tu cauce sus ensueños.

Code de Mieza, que cuelga
sobre la sima del lecho.
Escombrera de Laverde,
donde se escombraron rezos.

Frejeneda fronteriza,
con sus viñedos de fresnos,
Barca d´Alva del abrazo
del Agueda con tu estero.

Douro, que bordando viñas
vas a la mar prisionero,
de paso coges al Támega,
de hondas saudades cuévano.

En la foz su Foz Oporto

 sueña con el Urbión altanero;
Soria en su sobremeseta
con la mar toda sendero.

Árbol de fuertes raíces
aferrado al patrio suelo,
beben tus hojas las aguas,
la eternidad del ensueño.


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FASCISMO

No un manojo, una manada

es el fajo del fajismo;

detrás del saludo, nada,

detrás de la nada abismo 

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Miguel de Unamuno

El hacha mística

      Era lo que se llama un investigador. Buscaba el misterio de la vida, que lo es de la muerte, ya que ese misterio no es sino la linde misma en que ambas se unen, acabando aquélla, la vida, para empezar ésta, muerte. Y buscaba ese misterio por el camino de la ciencia, como si ésta resolviese misterios, cuando más bien los suscita. De cada problema resuelto surgen veinte problemas por resolver, se ha dicho. Y también el océano de lo desconocido crece a nuestra vista escalamos la montaña del conocimiento.

      Dedicose a disecar células armado de los más potentes microscopios, y el misterio de la vida, que no es sino la misma vida conocida, no aparecía por parte alguna. Quiso, con la química llegar a la entraña del átomo, del último elemento material, y se sorprendió haciendo geometría fantástica. Y acabó por dedicarse a la paleontología y a la exploración de las cavernas de los más antiguos restos del hombre.
      Es decir, restos del hombre más antiguo, del que ya no seria hombre.

      Descubrió un día una nueva caverna a orilla del mar. Penetró en la cueva y escarbando dio con una hacha de sílice sujeta, como a mango, a un hueso de animal antediluviano, y allí grabado una svástica.
      Del cual creía que ha salido la cruz. “Es un símbolo del Sol”, se dijo. El hacha aquella, lejos de pesarle, parecía como si le alzase, le exaltara, le empujara al cielo. Era como un imán que tendía a lo alto, al reino del sol del medio día. Un pastor, al quien encontrarle cuando salió de la caverna le mostró el hacha, le dijo: “!Es una piedra de rayo!”. Los pastores y las gentes del campo creen que esas hachas de sílice que se recogen para guardarlas en nuestros museos como objetos prehistóricos, son piedras que caen con el rayo. «¡Supersticiones!», pensó nuestro investigador; pero al sentir que el hacha seguía atrayéndole a lo alto, empujándole hacia arriba, se dijo: «Quién sabe... acaso tira hacia la matriz del rayo con que vino ... » Y es que ya no sabia ni lo que se pensaba.

      Movido ya de un misterioso empuje, fuera ya de sí y como loco, echó a andar siempre hacia lo más alto, cuesta arriba. Y así llegó al pie de Gredos.

     Era el invierno. Las cumbres del espinazo central de España, de sus vértebras sobre el corazón, estaban sepultadas bajo la nieve. Y aquella nieve parecía tirar del hacha de sílice, de la piedra de rayo. ¿No era más bien el cielo?

     Emprendió la ascensión. El viento le cortaba la cara y le atenazaba el corazón. La subida era terrible. Más de una vez, desalentado, resollando, sintió el abatimiento del vencido y pensó en volverse y renunciar a aquella suprema investigación. Pero la piedra de rayo tiraba de él. Quería tentar el último experimento, ir hasta donde aquel misterioso impulso se le llevara.

      Vio que iba dejando una huella de sangre en la nieve. Y donde la gota de sangre caía horadaba la nieve, calando hasta la roca. Falto de aire, ahogándose, miraba al cielo, océano de aire libre y azul. El corazón le martillaba la cabeza como si fuera un yunque; cada latido lo sentía en las sienes como un martillazo de crucifixión. Y miraba de cuando en cuando, en los breves descansos, la svástica como a una empresa. ¿Qué querría decir allí, en aquella prehistórica hacha de sílice, aquel símbolo del Sol del que le habían enseñado que salió la cruz? ¿Era un signo de la muerte? Medio muerto, llegó a la pingorota del picacho del Almanzor. No se podía subir más.

     Se tendió allí, cara al cielo, y se puso a resollar. Era como si el aire le penetrase por entero, como si cerniera en medio de él, como si su corazón fuese un misterioso meteoro que lo mantuviera en el cielo. Sentía un sueño tremendo, un sueño que le daba miedo, miedo de no despertar de él. Pero se durmió. No soñó nada. Y al despertar encontrose con mucho más sueño, un sueño que era como hambre y sed de reposo, inacabables. Era como la fatiga de todos los siglos que habían pasado, como si sobre él pesara el cansancio del trabajo todo de la creación. «No hay futuro bastante para mi descanso»,  pensaba,  «la eternidad es corta para mi hambre de sueño»...     Sintió de pronto una punzada y un sobresalto en el corazón. Allí tenía, junto a él, la piedra de rayo, que seguía empujándole hacia arriba. Pero ¿cómo iba a subir más? ¡No era posible! ¡Si pudiese elevarse como los buitres y las águilas por encima de las crestas de la montaña! «Me moriré aquí», pensó,  «rendido por este sueño enorme, y los buitres me devorarán y me llevarán así más alto.» Y luego se dijo: «¡Ya desvarío! »

     La piedra de rayo seguía empujándole hacia arriba. Se puso en pie. Cogió la piedra en una mano y dio un salto. Es que pensó, ¡desgraciado!, si la piedra le levantaría por los aires, si acaso fuese un talismán para poder volar sin alas sobre las cumbres de las montañas y perderse por encima de las nubes. No fue más que locura. El salto le hizo caer sobre el picacho y quedar maltrecho. Y la piedra seguía empujándole al cielo.

     De pronto le entró como una revelación; empuñó la piedra y con la fuerza toda que le quedaba lanzola al cielo. Y le hirió la vista un rayo, un rayo que brotó del cielo azul, el rayo de la piedra. Era que sangraba el cielo. Porque era sangre, verdadera sangre, sangre luminosa, divina que, cayéndole en los ojos, le cegó.

      Y es que vio crecer el Sol hasta cubrir el firmamento entero y cuanto había bajo de él hasta envolverle. Y al ver que el Sol lo llenaba todo y que no había sino luz, pura luz encontrose en las tinieblas. Ya ciego vio las tinieblas de Dios. Cayó del picacho a un montón de nieve. Y sintió que la nieve se derretía bajo de él, de su fiebre, y que iba ahogándole con su cuerpo ensangrentado. Y que el sueño le ganaba las entrañas. A la vez se le derretía el miedo a la muerte. Sólo echaba de menos quien le curara, quien brizase aquel su último sueño. Recordaba las monótonas canciones con que tantas veces su madre le brizara los sueños de la inocencia. 0 cuando se dormía con una oración cantada en la boca.

      Entonces del poso de la infancia de su alma brotó el Padrenuestro, canturreado como se lo hacían cantar en la escuela, y sólo al acabar él <venga a nos el tu reino», sepultado en la nieve de la cumbre pelada, entregó su aliento al Señor. Al lado suyo yacía la piedra de rayo.

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El amor que asalta

      ¿Qué es eso del amor, de que están siempre hablando tantos hombres y que es el tema casi único de los cantos de los poetas? Es lo que se preguntaba Anastasio. Porque él nunca sintió nada que se pareciese a lo que llaman amor los enamorados. ¿Sería una mera ficción, o acaso un embuste convencional con que las almas débiles tratan de defenderse de la vaciedad de la vida, del inevitable aburrimiento? Porque, eso sí, para vacuo y aburrido, y absurdo y sin sentido, no había, en sentir de Anastasio, nada como la vida humana.

      Arrastraba el pobre Anastasio una existencia lamentable, sin estímulo ni objetivo para el vivir, y cien veces se habría suicidado si no aguardase, con una oscura esperanza a prueba de un continuo desengaño, que también a él le llegase alguna vez a visitar el amor. Y viajaba, viajaba en su busca, por si cuando menos lo pensase le acometía de pronto en una encrucijada del camino.

      Ni sentía codicia de dinero, disponiendo de una modesta pero para él más que suficiente fortuna, ni sentía ambición de gloria o de honores, ni anhelo de mando y poderío. Ninguno de los móviles que llevan a los hombres al esfuerzo le parecía digno de esforzarse por él, y no encontraba tampoco el más leve consuelo a su tedio mortal ni en la ciencia, ni en el arte, ni  En la acción pública. Y leía el Eclesiastés mientras esperaba la última experiencia, la del Amor.

       Habíase dado a leer a todos los grandes poetas eróticos, a los analistas del amor entre hombre y mujer, las novelas todas amatorias, y descendió hasta esas obras lamentables que se escriben para los que aún no son hombres del todo y para los que dejaron en cierto modo de serlo: se rebajó hasta escarbar en la literatura pornográfica. Y es claro, aquí encontró menos aún que en todas partes huella alguna del amor.

      Y no es que Anastasio no fuese hombre hecho y derecho, cabal y entero, y que no tuviese carne pecadora sobre los huesos. Sí, hombre era como los demás, pero no había sentido el amor. Porque no cabía que fuese amor la pasajera excitación de la carne que olvida la imagen provocadora. Hacer de aquello el terrible dios vengador, el consuelo de la vida, el dueño de las almas, parecíale un sacrilegio, tal como si pretendiese endiosar el apetito de comer. Un poema sobre la digestión es una blasfemia.

      No, el amor no existía en el mundo para el pobre Anastasio. Leyó y releyó la leyenda de Tristán e Iseo, y le hizo meditar aquella terrible novela del portugués Camilo Castello Branco: A mulher fatal. «¿Me sucederá así? _pensaba_. ¿Me arrastrará tras de sí, cuando menos lo espere y crea, la mujer fatal?»_Y viajaba, viajaba en busca de la fatalidad esta.

      «Llegará un día _se decía_ en que acabe de perder esta vaga sombra de esperanza de encontrarlo, y cuando vaya a entrar en la vejez sin haber conocido ni mocedad ni edad viril, cuando me diga: ¡ni he vivido ni puedo ya vivir!, ¿qué haré? Es un terrible sino que me persigue, o es que todos los demás se han conchabado para mentir». Y dio en pesimista.

      Ni jamás mujer alguna le inspiró amor, ni creía haberlo él inspirado. Y encontraba mucho más pavoroso que no poder ser amado el no poder amar, si es que el amor era lo que los poetas cantan. ¿Pero sabía él, Anastasio, si no había provocado pasión escondida alguna en pecho de mujer? ¿No puede acaso encender amor una hermosa estatua? Porque él era, como estatua, realmente hermoso. Sus ojos negros, llenos de un fuego de misterio, parecían mirar desde el fondo tenebroso de un tedio henchido de ansias; su boca se entreabría como por una sed mágica; en todo él palpitaba un destino terrible.

      Y viajaba, viajaba desesperado, huyendo de todas partes, dejando caer su mirada en las maravillas del arte y de la naturaleza, y diciéndose: «¿Para qué todo esto?».

      Era una tarde serena de tranquilo otoño. Las hojas, amarillas ya, se desprendían de los árboles e iban, envueltas en la brisa tibia, a restregarse contra la hierba del campo. El sol se embozaba en un cendal de nubes que se desflecaban y deshacían en jirones. Anastasio miraba desde la ventanilla del vagón cómo iban desfilando las colinas. Bajó en la estación de Aliseda, donde daban a los viajeros tiempo para comer, y fuese al comedor de la fonda, lleno de maletas.

      Sentóse distraídamente y esperó que le trajesen la sopa. Mas al levantar los ojos y recorrer con ellos distraídamente la fila de los comensales, tropezaron con los de una mujer. En aquel momento metía ella un pedazo de manzana en su boca, grande, fresca y húmeda. Claváronse uno a otro las miradas y palidecieron. Y al verse palidecer palidecieron más aún. Palpitábanles los pechos. La carne le pesaba a Anastasio; un cosquilleo frío le desasosegaba.

      Ella apoyó la cara en la diestra y pareció que le daba un vahído. Anastasio entonces, sin ver en el recinto nada más que a ella, mientras el resto del comedor se le esfumaba, se levantó tembloroso, se le acercó y, con voz seca, sedienta, ahogada y temblona, le cuchicheó al oído:

      _¿Qué le pasa? ¿Se pone mala? .

      _¡Oh, nada, nada; no es nada...; gracias...!

      _A ver... _añadió él, y con la mano temblorosa le cogió del puño para tomarle el pulso.

      Fue entonces una corriente de fuego que pasó del uno al otro. Sentíanse mutuamente los calores; las mejillas se les encendieron.

      _Está usted febril... _suspiró él balbuciente y con voz apenas perceptible.

      _¡La fiebre es... tuya! _respondió ella con voz que parecía venir de otro mundo, de más allá de la muerte.

       Anastasio tuvo que sentarse; las rodillas se le doblaban al peso del corazón, que le tocaba a rebato.

      _Es una imprudencia ponerse así en camino _dijo él, hablando como por máquina.

      _Sí, me quedaré _contestó ella.

       _Nos quedaremos _añadió él.

       _Sí, nos quedaremos... ¡Y ya te contaré; te lo contaré todo! _agregó la mujer.

      Recogieron sus maletas, tomaron un coche y emprendieron la marcha al pueblo de Aliseda, que dista cinco kilómetros de su estación. Y en el coche, sentados uno frente al otro, tocándose las rodillas, mejiendo sus miradas, le cogió la mujer a Anastasio las manos con sus manos y fue contándole su historia. La historia misma de Anastasio, exactamente la mima. También ella viajaba en busca del amor; también ella sospechaba que no fuese todo ello sino un enorme embuste convencional para engañar el tedio de la vida.

      Confesáronse uno a otro, y según se confesaban iban sus corazones aquietándose. A la trágica turbación de un principio sucedió en sus almas un reposo terrible, algo como un deshacimiento. Imaginábanse haberse conocido de siempre, desde antes de nacer; pero a la vez todo el pasado se borraba de sus memorias y vivían como un presente eterno, fuera del tiempo.

      _¡Oh, que no te hubiese conocido antes, Eleuteria! _le decía él.

      _¿Y para qué, Anastasio? _respondía ella_. Es mejor así, que no nos hayamos visto antes.

       _¿Y el tiempo perdido?

      _¿Perdido le llamas a ese tiempo que empleamos en buscamos, en anhelamos, en deseamos el uno al otro?

      _Yo había desesperado ya de encontrarte...

      _No, pues si hubieses desesperado de ello, te habrías quitado la vida.

      _Es verdad.

      _Y yo habría hecho lo mismo.

      _Pero ahora, Eleuteria, de hoy en adelante...

      _¡No hables del porvenir, Anastasio; bástenos el presente!

      Los dos callaron. Por debajo del arrobamiento que les embargaba sonaba extraño rumor de aguas de abismo sin fondo. No era alegría, no era gozo lo que sobrenadaba en la seriedad trágica que les envolvía.

      Nos hemos encontrado, y basta. Y ahora, Anastasio, ¿qué me dices de los poetas?

      _Que mienten, Eleuteria, que mienten; pero muy de otro modo que lo creía yo antes. Mienten, sí; el amor no es lo que ellos cantan...

      _Tienes razón, Anastasio; ahora siento que el amor no se canta.

      Y siguió otro silencio, un silencio largo, en que, cogidos de las manos, estuvieron mirándose a los ojos y como buscándose en el fondo de ellos el secreto de sus destinos. Y luego empezaron a temblar.

      _¿Tiemblas, Anastasio?

      _¿ Y tú también, Eleuteria?

      _Sí, temblamos los dos.

       _¿De qué?

      _De felicidad.

      _Es cosa terrible esta felicidad; no sé si podré resistirla.

       _Mejor, porque eso querrá decir que es más fuerte que nosotros.

Encerráronse en un sórdido cuarto de una vulgarísima fonda. Pasó todo el día siguiente y parte del otro sin que dieran señal alguna de vida, hasta que, alarmado el fondista y sin obtener respuesta a sus llamadas, forzó la puerta. Encontráronlos en el lecho, juntos, desnudos, y fríos y blancos como la nieve. El perito médico aseguró que no se trataba de suicidio, como así era en efecto, y que debían de haberse muerto del corazón. 

      _¿Pero los dos? __exclamó el fondista.

      _¡Los dos! _contestó el médico. ;'

'    _¡Entonces eso es contagioso...! _y se llevó la mano lado izquierdo del pecho, donde suponía tener su corazón de fondista. Intentó ocultar el suceso, para no desacreditar su establecimiento, y acordó fumigar el cuarto por si acaso.

      No pudieron ser identificados los cadáveres. Desde allí  los llevaron al cementerio y, desnudos y juntos, como fueron hallados, echáronlos en una misma huesa y encima tierra. Sobre esta tierra ha crecido yerba y sobre la yerba llueve. Y es así el cielo, el que les llevó a la muerte, el único que sobre su tumba llora.

      El fondista de Aliseda, reflexionando sobre aquel suceso increíble _nadie tiene más imaginación que la realidad, se decía_, llegó a una profunda conclusión de carácter médico-legal, y es que se dijo: «¡Estas lunas de miel.! No se debía permitir que los cardíacos se casasen entre sí».

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