Miguel Delibes

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VIEJAS HISTORIAS DE CASTILLA LA VIEJA
EL REFUGIO

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Viejas historias de castilla la Vieja

      Mi pueblo, visto de perfil, desde el camino que conduce a Molacegos del Trigo, flanqueado por los postes de la luz que bajan del páramo, queda casi oculto por la Cotarra de las Maricas. La  Cotarra de las Maricas es una lomilla de suave ondulación que, sin embargo, no parece tan suave a los agosteros que durante el verano acarrean los haces de trigo hasta las eras. Pues bien, a la espalda de la Cotarra de las Maricas, a cien metros escasos del camino de Molacegos del Trigo, fue apuñalada la joven Sisinia, de veintidós años, hija de Telesforo y la Heculana, una noche de julio allá por el año nueve. El asesino era un forastero que se trajo don Benjamín de tierras de Ávila para hacer el agosto y que, según dijeron luego, no andaba bien de la cabeza. Lo cierto es que, ya noche cerrada, el muchacho atajó a la Sisinia y se lo pidió, y, como la chica se lo negara, él trató de forzarla, y, como la chica se resistiera, él tiró de navaja y la cosió a puñaladas. Al día siguiente, en el lugar donde la tierra calcárea estaba empapada de sangre, don Justo del Espíritu Santo levantó una cruz de palo e improvisó una ceremonia, en la que congregó todo el pueblo con trajes domingueros, y los niños y las niñas vestidos de Primera Comunión. Don Justo del Espíritu Santo asistió revestido y, con voz tomada por la emoción, habló de la mártir Sisinia y de lo grato que era al Altísimo el sacrifico de la pureza. Al final, le brillaban los ojos y dijo que no descansaría hasta ver a la mártir Sisinia en las listas sagradas del Santoral.

         Un mes más tarde brotaron en torno a la cruz de palo unas florecitas moradas, y den Justo del Espíritu Santo atribuyó el hecho a inspiración divina, y cuando el Antonio le hizo ver que eran las quitameriendas que aparecen en las eras cuando finaliza el verano, se irritó con él y le llamó ateo y renegado. Y con estas cosas, el lugar empezó a atraer a las gentes, y todo el que necesitaba algo se llegaba a la cruz de palo y se lo pedía a la Sisinia, llamándola de tú y con la mayor confianza. En el pueblo se consideraba un don especial esto de contar en lo Alto con una intercesora natural de Rolliza del Arroyo, hija del Telesforo y de la Herculana. Y por el día, los vecinos la llevaban flores y por las noches le encendían candelitas de aceite metidas en fanales para que el matacabras no apagase la llama. Y lo cierto es que cada primavera las florecillas del campo familiares en la región _las margaritas, las malvas, las campanillas, los sonidos, las amapolas_ se apretaban en torno a la cruz como buscando amparo, y don Justo del Espíritu Santo se obstinaba en buscar un significado a cada una, y así decía que las margaritas, que eran blancas, simbolizaban la pureza de Sisinia, las amapolas, que eran rojas, simbolizaban el sacrificio cruento de la Sisinia, las malvas, que eran malvas, simbolizaban la muerte de la Sisinia, pero al llegar a los sonidos, que eran amarillos, el cura siempre se atascaba, hasta que una vez, sin duda inspirado por la mártir, don Justo del Espíritu Santo afirmó que los sonidos, que eran amarillos, simbolizaban el oro a que la Sisinia renunció antes que permitir ser mancillada. En el pueblo dudábamos mucho que el gañán abulense le ofreciese oro a la Sisinia e incluso estábamos persuadidos de que el muchacho era un pobre perturbado, que no tenía donde caerse muerto, pero don Justo del Espíritu santo puso tanta unción en las palabras, un ardor tan violento y tan desusado, que la cosa se admitió sin la menor objeción. Aquel mismo año, aprovechando las solemnidades de la Cuaresma, don Justo del Espíritu Santo creó una Junta de Beatificación de la mártir Sisinia, a la que se adhirió todo el pueblo, a excepción de don Armando y el tío Tadeo, y empezó a editar una hojita, en la que se especificaban los milagros y las gracias dispensadas por la muchacha a sus favorecedores.

       Don Justo del Espíritu Santo publicaba trimestralmente la hojita de loor de la mártir Sisinia, y en ella dejaba constancia de los favores recibidos. Y un buen día, la tía Zenona agregaba en ella que careciendo de dinero para retejar el palomar acudió a la mártir Sisinia y al día siguiente cobró tres años de atrasos de la renta de una tierra, que aunque menguada _un queso de oveja y seis celemines de trigo_ le bastaron para adquirir la docena de tejas que el palomar requería. Otro día, era el Ponciano quien, necesitando un tornillo para el arado, halló uno en el pajero que, aunque herrumbroso y torcido, pudo ser dispuesto por el herrero para cumplir su misión.  Dicha gracia la alcanzó igualmente el Ponciano después de encomendar el caso a la mártir Sisinia. En otra ocasión fue la tía Marcelina, quien después de pasar una noche con molestias gástricas, imploró de la mártir Sisinia su restablecimiento, y de madrugada vomitó verde y con el vómito desapareció el mal. Aún recuerdo que en la hojita del último trimestre del año once, el Antonio agradecía a la mártir Sisinia su intercesión para encontrar una perdiz alicorta que se le amonó entre las jaras, arriba en Lahoces, una mañana que salió al campo sin la Chinda, un perdiguero de Burgos que por entonces andaba con el moquillo. Todas estas gracias significaban que la joven Sisinia, mártir de la pureza, velaba desde arriba por sus convecinos y ellos correspondían enviando al párroco un donativo de diez céntimos, y en casos especiales, de un real para cooperar a su beatificación. Mas don Justo del Espíritu Santo suplicaba al Señor  que mostrase su predilección por la mártir Sisinia, autorizándola a hacer un milagro grande, un milagro sonado, que trascendiese de la esfera local.

     Y un día de diciembre, allá por el año doce, don Justo del Espíritu santo recibió desde Ávila un donativo de veinticinco pesetas de una señora desconocida para cooperar a la exaltación a los altares de la mártir Sisinia, a quien debía una gracia muy especial. Como quiera que el asesino de la Sisinia fuera también abulense, don Justo del Espíritu Santo estableció entre ambos hechos una correlación y en la confianza de que se tratase del tan esperado milagro, el cura marchó a Ávila y regresó tres días más tarde un tanto perplejo. Los feligreses le asediaban a preguntas, y, al fin, don Justo del Espíritu santo explicó que doña María garrido tenía un loro de Guinea que enmudeció tres meses atrás  y después de ser desahuciado por los veterinarios y otorrinolaringólogos de la ciudad, el animal recobró el habla tras encomendarle doña María a la mártir Sisinia. No obstante fracasar en su objetivo esencial, el viaje de don Justo del Espíritu Santo le enriqueció interiormente, ya que a partir de entonces raro fue el sermón en que el párroco no apelara a la imagen de las murallas de Ávila para dar plasticidad a una idea. Así, unas murallas como las de Ávila debían preservar las almas de sus feligreses contra los embates de la lujuria. El paraíso estaba cercado por unas murallas tan sólidas como las de Ávila, y con cada buena obra los hombres añadían un pedazo a la escala que les serviría para expugnar un día la fortaleza. La pureza, al igual que las demás virtudes, debía celarse como Ávila cela sus tesoros, tras una muralla de piedra, de forma que su brillo no trascienda al exterior. Fue a partir de entonces cuando, en mi pueblo, para aludir a algo alto, algo fuerte o algo importante, empezó a decirse: "Más alto que las murallas de Ávila", o "más importante que las murallas de Ávila", aunque por supuesto ninguno, fuera del párroco y del gañán que asesinara a la Sisinia, estuvimos nunca en aquella capital.

        Cada verano, los nublados se cernían sobre la llanura, y mientras el cielo y los campos se apagaban lo mismo que si llegara la noche, los cerros resplandecían a lo lejos como si fueran de plata. Aún recuerdo el ulular del viento en el soto, su rumor solemne y desolado como un mal presagio que inducía a las viejas a persignarse y exclamar: "Jesús, alguien se ha ahorcado". Pero antes de estancarse la nube sobre el pueblo , cuando más arreciaba el vendaval, los vencejos se elevaban sobre el firmamento hasta  casi diluirse y después picaban chirriando sobre la torre de la iglesia como demonios negros.

               El año de la Gran Guerra, cuando yo partí, se contaron en mi pueblo, de Virgen a Virgen, hasta veintiséis tormentas. En esos casos el alto cielo se poblaba de nubes cárdenas, aceradas en los bordes y, al chocar unas con otras, ocasionaban horrísonas descargas sobre la vieja iglesia o sobre los chopos cercanos.

              Tan pronto sonaba el primer retumbo del trueno, la tía Marcelina iniciaba el rezo del trisagio, pero antes encendía a Santa Bárbara la vela del Monumento, en cuyo extremo inferior constaba su nombre en rojo _Marcelina Yáñez_, que ella grababa con un alfiler de cabeza negra, pasando después cuidadosamente por las muecas un pellizco de pimentón. Y al comenzar el trisagio, la tía  Marcelina, tal vez para acrecentar su recogimiento, ponía los ojos en blanco y decía: "Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal". Y nosotros repetíamos: "Líbranos Señor de todo mal". En los cristales repiqueteaba la piedra y por las juntas de las puertas penetraba el vaho de la greda húmeda. De vez en cuando sonaba algún trueno más potente y al Coqui, el perro de regreso de Pozal de la Culebra, donde había ido, se le erizaban los pelos del espinazo y la tía Marcelina interrumpía el trisagio, se volvía a la estampa de Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita, con jabón y agua bendita", y, acto seguido, reanudaba el trisagio: "Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal", y nosotros respondíamos al unísono: "Líbranos Señor de todo mal".

                   Una vez, el nublado sorprendió a Padre del regreso de Pozal de la Culebra, donde había ido, en la mula ciega, a por pernalas para el trillo. Y como dicen que la piel de los animales atrae la exhalaciones, todos en casa, empezando por Madre, andábamos intranquilos. Únicamente la tía Marcelina parecía conservar la serenidad, y así como si la cosa no fuese con ella, prendió la vela a Santa Bárbara e inició el trisagio  sin otras explicaciones. Pero, de pronto, chascó, muy próximo, el trallazo del rayo y no sé si por la trepidación o qué, la vela cayó de la repisa y se apagó. La tía Marcelina se llevó las manos a los ojos, después se santiguó y dijo, pálida como una difunta: "Al Isidoro le ha matado el rayo en el alcor; acabo de verlo". Isidoro era mi padre, y la Madre se puso loca, y como en esos casos, según es sabido, lo mejor son los golpes, entre las Mellizas y yo empezamos a propinarle sopapos sin duelo. De repente, en medio del barullo, se presentó Padre, el pelo chamuscado, los ojos atónitos, el collarón de la mula en una mano y el saco de pernalas en la otra. Las piernas le temblaban como ramas verdes, y sólo dijo: "No sé si estoy muerto o vivo", y se sentó pesadamente sobre el banco del zaguán.

                Una vez que la nube pasó y sobre lo tesos de poniente se tendió el arco iris, me llegué con los mozos del pueblo a los chopos que dicen de los Enamorados, y allí, al pie, estaba muerta la mula, con el pelo renegrido y mate, como mojado. Y el Olimpo, que todo lo sabía, dijo:" La silla le ha salvado". Pero la tía Marcelina porfió que no era la silla, sino la vela, y aunque era un cabo muy pequeño, donde apenas se leía ya en las letras del pimentón :Marcelina Yáñez", la colocó como una reliquia sobre la cómoda, entre el abejaruco disecado y la culebra de muelles.

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 El refugio

      Vibraba la guerra en el cielo y en la tierra entonces, y en la pequeña ciudad todo el mundo se alborotaba si sonaban las sirenas o si el zumbido de los aviones se dejaba sentir. muy alto, por encima de los tejados. Era la guerra y la vida humana, en aquel entonces, andaba baja de cotización y se tenía en muy poco aprecio, y tampoco preguntaba nadie, por aquel entonces, si en la ciudad había o no objetivos militares, o si era un centro industrioso o un nudo importante de comunicaciones. Esas cosas no importaban demasiado para que vinieran sobre la ciudad los aviones, y con ellos, la guerra, y con la guerra la muerte. Y las sirenas de las fábricas y las campanas de las torres se volvían locas ululando o tañendo hasta que los aviones soltaban su mortífera carga y los estampidos de las bombas borraban el rastro de las sirenas y de las campanas del ambiente y la metralla abría entonces oquedades en la uniforme arquitectura de la de la ciudad.

      A mí, a pesar de que el Sargentón me miraba fijamente a los ojos cuando en el refugio se decían aquellas cosas atroces de los emboscados y de las madres que quitaban a sus hijos la voluntad de ir a la guerra, no me producía frío ni calor porque  sólo tenía trece años y sé que a esa edad no existe ley, ni fuerza moral alguna que fuerce a uno a ir a la guerra y sé que en la guerra un muchacho de mi edad estorba más que otra cosa. Por todo ello no me importaba que el Sargentón me mirase, y me enviara su odio cuidadosamente envuelto en su mirada; ni que me refrotase por las narices que tenía un hijo en Infantería, otro enrolado en un torpedero y el más pequeño en carros de asalto; ni cuando añadía que si su marido no hubiera muerto andaría también en la guerra, porque no era lícito ni moral que unos pocos ganaran la guerra para que otros muchos se beneficiaran de ello. Yo no podía hacer nada por sus hijos y por eso me callaba; y no me daba por aludido porque yo tampoco pretendía beneficiarme de la guerra. Pero sentía un respiro cuando el Cigüeña, el guardia que vigilaba la circulación en la esquina, se acercaba a mí con sus patitas de alambre estremeciéndose de miedo y su ojo izquierdo velado por una nube y me decía, con un vago aire de infalibilidad, apuntando con un dedo al techo y ladeando la pequeña cabeza: «Ésa ha caído en la estación», o bien: «Ahora tiran las ametralladoras de la Catedral; ahí tengo yo un amigo», o bien: «Ese maldito no lleva frío; ya le han tocado». Pero quien debía llevar frío era él, porque no cesaba de tiritar desde que comenzaba la alarma hasta que terminaba.

      A veces me regocijaba ver temblar como a un azogado al Cigüeña, allí a mi lado, con las veces que él me hacía temblar a mí por jugar al fútbol en el parque, o correr en bicicleta sin matrícula o, lisa y simplemente, por llamarle a voces tío Cigüeña y Patas de alambre.

      Sí, yo creo que allí entre toda aquella gente rara y con la muerte rondando la ciudad, se me acrecían los malos sentimientos y me volvía yo un poco raro también. A la misma Sargentón la odiaba cuando se irritaba con cualquiera de nosotros y la tomaba asco y luego, por otro lado, me daba mucha pena si cansada de tirar pullas y de provocar a todo el mundo se sentaba ella sola en un rincón, sobre un ataúd de tercera, y pensaba en los suyos y en las penalidades y sufrimientos de los suyos. y lo hacía en seco, sin llorar. Si hubiera llorado, yo hubiera vuelto a tomarla asco y a odiarla. Por eso digo que todo el mundo se volvía un poco raro y contradictorio en aquel agujero.

      En contra de lo que ocurría a muchos, que  consideraban  nuestra situación como un mal présagio, a mí no me importaba que el sótano estuviera lleno de ataúdes y no pudiera uno dar un paso sin toparse de bruces con ellos. Eran filas iterminables de ataúdes, unos blancos, otros negros y otros de color caoba  reluciente. A mí, la verdad, me era lo mismo estar  entre ataúdes que entre canastillas de recién nacido. Tan insustituibles me parecían unos como otras y me desconcertaba por eso la criada del principal que durante toda la alarma no cesaba de llorar y de gritar que por favor la quitasen "aquellas cosas de encima" , como si aquello fuese tan fácil y  ella no abonase a Ultratumba, S.A., una módica prima anual para tener asegurado su ataúd el día que la díñase.

      En cambio a don Serafín, el empresario de Pompas Fúnebres, le complacía que viésemos de cerca el género y que la vecindad de los aviones nos animase a pensar en la muerte y sobre la conveniencia de conservar incorruptos nuestros restos durante una temporada. Lo único que le mortificaba era la posibilidad de que los ataúdes sufrieran deterioro con las aglomeraciones y con los nervios. Decía:

      _Don Matías, no le importará tener los pies quietecitos, ¿no es cierto? Es un barniz muy delicado éste.

      O bien:

      _La misma seguridad tienen ustedes aquí que allá. ¿Quieren correrse un poquito?

      También bajaba al refugio un catedrático de la Universidad, de lacios bigotes blancos y ojos adormecidos, que, con la guerra, andaba siempre de vacaciones. Solía sentarse sobre un féretro de caoba con herrajes de oro, y le decía a don Serafín, no sé si por broma:

      _Éste es el mío, no lo olvides. Lo tengo pedido desde hace meses, y tú te has comprometido a reservármelo.

      Y daba golpecitos con un dedo, y como con cierta ansiedad, en la cubierta de la caja, y la ancha cara de don Serafín  se abría en una oscura sonrisa.

      _Es caro _advertía y el catedrático de la Universidad decía:

      _No importa; lo caro, a la larga, es barato.

      Y la criada del principal hacía unos gestos patéticos y les rogaba, con lágrimas en los ojos, pero sin abrirlos, que no hablasen de aquellas cosas horribles, porque Dios les iba a castigar.

      Y la ametralladora de San Vicente, que era la más próxima, hacía de cuando en cuando: «Ta-ca-tá, ta-ca-tá, ta-ca-tá». y el tableteo cercano dejaba a todos en suspenso, porque barruntaban que era un duelo a muerte el que se libraba fuera y que era posible que cualquiera de los contrincantes tuviera necesidad de utilizar el género de don Serafín al final.

      Las calles permanecían desiertas durante los bombardeos, y las ametralladoras, montadas en las torres y azoteas más altas de la ciudad, disparaban un poco a tontas y a locas y los tres cañones que el Regimiento de Artillería había empotrado en unos profundos hoyos, en las afueras, vomitaban fuego también, pero habían de esperar a que los aviones rondasen su radio de acción, porque carecían casi totalmente de movilidad, aunque muchas veces disparaban sin ver a los aviones con la vaga esperanza de ahuyentarlos. Y había un vecino en mi casa, en el tercero, que era muy hábil cazador, y  los primeros días hacía fuego también desde las ventanas, con su escopeta de dos cañones. Luego, aquello pasó de la fase de improvisación, y a los soldados espontáneos, como mi vecino, no les dejaban tirar. Y él se consumía en la pasividad del refugio, porque entendía que los que manejaban las armas antiaéreas eran unos ignorantes y los aviones podían cometer sus desaguisados sin riesgos de ninguna clase.

        En alguna ocasión bajaba también al refugio don Ladis, que tenía una tienda de ultramarinos, en la calle de Espería, afluente de la nuestra, y no hacía más que escupir y mascullar palabrotas. Tenía unas anacrónicas barbitas de chivo, y  a mi madre le gustaba poco por las barbas, porque decía que en un establecimiento de comestibles las barbas  hacen sucio. A don Ladis le llevaban los demonios de ver a su dependiente amartelado en un rincón con una joven que cuidaba a una anciana del segundo. El dependiente decía en guasa que la chica era su refugio, y si hablaban lo hacían en cuchicheos, y cuando sonaba un estampido próximo, la muchacha se tapaba el rostro con las manos y el dependiente le pasaba el brazo por los hombros en ademán protector.

      Un día, el Sargentón se encaró con don Ladis y le dijo:    

      _La culpa es de ustedes, los que tienen negocios. La ciudad debería tener ya un avión para su defensa. Pero no lo tiene porque usted y los judíos como usted se obstinan en seguir amarrados a su dinero.

      Y era verdad que la ciudad tenía abierta una suscripción entre el vecindario para adquirir un avión para su defensa. y todos sabíamos, porque el diario publicaba las listas de donantes, que don Ladis había entregado quinientas pesetas para este fin. Por eso nos interesó lo que diría don Ladis al Sargentón. Y lo que le dijo fue:

      _¿Nadie le ha dicho que es usted una enredadora y una asquerosa, doña Constantina?

      Todo esto era también una rareza. Dicen que el peligro crea un vínculo de solidaridad. Allí, en el refugio, nos llevábamos todos como el perro y el gato. Yo creo que el miedo engendra otros muchos efectos además del de la solidaridad.

      Me acuerdo bien del día en que el Sargentón le dijo a don Serafín, el empresario de Pompas Fúnebres, que él veía con buenos ojos la guerra porque hacía prosperar su negocio. Precisamente aquel día habían almacenado en el sótano unas cajitas para restos, muy remataditas y pulcras, idénticas a la que don Serafín prometió a mi hermanita Cristeta, años antes, si era buena, para que jugase a los entierros con los muñecos. A mi hermana Cristeta y a mí nos tenía embelesados aquella cajita tan barnizada del escaparate que era igual que las grandes, sólo que en pequeño. Por eso don Serafín se la prometió a mi hermanita si era buena. Pero Cristeta se esmeró en ser buena una semana y don Serafín no volvió a acordarse de su promesa. Tal vez por eso aquella mañana no me importó que el Sargentón dijese a don Serafín aquella cosa tremenda de que no veía con malos ojos la guerra porque ella hacía prosperar su negocio.

      Don Serafín dijo:

      _¡Por amor de Dios, no sea usted insensata, doña Constantina! Mi negocio es de los que no pasan de moda.

      Y don Ladis, el ultramarinero, se echó a reír. Creo que don Ladis aborrecía a don Serafín, por la sencilla razón de que los muertos no necesitan ultramarinos. Don Serafín se encaró con él:

      _Cree el ladrón que todos son de su condición _dijo. Don Ladis le tiró una puñada, y el catedrático de la Universidad se interpuso. Hubo de intervenir el Cigüeña) que era la autoridad, porque  don Serafín exigía que encerrase al Sargentón y don Ladis, a su vez, que encerrase a don Serafín. En el corro sólo se oía hablar de la cárcel, y entonces el dependiente de don Ladis pasó el brazo por los hombros de la muchachita del segundo, a pesar de que no había sonado ninguna explosión próxima, ni la chica, en apariencia, se sintiese atemorizada.

      De repente, la sirvienta del principal se quedó quieta, escuchando unos momentos. Luego se secó, apresuradamente, dos lágrimas con la punta de su delantal, y chilló:

      _iHa terminado la alarma! ¡Ha terminado la alarma! y se reía como una tonta. En el corro se hizo un silencio y todos se miraron entre sí, como si acabaran de reconocer- se. Luego fueron saliendo del refugio uno a uno.

      Yo iba detrás de don Serafín, y le dije:

      _¿Recuerda usted la cajita que prometió a mi hermana Cristeta si se comportaba bien?

      Él volvió la cabeza y se echó a reír. Dijo:

      _Pobre Cristeta; iqué bonita era!

       Fuera brillaba el sol con tanta fuerza que lastimaba los ojos.

(La partida)

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ARTURO BAREA

CARMEN MARTÍN GAITE

JESÚS FELIPE MARTÍNEZ

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RAMIRO PINILLA

JUAN EDUARDO ZÚÑIGA

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