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Juan Meléndez Valdés

La paloma
A unos lindos ojos
De la primavera
La esquivez vencida
España a su rey don José  Napoleón I

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 LA PALOMA
Suelta mi palomita pequeñuela,
y déjamela libre, ladrón fiero;
suéltamela, pues ves cuánto la quiero,
y mi dolor con ella se consuela.
Tú allá me la entretienes con cautela;
dos noches no ha venido, aunque la espero.
¡Ay!, si esta se detiene, cierto muero;
suéltala, ¡oh crudo!, y tú verás cuál vuela.
Si señas quieres, el color de nieve,
manchadas las alitas, amorosa
la vista, y el arrullo soberano,
lumbroso el cuello, y el piquito breve...
mas suéltala y verasla bulliciosa
cuál viene y pica de mi palma el grano.
 

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A UNOS LINDOS OJOS
Tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor, 
tus lindos ojuelos
me matan de amor.

Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.

Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.

Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».

Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».

Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
 

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DE LA PRIMAVERA
La blanda primavera
derramando aparece
sus tesoros y galas
por prados y vergeles.
Despejado ya el cielo
de nubes inclementes,
con luz cándida y pura
ríe a la tierra alegre.
El alba de azucenas
y de rosa las sienes
se presenta ceñidas,
sin que el cierzo las hiele.
De esplendores más rico
descuella por oriente
en triunfo el sol y a darle
la vida al mundo vuelve.
Medrosos de sus rayos
los vientos enmudecen,
y el vago cefirillo
bullendo les sucede,
el céfiro, de aromas
empapado, que mueven
en la nariz y el seno
mil llamas y deleites.
Con su aliento en la sierra
derretidas las nieves,
en sonoros arroyos
salpicando descienden.
De hoja el árbol se viste,
las laderas de verde,
y en las vegas de flores
ves un rico tapete.
Revolantes las aves
por el aura enloquecen,
regalando el oído
con sus dulces motetes;
y en los tiros sabrosos
con que el Ciego las hiere
suspirando delicias,
por el bosque se pierden,
mientras que en la pradera
dóciles a sus leyes
pastores y zagalas
festivas danzas tejen
y los tiernos cantares
y requiebros ardientes
y miradas y juegos
más y más los encienden.
Y nosotros, amigos,
cuando todos los seres
de tan rígido invierno
desquitarse parecen,
¿en silencio y en ocio
dejaremos perderse
estos días que el tiempo
liberal nos concede?
Una vez que en sus alas
el fugaz se los lleve,
¿podrá nadie arrancarlos
de la nada en que mueren?
Un instante, una sombra
que al mirar desparece,
nuestra mísera vida
para el júbilo tiene.
Ea, pues, a las copas,
y en un grato banquete
celebremos la vuelta
del abril floreciente.

 

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La esquivez vencida.
No temas, simplecilla; del dichoso
galán pastor no tardes la ventura;
apenado a ti corre; su ternura
premio al fin halle y su anhelar, reposo.
De rosa en la coyunda el cuello hermoso
pon al yugo feliz; la copa apura
que amor te brinda, y de triunfar segura
entra en lides süaves con tu esposo.
¡
La vista tornas! ¡Del nupcial abrazo
huyes tímida y culpas sus ardores
el rubor virginal la faz teñida!
Mas Venus... Venus... su genial regazo
sobre el lecho feliz llueve mil flores
que Filis coge, y la esquivez olvida.

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España a su rey don José Napoleón I, en su feliz vuelta de Francia

Hic dies vere mihi festus atras eximet curas

Horacio, Lib. 3, Oda 14

   La excelsa umbrosa cumbre del Pirene

doblaba ya con planta presurosa

el buen rey, que del lado

del grande hermano, cuya gloria tiene

atónita a la Europa y respetosa,

vuelve a su pueblo amado,

de mil guerreros fuertes rodeado.

En vivas repetidos

un pueblo inmenso sin cesar le aclama,

que en su amparo le llama

y hoy de su amor los votos ve cumplidos.

Él, con su rostro de bondad que afable

feliz contento y confianza inspira,

grato los aceptaba;

cual tierno padre que a sus hijos mira,

su amor les muestra en su sonrisa amable,

y el placer que gozaba,

al verse amado el júbilo doblaba.

Sublima aplauso tanto

voluble el eco al estrellado asiento,

de la Patria contento,

del pérfido bretón miedo y espanto,

cuando, improviso, en forma sobrehumana,

regio boato y majestad sublime,

si aspecto dolorido,

se ofreció ante sus ojos soberana

matrona augusta que su acción reprime,

lacerado el tendido

manto, de mil castillos guarnecido,

apagados del lloro

sus ojos y anublaba la alta frente,

ajando un león rugiente

sus ricas fimbrias recamadas de oro.

Alza la diestra en ademán grandioso,

y un cetro de oro y perlas firme extiende.

Con aire de señora

«Tente», le dice, «oh rey; no presuroso

me huelles, y mi voz plácido atiende.

Tu España soy, que hasta ahora

en suerte incierta sus destinos llora.

Ya dilato el fiel seno

a la dulce esperanza; mi ventura

disfrutaré segura,

y un grato porvenir de gloria lleno.

¡Ay, cuánto, cuánto de zozobra y susto,

cuánto cuidado punzador sufriera

hasta este claro día!

¡Cuánto he temblado que el hermano augusto

y su brillante corte entretuviera

tu vuelta y mi alegría!

Fausto, el cielo ha escuchado la voz mía.

Llega, estrecha, hijo amado,

entre mis brazos nuestro eterno nudo.

Sé a mi flaqueza escudo,

y conhorte a este suelo desgraciado.

Dominé un tiempo, y con excelso vuelo

crucé desde la aurora hasta el ocaso.

Mis ínclitos pendones

llevé y mi nombre al contrapuesto suelo,

de un nuevo mundo a Europa abriendo el paso.

Respeto mis leones

fueron y miedo a indómitas naciones;

y con saber profundo

mis hijos a los cielos se encumbraron,

o leyes me dictaron

que Temis celebró y admiró el mundo.

No fui por tanto más feliz: llevarme

de estéril gloria a peregrinas gentes

me dejé, do sin fruto

vi la espada y la muerte devorarme.

El error, con mil formas diferentes,

cubrió de negro luto

la luz de mi saber; un vil tributo

a cien fantasmas vanos

ofrecí ilusa, que aun mirar no osaba;

y de señora esclava,

labré mis grillos con mis propias manos.

Hoy atizando el fanatismo impío

su antorcha funeral mi seno enciende.

Mis hijos, fascinados,

corren a hundirse en el sepulcro umbrío;

de su madre el gemir ninguno atiende.

Mis campos asolados,

en sangre ajena y propia veo inundados;

la pestilente llama

crece, y la rabia que a morir condena;

Guerra el leopardo suena,

Guerra, y los pueblos su bramido inflama.

Ven, hijo, amparo y esperanza mía;

corre a salvar los lacerados restos

de mi antigua grandeza.

Ven, que a ti solo el cielo los confía;

y en ti, como en un dios, los ojos puestos,

ya calmo en mi tristeza

de mis inmensos males la aspereza.

Tú, con potente mano,

próvido apoya mi vejez ruinosa;

mi juventud hermosa

por ti me torne, y mi verdor lozano.

¡Ay, cuánto por lidiar! ¡Cuánta fatiga!

¡Qué de cuidados y de amargas velas!

¡Cuánto escollo ominoso

vas a afrontar, y con nefaria liga

el bien contrastarán que heroico anhelas!

El combate glorioso

con esfuerzo acomete generoso,

que en ti los ojos tiene

fijos la Europa, y silenciosa espera

que fausto en la carrera

el premio alcances que a tu sien previene.

¿Y cómo no, cuando el excelso hermano,

que a par rige la espada y caduceo,

es tu escudo potente,

y el remedio a tu esfuerzo soberano

libró del mal en que acabar me veo?

Ya brilla en tu alta frente

de mi bien y mi gloria el ansia ardiente.

Tiende la vista afable,

tiéndela en torno, y a mis pueblos mira

en su sangrienta ira

y en su delirio indómito y culpable.

Ellos son hoy lo que por siempre han sido,

del áspero trabajo llevadores,

arrostrando la muerte

sin una queja, un mísero gemido,

de inviolable lealtad con sus señores,

de pecho osado y fuerte,

jamás domable en ominosa suerte,

por llano, fiel y honrado,

claro siempre del mundo en la memoria.

¡Ay, cuánto tanta gloria,

virtud tanta, su brillo han mancillado!

Que arda viva en los pechos españoles

por ti otra vez, pues a regirlos vienes

con cetro justo y pío.

Al hondo abismo do los ves lanzoles

un ciego pundonor; de alzarlos tienes

tú el dulce poderío:

Ve en cada alucinado un hijo mío.

Halágalos humano,

rasga al error su tenebroso velo,

y en obsequioso anhelo,

rendidos, fieles, besarán tu mano.

Bien lo vieras, oh rey, cuando la orilla

del ancho Betis, del Genil famoso,

victorioso pisaste.

¿Qué cultos no te dio mi gran Sevilla

con pura fe, con celo generoso?

¿Qué pecho no encantaste

cuando a la rica Málaga llegaste?

¿Qué mi real Granada

no te ostentó de amor? ¿Qué aclamaciones,

qué ardientes bendiciones

doquier no oíste en tu feliz pasada?

Fausto, has gozado del placer más puro,

de la gloria mayor que humano seno

llenó: la verdadera

de conquistar sin lágrimas; seguro

sigue esta senda y de esperanzas lleno.

La misma soy doquiera;

mi paciente Castilla fiel te espera.

Ya su bondad conoces;

ya aquí suenan sus júbilos festivos,

y entre himnos mil votivos,

de la gran corte las alegres voces.

Gózate afable en el común contento;

mas tiende a par la vista observadora,

y caerá tu alegría.

¡Cuál con mis ansias congojarte siento!

De mis campos la rabia asoladora

taló la lozanía.

La reja se forjó en espada impía.

Mis letras ve apagadas,

quemados mis talleres y desiertos,

y en mis seguros puertos,

mis fuertes naves del bretón robadas.

A ti, próvido, el cielo a daño tanto

concede el ocurrir con afanosa

constancia y alta mente.

Ven, llega, enjuga mi apenado llanto;

rompe, arranca la flecha ponzoñosa

que tan profundamente

lleva enclavada el corazón doliente.

Mi paz en tu desvelo,

de tus sudores mi abundancia fío;

mi gloria y poderío

obra serán de tu sublime celo.

Tú poblarás mis campos asolados,

que rompa el buey con la luciente reja,

labrando mi sustento;

triscando en tanto en los herbosos prados

la suelta cabra con la mansa oveja,

al colono avariento

reirá abundancia en plácido contento;

y el genio nueva vida

dará a la industria, el vuelo desplegando,

al trabajo alentando

la edad caduca a la niñez florida,

mientras las ciencias con afán glorioso

sublimes corren por la inmensa esfera,

las distancias midiendo

del helado Saturno al Can fogoso

y del flamante sol la eterna hoguera,

o en blanda paz rigiendo

mis hijos van, al suelo descendiendo;

mis hijos, que rendidos

adorarán la diestra protectora

que bien tanto atesora,

en gratitud y en júbilo perdidos.

Mas hoy te piden, con ardiente ruego,

al joven que la guerra ha devorado

la madre dolorida;

la niñez, guarda; la vejez, sosiego;

la honesta virgen, a su amor robado;

el huérfano, acogida;

la religión, el ara destruida.

Por doquiera triunfante

se alza el genio del mal, si tú no corres

y a todos nos socorres,

en tanta tempestad iris radiante.

Helos, helos, si no, los ojos fijos

y alzados hasta ti, las manos yertas

extenderte llorando,

desfalleciendo en males tan prolijos,

dudar, temer, ansiar, siempre en inciertas

borrascas zozobrando,

de ti solo su término esperando,

cual un dios implorarte,

buscar su vida en tu benigna frente,

y en su esperanza ardiente

rey, padre, amigo, salvador llamarte.

¡Qué perspectiva tan grandiosa y bella

de una gloria sin fin! Las santas leyes,

letras, instituciones,

creador te esperan; tu sublime huella

sea por doquier modelo a grandes reyes,

y envidia a las naciones.

Con el águila unidos los leones

en eterna lazada,

dormida en paz descansará la tierra,

bramando la impía guerra

entre hórridas cadenas aherrojada.

Así será, hijo amado, y yo lo veo

hasta un remoto porvenir; tú tiende

por el inmenso océano

la vista en tanto a más sublime empleo,

y a todo en tu hondo seno igual atiende.

El indio más lejano

es de mis hijos venturoso hermano,

como padre le llama;

sol benéfico, ahuyenta sus errores,

y verasle de flores

ornar la madre a quien respeta y ama.

Mas, ¡ay!, no emules la funesta gloria

del indómito Marte, ni así al templo

de la Fama camina.

Lleve unida a sus pasos la victoria

el grande hermano, de héroes claro ejemplo.

Tú en paz feliz domina,

y, justo, al cielo en mi ventura inclina,

que él tu seno indulgente,

sencillo, humano, y bondadoso hiciera

porque a los siglos fuera

dechado ilustre tu mandar clemente.

¡Florezca años sin fin el suelo mío

bajo tal mando, y de tu estirpe clara

mil reyes tras ti vea!

Mi ruego el cielo favorezca pío;

y deme luego a la princesa cara

que un iris nuevo sea,

pues su virtud al mundo orna y recrea;

démela, y las hermosas

prendas de un mutuo amor: goce este día,

gócelo el ansia mía,

que ya son nuestras joyas tan preciosas.

Y tú ven, llega, corre». Así clamaba

la triste España; y a los pies lanzarse

tentó en su angustia dura

de José, que en sus brazos la elevaba

y en su seno otra vez tornó a estrecharse,

y suyo ser le jura

y para ella vivir. Tanta ventura

en júbilo su duelo

convierte, y pasa el rey, su fausto mando

un lucero afirmando

que brilló hermoso en el alegre cielo.

 

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