Medardo 
Fraile
La hora
Fábula

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La hora

    Mañana era hoy y ayer; el reloj, un regalo de Reyes o de cumpleaños que daba cierta categoría pero no medía el tiempo. El sol tibio o caliente de las mañanas entraba por los ventanales de las aulas y nos pintaba jóvenes, con sonrisas de burla y miradas de amor, entre cuadernos y carteras y una mano desesperada y rebelde cogiendo notas. Las muchachas lucían más relojes y eran más vistosas y bellas. Muchos usábamos corbata y, algunos, un pañuelo dandy, melancólico, inútil, en el bolsillo alto de la americana. Una fortuna más: no teníamos dinero. El tiempo volaba en la hora de Literatura, de Arte y se arrastraba minutero, zumbador, premioso en la hora de filosofía. Cuando el bedel abría la puerta para dar la hora nos desentumecíamos del atasco pensante y volvíamos a llenamos los ojos de la luz del día, de la que no se hablaba en las notas ni el texto.
     La filosofía, o lo que fuera, había convertido en máscara la cara del filósofo, la había llenado de recovecos y arrugas, y su rostro tenía un aire mediocre de corteza insensible. Parecía un hombre incapaz de suspender a nadie, de amar a nadie. No alzaba la voz, vestía casi siempre de negro, con camisa blanca algo gastada y sucia y el pelo, negro y liso, era un casco fijo graso y opaco. Le teníamos los lunes y jueves y su clase era la última de la mañana, cuando daba más pereza pensar o, por lo menos, así, por galerías oscuras. A las dos, abarrotábamos los tranvías para volver a casa.
     Aquel jueves era igual que todos, pero, en vez de hablarnos de los mitos platónicos o de la teoría aristotélica de la potencia y el acto, explicó las cinco vías tomistas a posteriori que demostraban la existencia de Dios. Aquel hombre tenía algo de clérigo de paisano y ese jueves de primavera la clase olía a incienso o, quizá, a romero y cantueso de los campos cercanos, a iglesia.
     Insistió, hasta el mareo (ad nauseam), en la contingencia del ser. Seríamos contingentes, sin duda, pero no sabíamos lo que significaba. Luego lo dijo: «Lo que no se explica por sí: existe, pero podría no existir.»
     Bueno, estábamos allí, sostenidos por la mano del Creador y ninguno de nosotros era necesario —escribíamos en el bloc de notas—, pero qué duda cabe que nos gustaba andar juntos y, sobre todo, charlar y que éramos distintos, como las frases de una partitura dispar que se titulara SEGUNDO CURSO, GRUPO A, AULA 24. A mí me parecía necesario admirar los ojos de Begoña o divertirme con el humor de Lauro, contingentes o no.
     En el último cuarto de hora llegaban el sopor, la impaciencia.
     Venteábamos la cercanía de Aniceto, el bedel, para damos la hora y abría, por fin, la puerta cuando pensábamos que ya no venía. Aquel jueves de comienzos de abril fue como todos. Él tardaba en llegar o el reloj, algún reloj, se movía despacio. De pronto, oímos el picaporte y Aniceto asomó su calva, miró al catedrático, que a su vez le miró a él y, alzando la voz, dijo: «¡La hora!»
     Las dos, por fin.
     En ese momento se oyó un golpe atrás. Alguna cartera que se había caído. No, no era eso. Era Ricardito. Un muchacho delgado, de ojos azules y cara entre inocente y viejales. Un buen chico. Amable. Sonreía con cara de susto y se marchaba corriendo a estudiar porque, según él, no le cundía el tiempo. Era la hora, su hora, y estaba muerto.
     La contingencia de Ricardito fue un ejemplo excesivo. Sabíamos que estaba enamorado de Matilde. Sabíamos que ella, menuda y parlanchina, le diría un día que sí. Pero nunca estaremos seguros de si morirse aquel jueves, en aquel instante, hizo que nosotros no olvidáramos el tercer argumento de Santo Tomás, y si aquello tuvo que ver con que Elena y Milagros se hicieran monjas años más tarde, y Seve se estrellara una noche en una carretera de Ciudad Real.

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FÁBULA

El sol se estrellaba en lo alto del pico y el cóndor cegato y viejo sacudió sus rayos de las alas y se lanzó al vacío, porque abajo, lejos, se oía el ronroneo de la pájara que no hacía el amor en los aires. En su larga vida, había devorado llamas, ciervos y carroña de hombres y las alturas distantes y heladas del Aconcagua y el Chimborazo, y la atalaya más baja del Machu Picchu, habían dado cobijo al fortín arrogante de sus nidos. Los antepasados del cóndor vieron al dios Viracocha crear al hombre por debajo de ellos; las aguas limpias del Titicaca vigorizaron sus cuerpos y apagaron la sed de sus entrañas, y los seres lentos y escuálidos de color quebrada los divinizaron y se revistieron de plumas negras, grises y blancas para ganar su favor y la familiaridad con que trataban ellos con los cielos. Pero los cóndores bajaban de lo alto, como los dioses, y nunca habían visto volar al misterioso enemigo y adorador suyo, al hombre, que erraba torpe por las trochas torcidas de la tierra.

El cóndor viejo rodeó un pico nevado al que llamaban los hombres la Bizcotela y, en la llanura incipiente, divisó a lo lejos el resplandor plateado de la pájara que volaba en dirección al mar, y el dado del Destino empezó a darle vueltas en la cabeza y se paró en un solo punto, una obsesión, un deseo: violada o forcejear con ella hasta revolcada en tierra. La pájara, ajena y tranquila, no era más que un punto soleado y lejano que iba disminuyendo colgado en el aire y el cóndor batió con fuerza las alas, se elevó una y otra vez hasta el umbral de los cielos y bajó una y otra vez acortando distancias hacia la hembra que volaba más lenta a cada instante y se inclinaba girando como para posarse en un risco y esperarle allí.

El apareo sin ceremonia era inminente cuando ella se escurrió de sus garras corriendo como alma en pena por un suelo duro, gris y caliente que emanaba un olor fétido desconocido en la pureza de las montañas. Envuelto en humo y ruido, la siguió a ciegas con obstinación y codicia y, al pararse la pájara, se montó el cóndor en su piel caliente y sin plumas y la violó jadeante con la saña del que se dispone a crear matando. No hubo respuesta alguna por parte de ella, ni un mal temblor de alas y, como el que abandona algo que es suyo, se alzó el macho con un par de aletazos, se posó en lo alto de una cornisa y esperó. Bajo el friso había unos garabatos: Aeropuerto Jorge Chaves. Wélcome. Ciudad de los Reyes, Lima.

            _Mis hijos y mis nietos aureolan todas las montañas y esa pájara me dará también hijos _triscó monótono en la cavidad de su pico, y se quedó en reposo de cara a la presa saboreando su hazaña.

Pasó un cuarto de hora, se le abrió el costado a la pájara y parió a una mujer con un poncho de vivos colores seguida de dos hombres y de una chicuela chaparra con un niño en brazos, y más gente, y otro homúnculo o enemigo más, y dos familias compuestas por la ralea hostil que mataba cóndores de lejos, tras un estallido seco que producía un palo apuntando al corazón del ave. Él era el que había engendrado a esos enemigos de su estirpe, que salían sin parar del cuerpo fecundado de la pájara esquiva, señuelo de luz falsa, solitaria insulsa de los aires.

El cóndor emitió el grito sombrío de la tragedia, subió hasta perderse en los cielos a pedir perdón y un pescador de la isla de San Lorenzo lo vio hundirse de cabeza en el mar, que espejeaba al sol a esa hora de la tarde, como el cuerpo apóstata de la hembra.

 

(Contrasombras)

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