MANUEL MACHADO

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Los fusilamientos de la Moncloa de Goya
El Caballero de la mano en el pecho del Greco
La reina María Luisa de Goya
Felipe IV de Velázquez
La anunciación de Fray Angélico
La Giocconda de Leonardo da Vinci
La lección de Anatomía de Rembrandt
Carlos V de Tiziano
Castilla

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.                               Los fusilamientos de la Moncloa. 
Goya.

                                                                Él lo vio...Noche negra, luz de infierno...

                                                             Hedor de sangre y pólvora, gemidos...

                                                             Unos brazos abiertos, extendidos  

en ese gesto de dolor eterno.             

              Una farola en tierra casi alumbra

   con un halo amarillo que horripila

   de los fusiles la uniforme fila,

   monótona y brutal en la penumbra.

 Maldiciones, quejidos...Un instante

   primero que la voz de mando suene,

   un fraile muestra el implacable cielo.

 Y en convulso montón agonizante,

   a medio rematar, por tandas viene

 la eterna carne de cañón al suelo.

                                                                  

 

 

 

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La reina Maria Luisa
Goya.

    Este desconocido es un cristiano

de serio porte y negra vestidura,          

donde brilla no más la empuñadura   

de su admirable estoque toledano. 

 Severa faz de palidez de lirio

surge de la golilla escarolada,

por la luz interior iluminada

de un macilento y religioso cirio. 

      Aunque sólo de Dios temores sabe,

porque el vitando hervor no le apasione

del mundano placer perecedero

 en un gesto piadoso, y noble y grave,

la mano abierta sobre el pecho pone,

 como una disciplina, el caballero.                  

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La reina Maria Luisa
Francisco de Goya

 

Al contemplar la juventud forzada

de este cuerpo flexible, y aún ligero,

la inclinación garbosa del sombrero,        

y el fuego inextinguido en la mirada...

Aún es gallarda la apostura, aún tiene

gentil empaque la real persona

de esta arrogante vieja, esta amazona,

mejor montada de lo que conviene.

Y en vano esta cabeza un poco loca,

pierde el cabello, y súmese esta boca,

y de estos ojos el mirar se empaña...

Con su uniforme _rojo y negro_ ella

siempre será la suspirada bella

María Luisa de Borbón, de España.

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La Anunciación
Beato Angélico

La campanada blanca de maitines
al seráfico artista ha despertado,
y, al ponerse a pintar, tiene a su lado
un coro de rosados querubines.

Y ellos le enseñan cómo se ilumina
la frente, y las mejillas ideales
de María, los ojos virginales,
la mano transparente y ambarina.

Y el candor le presentan de sus alas
para que copie su infantil blancura
en las alas del ángel celestial,

que, ataviado de perlinas galas,
fecunda el seno de la Virgen pura,
como el rayo del sol por el cristal.

Felipe IV. Velázquez

 

Nadie más cortesano ni pulido
que nuestro rey Felipe, que Dios guarde,
siempre de negro hasta los pies vestido.
Es pálida su tez como la tarde,
cansado el oro de su pelo undoso,
y de sus ojos, el azul, cobarde.
Sobre su augusto pecho generoso
ni joyeles perturban ni cadenas
el negro terciopelo silencioso.
Y, en vez de cetro real, sostiene apenas,
con desmayo galán, un guante de ante

la blanca mano de azuladas venas
.

 

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La Giocconda
Leonardo da Vinci

Florencia _flor de música y aroma_,

patria del gran Leonardo, inenarrable

madre de lo sutil y lo inefable...

Florencia del león y la paloma.

Mona Lisa sonríe, Madona Elisa

mira pasar los siglos sonriente.

Y nosotros también eternamente

llevamos en el alma su sonrisa.

Sonríe la Giocconda...¿Qué armonía,

qué paisaje de ensueño la extasía?

¿Por dónde vaga su mirar velado?...

¿Qué palabra fatal suena en su oído?...

¿Qué amores desentierra del olvido?...

¿Qué secreto magnífico ha escuchado?...

La lección de Anatomía de Rembrandt

Los enemigos de la luz _rincones

y entrañas_ surgen, por la vez primera,

en tremendas y fúlgidas visiones,

de atroz verdad y resplandor de hoguera.

Lumíneos ocres, cálidos carmines,

ebúrneas y rosadas morbideces,

dejaron los dorados camarines,

para ser sangre, podre y livideces.

Fue Rembrandt, cuyo nombre al mundo asombra

artista poderoso e insensato,

pincel-puñal de palpitante nervio...

Fue Rembrandt, vencedor de luz y sombra,

y el dolor tuvo su primer retrato,

y la miseria su pincel soberbio.

 

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Carlos V de Tiziano

El que en Milán nieló de plata y oro

la soberbia armadura; el que ha forjado

en Toledo este arnés; quien ha domado

el negro potro del desierto moro...

El que tiñó de púrpura esta pluma,

que al aire en Mulberg prepotente flota,

esta tierra que pisa, y la remota

playa de oro y de sol de Moctezuma...

Todo es de este hombre gris, barba de acero,

carnoso labio socarrón y duros

ojos de lobo audaz, que, lanza en mano,

recorre su dominio, el Mundo entero,

con resonantes pasos, y seguros.

En este punto lo pintó el Tiziano.

 

 

 

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Pulsa aquí pare leer el episodio del Cantar de Mío Cid recreado por Manuel Machado en este poema

Castilla

El ciego sol se estrella 
en las duras aristas de las armas, 

llaga de luz los petos y espaldares 
y flamea en las puntas de las lanzas. 

El ciego sol, la sed y la fatiga... 
Por la terrible estepa castellana, 
al destierro, con doce de los suyos 

_polvo sudor y hierro_, el Cid cabalga. 

Cerrado está el mesón a piedra y lodo... 
Nadie responde. Al pomo de la espada 
y al cuento de las picas el postigo 
va a ceder... ¡Quema el sol, el aire abrasa! 

A los terribles golpes, 
de eco ronco, una voz pura, de plata 
y de cristal responde... Hay una niña 
muy débil y muy blanca 
en el umbral. Es toda 
ojos azules y en los ojos, lágrimas. 
Oro pálido nimba 
su carita curiosa y asustada. 

_Buen Cid, pasad... El Rey nos dará muerte, 
arruinará la casa, 
y sembrará de sal el pobre campo 
que mi padre trabaja... 
Idos. El cielo os colme de venturas... 
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!

Calla la niña y llora sin gemido... 
Un sollozo infantil cruza la escuadra 
de feroces guerreros, 
y una voz inflexible grita: "¡En marcha!" 

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana, 
al destierro, con doce de los suyos, 
_polvo, sudor y hierro_ el Cid cabalga.

 

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