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Juan Ramón Jiménez

Adolescencia

El poema

El amor, ¿a qué huele?...

Sueño

Retorno fugaz

El viaje definitivo

Juegos del anochecer

La miga

La Púa

El canario vuela

Textos sobre Madrid

Teoría poética

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AVISO: SE MANTIENE EN TODOS LOS TEXTOS LA ORTOGRAFÍA DEL POETA

Adolescencia

En el balcón, un instante

nos quedamos los dos solos.

Desde la dulce mañana

de aquel día, éramos novios.

_El paisaje soñoliento

dormía sus vagos tonos,

bajo el cielo gris y rosa

del crepúsculo de otoño_.

Le dije que iba a besarla;

bajó, serena, los ojos

y me ofreció sus mejillas,

como quien pierde un tesoro.

Caían las hojas muertas,

en el jardín silencioso,

y en el aire erraba aún

un perfume de heliotropos.

No se atrevía a mirarme;

le dije que éramos novios,

...y las lágrimas rodaron

de sus ojos melancólicos.

                                                (Primeras Poesías) (1898-1902)

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ANÓNIMO ( POR EL MES ERA DE MAYO)

LOPE DE VEGA

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UNAMUNO

ANTONIO MACHADO

FEDERICO GARCÍA LORCA

JAIME GIL DE BIEDMA

ÁNGEL GONZÁLEZ

VÁZQUEZ MONTALBÁN

FRANCISCO BRINES

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EL POEMA

¡No le toques ya más,

que así es la rosa! (Piedra y Cielo, 1917)

 

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El amor, ¿a qué huele? Parece, cuando se ama,
que el mundo entero tiene rumor de primavera.

Las hojas secas tornan y las ramas con nieve,
y él sigue ardiente y joven, oliendo a la rosa eterna.
Por todas partes abre guirnaldas invisibles,
todos sus fondos son líricos -risa o pena-,
la mujer a su beso cobra un sentido mágico
que, como en los senderos, sin cesar se renueva...
Vienen al alma música de ideales conciertos,
palabras de una brisa liviana entre arboledas;
se suspira y se llora, y el suspiro y el llanto
dejan como un romántico frescor de madreselvas

 

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 LUIS CERNUDA

PABLO NERUDA

MANUEL ALTOLAGUIRRE

RAFAEL MORALES

ANTONIO GAMONEDA

CARLOS ÁLVAREZ

CARLOS MARTÍNEZ AGUIRRE

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Sueño

                           Te bañabas, como la luna llena,

en la secreta soledad umbría.

Abrí los mirtos. Toda la alegría

de tu escondite se tornó en mi pena.

Dejando absorta la laguna y plena

de llanto, huiste avergonzada y fría;

y la noche al cruzar tú parecía

que se trocaba toda en azucena.  

El blanco imán de tu carnal diamante

la noche entera me llevó tras ti,

y fuiste de oro, de carmín, de rosa...

Al alba, el mar se puso por delante,

y cual la primavera huir te vi

desde la playa muda y dolorosa.

(Sonetos Espirituales, 1914)

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   LUPERCIO ARGENSOLA  G. ADOLFO BÉCQUER    JOSÉ MARTÍ   

    ANTONIO MACHADO   GERARDO DIEGO      ÁNGEL GONZÁLEZ

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RETORNO FUGAZ

¿Cómo era, Dios mío, cómo era?

¡Oh corazón falaz, mente indecisa!

¿Era como el pasaje de la brisa?

¿Cómo la huida de la primavera?

Tan leve, tan voluble, tan ligera

cual estival vilano...¡Sí! Imprecisa

como sonrisa que se pierde en risa...

¡Vana en el aire, igual que una bandera!

¡Bandera, sonreír, vilano, alada

primavera de junio, brisa pura!...

¡Qué loco fue tu carnaval, qué triste!

Todo tu cambiar trocose en nada

_¡memoria, ciega abeja de amargura!-,

¡no sé como eras, yo que sé que fuiste!

(Sonetos Espirituales, 1914)

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Jorge Manrique  Garcilaso de la Vega  Carlos Álvarez

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EL VIAJE DEFINITIVO

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros

cantando.

Y se quedará mi huerto con su verde árbol,

y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido,

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y lejos del bullicio distinto, sordo, raro

del domingo cerrado,

del coche de las cinco, de las siestas del baño,

en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu de hoy errará, nostáljico...

Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol

verde, sin pozo blanco,

sin cielo azul y plácido...

Y se quedarán los pájaros cantando.

(Canción , 1936)

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LUIS GARCÍA MONTERO

LUIS ANTONIO DE VILLENA

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Juegos del anochecer

   Cuando, en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos, ateridos, por la oscuridad morada de la calleja miserable que da al río seco, los niños pobres juegan a asustarse, fingiéndose mendigos. Uno se echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo...

   Después, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus madres, ellas sabrán cómo, les han dado algo de comer, se creen unos príncipes:

   -Mi pare tié un reló e plata.

   -Y er mío, un cabayo.

   -Y er mío, una ejcopeta.

   Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no matará el hambre, caballo que llevará a la miseria. . .

   El corro, luego. Entre tanta negrura, una niña forastera, que habla de otro modo, la sobrina del Pájaro Verde, con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, cual una princesa:

Yo soy laaa viudiiitaa

del Condeee de Oréé...

   ... ¡Sí, sí! ¡Cantad, soñad, niños pobres! Pronto, al amanecer vuestra adolescencia, la primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno.

   -Vamos, Platero. . .

La miga

  Si tú vinieras, Platero, con los demás niños, a la miga, aprenderías el a, b, c, y escribirías palotes. Sabrías tanto como el burro de las Figuras de cera -el amigo de la Sirenita del Mar, que aparece coronado de flores de trapo, por el cristal que muestra a ella, rosa toda, carne y oro, en su verde elemento-; más que el médico y el cura de Palos, Platero.

  Pero, aunque no tienes más que cuatro años, ¡eres tan grandote y tan poco fino! ¿En qué sillita te ibas a sentar tú, en qué mesa ibas tú a escribir, qué cartilla ni qué pluma te bastarían, en qué lugar del corro ibas a cantar,di, el Credo?

   No. Doña Domitila _de hábito de Padre Jesús de Nazareno, morado todo con el cordón amarillo,  igual que Reyes,  el besuguero_ te tendría a lo mejor dos horas de rodillas en un rincón del patio de los plátanos,  o te daría con su larga caña seca en las manos,  o se comería la carne de membrillo de tu merienda, o te pondría un papel ardiendo bajo el rabo y tan coloradas y tan calientes las orejas como se le ponen al hijo del aperador cuando va a llover. ..

   No, Platero, no. Vente tú conmigo. Yo te enseñaré las flores y las estrellas. Y no se reirán de ti como de un niño torpón, ni te pondrán, cual si fueras lo que ellos llaman un burro, el gorro de los ojos grandes ribeteados de añil y almagra, como los de las barcas del río, con dos orejas dobles que las tuyas.7

 

La Púa

   Entrando en la dehesa de los Caballos, Platero ha comenzado a cojear. Me he echado al suelo...

   _Pero, hombre, ¿qué te pasa?

   Platero ha dejado la mano derecha un poco levantada, mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el casco la arena ardiente del camino.

   Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbón, su médico, le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja. Una púa larga y verde, de naranjo sano, está clavada en ella como un redondo puñalito de esmeralda. Estremecido del dolor de Platero, he tirado de la púa; y me he llevado al pobre al arroyo de los lirios amarillos, para que el agua corriente le lama, con su larga lengua pura, la heridilla.

   Después, hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, el detrás, cojeando todavía y dándome suaves topadas en la espalda...

El canario vuela

  Un día, el canario verde, no sé cómo ni por qué, voló de su jaula. Era un canario viejo, recuerdo triste de una muerta, al que yo no había dado libertad por miedo de que se muriera de hambre o de frío, o de que se lo comieran los gatos.

   Anduvo toda la mañana entre los granados del huerto, en el pino de la puerta, por las lilas. Los niños estuvieron, toda la mañana también, sentados en la galería, absortos en los breves vuelos del pajarillo amarillento. Libre, Platero, holgaba junto a los rosales, jugando con una mariposa.

  A la tarde, el canario se vino al tejado de la casa grande, y allí se quedó largo tiempo, latiendo en el tibio sol que declinaba. De pronto, y sin saber nadie cómo ni por qué, apareció en la jaula, otra vez alegre.

   ¡Qué alborozo en el jardín! Los niños saltaban, tocando las palmas, arrebolados y rientes como auroras; Diana, loca, los seguía, ladrándole a su propia y riente campanilla; Platero, contagiado, en un oleaje de carnes de plata, igual que un chivillo, hacía corvetas, giraba sobre sus patas, en un vals tosco, y poniéndose en las manos, daba coces al aire claro y suave. . .

PLATERO Y YO

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TEXTOS SOBRE MADRID

LA PUERTA DE ALCALÁ

    Allá, en lo alto de la calle de Alcalá, en un fondo vago de anochecer de oriente, en que la luna que se anunció tras ella mezcla su oro con las últimas rosas del día, que muere tras la Puerta del Sol, la puerta magna se ve aún, bella y sola, vagamente gris con la fronda del Retiro, oscura, encima…

         _Mis sueños han tenido cien veces esta vista prodigiosa, y la arboleda de detrás, en las metamorfosis del sueño, era ya pinar de Moguer, palmeras de Sevilla, castaños de Burdeos…, de Filadelfia, pero la puerta era siempre la misma, única y perfecta…

LOS UNIVERSALES

         Aquí, bajo esta palma dorada del Retiro, cuyas estranjeras hojas dulces acaricia la luz, el alma del agua está temblando. Junto a este olmo forastero que gotea al sol del agua del surtidor plateado, veo pasar esta tarde, en largas hileras, las sombras de los universales españoles, tristes y pensativos.

         Son todos los que no se contentaron con el solar y la raza, los que no creían que fuera lo varonil el jesto brusco español y el denuesto colorado, los execrados por hablar con voz de todas partes, los ridiculizados por sentir las cosas que en España se siguen considerando como cosas de mujeres o de poetas…clásicos: la flor, el pájaro, el niño, la mujer delgada, en entretiempo, lo delicado en suma.

         Pasan, pasan bastantes y qué poco oídos. Son como el pájaro alto en el cielo abierto sobre el hueco cerrado, cobre el asno trabado, sobre el caimo con fin: Son los verdaderos españoles amigos de la vida, del hombre, de la eternidad.

Nunca he visto tristeza más hermosa que la del Retiro aquella tarde.

Entre el ramaje claro, de un verde casi amarillento, los pinos negros se veían aunque no se mirasen, y producían impresión, no de cosas, sino de sombras que fuesen llegando. He oído llorar a un árbol; en el tronco tenía voz fiera, y en las ramas alta voz de niño. También oí cantar al aire en la hojarasca.

UN BANCO DEL RETIRO

Este banco viejo llovido y soleado es de todos, pero cada uno lo coje de manera distinta.

         Esa muchacha llega a él sofocada y corriendo y se sienta en el respaldo. El señor contoneado y despótico se sienta en medio y mira de mal humor al sol que está en un estremo. Esa señora no se sienta porque tiene arena. Esa muchacha se sienta en la mitad y deja la otra a su ensueño. Ese viejecito tímido se sienta en una esquinita y aun así pidiendo permiso al resto.

         A cada uno le da lo que pide este banco justo del jardín.

LA CIBELES DE NOCHE

         Blanca con la luz de la calle de Alcalá en los ojos ciegos, se destaca sobre el terciopelo morado del cielo del anochecer. Los leones acaban de salir del agua, mojados, fríos, verdes. Los arbolitos de los surtidores la aíslan en un frondoso jardín musical de plata, gracia y oro, que corta la esencia de las acacias ya en flor.

NEPTUNO

Rosa la musculosa desnudez de piedra gris. Medicis de piedra camina a ras de adoquines, lento, como una tortuga, sin poder subir la cuesta de la Carrera. Los caballos se echan a tierra. Y él, con un jesto denodado, sigue imperando.

El sol le pone la sombra movible del chorro de agua sobre el corazón y parece que se le anima el pecho. Neptuno vive, en su desnudez, una vida más fuerte que la de los huéspedes del Palace.

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TEORÍA POÉTICA

RIMAS

                  Mi libro Rimas lo traje yo, casi todo, de Burdeos.  En el Sanatorio escribí poco más. Me lo copiaron J.P. y E.R. Yo entonces no correjía nada. Todo se imprimió tal como fue escrito de primera intención.

         Rimas fue un libro de descenso. El afán de ser natural y sencillo, como yo lo entendía entonces, después del “modernismo” de Nínfeas. Hay evidentes recuerdos de Bécquer, de Rosalía de Castro y de José J.  Herrero, traductor de Kalidasa y de Heine, y un afán de encontrar el romance y el endecasílabo españoles, que habían de ser siempre la base de toda mi métrica y de mi prosa.

      La melancolía de aquellos días, en que la muerte de mi padre me había sacado bruscamente del mundo de ensueño en el que siempre había vivido, la separación brusca de lo mío y mi falta de voluntad de acomodación a lo nuevo, influyó también, sin duda, en el retorno a la sencillez. Yo necesitaba dejar correr mi pena, fácil y largamente, sin más belleza que la del hilo del llanto interior iluminado por el espíritu de poniente.

         Rompí mucho de Nínfeas, que no se acomodaba a mi visión de entonces _ese vicio lo he tenido siempre_ y que luego reconstruí, en parte, de memoria y lo incorporé a Rimas, cuyo primer título fue Paisajes del corazón.

ARIAS TRISTES

         Durante varios meses no pude acostumbrarme a la aridez  circundante, empapado como venía de Francia de verdor, humedad, dulzura, sensualidad. Mi sensibilidad de entonces no cojía aquello, barojiano, unamunesco.

         Vino la primavera _¿en 1902?_ y todo empezó a variar. El sol y la luna ya llegaban a mí a través de otras cosas más gratas. Mi reconciliación con Madrid empezó por las noches. Bajando al jardín o atisbando por las ventanas _al sur y al mediodía y al poniente del salón de mi cuarto, de algunos cuartos deshabitados, de las escaleras_, empezaron a brotar mis “Nocturnos” en el romance exclusivo que había aparecido en mí en Burdeos, una mañana de mayo:

El alegre mes de mayo

ha nacido esta mañana;

por los valles florecientes,

¡qué hermosa habrá sido el alba!

 

El cielo manda un rayo

de su sol a mi ventana,

y el dulce rayo de sol

quiere secarme las lágrimas.

 

Mes de mayo, ¿por qué llegas

a acariciar a mi alma;

si sabes que para siempre

lleva dentro la nevada.

                  Versos que en el verano adquirieron su plenitud. Luego, las “Arias otoñales” y los “Recuerdos sentimentales” vinieron con la reconciliación traída por la primavera.

EL GUSTO DE LA POESÍA

         Me dicen estos y aquellos, movidas sombras de otros yoes en mí mismo:

         _¿A qué ese afán, esa insistencia, ese dinámico éstasis en tu obra? Desde los 40 años (tienes ya 43 y pico en este 1925) la vida jira deprisa por su órbita y, en su jiro vertiginoso, el maravilloso prisma coje, aquí y allá, inesperadamente, en alguna faceta, la luz negra de la anchurosa nada. El verdor, la desnudez, el agua inconciente, te esperan, no una hora, todo el día, toda la noche; y de ellos es de donde debieras ir cayendo, blandamente, como por una suave ladera, al pozo oscuro de lo feo definitivo.

         Todo ese papel, tan hermosamente escrito, impreso, se ha de manchar, borrar, deshacer, ir en el viento. ¿Qué te importa estar en la frente de los otros, el pecho de la otras, otras y otros que harán de ti, sin ti, lo que quieran?  ¡Valiente billetito falso ese de la gloria! No te importe más que el platillo invisible de la balanza en cuyo platillo evidente hayas cojido la vida total, sea el platillo de la vida inmarcesible.

         Les respondo, me respondo, con la deliciosa canción del persa Abú Said :

“_Le pregunté a mi amada:

¿Para qué te embelleces tanto?

_Para gustarme a mí misma _me contestó_.

Porque hay instantes en que soy,

a la vez, el espejo, la mirada y la belleza;

instantes en que me siento,

a la vez, el amor, el amante y la  amada".

Y ESA ES

         Cosas que no tenían importancia cuando las hicimos en los días corrientes, vuelven a nosotros en los días aciagos con una belleza arrobadora y limpia.

         Aquel jugar a la pelota con aquel elástico y bellos perro blanco, rosa y negro en la fachada fresca de la casa, aquella tarde de primavera; aquel sacar la punta a aquella olorosa, jugosa vara de fresno, en aquel descanso sofocado, junto a aquel dulce río; aquel subir a la azotea aquella noche con la inédita recién llegada a ver el mar; aquel sonreír a aquel pájaro que cantaba viéndonos desde su verde rama.

         Y esa es la poesía, más que el suceso extraordinario, hundido, olvidado por su peso en el aguaje de los días, sepultado en la playa ignota bajo arena y alga, como un taco inútil de naufragio.   

 

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