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Juan José Millás

El pájaro

Dispersión corporal

La araña

Zapatos

 

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EL PÁJARO

Aquel pájaro tenía forma de pez; de hecho, vivía como un pez, quizá porque no le quedaba otro remedio: su sistema respiratorio era branquial e inhábil, por tanto, para ser utilizado fuera del agua. Además de eso, carecía de patas y de alas, y en lugar del pico tenía una boca redonda formada por dos labios móviles. A lo largo de su cuerpo, recubierto de escamas, se distribuían las aletas, que, en combinación con la cola, le permitían moverse con agilidad dentro del agua. Vivía en el océano, pero al nadar movía las aletas como si fuesen alas, imitando los movimientos de los pájaros como si fueran pájaros que atravesaban la atmósfera. Su vuelo era mudo y lento, como una pesadilla. Los otros peces, que ignoraban que se trataba de un pájaro, se acercaban a él con propósitos sociales, pero eran rechazados con la torpe imitación de un picotazo.

A veces le asombraba que los demás le vieran como un pez, porque él, cuando cerraba los ojos y se recorría  imaginariamente desde los intestinos hacia fuera, percibía debajo de las branquias un buche emplumado, donde se acumulaban trinos y gorjeos. Y si se tocaba el interior de la boca con la lengua, le parecía adivinar la profundidad de un pico. Pero al abrir los ojos regresaba implacable la realidad mojada y oscura en la que agitaba su cuerpo fusiforme. Dentro de aquel cuerpo, como en las profundidades de una mazmorra, se debatía su identidad de pájaro.

Un día especialmente soleado ascendió hacia la superficie del mar para contemplar el vuelo de una gaviota, que enseguida comenzó a acercarse a él con la naturalidad de un congénere. Antes de que pudiera reaccionar, fue atrapado y conducido a la arena, donde fue troceado y deglutido, adoptando al fin la forma de su identidad. Nunca llegó a enterarse de su nuevo aspecto.

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DISPERSIÓN CORPORAL

Un cojo que vivía en mi barrio se enteró de que era hijo adoptivo el mismo día en que le revelaron que había perdido la pierna derecha en el accidente de automóvil en el que perecieron sus padres. De la noche a la mañana cambió de carácter y se entregó a la averiguación de sus orígenes y del lugar donde había sido encontrada la extremidad inferior de la que carecía y cuya ausencia había atribuido hasta el momento a una particularidad genética.

Sus pesquisas le condujeron a Alemania, donde, según contó a la vuelta, con los amigos dispuestos alrededor de la mesa del café en el que habíamos consumido la juventud, halló la tumba de sus progenitores, que habían emigrado a Colonia en busca de trabajo siendo el todavía bebé.

_La pierna, sin embargo _añadió con un gesto entre ufano y sombrío_, continuaba viva.

Por lo visto, siempre según su versión, él mismo había sido dado por muerto en los primeros instantes del siniestro, así que los médicos, tras las consultas oportunas, decidieron trasplantar a una niña alemana la pierna que le había sido seccionada limpiamente por un trozo de la carrocería del coche. De este modo, su extremidad había continuado creciendo saludablemente en otro territorio ajeno a su propio organismo, mientras los cuerpos de sus padres sufrían el proceso de descomposición común al resto de los seres difuntos.

Se hizo un silencio que remediamos prendiéndonos mutuamente cigarrillos y golpeando las tazas de café contra sus platos, hasta que alguien preguntó si había logrado averiguar la identidad de la persona portadora de la pierna.

_Más que eso _dijo_, la he conocido. Se trata de una mujer de nuestra edad, estupenda por cierto en todos los sentidos, que trabaja en la Cámara de Comercio hispanoalemana.

-¿Hablaba castellano entonces?

_Como tú y como yo. Cuando sus padres le dijeron que tenía dos piernas gracias a la generosidad de un bebé español que había sido dado por muerto en un accidente de automóvil, decidió estudiar nuestra lengua en signo de gratitud a aquella familia que le había librado de una minusvalía cierta.

Encendimos más cigarrillos, pedimos unas copas de coñac y continuamos escuchando, atónitos, la historia.

_Quizá debido a este remoto suceso, la mujer había desarrollado una debilidad sexual por los cojos que me ayudóa a conquistarla sin problemas, aunque en ningún momento, desde luego, desvelé mi identidad, lo que podría haberle producido un sentimiento de culpa insoportable. Todas las averiguaciones se hicieron a través de una agencia de detectives que garantizó una discreción absoluta en el asunto.

El caso, por ir al grano, es que nuestro amigo se había metido en la cama con ella, es decir, con su propia pierna a la que había acariciado y besado con pasión desde la ingle hasta el tobillo llegando a conocer n delirio venéreo cuya intensidad no había experimentado antes con nadie.

Creo que fue en ese instante cuando me di cuenta de que la historia era falsa desde el muslo hasta la punta de los pies, aunque no dije nada pensando que podría tratarse de una fantasía erótica ligada a aquella clase de discapacitación locomotora. Lo importante, que es lo que quería señalar desde el principio, es que gracias al cojo de mi barrio comprendí a una edad razonable que la tumba de los padres se encuentra en todas partes donde vas, incluso aunque no hayan muerto, y que viajar servía para dar con ellos y también para encontrar pedazos de uno mismo en los lugares más insospechados del espacio.

Y eso es lo que le debo a aquel chico: el haber aprendido antes que otros que  todos somos  adoptivos y que vivimos hechos polvo, con los pedazos de nuestro cuerpo repartidos por el universo. Aunque jamás hayamos salido del barrio. Ni siquiera del café de la esquina.

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LA ARAÑA

AL observar con atención los movimientos de una araña, tú mismo comienzas a producir enseguida un juego mental que adopta las formas de una red en la que caen ideas con apariencia de insecto. Cada vez que se produce un golpe en el tejido, has de acudir deprisa hacia la idea atrapada en él e inyectarle un veneno que la inmovilice sin matarla para que se mantenga fresca hasta la hora de la comida. Así es como vienen trabajando las arañas y los sabios, desde Platón hasta Einstein, desde Confucio hasta Hawking.

Es cierto que no siempre caen en la trampa teorías de la relatividad, manzanas de Newton o principios de Arquímedes; sería tanto como que en la tela de la araña cayeran sin cesar libélulas o caballitos del diablo. Pero si tienes paciencia, y tu malla reflexiva es capaz de resistirlo, puedes cazar un moscardón que te mantenga mentalmente ocupado media vida. No es lo mismo un moscardón que una mariposa, pero todas las ideas, por groseras que parezcan, llevan el abdomen cargado de melazas suculentas como la intuición o licores ácidos como el presentimiento.

La araña, pues, más que cuerpos físicos, atrapa conceptos; ella misma parece el producto de una idea. Observándola con detenimiento, te das cuenta de que la realidad, antes que un artefacto dotado de volumen, es una forma de meditación imperfecta, un pensamiento sin pulir, lleno de grumos que nos distraen de la meditación trascendental precisa para completar nuestra metamorfosis. De ahí la sensación de estra inacabados y la conveniencia de contemplar el pensamiento txtil de las arañas, porque su reflejo produce en nosotros la secreción de un tejido mental en el que podría caer una idea envolvente y sutil de la que surgiríamos, como la oruga, convertidos al fin en mariposas. O quizá en sapos, da lo mismo.

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ZAPATOS

El caso es que empezaron a desaparecer mis calcetines `preferidos. Desmonté la lavadora por si hubieran quedado atrapados en el filtro, revisé los cajones de toda la casa, le pregunté a la vecina de abajo si por casualidad se había desatado una lluvia de calcetines sobre su tendedero. Nada, no había rastro de ellos en ningún sitio. Me compré más y a los quince días se habían vuelto a evaporar.

En esto, una noche me desperté con la boca seca. Abrí los ojos y recibí un roce sutil sobre la moqueta. Al encenderse la luz, vi que un calcetín de lana negro estaba siendo succionado por el zapato correspondiente al pie derecho. Más de la mitad del calcetín permanecía aún fuera, pero se deslizaba sin pausa hacia el interior oscuro del calzado. En ese momento hice un ruido y la actividad engullidora cesó. Tiré del extremo libre del calcetín y arrastré con él el zapato, como el sedal arrastra al pz que ha mordido el cebo. Preferí pensar que se trataba de una pesadilla y me volví a dormir. Al día siguiente el calcetín había desaparecido.

Empecé a dejar los calcetines fuera de los zapatos al acostarme y cesaron las apariciones, pero se ve que ahora pasan tanta hambre que se los comen cuando los tengo puestos. A lo mejor estoy hablando por teléfono y de repente siento un cosquilleo pantorrilla abajo; miro, que casi no me atrevo, y veo descender la manga en dirección a los tobillos. Es muy incómodo.

Siempre desconfié de los zapatos, esas cajas donde se guardan los pies con sus dedos y todo. Parecen osarios o ataúdes. Y luego que también tienen algo de túnel sin forma. En realidad, es muy difícil llegar a ver el extremo de la puntera dentro; ahí, seguramente, reside su estómago. Conocí a uno que se durmió con los zapatos puestos y desapareció. Precisamente por estas fechas.

Felices Pascuas.

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