José Luis Sampedro

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Arca número dos

Un caso de cosmoetnología

Iniciación

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Arca número dos 

                                                                                       A Felipe Gil  

Otra vez se movió la plataforma intermitente para llevarse al que acababa de plantear su caso y acercar otro a su ventanilla. El recién llegado era un viejo rústico, de anacrónica barba y nada tipificado, de los que hacía muchos años ya no se veían por las urbes y suburbes mundiales. Venía desconcertado por los vertiginosos ascensores y por las plataformas mecánicas.

La máquina interrogadora entró en acción.

 _¿Número? _preguntó su altavoz.

Como el silencio del viejo la dejara sin impresionar, la máquina pasó a la insistencia explicatoria. _Debe declarar su número de identidad.

_No tengo _repuso el viejo_. Yo me llamo Nohé.

En el despacho del controlador se encendió la luz de «caso anormal». Entre tanto la máquina hizo girar la plataforma y, mientras otro peticionario se enfrentaba con el altavoz, el viejo se vio llevado por los suelos móviles, entre barandillas y vástagos, como los botes de conserva en las máquinas empaquetadoras que asombraban a los antiguos del siglo XX. Cuando todo paró, Nohé se vio ante el controlador, que ya había recibido un televisionama de las palabras del viejo.

_¿Dice que no tiene número?

_Así es. Sólo nombre. Nohé.

_¿No_Sé?

El controlador pronunciaba con dificultad aquellas voces arcaicas.

_Nohé _corrigió el viejo, ya como avergonzado de tener nombre.

El controlador miró asombrado aquel rostro curtido y sin rastro de la normal operación de estiramiento epidermial. ¿Qué edad tendría? Hacía doscientos cuarenta y siete años que se había implantado la clasificación numérica en los registros humanos. Claro que eran años de los modernos, después de corregida y normalizada la rotación de la Tierra; pero, de todos modos ...

_¿Y no tiene número, además?

Algunas regiones atrasadas todavía conservaban la costumbre de dar nombre, para uso privado, pero oficialmente sólo era válido el número.

_No.

En tal caso, aquel viejo estaba sin clasificar. Era un problema pues, en los números de identidad, cada una de las cifras daba, sucesivamente, el sexo, la localización originaria, la clasificación mental, el grupo energético, el complejo característico, el número cromosómico y las posibles variantes atípicas distintivas. Las dos últimas cifras que, naturalmente, eran variables, correspondían a la edad. Resultaba sencillísimo. Pero, ¿qué hacía uno con aquel viejo?

_¿De dónde viene? _le preguntó al fin.

_ Del Gluchistán.

El controlador tuvo que consultar un atlas histórico para averiguar que aquello era justamente la cordillera cuyas nevadas cumbres se veían desde la ventana del control los días que el Consejo Urbano decretaba serenos. Eran las únicas montañas que quedaban en el mundo, como Parque Internacional, para conocimiento de los historiadores y conservación de algunos ejemplares de animales. Por eso se habían salvado del normalizador allanamiento previsto en ciertos proyectos.

_ Y, ¿cuál es su profesión?

_Pastor.

¿Pastor? ¿Qué era eso? Bueno, había que acabar rápidamente con aquel loco o resucitado, porque el reloj que controlaba al controlador estaba a punto de marcar «ineficiencia» en la hoja del día.

_Bueno. ¿Qué quiere?

El viejo reaccionó como si por primera vez hubiera oído algo razonable.

_ Un arca _estalló angustiosamente_. Tengo que hacer un arca flotante. Con urgencia.

_¿Un arca? ¿Qué es eso? ¿Por qué?

_Dios me lo ha ordenado.

_¿Dios?

_ Dios. Me envió un sueño profundísimo, se me apareció y me mandó construir rápidamente un arca y meterme en ella con mi familia y con una pareja de animales de cada especie.

_¿Animales? ¿De cada especie?

_Bueno _dijo, el viejo temiendo pedir demasiado_, quizás baste con los grandes solamente. Ya se encargarán ellos de llevar los microbios y los parásitos.

El controlador meditó, pero sólo un instante, por causa del reloj. El viejo estaba loco, pero había que tramitado de todos modos. Si era un sueño, ¿por qué no había ido a un Dispensario de Psicoanálisis? A lo mejor le gustaba una de sus terneras. Pero allí seguía el viejo sin resolver y el tiempo pasaba. Miró el reloj.

_En fin, ¿qué puedo hacer yo? ¿Quiere acaso algo de la Jefatura de Materiales?

_¡Sí, materiales! Para hacer el arca. Y animales de cada especie. He de cumplir el mandado del Señor.

El controlador ya no le escuchaba. ¡Por fin!, pensó mientras apretaba un pulsador del reloj de control, justamente a punto de expirar el plazo. Y mientras las bandas y plataformas se llevaban al viejo, le gritó:

_ ¡Exponga su petición al informista general!

Así lo hizo. Pero, como era caso raro, las máquinas instanciadoras no sirvieron y un viejo ordenanza ya declarado a extinguir tuvo que venir desde su habitáculo colectivo para redactar una instancia como las de los archivos históricos, en la que Nohé, sin número, natural de Gluchistán, de profesión pastor, a V. I. suplicaba respetuosamente, etc. Y tampoco sirvieron las máquinas resolvedoras que, apenas había pasado la instancia por tres o cuatro pares de tambores, la expulsaban del circuito normal con el sello de «anómala». Así es que el curioso y anacrónico documento recorrió todas las dependencias administrativas, saliendo de cada una de ellas cada vez con más metros de microfilme archivable.

En general los informes fueron condescendientes con la rara pretensión del viejo. Así, por ejemplo, la Sección de Zoología Museal no se opuso a conceder las parejas de animales, aunque advirtiendo que no eran necesarias todas las especies, pues muchas podían obtenerse genéticamente, incluso por procedimientos ya anticuados, como el de cebra = yegua + tigre. Pero todo resultó inútil cuando la Junta de Materias raras denegó la concesión de madera para el arca, fundándose en lo injustificado del proyecto. El solicitante ignoraba, al parecer, que los océanos habían sido agotados muchos años antes para extraerles las sales disueltas, y que las aguas

residuales habían quedado acumuladas en gigantescos depósitos, construidos sobre lo más desértico del allanado planeta. Y como la lluvia no era más que agua de aquellos depósitos, condensada en nubes por los Consejos Urbanos para componer a voluntad paisajes o para regular los ciclos de melancolía de los ciudadanos, era insensato amenazar con un diluvio catastrófico.

Cuando la máquina informante le leyó la resolución recaída en su expediente Nohé apenas comprendió otra cosa, sino que no había nada que hacer. En realidad, ¿acaso entendía siquiera las palabras corrientes, cuando eran dichas por aquellos agujeros? Y luego, las plataformas, tanta implacable geometría ante los ojos, la frialdad química de alimentos y ropas, y hasta las diversiones reglamentarias y el placer que, naturalmente, era obligatorio y estaba normalizado ... Después de todo, el hecho era que él había cumplido con su obligación al soportar todo aquello. No esperó más: hizo un hato con su vieja ropa y echó a andar rápidamente, sin querer saber nada de nada. Hasta que, al sentirse otra vez a la sombra de sus montañas, volvió a ponerse su túnica, de tibias lanas humanizadas por el telar doméstico y abandonó las ropas sintéticas como hubieran hecho sus antepasados, a la puerta del templo, con las impuras babuchas.

Fue después, ya sentado entre los suyos a la puerta de la cabaña patriarcal, cuando se dio cuenta de que las palabras del altavoz informante habían tenido mucha trascendencia. Y meditando su terrible significado, sintió espantado su no culpable corazón humano, al imaginar qué tremendos rayos lanzaría esta vez el Señor.

Sin embargo, todo fue mucho más fácil que la vez anterior. Ni siquiera hubo que recurrir a las cataratas del cielo. La flamígera espada de la exterminación tomó sencillamente la forma de una paloma, porque como aquel mundo sin imprevistos había renegado de las aves, quedaba tan inerme frente a ellas como no lo estuvo en ninguna de sus épocas anteriores. Sí; bastó con que, al expirar el plazo, una paloma tendiera el vuelo desde las montañas hasta la urbe y dejara caer sobre un gran edificio cierta excreción nada normalizada. Como las cubiertas estaban sin echar por no ser día lluvioso, aquello fue a caer sobre una diminuta célula fotoeléctrica del servomotor principal que, al quedar tapada, no pudo registrar el exceso de desintegración en las pilas. Así fue como estalló la central atómica de la urbe N-327.

Con eso fallaron también todos los reguladores alimentados por la energía de aquella central básica y explotaron todas las subsidiarias. Las reacciones en cadena alcanzaron a yacimientos de minerales radiactivos, que se des integraron abriendo inmensos cráteres rodeados de montañas. Los muros de los depósitos mundiales de lluvia se resquebrajaron y sus aguas inundaron la Tierra. Se destrozó también el compensador ecuatorial del eje terrestre y así renació el ciclo natural de las estaciones mientras, a medida que se sosegaban los huracanes desatados por la catástrofe, iban reconstruyéndose los alisios, las brisas, los monzones. Sí, bastó una paloma para aniquilar a todos aquellos hombres, por la sencilla razón de que ya estaban previamente aniquilados entre sus propios engranajes, mecánicos y mentales. Sólo quedó intacto el antiguo parque de Gluchistán, arca nueva de granito: a salvo de estallidos por no tener centrales, de inundaciones por no haber sido allanado, y de huracanes porque las prefundas cavernas del monte sirvieron de refugio, durante los cuarenta días, a la familia del patriarca y a las bestias.

Cuando Nohé se decidió a salir, contempló un nuevo mundo. El sol resplandecía sobre un increíble panorama de montañas y lagos, de valles y aguas

bravas, de playas y ensenadas rocosas a la orilla de un cántico marino. Retumbaban todavía sordos ecos profundos, aún estremecía el ímpetu de las cumbres, quedaban desplomes de peñascos inquietos, vapores movedizos, ríos precipitados al océano desde los acantilados. Pero ya sombras de maravillosas nubes acariciaban el paisaje y se sosegaban en azul las lejanías. Sólo permanecía en tensión lo más secreto de la tierra, fecundando la fiel paciencia de olvidadas semillas para convocar los bosques futuros y las praderas dóciles al viento.

¡Aquel viento! El anciano irguió toda su estatura cuando hasta él llegaron las ráfagas de tanta vida. Bebiéndolas por los ollares, las bestias se desbandaban ya hacia las anchuras prometidas, mientras la nueva humanidad emprendía también la marcha monte abajo.

El patriarca no pudo seguir a los suyos inmediatamente. Inmóvil, incendiadas las venas, estaba respirando _no le quedaba ser para otra cosa_ la profundísima certeza de que otra vez, sobre el campo de los siglos, comenzaba la prodigiosa aventura del hombre.

                       (1951)

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Un caso de cosmoetnología: La religión hispánica

Desde el punto del campo gravitatorio terrestre en que estoy situado, tan próximo a su centro, abarco perfectamente la ciudad de Madrid, seleccionada para nuestro estudio antropológico. Es lo que ustedes llaman domingo; es decir, el día que hemos seleccionado previamente por razones obvias. Es también la hora del rito cuya observación nos interesa. Por cierto, hablo en presente por hablar de algún modo, pues eso que ustedes llaman tiempo tiene para nosotros un sentido imposible de explicarles.

     Pues, naturalmente, yo no soy un terráqueo, sino que habito cierto asteroide. Supongo que eso ya no sorprenderá a ningún lector, después de tanto platillo volante como ven desde la Tierra en estos últimos períodos temporales. No obstante, para hacer más digerible la novedad de esta información científica, firmo con un nombre y apellidos de los que suelen usar ustedes y procuro expresarme en vocablos de su medio expresivo. No pueden imaginarse el trabajo que cuesta. Es como cuando a un gas lo encierran a presión y no se puede mover.

En fin, el caso es que en nuestro mundo se habían producido ciertas discusiones sobre el estado actual de las creencias religiosas en las agrupaciones pensantes primitivas de nuestro espacio próximo, especialmente en la Tierra, donde esas creencias han jugado un gran papel. Ciertos etnólogos cósmicos insistían en la fuerte vigencia actual de tales ideas. En cambio mis maestros _ahora sé que por error_ las consideraban en decadencia. Para abreviar fui comisionado para un desplazamiento que permitiera aportar hechos sobre la situación en cualquier país terrestre donde la religión se encontrase viva.

Naturalmente, elegimos España. Todas nuestras referencias coincidían en que el pueblo español encarna la más honda raigambre religiosa, mil veces demostrada a lo largo de su historia. Hasta los propios adversarios lo reconocen, aunque sea para reprochar excesos. En cuanto a las publicaciones españolas más recientes, todas garantizan el acendradísimo fervor católico de los españoles, hasta el punto de que sus leyes no reconocen ningún estado civil si no está religiosamente bendecido. Por eso en estos momentos, en que la suprema autoridad religiosa de Roma se inclina a la tolerancia y pide comprensión para los errores del pasado, los españoles no se sienten afectados por el problema de la libertad religiosa, totalmente innecesaria en un país donde todo el mundo hace uso de su plena libertad de conciencia para ser libremente católico.

       Pero no es a ustedes a quienes necesito convencer del indudable acierto al elegir España como caso de estudio. Era preciso circunscribirse a un solo país y a muy pocas horas de observación porque, francamente, no soportamos mucho tiempo en la densidad de su medio ambiente y eso limita nuestro radio de acción hacia la Tierra, desde nuestras bases matrices. Por eso se eligió un domingo, y aunque la observación había de realizarse necesariamente durante la tarde (por razones de desplazamiento en el espacio) eso no era obstáculo puesto que la liturgia actual permite santificar las fiestas después de comer.

Total: que, como empezaba diciendo, mi campo de observación en el espacio abarcaba Madrid aquel domingo. Ni demasiado lejos para perder detalles, ni demasiado cerca para limitar el área a una parte. Desde allí mi noveno sentido captó en el acto la existencia de una indudable tensión mental colectiva, polarizada hacia un cierto punto de la ciudad. Hacia allí convergía el pensamiento de las gentes; hacia allí se organizaban los transportes públicos y las caravanas de vehículos privados. Desde los barrios más lejanos se formaban grupos reducidos acudiendo a engrosar los afluentes de los varios ríos humanos desembocantes en el polo de atracción común. El hecho era tan unánime, las excepciones tan insignificantes, que aquella manifestación colectiva, en el día santo del pueblo más religioso del mundo sólo podía significar una cosa: el pueblo en masa acudiendo al culto.

Prescindí, por tanto, de las áreas periféricas y me aproximé mucho más al foco de convergencia. La verdad, me sorprendió la estructura del templo y comprendí que, en ese aspecto, nuestras referencias eran un poco anticuadas. El edificio se había modernizado mucho, desde aquellas naves cerradas y sombrías. Era incluso impropio llamado edificio, porque era una estructura elíptica y abierta, dispuesta en graderío como los viejos circos romanos. Sólo una pequeña parte estaba relativamente cubierta, y como hacía un intenso frío invernal, con amenaza de llovizna o nieve _esos inconvenientes de su densidad ambiental en la Tierra_ todavía me admiró más aún el fervor religioso de aquel pueblo, dispuesto a arrostrar todas las inclemencias. Verdaderamente, mis maestros se equivocaban. La religión española estaba tan viva como en sus épocas más gloriosas.

Cuando me acerqué, el templo estaba casi lleno, pero la ceremonia todavía no había comenzado. Me dediqué a observar el campo donde aparecía acotada un área rectangular, con ciertas líneas señaladas en su interior, seguramente para delimitar zonas de distinta significación sagrada. No había cruces por ninguna parte, pero sí ciertos maderos. Había tres, junto a cada uno de los lados pequeños del rectángulo, dispuestos de manera que el más largo descansaba, sobre los dos menores, clavados en la tierra. Aquellas especies de toscos pórticos aparecían cerrados detrás con una red, no sé si recordando así la profesión pescadora del primero de los apóstoles.

Un clamoreo del público, atestado ya en los graderíos, me llamó la atención hacia la aparición de los sacerdotes, emergiendo uno tras otro por una escalerilla, como si brotaran del seno de la tierra. Avanzaban en hilera, a grandes saltos elásticos, hasta el centro del campo. Eran muchos y _detalle también sorprendente_, ninguno era anciano, ni ostentaba venerables barbas. Vestían muy simplemente con calzón corto, y de parecida manera todos, pero con perceptibles diferencias. Once llevaban una camiseta blanca, con una simple insignia a la altura del corazón. Otros once llevaban camisetas con anchas rayas verticales azules y rojas. Los otros tres llevaban además una chaqueta y dos de ellos, además, unas pequeñas banderolas. Y todos, nacidos de la tierra, avanzaban elásticamente, hacia el centro del terreno sagrado ... ¡Ah!, uno de ellos llevaba en brazos una esfera como de un palmo largo de diámetro.

Pero no vaya explicarles a ustedes un rito que conocen mucho mejor que yo: los breves preliminares, la religiosa colocación inicial de la esfera en el centro matemático del campo, el enfrentamiento de los dos grupos de once sacerdotes diferentemente vestidos, su empeño por llevar cada grupo la esfera sagrada hacia el pórtico opuesto impulsándola con los pies, las interrupciones cuando la esfera desborda el campo y cae en tierra profana _entonces interviene uno de los acólitos con la banderita_ o cuando alguno de los sacerdotes toca la esfera con la mano, salvo si se trata de alguno de los dos guardianes, la obediencia al silbato del tercer sacerdote con chaqueta que viene a ser como el Gran Maestro de Ceremonias, el apasionamiento de los fieles vociferando con frecuencia el nombre de la ciudad «¡Maadrid!, ¡Hala Madrid!», la contestación de otros coros cuya invocación consistía en«¡Ra, ra, ra!» ... Todo eso lo saben ustedes de sobra. Lo único que pretendo es explicarles mi propia interpretación del rito, después de mis observaciones. No dudo de que cometeré algún pequeño error de detalle, pero en conjunto espero que mis conclusiones puedan aceptarse como una adecuada versión etnológica de la actual religión hispánica porque, modestia aparte, soy un buen especialista en religiones terrestres y no es difícil relacionar esas ceremonias con otras similares muy frecuentes en la especie humana.

         Desde luego, mis maestros estaban equivocados en lo esencial pues el pueblo español es sin duda alguna religiosísimo. Pero no andaban muy descaminados al no atribuir mucha significación al catolicismo, a no ser que haya evolucionado de una manera casi increíble.

Pues resulta evidente que el culto presenciado por mí corresponde a una religión naturalista como tantas otras sobre la Tierra. La esfera sagrada es una clásica y conocidísima representación del mundo, que las potencias del bien _representadas por los sacerdotes de blanco_ tratan de impulsar en una dirección, mientras las del mal pretenden llevar el cosmos en sentido contrario, a lo largo del eje mayor del rectángulo sagrado, que coincide sensiblemente con la dirección norte-sur del magnetismo terrestre. El entusiasmo predominante de los fieles por los sacerdotes del bien es completamente lógico, y las sombrías invocaciones de otros coros menores  _«iRa, ra, ra!»_ sirven solamente para dramatizar la ceremonia, como los sacerdotes que personifican el diablo en tantas religiones. Las invocaciones a «¡Madrid, Madrid!» se interpretan fácilmente como residuos de cultos locales, pues lógicamente la idea del bien se vincula a la de la ciudad propia, como lo demuestra el refrán popular recogido por uno de nuestros eruditos y que presenta a Madrid, como el escalón inmediatamente anterior al cielo («De Madrid al cielo», creo que dice, pero no es mi especialidad la paremiología).

Pero ¿por qué ofician los sacerdotes con los pies?

A primera vista, en efecto, resulta extraño, dada la superioridad moral y estética atribuida por los hombres a las manos. Pero nótese que el pie es justamente la parte del cuerpo más en contacto con la tierra. Una religión naturalista, que rinde culto a las fuerzas telúricas, dignifica lógicamente los pies como más directamente receptivos a los efluvios de esas fuerzas. El detalle de que los sacerdotes todos parezcan emerger por una escalerilla del seno de la tierra prueba que, en la ceremonia, todos ellos son considerados emanaciones o personificaciones de lo bueno y lo malo que hay en el cosmos físico cuyas directas manifestaciones son más fácilmente alcanzables a través de los pies. Sólo el Guardián de cada pórtico puede usar lícitamente las manos, porque él es el recurso supremo y entonces el hombre puede y debe emplear todos sus medios. Y cuando falla el hombre, a pesar de todo, es la Red _símbolo claro del Firmamento o del Océano Matriz_ lo que salva a la esfera terrestre de perderse definitivamente. Y otro ciclo de la lucha entre el bien y el mal vuelve a comenzar, provocando la angustia de los fieles y ofreciéndoles la catarsis pasional facilitada por cada rito.

¿No es cierto que, detalles aparte, la religión ibérica presenta esos rasgos? Estoy seguro de que cualquier observador imparcial llegaría a conclusiones parecidas. En mi asteroide, sin embargo, continúan las discusiones. No es extraño en los sabios no dar su brazo a torcer; sobre todo cuando, como yo, no han podido observar directamente los hechos. Contra mi versión se han alzado dos clases de objeciones que, por honestidad científica, vaya resumir.

La primera coincide con la mía en algunos aspectos: el apasionamiento de los fieles, la estructura casi circular del templo en graderío. Pero en vez de enfrentarse dos equipos de sacerdotes, se enfrentan un hombre y un toro a fin de representar las fuerzas telúricas del bien y del mal. No pretendo discutir demasiado e a información de algún otro observador de la Tierra, porque podría reducirse a una variante del culto descrito por mí, ya que lo único alterado es la personificación ritual de las fuerzas contrapuestas. Parece incluso que esa variante tiene relación con las estaciones, y que ese combate entre el Héroe y la Bestia (con tantísimos equivalentes en otras religiones terrestres) estaría relacionado con el predominio de la influencia solar durante el verano, mientras que el combate entre sacerdotes emergidos de la Tierra sería más propio de la época en que el planeta se recoge sobre sí mismo en el invierno, como las semillas o el celo genesíaco de los animales terrestres. No es imposible, por tanto, que al menos en teoría el culto de Madrid _así lo he denominado en mi informe_ y el supuesto culto solar del Héroe y la Bestia, coexistan en la realidad.

     En cambio, debo rechazar por completo la segunda objeción. Pues algún testarudo sigue sosteniendo todavía, con argumentos exclusivamente documentales, que el catolicismo en su forma clásica es la religión española actual. Eso es algo que difícilmente puede afirmarse para cualquiera que haya observado directamente qué es lo que verdaderamente ocupa las mentes de los fieles durante el domingo e incluso durante la mayor parte de la semana. Digo esto porque, aun sin haber podido recoger pruebas plenas, tengo sospecha de que en los demás días los fieles se dedican con entusiasmo a llenar de cruces unos papelitos y a depositarios en buzones; todo ello en relación con los ritos dominicales de los sacerdotes enfrentados. No niego que los documentos siguen aludiendo a las antiguas ceremonias. Pero no sería el primer caso histórico _en la Tierra o en otros sitios_ de la convivencia de una fuerte y apasionada religión popular con una religión oficial superior, mucho más elevada espiritualmente pero también con menos influencia sobre la realidad cotidiana de la vida para las grandes masas humanas.

                                       (1959)

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Iniciación

El poderoso motor ruge cada vez más próximo.

Cuando cesa de repente las dos amigas se asoman a los cristales: ¡tiene que ser ella!

Abajo, en la plazoleta devuelta a su silencio, un Jaguar deportivo. Negra pantera que despliega una portezuela como estirando una garra. Asoma una pierna bien calzada, luego otra. Ursula emerge y se yergue, refinado poderío, contra la negra silueta mecánica tendida a su lado. Alza el fascinante rostro, bajo el ala de un sombrero inconcebible en cualquier otra, y su mano saluda hacia lo alto.

Teresa se dirige a la puerta de entrada, Ana queda contemplando dubitativa la cómoda salita. ¿Le parecerá modesta a la visitante? Desecha su temor en el acto: conoce bien a Úrsula. Quedará prendida del amplio ventanal, ante el cielo y el mar de las sirenas que les hizo a Derek y a ella comprar la casa y afincarse en el viejo Sitges. Además, Ursula está por encima de todo. Ana quisiera tener el temple de esa triunfadora para afrontar sus actuales problemas.

Oye el timbre y corre también a la puerta. Besos y abrazos verdaderos; cuerpos estrechándose. Bienvenidas, risas, mutuas contemplaciones pasillo adelante: «¡Estás guapísima!» «Sí, pero un año más» ... «¡Tú has adelgazado!» Y la pregunta ansiosa de las que aguardaban: «¿Estarás muchos días?».

_Algo más de una semana. Esta noche he de regresar a Barcelona porque tengo una reunión mañana muy temprano, pero en cuanto acabe volveré con vosotras.

La reunión anual es algo extraordinario para las tres. Incluso para Úrsula, acostumbrada a dejar su casa en Ginebra para acudir a Tokio, a Nueva York, a Estocolmo, organizando exposiciones o autentificando iconos y miniaturas. En medio de sus vidas cotidianas el encuentro inserta un paréntesis sustraído a otro tiempo: aquél de las dos colegialas que vieron llegar a Úrsula al madrileño colegio Atenea, donde intimaron las tres desde el primer momento. Vivieron cinco años juntas para todo: las primeras medias, los primeros amoríos, las primeras responsabilidades. Úrsula hubo de separarse cuando, al morir su abuela y tutora en España, el padre exiliado la reclamó desde Moscú. Hasta doce años después, cuando Ana encontró casualmente a Úrsula en Londres y la sacó del hundimiento sufrido por la muerte de Oswald, no se reconstruyó el trío, ya para siempre.

          En la salita Úrsula se quita el sombrero y descubre su melenita de paje en torno a unas facciones voluntariosas de joven Napoleón, pero seductoramente femeninas. Contempla la habitación y se acerca al ventanal donde, más allá de la plazoleta costera, se despliega la eterna juventud azul del mar.

_¡Qué ganas de quedarme aquí!

Se quita la chaqueta del impecable sastre negro.

La blusa color tórtola modela unas curvas de muchacha. Al sentarse, sus rodillas asoman perfectas bajo la seda de las medias.

_ ¡Pero si en Ginebra lo tienes todo! ¡Hasta el lago bañando tu jardín!

_Nunca se tiene todo. Afortunadamente.

Ana sirve el té. Entre pastas y tarta se elogian los vestidos, se comentan los peinados, se cambian noticias de las familias: los tres hijos de Ana y su marido; de Teresa la hija ya casada y el yerno, el nieto sobre todo.

_Mi Manolo; tiene ya catorce años. Alto y guapo; está hecho un hombre _proclama la abuela_. Hoy es su salida mensual del colegio. Luego le verás, ha de pasar por aquí antes de coger el tren para Barcelona... Se le está haciendo tarde _añade, algo inquieta.

Pero es Úrsula quien da más explicaciones, por las peripecias de su vida viajera, que relata sin reservas. Sigue sin unirse a un solo hombre; no ha vuelto a pensar en ello después de Oswald. Vive con Igor, su socio y compañero, valioso para el negocio y para los sentidos; sensato y comprensivo. Y acude de tarde en tarde a respirar alturas en el retiro valdostano de Valerio, maestro espiritual, iluminador de profundidades .

_Bueno _concluye tras un breve silencio_, y el placer eventual cuando aparece sin buscarlo, cuando llega con dignidad.

Pasada revista a las novedades vuelven como siempre a sus recuerdos de juventud. Comparan con los jóvenes de ahora, tema que obsesiona a Ana, preocupada por ciertas amistades de su hijo, sospechosas de adicción a las drogas.

_A lo mejor exageras _tranquiliza Teresa_. ¿Acaso le has notado algo a Jorge?

_No, pero estoy sobre ascuas. ¡Tienen ahora los jóvenes tantas facilidades! Les iría mejor como en nuestro tiempo. No necesitábamos drogarnos para disfrutar; hasta un beso en el cine era sensacional.

_No es tan sencillo _replica Úrsula_. No nos drogábamos, cierto, pero la iniciación era aberrante. Para nosotras, saltar en la noche de bodas desde la virginidad ignorante hasta la permitida voluptuosidad. Y ellos peor: generalmente en los brazos vulgares de una puta. Una represión irracional.

_¡Por eso mismo, cuando te surgía una aventura ... ! _murmura Teresa.

Lo ha dicho de un modo tan personal que Úrsula y Ana la miran con sorpresa. ¿Una aventura ella? Sin duda; por eso parece replegarse en sí misma, como para retirar sus palabras.

_¿Cuándo fue? _exige Ana.

_¡Eso! ¿Cuándo?

_¿Qué queréis decir? _finge no entender Teresa.

Pero no le vale. Sus amigas presionan. Ana sobre todo.

_ Vamos, mujer, cuéntalo ... Úrsula y yo no te ocultamos nada.

_¡Si fue una sola vez, como un sueño! Casi no llegué a creérmelo ... Perdonadme.

_Sólo si confiesas ahora _sonríe ya Ana.

Teresa habla, entre embarazada y resuelta, amparada por la penumbra creada en la salita al atardecer. Las primeras frases sorprenden a Ana porque ocurrió allí mismo, en Sitges, el primer verano en que Teresa alquiló un hotelito frente a la playa, con su yerno y su hija, ya embarazada de Manolo. Una historia sencilla. El joven matrimonio que marcha un día a Barcelona, Teresa acudiendo sola a la playa y un muchacho extranjero, rubio, tímido, que clava en ella su mirada adolescente desde un toldo cercano. De repente un chubasco de verano, la sombrilla de Teresa vuelta del revés por el viento, el muchacho acercándose a ayudarla, acompañándola luego en la carrera bajo el aguacero. Ella haciéndole entrar en la casa, ofreciéndole un albornoz de su yerno mientras la ropa se secaba, sustituyendo la suya con una bata. Ambos sentados frente a una estufa encendida y entonces ... Fueron los ojos, las manos, la conciencia de la desnudez bajo las telas, la sensación de haberlo dispuesto así el destino ...

_No fui yo, sino otra ... Algo me lo mandaba ... La vida había traído a aquel chico, hasta mí como a una playa, con su inocencia virgen Acogí su timidez, sus titubeos, su inseguridad Si me hubiese acosado no hubiera ocurrido nada, pero así... ¡Fue tan natural, tan limpio, tan cándido, que me sentí virgen yo también, descubriendo una ternura de la carne que mi marido no me dio la primera vez!

Úrsula escucha fascinada, no por el relato mismo ni por la voz tan estremecida al recordar, sino por estar descubriendo a una Teresa desconocida, distinta de la siempre alegre, aquella casi frívola flotando sobre los acontecimientos, como si resbalaran sobre ella. Esta nueva Teresa había vivido muy hondamente su hora de amor. Lo proclamaban los matices obsesivos de su voz, los apasionados silencios, las manos tensamente entrecogidas... Teresa no hablaba ya para sus amigas sino para sí misma, excavando la memoria adentro para recobrar el tesoro de aquellos mágicos instantes. Su palabra casi materializaba en la penumbra al doncel virgen, suspenso ante el carnal misterio pero ansioso por conocerlo, confiado para su iniciación a la sabiduría de la sacerdotisa.

Úrsula descubría a una Teresa envidiable pero además _se asombró al advertirlo_ a una Úrsula que aún ignoraba otro hermoso rostro del amor. Hasta ese momento creía haber pasado por todos los abrazos posibles, desde su aceptada violación primera por un jefe acostumbrado a gozar de sus secretarias. Sus posteriores escapadas con compañeros rutinarios y otras aventuras; el amor único de Osswald roto por la muerte; el acceso a la estabilidad emocional con Igor y los deslumbramientos de su maestro espiritual; las variantes exploradas en frecuentes ocasiones ... Había creído abarcar con ello la gama entera de las pasiones y ahora, en esta salita doméstica, venía a descubrir una pasión distinta: la excitante misión de abrir los ojos y guiar las manos del neófito; la grandeza de hacerle alcanzable una diosa; la sensualidad de despertar su piel intacta, creándola con la caricia; el saboreo de las torpezas tiernísimas y los atrevimientos inocentes; la emergencia del deseo en los ojos cándidos y ávidos a un tiempo; el desmayo, después, de esos ojos; el orgullo de dejar marcada a fuego aquella carne con un recuerdo para siempre ... En suma, vivir una iniciación con sabiduría y con el morboso aliciente de rozar el incesto, sintiéndose a la vez creadora y poseedora, dadora de más que la vida; la prohibida fruta del bien y del mal. Madre que engendra en lo engendrado y es engendrada a la vez en un doble primer espasmo genesíaco ...

¡Qué reveladoras para Úrsula, por debajo del relato, las palabras de Teresa, cuyos ojos se cierran para recordar mejor! Úrsula también entorna los suyos y retiene la conclusión de la historia: «Aquella tarde di a luz a un hombre... ». Y luego, con inmensa nostalgia en un suspiro: «Ay, se llamaba Ufe!».

_¡Ufe! _suena la voz de Ana en un respingo.

_ Un nombre raro, sí... Era danés. No volví a saber de él.

Ana se levanta a encender las luces. Úrsula trata de sosegar sus emociones. Teresa, de súbito alarmada en su vuelta a la realidad, exclama:

_¡Dios mío, este muchacho! ¡Tenía que estar ya aquí!

Explica, mirando el reloj, que el último tren con el que puede Manolo llegar a tiempo al internado es el de las siete cuarenta. Tendrá ella que ir a recogerle ahora mismo en el tenis, donde el chico se olvida de la hora.

Ana sugiere que telefonee al club, pero Teresa replica que está siempre comunicando y, sin atender a razones, sale de casa toda nerviosa.

«Parece huir de su propia confidencia», piensa Úrsula. «Y Ana, ¿por qué esa expresión?»

_¡De modo que Ufe! _comenta Ana, volviendo de sus pensamientos_. ¡Pobre Teresa, qué ingenua!

Úrsula escucha con asombro la explicación. Aquel verano los hijos de Ana amistaron en la playa con un muchacho danés, Ufe; sin duda el Ufe de Teresa. Tenía diecisiete años aunque parecía más joven. Se envanecía de su experiencia amorosa frente a los chicos españoles, entonces más reprimidos. Y por sus hijos había sabido Ana que el danés se había jactado de su aventura con una señora que le había creído inocente.

_¡Y resulta que era Teresa! Pobrecilla, ni le inició ni nada... Todo falso.

_ Te equivocas, Ana _corrige Úrsula, todavía conmovida por el relato_. Para ella fue realidad. Se sintió iniciadora, lo gozó como lo ha dicho... ¿Acaso no la oíste? ¿No has sentido la emoción en su recuerdo?.. ¡Qué importa cómo lo vivió el muchacho! Sin querer resultó inocente, verdadero aunque fingiese ... ¿ o hablábamos hace un momento de iniciaciones frustradas? Pues aquélla fue ideal, la que no hemos conocido nosotras ... ¿No la desearías igual para tu hijo?

_¿Qué dices? _se asusta Ana_. ¡Eso no se hace!

A su vez se asusta Úrsula de ese grito de celos maternales y comprende aún mejor cuán hondo fue aquel día el placer de las entrañas en Teresa, el gozo de su carne de mujer y madre. Se abisma en su envidiosa cavilación y no repara en la salida de Ana, llevándose el servicio de té.

_¡Hola!

La saca de su abstracción esa voz jovial. Alza el rostro y el muchacho recién aparecido se disculpa.

 _Perdón, señora. Me confundí.

Alto para su edad, rubio, sonriente, tímido y osado. Brillantes los ojos ante la desconocida. Ella le mira, le mira. ¿Será posible que a veces se encarnen los pensamientos?

_ ¡Manolo! ¿Cómo has entrado? _surge Ana.

_ La puerta estaba abierta. Me extrañó.

_ Tu abuela, que corrió a buscarte... Mira, nuestra amiga Úrsula, que tanto nos has oído nombrar.

El muchacho se inclina y saluda. Explica a Ana su tardanza mientras evita mirar a Úrsula, delatando así su curiosidad.

_Pues tu abuela se ha ido al tenis. No sé si alcanzaréis el tren.

_Puedo llevarle yo _les sorprende Úrsula, sobre todo cuando añade_: Incluso puedo llevarle a Barcelona. ¿A qué hora has de estar en el colegio?.. ¿A las nueve? ¡Sobra tiempo con mi coche!

_¿Es el Jaguar aparcado fuera? _brillan los ojos de Manolo_. ¡Claro que sobra!

_Pues decidido. Descansa ahora mientras vuelve tu abuela.

Obediente, Manolo se sienta en el diván, donde le indica Úrsula. Ana se nota de pronto extrañamente ajena al diálogo, como excluida de la escena.

Úrsula nota sobre sus rodillas la mirada adolescente. Se estira la falda con deliberación y capta la confusión de esa mirada. Ahora es ella a quien brillan los ojos sobre la sonrisa invisible.

_¿Cuánto corre el Jaguar? _se atreve a preguntar Manolo.

_ Todo lo que tú quieras _susurra la mujer.

Ana, siempre desde fuera o desde lejos, juraría que antes los pechos de Ursula apenas se notaban bajo la blusa. «Será la luz de la lámpara que la ilumina en ángulo», se dice, intrigada, mientras desea ansiosamente la llegada de la abuela.

                                                                                     ( 1991)

(Relatos del libro Mientras la tierra gira)

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