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Miaja

Canción de cuna para dormir a un preso

Segundo amor

Si soñaras siempre, si amaras

Acelerando

José Hierro

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Miaja

Cuando la tarde se rompa

 en silencio y en naranjas.

Cuando se duerman las cosas

esperando la mañana,

estarán lejos, muy lejos,

 perdidos en turbias aguas,

envueltos en el olvido,

los mercaderes de España...

Tú viste a Madrid herido;

por las huestes alemanas.

sus nubes llenas de rabia.

 Los gritos de independencia

el aire multiplicaba...

Tú viste a Madrid herido,

 tu sangre se rebelaba...

a torrentes por tus venas

loca, caliente, marchaba...

de pronto, te hiciste joven

con la juventud del alma...

los traidores presionaron...

 Madrid, sin defensa estaba...

no quisiste tu que entrasen,

y a las puertas se quedaban.

Cuando la tarde se rompa

en silencio y en naranjas.

Cuando se duerman las cosas

esperando la mañana,

recuerdas aquellos tiempos,

barro en las trincheras... agua,

 frío de nieve en el cuerpo...

siempre frío, frío y agua,

pero el corazón hirviendo

lleno de amor hacia España.

Vinieron días gloriosos:

Peguerinos, Guadarrama.

El milagro estaba hecho,

las milicias avanzaban...

 después, más días de gloria.

Triunfos en Guadalajara.

Italia mandó sus huestes.

 Contra Madrid se estrellaban.

No puede vencerse a un pueblo

que muere por una causa.

El pueblo pide tu premio,

glorioso general Miaja.

El pueblo que defendiste

tu recompensa reclama,

y entretanto, tú prosigues

por montes, por sierras pardas

 palmo a palmo de terreno,

devolviéndonos a España...

 Cuando la tarde se rompa

 en silencios y en naranjas.

 Cuando se duerman las cosas

 esperando la mañana,

los ríos no tendrán sangre

ni habrá gente esclavizada:

habrá una aurora más roja

que las tardes de naranjas,

y España será más libre,

más ancha; más proletaria.

(El Cantábrico, 9 de abril de 1937)

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CANCIÓN DE CUNA PARA DORMIR A UN PRESO

La gaviota sobre el pinar.

(La mar resuena.)

Se acerca el sueño. Dormirás,

soñarás, aunque no lo quieras.

La gaviota sobre el pinar

goteado todo de estrellas.

Duerme. Ya tienes en tus manos

el azul de la noche inmensa.

No hay más que sombra. Arriba, luna.

Peter Pan por las alamedas.

Sobre ciervos de lomo verde

la niña ciega.

Ya tú eres hombre, ya te duermes,

mi amigo, ea...

Duerme, mi amigo. Vuela un cuervo

sobre la luna, y la degüella.

La mar está cerca de ti,

muerde tus piernas.

No es verdad que tú seas hombre;

eres un niño que no sueña.

No es verdad que tú hayas sufrido:

son cuentos tristes que te cuentan.

Duerme. La sombra toda es tuya,

mi amigo, ea...

Eres un niño que está serio.

Perdió la risa y no la encuentra.

Será que habrá caído al mar,

la habrá comido una ballena.

Duerme, mi amigo, que te acunen

campanillas y panderetas,

flautas de caña de son vago

amanecidas en la niebla.

No es verdad que te pese el alma.

El alma es aire y humo y seda.

La noche es vasta. Tiene espacios

para volar por donde quieras,

para llegar al alba y ver

las aguas frías que despiertan,

las rocas grises, como el casco

que tú llevabas a la guerra.

La noche es amplia, duerme, amigo,

mi amigo, ea...

La noche es bella, está desnuda,

no tiene límites ni rejas.

No es verdad que tú hayas sufrido,

son cuentos tristes que te cuentan.

Tú eres un niño que está triste,

eres un niño que no sueña.

Y la gaviota está esperando

para venir cuando te duermas.

Duerme, ya tienes en tus manos

el azul de la noche inmensa.

Duerme, mi amigo...

Ya se duerme

                                 mi amigo, ea...(Tierra sin nosotros)

 

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SEGUNDO AMOR

No quiero que desgranes tu pasado en mis manos,

porque sólo el presente ofrece carne viva.

Sería, recordar, sentir dolores de otros

doliendo en nuestras vidas.

Serenidad. Se siente el otoño en el alma

caer, con la tristeza de su razón cumplida.

A qué mirar adentro, a la espalda, pensar

en la luz que declina.

Quisiera preguntarte; pero yo me someto.

Contengo la pregunta con la mano en la herida.

No quiero que desgranes tu pasado, que tornes

a lo que no se olvida.

(Libro de las alucinaciones, 1964)

 

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SI SOÑARAS SIEMPRE, SI AMARAS

Si soñaras siempre, si amaras

olvidándote, abandonándote...

Pensaría por ti las cosas

dejando que me las soñases.

Con mi velar y tu soñar

el camino sería fácil.

yo daría los nombres justos

a los sueños que deshojases.

Encontraría para ellos

la voz que los encadenase,

la forma exacta, la palabra

que los llena de claridades.

Me acercaría hasta ti como

si fueses una orilla madre.

Y qué descanso dar al alma

sombras que el alma apenas sabe.

Yo no diría de ti: es mi fresca

raíz que de los sueños nace,

la música de mis palabras,

el hondo canto inexplicable,

la prodigiosa primavera

que en las hojas recientes arde,

el corazón caliente que ama

olvidándose, abandonándose.

Tú lo sabrás un día. Entonces

será demasiado tarde.

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ACELERANDO

Aquí, en este momento, termina todo,

se detiene la vida. Han florecido luces amarillas

a nuestros pies, no sé si estrellas. Silenciosa

cae la lluvia sobre el amor, sobre el remordimiento.

Nos besamos en carne viva. Bendita lluvia

en la noche, jadeando en la hierba,

trayendo en hilos aroma de las nubes,

poniendo en nuestra carne su dentadura fresca.

Y el mar sonaba. Tal vez fuera su espectro.

Porque eran miles de kilómetros

los que nos separaban de las olas.

Y lo peor: miles de días pasados y futuros nos separaban.

Descendían en la sombra las escaleras.

Dios sabe a dónde conducían. Qué más daba. «Ya es hora

-dije yo-, ya es hora de volver a tu casa.»

Ya es hora. En el portal, «Espera», me dijo. Regresó

vestida de otro modo, con flores en el pelo.

Nos esperaban en la iglesia. «Mujer te doy.» Bajamos

las gradas del altar. El armonio sonaba.

Y un violín que rizaba su melodía empalagosa.

Y el mar estaba allí. Olvidado y apetecido

tanto tiempo. Allí estaba. Azul y prodigioso.

Y ella y yo solos, con harapos de sol y de humedad.

«¿Dónde, dónde la noche aquella, la de ayer...?», preguntábamos

al subir a la casa, abrir la puerta, oír al niño que salía

con su poco de sombra con estrellas,

su agua de luces navegantes,

sus cerezas de fuego. Y yo puse mis labios

una vez más en la mejilla de ella. Besé hondamente.

Los gusanos labraron tercamente su piel. Al retirarme

lo vi. Qué importa, corazón. La música encendida,

y nosotros girando. No: inmóviles. El cáliz de una flor

gris que giraba en torno vertiginosa.

Dónde la noche, dónde el mar azul, las hojas de la lluvia.

Los niños -quiénes son, que hace un instante

no estaban-, los niños aplaudieron, muertos de risa:

«Qué ridículos, papá, mamá». «A la cama», les dije

con ira y pena. Silencio. Yo besé

la frente de ella, los ojos con arrugas

cada vez más profundas. ¿Dónde la noche aquella,

en qué lugar del universo se halla? «Has sido duro

con los niños.» Abrí la habitación de los pequeños,

volaron pétalos de lluvia. Ellos estaban afeitándose.

Ellas salían con sus trajes de novia. Se marcharon

los niños -¿por qué digo los niños?- con su amor,

con sus noches de estrellas, con sus mares azules,

con sus remordimientos, con sus cuchillos de buscar

pureza bajo la carne. Dónde, dónde la noche aquella,

dónde el mar... Qué ridículo todo: este momento detenido,

este disco que gira y gira en el silencio,

consumida su música...

(Libro de las alucinaciones)

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