jesús felipe martínez

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EL LOCO

A pesar  de ser muy de mañana, las moscas  están sumamente pegajosas e impertinentes.. Vuelan y revuelan en torno a los mármoles  de las mesas; arracimadas, se posan sobre una gotita de anís y se encubran o abajan con la torpeza y ansias propias de los buitres; patinan en los cristales, arrastrando sus dos patitas enfrenadas lo mismo que chicuelos festivos; cualquiera diría, en suma, que las  moscas están  de fiesta porque al amanecer será fusilado un loco.

        Sucede que, con más frecuencia de lo que se imagina que un hombre muere por llegar a creerse su papel, o bien  por identificarse demasiado con su propia persona. Y las moscas lo saben: por eso son tan dichosas en las guerras.

La luz del carburo da  un tono  de apresuramiento a la cantina. Un mozo rapado y pitarroso alinea  copas de fajín  granate en  el mostrador. Desde todos los contornos llegan los sones precipitados de un  cornetín que toca diana.

_Cazalla.

_Para mí con agua.

_Ponme primero un café bien cargado.

-Coño, con este madrugón tiene uno el est6mago en el gaznate y ni qué tomar sabe.

_Sobre todo si se ha pasado la noche con la Gitana, ¿eh, tunante?, que aquí todo sabe... Sírvele uno doble al capitán.

_Hombre...tanto como toda la noche...Un ratillo me dejé caer por allí. Lo justito para despejarme un poco.

_¡Joder con el ratillo, que duró hasta la amanecida! Vamos, vamos, capitán que somos todos de caballería y conocemos la montura. A esa yegua no se la cansa con menos de cuatro galopadas...Cierto que las ancas de la potra las merecen. ¿Qué dice el coronel?

_Pues yo, os he de ser franco, estoy con aquel que prefería el trotecillo regular a la carrera alocada: al final se llega igual y no corres el peligro de caerte por las orejas o de que con la prisa  se te pierda el sable.

_Escucha, escucha, capitán y toma nota: que la experiencia es un grado

 _Perdone mi coronel, con su permiso, ¿les llevo el servicio a la mesa o lo toman aquí en la barra?

_Déjalo, no podemos entretenemos más de un cuarto de hora. Además, ¿no te has fijado en la cantidad de moscas que  hay allí? Leches, si esto parece una pocilga...El día menos pensado os vais a encontrar con un paquete de cuidado y entonces vendrán las lamentaciones...Es muy bonito estar aquí recomendados, lejos del, frente, repatingados  como señoritas, y encima no ser  capaces ni de tener esto aseado para que las moscas no se nos metan por el culo...Anda, anda, quítate de mi vista antes que se me suba la sangre a la cabeza y te meta un puro que no se te olvide en tu puta vida.. ¡Piérdete, cojones, ¿no has visto que están  hablando los hombres? Ya te llamaremos  si es que te necesitamos.

_No te pongas así, Luis, El muchacho no tiene ninguna culpa. En justicia hay que decir que son limpios y tienen la cantina como los chorros del oro. Debe de ser el olor a estiércol y a animal lo que trae todo este mosquerío.

_Y el bochorno las despierta antes del amanecer, fíjate que no se mueve ni una hoja.

_Con este calor y esta guerra  vamos a acabar todos subiéndonos a las paredes. ¿Cuántos meses hace que venimos anunciando la entrada en Madrid? Y aquí seguimos, en la retaguardia, cociéndonos como las tortugas.

_No se tom6 Zamora en una hora. 

-Como que los otros también tiran con bala.

_ Y si no que se lo pregunten a los italianos de Guadalajara.

 _Hombre, qué queréis que os diga. Alegrarme  no me alegro, ya que estamos metidos todos en el mismo petate, pero una curita de humildad a esos macarroni les habrá venido al pelo.

_ Ancha es Castilla. Igual se creían que esto era como lo de Abisinia. Porque,  rojos o no, son soldados españoles.

_Señores, señores, consideren que están hablando de un aliado a quien debemos mucho. Y no digo más.

_No hay que tomárselo por la tremenda, coronel, una bromita de vez en cuando no viene mal.

_Según y a quien porque el alférez no pensará lo  mismo.

_ Hablando de eso, pero en serio,  ¿cómo lo veis?

_ Vaya, el capitán siempre al quite. 

        _Y parecía tonto. ¡Pues no quiere que le preparemos la defensa!

_No, hombre, no es eso... Por las veces que he hablado con el muchacho a mí se me hace que está como una jaca  toledana y, francamente, me encuentro indeciso, más perdido que el barco del arroz...Vosotros tenéis  más experiencia en asuntos de este jaez y me gustaría me aconsejarais... Además que ignoro si en estas ocasiones la superioridad da algunas normas, directrices o algo parecido.

_Mira, Antonio, precisamente porque te apreciamos y comprendemos la situación en que te hallas, te voy a ser sincero. Este es tu bautismo de fuego en estas lides mientras que, tanto el comandante como yo mismo, sabemos ya, por desgracia, lo que es mandar un hombre al pelotón. Y no creas que es plato de buen gusto... Pero, qué quieres, hijo, las guerras se ganan en muchos frentes y, aunque parezca mentira, muchas veces no es el de batalla el decisivo.

_Entonces, ¿hay algo decidido ya? ¿Alguna orden superior?

_No me seas majadero ni cojas el rábano por las hojas. El Consejo todavía no se ha celebrado; por tanto, difícilmente puede haber nada resuelto... Esto no es mas que una conversaci6n informal, un cambio de impresiones entre camaradas y amigos...Si lo has entendido de otra manera, es problema tuyo; y mío por franquearme con quien no debiera. De manera que, en boca cerrada no entran moscas, y aquí no se ha dicho nada.

_Usted perdone, coronel, no era mi intenci6n enfadarle. Debo haberme expresado mal, ya le he dicho que en esto de las defensas y de los tribunales soy un perfecto bisoño. En  realidad lo que me interesaba sobre todo era su consejo, su experiencia, un norte, una guía...Toda mi vida se me han dado fatal las leguleyerías y ahora me encuentro con este embolado...Compréndalo, coronel, estoy absolutamente desconcertado y no sé ni lo que digo.

_Bueno, bueno, muchacho, tampoco es necesario que te pongas tan ceremonioso y me trates de usía. Eso déjalo para dentro de un rato, para el Consejo. Ahora, ya te lo he dicho, estamos entre camaradas de armas, tomando unas copitas en esta maldita cantina repleta de moscas. Puedo soportarlo todo: el olor a pólvora metiéndosete en los ojos; el sudor que te pega los calzoncillos al culo sobre la silla de  montar; hasta el calor de esta jodida tierra que te convierte la boca en esparto...Pero las moscas, a las moscas no las he podido aguantar en mi vida, me ponen histérico, y no aguanto ni a mi maldita sombra… En fin, disculpa si he estado algo brusco….A lo que   íbamos… ¿Quieres saber mi opinión sobre el caso? Pues ahí va: mi impresión es que ese loco o lo que sea lo tiene  el porvenir más negro que un potro endrino.

_Quiere decirse que...

_ Quiere decirse, amigo mío, que, si Dios no lo remedia, tu defendido tiene tantas posibilidades de salir con bien de esta como yo de hacerme moro. Escucha. Sin necesidad de ser jurista, se advierte que este caso sólo tiene dos considerandos posibles: uno, el muchacho está en su sano juicio; dos, obró con sus facultades mentales trastornadas. Si nos atenemos a la primera hipótesis, el asunto no tiene más  vuelta de hoja: insubordinación, ataque a un superior con el resultado de lesiones graves, sedición en su grado  máximo. En suma, la pena correspondiente no es ignorada ni tan quiera por el más lerdo de los reclutas. Segunda posibilidad: el acusado no está en sus cabales. ¿Cuál sería tu fallo en ese caso?

_ No sé, supongo que reclusión perpetua en un manicomio o alguna institución semejante. .

_¿ Y no te quedaría siempre la duda de que te ha tomado el pelo, de que se trata de un farsante, de una yegua zaína que se ha burlado de todos nosotros, del Cuerpo de Caballería del Ejército Español?

-Bueno… habría  que tener la plena seguridad…No sé…

-Ahí te quería yo ver. Tú mismo has leído el informe del comandante médico que nos dice cómo en estos casos es imposible emitir un diagnóstico fiable al cien por cien. No es como una gangrena. Siempre nos quedaría la duda, la incertidumbre, de si se ha burlado de nosotros y, lo que es infinitamente mis grave, la tropa llegaría a pensar que se ha hecho mofa y escarnio del Ejército Nacional, que un soldado cualquiera puede trepar sobre las espaldas de un alférez y clavar1e las espuelas en la carne sin sufrir más castigo que el de ir a un manicomio, comer allí a cuerpo de rey y

encima librarse de la guerra. El asunto no sólo se haría comidilla en los cuarteles, con el consiguiente resquebrajamiento de la moral de la tropa, sino que pronto surgirían locos supuestos como setas, animados por el buen fin de su maestro. ¿Y qué hacer entonces? Fusilarlos a ellos habiendo dejado libre a su espolique?

En tanto la pregunta del coronel flota en el aire como una nota pagada de sí misma, una mosquita patalea en los pozos de cazalla. El coronel estruja la copa con fuerza y la estrella contra la pared en gesto afeminado. Su figura fondona recorre, con las manos anudadas a la espalda y casi a saltitos, el breve espacio mediante entre una barra de cuarterones de cinc y mesas de tijera especialmente traidoras para los dedos. Un sordomudo diría que el coronel medita, mas los presentes todos perciben con nitidez sus blasfemias. Hay revuelo de palmadas en la espalda, un desconcierto casi monjil entre la clase de oficiales, Aquel le ofrece su copa, este otro sugiere demandar la presencia del cantinero; incluso el propio ponente llega a desnudar el sable hasta la mitad de la vaina para tornarlo a embocar con gesto que clama al cielo. Buscan las moscas refugio tras los cristales y, como estúpidas que son, estréllanse contra los mismos con susurros de fritanga.

Aferrándose los belfos, el coronel se dirige con zancadas de marinero a la puerta y en el mismo umbral vomita unos hilillos cuasi transparentes. En el ínterin de su regreso alguien ha colocado una infusión de manzanilla muy azucarada sobre el mostrador. Cuando, blanco como la cal, el coronel vuelve , la taza humea en silencio. Con ojos asesinos busca al cantinero y, al no hallarlo, decide beber precavida y sonoramente, holgándose, de cuando en cuando, el cuello de la guerrera.

_Es que no las aguanto, son superiores a mis fuerzas. Dicen que uno se acostumbra a todo, mentira. Es verlas y presentárseme la imagen de mi muerte...Yo caído en el suelo y ellas metiéndose por mis heridas, paseándose por los ojos...

_Déjelo ya, coronel.

_Peor es meneallo.

_Todos tenemos nuestras manías...

_ Tenéis raz6n. Es que, a veces, me asusto de mí mismo, me doy cuenta que me desboco y entonces soy capaz de cualquier barbaridad. Igual termino yo como ese y cualquier día me veo sentado en el banquillo...Aunque para mí ese tiene de loco lo que yo de cura. Es lo que iba a explicarle al capitán antes de ese estúpido incidente. Escuchad. ¿No podría darse el caso de que el asunto no fuera obra de una enajenaci6n, pasajera o no, sino que estuviera planificado y requeteplanificado?

_Ahora si que no te entiendo.

_Muy fácil. El enemigo nos ha mandado un mamporrero para que nos la meta bien metida. Si lo fusilamos, pronto comenzará a correrse  por todas partes que somos unos bárbaros, que hemos mandado al otro barrio a un pobre demente. Si sale con bien de esta, los efectos de anarquía en la tropa serían inmediatos, según ya os expliqué anteriormente.  ¿Os dais ahora cuenta de la sutileza y alcances del plan? Que este  cuerdo o pirado eso es lo de menos. De lo que no cabe duda es de que la idea no ha salido de su mente: ese violín está  dirigido por una batuta muy fina.

_  ¿Y no se podría hacerle hablar?

_ Ya se ha intentado, sin ningún resultado positivo. El chico es duro. Incluso es posible que se hayan servido de un majadero de verdad para sus fines y que  no sepa nada o lo haya olvidado. El funcionamiento de estos cerebros es un misterio hasta para la ciencia. Aquí lo que importa es que no se salgan con la suya y, entre dos males, elegir el menor…

_Yo creo que la culpa de  que se haya llegado a este punto la tuvo el alférez Domínguez por no haberle pegado dos tiritos allí mismo. Si soy yo mañana me voy a dejar subir a la chepa a nadie y clavar las espuelas en las ancas.

_ Ni tú ni nadie… Y, mira,  nunca mejor dicho lo de subirse a la chepa, ya sabéis que a Domínguez le llaman...

_Basta, basta, caballeros. Si piensan que voy a consentir que en mi presencia se haga mofa de un oficial de nuestro Ejército, se equivocan de medio a medio. Ea, retráctense y vayamos a la sala, que ya nos deben  de estar esperando los demás miembros del Tribunal.  

Monótona e indiferente es la voz del teniente coronel quien, como Secretario del Consejo, va procediendo a la lectura de los folios más significativos del Sumario. Para paliar la molestia de las moscas y formas barrera frente al  bochorno, que avanza con la mañana, se han corrido los cortinones del fondo de la sala.

Solamente la tarima. ocupada por los demás miembros del Tribunal, resulta nítida e imponente con el púrpura de los sillones,  el dorado de los cordones y entorchados, el fulgor de las empuñaduras de los sables y del límpido crucifijo...Del banquillo del acusado hacia atrás,  la penumbra va enturbiándose hasta convertirse en los últimos bancos en una oscuridad total. "Al folio siete se lee..." Una cierta modorra va apoderándose del público conforme la voz del Secretario se hace cansina como el rezo de un sorchantre.

El acusado intenta desesperadamente oxear dos o tres moscas que beben el sudor de su cuello y frente. Lleva la cabeza atrás y adelante cual si ahuyentara malos presagios. Mas los insectos ya se han dado cuenta de la inmovilidad de sus manos y ningún caso hacen de cabezadas y. saludos potriles.

Comienza ahora el parlamento del fiscal y el público se aviva un tanto cuando el acusador relata el ataque vil, cobarde y premeditado de que fue víctima un valiente alférez; la forma alevosa en que el acusado trepó a su espalda y le clavó las espuelas mientras profería insultos  y denuestos. Incluso se adivinan algunas sonrisillas mudas en los bancos mientras el fiscal demuestra cómo la astucia del acusado le lleva a fingirse loco para evitar el justo castigo que su incalificable acción merece.

Tras ello,  se pierde en tecnicismos forenses,  en lecturas de  artículos del Código Militar  y el público vuelve a refugiarse en su sesteo matutino. Sin embargo, el acusado piensa que el fiscal acierta en algo: él no está loco y nadie mejor que el propio acusado para saberlo. El abogado defensor, sus compañeros, el mismo capellán, todos se equivocan excepto el fiscal, y eso le hace sentir una vaga simpatía por quien se empeña en llevarlo ante el pelot6n de fusilamiento.

Porque él está perfectamente cuerdo y siempre lo ha estado. Otra cosa muy distinta es que sea un artista de la locura, lo mismo que hay artistas en otros campos extravagantes: los tragasables, titiriteros y demás. En lo que ya no está tan acertado el acusador es en  afirmar que  ha actuado por mandato del enemigo, que es un espía. ¡Menudo disparate! Como si alguna vez hubiera necesitado de enemigos que le explicaran las locuras que tenía que hacer. Decididamente el señor fiscal va perdiendo  el respeto que le había merecido conforme insiste más y más en todos esos despropósitos de agente secreto, de planes orquestados desde Moscú...

Con haberle preguntado a él habríase evitado  tantas molestias de rebuscar en papeles y libracos y periódicos del enemigo como está leyendo sin venir a cuento. En cuatro palabras se lo habría dicho. Verá usted, yo, señor fiscal, tengo tanto juicio como el que más, pero desde muy chico me ha encantado aparentar lo contrario. Exacta, exactamente no recuerdo cuándo comencé a hacer locuras, a fingirme chalado perdido,  aunque creo que tendría como nueve o diez años, sí sería por la época en que los demás comenzaban a jugar al  balón. Porque a mí nunca me pedían, nunca me ponían en ningún  equipo, hasta que un día les faltaba uno y me hicieron portero. Desde entonces ya todo fue coser y cantar: "que se ponga el Loqui, veréis cómo se tira a los pies, se tira a muerte, jo este tío no le tiene miedo a nada, está majara perdío". Luego, ya se sabe, se le toma el gustillo a la cosa. No porque me pagaran esas cantidades que está usted  diciendo y que usted sabrá de dónde se ha sacado. Lo cierto y verdad es que,  según iba haciendo las barbaridades más grandes,  todos me rodeaban de cariño y respeto. Llegabas a ser una celebridad mayor que el Toli, y eso que  él  era hermano de la chica del pueblo que estaba más buena. Todos querían ser tu amigo.  "Este es mi amigo, no le tiene miedo a nada. Ten cuidado con él  que está como una cabra y lo mismo le da matarte que que le mates tú. ¿No te lo crees? A ver, Loqui,  pégate con la cabeza en la pared, que este no se lo cree". Verme a mí era igual que cuando pasaba un cura y todos corríamos a arrodillarnos, a besarle la mano o la cruz pendiente como tanganillo de perro de su cuello.

Las últimas palabras del fiscal han estado precedidas de un breve silencio y unos carraspeos nerviosos. Todos están ahora muy atentos y el acusado vuelve a sentir las miradas de sus compañeros  fijas en su nuca en el momento en que una atrevida mosca le trepa por la fosa nasal. El acusado resopla para expulsarla mientras las palabras del fiscal aún resuenan en la sala: "por todo ello, vengo a solicitar dos penas de muerte para el acusado".

El defensor inicia su alegato con voz insegura, jugueteando con la hebilla de su cinturón. Piensa el reo, entretanto, que tendría que hacer algo bueno como despedida, aunque no se le ocurre qué y ello le desasosiega bastante. Confía en sus grandes recursos para  salir adelante en las situaciones más apuradas. "Te apuesto una peseta a que le doy un beso a esa chica que está con su novio. Qué os jugáis  a que me tiro agarrado a una cometa desde el Pico de la Zorra". Eso fue lo peor, porque se quebró la muñeca y se dislocó los dos tobillos. Y, con todo y con eso, mereció la pena: en un mes no se habló de otra cosa en el pueblo. Por aquella época pens6 en dejarlo y más de un año se pasó sin que hiciera el menor disparate. Entonces todos le miraban con desprecio, como a un ser insignificante y desprovisto de cualquier interés. Hasta las mismas chicas, que antes acudían a él  como moscas a la miel y se dejaban meter mano casi sin protestar, ahora le rehuían. Tuvo que presentarse en la Playa, totalmente desnudo, excepto un pasamontañas en la cabeza, para que sus amigos de antes respiraran con satisfacción y las muchachas formaran cola en el cuartelillo para exigir su inmediata libertad. "No ven que le dan chalauras al pobrecillo. Además, no habiendo

ninguna denuncia, no había derecho". Recurrirían a los sindicatos y hasta al diputado provincial. No pensaban moverse de allí hasta que lo soltaran. A las dos dos horas todo eran palmadas en la espalda  y cuchicheos maliciosos del mujerío sobre sus partes, encima de las cuales, por cierto, había dibujado unas gafas y un corazón.  

Este abogado es un botarate. Quién leches le habrá dicho a  él que pida clemencia. Pensará que tengo interés en pasarme el resto de la vida en un manicomio o en un castillo. Lo único que  me preocupa es que no se me ocurre nada para el toque de gracia. Me molestaría defraudar a los pobres compañeros que llevan más de dos horas tragándose este tabardillo de juicio. Y con este calor y estas putas moscas no hay quien se concentre. Claro que también me pasaba lo mismo los primeros meses de la guerra. Y es que en las guerras la locura está muy extendida y la competencia es mucha. Te crees que con cualquier tontería de nada vas a llamar la atenci6n y no te hacen ni puñetero caso. Aquí cualquiera bebe p6lvora con orines, o se cuelga el mosquetón del cipote y lo pasea en vilo por toda la compañía, o cuenta hasta ocho con la bomba en la mano antes de tirarla. Hay que ser un verdadero artista para sobresa1ir entre tanto aficionado. Por eso me hace gracia este leguleyo cuando dice que fue un acto irreflexivo, una enajenaci6n momentánea, producto de mis perturbaciones y del calor asfixiante. Qué sabrá este picaple1tos...¡Irreflexivo, momentánea!... Planifica durante más de un mes el asunto para que cualquier boquimuelle quiera echártelo por tierra. Menos mal que para el caso que le van a hacer...Cualquiera con dos dedos de frente se da cuenta de que todo estaba planeado y requeteplaneado. La persona: el alférez Chepi, que aquí, en el Juicio, llaman Domínguez. Nada más verlo ya estaban todos temblando. "Oye, que se le escapa la mano y te sopla una hostia antes que se persigna un cura loco". El momento: cuando toda la compañía, formada delante de los caballos esperaba la orden. La acción: a la voz de “monten", el salto sobre sus espaldas, mis brazos sujetándole los suyos para inmovilizarlo, los taconazos para clavarle las espuelas bien clavadas en los muslos y hacerle brincar como potro indomado al compás de mis voces “corre, Chepi, galopa Chepi, más rápido Chepi”, hasta caer ambos al suelo, echando é1 espumarajos por la boca,  hasta que , repuestos por fin de su estupor, el sargento ,los cabos lograron desasirme de mi presa. Y aún se atreve a hablar este chiquilicuatri, a quien nadie ha dado vela en este entierro, de enajenación momentánea y a solicitar mi reclusi6n a perpetuidad. Si será petimetre el tío. Gracias a que los compañeros saben valorar estas cosas y seguro que se pasan un año o dos comentándolo en los barracones. Siempre que alguno quiera hacer alguna charrada para darse pisto le mirarán  con desprecio y le dirán: “el Loqui, ese sí que la hizo buena...¿Os acordáis del Loqui?” Y es que  me estaba jodiendo a mí ya tanto chapucero como prolifera en los cuarteles. Aficionadillos de chicha y nabo. A ver quién  es el guapo que se atreve a presumir de aquí en adelante. Lo único que me sigue fastidiando es que falta la guinda. Sería una catástrofe que les fallara en el último momento y se llevaran un mal sabor de boca. Como que los envidiosos empezarían con que si en el último momento me había rilado, que sí, que lo del alférez no había estado mal pero que tampoco era para tanto, que a lo mejor tenía razón el fiscal y los tiros iban por otra parte...Y es que entre  la melopea de este abogado maldito y las moscas no hay quien se concentre. Vaya por Dios, parece que ya ha terminado y que  quiere interrogarme.

Ahora a esperar a que el Tribunal acabe de deliberar.  Que no será mucho rato, digo yo. También deben  de estar agobiados con este calor. Aunque no tengan las manos atadas a las espalda, las moscas les molestarán lo suyo y más con tantísima ropa como llevan puesta. Será que es obligatorio vestirse de domingo para mandar a un cristiano al otro barrio...Quien ha debido quedar más apabullado es el Perico. “A que esta noche me escapo del cuartel y me paso a la otra zona y os traigo un periódico y  pitillos de ellos. Van dos convidadas”. A los demás les parecía un mundo. ¡Menuda heroicidad! Eso lo hace cualquier chambón. No hace falta tener perspicacia para esa tontería. Ni imaginación. Lo mejor de lo mío es que no se lo esperaban. Los cogí totalmente desprevenidos, y eso influye muchísimo. Ya lo decía el propio alférez Chepi en las teóricas : "en la sorpresa reside mas del cincuenta por ciento del éxito de cualquier acción militar"..

Seguro que ahora se lo piensa un poco antes de hacer esas afirmaciones, si es que no pide el traslado a otro sitio, que sería lo  más sensato por su parte. De todas maneras las noticias corren como la pólvora y siempre le llamarán el alférez domado, o el alférez garañón o algo así. Hasta que, desesperado, él mismo hará una locura en el frente y le volarán los sesos, igual que a mí,  sólo que el llevará galones y le darán una medalla, aunque en cuanto a la fama ni comparar siquiera, si acaso le recuerdan será gracias a mí. Vaya por Dios, realmente estos señores han corrido más que el tío  de la lista. Se agradece la delicadeza, ahora este pone voz compungida  pero firme al leerme la sentencia a la pena capital, y a mí sin ocurrírseme nada, se ve que hoy no es mi día y todos pendientes, esto va a ser  un  fracaso...

_Levántese el acusado y diga  si tiene algo que alegar.

_Pues , pues sí, señor, que  si no le es molestia desearía que su señoría, ese gordito que está en la presidencia,  me espantara estas moscas, que fastidian  lo suyo.

(Mención honorífica premio Platero de las Naciones Unidas. 1984)

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ARTURO BAREA

MIGUEL DELIBES

CARMEN MARTÍN GAITE

ANTONIO MARTÍNEZ MENCHÉN

JOSÉ MARÍA MERINO

RAMIRO PINILLA

JUAN EDUARDO ZÚÑIGA

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El físico

A Eugenia y Jorge, siempre  

«Nada hay que pueda hacer más daño al saber humano

que mezclar las ciencias, y lo que es de filosofía natural

tratarlo en metafísica y lo que es de metafísica

en filosofía natural.

 (HUARTE DE S. JUAN)

       Tres pasos si el andar es natural, despreocupado; hasta seis cuando se torna cauto y reflexivo. Girando por todo el perímetro, en tanto se arrastran los dedos de la siniestra por las piedras llorosas, se pueden medir hasta nueve varas, a las que en justicia debieran sumarse las casi tres ocupadas por el lecho.

En la primera jornada siempre parecen ajenos nuestros males: tú eres un espectador más de tu desdicha. Únicamente tras la vigilia que sigue al sueño, si es que tal nombre puede darse al que en el anciano es imagen de la muerte, tan sólo tras ese sueño, digo, comprendes que el infortunio ha caído sobre tus cansadas espaldas. Inquieto, perdido del todo el sosiego, recorres una vez y otra el húmido y angostísimo habitáculo que fortuna ha dispuesto te sirva de morada. Aún tienes alguna esperanza, por menudilla que sea, de salvación, puesto que diriges los ojos al pasillo tenebroso, en pos de los cuales van el  

deseo y el ánima toda. En esto y en levantarte y acostarte, en tumbarte y erguirte del mísero jergoncillo para reiniciar tus malandados pasos, ocupas las horas del que crees segundo día. Apenas pruebas bocado y si, con harta frecuencia, te echas el jarrillo a pechos, más es por sentir pasar los minutos que porque el organismo lo demande. Minutos, horas, tiempo... y qué hueras suenan estas voces en la penumbra de los hachones y en el aire empapado y ruin de estos muros.

Por hacer alguna cosa, por sentirme aún con vida, grito. Mi voz cascada, como de anciano que es, piérdese hacia los confines donde habita la vida. Porfío en mis alaridos, luchando con los falsetes, y, al fin emerge el carcelero de las sombras, abre el cancel de hierros y me apremia con razones destempladas: qué se me ofrece, acaso estoy indispuesto, es que deseo hacer una declaración... Por no enfadarle, le suplico me diga cuál sea el día de hoy o, al menos, si es de mañana o se ha puesto ya el sol.

Rudo y sanguíneo es el mazmorrero,  y si no me zarandea de malas maneras cual a un gozquecillo impertinente,  débese, sin duda al respeto que le inspiran mis canas y a cuantas palabras amables le dirigiera yo cuando, en tiempos menos oprobiosos, visité estas zahúrdas como hombre libre. El pobre diablo, bellaco al fin, limítase a contestarme de malos modos que los relojes no funcionan a la sombra e incluso osa amenazarme, si vuelvo a escandalizar, con los grilletes, la mordaza y el pie de amigo.

Vuelvo a recorrer mil y una vez mi cubil: a pies enjutos, a pasos quedos, en diagonal, sorteando una baldosa sí y otra no... Este mísero anciano debe componer una imagen grotesca jugando en la penumbra, como un chicuelo, a la rayuela. Con la ropilla larga y severa, tiritando bajo el ferreruelo y tocado con el sombrero de tafetán, debo hacer un lindo papel de bufón loco, o de león enjaulado y decrépito cuyos rugidos se escapan por sus encías desdentadas. Que el hombre pueda caer tan bajo para no respetar siquiera su propia barba encanecida…

Me detengo en los sillares de las paredes, que rezuman agua cual un hígado opilado; los araño con mis largas uñas hasta que se quiebra la del meñique. Como, según dicen, no existe mal que por bien no venga, mis borrajeas y consecuente quebradura me han dado una idea: mañana solicitaré del guardia recado de escribir y de esta manera ocuparé mis largos ocios. Otrosí que la soledad no me resultará tan ingrata. Más animado por estos propósitos, estiro mis huesos y los pellejos que los cubren en este humilde pesebre.

Lo peor de la senectud es que se duerme muy poco. Más bien se diría que velamos de continuo, incluso cuando creemos reposar. Tal vez sea que intentamos aferrarnos a una vida que por todos los poros se nos escapa, alertas siempre porque la muerte no nos sorprenda en el letargo, empeñados en mantener un fuego helado, para qué, Dios mío, para qué. ¿No sería, acaso, mucho más confortable que, perdidos los sentidos, nuestra alma se fuese ensoñeciendo y sólo recobráramos el dominio de nuestras potencias cuando nuestros órganos volvieren a ser lozanos o libres de todo achaque? Si es que tal quimera se da alguna vez, y la muerte no es un viaje sin retorno. Mas ellos, los teólogos y los filósofos, se entiendan en tan sutiles cuestiones, que a este atribulado anciano sólo le ha sido dado aliviar un tantico el dolor de los vivos y ahora... ahora pensar en su propio final. Si afirmara que no temo a la muerte, mentiría como un vulgar bellaco. Temo a la muerte, mas es el dolor lo que me aterroriza. Será por haber contemplado de cerca tan grandes aflicciones, tanta copia de hombres aferrándose a mis manos con la desesperación y el sufrimiento del transido, vueltos el rostro y la voz, demandándome imperiosamente un remedio para morir ,ya que no había sido capaz de prescribírselo para preservar la salud.

Suena la paja desigualmente repartida en el petate, al unísono con el quejido de mis articulaciones, con las vueltas y revueltas del insomnio; de súbito, me acometen unas cámaras tan fuertes que apenas si me dan lugar a llegar hasta el orinal. Tanto me inquieta el terrible hedor que despiden como la fluidez de los humores. Todavía sentado en el bacín y preso de los accesos, me tomo los pulsos: tan flacos y despaciosos son que harto me cuesta sentirlos bajo el pulgar. Temo que tal vez me vea acometido de una opilación en el bazo o en el hígado; o quizá todo se deba exclusivamente al aire vicioso y a la fatiga de mis nervios. Intento escapar a los calofríos regresando al jergón, doblo en dos mitades el ferreruelo y en él me refugio. Ya sólo puedo estar con el rostro vuelto hacia la pared, pues si vuelvo la cara, la pestilencia emanante del don Pedro me produce unas vivas ansias en el estómago, cual si los peces que parecen nadar en mis tripas amenazaran con salir por la boca, mezclados con las aguas pútridas donde se albergan.

Ignoro lo que me lleva a pensar en las estrellas. Lo cierto y verdad es que, si entorno los ojos, las veo rutilantes sobre la pared, brillando como ascuas juguetonas junto a la trampilla del techo por donde llega un soplo de aire y de luz mortecina a este mísero aposento. Escucho, asimismo, la voz grave y reposada de padre, que viene desde muy lejos, quizá desde las mismas constelaciones, y que me va explicando: allá la cola del dragón, más a tu diestra, las cuatro ruedas del carro, aquel de la espada rutilante, al oriente de Andrómeda, es Perseo, el hijo de Dánae y Zeus, quien conduce a los marinos por los caminos del Norte en pugna con Septentrión...

Me ha despertado el carcelero con un plato de olla donde flotan algunas lonjas de tocino y casi media libra de carnero. Como sus ojillos me observen con maliciosa cazurrería, me veo obligado a embocarme dos de los trozos de tocino, por más que el estómago se negara a recibirlos, y yo necesite simular las fortísimas bascas que me produce cualquier alimento, máxime los copiosos en grasas frías. Muéstrase un tanto desilusionado el  muy bellaco al verme engullir las adiposis del cerdo y, en el momento en que va a retirarse, saco de la bolsa cuatro ducados y requiero su presencia con ademán paternal. Presto y servil acude el bigardo, preguntándose, sin duda, lo que ha de hacer para merecer tan opíparo aguinaldo. Pausadamente voy colocando los escudos enhiestos sobre los ladrillos del suelo, pugnando con las leyes que rigen los equilibrios de las cosas, hasta que, con el auxilio de una grietilla, quédanse caballeros sobre los adobes. Explícole entonces mis modestas necesidades: un par de libras de manzanas y membrillos, pues mi organismo necesita de alimentos secos y esponjosos, absorbentes de los humores húmidos en exceso que de él se han apoderado, recado de escribir para solaz del espíritu en las largas horas de soledad, algunos cabos de vela, pues no son ya mis ojos tan mozos como yo deseara. Asiente con gestos el pícaro y, haciendo pinzas con los dedos en su nariz, recoge el oro del suelo. Que te entiendo, socarrón, que te entiendo. Vuelco algunos reales en el lecho de mi mano, los cuales reales él se apresura a guardar en la faldriquera como infantería más ligera que los escudos. Recoge el orinal con ambas manos y, sonriendo, vase.

      Apenas y ha desaparecido mi zafio cerbero cuando me acometen unas ventosidades tan infeccionadas, que trocan el calabozo en un lugar más pestilente aún, si es que ello cabe, de cuanto ya lo era. Diríase que un genio maléfico ha trasladado el río a la calle de Santiago, situando mi morada en el centro de la misma. Siéntome más sosegado, empero, tras la expulsión de lo gases que, sin duda, debían estar vagándome entre hígado y corazón, comprimiendo tan ruines aires uno y otro órgano salutífero. Paseo por el mísero habitáculo a la espera de mi lacayuelo, arreglo, en tanto, mi ropilla y compongo el jergón, esparciendo la lana por igual.

En estas y semejantes labores de aseo me sorprende el regreso de mi guarda, quien ha añadido al mandado un cuartillo de vino, por él ponderado como de san Martín, cera suficiente y una manta de lanilla a rayas. Es, en el fondo, un buen hombre. Más que los doblones, le debe haber apaciguado mi refectorio de tocino, que, en no tocando a materia de fe y costumbres, el vulgo suele mostrarse compasivo con las desgracias ajenas. A lo mejor piensa que a estos sótanos me han traído el fornicio o la bigamia, pecadillos disculpables en el hombre. Agradézcole sus atenciones, y examino con solicitud mi escribanía: bien cortada está la pluma, el papel es abundante y aún cuenta con tintero y salvadera en usos más que regulares. Es probable que todo ello proceda de un hurto o de una mohatra a cualquiera de los secretarios del Santo Oficio. A mí nada se me importa el caso.

Satisfecho por sus servicios, me despojo de una gruesa cadena de oro que orlaba mi cuello y se la ofrezco al solícito sirviente; él recházala con muestras de asombro, considerando que el galardón sea desproporcionado a los servicios prestados, o recelándose algo. Disipo sus temores y le razono con parsimonia: “reflexiona, hijo, que a mí en nada me han de aprovechar ni el oro ni las galas mundanales. Aunque saliese con bien de estas mazmorras, la edad y el no haber sentado generación me impiden pensar en herencias. Una esposa dejo únicamente en este valle de lágrimas y a ella poco se le dará una cadena de más o de menos. Tómala sin recelos, y pues tú has sabido mostrarte caritativo con el menesteroso, siendo como eres de linaje humilde, no sería yo bien nacido si no me mostrase agradecido... Vaya, no se hable más y retírate, que a mi espíritu melancólico sólo la soledad es grata“.

 

Ignoro cuántos, por más que fundadamente creo sean cuatro los días que estoy yaciendo en estas prisiones. Con la dieta han menguado bastante las fuertes cámaras que me venían acometiendo y que tanto me inquietaban, pues bien sé que en el anciano son la antesala de la muerte. Continúo sufriendo, empero, accesos regulares de gases innobles, si bien ellos se eliminan con un ventoseo ofensivo a mis narices únicamente.

Al cabo de dos o tres jornadas, por ende, vendrá el fiscal, acompañado del Secretario, a exhortarme a decir verdad y a que le abra mi alma. ¡Ojalá y pudiera hacerla, pues conocería qué pecados me han conducido hasta esta celda tenebrosa! A otras dos amonestaciones, cada vez más severas, seguirá el tormento...,y mis huesos son demasiado frágiles para resistirlo. La afrenta, el oprobio, hasta la misma muerte es dulce si se piensa en la carne lacerada por las vueltas y vueltas de mancuerda y garrotes en los molledos; en la asfixia del agua cuando los pulmones requieren aire límpido. Demasiadas veces lo he presenciado para que mis ralos cabellos no se ericen con la imagen del sufrimiento.

Es el miedo al dolor el que me ha decidido a ocupar los días venideros en fundamentar mi propia acusación. Convertido en fiscal de mí mismo, necesito hallar una razón convincente para mis jueces. ¡Que Dios ilumine mi entendimiento y disipe las tinieblas en que me encuentro sumido!

Repasando, pues, todas las posibles causas, sin desdeñar ninguna por fútil que se me antoje, toparé con la verdadera y podré hurtar mi cuerpo al dolor, ya que no a la muerte.

Hipótesis primera

¡Cuán ingrato y ajeno a la ciencia que profeso se me antoja este camino! No acostumbra, por cierto, procederse por eliminación de órganos sanos hasta descubrir el infeccionado y, sin embargo, yo necesito, en el hilo de mis suspicacias, comenzar por quienes más queridos me resultan: he de partir, si quiero burlar el martirio, de mi esposa adorada. ¿Qué egoísmo podría haber movido a la hermosa Julia a denunciarme? ¿En qué fundaría su acusación?

No el móvil de los bienes materiales, sin duda, pues ella no desconocería que todos me habrían de ser confiscados. ¿El amor, la pasión? Más verosímil resulta. Al cabo, aún es moza y lozana y poco calor puede ya recibir de este viejo cuerpo, más generoso en bilis y flemas que en licor seminal. No te culparé, Julia, si es que ciertamente has sido tú la causante de mis desdichas, y si es Amor quien te ha impelido a amortajar con alguna prisa a este pobre anciano. Que ante tan grande descargo, cualquiera culpa ha de quedar exonerada. Dichoso he sido durante diez años a tu lado cual nunca imaginé que pudiera serlo el hombre en la tierra. Acaso mi felicidad me volviera egoísta, haciéndome olvidar que una mujer de treinta años necesita algo más que el paternal afecto de quien ha muchos doblara el medio siglo. Razón tenía quien afirmó que todo viejo casado con mujer moza acaba por adolecer del mal del cabrito: que, o muere pronto, o deviene en cabrón.

Sarcasmos dolorosos aparte, si tú has sido el agente de mis penas, como antes lo fuiste de mis alegrías, te perdono de todo corazón. Aún más: te agradezco la discreción en tus asuntos, discreción que hasta estos mismos instantes no me ha suscitado la menor sospecha o inquietud sobre tu carácter.

E imaginando que haya sido Julia mi denunciante y que lo haya hecho por amor a otro más conforme con sus años, ¿de qué ha podido culparme ante los Familiares del Santo Oficio?

Sólo puede haber sido de concupiscencia y ello no deja de ser una sangrienta paradoja. Mas este cauce no siempre estuvo tan seco y diez años ha, aunque me faltaran algunas muelas, me arreglaba muy bien con los colmillos. Verdad es que mis canas me debieran haber impelido más a la gravedad que a la lujuria, pero, qué se quiere, la ausencia de tantos y tantos años de mujer, tu mucha hermosura y el amor que te profesaba, el saber que esta bombarda disparaba sus últimas salvas... Sea ello lo que fuere, recuerdo que tú misma te escandalizabas al explicarte cuán bella era tu desnudez y las tantas maneras de gozalla. A tus reparos solía yo argüir que, si Dios ha dotado al hombre para el placer, es para que lo disfrute con quien ante Él ha elegido como compañera y por cuantas vías su imaginación le dicte.

He aquí que, en mi fatuidad del presente, olvidé que los campos se siembran todos los años, y no tuve en cuenta que mi humilde arado cada vez se mostraría más inclinado al barbecho que a la sementera. Y pues prendí una hoguera sin suficientes aguas para dominarla, justo es que tú hayas procurado quien la aplaque, y justo es que mi carne purgue ahora las locuras cometidas y cuantas ya no fue capaz de cometer.

 

Hipótesis segunda

Berta, mi vieja y fiel servidora, tan menuda y liviana que diríase hurtas cada día una libra de carne a los gusanos. ¿Qué te empujaría a ti a acusarme, habiéndome atendido con mayor solicitud que una madre natural? Aunque mis sesos se reblandezcan hasta gotear por las narices, por más que en mil y una direcciones cualesquiera recorra este antro, mesándome las barbas canas o aferrándome la cabeza toda; ya mis puños arranquen los ralos mechones que coronan mis sienes; ya mis dedos jugueteen con la sortija, emblema de mi facultad, o pellizquen en el gaznate afilado el bocado de Adán, no logro hallar, venerable amiga, ningún pretexto para hundirte en el hondísimo abismo donde yagan los traidores. Antes bien, me temo que mi desventura acabe por quebrar el delgado hilo que todavía te une a este mundo miserable.

Hipótesis tercera

Algún enfermo o pariente de enfermo resentido. ¡Buen caso iban a hacer de uno u otros los Familiares! Tampoco ellos se atreverían a hacer denuncias, por si les aconteciera que la galga saliere mal capada. Hablar sí, murmurar y maldecir, sobre todo de los médicos a quienes cualquier belitre se permite motejar de conversos. Hipótesis desechada.

 Hipótesis cuarta.

Limpieza de sangre. Non ha lugar. Yo mismo pasé las ejecutorias tanto de estudiante como al ejercer la facultad. Mis progenitores en ambas líneas, hasta la cuarta generación, han sido labriegos o hidalgos de solar, según los caprichosos avatares de Fortuna, mas siempre castellanos, y sólo con eso quedan ya probadas sus cartas viejas.

Hipótesis quinta

¡Y qué majadero he sido y cuán ruin es la memoria del anciano! El dictamen, aquel dictamen...

¿Por qué tendría yo que falsearlo? En situaciones harto peores para el reo certifiqué que podía seguir soportando el tormento sin peligro de vida. Ya no me queda duda alguna de que ese dictamen fue la ejecutoria donde yo firmé mi propia condena. Y yo fingiendo hipótesis sobre mi adorada esposa, devanándome el cerebro. ¡Ah, viejo caduco y cómo has de abrasarte en el Infierno y te han de hacer mofa los diablos trampantojos mientras te irrigan con sus cristales!

Tres, cuatro, cinco años habrán transcurrido. Flacos son los recuerdos inmediatos en el anciano... Él era un mancebo gallardo. Desnudo hubiera podido pasar por un dios griego. ¡Confiesa, confiesa, viejo chocho que también hubieras deseado sodomizarle a él como a tu esposa...! No, por muy abyecto que me considere ahora, mentiría si salpicase mis recuerdos con la lujuria. Fue más bien la compasión. La pena embargó mi espíritu, anulándome el razonamiento, pues nada se me debieran haber importado a mí sus penalidades ni era yo el causante de las mismas. Como en las anteriores ocasiones, mi dictamen versaba únicamente sobre si el varón era o no circunciso, y por su dios que él lo era por más que la operación hubiese sido realizada con sumo esmero y ni la menor huella de cicatriz ostentara el prepucio. Mas el muchacho lloraba y se me aferraba a las manos de aquel modo tan lastimero;  me imploraba que nada tenía él que ver con las creencias de sus padres; jurábame por el Dios verdadero su fe católica y llamábame padre... Padre, a mí que siempre deseé tener un hijo como él, pleno de vida... Y allí estaba postrado de hinojos, suplicantes sus ojos azules, en tanto yo imaginaba su cuerpo de efebo lacerado por el tormento, retorcidos por el dolor sus nervios y suaves músculos.

Y mentí y dictaminé en falso, a pesar de los juramentos, no sólo en lo que a su carácter de varón circuncidado se refería, sino además en una por mí imaginada debilidad de su corazón para soportar el suplicio. ¡Que Dios me perdone y le tenga a él misericordia por darme tan mal pago!

Hipótesis sexta

Estando ya mi alma sosegada y presta a reconocer sus culpas en el perjurio y falsedad del dictamen emitido, así como, por si se me acusare del otro delito, en la incitación al placer a mi esposa en el fornicio con delectación pecaminosa y aun contra natura, otra duda me obliga a levantar del lecho y a nuevamente empuñar la pluma.

Conozco al doctor del Villar desde que ambos vestíamos los hábitos de estudiantes en Alcalá y aunque nuestros pareceres, en tocando a la facultad, siempre han sido encontrados, nos ha unido desde antiguo una estrechísima amistad. Aquel día, sin embargo, la cotidiana discusión lindó con la disputa, terminando por convertirse en acerbo enfrentamiento. Fueran los generosos tragos de vino con que regamos la comida; o bien fuese la calina del día, propicia a los humores coléricos, lo cierto es que si no llegamos a las manos, debióse tan sólo a nuestra condición de hidalgos.

Grandes trabajos exijo a mi flaca memoria para que reconstruya lo acontecido, mas conociendo a mi camarada y tal vez acusador, fácil resulta imaginar que debió originarse por nuestros encontrados pareceres respecto a los órganos y sus potencias rectoras. Suele sostener, en efecto, mi colega, trayendo para ello a cuento a interminable caterva de filósofos antiguos y modernos, que nuestros órganos están determinados por sus funciones y que el centro y motor de toda esta máquina reside en el corazón. Argumentando yo aquella jornada fatal en contrario, y queriendo llevarle, mediante ejemplos como el de los sentidos corporales, a que las funciones resultan de la sola disposición de los órganos (dáñese el ojo y desaparecerá la vista), vinimos a parar en cuál sea el centro rector de nuestro organismo. Y como, con las Sagradas Escrituras en la mano, él insistiera en el corazón como único asiento del ánima, repliquéle yo no sólo con aquellos autores que él mismo esgrimiera en la anterior ocasión (como Aristóteles y Averroes o el más reciente Huarte de San Juan), sino con la experiencia cuotidiana que nos enseña cómo son los golpes y lesiones en la cabeza los que causan toda suerte de descontrol en las funciones y en la dirección oportuna, cabal y ajustada de los órganos; quise referirme, a mayor abundamiento, a las obras del doctor Cardoso e incluso de los justamente afamados Vallés y Laguna, cuando con gesto adusto me interrumpió. Despedían sus ojos un fuego que jamás hasta entonces había observado en él; sus palabras traslucían el desprecio y el oprobio. En estos o muy parecidos términos vino a parar nuestra en mala hora iniciada polémica:

_Tate, tate. Téngase vuestra merced, que ya le voy conociendo y con cuanto me tiene dicho es más que suficiente para columbrar de qué paño se ha hecho el traje.

_No entiendo _respondí yo con la cólera subida al rostro_ eso del paño y del traje que decís. Mas, antes de explicarlo, sabed que no soy hombre capaz de soportar una afrenta, ni aun de su mejor amigo.

_Pues yo no quito nada a lo dicho, y ya que estoy en vuestra casa y débome a las leyes sagradas de la hospitalidad, sólo me resta dejaros con un consejo en boca de mi admirado maestro, el doctor de la Cámara: “que a la melecina sin metafísica no la llame vuesa merced de aquí en adelante medicina, sino metamelecina”).

_Consejo por consejo _respondíle yo, mientras, embozado ya, se dirigía a la puerta_, cuando queráis sanar una gota sin que los astros se enteren y os molesten, cerrad la ventana, tal y como hiciera el doctor Vallés.

En estos y parecidos términos finalizó nuestra disputa mas, concluido el verano, volvimos a tratarnos como si nada hubiera sucedido entre nosotros. Quién sabe si mis argumentos no rozaron o cayeron de lleno en lo herético, ignorante como soy de estas sutilezas y disquisiciones. ¿Habrá sido capaz mi amigo de denunciarme? Cuan vil e infecta se me va haciendo tanta sospecha. Al cabo tenía razón mi viejo camarada. En mí mismo está la prueba de que no puede darse una ciencia pura y alejada de las otras. Mi soberbia y testarudez han sido la causa de mi ruina. Tarde entiendo que quien abandona la sagrada tutela de las ciencias divinas y fía únicamente en sus sentidos termina por girar y girar, cual un asno ciego en torno a la noria, sin hallar nunca la salida del laberinto en que su desmedido orgullo le introdujo. Estoy muy cansado. Debo dar algún reposo al espíritu. Mañana trasladaré estas notas a una confesión general y aguardaré con serenidad el veredicto de mis jueces.

 

Conclusión que anula todas las hipótesis

No había sino empezado a escribir mi confesión cuando una a manera de inquietud ha comenzado a rondarme. Tratábase al principio de algo difuso, como un presentimiento: por algún motivo ignoto yo no debía seguir escribiendo esta relación de mis pecados, un no sé qué me indicaba que ello era imposible. Repentinamente la luz ha entrado como un turbión en mi cerebro, he rasgado en mil pedazos la escritura apenas comenzada, me he motejado de viejo mamarracho y aun he estado a punto de darme de calabazadas contra estos muros.

¿Acaso no comprendes, viejo majadero, me he dicho, que si hablas arrastrarás al infortunio a otros desdichados? Aquel o aquellos que te hayan sido fieles serán acusados por ti mismo, por tu propia confesión. Hola, hola, dirán los Señores Inquisidores, aquí se afirma que el reo pronunció frases contra el dogma en presencia de su amigo y colega doctor del Villar, y éste no lo denunció; fautor de herejes tenemos... Y así tu joven esposa, el bello circunciso que te diera el nombre de padre, cualquier nombre que salga de tus labios o que permanezca escrito por tu pluma será un acta de acusación contra el infeliz que te hubiera sido leal. Y tú, en pago a su fidelidad, le acusarás de no haberte denunciado, le traerás a estas mazmorras y le cubrirás de cadenas... Sin duda el aire viciado de este antro te había corrompido el cerebro hasta llegar a idear el infortunio de cuanto son más gratos a tu alma.

      Pobre anciano chocho, ¿no sabías que en estos tiempos no se puede hablar ni callar sin peligro? De cíngulo no careces y las rejas del ventanuco son sólidas... Después, que Dios se apiade de tu alma.

(Publicado en la revista Cuadernos Hispanoamericanos, noviembre 1985)

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EL ABRIGO VERDE

A mi madre, a todas las madres

de la posguerra, mártires

del sistema fascista,y a veces   

de la incomprensión de sus hijos.

Silenciosa, consumida como una pavesa y cose que te cose... A intervalos, más o menos  regulares, levanta la cabeza de su labor, deja de guiar con las palmas la tela y me mira a hurtadillas. Casi tanto como su hablar pausado _que quisiera ser amable y convincente_ me irrita su espíritu de sacrificio. Si, al menos, gritara, me amenazase con darme una paliza, con quitarse la zapatilla...

Ella, no. Con su aspecto de mosquita muerta consigue que termine por sentirme culpable y odioso. Hijo, anda, tómate la leche, te he puesto tres cucharadas de azúcar, muy dulcecita, como a ti te gusta. Aún no se ha enterado que yo odio la leche azucarada, que me resulta empalagosa hasta la arcada. Pero, Pedrín, si fuiste tú quien me dijiste que te le pusiera así. Nunca se da cuenta de nada. Es un ser absolutamente  negado para percibir cuándo pides algo sólo por fastidiar, porque ya estás hasta la coronilla de todo y tu mayor satisfacción consistiría en observar cómo se derrumba el mundo y nos aplasta a todos, la primera a ella. Hijo, de dónde voy a sacar yo canela ahora, a ver si tuviera un poquito la vecina.

Ni Manolo ni Lucas ni el propio Godino son así. Seguro que ellos no pensarían estas cosas, y menos un día como hoy. Al revés. Ellos tendrían muchísima pena y llorarían, llorarían y llorarían sin más, lo mismo que cuando le da por llover. Yo siempre tuve que ser diferente, perverso, aunque las vecinas no se hayan enterado; pobrecillo, tan chico y sufrir una desgracia así, la peor que te puede enviar Dios. Con lo que quería a su madre... Si, al menos, lograse cerrar los ojos y no acordarme de nada, calladito igual que el reloj, que la máquina de coser, que ella misma. Y no escuchar ese runrún devuelto desde la tapa del ataúd: qué va a ser de la pobre criaturita sin su madre. Mira que era mujer de su casa, hacendosa…

Suspira ahora la ardillita de pelo cano y vuelve a su trajín. Enhebra la aguja, inclinando mucho la cabeza cual si buscase algo, y el traqueteo de la máquina me sobresalta al pronto, luego me acuna.

Hace nada, todavía me encantaba jugar con la máquina de coser.  Colocando los barquitos de papel entre las rejillas del anchuroso pie, se podían fingir tempestades, naufragios, aventuras. Bastaba con girar la rueda mayor, la de los radios quebrados, para que se elevaran o abajasen los navíos a mi único arbitrio. Ahora la odio. La cadencia del pedal, el repiqueteo de la aguja, el silbo de la canilla y el trote descompasado de la bobina me resultan repulsivos. ¡Si lo supiesen estas vecindonas que tanto me compadecen! Como tú, ¿por qué tenías que estar siempre tan pendiente de mí?

Pedrín, acércate al brasero, ahí te vas a quedar helado. A punto estoy de responder algo desagradable e hiriente, algo así como ojalá, a ver si me muero de una vez, o una cosa aún peor, que ni siquiera me atrevo a pensar. Aprieto los labios a tiempo y únicamente emito un gruñido, siempre sin levantar la vista del libro cuya lección de no sé qué que finjo estudiar con ahínco.

Un repeluzno me recorre los hombros y miro con envidia hacia la mesa de camilla, apenas a un par de pasos de mi rincón. Si me acercara sigilosamente a lo mejor no se daba cuenta. Entonces podría arrebujarme en el amoroso abrazo de sus faldas; remover el brasero hasta que las chispas del picón, refulgentes cual un millón de ojillos sanguinolentos, me obligasen a retirar los pies, incluso la silla. Bonica es ella. Sí que tardaría mucho en notarlo. Antes de estar yo sentado a la camilla ya se estaría frotando las manos con disimulo, sonriéndose como una conejita satisfecha de que su gazapo retornase al encierro.  No te preocupes, no, no voy a darte ese gustazo, ni por todo el oro del mundo me arrimo yo a la mesa.

Hijo, mira que las ganas de pasar frío teniendo un buen brasero ahí mismo, muerto de risa. Si no lo hubiera...

Ante mis exabruptos _no me molestes, en esta casa no hay quien estudie, si me suspenden mañana será culpa tuya _torna a encerrarse en su actitud de tortuguita sumisa, sufrida, cose que te cose, tan menudilla ella que, se diría, va mermando por momentos.

Papá me pasa el brazo por encima de los hombros, me aprieta el derecho con sus dedazos de garfio y entonces caigo en que también está aquí él, silencioso. Quizá se encuentre a mi lado desde hace mucho tiempo. Desde que estamos contemplando la soledad del ataúd. O tal vez se haya sentado ahora mismo. Resulta tan difícil distinguir entre los minutos y las horas en la penumbra, con el reloj de pared parado...

Vuelvo a entornar los ojos y otra vez me acompaña la machacona melopea de la Singer. Baja mamá con gesto indiferente la palanquita del prensatelas y, repentinamente, la máquina toda se vuelve un caballo de cartón. Es muy hermoso, muchísimo más que los de la tienda de don Lucio. La cabeza y las patas son negras, relucientes y con esgrafiados dorados. El cuerpo es verde, no tan brillante. Ante mi admiración, ella sonríe y comienza a balancear su cuerpecillo consumido, tric-trac, tric-trac, se mece y se mece con la constancia y el empeño puestos en todos sus actos. Yo sollozo por dentro, sin gemido; ni siquiera me extraña que mis lágrimas broten de los ojos de papá, quien encoge los hombros en ese gesto suyo de resignación, las cosas son como son y no le ha sido concedido al hombre el poder desentrañarlas. En vez de llorar y patalear; en lugar de exigir exigir  explicaciones

a gritos, se me ocurre que a lo mejor ella también ha sido niña alguna vez y se le ha olvidado ya. La voz de mamá va chocando contra todas las paredes como un murciélago soliviantado: no, Pedrín, hijo, el caballo es muy altísimo, hasta podrías matarte si te cayeras; lo hago por tu bien, Pedrín, todo lo hacemos por tu bien y tú eres un desagradecido….

El desenfrenado galope se va convirtiendo en un trotecillo espacioso y desganado. Por el vano de la puerta van asomando sus cabezas, cubiertas con toquillas negras, las vecinas, una a una, por orden riguroso. Miran un instante hacia la amazona, se persignan, y cada cual hace su comentario a manera de oración, hay que ver lo bien que está, Jesús, Jesús, así tan de repente, y tan joven todavía, ella y yo somos de una edad, y esta pobre criaturita... Mamá hace un gesto principesco con la diestra y todas se transforman en estatuas. Se ensanchan y se funden los cuatro cascos en una parrilla bronceada, en tanto el cartón olvida la rigidez de sus formas conforme ella va estirando la tela con las palmas abiertas para impedir que se formen arrugas.

Todo parece haber vuelto a su ser primigenio cuando mamá alza la palanquita y extrae el maldito paño de la máquina. Haciendo pinzas con los dedos, lo suspende en el aire y lo contempla con el orgullo y la benevolencia del artista hacia su obra. Por Dios, no hables, no digas nada. Ya es bastante martirio imaginar la humillación de verme envuelto en ese verde moco, en esa pelusa indecente por ti mixtificada de lana inglesa; por favor, haz lo que tengas que hacer, pero que no se te ocurra ninguna nueva retahíla para justificar esta nueva indignidad.

No ignoro que eres maestra en ello. Mi memoria tendrá registrados un centenar, o más, de ejemplos de tu fabulosa capacidad para trocar la miseria, la vergüenza y la ruindad en esplendor y oropeles gracias a la magia de la palabra. El cartón forrado de tela para cubrir los agujeros de los zapatos salía de tu boca convertido en medias suelas infinitamente superiores a las de fábrica, ¡dónde va a parar!, precisamente estaban hablando el otro día por la radio de cómo esos plásticos tan fríos son los culpables de tantísimo reuma. Los remiendos multicolores en calcetines, fondillos y bajos de los pantalones ya no se hacían, qué va; corriendito se van a volver a ir por ahí, ni a propósito. Y qué decir de las cuartillas cosidas a guisa de cuaderno; de las infinitas ventajas del cuchillo de cocina sobre los sacapuntas, tan falsillos ellos que no duran nada; de las virtudes para el crecimiento del pan de higo, de las patatas con bacalao, del arroz con carterilla de azafrán, vaya usted a saber lo que le echarán a la tan nombrada paella valenciana

       

       Los compañeros estarán jugando al fútbol en la era del ahorcado o quizá hayan ido a bañarse al molino del sapo, aprovechando los postreros rayos del sol que llaman de los membrillos. Aquí sólo huele a iglesia y a humedad, será por las cortinas corridas, porque está todo tan quieto que se creería llegado el tiempo de las gachas y de las castañas.

Cuelga, flácido y yerto a la par, el péndulo del reloj que nos regalara abuelo. Y se me ocurre que algo tremendo ha debido de ocurrir para que papá olvide darle cuerda antes de acostarse. Noche tras noche se quita los zapatos, sube a la silla y va girando la llavecita de cobre con la gravedad de los actos trascendentales. Algún acontecimiento importante, sin embargo, ha debido trastornarle y por eso se distrajo de su obligación y ahora el  reloj calla como una simple caja de madera, y todos estamos serios y compuestos, abrazos, apretones de manos, cuchicheos. La caja del reloj resulta que se va ennegreciendo hasta brillar como el azabache, como la endrina; el tic-tac del péndulo ora se torna alocado espasmo de la aguja, ora balanceo sosegado de mamá  sobre su corcel, gargajo y ébano, sobre el que primorosamente va bordando cenefas, arabescos y bodoques con la delicadeza del miniaturista. Ríe mamá a carcajadas turbias y la boca de Godino se llena de agua al tratar de imitarla bajo las aguas del molino del sapo. Ella se lleva un dedo a los labios y, mientras todos enmudecen, desciende del reloj, lo estira hasta convertirlo en un capote de torero, verde rabioso, y proclama con voz de Dominus  vobiscum: este es el color que más se va a llevar la próxima temporada, miradlo,  miradlo en cualquier revista de modas.

Impresionados, callan todos y asienten.

De pronto, cuando ya me siento casi tranquilo, Godino emerge del agua con un brinco de sapo y, señalándose con el dedo, ordena: fijaos, fijaos, es el abrigo de su hermana Luisa; Pedrín lleva el abrigo verde de su hermana Luisa. Palmotean, brincan y se rascan como monos mis amigos. Se diría que un mal demoníaco les ha poseído, porque, sin hacer caso de mis protestas mudas ni de mis amenazas con ambos puños cerrados, danzan y danzan al compás de una horrible cantinela:

Con el buche de un loro,

por ahorrar paño,

le han cortado un zamarro

pa todo el año.

Y si no llega,

y si no llega,

del sostén de su hermana

cogerán tela.

A punto de lanzarme contra ellos a vida o muerte, noto la mano del papá apretándome el brazo y zarandeándome con dulzura. También sus palabras quieren ser acogedoras, tus amigos, Pedrín, que te vienen a dar el pésame.

Me parece que todos ellos _trajeados,  circunspectos, te acompaño en el sentimiento_ representan su papel muchísimo  mejor que yo. En mi desconcierto,  retengo, fuertemente apretada la mano de  Godino, quien se inquieta por lo imprevisto de mi reacción, y con disimulo intenta soltarse. Al fin lo consigue, y mientras todos se marchan a jugar al fútbol a la era del ahorcado o a bañarse en el molino del sapo, yo vuelvo los ojos hacia la caja de caoba donde mamá, tan  plácida y humilde como siempre, reposa  cual si nada de nosotros le importase.

        (Publicado en el diario Liberación,  19 de marzo de 1985)

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El tesoro

A la memoria de Yolanda González,

  estudiante asesinada por los fascistas,

 a la de todas las víctimas de la sinrazón

 

Ahora que todos duermen, despacito, sin hacer ruido, debería llegarme hasta el taquillón donde papá guarda sus cosas y cogerle una chispa de picadura: "Te lo juro, que me muera ahora mismo si mañana no te traigo más de medio cuarterón", le prometí hará más de un mes.

Si no, corriendito se le iba a ocurrir cambiarme sus tesoros. En lo más hondo de la roca que hay a la entrada de nuestra gruta secreta dice que lo encontró. Aunque el primo Andrés es tan fantasioso, tan trolero, que entonces no le creí ni un sola palabra. Pero daba igual que la historia fuese un cuento. A mi sólo me preocupaba la manera de apoderarme de aquellos cristalitos, ojos de cangrejo o lo que fuesen. Y eso que entonces desconocía su secreto. "Anda, primo, cámbiamelos. Te doy lo que quieras por ellos..."

Desde el primer momento me recordaron el brillo de los ojos de mamá cuando estaba contenta. Y también el aroma de las figurillas de caramelo _un barco, una bandera, un aeroplano _ que ella me haría, quemando azúcar, en cuanto acabase de limpiar las lentejas.

Eso del olor me extrañaba un poco. Como todavía ignoraba que fuesen mágicos, se me hacia muy raro que unos trocitos de vidrio (y yo, dijera lo que dijese primo Andrés, estaba seguro de que sólo eran eso) pudiesen oler a algo.

Mi primo continuaba contándome su aventura con voz cansina de persona mayor:

_...y las pinzas serian del tamaño de nuestras tijeras de cocina y las movía muy despacio, mirándome bien fijamente con esos extraños ojos suyos….Apuesto a que tú también te habrías quedado hipnotizado si te mirase un cangrejo con dos ojos brillantes, uno amarillo y el otro azul...

_Los cromos de soldados y el acerico con todos sus alfileres de colores...

Igual que quien oye llover, el primo Andrés seguía dale que te pego con su cantinela:

_Yo no sabia cómo atacarlo. El palito que siempre llevo, ya sabes, ese que me sirve para hurgar en sus escondrijos y hacerles salir, se partió nada más meterlo. Zas, en un momento lo convirtió en dos cachos como si fuese una cañita de trigo. Imagínate: cualquiera metía los dedos en el agujero, el muy bestia era capaz de hacértelos puré. Más de media hora estuve pensando el plan hasta que se me ocurrió lo de asarlo en su propio horno...

De esta noche no pasa. Primero los miraré un poco, sólo un ratillo y enseguida le quito a papá el tabaco. Total, a él no le importará mucho, con todo el que le regalan...El tío si que lo debe  estar pasando fatal, allí  en el presidio, solo, sin poder siquiera entretenerse con un cigarrillo También por eso debo quitarle un poco de picadura a papa ...

Más se cablearía mamá si se enterase  que ando con el aceite y con las mariposas que ella guarda para su san José. Siempre dice que, por muchos hijos que tuviera, a todos les pondría José, como a mí. Pero eso no debe poder ser. ¿Cómo nos iban a distinguir en la escuela si hubiese cuatro o cinco José Caro García? A lo mejor nos ponían un número, igual que hacen con los Papas y los reyes. Aunque reyes ya no va a haber más. Papá dice que se les ha acabado el cuento porque son unos pusilánimes y nefastos para nuestra historia, cosas que deben ser pecados muy graves.

Tampoco entiendo bien por qué estos cristalitos únicamente son mágicos con la llamita de las lamparillas de aceite. Ya lo he probado con el sol, con la electricidad, hasta con el cirio de la procesión del Silencio. Y nada. Siguen teniendo lucecitas y destellos como las bengalas, como las candelas que prendieron para festejar el fin de nuestra gloriosa Cruzada. Pero sin magia.

 Si mamá no llega a poner en mi cuarto la capillita de san José para que papá no se enterase de que ella pedía por el tío Salvador, tampoco yo lo habría descubierto nunca. ¿Y el primo Andrés, lo sabría? Qué va. Enseguidita me los iba a haber cambiado entonces. Ni por la picadura para su padre ni por todo el oro del mundo. Soy yo mismo, que ya llevo siete noches viéndolo, y me parece mentira...

El primer día a poco me arranco los ojos de tanto restregármelos para convencerme de que no soñaba. Porque, aunque pareciese un sueño, era verdad. Yo me iba haciendo pequeñito, muy pequeñito, muchísimo más chico que una hormiga. Y lo mismo les pasaba a los demás: a mis padres, a los padres de la escuela, a Juan Pardales, con quien cambiaba las estampas a la salida...

Todos hablábamos y nos movíamos dentro de los cristalitos como Pedro por su casa, por más que a veces yo no entendiera muy bien ni lo que estaba haciendo ni mis propias palabras. Se parecía algo al cinematógrafo. Algún día lo harán en colores, con más claridad y estando tú dentro de la pantalla, muriendo y fijándote en cómo te mueres, tirándote al agua y viendo tan claramente tu salto como si fuese el de otro. Tal vez sea un misterio y yo no deba intentar comprenderlo. El padre Segismundo siempre nos recuerda que constituye un pecado muy grave de soberbia intentar comprender los misterios Ahora mismo soy y no soy a la vez, porque me estoy convirtiendo en un barquito de azúcar quemada, más chico que la  cabeza de un alfiler, que juega a trazar bordadas. sobre la arena de la playa. El piloto está asombrado porque tiene un cuchillo clavado entre los hombros, y recorre la cubierta con las prisas de una bola de billar y la torpeza de un piloto con un cuchillo clavado entre las paletillas.

Con sonrisa indulgente y sin un mal gesto, el piloto se arranca el cuchillo para convertirse en la madre del primo Andrés. Intento decirle a la tía Dorotea que se conserva muy bien, que parece mentira que tenga ya más de setenta años y ella, achinando los ojos con pícara dulzura, me impone silencio y me dice que saque una carta del buzón donde reza: José Caro García, abogado. Tumbado en el sofá de mi despacho, leo la carta. "Tu primo, hijo, que ha muerto. La debilidad y los sufrimientos que se le han agarrado al hígado. Y ya ves tú, hijo, que a mi me daba no sé qué mandarte estas niñerías. Digo, a un hombre tan bien situado como tú enviarle dos cristalitos... Pero estaba tan malica la criatura y me insistió tanto, que tuve que hacerlo. Qué lástima, tan joven y tan malico. De un tiempo erais, hijo, de un mismo tiempo: cuarenta y cinco los que hubiera cumplido en el próximo mes..."

Sin venir a cuento ha desaparecido la tía Dorotea, dejándome con la sorpresa en la boca.

         Sobre las arenas de la playa fulgen dos cristalitos _azul turquesa y caramelo- no mucho mayores que la uña de mi pulgar y tan perfectamente redondos como dos botones transparentes, de irisaciones cambiantes.

Papá me reprende severamente nada más emerger del cristalito de caramelo para zambullirse en el fondo del océano:

_No quiero verte más con el desgraciado de tu primo. Como yo me llegue a enterar que pones los pies en esa casa, te ato a la pata de la cama y no vuelves a pisar la calle hasta el día del Juicio Final.

Intenta decir algo mamá desde los temblores de su rincón, pero papá, que se ha arrancado los ojos para colocarse en su lugar los dos vidrios radiantes, impone su autoridad. Cuando papá quiere imponer su autoridad, da unos saltitos muy ridículos, como los de un banderillero rechoncho y calvo que citara a un toro que lee el peri6dico acuclillado sobre sus cuartos traseros. Los grititos de papá recuerdan también a los de la compañía de marionetas que actuó el otro día en la plaza de toros y a los del papagayo de El Largo:

_Tú te callas, ea, tú calladita, ¿te enteras? A limpiar tus lentejas y a no meterte en cosas de hombres. y lo mismo que al chico te digo: cruz y raya. Esa familia como si no existiera, como si se la hubiese tragado la tierra. Pachasco sería que me jugara yo mi posici6n por un sinvergüenza sin dios, por un mas6n excomulgado.

El espíquer es un mago y también un loro y también papá y también los cuarenta cristobitas. Por eso hace cosas de mago y habla como papá, como el loro de John Silver, como el espiquer que lee los partes de guerra:

_Hoy es un día grande para esta villa y también para nuestro glorioso Ejército, queridos niños, queridas niñas. Un pendón desorejado, una cualquiera. ¿De d6nde te crees que salen los paquetes que lleva tu hermanita al hereje de su marido? Piezas de a ocho, guineas, doblones. Conducidas por nuestro invicto Caudillo, hoy os presentamos un espectáculo único, y un gran frasco de ron. Porque a estos manirrotos no les han quedado ya ni macetas, poniendo en vergonzosa fuga al enemigo,  quince hombres en el cofre del muerto. Sólo unos reductos desesperados e insignificantes, abrumados por el peso de un vulgar corredor de vinos, pues no eran ellos nadie, un espectáculo que ya ha triunfado en Roma y en Berlín , junto con Madrid las capitales de la nueva e imperial Europa, sobre quien caerá el peso de nuestra gloriosa Justicia para, que venga pidiendo árnica ahora, ahora después de haberme despreciado. En primer lugar, queridos niños, queridas niñas, nuestra compañía mundial de nefandos crímenes, digo los hijos del Doctor Santos de Escobar rebajarse, un espectáculo sin igual, y ahí los tienes, el diablo y el ron hicieron el resto, viva Franco, doblones, guineas, dejando a su hijo tirado como una colilla,  Arriba España, que terminará siendo carne de presidio como el pirata de su padre...

Saludando a la chiquillería, que aplaudimos a rabiar, el mago ya sólo es un mago. Al dar unos pases con su varita, la playa, los acantilados, se mudan en una plaza de toros; el mar, parsimoniosamente, se va alejando hasta convertirse en un cuadradito colgado en nuestro cuarto de estar.

_Esta historia, queridos niños, queridas niñas, comienza en el año de mil setecientos, en una posada llamada Almirante Benvow. Fijaos bien y podréis ver en su puerta a un niño que observa cómo se acerca por el camino de los acantilados un viejo lobo de mar, renqueante, arrastrando una carretilla en la que lleva su pesado cofre de marino…

 Primo Andrés contempla con tristeza ausente cómo se va aproximando, a saltitos ridículos, papá: hasta la puerta de la posada y, una vez allí, comienza a estirar su  baúl hasta convertirlo en un mantel sobre el cual relucen dos preciosos cristalitos.

_Son las lágrimas de tu tía, pero a tu padre le van a ahorcar por pirata y tu madre es un pend6n desorejado _aclara papá.

Todos los cristobitas alargan sus cuellos sobre el tenderete, todos menos el tío que, encerrado en su jaula, silba una marcha foránea y bolchevique. Luego, se desgañita gritando: "Al refugio, al refugio, ha sonado la alarma". Pero nadie le presta ninguna atenci6n.

De improviso, primo Andrés da un salto, empuja con ambas manos a papá y se apodera de las cuentas de vidrio. Cuando las furiosas marionetas lo rodean, Andrés comienza a soplar y soplar hasta que todas desaparecen y la plaza de toros vuelve a ser los acantilados bajo los cuales el mar ruge, ronca o resuella como el pecho de un viejo pirata.

Andrés ostenta entre sus dedos uno de los trocitos de vidrio y todo el mar _con sus olas de añil y su cascabeleo de espumas nacaradas_ corre a refugiarse en su interior al igual que los murmullos se escondieran, tiempo ha, en el fondo de las caracolas.

_Te doy lo que quieras, hasta el balón de reglamento con boquilla y todo.

Andrés persigue ahora una nubecilla cárdena cual si se tratara de una gaviota que, bajo la pradera azulada, huye de los disparos antiaéreos.

_Te doy también la peonza y la cantimplora de papá, esa que tiene el boquete de la bala. Te doy hasta la careta antigás.

_Picadura _ y la vocecita de primo Andrés, en su aparente letanía, lleva un no sé qué de ahogo, de bisbiseo de la madre ante el féretro de su hijo muerto a los cuarenta y cinco años.

_Un poco de picadura. Allí en la cárcel no le dan nada, y tu padre seguro que ni lo nota. Vosotros no echáis nada en falta. Y yo sólo tengo estos cristales mágicos, pero te juro que mañana mismo te los doy a cambio del tabaco...

Al arrojar la carta en la papelera de mi despacho, me pregunto de dónde demonios habrá salido ese ramo de rosas rojas que yace tristemente en el suelo. Seguramente algún cliente despistado que se las ha enviado a mi señora para felicitarme por mi cuarenta y cinco aniversario.

 

(Publicado en la revista conmemorativa del 50 aniversario del IES VALLECAS I. Diciembre de 1990)

 

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Los milagros que tú hagas…

A la memoria de mi padre.

    Siempre que quería descalificar a alguien, papá dejaba aquella frase flotando en el aire... Fuera tras escuchar por la radio el discurso de cualquier político, o bien cuando se comentaban en el bar el temple y el valor de la nueva promesa taurina local, papá achinaba maliciosamente los ojillos y concluía, como para acompasar el balancear de la cabeza: «ya, ya. Los milagros que tú hagas...».

        Era claro que se refería a que la persona en cuestión no podía hacer milagros. Normal. Los milagros son prerrogativa de dioses y santos, no de gente corriente y moliente. Entonces, ¿por qué lo decía siempre?

Así que aquella mañana decidí preguntárselo. Había sido una mañana infernal. Casi nos deslomamos persiguiendo a dos bandos y, cuando se levantaron, allá por los cerros de Úbeda, les tiramos por tirarles, por quitar las telarañas a las escopetas. Y encima el Pijotas (incapaz según padre de acertarle a un carro de heno) apareció, a la asomada del llano, radiante, con sus perchas atiborradas de perdices. Papá se puso de un humor de perros y se lo quitó de encima con algunas maliciosas alusiones a los carboneros, que luego me explicó.

_Sí, hijo, éste es el mayor chambón del pueblo. Un majadero que se las da de cazador, figúrate, cazador comprándole las piezas a los carboneros, así cualquiera... y encima presume. Como si no nos conociéramos. Venga, Pijotas, que los milagros que tú hagas...

_Pero, papá, ¿por qué dices siempre eso?

Nos sentamos a la sombra de unos robles, dejamos las escopetas en el suelo y papá, tras aclararse la garganta con un par de tragos de vino de la bota, comenzó su historia:

Pues verás, En Leñares del Monte, el pueblo de tus abuelos, había una vieja ermita dedicada a san Sebastián, nuestro patrono. Y sucedió hace muchos, muchos años, que la imagen del santo se perdió en un incendio que hubo y, claro, eso fue una gran desgracia. Porque hasta las aldeas más pequeñas tenían una imagen como Dios manda, mientras que nosotros éramos el hazmerreír de toda la comarca.

        Así que un frailecico, que era muy mañoso, se ofreció a tallar una estatua de san Sebastián, si los demás le daban la madera precisa.

Fue una comisión a hablar con el tío Rufino porque tenía en su huerto árboles para dar y tomar, y le pidieron que les cortara uno que no le sirviera.

El tío Rufino se acordó enseguida del ciruelo, un ciruelo viejo y seco que no había dado frutos en su vida, y lo cortó y se lo regaló a los frailes, diciéndoles, eso sí, que a cambio le encomendaran al santo, ya que él estaba tan ocupado con sus labranzas que ni tiempo tenía para ir a la ermita, y que además, con la madera sobrante (pues el ciruelo era muy hermoso) le hicieran un pesebre para su borrico.

Pasaron meses, años, y por toda la comarca corrió la fama de que en la ermita había una imagen muy milagrosa. Al tío Rufino le contaron cómo curaba ciegos, cómo había sanado a muchos que los médicos de la capital habían dado por incurables, y hasta había vuelto el habla a una mudita a quien todos conocían.

Así que el tío Rufino, que ya era muy viejo y tenía muchos achaques, decidió aparejar la burra para ir a la ermita y pedirle al santo que le curara sobre todo el mal de la piedra, que era lo más doloroso. Llegó a la ermita, se acercó tanto a la talla de san Sebastián que hasta empezó a tocarla y retocarla como si fuera otra cosa menos sagrada. Y entonces, ante el pasmo de todos los fieles que rezaban y pedían milagros, el tío Rufino se levantó y, a grandes voces, le dijo al santo:

Compadre san Sebastián,

del pesebre de mi burro

eres hermano carnal.

En mi huerto te criaste,

ciruelo te conocí

y fruto jamás te vi.

Los milagros que tú hagas

que me los cuelguen a mí.

 

(Tomado del libro: "Jesús Felipe Martínez,  El cuento popular español". Madrid, 1989)

 

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El borracho y la calavera.

(Recreación de varias leyendas y relatos de transmisión oral)

Cuentan que un día de Difuntos paseaban tres estudiantes borrachos por las afueras de una ciudad y que, en sus ideas y venidas, acertaron a pasar por delante de un cementerio.

Faltos de razón y de entendimiento como estaban, apostaron quién haría la mayor bellaquería en aquel lugar santo. Así que, luego de muchas burlas, uno de los estudiantes propinó un puntapié a una calavera con la que había tropezado y le dijo:

_¡Mira que atreverte a interrumpir mi camino, so pelona! Bueno, pues por ser tan osada te invito esta noche a cenar. A las doce en punto. No faltes, ¿eh?

Siguieron los estudiantes su francachela sin volver a parar mientes en el percance. Se despidieron alegremente; cada cual se retiró a su casa y el que había dado el puntapié a la calavera dormía ya los vapores del alcohol, cuando se oyeron unos golpes tremendos en la puerta.

_¿Quién va? _preguntó el criado desde la habitación contigua.

Mas, lejos de responder, volvieron a retumbar los aldabonazos en el silencio de la noche.

Amoscado, pensando si no sería alguno de los camaradas de su señorito, el criado bajó a abrir. En el umbral sólo se vislumbraba una silueta negra, tan negra como la noche, que preguntó con voz profunda:

_¿Está el señor en casa?

_Pues... sí... A estas horas...

_Dígale usted que está aquí a quien convidó esta noche a cenar.

Subió el criado como alma que lleva el demonio a los aposentos de su amo, lo despertó y le contó el extraño suceso.

_¿Tú estás loco o desvarías? _dijo el estudiante.

Pero, ante la insistencia del criado, el joven hizo memoria. Y recordó lo que le aconteciera en el cementerio. Entonces se levantó, se vistió y mandó al lacayo que hiciese pasar al desconocido.

     Una vez dentro, a la luz de los candelabros, vieron que el convidado era una estatua de color azabache. Y mientras el criado temblaba como azogado, el señorito ordenó que le pusieran de cenar de todo lo mejor que hubiera en las despensas: perdices, confituras y frutas de todas clases, regadas con los mejores vinos. Mas la estatua, sin probar bocado, dijo:

_Aunque nada de esto me está permitido comer, he tenido sumo placer en acudir a su casa. Ahora me toca a mí el convidarle a mi mesa. Mañana, a la misma hora y en el mismo sitio donde hoy nos hemos encontrado.

             

Al día sirviente, el estudiante contó a sus amigos lo que había sucedido. Al principio, ellos se burlaron diciendo que el vino le hacía ver visiones, que todo lo había soñado... Mas cuando el criado, entre sudores y aspavientos, ratificó las palabras de su amo, los estudiantes dijeron que estaba loco, que ellos no acudirían a semejante cita ni  por todo el oro del mundo.

Enterado el cura del pueblo del suceso, llamó el estudiante y le dio una reliquia para que se la pusiera al cuello, encareciéndole mucho que no la olvidara, ya que sobre aquella reliquia no tenían poder ni las ánimas errantes.

Conque aquella noche se dirigió el estudiante al cementerio. La frialdad de las losas de mármol, los cipreses cuyas cúpulas se perdían hacia el silencio de las estrellas le hacían sentir el frío de noviembre en los huesos. Y su miedo se hizo aún más profundo cuando la puerta del osario comenzó a abrirse sigilosamente, como si sus goznes girasen sobre el aire.

En el centro de aquel panteón había una mesa de alabastro, iluminada por ocho candelabros, y a la cabecera de la mesa la estatua, que le dijo:

_Esta es tu casa. Pasa y siéntate.

El estudiante, temblando, se sentó..

 _Come, hombre, come _le invitó la estatua.

Pero todo lo que había para comer era un plato de ceniza. El estudiante lo miraba sin decir nada, intentando evitar que sus temblores se convirtieran en convulsiones.

_¡Qué te pasa? ¿Es qué hoy no tienes apetito?

El estudiante seguía mudo, incapaz de controlar sus músculos.

         Al  cabo, la estatua fijó en él sus ojos rojos como dos ascuas candentes y1e dijo:

_Así aprenderás a no burlarte de los  muertos ni a profanar sus lugares de reposo. Y conste que si salvas tu vida esta noche es gracias a la reliquia que llevas colgada al cuello... Anda, marcha y no olvides nunca esta lección.

Pero el estudiante, sintiéndose muy enfermo, se metió en la cama nada más llegar a su casa. Y a los tres días, expiró.  

(Tomado del libro: "Jesús Felipe Martínez,  El cuento popular español". Madrid, 1989)

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La bruja

De mis tres tías solteronas y carcas, Flora era la más presentable.

En las tardes  más tórridas de aquel verano del 52 en que yo había aprobado la reválida de grado elemental y, por tanto, era ya don, me gustaba sentarme bajo el emparrado del patio de su caserón.

Y mientras tía Flora seguía bordando su interminable ajuar que nunca utilizaría _mira qué primor de sábanas me están quedando, será para la primera de tus hermanas que se case, sabes ya algo de sus relaciones, no, pareces bobo, hijo, nunca te enteras de nada_ me contaba historias de aquel pasado que era su único cordón umbilical con la triste existencia.

Tía Flora debía quedarse soltera porque su novio _aquel para quien había comenzado a bordar su  dote_  tuvo que salir de España al acabar la guerra porque era un masón, sí hijo, tampoco yo sabía entonces que existieran  unos seres tan perversos , hasta prácticas diabólicas con Nuestro Señor, quién me iba a decir que Julio Meléndez con lo formal y lo culto que era practicase aquellas aberraciones, pero, ya ves, hijo, con lo que yo le quería, y  como me dijo don Carmelo cuando le confesé que nos habíamos besado (tu ya eres un hombre para saber ciertas cosas), pues eso, que  en el pecado llevaba la penitencia  y que, ya que ningún mozo me pretendería, que ejerciese  mi carrera de maestra y siguiese bordando para  ofrecer a la Virgen reparaciones por mis pecados de concupiscencias, no seas bobo, lo de habernos besado  tres o cuatro veces en el paseo, que vas a hacer que tu tía se ponga colorada a sus años con esas preguntas tan procaces.

            Claro, así es como empecé a ejercer. Más que nada por  no desairar a don Carmelo, para distraerme y  librarme de ese reconcome que a veces me subía como un sofoco cuando se me presentaba ese castigo de Dios. Tenía que distraerme con esas criaturicas.  Ya que yo no iba a tener ninguna...

 No te puedes imaginar cómo era aquel poblacho donde me dieron mi primer destino. Mira tú lo que son las cosas, le guardo cariño.

A eso iba, no me atosigues. En  aquella escuela estaba la pobre Nemesia a la que iba a referirme, la bruja. 

No sé exactamente,  se trataba de una escuela unitaria de los seis a los  catorce años. Andaría por los diez  o los once la zagala. A sus padres les habían dado el paseo nada más estallar el Glorioso Movimiento. Unos rojos de cuidado. Y la niña  había heredado los poderes de la madre, bruja y perdularia como todos los  rojos de su ralea.

            Que yo sepa no tenía más parientes. La había recogido el cura, un santo era don  Segundo.

En la clase, de las más aplicadas, y muy lista , lista como ella sola.  Leía la enciclopedia  de corrido, te recitaba sin trastabillarse los cabos y golfos de España o todas las posesiones de nuestro Imperio con Felipe II y era la primera en pedirme más cuentas, porque las acababa en un pispás. Muy aseada y primorosa, cosa rara entre aquella gentucilla y para no haber tenido principios. En todo ese año tuve que  aplicarle la férula, ni siquiera levantarle la mano una sola vez.

No, no tenía ninguna amiga, siempre sola como la una. Ni en el pueblo ni en la escuela se le acercaba nadie: la temían. Decían que había heredado la brujería de su madre, de la que contaban y no paraban. Hasta que no lo vi con mis propios ojos tenía aquello por habladurías, cosas de  los  incultos de aquel poblacho dejado de la mano de Dios.

El frío tan espantoso que hacía en aquella escuela no  te  lo puedes ni imaginar Todavía hoy  me da  la tiritera  sólo con acordarme.  Sólo un aula,  una nave  larga como un día sin pan y para calentarme  únicamente el miserable brasero de picón que había debajo de mi mesa. Percudidas de cabrillas me tenía las piernas  el dichoso brasero. Sí, hijo, peor aún lo pasaban aquellas desgraciadas, por mucho que  algunas fueran hijas de rojos y se lo mereciesen. Su único avío, una  estufa del año de la tana para la que las niñas tenían que traer cada mañana su brazada de leña. Ya me dirás  tú cómo calentar con aquel trasto esa destartalada clase de más de treinta metros de largo y con la mitad de los cristales rotos.  Las criaturas llevaban el cuerpo forrado de papeles de estraza debajo de no sé cuántas camisetas y camisas, estaban comidas por los sabañones y se vendaban las manos para poder escribir. Claro que, como me decía el camarada alcalde cuando yo  me quejaba,  eso también servía para forjarlas como madres de los héroes de la Nueva España semejantes a los que conquistaron Teruel  o ahora se batían en la estepa rusa contra los bolcheviques.

        Tienes razón, hijo, tu tía chochea. Estábamos en lo de la infeliz Nemesia.

La estoy viendo como si estuviese aquí delante, delgaducha, muy poquita cosa,  ni chicha ni limoná por delante y por detrás,  pero  con  unos ojos negros que te atravesaban como dos puñales cuando te miraba. No sé cómo podía traer locos a los zagales. Los tendría embrujados.

Creo que ya te lo había dicho, nadie se atrevía a propasarse delante de ella. Mucha personalidad.  Todo un carácter. Imponía lo suyo. Peor todavía  si alguien hacía a hurtadillas un comentario negativo sobre ella y ella lo escuchaba. Se  rebotaba como si la hubiese picado una víbora y  te taladraba con aquellos ojos de endrinas relucientes. Lo que son las cosas, cuando le ponderabas algún trabajo, toda la cara se le iluminaba con una sonrisa. 

A lo que íbamos. Debido a aquellos fríos tan espantosos, la criatura cayó enferma con un resfriado y estuvo varios días sin venir a escuela. Y cuando se incorporó la pobre parecía un alma en pena de lo delgada y desmejorada que estaba. Y ahí  fue cuando se organizó la marimorena.  

La culpa tal vez la tuve yo por mandar que me trajese el libro de Historia Sagrada y no haber hecho como que no veía nada cuando vi lo que vi. Haber sacado a otra a la palestra con cualquier pretexto. Sí, hijo, me refiero a que tenía que haberme hecho la longuis  cuando le pedí que lo abriera por la página donde se cuenta la profanación de la hostia consagrada por los judíos y  vi que se ponía como la cal. Pero me dio miedo porque supe que había pasado algo gordo, algo muy gordo, gordísimo.  Y no me quedó más remedio que  mandarle que se arrimara a mi mesa con su libro. No estaban los tiempos para componendas y me podrían haber acusado de desafecta o de peores cosas  de haber simulado que no había visto lo que había visto.

Ahora hasta me da pena al figurármela. Le temblaban las manos como azogada cuando me presentó el libro, y la negrura de sus ojos imponía.

Abrir el libro por esa página y comprender que aquello era una enormidad, una conjura  de enemigos de la Patria fue todo uno. Las cosas desvergonzadas y sacrílegas  que habían escrito y dibujado en los márgenes y espacios  en blanco de las hojas   no se pueden referir. Lo peor era el dibujo de  una piara de cerdos vestidos  con ropas de marineros, como los niños de primera comunión, recibiendo la Sagrada Forma que les iba a dar un cochino enorme con  sotana.  Figúrate qué sacrilegio.

Naturalmente,  cómo me iba a callar algo así. Sí que estaba entonces el horno para bollos. Ni  aunque no hubiera sido así, bonica es tu tía para echarse un pecado tan horrible sobre su conciencia. Inmediatamente di cuenta  a la autoridad y la muchacha se llevó todas las culpas. Como no podía ser de otra manera. Al fin y al cabo el libro era el suyo y, si no había sido ella la autora, sí era la responsable por no haberlo custodiado debidamente. Tan culpable  como si un soldado pierde su mosquetón, me decía el camarada responsable de Formación Patriótica. 

Qué quieres, hijo,  menos de lo que le hubiera correspondido en aquellos tiempos: una buena tunda en el cuartelillo para que confesase si alguien la había instigado, si pertenecía a algún contubernio judeo-marxista _pues aquella horrible y sacrílega blasfemia  parecía obra de una mente más adulta y perversa cuando no de una conjura de los enemigos de la Patria_, y luego la dieron su ración de aceite de ricino y la raparon al cero para que sirviese de ejemplo.  Figúrate,  escapó  casi de rositas gracias a que tenía un buen padrino, el alma de Dios de don Segundo. Seguro que Dios ya lo tiene en su gloria.

Quita, eso no fue nada si lo comparas con su crimen, además que  ella, con esa cara de no haber roto un plato en su vida,  no era trigo limpio. Y se vengó. Vaya si se vengó la muy bruja. 

      No me atosigues, hijo, mira que podéis ser impacientes la juventud.  Fue el  día en que, como todos los años, se celebraba la primera comunión en la iglesia del pueblo. Serían como diez o doce las que la tomaban aquel día por primera vez, y, como siempre, todo el pueblo había acudido aquel domingo a la iglesia de tiros largos. Qué bonitas eran aquellas comuniones y qué bien iban preparadas mis chicas...

Todos traían flores para adornar  las capillas, las señoras tan elegantes con sus mantillas y peinetas, los militares con sus uniformes, los civiles con sus trajes de gala y las medallas y condecoraciones que les habían dado por su valor en la Cruzada. La voz de los niños que habían comulgado el año anterior  flotando sobre las notas del órgano y aroma a incienso: Señor, ven a nuestras almas, que por ti suspiran, ven Señor.

Fíjate que  venían parientes y amigos de los pueblos cercanos y todas las calles por donde pasaría después la procesión estaban cubiertas con pétalos de rosas, y los balcones de las casas engalanados con banderas, mantillas, gallardetes  y estandartes.

             Todo iba tan requetebién como siempre: las criaturas recibiendo al Santísimo y volviendo a su sitio, modosas y recogidas, pero a la vez radiantes de felicidad por ser  ahora no niñas, sino  templos del Señor, como yo las había enseñado.

Hasta que don Segundo se inclinó sobre Claudita. Entonces la hostia salió disparada de su mano como si aquel santo que Dios tenga en su gloria la hubiese  lanzado adrede como quien tira una piedra a sobaquillo. Calla, calla, en mi vida he visto una cosa igual. En vez de los sones angelicales de Como el ciervo que a la fuente de agua clara va veloz,  del órgano salían gruñidos como de puercos, como lo estás oyendo,  el templo de Dios se había convertido en una zahúrda de Satán y sus acólitos infernales.

No, no mucho, sólo unos segundos. Aquella hechicería pasó tan rápido como había venido.

Como muertos. Nadie se atrevía  a coger el cuerpo de Cristo del suelo, hasta que llegó el Padre y con toda delicadeza y mimo la volvió a colocar en la patena. Luego, con los ojos repletos de lágrimas, nos dijo que había que suspender el Santo Oficio hasta que él hiciese penitencia por su imperdonable descuido y volviese a ser digno de ofrendar el Sacrificio. Así que todos nos volvimos a casa cariacontecidos y haciéndonos lenguas sobre lo extraordinario del caso.

            Al principio nadie le echó la culpa a Nemesia. No sé quién  trajo a cuento  los poderes de la madre, pero no parecía normal que una rapaza tan insignificante fuese capaz de tamaña monstruosidad.

Hasta que Petra, la hija de los Oquendo, la familia más rica del pueblo, lo confesó todo.  Su amiga Claudita había cogido el libro del pupitre de Nemesia y lo había llevado a la casa de  Petra,  y esta, que tenía unas manos primorosas para todo, había hecho los dibujos. Luego Claudita había vuelto a poner el libro en el pupitre de Nemesia.

Ya me  había chocado a mí la primera vez que la caligrafía  y los dibujos  pareciesen  obra de un profesional. Claro, ahora lo entendía. Petra ya era una mocica en edad de merecer y había sido la primera de su promoción, aunque, como era un poco feúcha, con la cara salpullida  y cargada de espaldas, los mozos no la rondaban, por mucho que su padre tuviese el oro  y el moro. En cambio, iban detrás de Nemesia como moscas a un panal, por más que ella los oxease como a las gallinas. Qué cosas, señor. Con lo insignificante y poquita cosa que era. Que  les habría echado algún embrujo de los suyos.

            Ellas dijeron que lo hicieron para darle un escarmiento, a quién va a ser, a Nemesia. Por lo visto,  sabían que  era de ideas masonas y judías y que  la habían sorprendido alegrándose por dentro cada vez que leían las atrocidades de los judíos contra nuestra fe, sobre todo la de aquel niño que habían crucificado como a nuestro Señor Jesucristo, y la del sacrilegio que hicieron con la  hostia consagrada cuando le clavaron un cuchillo y brotó sangre. También la habían oído gritar viva la masonería libertaria.

            Qué importa eso, hijo, tampoco yo sé muy bien qué es la masonería libertaria, pero no quise preguntárselo al camarada de Formación Patriótica no fuese a ser que, por manos del demonio, se enterase de lo mío con  mi Julio Meléndez y me  abriesen un expediente de depuración.

Serás bobo. Qué les iba a pasar a ellas dos. Al  contrario, habían obrado de buena fe  y como debían para  dar un escarmiento a una enemiga de Dios y de la Patria, como había demostrado cometiendo ese acto infame con el cuerpo de Cristo. En el pueblo todo eran parabienes por el comportamiento de Petra y de  Claudia, hija de  otro de los mandamases del pueblo. Además que en aquellos tiempos más valía pasarse de diligente que de pacato. La hidra enemiga estaba vencida pero no totalmente derrotada. Ni al más zoquete se le  hubiese ocurrido dudarlo. Quién si no iba a tener poderes para hacer una cosa así.  Y sus motivos. Además que luego muchos confesaron otras fechorías de la diablesa que hasta entonces  se habían callado por miedo a que se vengara de ellos. Qué elementa.  Como la madre. De tal palo...

Una enormidad de casos comprobados en los que había intervenido esa diabla que tanto te interesa. Más de uno y más de dos partos había  abortado el angelico, sí, precisamente, de las que denunciaron a su madre, y hasta el mal de ojo le echó al hermano de una compañera suya, haciéndole  tartaja y bisojo, y todo  por no  haberle prestado una aguja para sus labores. Menuda pieza estaba hecha la hipocritona. Ahora me alegro de haberla tratado bien. A saber lo que habría hecho con tu pobre tía esa endemoniada.

      No  estoy segura. Quiero recordar que don Segundo me dijo que se la habían llevado a un correccional hasta  que a  los dieciséis pudieran  meterla en la cárcel de menores. No, nunca más volví a saber de ella. Como mínimo  seis  años le  caerían ( si no  la castigó el Señor como se merecía) porque siete cursos después me dieron por fin el traslado y me vine a Leñares del Jándula y ni rastro de aquella bruja.

(Publicado en el número 87 de la revista República de las letras. 4º trimestre de 2004)

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Reválida de Cuarto

          _Ya eres don _me había dicho papá al comunicarle que había aprobado los exámenes de Reválida.

         Papá, tenía el laconismo soriano mezclado con unos ojos chispeantes que aumentaban la ironía prestada en Andalucía. Así que, cuando vio mi desconcierto ante su sentencia, achinó aún más los ojos grises y explicó:

         _¿No has aprobado la Reválida? ¿No eres bachiller? Pues entonces eres don _y me dio una palmada en la espalda.

Muchos años después leería que la palabra bachiller ha pasado al castellano, a través del francés, del germano, y que bachilleres eran los mozos nobles que ya podían montar a caballo, iniciarse como caballeros. Así pues, la palmada en la espalda de papá era el espaldarazo que confirmaba mi nuevo estado. Aunque las inquietudes de papá eran más vitales que filológicas. Así que se limitó a preguntarme:

_ Y bien, don Jesús, ¿hay alguna mocica con la que celebrar ese eventó?

Y, como vio que me sonrojaba, insistió con voz algo más tronante:

_No seas panfuí. A tus quince años ya había yo hecho mis bellaquerías en las eras. A ver si con tanto estudiar y leer me sales mariquita…

Aunque entonces me pareciese odiosamente ordinario, papá tenía razón. Yo me había graduado de bachiller, pero en lo tocante a faldas era un pardillo. Huérfano de madre desde los nueve años, hijo único y educado en un colegio religioso, mi idea sobre la mujer era tan pictórica como la que tenía de las jirafas africanas.

Había explorado con detenimiento la biblioteca de casa a la búsqueda de litografías de esas doradas doncellas desnudas. Especialmente los  cuadernillos de ilustraciones de Renoir, Gaugain , Modigliani  y Dalí me habían proporcionado sensaciones  tan estupendas como las lecturas de algunos fragmentos de La Celestina o  de obras de Knut Hansum.

Pero esas sensaciones, desde la más perentoria de Modigliani a la la más duradera de la doncella de Renoir con los brazos anudados a la cabeza y la oferta de sus senos, eran más que fugaces, esquivas. Pasada la euforia de ir recorriendo aquellos maravillosos cuerpos, aparentemente adormilados para que tú, príncipe, los despertases; apagadas las ansias de la búsqueda entre las páginas  de las descripciones eróticas, cuando se pagaba el tributo a la urgencia improrrogable me sentía entre aletargado y triste. Y no porque creyese las pamplinas de los curas sobre que me iba a quedar ciego o jorobado.

Aquello sólo duraba veinte minutos, media hora como mucho. En cambio con los inteligentísimos planes del Conde de Montecristo, en los recovecos de las selvas de Tarzán o de los islotes donde se refugiaban los piratas malayos  se me iban  las horas  muertas de todas aquellas tardes del verano de 1963 en que fui bachiller.

Un verano tan caluroso como todos los anteriores en aquel poblado entre andaluz y manchego. La siesta se prolongaba, año tras año,  desde la retahíla de las chicharras de mediodía hasta  los recortes de las golondrinas al atardecer, momento  en el que los más atrevidos comenzaban a pasear el paseo de palmeras y bancos financiados por los almacenes coloniales, y los jóvenes nos refugiábamos en el billar hasta las once de la noche en que acudiríamos al cine al aire libre para ver tres películas seguidas. Cuando pasadas las tres de la madrugada regresásemos a casa, los vecinos aún estarían de tertulia, sentados a las puertas de las casas, arrullados en sus ilusiones por las fragancias del don diego de noche que se desbordaba por las tapias de la casona paredaña.

En veranos anteriores los de la panda  cogíamos el tren de las ocho de la mañana para bajarnos en la estación siguiente, pescar y bañarnos en el río. Pero mis dos compañeros de aventuras, Toli y Maciste, habían suspendido el curso y tenían que acudir todas las  mañanas a una academia.

Sobre todo sentía lo de Maciste,  un auténtico coloso.  Cuando nos desnudábamos para bañarnos en el río, me sentía tan ridículo  ante su naturaleza exuberante que me tapaba con las manos o corría rápidamente para tirarme al agua.

Él se daba cuenta y se moría de risa:

_Serás gili…Pareces una chiquilla con la mano entre las piernas. Mírame a mí.

Y enfrentaba toda su desnudez al sol como un dios indecente. Era un exhibicionista. Le encantaba que yo le contemplase, y  marcaba los bíceps, inflaba el pecho como un gorila o adoptaba las poses de las estatuas griegas del libro de Historia. Luego se quitaba el calzoncillo para mostrarme  los progresos que iba haciendo su miembro mientras me contaba sus experiencias  sexuales, tan burdamente traídas que debían de ser inventadas. Claro que la naturaleza también terminaba por triunfar sobre mis complejos y timideces cuando él me entrecontaba que las gachises se ponían como locas y te arañaban la espalda  hasta hacerte sangre o cuando se ponían encima y te  espoleaban con los talones…

También había sido  segregada la compañía del Toli por las autoridades académicas. El Toli era el contrapunto de Maciste. Lejos de mi estatura desgarbada y flaca,  y en las antípodas de la rotundidad del atleta, Toli era pequeñito, delicado y aficionado a la pintura. Esta habilidad le había granjeado la admiración de Maciste y, en consecuencia, el respeto de todos los demás.

_Toli, hoy quiero una gachí así y así…

Y, obediente, el Toli le iba trazando sobre su cuaderno de dibujo una muchacha con los atributos y en las posiciones que el otro le iba destacando. A veces, no conforme con el retrato individual, pedía una pareja del mismo o distinto sexo en acrobacias imposibles. El veredicto sobre la calidad de la imagen lo teníamos en la rapidez con que Maciste comenzaba a hurgarse.

Puestas así las cosas, tampoco me importaba demasiado que aquel verano transcurriese entre las siestas con las imágenes vivificadas por este Pigmalión, y todo un nuevo mundo cuyos cantos de sirena desde la biblioteca paterna me atraían aún más que las morbideces de los estantes superiores.

Como  habría dicho mamá, para que el demonio no se ría de la mentira, el episodio de Dafnis y Cloe descubierto entre un montón de aburridos mamotretos griegos, me satisfizo tres siestas. Pero enseguida me sentí derrotado en Trafalgar y fusilado en el 2 de Mayo.  

Engolfado estaba con las aventuras de Gabriel Araceli e Inés, cuando papá me llamó  a su cuarto para hablarme con esa nueva seriedad con la que, sin duda, él consideraba que se debía hablar a un bachiller, a un don.

_Habrás pensado que tu padre es un tacaño, un desagradecido incapaz de tener un detalle con su  único hijo, ¿no?

No recuerdo cuál, pero debí responder cualquier tontería, porque papá se amoscó y dijo:

_Allá tú, si no la quieres se la regaló a otro más agradecido.

Me llevó hasta el corral de la casa y me mostró una bicicleta superior a mis sueños. Cuál sería mi expresión de satisfacción, que papá soltó una carcajada y, con voz de vendedor ambulante ensambló un discurso insospechadamente largo:

_Bueno, bueno, cualquier festividad tiene su  octava. Ahora que estás libre y motorizado podrás hacer un trabajillo. Además, así  te da el aire libre y no estás todo el día solo y leyendo, que te vas a quedar ciego. Digo, con la cantidad de chicas bonitas que hay por el pueblo y tú como un sochantre, un zanquilargo  capaz  para dos potrancas,  y de ayuno, que no pareces hijo mío…

 Poco podía imaginar mi padre que aquella octava serviría también para graduarme en esa otra revalida que tanto le preocupaba. Pero es que, como decía el buen padre Benito, los caminos del Señor son inextricables.

Lo cierto y verdad es que el encargo era bastante agradable. Jacinto, un amigo y compañero de caza de papá, por mal nombre Poco Pedo, porque era delgadito y casi enano,  había sido ingresado en el hospital por una úlcera de estómago. Y, como era soltero y sin hijos, no tenía quien le regase la huerta, una huerta que era  sólo un entretenimiento porque las frutas y hortalizas que no consumía las regalaba a cualquiera o incluso dejaba que se las comieran los pájaros.

La huerta de Poco Pedo  estaba en el camino de las minas, la carretera de tierra flanqueada por huertas  y villas de señoritos, unas y otras hoy casi todas abandonadas.

 Pasadas las seis y media  de la tarde, cuando el bochorno  era menos abrumador, cogía la bicicleta y en menos de media hora estaba en la huerta. Soltaba  a los perros,  les echaba comida (menos de la mitad, porque así  les había enseñado a volver cuando tocase el timbre de la bici para echarles el resto y amarrarlos),  regaba y aún me quedaban casi dos horas para darme un chapuzón en la alberca y pasear por aquellas espesuras abandonadas que a mí se me antojaban las selvas de Borneo o las llanuras donde Old Shaterhand y Winetú trazaban sus planes.

 A los dos o tres días  aquellas espesuras de matorrales,  abrojos y cardos se me hicieron demasiado limitadas para mis aventuras.

Una miserable barda de piedras atravesadas  por zarzas, espinos y otras hierbas separaba la huerta de Poco Pedo de otra mucho más amplia y salvaje, la de Pardales que, según me contó el Toli era un veterinario bizco que había tenido que escapar después de la guerra, sin que se volviese a saber nada de él.

El tío debía tener un capital porque aquella finca era más del doble de Jacinto. Y mucho más interesante. Aunque había cortado una rama de un fresno para ayudarme a despejar el terreno en mis exploraciones, eso poco aliviaba los arañazos, el que la maleza  casi virgen se cobrase en mi cuerpo el tributo de arañazos, chicolazos de ramas, escoceduras y otros mil inconvenientes intrínsecos a cualquiera que haya buscado mayor espacio para sus hazañas.

Aunque papá, a la segunda vez, desistió de llevarme de caza al ver mi poco interés, aquello era distinto. Ir andando cautelosamente y, de pronto, sentir el estrépito de las dos palomas que se alzaban del manzano,  la carrera zigzagueante del conejo buscando el amparo de los obstáculos que se interpusieran a tu disparo, los gritos del mirlo o el sobresalto  grosero de la urraca avisando de tu presencia...

La huerta de Pardales era  aquel paraíso terrenal que, según don Casimiro, había sido destruido por la hembra. Más de una tarde  me quedé dormido a la sombra de un peral o una higuera acompasando la digestión de sus frutos con el canto de las aves vecinas y evocando a la hembra de don Casimiro con ayuda del cuadernillo de reproducciones de Renoir.

Casi toda la huerta abandonada había sido ya convenientemente explorada, las alimañas más dañinas exterminadas,  más de una docena de esclavas habían recobrado la libertad por mi sagaz intervención, todas las emboscadas se habían llevado triunfalmente a cabo cuando descubrí aquel ángulo.

La tapia allí era muy alta porque la maleza se había enseñoreado de las piedras que ya eran más altas que yo. Y, sobre todo, los zarzales parecían disfrutar de su gloriosa soledad. Las moras al alcance de mi mano habían ido desapareciendo en días anteriores  y sólo quedaban, altivas y desafiantes, las de las crestas superiores a las que había de llegarse  trepando por las piedras en las que menor era la defensa de las zarzas. Aquel racimo era especialmente tentador.  Ayer y antes de ayer me habían llamado la plena redondez de su cuerpo, sus granos de terciopelo negro entre mis labios, la promesa de su jugo  estallando en mi boca. No sucumbí a su tentación y me conformé con frutos menos prohibidos, Pero hoy intenté superarme a mí mismo y coger un racimo prohibido con la consecuencia de caerme contra la tapia y no quedar sepultado por un alud de piedras de puro milagro.

Totalmente sepultado no, pero casi. Aunque sólo sé lo que me contaron.

De hecho, no había nada entre  mi intento  por estirarme como una goma para alcanzar aquel racimo prohibido y mi despertar en una cama bajo el rostro maravilloso de esa dama de Renoir cuyos ojos de hurí me sonreían con preocupación.

_¿Cómo te encuentras?  Ahora te llevaré al hospital. Aquí no hay teléfono. No he querido dejarte solo para ir a buscar a un médico.

Acompañaba sus palabras con una sonrisa de sus labios de frambuesa y estrechándome por encima de la sábana. Entonces me recordó a mamá cuando yo estaba enfermo y ella me arrebujaba con sus ojos tiernos. Y, no sé por qué, quise odiar a esta mujer que se parecía a las del libro de pintura impresionista de papá.

_¿Qué dice de  hospital. ¿Quién es usted? ¿Qué hago aquí?

_Por partes, joven, por partes_ Ahora también sonreían los hoyuelos de su  mejilla de melocotón _.  Mi nombre es Cristina Aldaba. Aunque no creo que tengas nada serio, me parece que debería llevarte en mi coche al hospital porque te has echado todas las piedras de la tapia encima y tienes moratones por todo el cuerpo...

Entonces me di cuenta de que estaba desnudo debajo de la sabana. Me puse como un tomate y si no salté para ahogarla fue por la vergüenza de salir de la cama en cueros. Ella debió darse cuenta porque se apartó un poco violenta y me dijo:

_Bueno, te reconocí, porque, ¿sabes?, soy médico.

 _Ya,  usted es médico y ante ha dicho que tenía que llevarme al hospital, y que no podía avisar a un médico...

Ahora ella se sonrojó y dio unos pasos por la habitación arreglándose el cabello dorado que tenía perfectamente arreglado y estirándose la falda que abrazaba sus caderas.

_No llegué a acabar la carrera...Pero tengo conocimientos...¿De verdad que no te duele nada, no sientes náuseas?

_No, estoy bien...Perfectamente bien...Sólo me gustaría vestirme y marcharme a casa.

_Como quieras.

Cuando cerró la puerta, me di cuenta de que en la habitación todo estaba cubierto con sábanas: la cómoda, la lámpara, la mesilla de noche...También al incorporarme noté que me habían frotado las magulladuras con una especie de ungüento y todavía la odié más al comprobar que tenía un moratón en la ingle que exudaba  esa pomada que olía a eucaliptus.

Mientras me vestía,  sentí que la cabeza me iba a estallar y que el corazón terminaría por saltar fuera del pecho. Abrí la ventana para buscar una huida de aquel lugar odioso, de aquella mujer odiosa que me había tratado como mi madre pero que no era mi madre ni yo era un niño, porque ya era bachiller.

Los  cincuenta metros de  terreno entre la ventana y la tapia semiderruida estaban casi limpios de maleza, por lo que en un plis plas estuve en la huerta de Poco Pedo, los perros  bien atados y yo de vuelta a casa.

Aunque no me apetecía cenar, tuve que hacer el paripé para que papá no sospechase nada. Pero por más que me había quitado el esparadrapo de la cabeza, limpiado el yodo y demás huellas de la cura, mi padre se dio cuenta.

_A ver, qué te ha pasado. ¿Te has caído de la bici?

Vi  el cielo abierto  y le dije que sí, pero papá estaba curtido en cien mentiras.

_Ya, y la bicicleta está impoluta, sin un rasguño. Sabes que odio la mentira sobre todas las cosas.

Su mirada no admitía la menor concesión a la aventura. Escuchó con paciencia mi historia, sin demostrar más pasión que si le hubiese ocurrido al hijo del carnicero. Sólo al final, cuando le dije que salí escapado _sin, obviamente contarle los motivos_ sus ojos grises se achinaron con chispas de furia.

Entonces me contó que doña Cristina Aldaba era  hija de una de las familias más importantes de la zona. Su padre había sido ingeniero jefe de las minas y había sido fusilado al terminar la guerra por masón. Ella se había casado siendo una cría _"tu tía Lucía y ella nacieron en el veintiocho" _ y también muy joven había quedado viuda, porque su marido había muerto en la batalla de Teruel. La gente murmuraba mucho de ella   precisamente porque no sabían nada de su vida. Estaba muy poco en el pueblo, sólo una parte del verano y se decía que se iba de pendoneo por el mundo. Era una de las mayores fortunas de la provincia y pasaba largas temporadas en el extranjero.

__Lo que no entiendo es su fijación por pasarse el mes de agosto en esa finca de su padre. Dando pienso para las murmuraciones de estos gañanes hartos de ajos...Pero lo que sí entiendo, Jesusín, es que has estado hecho un pollino con una de las señoras más señoras que puedas conocer en tu vida. Su padre y tu abuelo eran las personas más cultas no de este pueblo, sino de estos contornos y muchos de los libros que hay en la biblioteca de tu abuelo tienen la firma de ese hombre muerto por la envidia de unos ganapanes que le acusaron con falsedades...En fin, mañana, óyeme bien, mañana, harás lo siguiente: comprarás unos pasteles y se los llevarás a esta señora excusándote de tu incalificable conducta. Elige tú las palabras, pero, si te sirve, te daré una máxima: quien no es agradecido, no es bien nacido. Y tu madre era la santa más grande que cubre la tierra.

         No creo que en los quince años de mi vida hubiese escuchado parlamento tan grande de mi padre. Ni tampoco haber sentido  mayor sentimiento de odio hacia él.

        Pero la suerte estaba echada. Tenía que invertir la mitad de mis ganancias en una docena de pasteles, repetirme una y mil veces, mientras me daba brillantina y colonia, que sólo estaría en la casa de ella el tiempo suficiente para disculparme, ponerme el pantalón largo en lugar del bañador y quitármelo de nuevo, y así dos o tres veces hasta que se me saltaron las lágrimas de rabia porque en el espejo no se reflejaba mi pelo repeinado sino su pelo dorado y su boca jugosa como un albérchigo. Y porque papá me había prohibido montar en bicicleta con pantalón largo, cuestan una fortuna, ni se te ocurra…

                Creo que nunca he pedaleado con tanta rabia, con tanto odio difuso. En menos de diez minutos estaba golpeando con el aldabón la recia puerta de cuarterones con la esperanza de que ella no estuviese.

                   Era mejor cumplir cuanto antes la odiosa tarea. Así también tendría la excusa de regar y de los perros para mancharme enseguida.

                   Ya estaba sobre el sillín de la bici cuando abrió el postigo y sus pupilas azules me miraron con una ternura odiosa.

                   _ ¿A quién tenemos aquí? Al joven fantasma. Dese prisa en entrar antes de desaparecer.

                   Las cosas no ocurrieron ni remotamente como yo había pensado. Sí al principio. Yo envarado, balbuceando disculpas, entregándole el paquetito temblón de los pasteles. Buscando desesperadamente una salida de aquella cárcel cuyos confines ella iba aumentando con parsimonia cruel.

                   _Mira, ahí, deja ahí la bici apoyada en  la palmera. No te preocupes, no te entretendré mucho a ti ni a tus frutales ni a tus perros. Nos tomamos estos deliciosos pastelitos con un zumo de frutas, y puedes retirarte como un caballerete educado. Ven por aquí.

                   Como si tal cosa me cogió de la mano y me condujo por el largo paseo sombreado por mimbreras y tilos hasta una explanada en la que había una mesa y varias sillas de hierro forjado. Al frente estaba la piscina y a la espalda los restos de la tapia que yo había derruido.

                   _Te sientas aquí. No tardo nada. Además, tengo algo que se te debió caer el día que decidiste suprimir los linderos de las huertas… Fíjate, tenemos gustos parecidos, Renoir es mi pintor favorito.

                   Cuando me apretó fuertemente la mano para confirmar sus palabras, volví a sentir el amor odioso. Era una  cínica, una sádica, sabía que me martirizaba con las estúpidas ironías  y benevolencias que los  que se creen mayores se permiten con los jóvenes. Ojalá también la hubiesen matado a ella como a su padre ya a su marido.

                   Por qué fue todo después tan distinto. Ella  tuvo que  traerme a la realidad con esa sonrisa tierna, que era y no era la de mamá, estoy en la gloria contigo, jovencito, pero tienes que atender a la llamada de tus canes y tus frutales, eso sí, no te dejo escapar sin que empeñes tu palabra de caballero en venir mañana a verme  para que terminemos esta charla tan apasionante sobre nuestros poetas y novelistas favoritos. ¿Sabes?,  eres la única persona con la que he hablado en las dos semanas que llevo en este poblacho inmundo.

                   Con papá fui muy escueto, porque estaba deseando terminar la cena para acurrucarme en la cama y rumiar cada una de sus palabras, apresar la belleza de sus miradas juguetonas, el temblor de sus senos cuando se reía de mis ocurrencias…

                   Ahora, después de cuarenta años y cinco , creo que puedo ser sincero, por primera vez conmigo mismo. No fue una casualidad, pero tampoco algo premeditado. Existen circunstancias en la vida en la que algo, no sé qué, provoca algo definitivo para tu existencia sin que tú lo hayas buscado conscientemente, pero sí intuido.

                   Llevaría una semana yendo a su casa después de atender a mis labores en la huerta del Pardales, hacia  las ocho y media de la tarde,  y disfrutaba de su presencia hasta la anochecida, cuando instintivamente decidí alterar el orden y franquear el portón a las siete de la tarde.

                  

                  Los demás días ella me estaba esperando en la terraza. En la mesa había una jarra con zumo, varios bocaditos de fiambre y algunos dulces. Ella llevaba vestidos floreados y vaporosos o una falda y una blusa de tirantes que era mi favorita, porque, al inclinarse, dejaba ver la gloria de la mitad de sus pechos.

                   Sin embargo, a aquella hora de la tarde estaba adormilada, totalmente desnuda y reclinada sobre una hamaca con las manos anudadas tras la nuca. Me quedé petrificado contemplado su cuerpo de diosa ofrecido al sol. Quería huir, escapar del bochorno, pero el imán de la carne desnuda era más poderoso. Mis ojos luchaban por recorrer todo su cuerpo y, a la par, extasiarse en cada detalle. Sus senos dormidos en su mirada me hipnotizaban y sentía que tragaba arena en vez de saliva. Seguramente los latidos de mi corazón la despertaron.

                   -¿Se puede saber que hacer ahí, desvergonzado? _ aulló mientras se cubría con la toalla. Jamás había sentido ese tono de desprecio y odio en su voz.

                   Entre balbuceos de disculpas conseguí darme la vuelta y ordenar a mis piernas temblorosas que iniciaran la macha, o mejor la carrera, una carrera loca hacia ninguna parte pero muy lejos de aquí.

                   Pero quien sí hizo que sus piernas la obedecieran fue ella porque antes de darme cuenta la tenía a mi lado.

                   _Perdona, he estado un poco tosca. Tú no tenías por qué saber que yo me bañaba a esta hora vestida de Eva…Además también yo te he visto desnudo, así que estamos empatados, ¿no? Hala, perdona mi brusquedad. Vamos a sentarnos a la sombra.

                   Se anudó la toalla por encima de los pechos, me limpió con delicadeza las lagrimas que yo había intentando inútilmente contener  y me cogió de la mano. Yo me mentía diciendo que quería irme cuando mis ojos sorbían cada poro desnudo de su piel y, sobre todo, las formas esplendentes que palpitaban bajo la toalla.

                   _No, verás, en realidad había venido antes para decirte que hoy me tengo que ir directamente a casa, después de regar, vaya, que no podía venir, papá me está esperando para unos arreglos…Además, ahora hace mucho calor.

                   _Seré idiota…Tienes toda la razón, esto parece un horno. Pero eso tiene fácil remedio: Al agua, patos. Al fin y al cabo, tú ya llevas tu bañador y el mío ya lo has visto,  ¿a que es un poco indecente? ¿Qué te parece?

                   Dejó resbalar la toalla y me cogió por los hombros, sonriéndome con la picardía de Afrodita ante Paris. Sus ojos brillaron con más aún malicia cuando se percataron de los efectos que su cuerpo desnudo dibujaba bajo mi bañador. Los latidos del corazón se hacían casi insoportables, las sienes iban a estallarme, quería huir y abrazarla hasta ahogarla pero las manos me temblaban como a un azogado…

                   _Nunca has estado con ninguna mujer, ¿verdad? Relájate y déjame a mí.

                   Cerré los ojos y sentí sus tiernas caricias mientras sus manos iban desnudándome, su boca en mi boca y su cuerpo contra mi cuerpo…La primera vez apenas fue un suspiro…Luego nos bañamos desnudos y hubo  no sé cuántas veces en las que mi placer subía en espirales  hasta estrellarse contra aquel sol que me llagaba  los ojos   uniéndome a sus gritos de  gozo  en un éxtasis que jamás pensé que  pudiera sentir el hombre en la Tierra…En los entreactos yo le declaraba mi felicidad, mi amor eterno, retorciendo mi mente para que el poeta me ayudase a cantar las blancas colinas de sus senos, las rosas de sus pubis, sus pezones jugosos como moras y su boca de fresa…Ella reía, me besaba  y me acariciaba juguetonamente por todo el cuerpo o me llevaba la mano adiestrándome como a un crío…Pero ya no me importaba. A la diosa todo le está permitido.

                   _Cariño,  aunque estoy en la gloria contigo, debes irte,  está anocheciendo… Hay muchos días, ¿verdad? Pues, mañana más.

                   Pero no hubo ni mañana ni otros días. Cuando casi jadeando como un perro sediento llegué la tarde siguiente a su casa, me encontré el portón cerrado a piedra y lodo con un sobre sujeto con cinta aislante. La nota que había dentro era escueta y odiosa: “Notable  en esta asignatura. Ya no me necesitas como profesora, así que buscaré otros discípulos por esos mundos de Dios. Creo que tú tampoco tendrás problemas para hallar condiscípulas.  Chiao, bambino. C.”

         A pesar de que la nota me hería profundamente, la guardé en el libro de Física y Química  que nunca más utilizaría porque había elegido Letras. Durante varios meses, tal vez un año, volvía a leerla  de cuando en cuando para saber que no sólo en sueños había estrechado ese cuerpo que seguía desperezando mi carne.

         Haciendo el Preu vino lo de Lucía y olvidé la nota y a su autora en el largo año que me ocupó convencer a mi novia  de que los sucedáneos son  sólo un medio placentero para llegar al fin. Y luego otras tantas…

Hasta esta tarde en que he decidido deshacerme de unos libros arrumbados entre carpetas en un armario y he abierto el viejo libro de Física y Química. Allí estaba, arrancada del cuadernillo,  la imagen de la joven de Renoir con su esplendente desnudez y las  manos entrelazadas tras el cuello.

Al  contemplarla, en la soledad de mi soltería, he comprendido qué Cristina era la gran mujer que encontré.

 

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