J. E. Hartzenbusch

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La rosa amarilla

En el álbum

Recuerdos del dos de mayo

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La rosa amarilla

        Amarilla volviose

            la rosa blanca,

por envidia que tuvo

           de la encarnada.

         Teman las niñas

convertirse de blancas

           en amarillas

 

 

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En un álbum

   Te vi en un baile, me miré al espejo:

¡Ay, qué rabia me dio de verme viejo!

 

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Recuerdos del dos de mayo. En 1839.

   Allí, donde tiene asiento

sobre estériles arenas

el tardío monumento,

viejo ya por el cimiento,

por la cima juvenil,

   allí fue donde inhumanos

los que dieron a la Europa

nuevas leyes y tiranos,

contra inermes ciudadanos

asestaron el fusil.

   Sangre allí por mano aleve

derramada, formó arroyos,

y encerraron anchos hoyos

sacerdotes con la plebe

confundidos a la par.

   ¿No escucháis esa campana

que se mece en lento giro?

Cada son recuerda un tiro

que una vida castellana

dejó al mundo que llorar.

   Fementidos extranjeros

que aguzaban solapados

contra España los aceros,

falsamente encaminados

a talar otra región,

   desnudáronse aquel día,

que enlutó su verde a mayo,

del disfraz que los cubría,

y del trono de Pelayo

profanaron el blasón.

   Generoso y no prudente,

tuvo el hijo de los Cides

a sus plantas la serpiente,

y por no temer su diente,

cariñoso la halagó:

   Y a su salvo la traidora

derramó en el seno amigo

la ponzoña matadora.

¡Cruda herida que aún se llora,

Porque el tiempo la enconó!

   Sin defensa abandonado

viose entonces el Ibero:

su monarca deslumbrado,

por escrúpulos de aliado

se olvidó de que era rey.

   Nos mandaron las legiones

del isleño codicioso,

con la voz de sus cañones,

abatir nuestros pendones,

renegar de patria y ley.

   Y al insulto ardiendo en saña,

fulminó su rayo España

y en refriegas pertinaces

disipáronse las haces

que juntó el gran adalid:

   Y a las puertas de Vitoria

completose al fin la gloria

que los cielos prometieron

a los tristes que murieron

en el Prado de Madrid.

   Nobles mártires, que ahora

nueva guerra por Castilla

veis cundir asoladora,

que os conturba en vuestra silla

levantada sobre el sol:

   vuestro fin labró la fama

del guerrero esclarecido

que por grande el mundo aclama;

grande, sí, porque vencido

tarde fue del español.

   su grandeza, donde a una

con empeño trabajaron

la ambición y la fortuna,

fue un altar que consagraron

lazos mil a su interés.

  

 Si del corso estremecieron

las miradas fulminantes

a los pueblos que le vieron,

fue porque hombros de gigantes

sustentábanle los pies.

   Esa audacia desmedida

que te alzaba hasta el imperio

devastando un hemisferio,

preparaba tu caída,

destructor Napoleón:

   Que a cometas refulgentes,

como tú, pero fatales,

los decretos celestiales,

protectores de inocentes,

dan fugaz aparición.

      Tú en el último destierro

solitario te subías

a la cúspide de un cerro;

tú mil veces dirigías

las miradas hacia el mar:

   Y con hórrida congoja

convertirse acaso viste

de azulada el agua en roja,

y la sangre conociste

que mandaste derramar.

De discordia y de rencilla,

y tu sombra rencorosa

de sus creces cuida aún.

   Asentaron en las olas

mil cadáveres las plantas,

y con voces españolas

resonaron sus gargantas

que el cuchillo atravesó.

   Y envidiaste aquel instante,

precursor de horrible fallo,

al peón que, palpitante,

bajo el pie de tu caballo

el espíritu rindió.

   Tu memoria maldijeron:

que entre todas las naciones

donde huellas imprimieron

sus aciagos batallones

por su mal y mal común,

fue la España en quien semilla

prodigaste más copiosa

   codiciosos tus paisanos,

como tú de nuestra ruina,

fomentaron entre hermanos

lucha bárbara intestina

que enflaquezca su valor:

   Que aprendieron con vergüenza,

combatiendo contra España,

que como ella no se venza,

no le es dado a gente extraña

producir su vencedor.

 

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