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¡Mármol
que guardas inmortal memoria de alta constancia, de virtud severa, yo te saludo por la vez primera ardiendo en sed de libertad, de gloria! La página más bella de la Historia grabó en tu frente la nación Ibera, y en ti verá la gente venidera coronando a la muerte la victoria. ¡Ah, no te admire el universo en vano! De la ambición el ímpetu sañudo, quiebre en tu base su furor insano, y hable a los pueblos tu silencio mudo, y hable también al opresor tirano... ¡Monumento inmortal, yo te saludo!
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Reina el silencio: fulgidas en tanto luces de paz, purísimas estrellas, de la noche feliz lámparas bellas bordáis con oro su luctuoso manto. Duerme el placer, mas vela mi quebranto y rompen el silencio mis querellas, volviendo el eco unísono con ellas de aves nocturnas el siniestro canto. ¡Estrellas cuya luz modesta y pura del mar duplica el azuloso espejo! Si a compasión os mueve la amargura, el intento penar porque me quejo ¿cómo para aclarar mi noche oscura no tenéis, ¡ay! ni un pálido reflejo?
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¡Feliz quien junto a ti por ti suspira, quien oye el eco de tu voz sonora,
quien el halago de
tu risa adora, y el blando aroma de tu aliento aspira! Ventura tanta que envidiosa admira el querubín que en el empíreo mora, el alma turba, el corazón devora, y el torpe acento, al expresarla, expira. Ante mis ojos desfallece el mundo, y por mis venas circular ligero el fuego siento del amor profundo. Trémula, en vano resistirte quiero... de ardiente llanto la mejilla inundo... ¡delirio, gozo, te bendigo y muero!
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