Francisco  Ayala

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Cuento viejo
El boxeador y un ángel
Medusa artificial
La campana de Huesca

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 CUENTO VIEJO

Huyendo en su tiempo de la peste negra, varias personas nobles y cultas _nos dice Boccaccio_ se reunieron en una finca próxima a Florencia, y entretuvieron allí el ocio contándose, por turno, un cuento cada día  _de donde saldría el Decamerón famoso, que más tarde habría de imitar con su Heptamerón la reina Margarita de Navarra.  

Huyendo también nosotros de esta nueva plaga que en verano aflige a Europa: la agobiante multitud turística, unos pocos amigos, aficionados a las letras, nos hemos reunido para charlar por las noches en el desierto Madrid estival; y durante estas desmayadas conversaciones nuestras, alguien invocó aquellos precedentes para sugerir que por qué no habíamos de seguir nosotros el ejemplo de tan distinguidos precursores. La iniciativa fue aceptada; pero, menos imaginativos o más perezosos, decidimos en fin limitamos a recontar una u otra de aquellas viejas historias en vez de arriesgamos, refiriendo las anécdotas de nuestros prójimos, a incurrir en el chisme maldiciente.

Cuando llegó mi turno, opté por rehacer con palabras propias la nouvelle número treinta del Heptamerón. Advertí que, en atención a la estirpe de la dama que protagoniza el relato, se había abstenido la reina Margarita de consignar su nombre, y sólo nos informa de que, habiendo quedado viuda muy joven la señora, y madre de un hijo único, había resuelto piadosamente, tanto por el duelo debido a su difunto esposo como por amor al niño, no volver a casarse. Así, pues, se recluyó en el retiro de una vida devota que la preservase de cualquier tentación.

Llegado el muchacho a los siete años, su madre le puso un preceptor sabio y discreto; pero, pasados otros siete y cuando se acercaba ya a los quince de su edad, la naturaleza, que es una maestra muy secreta, hallándolo bien nutrido y sobrado de tiempo, le enseñó una lección muy diferente de las que aprendía con su preceptor. Comenzó el chico a fijarse en las cosas bellas, y a apetecerlas; entre otras, en una dama que dormía en la cámara de su madre y que teniéndole todos por un niño no cuidaba mucho de cubrir sus formas. En fin, el fogoso jovencito empezó a asediar siempre que se le deparaba ocasión a la desprevenida damisela, quien, viéndose apurada, terminó por dar cuenta a su señora de lo que pasaba. Y ¿cómo iba la piadosa madre a creer cosa tan fea de su tierna criatura? Más bien pensó que todo sería una calumnia envidiosa de la criada.

Pero como ésta insistiera y la apremiara con sus quejas, dispuso prudentemente: «Vamos a averiguar lo que haya de cierto en eso que me cuentas. Si es verdad, le castigaré como merece; pero si tu acusación resulta falsa, serás tú quien reciba el castigo». Y para salir de dudas, ordenó a la muchacha que citara al galancete para acogerlo en su cama a la medianoche. Obedeció ella, y le dio cita; pero a la hora de acostarse, la señora se puso en el lugar de su doncella y allí aguardó, con ánimo _si es que la acusación de la criada salía cierta_ de castigar al hijo en manera tal que se le quitaran las ganas de acostarse nunca más con mujer alguna.

Por supuesto, el muchacho acudió puntual a la cita y se metió a tientas en la cama donde su progenitora esperaba; la cual, aun viéndole llegar tan diligente, no podía creerse todavía que su niño intentara llevar a cabo tal fechoría. Llena de cólera, se mantuvo, pues, en silencio hasta haberse asegurado de que él no buscaba tan sólo inocentes caricias, sino que se proponía pasar a mayores e ir a fondo; pero ¡ay!, la maternal paciencia fue tan larga y la naturaleza de la mujer tan frágil que su cólera se transformó poco a poco en un placer demasiado abominable. Y así como el agua contenida por fuerza_explica la excelente reina Margarita_ corre con mayor ímpetu cuando se la suelta, así esta pobre señora vio trocarse en exuberancia la restricción a que tenía reducido su cuerpo. Esa noche quedaría preñada de aquel a quien ella quiso impedir que preñara a otras.

No bien consumado el pecado horrible, ya los remordimientos comenzaron a atosigarla. Se levantó de junto al hijo, que pensaba haber yacido con la doncella de su madre, y se retiró a un gabinete donde pasó toda la noche llorando a solas, afligida al considerar cómo su buen propósito había tenido tan mala ejecución. Pero _reflexiona, moralizando, la reina_ en lugar de humillarse y reconocer la imposibilidad de nuestra carne que sin la ayuda de Dios es incapaz de evitar el pecado, urdió una trama que, alejando la ocasión, le impidiera reincidir en él.

Llegada la mañana, llamó al preceptor del muchacho, y le dijo: «El niño ya se ha hecho hombre, y debe salir al mundo. Quiero  que se aliste en la compañía del capitán señor De Montesson, mi primo, al otro lado de los montes. Llévelo ahora mismo; y para que yo no me apene, impida que venga a despedirse de mí». El joven marchó muy contento, pues tras de haber gozado a su amiga, lo que más deseaba era ir a la guerra...

El cuento tiene una larga y complicada secuela. Aquella gran dama, conforme su preñez avanzaba, fingió estar enferma para vestir manto que cubriera su deformidad, y se refugió por último en la casa de un pariente suyo, a quien confió su desgracia, aunque sin detallar lo ocurrido ni declararle quién había sido el autor del hecho. Allí dio a luz una niña hermosa, que hubo de criarse en el campo, mientras que la desventurada señora se entregaba a las prácticas más austeras, entre ayunos, disciplinas y cilicios.

Pasados los años, su hijo le mandó recado de que deseaba volver a casa, a lo cual ella se negó, temiendo recaer en el mal del que se había liberado; pero ante la insistencia del joven soldado, y no teniendo pretexto alguno para impedirle el regreso, le puso por condición que volviera casado, y que para elegir mujer no atendiera a razones de fortuna, pues lo importante era que se amasen mucho.

Entre tanto, el pariente que había criado a la niña fruto del pecado, viéndola crecida en belleza y honestidad con edad de doce años, la encomendó a la protección de la reina Catalina en la corte de Navarra. Y quiso la fatalidad que, de paso por aquella corte, el joven caballero que era su desconocido padre la encontrase allí, se enamorase de ella y, sin sospechar nada, pidiera su mano y se casara, llevándosela consigo a presencia de la madre.

Cuando ésta averiguó _y lo supo pronto_ quién era su nuera, tuvo un sentimiento tan grande que creyó morir de dolor: cuanto más hacía por atajar su desgracia, más contribuía a aumentada. Acudió, desolada, la infeliz señora a un gran dignatario de la Iglesia, le confesó la enormidad de su culpa, y le pidió consejo acerca de cómo debería conducirse en la situación nacida de sus sucesivos errores. La autoridad espiritual decretó que no debía revelar nada de todo ello a sus hijos, inocentes en su ignorancia, mientras que ella, por su parte, debería pasar en penitencia el resto de su vida.

 Y termina su relato la reina Margarita diciendo que, una vez instalados bajo el techo materno los recién casados, muy bien avenidos entre sí _pues la esposa era hija, hermana y mujer de su marido, y éste padre, hermano y marido de su mujer_, la pobre madre, en su extrema aflicción, siempre que los veía amarse tanto y ser tan felices no podía por menos que retirarse a llorar.

Así es el cuento. Pero lo que la reina Margarita había narrado, ¿sería _según quiere damos a entender_ algo efectivamente ocurrido entre personas de quienes tenía ella noticia cierta, tal cual hubiéramos podido referir nosotros algo extraordinario o picante sucedido a conocidos nuestros (que casos semejantes nunca faltan en la realidad de la vida cotidiana), o más bien les. atribuyó a supuestos personajes de su tiempo una historia que la tradición literaria venía repitiendo desde un pasado inmemorial? Esta duda ha surgido en los comentarios de mis amigos tras de haber escuchado mi relato, porque, como apuntó uno, varios de los cuentos popularizados por los italianos y sus imitadores franceses en aquella época tienen sin duda un remoto origen oriental.

De ser así _si la versión que yo he parafraseado fue en su día adaptación de otras anteriores_, quizá lo que hubiera debido hacer yo, a mi vez, es, no recontar la novela de la reina de Navarra, sino tomar los hechos, y encajárselos a gente contemporánea nuestra, con nombres, apellidos y circunstancias actuales.

He cedido a la pereza o sucumbido a la falta de imaginación. Otra vez lo intentaré.

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EL BOXEADOR Y UN ÁNGEL

I

    Las muchachas, cogidas del brazo, lanzaban discos de risa: arandelas eléctricas, giratorias, a lo largo de los alambres del telégrafo.

    Los trenes _despeinados, heridos_ se doblaban sobre un costado. Abrían gritos de espanto. Desgarraban el paisaje.

    Los camiones pasaban revista a cristaleras sobrecogidas.

    Y campos rectangulares _con jersey a rayas blancas y azules_ cazaban en red frutos deportivos...

   

   En cambio su sonrisa (la misma de todos los días) era quieta, al dictado del ángel. Quieta y densa, como el humo de la fábrica, que la chimenea inyectaba tan penosamente. (La fábrica aplastada bajo el cielo, le clavaba su puñal. El cielo: cómo se desangraba por dentro. Cómo se iba quedando anémico.)

    Sin sentir, entre vías, caminaba el púgil. Se le escapaba el alma, como un niño, por los senderos ferroviarios, para regresar a cada momento. Mientras su gesto se aclaraba de intimidad sobre líneas escuetas del traje azul mecánico.

    A su lado _la cérea cabeza sobre su propio hombro, con suavidad de serpiente_ captaba sueños el ángel compañero.

    La sirena de la fábrica se retorció con angustia, esquivadora. Latigazo reprimido sobre su espalda.

    La tarde, exangüe, se cogía a las paredes. No podría levantarse ya, víctima del contrincante negro.

    Había caído, naufragio de la esponja, en un cubo de agua la luna, despedazada. (El crimen de anoche.)

    Un estremecimiento.

    _¡Ay, ángel! Vamos a investigar la suerte. Mi suerte en el combate, ángel compañero.

   

    Se acercó al hombre del oráculo: pájaros sabios, y el destino enjaulado. (El mercader de presagios era judío.)

   Rodeaban soldados, marineros y niñas ya curiosas del porvenir.

    Sitio. Sitio.

    El héroe _conquistador de planos_ les marginalizó. Tantas miradas, empujaron su imagen a un primer término. Entre sus dedos giró una moneda: el estipendio.

    _A ver. Mi suerte.

    Dobladas, ordenadas _verdes, rojas, amarillas_ todas las suertes, en dosis farmacéuticas. Un gran stock.

_    _Qué pájaro prefiere?

    _Aquél. (Aquél, que había desplegado un conato de vuelo metálico.)

    El corazón _puño de Dios_le golpeaba dura y eficazmente, con terrible persistencia.

    Mientras que el pájaro, sobre la caja polícroma, clavaba el pico en el Destino, y extraía, pinzado como una frutilla, un papelito rojo.

     Soldados, marineros y niñas: _¡Ya. Del color que siempre!_ exclamaron. Y el judío lo entregó. Con más: una sonrisa de doble fondo, multirrefleja.

    Se desperezó con delicia el papelito rojo. Tembloroso, entre dedos tamborileantes...

    Y: buena, buena suerte: vencerás. Así vencerás había saltado del texto. La palabra, desprendida, le había saltado a los ojos. .

    _Vencerás _ dijo el ángel, palmoteando_. Bien claro lo pone. Y lo repitió cerrándole el paso una y otra vez _perrillo alegre_ con figuras de baile.

    _Ya me lo figuraba yo., que habías de vencer. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí.

    Iba llenando el aire de afirmaciones, que estallaban en lluvia verde.

    Todavía, una palmada en el hombro.

    _Vencerás, maestro. Al fin y al cabo, no se trata sino de un negro. De un miserable negro...

... El púgil, complacido. El ángel, borracho de optimismo.

   

    Ya la estación _erizada de transparentes escalenos_ había quedado atrás.

    La ciudad se agolpaba en superficies inasibles, desnudas, cris_ talizadas. De glacial blindaje.

    Un aire trepidante sacudió la melena, que pinchaba como mil alfileres.

   

II

    Bata azul: calma, inocencia.

    Y enfrente _en su esquina, apoyado en los cables del ring_ el negro _fuego y jazmines_ con todo su cuerpo envuelto en amarillo.

    Sonrisa de jazmines. Sonrisa de... Pero ¡ya verás, negro! (Sin embargo, un hombre blanco parece como que pelea más al descubierto.)

    _Vencerás, no te apures. Tienes la profecía.

     Ya. El martillo dilata ondas sonoras en el acuario espectador. Avance diagonal. Cruzaron los guantes en saludo gatuno, y comenzó el combate.

      ¡Ah! ¡Hop!... ¡Ah! ¡Hop!... ¡Ah! ¡Hop!... No había manera de enrojecer los jazmines. No podía borrarle al negro su gesto afrentoso; quebrar la línea irónica de su esquivada.

        Allí. Allí. Ahora. Contra las cuerdas. ¡Hip!... ¿No?.. No. ¡De goma! Un negro de goma.

    El ángel, cruzado de brazos, perseguía los movimientos con su anhelo, de un ángulo a otro.

    Pálido, pálido, y casi llorando... Extendió las manos con una imploración de maniquí. (Temblaba la seda tierna de su pecho.)

    _Ahora, ahora, imbécil. Dale ahora _le gritó al púgil.

    Pero ya el martillo había arrancado haz de flechas _mitad cortas y mitad largas_. Los boxeadores volvían _diagonal_ a sus esquinas. A las esquinas transformadas.

    La esponja, ante su rostro, le electrizó de agua fría. (Alto voltaje.)

    El aire abanderaba la proa del navío anclado. (Tempestad de aplausos.) Bajo el pabellón violento se prolongaban los brazos en cuerdas trémulas. Bajaba y subía, neumático, el pecho reluciente.

    Y el ángel aconsejaba con misterio en la oreja. (Al otro lado, el manager.)

   

    El contrincante, crecido como una hoguera _fuego y jazmines_, atacaba. ¡Plac! ¡Plac!

    Le sintió sobre sí, huracán desértico henchido _ahora, él_ del aire que guardaba la sábana en sus pliegues... Sobre sí... Impla_ cable... Y había que ir cediendo, esquivando... Un momento; eso era todo lo que deseaba; un momento para reponerse.

    Las cuerdas del ring marcaron regiones paralelas en su espalda. y el atroz mazazo le llegó antes _casi_ en la exclamación del público que en el puño del contrario. (Sensación líquida, confusa. El cerebro ceñido como por una anilla. Nada: discos rojos, naranja. Las luces, estrellas fugaces: de verbena.)

    Cayó con una rodilla en tierra. La cabeza inclinada... A su lado bajaba segundos el árbitro con mano de verdugo: 1,2,3.

    Pero el ángel _crispación terrible_ se precipitó en ayuda del caído. (Sudaba el boxeador gotas de sangre.) En amparo de su agonía. (El cuello, tronchado, flojo.)

Sujetó por las axilas el cuerpo desmoronado _4, 5, 6 Y dijo, con voz oscilatoria de fleje:

    _Anda. Un esfuerzo. Puedes. Puedes levantarte. Anda: ¿Aup! 7,8_.

    Se organizó la figura en guardia cerrada, perfecta.

El alífero, persuasivo, animaba al boxeador. Hubo casi iniciativa de ataque...

 

 

    

   _Aire. Agua de limón. Talco en el suelo. En la cara, un barniz.

    ... Ultimo round. Obstinado el negro en su risa sinvergüenza, de biseles blancos; en su juego de puñales.

    El otro le opuso una risa nueva, de aurora boreal. Se fue el adversario. Tres pasos seguros y un golpe en la mandíbula.

    Se le suicidó la sonrisa al negro, cortada _rabo de flor_ entre los dientes. Se le voló al cielo. ¡Por fin!

    Y el cuerpo, descentrado, cayó como un globo sin gas, bajo los aplausos del ángel. Dos vueltas _color café_ en el cuadra_ do. (El dedo conminatorio del árbitro descendía respiraciones expectantes.)

    Trataba de incorporarse, pálido como el acero. Pero la mirada voluntariosa del pugilista blanco le apretaba _pértiga eficaz_ contra el tablado. Un soplo de energía _globo anémico_le alzó, vacilante.

    Nuevo golpe. ¡Al suelo!

    Corrían los segundos. Y un hilo de sangre por su cara. 1,2,3, 4,5,6,7...

    El ángel puso su pie rosado sobre el pecho del negro boxeador. (Alborozo de alas y palmadas.) Mientras levantaba el árbitro _indicador lineal del cielo victorioso y centro de aclamaciones_ el puño vencedor del púgil.Vencedor por k. o.

PULSA EN CADA AUTOR PARA LEER UN RELATO PROTAGONIZADO POR BOXEADORES:    Julio Cortázar      Armando López Salinas     Antonio Martínez Menchén

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MEDUSA ARTIFICIAL

 

MARI_TERE, TAQUIMECA

 Como el novio de cada mecanógrafa, el timbre de salida había acudido con puntualidad a la cita de las seis. Todas las tardes, al sonar seis campanadas iguales en el reloj, el timbre _apresurado, por evitarse un enjambre de reproches_las subrayaba con su trazo eléctrico. Era la última firma del director, rubricando el trabajo del día.

   Tere alzó la cabeza y dejó caer los brazos. Sus piernas se extendieron _fugitivas en frío carmín, fluviales_ bajo el puente de la mesita, y sus ojos descendieron a la máquina que se abría en un bostezo definitivo. El ruido de la oficina había saltado, mecanismo roto, en ruidos disociados y anárquicos. Los ficheros recomponían la vertical correcta; las carpetas giraban sobre su eje, y las máquinas se cubrían, alegres, con sus impermeables charolados, como si ellas también hubieran de echarse a la calle...

   Tere encerró su typewriter en rizada concha de madera. «Ya, hasta mañana _pensó_, su triple fila de botones no salpicará violetas pequeñas; no cantará en su jaula, ni se mecerá de un lado a otro con voluptuosidad de piano. Ya, hasta mañana...».

   Iban saliendo los compañeros. Ella se aproximó al lavabo, abrió ambos grifos en competencia de climas, y entregó las manos a la delicia curva del agua; los dedos, penetrados de agujas, se creían peces en su pecera, volvían el rosado vientre, se enlazaban, y se desprendían hasta caer desmayados al fondo.

   Resucitaron en la toalla, y se rehicieron en los guantes. Mari_ Tere bajó la escalera a saltos. (A saltitos dactilográficos.) Y la calle la recogió devanando el ajedrez veloz del tránsito.

   Sobre su cabeza, el cielo era un cielo verdoso de grasa consistente, con algunas vedijas de cotón sucio. Al fondo de cada perspectiva aparecía cárdeno, encerrado entre las aristas de los edificios; se desangraba _boxeador vencido_ apoyándose en los más altos rascacielos. Ella andaba siguiendo el ritmo del jazz urbano: a un paso variable, tan pronto fácil y ligero como solicitado por un cartel o suspenso ante la pupila inyectada de la Providencia municipal.

   Los escaparates desfilaban a su lado como una galería de naturalezas muertas: unos, gritando su ansia en las flores tropicales de la radio; otros, mostrando sus entrañas con elocuencia muda.

   Se asomó al misterio de un cuarto de baño _folletín posible_, y luego se detuvo ante el escaparate de una tienda de modas, donde un maniquí de cera, entre banderas leves, ofrecía un ademán de buen precio y color. El zapato adelantaba hacia el cristal su punta nueva, y la pierna se evidenciaba perfecta. Perfectos los hombros de limón y nácar. Una dalia (de trapo) en la mano.

   Siguió. No le gustaba aquella rigidez teatral, aquel impudor. El maniquí de su hermana, por ejemplo _su hermana era modista_, resultaba menos presuntuoso y evitaba perfidias y espejismos. No trataba de seducir: era un maniquí sin pies ni cabeza. Pero, éste...

   Tere andaba esquivando la canción de los escaparates que le hacían guiños. Llevaba prisa; no podía detenerse. Y, sin embargo...

   La curiosidad le tiró de la ropa, y se sintió arrastrada como si hubiera resbalado al borde de un estanque. De un estanque helado: el nuevo escaparate era un estanque helado. Apoyó la mano en la superficie y contempló los témpanos de níquel y cristal que en él flotaban. Cristal esmerilado, níquel reluciente, y blancas manos de suicidas. En el centro _en el fondo, quieto, con los ojos desorbitados de frío y los músculos casi desprendidos, como un ave del polo, el hombre pldstico, fámulo de Esculapio, soñando _sueño glacial_ con la peletería de la esquina.

   La muchacha notó como si el hielo se hubiera quebrado bajo sus pies. El frío la invadía, lento, ascendente, hasta ceñirle la cintura. Estuvo a punto de gritar. Pero se rehízo viendo la sonrisa del hombre anatómico, que parecía convencido de ser nuestro primer padre y se esforzaba por infundir confianza.

   Al retraer la mirada hasta la superficie del cristal encontró Tere el reflejo de la calle, y sobre las direcciones encontradas, su rostro en gran plano.

   Continuó la marcha, acompañada por los anuncios luminosos que patinaban ya sobre los edificios.

LA ANUNCIACIÓN

 Llegada ante la puerta de la peluquería empujó una de las hojas _inquietas, oscilantes alas de arcángel. (GABRIEL. Peluquero de señoras.)_. El maestro, de blancos pliegues, estaba acariciando una peluca nazarena que temblaba _nido desgajado y suave_ entre sus manos.

   Tere se abandonó en brazos del sillón, y recibió, por medio del espejo, un saludo de Gabriel, que se acercaba, solícito. Un saludo blando celeste, cosmético. Después del cual extendió sobre su busto y ciñó a su garganta un campo de nieve. Una montaña pura. Ella experimentó sorda delicia contemplando sus propias rodillas bajo la falda, flores de unas piernas lacustres, sumergidas en el espejo.

   Fue entornando los ojos hasta pinzar sus miradas más finas, que vagaban por los bazares y las mesas, adaptándose a los contornos,  resbalando por las superficies, deteniéndose en los obstáculos.

   Se iba cuajando una atmósfera cargada de tedio, en que los ruidos insistentes _las tijeras, el ventilador_ reproducían el ritmo de la oficina. La imagen del reloj giraba a sensu contrario, guardándose en el bolsillo el tiempo perdido. Y Tere se entregaba, insensible, sin sujetar la memoria ni el pensamiento, a un abandono de cuerdas rotas. Se dejaba llevar de la corriente. La corriente _igual, caudalosa de tedio_ la conducía hacia el estanque helado del escaparate, como el film conduce a la estrella sobre el écran.

   Arriba el ventilador _cometa enjaulado_ pedía socorro con un desmelenamiento de colores, mientras ella flotaba, ingrave.

   Flotaba. Ingrave.

   ... Hasta que _¡final previsto!_ se sintió cogida por el pelo. Las manos benéficas de Gabriel se encrespaban sobre su cabeza, escalonando los bucles con un esmero impecable, almidonado y barroco.

   _Señorita Tere _le dijo, con su voz más rara y ajena_. Voy a hacerle un rizado flexible. Cables enrollados. Señorita: podrá electrocutar a los hombres. La voy a convertir en una mujer peligrosa. O mejor: en una mujer fatal.

   Ella trató de rebajar la hipérbole con una sonrisa, al mismo tiempo que murmuraba, de modo impreciso:

   _Cables enrollados..., en el hielo..., si usted quiere... ¡Bah!

y recordó, hasta con su mismo tonillo, cierta frase truncada que alguna vez había oído sin prestar atención: Las muchachas en Oslo, según el corresponsal...

   Gabriel sentenció con un dedo en alto:

   _No exagero; cualquier hombre que la mire se quedará de piedra. Mi ondulación es permanente.

   Ella:

   _¡Eso es un mito! _exclamó con rapidez.

   Se había puesto roja como si en su cuello se hubiera tronchado un tallo de coral. Cruzó los brazos y escondió las piernas, evasivas. Reparaba por primera vez en la multiplicación frutal de los espejos, que convertían la sala en un trópico de bombillas en ramos equidistantes.

   _Un mito, si usted quiere _replicó Gabriel_, pero mi ondulación es garantizada. Los hombres se quedarán de piedra, y a mí me cumple advertida del peligro. No sería el primer caso.

    _Ya. Ya lo sé.

   Quedó pensativa, lejana: su cabeza, aislada en el halo rubio de un pulverizador.

   El tiempo había forzado la marcha sin que nadie se diese cuenta; había escapado por todas las rendijas.

   Tere se contempló, encantada; su pelo se revolvía en bucles torcidos como reptiles.

   (Salvada del naufragio, sí, pero convertida en medusa.)

   Gabriel _peluquero de señoras_ la despidió con una reverencia, y las puertas oscilaron, coincidentes, a su espalda.

 

ACCIDENTE

 Avanzaba por la galería de su casa cuando sintió que la mirada del padre le salía al encuentro: le enganchaba los pies, lazo hábil, y le hacía perder el paso. Luego, ascendía con lentitud desde el filo de su vestido, hasta detenérsele entre los pechos, queriendo clavar el corazón agitado. Tere perdió el color. (La sangre, sorprendida, se refugiaba en su concha.)

   Se detuvo, y apareció ante ellos (estaban ya en el comedor el padre y la hermana) como un cuerpo decapitado. La cabeza se le perdía entre los lienzos de la pared, igual que una estampa entre las páginas de un libro. Godofredo _se llamaba así; tenía nombre de rey de baraja_ inquirió, mientras su índice enhiesto se orientaba hacia la redonda lámpara:

   _¿Dónde has estado desde las seis?

   _En la peluquería, sencillamente, padre.

   Volvió a preguntar, ahora con la copa detenida a la altura de los labios:

   _¿De dónde vienes?

   _De la peluquería. No es demasiado tarde. Se disculpaba sin levantar la vista.

   _¿No? Será a tu juicio. A tu poco juicio.

   Miró a la otra hija, y ésta le sostuvo con una mirada negra y enteriza. Tenia motivo _honrada artesana_ para escandalizarse. (Eulalia: honrada artesana, con taller en casa.)

   Insistió Godofredo:

   _Pero mi juicio es el que vale... ¿Con quién has hablado?

   _Con nadie.

   Tere estaba llena de vacilaciones.

   _¡Con nadie! Pero ¿es eso posible? ¿Se puede hablar con nadie? ¿Con la pared, acaso? ... Me engañas.

   Ella rompió a llorar. Su garganta amenazaba quebrarse de congoja. Unas lágrimas _florecillas mecanográficas_ cayeron al plato, desordenadas, abiertas en teclas. Cayeron, engendrando círculos de expectación creciente.

   Había en el aire un paréntesis de párpados bajos que nadie se atrevía a forzar.

   Notaban, con alarma difusa, que el color iba encendiendo a raudales el rostro de Tere: su carne adquiría reflejos de cobre, y su cabeza, centro de un campo magnético, estaba cargada de bobinas

   Por fin se produjo el temido accidente. Una chispa. Dos miradas azules, secas, luminosas...

Godofredo vertió el vino sobre el mantel y se llevó ambas manos al pecho.

 

(Trasluz.)

CORO: He aquí al héroe convertido en piedra, según el aviso del cielo. Víctima de fatal imprudencia.

   Los mortales, como ciegos, extienden el pie, sin saber dónde se esconde el peligro, y cuando caminan bajo el dedo de un presagio, las estrellas se les convierten en ascuas, y el amor en un crimen espantoso.

   Bien es verdad que a los reyes de naipes _¡justificado privilegio!_ les está permitido amar a sus propias hijas. Pero, aun así, este sentimiento torcido no suele quedar completamente impune: aquí tenemos al héroe paladeando un saber amargo de corteza de laurel. Su corazón es una fruta madura. La cabeza filial_hoguera verde_ tiembla ante sus ojos con un hervor de reptiles.

   Hemos de presenciar una tragedia precipitada.

MARTIRIO EN LA COCINA

Tere, en la cocina, presidía, con impavidez romana, el martirio del pescado, que _bañado en claro aceite_ presentaba uno de sus flancos a la caricia del fuego lento. Sin protestar _¡resignado besugo!_ contra el resuello inalterable de la gasolina. (Dentro de su maillot, la carne rosa se le iría convirtiendo en carne de jazmín. Eso era todo.)

   Lo cambió de costado _entonces se reveló el besugo como arlequín de los mares, mitad rojo y mitad nácar_. En el lago de aceite, entre una constelación de pimientas, relucían tres ruedas de limón. (3 de oros, para sus ocios de gladiador.) El pez mostraba sus líneas gentiles de bañista en el rubio líquido.

   Pero Godofredo, apoyado en el quicio de la puerta, se complacía en las de su propia hija, comparándole los brazos con el mármol de la fuente, veteado de frías transparencias.

   Ella, a su vez, repasaba con deleite mórbido el perfil de los sueños cosechados durante la noche anterior, volviéndolos despacio como un catálogo de grabados donde no faltaba el del hombre desollado, capaz de practicarse en cualquier momento un harakiri docente, y de conducida de la mano por un laberinto de columnas de números que salían en enjambre del vientre de una calculadora, hasta el infinito...

   Entró un poco "de aire, y Tere comenzó a parpadear, continuo. Se pasó el brazo desnudo; se frotó con la mano. (Una mota, o una coma descarriada.)

   _¿Qué es eso? _inquirió el padre. Y se acercó para empujada a la ventana.

   _A ver. Mira.

   Levantó con su dedo el párpado indócil y pudo asomarse a saciar en la pupila su avidez de paisajes inéditos. El ojo giraba, rebelde y evasivo. Perseguido por los dedos crueles, escapaba con agilidad hacia un ángulo de su cielo encarnado, desde donde rebotaba contra la cancha en veloz regreso.

   _Mírame fija. Por fin, entre dos redes de vegetación microscópica, el globo quedó cautivo, quieto en un mediodía turbador. Poco más de un segundo.

   Mientras Godofredo se recreaba en aquel azul de mapa, Tere, con la cabeza colgando en la ventana, guardaba silencio. Los caracoles de su pelo temblaban de miedo sobre la calle, como farolillos de verbena. (Farolillos apagados ya; sin cargo, sin luz.)

   La mano abandonó su presa, que sonreía de humedad como un liquen.

  El pez, en su salsa, callaba con mutismo desesperado. Por impulso de sus sentimientos cristianos hubiera querido pedir socorro, a pesar de todo; pero no podía. Estaba perfeccionando el sustancioso martirio. 

Tere estranguló la llama de la gasolina.

Se sentía sin nervios, hueca, ausente.

EXPIACIÓN

 Todo el bar sonreía, ajeno, traspasado de sol. Godofredo, en una fila de consumidores, meditaba sobre el posible final de su tragedia. Una tragedia no puede deshacerse en el aire como tormenta que pasa sin descargar. Esto clama al cielo, si alguna vez sucede...

   Se oyó el grito de vapor desmelenado que la cafetera exhalaba, mientras Godofredo salía a la calle con una resolución súbita.

CORO: Ya se acerca la hora de la expiación incruenta, pero inexorable. La venganza ejecutada en efigie, semejante al ardid de Perseo, baste para calmar a los benévolos dioses.

   Entró en su casa. Eulalia, cosiendo a la máquina _recortado cartel en el marco de la puerta_, era la Eva doméstica, sin Paraíso y sin Serpiente. Entre sus manos pasaba un friso ligero, fruncido en una margen, pespunteado con gorjeos pajizos por el pico del canario.    Tras ella, el maniquí destacaba su perfil acéfalo: era un busto de raso grosella que cerraba en dos rosas de madera el lugar de los brazos.

   _He pensado _dijo Godofredo (y la máquina enmudeció con la aguja en alto)_, he pensado, hija, que necesito tu ayuda para llegar al desenlace de nuestra tragedia. Esa tragedia que ayer surgió...

   _Te quedaste pálido.

   _De piedra. Tú pudiste verlo.

Se acercó al maniquí y acarició la suave cintura. El maniquí meneó las caderas, agradecido.

   _Lo vestiremos con ropa de ella. Le atravesaré el corazón _yo, su padre_ con un alfiler de acero. Así se habrán cumplido las exigencias de la justicia... Llévalo, ven, a la alcoba.

Eulalia obedeció sin replicar. Cubrió el suave maniquí con un vestido blanco de Tere y lo tendió en la cama. (De cúbito supino, se entiende.)

   Godofredo se detuvo ante la cortina del dormitorio, mientras su hija buscaba una aguja de acero. Era una cortina de percal, estampada de pájaros iguales, que parecían dispuestos a escapar al primer ruido. Godofredo aplicó el rostro, escuchando la confidencia de una de aquellas aves expectantes o el rumor lejano de floresta que la cortina prometía. Hasta que vino una ráfaga de viento a enrollarla, como gruesa serpiente que en un segundo se tragaba todos los pájaros.

   Entonces _era el momento indicado_ avanzó hasta la coma y clavó una aguja larga en las entrañas homogéneas del maniquí.

   ... El viento, emocionado, le aplaudió en todas las ventanas.

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LA CAMPANA DE HUESCA

    En aquel tiempo en que los hombres sabían hacer dignidad del servicio y servicio de la vida, porque vivían para la muerte, un monje de sangre real fue sacado de la devoción en que vivía absorto, y elevado entre los hombres a ocupar el trono.

    Hasta ese mismo instante había ignorado Ramiro el Monje su destino. Nacido para ignorarlo, creció y maduró en esa ignorancia _una ignorancia distinta de la que pertenece el común de los mortales_; pues ¿quién conoce, en verdad, su propio destino? Con barruntos, sospechas, anhelos y expectativas se adelantan manos ciegas a tantear la presunta imagen del futuro para decaer luego, y retraerse, y desistir, y plegarse a las formas rugosas que las rocas y peñascos del mundo imponen a la impetuosa blandura vegetal de cada alma... Pero la de Ramiro había brotado de espaldas a su destino, mirando hacia otro, hacia un destino apócrifo, y alzando las ramas a un cielo que parecía prometerse a su cabeza tonsurada como gloria y corona única.

    Porque la de su padre, Sancho Ramírez, rey de Aragón, estaba ya asignada a ceñir las sienes del hermano mayor, quien la transmitiría después a su propia descendencia por líneas que se perdían en un porvenir poblado de nobles generaciones, donde, sin embargo, no había puesto alguno para sus simientes de infante real: y, porque no decayeran en lo oscuro, habían de ser ofrecidas a Dios en sacrificio de esterilidad. Eso era ya establecido y dispuesto cuando nació Ramiro; ya estaba ahí Alfonso, con la obstinación regia en la frente aún desnuda, con el pecho alto, los labios apretados, cerradas las grandes manos de dedos cortos, y pesados los andares de unas piernas que el ejercicio de cabalgar había endurecido; ya estaba ahí, lleno de sí mismo y esperando sin prisa lo indefectible. El poder corría por secretos cauces de sangre, de padre a hijo; venía de los muertos e iba a los todavía no nacidos. Y Ramiro había abierto los ojos al mundo para ver desde la orilla, esa confabulación firme y misteriosa del rey con su primogénito, confabulación que lo excluía sin remedio y lo abocaba a un destino de obediencia, hijo de reyes, henchidas sus venas de la misma sangre violenta y soberbia de los poderosos, pero apaciguándola y debiéndola apaciguar siempre, acallándola, tapándole la boca, cegándola, doblegándola siempre, porque, tan cerca del poder, era súbdito, y tenía que templarse para la sumisión.

    Pero todo esto se lo había encontrado al nacer, ya dispuesto y establecido, y no vaciló un momento: se encaminó en silencio hacia ese destino que pensaba ser el suyo, del que nadie dudaba fuera el suyo, y lo abrazó de corazón; se abrazó a él, y en él quiso salvarse. Desdeñosamente, abandonó el segundo puesto, y prefirió no tener puesto alguno, ni ser nadie. Sentía que el segundo puesto había sido creado para envilecer al vil haciéndolo revolcar en su vileza, y para quebrar las almas nobles que, habiendo resistido a la corrosión de los peores ácidos, son empujadas a perderse desesperadas de ambición, por el puñal o el veneno; es el puesto de las tentaciones violentas, de éstas a las que sólo se puede escapar en una huida que renuncie a todo.

    Huyó Ramiro, y fue a echarse a los pies de Dios. Encogido y doblado sobre sí mismo, oculto bajo la estameña como en el fondo de una gruta, había conseguido en horas y meses y años de forcejeo estrangular a su propia sangre y reducirla al silencio. Llegó a aborrecer el poder, pues que Dios no quería que aborreciera a los poderosos, harto cargados con el fardo de su digno servicio. y compadecido de sus honores, le imploraba por ellos _por el padre, por el hermano_, en una súplica donde la piedad infinita hacia los grandes estaba mezclada con una también infinita gratitud por la insignificancia que al fin había alcanzado mediante el oscuro hábito otorgado por el Señor Dios para que pudiese eludir la vergüenza de aquella dignidad sin servicio que le venía de su nacimiento..

    Y  tanto había conseguido limpiarse de soberbia que, requerido más de una vez, en memoria y mérito de su estirpe real, para que invistiera una abadía o un obispado, accedió Ramiro, sonriendo desde el fondo de su humildad, a asumir esta autoridad y poder menor, aun cuando para abdicarla también poco más tarde una vez que su renuncia no pudiera ya tener color de altanería... Por último, hasta su nombre y su linaje parecían olvidados definitivamente bajo la estameña indistinta.

    Entonces fue cuando vinieron los grandes del reino a reclamarlo para rey. Alfonso, el primogénito, había muerto sin dejar sucesión directa. Había dejado, sí, un testamento; pero era un testamento increíble, que añadía perturbaciones y perplejidad del ánimo al trastorno ocasionado en el reino por su muerte. Leído el manuscrito, la curiosidad había hecho paso a la sorpresa; la sorpresa creció en estupefacción; la estupefacción degeneró en escándalo... Había caído el Batallador. Y ahora, cuando ya no era capaz de levantar siquiera el temido brazo, el escándalo brotaba alrededor de su cadáver como brotan en el bosque apenas apaciguada la tormenta, incontenible y silenciosamente, los botones de las setas. Pues ¿cómo imaginarse que alguien quisiera emplear las Órdenes de Dios para ofenderlo? Cansado de su batallar, Alfonso legaba el reino a las espadas santas de los caballeros templarios, los del Santo Sepulcro y los de San Juan de Jerusalén: ésta era su voluntad. ¿Había querido con ello extender los límites de su capilla mortuoria hasta la frontera de sus estados y convertir el reino todo en cripta para su cadáver y monumento a su gloria bajo la sagrada custodia de las Órdenes militares?

    Al principio nadie supo qué pensar ni qué decir: ¡tan difícil era desentrañar la impiedad oculta bajo el manto de lo piadoso! La sensación de la sutil estratagema estaba en todos; ninguno podía precisar, sin embargo, en qué consistiera lo inquietante, ni dónde residía lo intolerable. Pero el escándalo crecía y crecía en las con_ ciencias con la pujanza lasciva de las setas; y aún no se habían enfriado dentro de la armadura los miembros del rey difunto cuando los grandes del reino osaban alzar la voz en presencia del cuerpo muerto y deliberaban ante el propio catafalco oponerse a su voluntad escrita.

    Se consultaban nombres y estirpes, sin hallar acuerdo. La antigua sangre real de algunas líneas, diluida en mezclas y bastardías, oscurecida por el ejercicio sin brillo de pequeños señoríos o por largos períodos de minoridad en que la familia había vegetado como asombrada en círculos de mujeres y huérfanos, hubiera podido, sin embargo llevarlas al trono. Pero este trono se había hecho entre tanto demasiado grande y glorioso; y si todos querían servicio cada cual con sus estados y feudos como señores campesinos, y esto era ya una honra, ninguno parecía a los demás bastante bueno para cargar sobre sus hombros la pesadumbre del servicio máximo, y hacerle servir como rey.

    En el ardor de las deliberaciones llegaron a olvidarse por completo del testamento, y hasta del propio rey Alfonso, tendido ahí, crecido, imponente bajo sus armas; la ancha espada rígida a su costado; entrelazados los cortos dedos peludos de sus manos, que salían como revoltijo de enormes gusanos por entre las mallas de los guanteletes; hundidos y borrados los ojos que fueron lo terrible en su cara, y destacada en cambio la desvaída barba, rubia canosa, en cuyo desorden se medio perdía la famosa cicatriz por la que era reconocido de las gentes y que, desde la oreja, perpetuaba en la carne de la mejilla izquierda el veloz trazado del tajo que la abriera, hasta caer sobre el ángulo mismo de esa boca ahora negra, de la que un paje oxeaba a las moscas contumaces. A su lado, los susurros se habían ido elevando a rumores, y los rumores a voces destempladas y agrias; y ya los irritados acentos pasaban de irreverentes a sacrílegos ante el cuerpo cuya alma estaba rindiendo cuentas por haber pretendido sepultar con él al reino entero, cuando el obispo de Sahagún hubo de recordar y propuso el nombre del infante monje que fuera su predecesor en el ejercicio de la diócesis para volver pronto al silencio del Monasterio de Torneras y reasumir, según su vocación humilde, la incomparable dignidad del alma que sólo sirve a Dios.

    Este nombre sonó como un hallazgo en los oídos conturbados de los magnates; las palabras del obispo aliviaron todos los corazones, y ahora parecía imposible que nadie lo hubiera recordado antes. Era como si la preterición hecha por Alfonso en su testamento hubiese tenido hasta ese instante la fuerza necesaria para mantener omiso el nombre de su hermano Ramiro, persistiendo insidiosamente, una vez desmontado el artificio de legar el reino a las Órdenes militares, el tácito designio oculto en la cáscara de esa almendra vana que era su expresa voluntad. y sólo cuando fue invocado el derecho de Ramiro el Monje se comprendió que estaba decaído y anulado por fin el testamento de Alfonso el Batallador.

    El reino hizo cortes en Borja. Los procuradores del común, que habían acudido a la ciudad sin tener del testamento regio otra noticia que las desfiguradas en el paso de boca a oreja; que habían comentado en los corrillos de la plaza y en el atrio de la iglesia los dichos sobre una conjuración contra el gran muerto, y que se miraban ahora con ojos de desamparo al conocer el tenor de sus disposiciones, se llenaron de alegría cuando oyeron el nombre de Ramiro, y lo aceptaron.

    La exaltación del Monje daba forma y hechura al espeso rencor que en los pechos hervía contra el soberbio que pretendiera cerrar tras de sí todas las puertas y perpetuar la orfandad del pueblo y ser el último rey, ofreciendo la corona a Dios _para que nadie pudiera tomarla sin sacrilegio_ y entregándola, como una manda que se cuelga en el muro de la ermita, a la custodia de las Órdenes. La exaltación del Monje humillaba al soberbio y henchía de regocijo a los súbditos, que en él se sentían exaltados. Pero éstos se regocijaban también porque, después del violento que los había forzado a olvidarse de sí mismos y poner todo lo suyo y ponerse ellos con alma y cuerpo a engrandecer el reino, cargándolos con el sacrificio anejo a la gloria de que él se revestía, deseaban el reinado del manso, que no los abrumaría con su talla ni los obligaría con la magnitud de nuevos estados.

    Se acercaron, pues, a reclamarlo como príncipe hasta el monasterio donde estaba cumpliendo su falso destino. Y tan pronto como se supo llamado, apenas le dijeron que no existía ya el que ya estaba ahí cuando él naciera, y que el reino le pedía que ocupase su puesto y viniera a mandar en los hombres, un flujo de terror, angustia y felicidad le nubló la vista: corrió el sudor de su frente, y humedeció su pecho y sus ingles. Creyó comprender de repente su verdadero destino que, oculto durante todos los años de su vida, se le revelaba ahora en un golpe tardío; ahora, cuando ya su alma se había plegado a otro que era de obediencia y renunciación. y así, mientras su cara traslucía el espanto y se le aflojaban, desmadejados, brazos y piernas, alzábasele la sangre alocada en la cabeza. el corazón y el sexo, y lo inundaba por oleadas del horror de sí mismo.

    Pronto recuperó el ánimo. y pudo hacerse con la jauría que alborotaba en sus oídos: su cara dijo que no, tras el escudo de unas manos que oponían las palmas pálidas al mundo. Una y otra vez insistieron los grandes del reino, y otras tantas volvió a denegar aquella cabeza tonsurada, girando lentamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. No; no él; su vocación no era esa. La negativa había perdido la premura del primer sobresalto; era serena y estaba impregnada de una amargura que, por momentos, se transfiguraba _se corrompía acaso_es una especie mala de dicha. No; no él. Él había hecho votos de servir a Dios en la humildad con las obras que están al alcance de cualquiera, con las obras mínimas de la voluntad rendida. ¿Querían acaso perderle? ¿Cómo iba a abandonar la vestidura de Dios para empuñar la espada de quienes saben servirlo con el esfuerzo de su brazo, él, hecho a volver la violencia contra sí mismo?...Sus preguntas se repetían y se prolongaban en el silencio, mientras sus ojos, entre consternados e irónicos, inquirían en los ojos de condes y prelados.

    Pero cuando las bocas de éstos pronunciaron por fin e hicieron sonar en el aire las palabras que estaban desde el comienzo en su propio corazón: que los caminos de Dios son secretos y era mandato divino que en vano pretendía eludir _cedió el monje, con el alma muerta, a aquello que en su propio corazón tenía aceptado desde el primer instante_. 

    Ramiro vistió la púrpura, ciñó la espada, calzó espuelas y, besando la corona de su padre, ocupó el trono. Los grandes acudieron a besarle la mano, helada como aquel metal, y el humilde tuvo que recibir acatamiento y mantener tendida esa mano que quisiera esconderse como un animal esquivo. También hubo de tomar esposa; pues ahora sabía que el futuro estaba abierto como un inmenso seno a sus simientes, aguardándolas con temblorosa avidez para llevar hacia adelante su estirpe, mientras que la estirpe del primogénito había quedado trunca, deshecha, podrida en los tres lechos damascados donde, pocos meses antes de su muerte, viera la carne de sus hijos devorada por la viruela, y reducido así su nombre famoso a anidar en una rama podada del árbol de familia...

    La Iglesia dispensó al Monje de sus votos, cediendo ante los signos de la Providencia, y el Santo Padre le dio permiso para desposar a la nieta del duque de Guyena, Inés de Poitiers, que le traería a Aragón su virginidad casi impúber.

    Entró Inés sobre una hacanea blanca con guarniciones verdes y doradas. La novia venía acompañada de su ayo, guardada por una tropa de caballeros de su casa, y seguida por más de veinte acémilas cargadas de vestidos y regalos. Para que llegase descansada a la Corte, había acampado la compañía en cierto lugar casi a una legua de Huesca, desde donde se adelantó para anunciarla un hermano de la nueva reina, con un escudero. Don Ramiro salió a aguardar, en medio de sus criados, hasta las puertas de la ciudad. En viendo a su esposa, bajó los ojos el rey; pero enseguida volvió a levantados, ahora imperturbables y duros y la miró desde detrás de la máscara impasible que se había compuesto a toda prisa con los músculos mismos de su cara, y que a ella le resultó turbadora y horrible: hecha de amarilleces ajadas, de pelos rojizos agrupados en espesas cejas y en una barba rala y todavía corta; demasiado grande en conjunto para el tronco que la sostenía, corto de talla y delgado de miembros, y como sumido dentro de la rica vestidura de novio. En el ánimo de Inés se sobrepuso enseguida a esta visión la alegre inocencia y la fuerza caudalosa de su corazón entero; do_ minando también su propia fatiga, el cansancio de su pelo lacio, de sus ojos sin pestañas irritados por el polvo, y de su pecho tierno y un poco hundido, se sintió y lució hermosa al brotarle de repente el amor que traía guardado para el esposo, y que tenía aprendido de los pájaros del bosque. .

    El rey monje había aceptado a la esposa como parte de su des tino recién manifiesto; pero no quería su amor. El amor no pertenecía a las exigencias de ese destino. Y así, venido el momento,  cuando Inés, aturdida de luces, músicas, incienso y calor estival, le aguardaba temblorosa, agitada el alma en movimientos de oscura y dichosa confusión, se llegó a ella con desabrida autoridad de varón y de rey. Luego, apenas pasadas las noches nupciales, abandonó la cámara, forcejeando contra su propia sangre que quería reventarle las sienes, le golpeaba el costado y le henchía el sexo... i Pero ¿acaso había de dejarse arrastrar también por su sangre?

    Noche tras noche tuvo que pasar sola en el lecho la reina adolescente, ya grávida. Cada vez que sentía los pasos de Ramiro acercarse a la puerta de la alcoba se le cortaba el aliento; pero los pasos pasaban de largo ante ella, siempre de nuevo, en un incansable recorrer la galería hasta la luz del alba _hasta el límite de la Locura y del sollozo y del grito_.

    De esta manera se cerraba el rey a un amor que no quería admitir y del que, en alguna ocasión, hubo de escapar saliéndose al  campo y cabalgando en la noche, primero el galope y luego despacio, al andar del caballo, puestos los ojos en la negra masa de las encinas y el oído en el diálogo interminable del arroyo y del ruiseñor, un diálogo penetrante, pero envuelto en sombras: como su destino.

    Cada vez se le hacían más oscuros los designios de Dios, nuevas ramas espinadas y floridas le brotaban en las entrañas cada día para distraerle durante horas enteras. Suplicaba al Señor que le permitiera saber el enigma de aquel engaño en que lo había tenido, y por qué le había hecho aborrecer el poder para luego hacerlo poderoso, y le había empujado con la suavidad irresistible de su mano hacia el camino de la humildad y obediencia para ordenar luego a su alma sumisa que adoptara el ademán imperioso de los soberbios. Pues, en verdad, temía a su propio poder más que los mismos súbditos, y la sensación de la autoridad que rodeaba a la púrpura le subía su color a las mejillas.

    Apenas si dejaban lugar sus cavilaciones a las cosas venidas de afuera: eran o demasiado crudas, o demasiado triviales, y en ningún caso tenían el tamaño de su ánimo; no eran cosas para él. Él sabía atarse las calzas y moverse en el espacio breve de una celda, sabía también descubrir el semblante de Dios en el movimiento de los cielos, en el temblor del agua, en la oscilación desolada de la rama que el pájaro abandona. Pero si tenía que sentarse a dirimir una querella entre dos barones que medían codicia con altivez, u obstinación con miseria, apenas si podía mantenerse en su asiento: apresuraba el laudo, y dejaba irritados a los contendientes, y la Corte misma se sentía vejada, y más vejada aún porque la justicia del fallo era intachable: lo había dictado el rey en su mente desde el comienzo, juzgando el pleito en los ojos de los adversarios, y juzgándolo bien: pero no les había permitido explayarse, ejercitar la perfidia y acreditar la torpeza, volcar a sus pies el encono, y tuvieron que volverse a marchar con el lío de sus malas pasiones como el buhonero al que despide el campesino sin haberle consentido que desate su mercancía... Y siempre lo mismo: agitado, envuelto en polvo y mojado en sudor, un emisario se acercaba a su oído para depositar allí, con voz en que el aliento brotaba a borbotones, la noticia de que el rey de Castilla se había entrado de nuevo por tierras aragonesas, y ya tenía en su poder Tarazona, o Calatuyud, o Zaragoza. El rey monje lo miraba despacio; y cuando la mala nueva alcanzaba a penetrado como piedra que cae en las aguas espesas de un estanque, aplazaba con una seña el asunto, quién sabe si para entregarse otra vez, la cabeza en la mano, a reconstruir con ansia un cierto gesto que le había acudido a la memoria desde lejanas brumas del pasado, y que lo mismo podría expresar el desprecio con que Alfonso, aún muchacho, sorprendiera a su niñez acurrucada en un rincón entre los criados, para oírles relatos y burlas, que el enojo dolorido de su padre, Sancho Ramírez, comprobando años más tarde, desde el arco de una ventana, su poca destreza para ensillar caballos.

     E Inés, viéndolo así, insomne hasta el asombro, las horas muertas con la mejilla sobre la palma de la mano, permanecía en silencio, algo retirada de él, sin atreverse a cortar sus pensamientos. Lo amaba sin comprender nada, sin preguntar nada, sin preguntarse nada; lo esperaba siempre; años lo hubiera esperado; la vida entera hubiera podido seguido esperando. Pero, entre tanto, el tiempo corría: era pasado ya el otoño, el invierno, y dentro del cuerpo infantil de la reina había ido creciendo otro cuerpo que lo dominaba vorazmente y le infundía la apariencia hinchada de una gran araña de blancura terrosa.

    Llegó la hora del parto, y el rey quiso presenciado. En pie junto a la cama, asistió durante todas las horas de un día completo a la convulsión ritual de la sacrificada, cuyo enorme vientre inmóvil agitaba con regularidad infalible piernas, brazos y cabeza. Por fin, vio abrirse las entrañas como una grieta en la tierra y asomar, empujando, la gran cebolla de raíces húmedas sobre la que debía recaer la corona de Aragón.

    Cuando Ramiro quiso unir en matrimonio a Petronila, su recién nacida hija) con el heredero del rey castellano, su adversario afortunado, volvieron a sentir los señores aragoneses que el reino estaba a punto de perderse. Si Alfonso había pretendido sepultarlo en su mausoleo por pura soberbia, este manso Ramiro pretendía ahora hacer abandono del gobierno, cederlo en vida, y colocados a ellos bajo el poder de otro rey cuya violencia habían probado en propia carne. Se opusieron, pues, los grandes a esta voluntad negativa, a esta sutil abdicación mediante la que el rey monje creía poder recuperar lo perdido entregando el resto al ganador para que, en sus manos, se reintegrara la desmembrada tierra. Después de haber sufrido el del Batallador, temían los señores al puño de Alfonso VII de Castilla; no consintieron en los desposorios; el reino denegó su anuencia.

    Y entonces, sólo entonces, se dio cuenta Ramiro de que, mientras vivía en la turbación del ánimo, aquellos que lo hicieran rey prometiéndose de su mansedumbre holgura para sus propios asuntos, habían puesto mano en los del reino; de que había perdido el poder a que temía, la autoridad de que se avergonzaba; y de que todo marchaba al fin como si hubiera recaída el reino en las Ordenes militares. Y se dio cuenta asimismo de que con ello había faltado al mandato de Dios.

    Dicen que pasó toda una noche pidiéndole consejo, y fuerzas para cumplirlo. En todo caso, ejecutó su crueldad pensando obedecerle. Con desgana horrible, pero con horrible seguridad, dispuso el sonado escarmiento; lo hizo, llena el alma de fría repugnancia, pero sin vacilar un instante. Hasta entonces, la voluntad de Dios le había llegado siempre a través de la meditación, entre insufribles perplejidades: había tenido que aguardarla espiando pacientemente durante horas, en la vigilia, en el silencio nocturno, para entreverla un momento en las vueltas de su razón, para sentirla apenas, imprecisa como la señal con que una ramita golpea en la ventana. Y nunca había conseguido, tras la fatigosa espera en que se agotaba aguardando signos sutiles, estar seguro de que los interpretaba bien... Pero esta vez el Señor le hizo conocer su voluntad de manera súbita y clara. Le llegó el mandato a través de su corazón, en un solo golpe de su sangre. Fue su sangre violenta lla que le dictó la hazaña: ¡la sangre pide sangre siempre, quiere ensangrentar el mundo! Y tanta evidencia, tan fácil llamada, una resolución tan inequívoca, le prestó ligereza terrible para disponer lo siniestro.

    Apenas si eran creídas sus disposiciones por los criados de su casa. Estaban demasiado hechos al desprendimiento de ese rey piadoso y distraído, que daba órdenes con voz tímida y las olvidaba enseguida, y de quien se contaba que habiendo pedido en cierta ocasión un vaso de agua y, conchavados sus sirvientes para comprobar si, fingiendo olvido, reiteraría su deseo, vieron con asombro que, una hora más tarde, venía el rey en persona a buscar el agua a donde reían los pajes su insolente broma... Y así, más bien pensaron que el Monje se hubiera vuelto loco al entender que requería al verdugo y sus ayudantes y ordenaba erigir el tajo, cuando ningún crimen se había cometido ni estaba por cumplirse ninguna sentencia..

    Estos preparativos fueron hechos con entero sigilo. El tajo no se montó en la plaza pública, sino en una gran cuadra del palacio, próxima al atrio de la iglesia; y nadie podía conjeturar a qué se dirigían, pues sólo algunos familiares de Ramiro y los caballeros de la casa de la reina que la acompañaron a Aragón y se quedaron en la Corte participaban en las idas rápidas y las voces quedas de la conjura. A su hora, fueron saliendo mensajeros en direcciones distintas para buscar bajo engañosas órdenes a los magnates del reino; y todo se fue cumpliendo con helada exactitud.

    La primera cabeza que hubo de caer separada por el hacha fue la muy anciana y venerable del prelado de Huesca. Se comentó más tarde que, recostado :ya en el grueso tronco bajo las manos del ayudante, cuyos dedos separaban con torpeza la barba cana del dignatario, aún no terminaba de creer el altivo señor en la mudanza de la suerte, ni se resolvía a deponer la ira y revestirse de la resignada modestia con que es decoroso comparecer a la presencia de Dios.

    Sobre la sangre del obispo, que corría hasta el suelo en delgados hilos negros, cayó la de los demás grandes, uno tras otro. Todo era tan rápido que apenas si les daba tiempo a abandonar el aplomo arrogante y asumir, tras la sorpresa, la actitud que a cada cual le dictara su alma frente a la muerte. Y sólo el señor de Barbastro se detuvo a la entrada y perdió el color y se le crispó la boca y se le extraviaron los ojos, viendo a un perrillo lamer la sangre que aún fluía de un tronco sin cabeza, en el que reconoció la corpulencia y la ropa de su propio hermano...

Cuando ya no quedó ninguno por ejecutar, fueron sacados los cuerpos en una carreta y expuestas en el atrio de la iglesia las cabezas, formando una campana que anunciaba el escarmiento dispuesto por el rey en quienes más se habían atrevido _según explicó un pregonero, convocando el pueblo a tambor batiente_. Un silencio de horror dominó en la plaza, yeso duró todo el día, y se hizo aún más denso en la noche. Pero pasado un tiempo, ya ni los muchachos miraban las descarnadas cabezas... De todo esto sólo ha quedado escrito el testimonio de los Anales Toledanos, que dicen: «Mataron las potestades de Huesca: era 1136».

    Pocos meses más tarde festejaba Aragón los solemnes desposorios de doña Petronila con Ramón Berenguer IV. La Novia tenía dos años de edad; el novio, veinticuatro...

    Ramiro el Monje dio al príncipe catalán, con su hija, el ejercicio del poder, conservando para sí, durante los diecisiete años que se prolongó todavía su existencia mortal, el título y la sombra de rey. De este modo, y a través de tan perturbadoras y dolorosas crisis, de tanto angustiarse y buscar, de tanto dar tormento a su alma, vino por fin a cumplir Ramiro su destino originario, viviendo en la Corte esa dignidad sin servicio que correspondía, en su condición regia, al orden de su nacimiento.

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