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Esopo

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La zorra y las uvas

La cigarra y la hormiga

La zorra y el león anciano

Las ranas que querían rey

La mujer y el marido borracho

La viuda y las criadas

Hércules y Atenea

La liebre y la tortuga

Andocles y el león

El ladrón y su madre

                           La zorra y las uvas.
  Estaba una zorra cuando vio  unos deliciosos racimos de uvas que colgaban de una parra.  Entonces quiso atraparlos una y otra vez  con su boca.
  Mas no pudiendo alcanzarlos, se alejó diciéndose:
  -- ¡ No me agradan, están  demasiado verdes... !
  Nunca traslades la culpa a los demás de lo que no eres capaz de alcanzar.

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La cigarra y la hormiga

  El sol del verano ardía sobre el campo. La cigarra cantaba a toda voz en las largas horas de la siesta, tranquilamente sentada en una rama.
   Comía cuando se le antojaba y no tenía preocupaciones.
Entretanto, allá abajo, las hormigas trabajaban llevando la carga de alimentos al hormiguero.
   Terminó el verano, quedaron desnudos los árboles y el viento comenzó a soplar con fuerza. La cigarra sintió frío y hambre. No tenía nada para comer y se helaba. Entonces fue a pedir auxilio a sus vecinas, las hormiga. Llamó a la
puerta del abrigado hormiguero y una hormiga acudió. La cigarra le pidió comida.
   _ ¿Por qué no guardaste en el verano cuando abundaba? ¿Qué hiciste?  _ le preguntó la hormiga.
   _ Cantaba _respondió la cigarra.
   _¿Mientras yo trabajaba? ¡Pues ahora baila!_ dijo la hormiga dándole con la puerta en las narices.
   Debemos ser prevenidos y pensar en el futuro, para no vernos luego en dificultades.

 

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                      La zorra y el león anciano.
   Un anciano león, incapaz ya de obtener por su propia fuerza la comida, decidió hacerlo usando la astucia. Para ello se dirigió a una cueva y se tendió en el suelo, gimiendo y fingiendo que estaba enfermo. De este modo, cuando los otros animales pasaban para visitarle, los atrapaba inmediatamente para comérselos.
  Ya habían llegado y perecido bastantes animales, cuando la zorra, adivinando cuál era su ardid, se presentó también, y deteniéndose a prudente distancia de la caverna, preguntó al león cómo  estaba desalud.
   _ Mal  _contestó el león, invitázorra -- si no viera que todas
las huellas entran, pero no hay ninguna que  salga.
    Siempre advierte a tiempo los indicios del peligro, y así evitarás que te dañe.

 

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                     Las ranas  que querían  rey.
  
Cansadas las ranas del desorden y anarquía en que vivían, mandaron una delegación a Zeus para que les enviara un rey.
Zeus, atendiendo su petición, les envió un grueso leño a su charca.
   Espantadas las ranas por el ruido que hizo el leño al caer, se
corrieron a esconderse. Pero, al darse cuenta de que  el leño no se movía, fueron saliendo a la superficie y dada la quietud que predominaba, empezaron a sentir tanto desprecio por el nuevo rey, que brincaban sobre él y se le sentaban encima, burlándose sin descanso.
   Y así, sintiéndose humilladas por tener como monarca a un simple madero, volvieron donde Zeus, pidiéndole que les cambiara al rey, pues éste era demasiado tranquilo.
   Indignado Zeus, les mandó una activa serpiente de agua que, una a una, las atrapó y devoró a todas sin compasión.
   A la hora de elegir los gobernantes, es mejor escoger a uno sencillo y honesto, en vez de a uno muy emprendedor pero malvado o corrupto.

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ARCIPRESTE DE HITA            SAMANIEGO

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               La mujer y el marido borracho.
   Tenía una mujer un marido borracho y, para librarle de este vicio imaginó la siguiente  argucia:  en el momento en que su marido se quedó tan  insensible como un muerto a causa de la embriaguez, cargó con él sobre sus espaldas, lo llevó al
cementerio y allí lo dejó. Cuando juzgó que ya se le había pasado la  borrachera, volvió y llamó a la puerta del cementerio.
   _¿Quién llama ahí? _dijo el borracho.
   _Soy yo, que traigo la comida a los muertos _contestó la mujer.
   _No me traigas comida; prefiero que me traigas  algo de beber  _replicó el  borracho.
    Y la mujer, golpeándose el pecho, exclamó:
    -¡Qué desdichada soy! Ni siquiera mi treta ha hecho el menor
efecto sobre ti , marido mío, pues no sólo no te has corregido, sino que te has agravado, convirtiéndose tu vicio en una segunda naturaleza.
    No dejes que una conducta equivocada domine tu vida. Pon tu razón sobre el error.

 

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               La viuda y las criadas.
 
 Una viuda muy laboriosa tenía unas criadas jóvenes a las que despertaba  todavía de noche al canto del gallo para que comenzasen sus tareas. Ellas estaban siempre extenuadas de fatiga y resolvieron matar el gallo de la casa  por considerarle
el causante de su desgracia, puesto que despertaba a su señora antes del amanecer.
   Mas  cuando llevaron a cabo su propósito se encontraron con que habían agravado su mal, porque su señora, no teniendo el gallo que le indicaba la hora, las hacía levantar antes para ir al trabajo.
   Nunca creas que la causa de tus problemas es lo que primero se  presenta ante tus ojos. Piensa en qué sucedería si eliminas lo que estás viendo como posible causa de tus males.

 

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                         Hércules y Atenea.
   Caminaba  Hércules a lo largo de un estrecho camino cuando vio caído en tierra un  objeto parecido a una manzana e intentó aplastarlo. El  objeto duplicó su volumen. Al ver esto, Hércules lo pisó con más violencia
todavía, golpeándole además con su maza. Pero el objeto siguió creciendo, cerrándole con su  masa el camino. El héroe lanzó entonces su maza, y quedó plantado presa del mayor asombro.
   En esto se le apareció Atenea y de dijo:
   -Escucha, hermano; este objeto es el espíritu de la disputa y de la discordia; si se le deja tranquilo, permanece como estaba al principio; pero si se le toca, ¡mira cómo crece!
   La disputa y la discordia son causa de grandes males a la humanidad. Nunca las estimules.

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                       La liebre y la tortuga.
 
 Cierto día una liebre se burlaba de las cortas patas y de la  lentitud al caminar de una tortuga. Pero ésta, riéndose, le replicó:
   -Puede que seas veloz como el viento, pero yo te ganaría en una carrera.
   Y la liebre, totalmente segura de que aquello era imposible, aceptó el  reto, y propusieron a la zorra que señalara el camino y la meta.
   Llegado el día de la carrera, arrancaron ambas al mismo tiempo. La tortuga nunca dejó de caminar y a su lento paso pero constante, avanzaba tranquila hacia la meta. En cambio, la liebre, que a ratos se echaba a descansar en el camino, se quedó dormida. Cuando despertó, y corriendo lo más velozmente que pudo, vio cómo la tortuga había llegado a la meta  y obtenido la victoria.
   Con seguridad, constancia y paciencia, aunque a veces parezcamos lentos, obtendremos siempre el éxito.

 

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                             Androcles y el león.
   Un esclavo llamado Androcles tuvo la oportunidad de escapar un día y corrió  para internarse en la selva.
  Y mientras caminaba sin rumbo, llegó a donde yacía un león, que gimiendo le suplicó:
   _Por favor, te ruego que me ayudes, pues tropecé con un espino y una púa se me enterró en la garra y me tiene sangrando y dolorido.
   Androcles lo examinó y gentilmente extrajo la espina, lavó y curó la herida. El león lo invitó a su cueva donde compartía con él el alimento.
  Pero días después, Androcles y el león fueron encontrados por sus buscadores. Llevado Androcles al emperador fue condenado al  anfiteatro a luchar contra los leones.
   Una vez en la arena, fue suelto un león, y éste empezó a rugir y buscar el asalto a su víctima. Pero a medida que se le acercó reconoció a su benefactor y se lanzó sobre él pero para lamerlo cariñosamente y posarse en su regazo como una fiel mascota. Sorprendido el emperador por lo
sucedido, supo al final la historia y perdonó al esclavo y liberó a la selva al león.
    Los buenos actos siempre son recompensados.

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                      El ladrón y su madre.
  
Un joven adolescente robó un libro a uno de sus compañeros de escuela y se lo mostró a su madre. Ella no solamente se abstuvo de castigarlo, sino que lo estimuló.    En la siguiente ocasión  robó una capa y se la llevó a su madre quien de nuevo lo alabó.
   El joven creció y ya adulto fue robando cada vez cosas de más valor hasta que un día fue capturado en el acto, y con las manos atadas fue conducido al cadalso para su ejecución pública.
   Su madre lo siguió entre la multitud y se golpeaba violentamente su pecho de tristeza. Al verla el ladrón dijo:
   -Deseo decirle algo a mi madre al oído.
   Ella acercó su oído a él, y éste rápidamente mordió su oreja cortándosela.
   Su madre le reclamó que era un hijo desnaturalizado, a lo que él replicó:
   _¡Ah! Si me hubieras reprendido en mi primer robo del libro aquel, nunca hubiera llegado a esto y ser condenado a una ingrata muerte.
   Al nuevo árbol se le endereza tierno para que crezca derecho.
 

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