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Daniel Sueiro
Mi asiento en el tranvía

Las siestas

Mi asiento en el tranvía

   LOS días son más largos ahora, cerca ya el verano, y el viaje de vuelta lo hago aún con sol, sean las siete o las ocho de la tarde.

       No hay cosa que me guste más en el mundo que estos viajes en el tranvía, con el sol. Hasta voy al trabajo con ganas, y me olvido del cansancio cuando vuelvo. Es lo que pasa cuando hay un aliciente en la vida.

       Sentado en tu asiento, sin hacer caso de nada, con la frente pegada al cristal y el sol que te calienta, así vas, mirando las casas y las aceras, los árboles, las glorietas, todo lo que pasa en la calle, las puertas de los bares, los coches, las disputas, la gente; todo eso moviéndose o quieto, todo al sol, mientras tú pasas de viaje y disfrutas tu bonita horita de tranvía todos los días.

        ¡La de excursiones y viajes de placer, la de vueltas al mundo que yo he dado en el tranvía todos los días, jo...!

       Te haces a la idea y te parece que vas de gira, en vacaciones, por sitios desconocidos y ciudades nuevas... Eso es lo que a mí me pasa, por lo menos; es que ya sé a dónde puedo llegar, yo no me engaño, estando como están las cosas.

       No se puede tener prisa, tampoco, porque el tranvía tiene su recorrido fijo y su velocidad. Yendo en tranvía no vas a llegar a Pamplona; y si vas en un 14, tampoco esperes llegar al final del 61. Ir en tranvía no es como ir en avión, ni siquiera en coche, así que mucha calma. Yo disfruto plenamente en el tranvía, porque me abandono y no pienso en nada; sólo sé que aquello tiene unos raíles y un tiempo para llegar. No se le puede meter más prisa, con que yo, aunque vea que se me hace tarde, no me impaciento y sigo tan tranquilo.

       Ahora, a mí me gusta ir sentado.

       No creo que eso sea pedir gollerías. Yo no me meto con nadie y  espero, pero quiero ir sentado en un asiento, a ser posible al lado de las ventanillas.

       Si a uno le van a quitar encima esta expansión...

       Mil veces me tengo levantado temprano sólo para coger un buen sitio en la cola y poder ir sentado, como lo digo, tomar el sol y mirar por los cristales. Es que estos viajes, si no los haces sentado, pierden mucho. No es lo mismo, vas cómodo y además te distraes de lo tuyo; el trayecto se te hace larguísimo, parece que no llegas nunca y te irritas. Sentado y sin hacer caso es otra cosa.

       Me levanto muy temprano y espero en la parada que hay mismo delante de mi casa a que se meta toda la gente y dejo pasar todos los tranvías que van llenos.

       Mi madre ya me lo dice, cuando me oye madrugar tanto.

       _Pero, ¿por qué te levantas tan pronto, hijo?

       _Total, ya estoy despabilado.

       _¿A dónde vas a estas horas?

       _¿Y a dónde voy a ir? _digo yo.

       _¿ No andarás en algún mal paso, hijo?

       _No madre _le digo_; me voy al trabajo. ¿A dónde quiere que vaya?

        _¿ Al trabajo tan pronto?

       Y ya me solivianta.

       _Mire, madre _le digo por el pasillo casi a oscuras_, yo aspiro a una cosa en la vida: a ir sentado en el tranvía. Eso que no me lo quiten. No me parece mucho ¿ no?

       _¡Qué juventud esta...! _oigo murmurar a mi pobre madre_. Tu padre iba al trabajo andando...

       Vuelve a preguntarme luego:

       _¿ y para ir sentado en el tranvía, has de levantarte tan temprano?

       _Sí _le grito_ . Hay mucha gente que quiere ir sentada... Yo no me peleo con ellos y los dejo pasar. Sólo me siento cuando quedamos pocos y hay asientos bastantes.

       Y añado al cabo de un rato, riendo y con la boca llena:

       _Aun así llego tarde al trabajo, a veces...

       Y ella no sé si se echa a llorar, porque estas cosas parece que no las entiende.

       Pero, claro, el tranvía que pasa casi vacío cuando yo lo cojo (después de dejar pasar media docena de ellos), también acaba por llenarse, muchas veces un par de paradas más allá, con toda la gente que espera.

       Yo tomo el sol y contemplo la calle, mientras viajo, sentado en mi asiento, procurando no mirar a la gente que va dentro del tranvía ni hacer caso de ella. Cada uno de estos que van a mi lado, si pudieran, me quitarían mi asiento para sentarse ellos; me echarían de él a la fuerza, me arrojarían incluso del tranvía en marcha con tal de dejarles libre mi asiento.

       A ninguno le he pedido nada, ni he pensado aun en quitarles nada de lo que ellos tienen, pero desde luego mi asiento en el tranvía no se lo dejo.

       No los miro, pero sé que me rodean amenazantes y cada vez más irritados. Algunos adoptan actitudes lastimeras, ponen cara de cansancio, de dolor, de desmayo; suspiran, se quejan, se remueven incómodos y abatidos, como si fueran a caerse al suelo y morirse si yo no les dejo mi asiento. Otros evidencian claramente su despecho y su rabia al dejarse caer sobre mí en las vueltas que da el tranvía, al pisarme, al meterme los codos. Hombres y mujeres que me vigilan y me acosan como si yo fuera un delincuente o estuviera usando algo que no me pertenece, que les he arrebatado. ¡Ja, ja, me da risa!

       Además ellos pensarán:

       _Habrase visto qué atrevimiento...

       _Ya no hay respeto ni educación.

       _Este desastrado, sentado en un asiento.

       _De buena gana lo levantaba y le sacudía.

       _No, si las personas decentes ya no...

       _¡A dónde vamos a parar...!

       Todos a mi alrededor, todos a la caza de mi asiento, mientras a los demás que van sentados nadie parece molestarles, y entonces yo debo pensar que soy el más indigno de los hombres, sea por mi edad o por mis pobres ropas, puesto que no merezco ir a mi trabajo sentado en el tranvía.

       Aun así, no me levanto ni me levantaré nunca. Nunca.

       Soy muy joven y aún no estoy cansado de nada. Trabajo sin entusiasmo, pero trabajo. Gano lo menos que se puede ganar, lo que me pagan. Pero mi asiento en el tranvía nadie me lo quitará.

       A la vuelta, cuando cae  la tarde, el viaje es más plácido, aunque yo vengo rendido. EL sol no aviva y calienta las calles ni la gente, como en el viaje de la mañana, sino que las va enfriando y matando lentamente con sus destellos escarlata.

       He dejado pasar todos los tranvías que van llenos, he dejado pasar toda la gente de la cola, y por fin me he subido a un tranvía que lleva mi asiento. Nadie se da cuenta, pero yo espero, subo, me siento y luego viajo a gusto.

       Y, sin embargo, también ese tranvía acaba por llenarse.

       Así que sube la señora que viene a por mí en cuanto me he sentado.

       Es una de esas señoras que están seguras de que las cosas de este mundo y todos los asientos de los tranvías han sido hechos para ellas.

       Viene arrastrando al niño, pero en cuanto está a mi lado lo coge y se lo echa a los brazos. Es un niño de cuatro, de cinco añazos por lo menos.

       La señora sostiene al niñazo en sus brazos. La madre con el hijo, la mujer con la criatura, de pie en el tranvía, justo al lado de un chalado que parece que no se entera y que no se levanta ni pa Dios. Ya, ya me sé ese cuento.

       Con que no me muevo y a seguir disfrutando.

       Y miro lo de siempre, que todos me miran y me vigilan, me maldicen, todos en torno a mí, encima de mí. Y yo aguanto. Como si todos tuvieran derecho a mi asiento, como si los asientos de los demás fueran sagrados.

       Nadie habla, todo el mundo pendiente de mi asiento, si me levanto o me quedo sentado, mientras la madre sigue acusándome con la preciada carga encima.

       Me pongo colorado, seguramente porque soy joven y tengo la cara llena de granos, pero esto no tiene nada que ver, aunque a mí en el fondo me moleste y me avergüence un poco.

       Sí que me fastidia, porque además resulta que siempre me ruborizo y se me notan más los granos por culpa de las mujeres, sobre todo cuando las miro y ellas me miran, o en casos como éste, en que al fin y al cabo lo que pasa es que hay un asunto entre una señora y yo.

       Y voy pensando acerca de las mujeres, mientras sigue el viaje del tranvía, sentadito y al sol: ellas nos disputan los puestos de trabajo, ¿o no?; ganan carreras y a veces nos cohíben, nos avergüenzan, nos hacen sentimos insignificantes y salvajes; ellas nos gritan, discuten con nosotros, consiguen de los jefes cosas que nosotros no podemos conseguir.

       Pero el niño, desde arriba, me está pegando patadas en la cabeza, no sé si por orden de su mamá, y me tengo que retirar un poco y aplastar aún más la cara contra el soleado cristal.

       Cada vez hay más gente en el tranvía y más apreturas encima de mí.

       Y una especie de hombre decente es el que empieza, como otras veces:

       _Un poco de respeto, hombre _todavía con cierta prudencia, aguantándose las ganas que tiene de reprenderme de otro modo-. ¿No ves aquí a la señora?

       Me concentro en el cristal, con el ceño fruncido y no hago caso.

       _Una señora de pie, con un niño en brazos, y él sentado _oigo otra voz, que será la de ella, supongo.

       Y nada, todo el mundo a mirarme ahora hostilmente, unos por encima de los hombros y los otros, poniéndose de puntillas y estirando e cuello.

       _Vaya educación la de ahora _empiezan.

       _Ya no es educación, se trata de sentimientos.

       _Un poco de entrañas, debían tener por lo menos.

       _Estos cuadros no se veían antes.

       _Caballeros, que aún quedaban...

       _Las nuevas generaciones..., ¡míralas...!

       Etc..., etc.

       Con lo que ya empezaban a fastidiarme el placer del viaje y la contemplación del paisaje, porque estas cosas siempre afectan, aunque no quieras.

       El hombre decente me dio unos golpes en el hombro, con la mano, y tuve que volverme.

       _Que aquí la señora sigue de pie... _bajó la cabeza para hablarme, y al mismo tiempo miraba a los otros, que asentían.

       Estaba más bajo que todos ellos, precisamente por ir sentado, y parecía que iban a comerme.

       _Bueno _le dije, y lo primero que se me ocurrió, lo más fácil_, pero aquí la señora vendrá de ver escaparates toda la tarde, y un servidor viene de dar el callo.

       Se impacientó e hizo el ademán de contener su santa indignación.

       _Lo que hay que aguantar..., lo que hay que aguantar... _y a mí lo que me pareció era que quería sentarse él.

       Luego vino lo del teniente, que me dijo:

       _A ti te querré ver yo en el cuartel, macho... Allí ya verás...

       _A lo mejor no voy _le dije, como es la verdad, por lo de mi madre.

       _¿No te gusta? _se inclinó hacia mí con una sonrisa helada.

       _No sé si me gustará; pero, desde luego, como pueda, no voy.

       _Como yo te coja por mi cuenta, te voy a enseñar a sentarte y a levantarte cuando se te ordene.

       El tranvía seguía su camino, parando en las paradas, y la gente se arremolinaba cada vez más a mi alrededor, mientras cruzaba calles y barrios.

       _Te salva que yo aquí no tengo autoridad... _decía el teniente, y también los demás hacían comentarios, condoliéndose de la señora que aún iba a pie y con el niño en brazos.

       Yo estaba casi llegando a mi parada, pero aún entonces salió otro que me quiso avasallar.

       -No te pongas chulo, encima _me dijo_, que te hago levantar en seguida.

       Tenía un bastón en la mano y parecía apoyarse en él por ese lado del cuerpo, mientras el otro lado lo colgaba del brazo que llevaba asido a una de esas correas de cuero.

       Lo miraban todos, como yo.

       _Te puedo obligar a levantarte _insistió_, ¿ o es que no lo sabes?

       Eché un rápido vistazo a ver si era mi asiento el que tenía la plaquita metálica y me quedé tranquilo, sin pensar en moverme.

       _Su asiento no es éste _le dije con toda seguridad_; lo que pasa es que su asiento lo debe estar ocupando otro por ahí.

       _¡Yo me puedo sentar en donde quiera! _gritó.

       Los demás así debían creerlo, porque asentían encantados, al ver cómo se me iban poniendo las cosas.

       Él sólo podía obligar a levantarse a uno que ocupaba el asiento que dice «reservado para caballeros mutilados», y no me parece mal, pero el mío no era ése. De todos modos me callé y volví a contemplar la calle, porque sé que esta gente en realidad puede hacer lo que le dé la gana, después de haber hecho lo que hizo.

       _Hágalo levantar _le animaban por allí al señor del bastón.

       _y tápele la boca, hombre, que ya está bien.

       _Lo que hay que oír a esta gente... ¡Mocosos!

       _Esto ya es demasiado.

       _Que se levante, ya está bien.

       _-Es lo último: un mutilado y una señora con un niño de pie, y el señorito sigue sentado...

           Y yo es lo que pienso, mientras atravieso la ciudad; cojo el tranvía porque sé que tengo en él asiento para mí, porque todavía quedan algunos asientos sin las plaquitas de propiedad para unos o para otros, porque me da igual lo que digan o piensen...; si no fuera así, o si llegara el momento en que así no fuera, lo que yo haría sería quedarme a morir en casa o tal vez, lo más seguro, montarme en el primer vehículo que me encontrara al paso sin esperar más colas ni preguntar nada a nadie. Esto es lo que voy pensando, cerca ya de mi parada, así como otras muchas cosas, dedicadas especialmente a toda esta gente que me quiere quitar mi asiento; cosas bastante sabrosas que algún día contaré, lo más seguro.

       Están todos aún indignados y me miran con verdadero rencor, con desprecio, porque he hecho todo el viaje sentado, sin hacer caso de nadie ni dejarme amedrentar, y cuando el tranvía se detiene, lo que hago es enderezarme de mi asiento y pedirles permiso para salir. Así que me levanto y voy hacia la puerta, encorvado y cojeando, con la boca un poco entreabierta y los ojos extraviados, que les van recorriendo de arriba a abajo mientras paso por entre ellos, y ese temblor de los brazos y las manos, débil como parezco y mal vestido, desgraciado de mí.

       Entonces disfruto porque veo cómo sufren todos ellos, cuánto les hago sufrir y maldecirse, porque han venido acosándome durante todo el viaje e intentando obligarme a que me levantara de mi asiento, ¡ay!, hacerle eso a uno como yo... Escucho su repentino silencio, oigo los golpes de la sangre en sus corazones, que los hacen sentirse despreciables y malvados, tal como me he propuesto. Los veo mientras paso retorciéndome entre ellos y veo cómo empalidecen y les remuerde la conciencia, cómo se arrepienten, se duelen, se torturan, enmudecen y quedan inmóviles..

         Salgo del tranvía, bajo torpemente, lastimosamente los dos o tres escalones y me arrastro casi hasta la acera. Allí me vuelvo y los miro de nuevo, los contemplo con detenimiento, esos rostros y esos ojos atormentados y culpables que me imploran, mudos, un perdón que no merecen ni pueden alcanzar.

       Nos miramos fijamente y yo les acuso desde la acera, inmóvil y en silencio, hasta que las puertas se cierran de nuevo y el tranvía se pone otra vez en marcha.

       Y ahora es cuando me echo a reír como un loco, estiro completamente los brazos por encima de mi cabeza, enderezo todo el cuerpo y empiezo a dar saltos de alegría y a pegar patadas al aire, para que todos ellos me vean como soy, joven y sano, ágil y lleno de vida, libre y vengativo. Voy corriendo durante un rato al lado del tranvía, riendo y gritando, dando saltos de uno o dos metros de altura, burlándome de ellos, humillándolos y enfureciéndolos cada vez más.

       Todo esto es difícil que lo soporten sin odiarme ahora mucho más que cuando yo iba sentado en mi asiento del tranvía sin levantarme para dejarles mi sitio ni hacerles ningún caso.

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LAS SIESTAS

 

Sería la una,

serían las dos,

serían las tres,

cuatro, cinco, seis

de la mañana,

cuando estaba con mi novia

sentadito en la ventana.

 

Lleva la carretilla, vacía, tras él, como si la arrastrara; con los brazos extendidos a la espalda, hacia abajo, tirando de ella sin hacer ninguna fuerza, y va cantando. Vuelve cantando, empuñando luego enérgicamente los mangos de la carretilla cargada, empujándola delante de él. Los tablones alineados sobre la arena, para que la rueda y los pies  no se hundan, se van curvando  paso. A la vez que  va penetrando con su carga en la pasarela, así va hundiendo la voz en la letra de la canción, que no es la más apropiada para su faena. Por un momento, al saltar de una tabla a otra con la rueda metálica, en el desnivel, su voz parece enfadarse con la canción, como si esta canción fuera una canción dolorida y trabajosa que da más penas que alegrías.

Rafaé, que no lo escucha, lo oye,  y oye, parado al sol con los brazos extendidos todo a lo largo del cuerpo, como si ya no fuera a moverse nunca más, comprimidos los ojos a causa del sol y del sudor, el roce de la rueda de hierro de la carretilla sobre el largo tablón, que va aplastando las arenas y las piedras pequeñas.

En el chalet  de enfrente, la persiana, que ha estado echada sobre el amplio ventanal, pero con todas las ranuras, entre madera y madera, abiertas, cae ahora de golpe sobre el alféizar y se cierra herméticamente, tapa por completo el hueco de la ventana. Van a dormir, piensa Rafaé. Son las cuatro y media de la tarde. El sol cae aún  sobre las arenas, las de la playa y éstas, que están tan cerca; como a puñados de brasas. La persiana la ha dejado caer él; si fuera ella, lo hubiera hecho con más suavidad. (Rafaé creía conocerlos.)

 De toda la cuadrilla, el señor Flores y Rafaé son los que menos ganan, los que menos cobran, en su calidad de peones; son los que más se mueven, pero esto no quiere  decir que sean los que más trabajan. Ellos dos son, uno el más alegre de todos, Flores, un viejo, y otro el más triste y  melancólico, todavía un chiquillo y ya así. El señor Flores hace la masa y la lleva, también  maneja la  carretilla; Rafaé anda con los ladrillos.

_ ¡Mezcla!  _le pide el Resucitado, desde el andamio.

El señor Flores llena la espuerta y se la lleva, saliéndose ahora por bulerías.

_¡Asín te va pillá er toro! _le dice el viejo al delante de Rafaé, que aún no se ha movido ni dejad mirar_. ¡Asín te va pillá, como no te menees...!

Rafaé aparta la vista del cuadrilátero de madera dibujado en medio de la blanca pared, de la persiana completamente cerrada, y se va con paso lento a por otra brazada de ladrillos.

_¡Quillo. . .! _le grita el maestro, i que es para hoy!

Todos trabajaban con ganas en lo de los chalets nuevos, porque iban por horas, no a sueldo fijo. Se les veía moverse durante todo el día, desde las siete de la mañana hasta las ocho de la tarde, ya casi de noche, con los sombreros de papel sobre la cabeza _el mismo papel grueso de los sacos de cemento_, o las gorras viseras, los pañuelos tapándoles la nuca y las orejas, el cuello, como legionarios del desierto, sobre la arena ardiente y los rastrojos calcinados y blancos. Echaron los cimientos en un par de días y siguieron hacia arriba, poniendo ladrillos. (La primera casa que se había levantado allí, casi como un experimento, se había alquilado en seguida, sin la menor dificultad, todo lo contrario _para toda la temporada_, y entonces al contratista le habían encargado edificar rápidamente una serie de ellas, todas iguales, pensando en tenerlas listas antes de que acabara el verano, o, en el peor de los casos, para el otoño.)

En la cuadrilla eran unos diez o doce, que Rafaé ya conocía de antes, de verlos por el pueblo. Le trataban bien, le decían cómo tenía que hacer, para aprender el oficio; y aunque él callaba, poco le importaban las lecciones y el oficio aquél. "Yo bien sé lo que tengo que hacer _se decía_, yo bien sé.. ." Lo que a veces les irritaba en él era su indiferencia y lentitud para el trabajo  y su pachorra en general. "¡Niño, pasmao _le gritaba alguno. ¿ Qué miras? i No hay ná que ver!", Y entonces pensaba que se reían porque sabían algo, como se reían en otros momentos, mirándole a los ojos, a toda la cara con los granos y  los pelos de la barba, cuando hablaban entre ellos de cosas con  sus mujeres o con otras y también cuando pasaba alguna  camino de la playa, a veces  ya en bañador o, por lo menos, moviéndose.

       Rafaé miraba también, miraba hasta que la perdía de vista, la silueta, tras las casetas de la playa o como disuelta en las reverberaciones del sol sobre la arena y tal vez el agua verde del mar.

       _Que te vas a quedar bizco _le decía entonces Casimiro, uno de ellos_. ¡Anda ya…!

       Aquella playa, hasta entonces casi desconocida y desierta, apenas frecuentada por la gente de los pueblos cercanos _los domingos y días de fiesta_, había empezado a tomar nombre y fama de la noche a la mañana, y se veía ya muy frecuentada por gente del interior, de las ciudades, y por extranjeros. Iban surgiendo casas, chalets, hote1itos a lo largo de la costa; restaurantes y bares, quioscos de bebidas en la misma playa, en casetas de madera sobre la arena. Desde la obra se veían los toldos verdes y rojos, los sombrajos de guita o  caña; los golpes de las olas alzando en vilo a los bañistas, o hundiéndolos por un momento; las  mujeres tumbadas boca arriba, al sol, sin moverse, corno si estuvieran muertas o algo así. Pasaban cerca, por la carretera aún sin asfaltar, los coches de los veraneantes, que levantaban  grandes nubes de polvo blanco.

Por la tarde, hacia  las siete, la persiana se levanta de nuevo. La alzan desde dentro, tirando de la correa porco a poco, con suavidad, sin hacer ruido. Es ella. Las tablas, muy largas y muy estrechas, enganchadas unas a otras por los apliques  metálicos _dos en los extremos, uno al centro_,  van  subiendo, deslizándose por los carriles metálicos que hay en la pared, a cada lado; primero se abren unas pequeñas rejillas entre las tablas, luego se  abren completamente las ranuras, todo a lo largo, iguales unas a otras, como de medio centímetro o de uno) todo lo más, y al fin la última madera de la persiana, algo más ancha que las demás, va subiendo ventana arriba, empujando a las otras tablas, y la persiana desaparece en lo alto. Entonces Rafaé ve a la mujer en medio del hueco de la ventana, ya vestida peinada y arreglada; alta y esbelta rubia,  con el rojo vivo de los labios que se ve y atrae a muchas leguas de distancia, y los dos pechos bajo el jersey amarillo, suave y de manga corta o bien bajo la camisa abierta o la tela roja floreada con el escote cuadrado y bajo, bastante bajo.

Ella se queda un momento en la ventana,  parece que se asoma, contempla o mira tan sólo a los obreros, en las construcciones de enfrente. Rafaé se vuelve a toda prisa y empieza a cargar los ladrillos, pero cuando va a mirar de nuevo ella ya no está. El hueco de la ventana aparece vacío. Allá al fondo se ve el espejo, el tocador, un trozo de la cama, las cortinas, la puerta. El sol da ahora por la parte de atrás del chalet, donde tienen el garaje; la puerta de la cocina también está allí. Sobre el césped que hay a la entrada, sentado en una silla plegable, junto a uno de los pinos, está el marido; no levanta la vista de sus manos, lee. El jardinero riega la hierba del césped, arrastrando la manga tras sí.

El señor Flores pasa a su lado con la carretilla, cantando en voz baja:

 

Ni se compra ni se vende

el cariño verdadero,

ni se compra ni se vende,

no hay en el mundo dinero

 para comprar los quereres.

El cariño verdadero,

el cariño verdadero

ni se compra ni se vende.

 

       Rafaé ya no la vuelve a ver, aunque mira con atención y ahínco, siempre que puede, hacia todos los rincones de la casa y también al pequeño jardín.

A las ocho, acabada la jornada, se lavaron un poco la cara y las manos en el agua del bidón y se fueron. Unos montados en sus bicicletas, otros a pie.

En la chabola de ladrillos, donde se guardan las herramientas, se quedan a dormir sobre unos jergones de paja Casimiro, el Resucitado y María, los dos primero porque son de muy lejos y no pueden ir y venir todos los días a sus casas, y el último porque no tiene casa, no tiene hogar, ni mujer, ni hombre, ni familia, ni posibles. María, un viejo bondadoso y con mañas para hacer una comida, calentar un puchero o preparar un petate, es como un ángel o una buena mujer para los compañeros, siempre servicial y bueno.

Rafaé se fue andando, hundido en el silencio, en la tristeza.

La llegada de la pareja al chalet, hacía tan sólo unos días, le había producido una fuerte impresión. Los dos eran muy jóvenes. En cuanto la vio bajar del coche y plantarse delante de la casa como para estudiarla, mientras el hombre abría el maletero y empezaba a sacar cosas, a Rafaé se le agolpó la sangre en la garganta, en la cabeza, y hubo de volver la vista para serenarse y que nadie se diera cuenta. Los demás también se detuvieron por un momento en la faena e hicieron algunos comentarios, pero él no podía hablar, casi no podía mirar. El rojo de los labios y el pelo amarillo, los dientes blancos, la manera de mover las piernas y la cintura, de mover incluso el pecho al andar, desde el primer instante, y la falda ceñida y como un poco abombada allí abajo. Ella los miró y a él pareció que lo había visto, que se había fijado en él y que había adivinado o comprendido, de súbito, o acaso había sospechado..., y esta sensación le gustó.

 A la mañana siguiente se fueron a la playa lo dos en el coche. (Debieron pensar que no podrían aguantar andado andando a pleno sol aquellos cuatrocientos metros de carretera calcinada y de polvo). El hombre se sentó al volante descalzo y casi desnudo, un taparrabos mínimo. Ella, también en bañador, mostraba los muslos, toda la espalda y el comienzo de  los pechos. Rafaé miró hacia arriba, en aquel momento, al sentir el vacío en la nuca o en la columna vertebral, el fuego sobre los ojos, la cabeza  y todo su cuerpo. El sol era  un nudo rojo en la garganta, en medio del blanco vacío del cielo, algo rojo que de pronto se tornaba lívido, al mirarlo, luego morado, azul y de mil colores y chispas. El coche se perdió en medio del polvo hacia la playa, y el ruido de su motor dejó de oírse porque silbaban en el cielo, ahora, cruzándolo, y venían dejando las ráfagas de humo y el vertiginoso sonido, los reactores de la base americana.

Los albañiles siguieron trabajando al sol, cubiertos con los gorros de papel y de polvo, en silencio.

Flores empuja la carretilla, o la arrastra, según venga cargado o vaya de vacío, tarareando, murmurando cantando siempre

_Esta gente nueva, que tiene que bregar en la plaza se puede ir a ver _comentaba el Resucitado.

_A ésos, sí _decía Román, el hermano del maestro_; a ésos les puede ir a ver muy a gusto.

_Por ésos puede pagar.

_Por ésos, sí; por ésos se puede pagar, digo.

Román es uno de  esos tipos callados y sabios que siempre están de acuerdo y con los  que da gusto hablar.

_¿Ha estado usted en la novillada? _le pregunta el Resucitado al señor Flores, cuando pasa cerca.

Después de colocar cada ladrillo sobre la pasta extendida, los albañiles le dan un toque con el filo de la paleta, de modo que a veces se oyen cuatro o cinco golpes seguidos, o más, en medio del sudoroso silencio y del calor, sobre el monótono canto de las cigarras del pinar

_¿Qué me dices del muchacho ese,  el sevillano? _.Flores no se molesta en responder, pregunta a su vez_. Ahí hay escuela. Esa alegría con el toro, esa gracia... iSe reía el tío cabrón, cuando casi lo iba a coger! A mí, es el toreo que me gusta. En cambio, el jerezano..., ése, tanto barullo ha armado, para nada.

_Una mala tarde _contestó el Resucitado.

-Un torero malo -sentenció Flores.

_No, para mí que es el mejor de los tres, pero tuvo mala tarde.

       _Al  Resucitado se le está acabando la masa, y le grita a Flores:

_ ¡Mezcla!  _y luego, como si al hablar de toros hablara con otra persona, sigue tranquilamente-: A lo que yo no vuelvo es a una corrida nocturna.

_Yo a la nocturna no fui _dice Flores, sin moverse, con la visera echada sobre los ojos_. Mucho dinero. Esos espectáculos no están hechos para uno.

El Resucitado se calla. La mezcla se acaba.

Rafaé  escucha la conversación con atención, ahora que fueron a la playa y ya no tiene que estar atento a nada.

_Noventa pesetas!  _exclama Flores_. Eso es para millonarios. Tardo en ganarlas tres días... Ja, ja, tres días.

 -A Ordóñez le silbaron, ya ves tú. ¡Mezcla

_Esos toreros caros hacen lo que quieren, lo que les da la gana. Tú, que eres un pobre, pagas noventa pesetas, la entrada más barata, ¿y qué te dan? La gente joven es la que se juega el tipo; pero ésos, ¿qué hacen?

_Le salieron malos toros, pero es Ordóñez. Por ver a Ordóñez...

_Yo voy a ver al niño ese de Sevilla y disfruto más. ¡ Y mucho más barato, dónde vamos a parar!

Flores iba a inclinarse a cargar la mezcla, casi había cogido la pala, pero se endereza de nuevo y le dice al Resucitado:

_Además, según me dijeron, todo el mundo estaba dormido en esa corrida nocturna: los toreros, el público y los toros... A los animalitos les había llegado la hora de dormir y no querían saber nada. i Claro, natural!

_Pero la plaza del Puerto tiene la mejor iluminación nocturna del mundo _interviene Rafaé.

_¿Y qué? _exclama el señor Flores extendiendo los brazos_. ¿ Y eso qué?

_ ¡Mezcla! _grita de nuevo el Resucitado.

_ ¡Mezcla! _le piden por otro lado..

_ ¡Ya va, coño, ya va! _responde irritado el señor Flores, doblando el espinazo sobre la argamasa, con la pala en las manos.

_A Paco Camino lo vi yo bostezar tres o cuatro veces _sigue el Resucitado_. Y Ordóñez..., casi no se dejó ver, tanta prisa tenía por irse a dormir.

_ Ja, ja... _disfruta el señor Flores.

 Rafaé se calla. Ya hablará algún día.

Con las espuertas de argamasa colgadas de ambas manos, el señor Flores va cantando por entre las paredes de ladrillo a medio levantar:

Andalucía es el país

del vino y del aguardiente,

de las,

de las mujeres bonitas,

de las mujeres bonitas

y de los hombres valientes.

 

       La pareja llegó de la playa hacia las tres, cuando ellos (comían sentados en círculo sobre pequeñas pilas de ladrillos o en el suelo) habían reanudado la faena.

       Rafael le vio el compás de las piernas, al bajar del coche, y parte del escote. Su chalet, de planta baja, todo pintado de blanco, estaba a menos de quince metros de la obra.

       Y ya el primer día adivinó que dormían la siesta allí, en la habitación que daba a la casa en construcción; seguramente sería la más fresca, la más sombría. Ya supo desde el primer momento que estaban tras la persiana, entreabierta al principio y cerrada luego del todo, para dormir. Tan cerca, que si todo estuviera en silencio, si nadie hablar ni golpeara con el filo de la paleta los ladrillos, si no cantara el señor Flores ni las secas y estridentes cigarras, podía oírles respirar y todo lo demás probablemente.

       Rafael miró con disimulo a su alrededor y quedó convencido de que sólo él se había dado cuenta.

       Al poco tiempo conocía todas las costumbres, el modo como empleaban el tiempo, como pasaban los días.

       Se levantaban tarde. A las diez de la mañana todavía estaba cerrada la persiana. Nadie se movía en la casa, excepto, a veces, la sirvienta, una muchacha morena, muy joven, que salía y daba una vuelta en torno a la casa buscando algo o limpiando. La persiana comenzaba a entreabrirse poco después de las diez, algunos días a las diez y media, y no se abría del todo hasta una hora más tarde aproximadamente. Rafaé calculaba que esa hora la emplearían ellos dos yendo y viniendo de la habitación al cuarto de baño, con muy poca ropa, o acaso desnudos, al volver de la ducha y no querían que los vieran. El calor comenzaba ya muy de mañana. En seguida desayunaban en la terracita de la fachada, en bañador (él tenía puesta una camisa desabrochada; ella cruzaba las piernas o las abría: tenía dos trajes de baño, uno azul y otro amarillo, muy apretados y como escasos). Mientras tanto, la muchacha abría de golpe la persiana y se ponía a arreglar el dormitorio, cantando como el señor Flores.

       Luego se iban a la playa, a tomar el sol y bañarse. (Ella aparecía más morena cada día más amarillo, más claro el pelo.) (A Rafaé no acababa de pasársele este tiempo, y procuraba pensar en la comida.) Regresaban de la playa a las tres, cuando la faena

recomenzaba, y volvía a verlos en la terracita media hora o una hora después, ya vestidos. Allí tomaban el café, que les servía la chiquilla morena. (Este tiempo también se le hacía interminable.) Poco después desaparecían, y la persiana de la habitación comenzaba a caer. Bajaba hasta que la última tabla, la que es un poco más ancha que las otras, tocaba el alféizar, y así se quedaba durante un largo rato, con todas las ranuras longitudinales abiertas, tensa la correa de la persiana por dentro, en vilo las maderas una sobre otra entre hueco y hueco, como de un centímetro o de medio, que no permitía ver nada porque la claridad estaba fuera y dentro la sombra, la ligera penumbra, y además desde lejos nunca se podría ver lo que pasaba dentro, aunque desde dentro pudieran ver lo de fuera, acercándose a la persiana; ni tampoco convenía mirar demasiado, estando como quien dice a campo abierto y a la luz y sin saber si también desde dentro miran, si te vigilan desde allí como tú vigilas. Tardaban casi una hora _a veces menos_ en dejar caer la persiana de golpe (él), seguramente para que la oscuridad fuera completa allí dentro, en la alcoba, y poder dormir a gusto, ya. Y hacia las siete volvían a mover la persiana de nuevo. La alzaban por completo, para que se aireara la habitación, que estaba vacía.

       El hombre aparecía poco después con un vaso en la mano, en la terracita, y se sentaba a leer, muy peinado y vestido como para ir a alguna parte. Luego llegaba ella, también vestida como para empezar a bailar o irse a una fiesta, y daba unas vueltas por el jardín y hablaba con el jardinero, las más de las veces, o se sentaba con él y charlaban y reían, bebiendo ambos.

       A veces el jardinero pasaba de largo con su manga, regando, por junto a la ventana que tenía casi cerrada la persiana, pero no caída del todo, a esa hora, después de comer y del café, entre las tres y media y las cuatro y media o entre las cuatro y las cinco, según. Con respecto a lo del jardinero, Rafaé había observado que, aparte de hablar con él, ella cogía a veces la manga y regaba durante unos minutos, pero se debía cansar pronto de poner el dedo para que al agua saliera bien, porque en seguida lo dejaba. En una ocasión, al llegar de la playa _llenos de arena, soplaba un fuerte Levante, ese aire caliente que atonta la cabeza_, cogieron la manga y se regaron uno al otro, entre risas y gritos: ella se despegaba el traje de baño del cuerpo cuando él dejaba caer el chorro del agua, lo abría, y el agua caía de golpe por entre su pecho, o sea, los senos, y resbalaba, caía como un torrente por la cintura, entre las piernas, para salir de cualquier manera del bañador piernas abajo, las piernas brillantes al sol, por el agua, y abiertas.

       A las ocho en punto Rafaé se iba, como todos los demás, excepto María, Casimiro y el Resucitado, que se quedaban a cenar y dormir en la caseta donde vivían, como quien dice.

       Vagaba por las calles del Puerto, sin hablar con nadie, y por fin se marchaba a casa a cenar y a dormir, entre sus hermanos y su madre, pero no dormía, ni se encontraba bien.  

          La persiana volvía a cerrarse a la tarde siguiente, cuando ellos dos entraban en el dormitorio, después de comer y tomar el café. Rafaé veía caer las listas de madera hipnotizado, parado en medio de la arena, bajo el sol del mediodía, con la brazada de ladrillos pegada al pecho.

       Eran muy jóvenes y ella era una chica alegre y jugosa, siempre sonriente, muy nerviosa... A Rafaé se le vaciaba el espinazo, la cabeza, la sangre en todas las venas al pensar en ella e imaginársela, tras la persiana echada, echada en la cama.

       Los veía _como si los viera_ desde diversos ángulos, más cerca, más lejos; una panorámica general, de pronto el detalle sustancial, una parte de su cuerpo, del de la mujer, bien quieta o como dormida o moviéndose. Lo estaban haciendo allí mismo, al lado, y él lo sabía,. LO SABÍA. Nadie parecía darse cuenta, todos seguían poniendo ladrillos, pidiendo masa; pasaba el viejo, canturreando, agobiados todos bajo el peso del sol y del polvo calizo, con movimientos lentos, sin más interés que el de la obra, que tenía que avanzar, porque iban por horas, a destajo. Rafaé cogía los ladrillos, los apilaba, los llevaba, volvía, sin perder de vista el tamaño de las rendijas de la persiana; o bien se quedaba de pie, quieto, mirándola abiertamente, no acababan de cerrar del todo la persiana, para dormir al fin, no acababan, seguían, oscuros huecos de la persiana _todos de igual tamaño, inmóviles y largos. Aquella hora de la siesta, que él no dormía, del calor agobiante y denso, sólido como el peso o los latidos de la sangre en la nuca y en las muñecas, le mareaba a Rafaé y casi le hacía perder el sentido y la dignidad, todo pudor. Apretaba las mandíbulas y se mordía los labios.

       Las rendijas de la persiana abiertas, abiertas, todavía abiertas, ellos sudan en la penumbra, tienen por lo menos el pecho '_uno contra otro_ sudoroso, y acaso jadean o algo así, lo que sea: Los ojos se le hunden por un instante a Rafaé en la cara, febriles y negros. Los comprime, sin cerrarlos, pero no alcanza a ver más, sólo se le forman en el rostro unas arrugas que aplastan unas contra otras las gotitas de su propio sudor y forman un hilo líquido que baja por el cuello, sobre el sucio polvo que dejan los ladrillos, el cemento y la misma tierra. "Bésame, bésame mucho...", ahora se da cuenta de lo que va cantando, tras su carretilla, a su lado: "...como si fuera esta noche la última noche...", Flores, "¡Bésameee, bésame mucho...!". Y de pronto vuelve la cabeza, sorprendido, al oír el seco chasquido de las maderas que caen de golpe unas tras otras y se aplastan sobre la base de la ventana, la persiana cerrada de pronto, el hueco completamente tapado. Respira hondo, contemplando aún el cuadrilátero de madera encajado "en su marcó; todo in- móvil, todo en silencio, en sombras ya este lado de la casa. Duermen. Intentarán dormir, por lo menos.

       Rafaé oye que le gritan. Alguien le está gritando:

       _i Que estoy esperando, Rafaé! ¿Qué es lo que miras, si se puede saber? ¡El niño este...! ;

       Toma una pila de ladrillos y se los lleva. Todavía tiembla un poco.

       A los quince días de haberla empezado, la nueva obra tenía forma y tamaño de casa. Las paredes, por lo menos, estaban levantadas, todas de ladrillo, con los huecos para las ventanas. Rafaé temió, por un momento, que se fuera a acabar demasiado pronto. "Ahora empieza lo peor _le dijo el maestro_, lo más difícil. Lo que hay que hacer ahora luce menos, pero da más trabajo. ¿Por qué lo preguntas?" Rafaé le dio una disculpa.

       Estuvo hablando con la chica, Rosario, cuando lo del agua, porque debía haber una avería y no les llegaba el agua a la obra, y entonces el maestro lo mandó a pedirles permiso para enchufar la manga en uno de los grifos del jardín, por un día o dos, el tiempo que tardaran en arreglar la avería; pero a ella no pudo verla _estaba deseando verla de cerca, aunque esta sola posibilidad le turbaba y le daba un poco de miedo_, no apareció, y fue a decírselo a dentro la criada. ¿Qué estaría haciendo? Oyó su voz, pronunciando las palabras lentas y aisladas, un poco excitantes para Rafaé. Con Rosario hizo alguna amistad; por lo menos la saludaba desde la obra siempre que la veía aparecer por allí. Así supo que ella se llamaba Claudina.

       El día anterior a la fiesta de Santiago, 25 de julio, estuvieron discutiendo si era jornada recuperable o no.

       _Festivo, pero recuperable _sentenció Flores.

       _No puede ser _se alarmó Casimiro.  

       _Hasta ahora _dijo el Resucitado_, todos los años ha sido festivo total. ¿Por qué se ha de tener que recuperar ahora un día así? Porque es un día grande, ¿no?

       Flores asentía, preparándose para hablar.

       _ i Pues entonces! _concluyó el Resucitado.

       _Lo han puesto este año recuperable. Lo he leído en el diario, para que te enteres.

Antes eran las fiestas religiosas las que tenían más importancia, ahora son las políticas. ¿Y a ti qué más te da? Te quitan el Santiago, por ejemplo; pero ¿no te han puesto el Uno de Mayo? i Ah, ah...!

       _Bien mirado, es lo mismo _murmura Román por su cuenta_; tiene razón éste.

       Para recuperar el día de Santiago, en que no se trabajó, algunos decidieron ir a la obra el domingo por la mañana, en lugar de cargar una hora diaria durante más de una semana. Pero otros no quisieron ir el domingo. Unos tenían comprometido ya de antemano aquel día, para una chapuza; o bien querían levantarse tarde y sentarse a la puerta de un tabanco, en la plaza del mercado, o, incluso, comentaron que era peligroso trabajar en domingo, que los podían pescar, por una denuncia o por lo que fuera, y entonces les iba a caer el pelo y, desde luego, no iban a adelantar nada. Rafaé no fue, no quiso ir. (Ella se pasaría toda la mañana en la playa. Si aún hablaran de ir a trabajar el domingo por la tarde... Por la tarde, iría; pero por la mañana, no.)

       La playa se llenaba de gente los domingos. A media mañana, la larga explanada que la bordea está llena de coches, brillantes y quemados al sol. En lo alto de los postes, todo a lo largo, los altavoces transmiten la guía comercial de radio Cádiz, entre ráfagas de música estrepitosa. Por entre la gente, tumbada sobre la arena _al sol o a la sombra, bajo los toldos de las casetas_, o que, pasea al borde del agua, o incluso se baña ya, se mueven los fotógrafos ambulantes, los guardias y los vendedores de mariscos, con sus cestas al brazo y gritando: "i Cangrejos, cangrejos buenos, bocas, cañaíllas... !" Rafaé, que ha venido desanimadamente, sin saber por qué, camina descalzo por la arena, a lo largo de la playa, con las manos cogidas a la espalda, mirando a la gente con la que se cruza o a la gente, las mujeres que quedan a su paso tendidas, recostadas o sentadas. Rafaé lleva un bañador negro, de algodón, un poco flojo, exangüe; la cara y el cuello, la parte del pecho correspondiente al esternón y los brazos los tiene morenos, casi negros, pero las demás partes del cuerpo están blancas.

       Después de andar mucho, sin rumbo fijo, mirando, la muchedumbre se acaba y la aglomeración queda atrás, los claros son cada vez mayores en el extenso arenal, y las personas que se ven ahora, tomando el sol, quieren estar aisladas y tranquilas, sin ruidos ni agobias a su alrededor.

       Y allí, de repente, en el extremo de la playa, fue donde Rafaé la encontró. Estaban los dos tumbados en la arena, cada uno sobre una toalla de colores, en silencio, como dormidos o muertos.

       Con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, medio caído él sobre sí mismo, Rafaé volvió la vista y vio la muchedumbre abigarrada y hormigueante y las olas, tras el velo de calor que salía de la arena y empañaba o disolvía tenuemente todo lo que había más allá, y dio unos pasos atrás. Se quedó parado de nuevo y luego caminó un poco hacia arriba, en el arenal, y allí se dejó caer, abrasado, boca abajo, más abrasado aún al tocar con toda la extensión de su cuerpo _el pecho, la barriga, etc._ la ardiente arena. El sol estaba allá _se derretía, amarillo_, quieto en medio de una llanura blanca e infinita, aplastado sobre la llanura desolada y blanca de la arena. Se removió un poco, sin levantar la cabeza ni abrir los ojos, tratando de hundirse en la segunda capa de arena, más fresca, menos caliente. No quiso mirar, todavía, y así permaneció largo tiempo, hundido en la arena, con los brazos cruzados bajo la frente, viendo desmoronarse las pequeñas ondulaciones de arena bajo el ritmo de su respiración y sintiendo ya todo el picor y el peso del sol en la espalda y en las piernas, entre las piernas sobre todo.

       Más abajo _en dirección al mar_, como a unos veinte metros, o acaso menos, junto a otras parejas y otras gentes diseminadas, Claudina _Claudina, Claudina…_ permanecía boca arriba, con los brazos abiertos casi en cruz, las piernas abiertas, para que le diera el sol por las partes más escondidas y más blancas. El marido estaba boca abajo, sobre su toalla, un lado de la cara sobre la toalla y los brazos adelante, extendidos. Claudina se había puesto exactamente frente al sol, con la cabeza hacia el lado del mar y los pies hacia los arenales de la costa, hacia donde estaba Rafaé. La mujer tenía los ojos cerrados y no se movía. El sol debía entrar en ella de aquella manera con toda su fuerza. El hombre, por el contrario, tenía las plantas de los pies vueltas hacia el mar y la cabeza hacia arriba, hacia Rafaé, que ni siquiera podía verle la cara. A Claudina sí se la veía, relajada y serena, abandonada al sol sobre la arena.

       Rafaé se colocó también hacia abajo, con la cabeza en dirección al mar y los pies hacia arriba, los brazos extendidos sobre su cabeza. Claudina estaba boca arriba; Rafaé, quince o veinte metros más acá, de bruces, encima de la arena. Notó que le resbalaba el sudor por la frente, el bigote y el pecho, mirándola, contemplándola con toda insistencia y dedicación, gozosamente, y también él se abandonó al sol y a la arena, al fuego y a la fiebre, por entero, aunque sin moverse en absoluto. Después de los pies, los dedos inmóviles, las plantas, venían  las piernas, sin mucho interés hasta las rodillas, obsesionantes luego; los muslos dorados, el brillo, los muslos más b1ancos por el interior, los muslos abiertos y la pequeña curva tensa bajo la presión del bañador; las curvas caderas y el vientre algo curvo, poco, y las dos suaves ondulaciones del pecho, arriba y abajo, las dos únicas cosas que se movían al respirar; el pecho en sí, 'los hombros, las axilas afeitadas, el interior de los brazos, el mentón y el rostro, los labios rojos, los ojos cerrados, el pelo amarillo sobre la pequeña almohada formada con la bolsa de la playa.

       El tiempo pasó, abrasador, aunque sin sentirlo, pasó poco a poco sobre los ojos  inmóviles  y secos del muchacho, sobre los párpados y el cuerpo de la mujer, bajo la opresión del sol, por entre el espacio de arena que los separaba en la posición o postura adecuada _con la música de los altavoces lejanos, que a veces es suave, otras movida_, y al fin Rafaé se agitó de modo fulminante y súbito, muy brevemente, siempre con los brazos y las manos extendidos por encima de la cabeza.

       Ella permanecía quieta y Rafaé hundió entonces la cara en la arena, harto del sol y del vértigo, casi desvanecido aunque sin ganas de moverse. Se quedó dormido y cua.ndo despertó ya no estaban allí. Entonces se levantó y fue corriendo a meterse en el agua. Le dolía mucho la cabeza.

       Claudina había corrido las persianas hacia las cuatro, y Rafaé la había visto. Quedaron abiertas las ranuras, unas veinte o veinticinco mirillas afiladas y largas, para que la habitación no estuviera completamente a oscuras y se viera algo allí dentro, y se lo hicieron, a esa hora después de comer y antes de dormir la siesta, pero acaso medio dormidos ya, en que tanto se necesita; y los agujeros de la persiana, entre tabla y tabla, seguían abiertos y la persiana no se cerraba de golpe.

       _Esto se acaba _le oyó decir al Resucitado_. Para mañana ya no hay labor. Habrá que empezar con otra, ¿eh, maestro?

       _Ahora _dijo el maestro_, la siguiente.

       _Le hemos dado duro, ¿eh?

       _Y además de verdad _asintió Román.

       _Que no falte _murmuró el maestro_. Mañana habrá que empezar a cavar la parcela que está detrás. Por lo menos, se cambia un poco de panorama.

       _Para mí _exclamó Flores desde lejos_, todo es igual

       Contemplando la persiana entreabierta, a Rafaé se le aceleró la respiración, los latidos de la sangre, en el pecho.

       _Voy a beber un poco de agua _les dijo, caminando hacia el chalet_, ahora vuelvo.

       _¿No la tienes aquí? _Flores señaló la manga junto al bidón.

       _Está caliente _rió Rafaé_. Ahí la tendrán más fresca.

       _El fresco eres tú -terminó Flores-. ¡Recuerdos!

        Rafaé alzó alegremente el brazo en el aire y se dirigió hacia la persiana que tapaba el ventanal.

       Iba derecho a ella, mirando con toda atención las ranuras abiertas en la persiana, pero se acercaba y estaba casi junto a ella y no veía más que los huecos oscuros y profundos, mudos, de las maderas unas sobre otras de arriba abajo. Tampoco pudo oir nada. Se detuvo un momento, bajándose a atar el cordón de una de las alpargatas, y el silencio, al menos tras la persiana, era absoluto. No podía seguir allí, arrimado a la pared, y continuó hacía la parte de atrás, donde estaba la puerta de la cocina.

       Daba el sol ahora por aquella parte de la casa. Se oían sus pasos sobre el bordillo de losas y nada más. Rafaé llegó a la puerta abierta, vaciló un momento y entró. Todo estaba limpio y en orden en la cocina. Al mirar hacía una de las puertas laterales, oyó ya la voz de Rosario y la vio que se levantaba de su cama, arrimada a la pared en aquella estrecha habitación caliente.

       _Ya podías llamar, chiquillo, que me has asustado.

       _Sólo venía... _murmuró Rafaé_. Es que esto harto del agua esa caliente y me dije... ¿No tienes tú algo fresco por aquí que darme?

       Rosario rió y se le formaron unos hoyos en las mejillas, a ambos extremos de la boca. Se había acercado al muchacho.

       _¿Y cómo sabes tú que te lo voy a dar?

       _ Yo…_sonrió Rafaé a punto de sonrojarse,  alzando los hombros.

       _ ¿Quieres un vaso de vino? _la chica se dirigió a la nevera.

       _No, no, agua.

       _¡Niño, no digas “sí” a lo malo si te ofrecen lo mejor!

       Rieron ambos ahora y Rafaé se movía y alzaba los hombros, lleno de inquietud y de vacilación.

       -¿Un vaso de leche bien fría?

       _No…No quiero que…

       Ella se plantó frente a él sonriente, dispuesta a esperar hasta que se decidiera, con una de las manos sobre la cadera. Rafaé vio entonces que tenía desabrochados los botones delanteros de la bata, tanto por arriba como por abajo, y que la bata estaba solamente atada a la cintura. Rosario se dio cuenta y pasó su mano por el delantal, acariciándolo sobre su vientre, por encima de las piernas.

       _¿Qué quieres _le dijo aún riendo.

       _ ¿Qué hacen? _Rafaé movió la caeza hacia el interior de la casa.

       Rosario no dejó de mirarle, segura y decidida.

       _¿Duermen? _volvió a preguntar.

       Ella movió la cabeza con indiferencia, levantó ligeramente los hombros.

       _¿Qué hacen? _insistió Rafaé.

       _Manchar las sábanas _respondió la chica_. Se divierten.

       Rafaé notó su propia turbación.

       _¿Siempre lo hacen?

       _Casi siempre.

       _¿Qué hacías tú? _se acercó a ella.

       La chica señaló la puerta de su habitación, algo violenta.

       _Echada _murmuro.

       _¿Sola? _Rafaé tragó saliva, respirando con calma. Rosario se habla arrimado a la pared, junto al quicio de la puerta, y Rafaé sintió que estaba tan cerca de ella que la tocaba con todo su cuerpo, aunque no todavía con las manos, y luego vino todo lo demás, sin saber por qué, sin poder explicárselo. i “¡Qué haces, niño!", decía, idéjame, hombre!", pero cayó sobre la cama y tampoco ella se esforzó más, aunque él realmente no podía saberlo, ni, por tanto, jurarlo, puesto que lo demás había sido muy confuso y violento; muy rápido y breve, además, por su parte.

       Así que la dejó y salió, por la puerta de la cocina, sin beber el agua, y cuando llegó a la obra, Flores le pregunta:

       _ iQué...l ¿Estaba buena?

       Y Rafaé contesta sin pensarlo, oyéndose a sí mismo, asombrado e incrédulo:

       _Muy buena.

       _Pero, oye, qué te pasa! _exclama luego el señor Flores_. Parece que te han corrido, muchacho.

       Rafaé contempla anonadado el cuadrilátero abierto en la blanca pared del chalet de enfrente, ahora completamente tapado por la persiana de madera, y siente un poco de vergüenza y de asco por la persiana y por todo.

       Flores arrastra los pies tras su carretilla y canta, a media voz:

Que no sé leé,

que no sé leé;

 no me mandes papeles,

 que no sé leé.

Mándame tu persona

que la quiero ve;

que no sé leé,

 que no sé leé..

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