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Leopoldo Alas, Clarín

La conversión de  Chiripa
El sustituto
El dúo de la tos
El número uno
La tara

     La conversión de Chiripa

Llovía a cántaros, y un viento furioso, que Chiripa no sabía que se llamaba el Austro, barría el mundo, implacable; despojaba de transeúntes las calles como una carga de caballería, y torciendo los chorros que caían de las nubes, los convertía en látigos que azotaban oblicuos. Ni en los porches ni en los portales valía guarecerse, porque el viento y el agua los invadían; cada mochuelo se iba a su olivo; se cerraban puertas con estrépito: poco a poco se apagaban los ruidos de la ciudad industriosa, y los elementos desencadenados campaban por sus respetos, como ejército que hubiera tomado la plaza por asalto. Chiripa, a quien había sorprendido la tormenta en el Gran Parque, tendido en un banco de madera, se había refugiado primero bajo la copa de un castaño de Indias y, en efecto, se había mojado ya las dos veces de que habla el refrán; después había subido a la plataforma del kiosko de la música, pero bien pronto le arrojó de allí a latigazo limpio el agua pérfida que se agachaba para azotarle de lado, con las frías punzadas de sus culebras cristalinas. Parecía besarle con lascivia la carne pálida que asomaba aquí y allí entre los remiendos del traje, que se caía a pedazos. El sombrero, duro y viejo, de forma de queso, de un color que hacía dudar si los sombreros podrían tener bilis, porque de negro había venido en amarillento, como si padeciese ictericia, semejaba la fuente de la Alcachofa, rodeado de surtidores; y en cuanto a los pies, calzados con alpargatas que parecían de terracuota, al levantarse del suelo tenían apariencias de raíces de árbol, semovientes. Sí, parecía Chiripa un mísero arbolillo o arbusto, de cuyas cañas mustias y secas pendían míseros harapos puestos a... mojarse, o para convertir la planta muerta en espantapájaros. Un espantapájaros que andaba y corría, huyendo de la intemperie.
     Tenía Chiripa cuarenta años, y tan poco había adelantado en su carrera de mozo de cordel, que la tenía casi abandonada, sin ningún género de derechos pasivos. Por eso andaba tan mal de fondos, y por eso aquella misma y trágica mañana le habían echado del infame zaquizamí en que dormía; porque se habían cansado de sus escándalos de trasnochador intemperante que no paga la posada en años y años.
    -Bueno, peor para ellos -se había dicho Chiripa sin saber lo que decía y tendiéndose en el banco del paseo público, donde creyó hacer los huesos duros; hasta que vino a desengañarle la furia del cielo.
     Así como los economistas dicen que la ley del trabajo es la satisfacción de las necesidades con el mínimo esfuerzo, Chiripa vagamente pensaba que lo del mínimo esfuerzo era lo principal, y que a él habían de amoldarse también las necesidades, siendo mínimas. Era muy distraído y bastante borracho; dormía mucho, y como tenía el estómago estropeado le dejaba vivir de ilusiones, de flatos malos sabores, comida ruin y fría y mucho líquido tinto, y blanco si era aguardiente. Vestía de lo que dejaban otros miserables, y con el orgullo de esta parsimonia en los gastos, se creía con derecho a no echar mano a un baúl sino de Pascuas a Ramos y cuando una peseta era absolutamente necesaria.
     Un día, viendo pasar una manifestación de obreros, a cuyo frente marchaba un estandarte que decía: ¡Ocho horas de trabajo!, Chiripa, estremeciéndose, pensó:
    - ¡Rediós, ocho horas de trabajo; y para eso tiran bombas! Con ocho horas tengo yo para toda la temporada de verano, que es la de más apuro, por los bañistas.
     En llevando dos reales en el bolsillo, Chiripa no podía con una maleta, ni apenas tenerse derecho.
Pero tenía un valor pasivo, para el hambre y para el frío, que llegaba a heroico.
     Generalmente andaba taciturno, tristón, y creía, con cierta vanidad, en su mala estrella, que él no llamaba así, tan poéticamente, sino la aporreada..., en fin, una barbaridad.
    Su apodo, Chiripa (el apellido no lo recordaba; el nombre debía de ser Bernardo, aunque no lo juraría), lo tenía desde la remota infancia, sin que él supiera por qué, como no saben
los perros por qué los llaman Nelson, Ney o Muley; si él supiera lo que era sarcasmo, por tal tendría su mote, porque sería el hombre menos chiripero del mundo. Ello era que hacía unos treinta años (todos de hambre y de frío) eran tres notabilidades callejeras, especie de mosqueteros del hampa, Pipá, Chiripa y Pijueta. La historia trágica de Pipá ya sabía Chiripa que había salido en los papeles, pero la suya no saldría, porque él había sobrevivido a su gloria. Sus gracias de pillete infantil ya nadie las recordaba; su fama, que era casi disculpa para sus picardías, había muerto, se había desvanecido, como si los vecinos del pueblo, envejeciendo, se hubieran vuelto malhumorados y no estuvieran para bromas. Y a él mismo se guardaba de disculpar sus malas obras y su holgazanería como gatadas de pillo célebre, como cosas de Chiripa.
     «¡Bah!, el mundo era malo; y si te vi no me acuerdo.» Veía pasar, ya llenos de canas, a los señoritos que antaño reían sus travesuras y le pagaban sus vicios precoces; pero no se acercaba a pedirles ni un perro chico, porque no querrían ni reconocerle.
     Que estaba solo en la tierra, bien lo sabía él. A veces se le antojaba que un periódico, o un libro viejo y sobado que oía deletrear a un obrero, hubiera sido para él un buen amigo; pero no sabía leer. No sabía nada. Se arrimaba a la esquina de la plaza, donde otros perdían el tiempo fingiendo esperar
trabajo, y oía, silencioso, conversaciones más o menos incoherentes acerca de política o de la cuestión social. Nunca daba su opinión, pero la tenía. La principal era considerar un gran desatino el pedir ocho horas de trabajo. Prefería, a oír disparates, que le leyeran los papeles. Entonces atendía más. Aquello solía estar mejor hilvanado. Pero ni siquiera los de las letras de molde daban en el quid. Todos se quejaban de que se ganaba poco; todos decían que el jornal no bastaba para las necesidades. Había exageración; ¡si fueran con él, que vivía casi de nada! Oh, sí él trabajara aquellas ocho horas que los
demás pedían como mínimum (él no pensaba mínimum, por supuesto), se tendría por millonario con lo que entonces ganaría. «Todo se volvía pedir instrumentos de trabajo, tierra, máquinas, capital... para trabajar. ¡Rediós con la manía! » Otra cosa les faltaba a los pobres que nadie echaba de menos: consideración, respeto, lo que Chiripa, con una palabra que había inventado él para sus meditaciones de
filósofo de cordel, llamaba alternancia. ¿Qué era la alternancia? Pues nada; lo que había predicado Cristo, según había oído algunas veces; aquel Cristo a quien él sólo conocía no para servirle, sino para llenarle de injurias, sin mala intención, por supuesto, sin pensar en El; por hablar como hablaban los demás, y blasfemar como todos. La alternancia era el trato fino, la entrada libre en todas partes, el vivir mano a mano con los señores y entender de letra, y entrar en el teatro, aunque no se tuviera dinero, lo cual no tenía nada que ver con la gana de ilustrarse y divertirse. La alternancia era no excluir de todos los sitios amenos y calientes y agradables al hombre cubierto de andrajos, sólo por los andrajos. Ya que
por lo visto iba para largo lo de que todos fuéramos iguales tocante al cunquibus, o sean los cuartos, la moneda, y pudiera cada quisque vestir con decencia y con ropa estrenada en su cuerpo; ya que no había bastante dinero para que a todos les tocase algo... ¿por qué no se establecía la igualdad y la
fra-ternidad en todo lo demás, en lo que podía hacerse sin gastos, como era el llamarse ricos y pobres de tú, y convidarse a una copa y enseñar cada cual lo que supiera a los pobres, y saludarlos con el sombrero, y dejarles sentarse junto al fuego, y pisar alfombras, y ser diputados y obispos, y, en fin, darse la gran vida sin ofender, y hasta lavándose la cara a veces, si los otros tenían ciertos escrúpulos? Eso era la alternancia; eso había creído él que era el cristianismo y la democracia, y eso debía ser el socialismo... como ello mismo lo decía: socialismo... cosa de sociedad, de trato, de juntarse... alternancia.
     Salió del kiosko de la música a escape, hecho una sopa, echando chispas contra el Fundador de la alternancia y contra su Padre, y se metió en la población en busca de mejor albergue. Pero todo estaba cerrado. A lo menos cerrado para él. Pasó junto a un café: no osó entrar. Aquello era público, pero a Chiripa lo echarían los mozos en cuanto advirtiesen que iba tan sucio, tan harapiento que daba lástima, y que no iba a hacer el menor gasto. A un mozo de cordel en activo le dejarían entrar, pero a él, que estaba reducido a la categoría de pordiosero... honorario, porque no pedía limosna, aunque el
uniforme era de eso, a él le echarían poco menos que a palos. Lo sabía por experiencia... Pasó junto al Gobierno de provincia, donde estaba la prevención. Aquí me admitirían si estuviera borracho, pero en mi sano juicio y sin alguna fechoría, de ningún modo. No sabía Chiripa qué era todo lo demás que había en aquel caserón tan grande; para él todo era prevención; cosas para prender, o echar multas, o tallar a los chicos y llevarlos a la guerra. Pasó junto a la Universidad, en cuyo claustro se paseaban, mientras duraba la tormenta, algunos magistrados que no tenían que hacer en la Audiencia. No se le ocurrió entrar allí. Él no sabía leer siquiera, y allí dentro todos eran sabios. También le echarían los
porteros. Pasó junto a la Audiencia..., pero no era hora de oír a los testigos falsos, única misión decorosa que Chiripa podría llevar allí, pues la de acusado no lo era. Como testigo falso, sin darse cuenta de su delito, había jurado allí varias veces decir la verdad; y en efecto, siempre había dicho la
verdad... de lo que le habían mandado decir. Vagamente se daba cuenta de que aquello estaba mal hecho, pero ¡era por unos motivos tan complicados! Además, cuando señoritos como el abogado, y el escribano y el procurador, y el ricacho le venían a pedir su testimonio, no sería la cosa tan mala; pues
en todo el pueblo pasaban por caballeros los que le mandaban declarar lo que, después de todo, sería cierto cuando ellos lo decían.
     Pasó junto a la Biblioteca. También era pública, pero no para los pobres de solemnidad, como él lo parecía. El instinto le decía que de aquel salón tan caliente, gracias a dos chimeneas que se veían desde la calle, le echarían también. Temerían que fuese a robar libros.
    Pasó por el Banco, por el cuartel, por el teatro, por el hospital..., todo lo mismo, para él cerrado. En todas partes había hombres con gorra de galones, para eso, para no dejar entrar a los Chiripas.
    En las tiendas podía entrar.. a condición de salir inmediatamente en cuanto se averiguaba que no tenía que comprar cosa alguna, y eso que todas le faltaban. En las tabernas, algo por el estilo. ¡Ni en las tabernas había para él alternancia! Y, a todo esto, el cielo desplomándose en chubascos, y él temblando de frío... calado hasta los huesos... Sólo Chiripa corría por las calles, como perseguido por el agua y el viento.
    Llegó junto a una iglesia. Estaba abierta. Entró, anduvo hasta el altar mayor sin que nadie le dijera nada. Un sacristán o cosa así cruzó a su lado la nave y le miró sin extrañar su presencia, sin recelo, como a uno de tantos fieles. Allí cerca, junto al púlpito de la Epístola, vio Chiripa otro
pordiosero, de rodillas, abismado en la oración; era un viejo de barba blanca que suspiraba y tosía mucho. El templo resonaba con los chasquidos de la tos; cosa triste, molesta,
que debía de importunar a los demás devotos esparcidos por naves y capillas; pero nadie protestaba, nadie paraba mientes en aquello.
    Comparada con la calle, la iglesia estaba templada. Chiripa empezó a sentirse menos mal. Entró en una capilla y se sentó en un banco. Olía bien. «Era incienso, o cera, o todo junto y más; olía a recuerdos de chico.» El chisporroteo de las velas tenía algo de hogar; los santos quietos, tranquilos, que le miraban con dulzura, le eran simpáticos. Un obispo, con un sombrero de pastor en la mano, parecía saludarle, diciendo:
    -¡Bien venido, Chiripa!-. Él, en justo pago, intentó santiguarse, pero no supo.
    No sabía nada. Cuando la oscuridad de la capilla se fue aclarando a sus ojos, ya acostumbrados a la penumbra, distinguió el grupo de mujeres que en un rincón arrodilladas formaban corro junto a un confesionario. De vez en cuando un bulto negro se separaba del grupo y se acercaba al armatoste,
del cual se apartaba otro semejante.
    -Ahí dentro habrá un carca -pensó Chiripa, sin ánimo de ofender al clero, creyendo sinceramente que carca valía tanto como sacerdote.
    Le iba gustando aquello. «Pero ¡qué paciencia necesitaba aquel señor, para aguantar tanto tiempo dentro del armario! ¿Cuánto cobraría por aquello? Por de pronto nada. Las beatas se iban
sin pagar.
    «Y nada. A él no le echaban de allí.» Cuando la capilla fue quedando más despejada, pues las beatas que despachaban, a poco salían, Chiripa notó que las que aún quedaban se fijaban en su presencia. «¿Si estaré faltando?», pensó; y por si acaso, se puso de rodillas. El ruido que hizo sobre la tarima
llamó la atención del confesor, que asomó la cabeza por la portezuela que tenía delante y miró con atención a Chiripa.
    «¿Iría a echarle?» Nada de eso. En cuanto el cura despachó a la penitente que tenía al otro lado del ventanillo con celosías, se asomó otra vez a la portezuela y con la mano hizo señas a Chiripa.
    -¿Es a mí? -pensó el ex-mozo de cordel.
    A él era. Se puso colorado, cosa extraordinaria.
   -¡Tiene gracia! -se dijo, pero con gran satisfacción, esponjándose. Le llamaban a él creyendo que iba a confesarse, y le hacían pasar delante de las señoritas aquellas que estaban formando cola. ¡Cuánto honor para un Chiripa! En la vida le habían tratado así.
    El cura insistió en su gesto, creyendo que Chiripa no lo notaba.
    -¿Por qué no? -se dijo el perdis-. Por probar de todo. Aquí no es como en el Ayuntamiento, donde yo quería que me diesen voto, pa ver lo que era eso del sufragio, y resultó que aunque era para todos, para mí no era, no sé por qué tiquis-miquis del padrón o su madre.
     Y se levantó, y se fue a arrodillar en el sitio que dejaba libre la penitente.
    -Por ahí, no; por aquí -dijo el sacerdote haciendo arrodillarse a Chiripa delante de sus rodillas.
    El miserable sintió una cosa extraña en el pecho y calor en las mejillas, entre vergüenza y desconocida ternura.
    -Hijo mío, rece usted el acto de contrición.
    -No lo sé -contestó Chiripa humilde, comprendiendo que allí había que decir la verdad... verdadera, no como en la Audiencia. Además, aquello de hijo mío le había llegado al alma, y había que tomar la cosa en serio.
     El cura le fue ayudando a recitar el Señor mío Jesucristo.
    -¿Cuánto tiempo hace que no se ha confesado?
     -Pues... toa la vida.
    -¡Cómo!
    -Que nunca.
    Era un monte virgen de impiedad inconsciente. No tenía más que el bautismo; a la confirmación no había llegado. Nadie se había cuidado de su salvación, y él sólo había atendido, y mal, a no morirse de hambre.
    El cura, varón prudente y piadoso, le fue guiando y enseñando lo que podía en tan breve término. Chiripa no resultaba un gran pecador más que desde el punto de vista de los pecados de omisión; fuera de eso, lo peor que tenía eran unas cuantas borracheras empalmadas y la pícara blasfemia, tan brutal como falta de intención impía. Pero si jamás había confesado sus culpas, penitencia no le había faltado. Había ayunado bastante, y el frío y el agua y la dureza del santo suelo habían mortificado sus carnes no poco. En esta parte era recluta disponible para la vida del yermo; tenía cuerpo de anacoreta.
    Poco a poco el corazón de Chiripa fue tomando parte en aquella conversión que el clérigo tan en serio y con toda buena fe procuraba. El corazón se convertía mucho mejor que la cabeza, que era muy dura y no entendía.
    El clérigo le hacía repetir protestas de fe, de adhesión a la Iglesia, y Chiripa lo hacía todo de buen grado, pero quiso el cura algo más, que él espontáneamente expresara a su modo lo que sentía, su amor y fidelidad a la religión en cuyo seno se le albergaba. Entonces Chiripa, después de pensarlo, exclamó
como inspirado:
    -¡Viva Carlos Séptimo!
    -¡No, hombre; no es eso!... No tanto- dijo el confesor sonriendo.
    - Como a los carcas los llaman clerófobos ...
    -¡Tampoco, hombre!...
    -Bueno, a los curas...
    En fin, aplazando las cuestiones de pura forma y lenguaje, se convino en que Chiripa seguiría las lecciones del nuevo amigo, en aquel templo que había estado abierto para él cuando se le cerraban todas las puertas; allí donde se había librado de los latigazos del aire y del agua.
    -¿Conque te has hecho monago, Chiripa? -le decían otros hambrientos, burlándose de la seriedad con que, días y días, seguía tomando su conversión el pobre diablo.
    Y Chiripa contestaba:
    -Sí, no me avergüenzo; me he pasao a la Iglesia, porque allí a lo menos hay.. alternancia.

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El sustituto

   Mordiéndose las uñas de la mano izquierda, vicio en él muy viejo e indigno de quien aseguraba al público que tenía un plectro, y acababa de escribir en una hoja de blanquísimo papel:

Quiero cantar, por reprimir el llanto,

tu gloria, oh patria, al verte en la agonía...

    Digo que, mordiéndose las uñas, Eleuterio Miranda, el mejor poeta del partido judicial en que radicaba su musa, meditaba malhumorado y a punto de romper, no la lira, que no la tenía, valga la verdad, sino la pluma de ave con que estaba escribiendo una oda o elegía (según saliera), de encargo.

    Era el caso que estaba la patria en un grandísimo apuro, o a lo menos así se lo habían hecho creer a los del pueblo de Miranda; y lo más escogido del lugar, con el alcalde a la cabeza, habían venido a suplicar a Eleuterio que, para solemnizar una fiesta patriótica, cuyo producto líquido se aplicaría a los gastos de la guerra, les escribiese unos versos bastante largos, todo lo retumbantes que le fuera posible, y en los cuales se hablara de Otumba, de Pavía... y otros generales ilustres, como había dicho el síndico.

    Aunque Eleuterio no fuese un Tirteo ni un Píndaro, que no lo era, tampoco era manco en achaques de malicia y de buen sentido, y bien comprendía cuán ridículo resultaba, en el fondo, aquello de contribuir a salvar la patria, dado que en efecto zozobrase, con endecasílabos y heptasílabos más o menos parecidos a los de Quintana.

    Si en otros tiempos, cuando él tenía dieciséis años no había estado en Madrid ni era suscritor del Fígaro de París, había sido, en efecto, poeta épico, y había cantado a la patria y los intereses morales y políticos, ahora ya era muy otro y no creía en la epopeya ni demás clases del género objetivo; no creía más que en la poesía íntima... y en la prosa de la vida. Por esta, por la prosa de los garbanzos, se decidía a pulsar la lira pindárica; porque tenía echado el ojo a la secretaría del Ayuntamiento, y le convenía estar bien con los regidores que le pedían que cantase. Considerando lo cual, volvió a morderse las uñas y a repasarlo

    Quiero cantar, por reprimir el llanto,

tu gloria, oh patria, al verte en la agonía...

    Y otra vez se detuvo, no por dificultades técnicas, pues lo que le sobraban a él eran consonantes en anto y en ía; se detuvo porque de repente le asaltó una idea en forma de recuerdo, que no tardó en convertirse en agudo remordimiento. Ello era que más adelante, al final que ya tenía tramado, pensaba exclamar, como remate de la oda, algo por el estilo:

Mas ¡ay! que temerario,

en vano quise levantar el vuelo,

por llegar al santuario

del patrio amor, en la región del cielo.

Mas, si no pudo tanto

mi débil voz, mi pobre fantasía,

corra mi sangre, como corre el llanto,

en holocausto de la patria mía.

¡Guerra! no más arguyo...

el plectro no me deis, dadme una espada:

si mi vida te doy, no te doy nada,

patria, que no sea tuyo;

porque al darte mi sangre derramada,

el ser que te debí te restituyo.

    Y cuando iba a quedarse muy satisfecho, a pesar del asonante de santuario y tanto, que algo le molestaba, sintió de repente, como un silbido dentro del cerebro, una voz que gritó: ¡Ramón!

* * *

  Y tuvo Eleuterio que levantarse y empezar a pasearse por su despacho; y al pasar enfrente de un espejo notó que se había puesto muy colorado.

    _¡Maldito Ramón! Es decir... maldito, no, ¡pobre! Al revés, era un bendito.

     Un bendito... y un valiente. Valiente... gallina... Pues Gallina le llamaban en el pueblo por su timidez; pero resultaba una, gallina valiente; como lo son todas cuando tienen cría y defienden a sus polluelos.

    Ramón no tenía polluelos; al contrario, el polluelo era él; pero la que se moría de frío y de hambre era su madre, una pobre vieja que no tenía ya ni luz bastante en los ojos para seguir trabajando y dándoles a sus hijos el pan de cada día.

    La madre de Ramón, viuda, llevaba en arrendamiento cierta humilde heredad de que era propietario don Pedro Miranda, padre de Eleuterio. La infeliz no pagaba la renta. ¡Qué había de pagar si no tenía con qué! Años y años se le iban echando encima con una deuda, para ella enorme. Don Pedro se aguantaba; pero al fin, como los tiempos estaban malos para todos, la contribución baldaba a chicos y grandes; un día se cargó de razón, como él dijo, y se plantó, y aseguró que ni Cristo había pasado de la cruz ni él de allí; de otro modo, que María Pendones tenía que pagar las rentas atrasadas o... dejar la finca. «O las rentas o el desahucio». A esto lo llamaba disyuntiva don Pedro, y María el acabose, el fin del mundo, la muerte suya y de sus hijos, que eran cuatro, Ramón el mayor.

    Pero en esto le tocó la suerte, a Eleuterio, el hijo único de don Pedro, el mimo de su padre y de toda la familia, porque era un estuche que hasta tenía la gracia de escribir en los periódicos de la corte, privilegio de que no disfrutaba ningún otro menor de edad en el pueblo.

    Como no mandaban entonces los del partido de Miranda, sino sus enemigos, ni en el Ayuntamiento ni en la Diputación provincial hubo manera de declarar a Eleuterio inútil para el servicio de las armas, pues lo de poeta lírico no era exención suficiente; y el único remedio era pagar un dineral para librar al chico. Pero los tiempos eran malos; dinero contante y sonante, Dios lo diera; mas ¡oh idea feliz!

    «El chico de la Pendones, el mayor... ¡justo!». Y don Pedro cambió la disyuntiva de marras y dijo: o el desahucio o pagarme las rentas atrasadas yendo Ramón a servir al rey en lugar de Eleuterio. Y dicho y hecho. La viuda de Pendones lloró, suplicó de rodillas; al llegar el momento terrible de la despedida prefería el desahucio, quedarse en la calle con sus cuatro hijos, pero con los cuatro a su lado, ni uno menos. Pero Ramón, la gallina, el enclenque sietemesino, alternando entre las tercianas y el reumatismo, tuvo energía por la primera vez de su vida, y a escondidas de su madre, se vendió, liquidó con don Pedro, y el precio de su sacrificio sirvió para pagar las rentas atrasadas y la corriente. Y tan caro supo venderse, que aún pudo sacar algunas pesetas para dejarle a su madre el pan de algunos meses... y a su novia, Pepa de Rosalía, un guardapelo que le costó un dineral, porque era nada menos que de plata sobredorada.

    ¿Para qué quería Pepa el pelo de Ramón, un triste mechón pálido, de hebras delgadísimas de un rubio de ceniza, que estaban vociferando la miseria fisiológica del sietemesino de la Pendones? Ahí verán ustedes. Misterios del amor. Y no lo querría Pepa por el interés. No se sabe por qué le quería. Acaso por fiel, por constante, por sincero, por humilde, por bueno. Ello era que, con escándalo de los buenos mozos del pueblo, la gallarda Pepa de Rosalía y Ramón la gallina eran novios. Pero tuvieron que separarse. Él se fue al servicio: a ella le quedó el guardapelo, y de tarde en tarde fue recibiendo cartas de puño y letra de algún cabo, porque Ramón no sabía escribir, se valía de amanuense, pocas veces gratuito, y firmaba con una cruz.

    Este era el Ramón que se le atravesó entre ceja y ceja al mejor lírico de su pueblo al fraguar el final de su elegía u oda a la patria. Y el remordimiento, en forma de sarcasmo, le sugirió esta idea: «No te apures, hombre; así como D. Quijote concluía las estrofas de cierta poesía a Dulcinea, añadiendo el pie quebrado del Toboso, por escrúpulos de veracidad, así tú puedes poner una nota a tus ofrecimientos líricos de sangre derramada, diciendo, verbigracia:

Patria, la sangre que ofrecerte quiero,

en lugar de los cantos de mi lira,

no tiene mío más, si bien se mira,

que el haberme costado mi dinero.

    ¡Oh, cruel sarcasmo! ¡Sí, terrible vergüenza! ¡Cantar a la patria mientras el pobre gallina se estaba batiendo como el primero, allá abajo, en tierra de moros, en lugar del señorito!

    Rasgó la oda, o elegía, que era lo más decente que, por lo pronto, podía hacer en servicio de la patria. Cuando vinieron el alcalde, el síndico y varios regidores a recoger los versos, pusieron el grito en el cielo al ver que Eleuterio los había dejado en blanco. Hubo alusiones embozadas a lo de la secretaría; y tanto pudo el miedo a perder la esperanza del destino, que el chico de Miranda, tuvo que obligarse a sustituir (terrible vocablo para él) los versos que faltaban con un discurso improvisado de los que él sabía pronunciar tan ricamente como cualquiera. Le llevaron al teatro, donde se celebraba la fiesta patriótica, y habló en efecto; hizo una paráfrasis en prosa, pero en prosa mejor que los versos rotos de la elegía u oda desgarrada. Entusiasmó al público; se llegó a entusiasmar él mismo de veras; en el patético epílogo se le volvió a presentar la figura pálida de Ramón... y mientras ofrecía, entre vivas y aplausos de la muchedumbre, sellar con su sangre, si la patria la necesitaba, todas aquellas palabras de amor y sacrificio, se juraba a sí propio, por dentro, echar a correr aquella misma noche camino de África, para batirse al lado de Ramón, o como pudiera, en clase de voluntario.

* * *

  Y lo hizo como lo pensó. Pero al llegar a Málaga para embarcar, supo que entre los heridos que habían llegado de África dos días antes estaba en el hospital un pobre soldado de su pueblo. Tuvo un presentimiento; corrió al hospital, y... en efecto, vio al pobre Ramón Pendones próximo a la agonía.

    Estaba herido, pero levemente. No era eso lo que le mataba, sino lo de siempre: la fiebre. Con la mala vida de campaña, las tercianas se le habían convertido en no sabía qué fuego y qué nieve que le habían consumido hasta dejarle hecho ceniza. Había sido durante un mes largo un héroe de hospital. ¡Lo que había sufrido! ¡Lo mal que había comido, bebido, dormido! ¡Cuánto dolor en torno; qué tristeza fría, qué frío intenso, qué angustia, qué morriña! Y ¿cómo había sido lo de la herida?

    Pues nada; que una noche, estando de guardia, y con una... que llamaban disentería que no se podía tener, se había separado un poco de su puesto, así, como... por decencia por no apestarse a sí mismo después, y allí, acurrucado, en un rayo de luna... ¡zas! un morito le había visto, al parecer, y, lo dicho ¡zas!... había hecho blanco. Pero en blando. Total nada; aquello nada. Pero el frío, la fatiga, los sustos, la tristeza, ¡aquello sí!... y la fiebre, la reina de sus males, le mataba sin remedio.

    Y murió Ramón Pendones en brazos del señorito, muy agradecido y recomendándole a su madre, y a su novia.

    Y el señorito, más poeta, más creador de lo que él mismo pensaba, pero poeta épico, objetivo, salió de Málaga, pasó el charco y se fue derecho al capitán de Ramón, un bravo de talento, y buen corazón y fantasía, y le dijo:

    _Vengo de Málaga; allí ha muerto en el hospital Ramón Pendones, soldado de esta compañía. He pasado el mar para ocupar el puesto del difunto. Hágase usted cuenta que Pendones ha sanado y que yo soy Pendones. Él era mi sustituto, ocupaba mi puesto en las filas y yo quiero ocupar el suyo. Que la madre y la novia de mi pobre sustituto no sepan todavía que ha muerto; que no sepan jamás que ha muerto en un hospital, oscuramente, de tristeza y de fiebre...

    El capitán comprendió a Miranda.

    _Corriente _le dijo_ por ahora usted será Pendones; pero después, en acabándose la guerra... ya ve usted...

    _Oh, eso queda de mi cuenta _replicó Eleuterio.

    Y desde aquel día Pendones, dado de alta, respondió siempre otra vez a la lista. Los compañeros que notaron el cambio celebraron la idea del señorito, y el secreto del sustituto fue el secreto de la compañía.

    Antes de morir, Ramón habla dicho a Eleuterio cómo se comunicaba con su madre y su novia. El mismo cabo que solía escribirle las cartas, escribía ahora las que le dictaba Miranda, que también las firmaba con una cruz; pues no quería escribir él por si reconocían la letra en el pueblo.

    _Pero todo eso _preguntaba el cabo amanuense_ ¿para qué les sirve a la madre y a la novia si al fin han de saber...?

    _Deja, deja _respondía Eleuterio ensimismado_. Siempre es un respiro... Después... Dios dirá.

    La idea de Eleuterio era muy sencilla, y el modo de ponerla en práctica lo fue mucho más. Quería pagar a Ramón la vida que había dado en su lugar; quería ser sustituto del sustituto y dejar a los seres queridos de Ramón una buena herencia de fama, de gloria y algo de provecho.

    Y, en efecto, estuvo acechando la ocasión de portarse como un héroe, pero como un héroe de veras. Murió matando una porción de moros, salvando una bandera, suspendiendo una retirada y convirtiéndola, con su glorioso ejemplo, en una victoria esplendorosa.

    No en vano era, además de valiente, poeta, y más poeta épico de lo que él pensaba: sus recuerdos de la Iliada del Ramayana, de la Eneida, de Los Lusiadas, de la Araucana, el Bernardo, etcétera, etc., llenaron su fantasía para inspirarle un bell morir. Hasta para ser héroe, artista, dramático, se necesita imaginación. Murió, no como había muerto el pobre Ramón en su casa, sino con distinción, con elegancia; su muerte fue sonada; no pudo ser un héroe anónimo; y, aunque simple soldado, su hazaña y gloriosos fin llamaron la atención y excitaron el entusiasmo de todo el ejército; el general en jefe le consagró públicos y solemnes elogios; se le ascendió después de muerto; su nombre figuró en letras grandes en todos los periódicos, diciendo: «Un héroe: Ramón Pendones»; y para su madre hubo el producto de una cruz póstuma, pensionada, que la ayudó, de por vida a pagar la renta a don Pedro Miranda, cuyo único hijo, por cierto, había muerto también, probablemente en la guerra, según barruntaban los del pueblo, pero sin que se supiera cómo ni dónde.

* * *

   Cuando el capitán, años después, en secreto siempre, refería a sus íntimos la historia, solían muchos decir:

    «La abnegación de Eleuterio fue exagerada. No estaba obligado a tanto. Al fin, el otro era sustituto; pagado estaba y voluntariamente había hecho el trato».

    Era verdad. Eleuterio fue exagerado. Pero no hay que olvidar que era poeta; y si la mayor parte de los señoritos que pagan soldado, un soldado que muera en la guerra, no hacen lo que Miranda, es porque poetas hay pocos, y la mayor parte de los señoritos son prosistas.

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El dúo de la tos

El gran hotel del Águila tiende su enorme sombra sobre las aguas dormidas de la dársena. Es un inmenso caserón cuadrado, sin gracia, de cinco pisos, falansterio del azar, hospicio de viajeros, cooperación anónima de la indiferencia, negocio por acciones, dirección por contrata que cambia a menudo, veinte criados que cada ocho días ya no son los mismos, docenas y docenas de huéspedes que no se conocen, que se miran sin verse, que siempre son otros y que cada cual toma por los de la víspera.

"Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como en el desierto", piensa un bulto , un hombre envuelto en un amplio abrigo de verano, que chupa un cigarro apoyándose con ambos codos en el hierro frío del balcón, en el tercer piso. En la oscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco brilla como un gusano de luz. A veces aquella chispa triste se mueve, se amortigua, desaparece, vuelve a brillar.

"Algún viajero que fuma", piensa otro bulto , dos balcones más a la derecha, en el mismo piso. Y un pecho débil, de mujer, respira como suspirando, con un vago consuelo por el indeciso placer de aquella inesperada compañía en la soledad y la tristeza.

"Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría", sigue pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado, quebradizo, un chal de invierno, tupido, bien oliente.

"Hay un balcón por medio; luego, es el cuarto número 36: A la derecha, en el pasillo, esta madrugada, cuando tuve que levantarme a llamar a la camarera, que no oía el timbre, estaban unas botas de hombre elegante."

De repente desapareció una claridad lejana, produciendo el efecto de un relámpago que se nota después que pasó.

"Se ha apagado el foco del Puntal", piensa con cierta pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche. "Uno menos para velar; uno que se duerme."

Los vapores de la dársena, las panzudas gabarras sujetas al muelle, al pie del hotel, parecen ahora sombras en la sombra. En la oscuridad el agua toma la palabra y brilla un poco, cual una aprensión óptica, como un dejo de la luz desaparecida, en la retina, fosforescencia que parece ilusión de los nervios. En aquellas tinieblas, más dolorosas por no ser completas, parece que la idea de luz, la imaginación recomponiendo las vagas formas, necesitan ayudar para que se vislumbre lo poco y muy confuso que se ve allá abajo. Las gabarras se mueven poco más que el minutero de un gran reloj; pero de tarde en tarde chocan, con tenue, triste, monótono rumor, acompañado del ruido de la marea que a lo lejos suena, como para imponer silencio, con voz de lechuza.

El pueblo, de comerciantes y bañistas, duerme; la casa duerme.

El bulto del 36 siente una angustia en la soledad del silencio y las sombras.

De pronto, como si fuera un formidable estallido, le hace temblar una tos seca, repetida tres veces como canto suave de codorniz madrugadora, que suena a la derecha, dos balcones más allá. Mira el del 36, y percibe un bulto más negro que la oscuridad ambiente, del matiz de las gabarras de abajo. "Tos de enfermo, tos de mujer". y el del 36 se estremece, se acuerda de sí mismo; había olvidado que estaba haciendo una gran calaverada, una locura. ¡Aquel cigarro! Aquella triste contemplación de la noche al aire libre. ¡Fúnebre orgía! Estaba prohibido el cigarro, estaba prohibido abrir el balcón a tal hora, a pesar de que corría agosto y no corría ni un soplo de brisa. "¡Adentro, adentro! ¡A la sepultura, a la cárcel horrible, al 36, a la cama, al nicho!"

Y el 36, sin pensar más en el 32, desapareció, cerró el balcón con triste rechino metálico, que hizo en el bulto de la derecha un efecto de melancolía análogo al que produjera antes en el bulto que fumaba la desaparición del foco eléctrico de Puntal.

"Sola del todo", pensó la mujer, que, aun tosiendo, seguía allí, mientras hubiera aquella compañía... compañía semejante a la que hacen dos estrellas que nosotros vemos, desde aquí, juntas, gemelas, y que allá en lo infinito ni se ven ni se entienden.

Después de algunos minutos, perdida la esperanza de que el 36 volviera al balcón, la mujer que tosía se retiró también; como un muerto que en forma de fuego fatuo respira la fragancia de la noche y se vuelve a la tierra.

Pasaron una, dos horas. De tarde en tarde, hacia dentro, en las escaleras, en los pasillos, resonaban los pasos de un huésped trasnochador; por las rendijas de la puerta entraban en la lujosas celdas, horribles con su lujo uniforme y vulgar, rayos de luz que giraban y desaparecían.

Dos o tres relojes de la ciudad cantaron una hora; solemnes campanadas precedidas de la tropa ligera de los cuartos, menos lúgubres y significativos. También en la fonda hubo reloj que repitió el alerta.

Pasó media hora más. También lo dijeron los relojes.

"Enterado, enterado", pensó el 36, ya entre sábanas; y se figuraba que la hora, sonando con aquella solemnidad, era como la firma de los pagarés que iba presentando a la vida su acreedor, la muerte. Ya no entraban huéspedes. A poco, todo debía dormir. Ya no había testigos; ya podía salir la fiera; ya estaría a solas con su presa.

En efecto, en el 36 empezó a resonar, como bajo la bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en sí misma el quejido ronco de la protesta.

"Era el reloj de la muerte", pensaba la víctima, el número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la desesperación, solo en el mundo, sin más compañía que los recuerdos del hogar paterno, perdidos allá en lontananzas de desgracias y errores, y una sentencia de muerte pegada al pecho, como una factura de viaje e un bulto en el ferrocarril.

Iba por el mundo, de pueblo en pueblo, como bulto perdido, buscando aire sano para un pecho enfermo; de posada en posada, peregrino del sepulcro, cada albergue que el azar le ofrecía le presentaba aspecto de hospital. Su vida era tristísima y nadie le tenía lástima. Ni en los folletines de los periódicos encontraba compasión. Ya había pasado el romanticismo que había tenido alguna consideración con los tísicos. El mundo ya no se pagaba de sensiblerías, o iban éstas por otra parte. Contra quien sentía envidia y cierto rencor sordo el número 36, era contra el proletariado, que se llevaba toda la lástima del público. "El pobre jornalero, ¡el pobre jornalero!", repetía, y nadie se acuerda del pobre tísico , del pobre condenado a muerte del que no han de hablar los periódicos. La muerte del prójimo, en no siendo digna de la Agencia Palabra, ¡qué poco le importa al mundo!

Y tosía, tosía en el silencio lúgubre de la fonda dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oír como un eco lejano y tenue de su tos...Un eco...en tono menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche. Era un nicho vacío.

La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era...¿cómo se diría?, más poética, más dulce, más resignada. La tos del 36 protestaba; a veces rugía. La del 32 casi parecía un estribillo de una oración, un miserere; era una queja tímida, discreta, una tos que no quería despertar a nadie. El 36, en rigor, todavía no había aprendido a toser, como la mayor parte de los hombres sufren y mueren sin aprender a sufrir y a morir. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo, sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer.

Llegó a notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle.

Poco a poco, entre dormido y despierto, con un sueño un poco teñido de fiebre, el 36 fue transformando la tos del 32 en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se entiende vagamente lo que la música dice.

La mujer del 32 tenía veinticinco años, era extranjera; había venido a España por hambre, en calidad de institutriz en una casa de la nobleza. La enfermedad la había hecho salir de aquel asilo; le habían dado bastante dinero para poder andar algún tiempo sola por el mundo, de fonda en fonda; pero la habían alejado de sus discípulas. Naturalmente. Se temía el contagio. No se quejaba. Pensó primero en volver a su patria. ¿Para qué? No la esperaba nadie; además, el clima de España era más benigno. Benigno, sin querer. A ella le parecía esto muy frío, el cielo azul muy triste, un desierto. Había subido hacia el norte, que se parecía un poco más a su patria. No hacía más que eso, cambiar de pueblo y toser. Esperaba locamente encontrar alguna ciudad o aldea en que la gente amase a los desconocidos enfermos.

La tos del 36 le dio lástima y le inspiró simpatía. Conoció pronto que era trágica también. "Estamos cantando un dúo", pensó; y hasta sintió cierta alarma del pudor, como si aquello fuera indiscreto, una cita en la noche. Tosió porque no pudo menos; pero bien se esforzó por contener el primer golpe de tos.

La del 32 también se quedó medio dormida, y con algo de fiebre; casi deliraba también; también transportó la tos del 36 al país de los ensueños, en que todos los ruidos tienen palabras. Su propia tos se le antojó menos dolorosa apoyándose en aquella varonil que la protegía contra las tinieblas, la soledad y el silencio. "Así se acompañarán las almas del purgatorio." Por una asociación de ideas, natural en una institutriz, del purgatorio pasó al infierno, al de Dante, y vio a Paolo y Francesca abrazados en el aire, arrastrados por la bufera infernal.

La idea de la pareja, del amor, del dúo, surgió antes en número 32 que en el 36.

La fiebre sugería en la institutriz cierto misticismo erótico; "¡erótico!": no es ésta la palabra. ¡Eros!, el amor sano, pagano, ¿qué tiene aquí que ver? Pero, en fin, ello era amor, de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser lo mismo que el 36, delirando, venía como a adivinar:

"¿Eres joven? Yo también. ¿Estás solo en el mundo? Yo también. ¿Te horroriza la muerte en la soledad? También a mí? ¡Si nos conociéramos! ¡Si nos amáramos! Yo podría ser tu amparo, tu consuelo. ¿No conoces en mi modo de toser que soy buena, delicada, discreta, casera, que haría de la vida precaria un nido de pluma blanda y suave, para acercarnos juntos a la muerte, pensando en otra cosa, en el cariño? ¡Qué solo estás! ¡Qué sola estoy! ¡Cómo te cuidaría yo! ¡Cómo tú me protegerías! Somos dos piedras que caen al abismo, que chocan una vez al bajar y nada se dicen, ni se ven, ni se compadecen...¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no hemos de levantarnos ahora, unir nuestro dolor, llorar juntos? Tal vez de la unión de dos llantos naciera una sonrisa. Mi alma lo pide; la tuya también. Y con todo, ya verás como ni te mueves ni me muevo."

Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante a lo que él deseaba y pensaba:

"Sí, allá voy; a mí me toca, es natural. Soy un enfermo, pero soy un galán, un caballero; sé mi deber; allá voy. Verás qué delicioso es, entre lágrimas, con perspectivas de muerte, ese amor que tú sólo conoces por libros y conjeturas. Allá voy, allá voy...si me deja la tos...¡esta tos!...¡Ayúdame, ampárame, consuélame. Tu mano sobre mi pecho, tu voz en mi oído, tu mirada en mis ojos..."

Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son consecuente románticos. El número 36 despertó, olvidado del sueño, del dúo de la tos.

El número 32 acaso lo olvidara, pero ¿qué iba a hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no era necia. No pensó ni un momento en buscar la realidad que correspondiera a la ilusión de una noche, al vago consuelo de aquella compañía de la tos nocturna. Ella, eso sí, se había ofrecido de buena fe; y aun despierta, a la luz del día, ratificaba su intención; hubiera consagrado el resto, el miserable resto de su vida, a cuidar aquella tos de hombre...

¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¡Bah! Como tantos otros príncipes rusos del país de los ensueños. Procurar verle...¿para qué?

Volvió la noche. La del 32 no oyó toser. Por varias tristes señales pudo convencerse de que en el 36 ya no dormía nadie. Estaba vacío como el 34.

En efecto; el enfermo del 36, sin recordar que el cambiar de postura sólo es cambiar de dolor, había huido de aquella fonda, en la cual había padecido tanto...como en las demás. A los pocos días dejaba también el pueblo. No paró hasta Panticosa, donde tuvo la última posada. No se sabe que jamás hubiera vuelto a acordarse de la tos del dúo.

La mujer vivió más; dos o tres años. Murió en un hospital, que prefirió a la fonda; murió entre Hermanas de la caridad, que algo la consolaron en la hora terrible. La buena psicología nos hace conjeturar que alguna noche, en sus tristes insomnios, echó de menos el dúo de la tos; pero no sería en los últimos momentos, que son tan solemnes. O acaso sí.

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El número uno

 Como planta de estufa criaron a Primitivo Protocolo sus bondadosos padres. Bien lo necesitaba el chiquillo, que era enclenque; a cada soplo de aire contestaba con un constipado, y era siempre la primera víctima, el primer caso, el nominativo de todas las epidemias que los microbios, agentes de Herodes, traían sobre la tropa menuda de la ciudad. Era el niño seco, delgaducho, encogido de hombros, de color de aceituna; un museo de sarampión, viruelas, escarlatina, ictericia, catarros, bronquitis, diarreas; y vivía malamente gracias al jarabe de rábano yodado y a la Emulsión Scott. Parecía su cuerpo la cuarta plana de un periódico; era un anuncio todo él de cuantos específicos se han hecho célebres.

    Y con todo, se notaba en el renacuajo un apego a la existencia, un afán de arraigar en este pícaro mundo, que le daba una extraña energía en medio de sus flaquezas; y prueba de la eficacia de  esta nerviosa obstinación se veía en que siempre se estaba muriendo, pero nunca se moría, y volvía a pelechar, relativamente, en cuanto le dejaba un mal y antes de caer en otro. ¡Con la décima parte de sus lacerías cualquiera hubiera muerto diez veces, y, caso de subsistir, habría presentado la dimisión de una existencia tan disputada y costosa!

    Pero lo mismo Primitivo que sus padres se empeñaban en que tan débil caña había de resistir a todos los vendavales, y resistía a costa de sudores, cuidados, sustos y dinero.

    D. Remigio, el padre, no concebía que el mundo sobreviviera a su chiquitín; y habiendo tantas cosas buenas, sanas, florecientes sobre la tierra, creía que el plan divino sólo se cumpliría bien si llegaba a edad proyecta aquel miserable saquito de pellejos y huesos de gorrión, donde unas cuantas moléculas se habían reunido de mala gana a formar pobres tejidos que estaban rabiando por descomponerse e irse a otra parte con la música de su oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, carbono y demás ingredientes.

    Aún en las enfermedades más fuertes, le quedaba a Primitivo la expresión de aquella voluntad firme de no morirse, en los ojos negros, brillantes, que lo miraban todo como tomando posesión de ello, usufructuándolo, acaparándolo.

    Si el excesivo anhelo de vivir a toda costa era género de concupiscencia, no había en la creación animalejo más concupiscente que aquel miserable comino que le parecía un diamante al señor Protocolo.

    Por lo mismo era más lamentable el espectáculo del continuo peligro, de la amenaza eterna de que todo aquel armazón diminuto y débil se descuajaringase y se lo llevase pateta de un soplo.

*   *   *

    Si  las carnes lucidas no venían ni aun con los mejores bocados, ni con los reconstituyentes más acreditados, después de las más francas convalecencias, ni el chiquillo estiraba mucho en la cama; lo que le crecía de un modo extraordinario a cada fiebre y a cada indigestión y a cada bronquitis era lo que llamaba su padre el talento: una agudísima inteligencia para entender y retener toda materia discursiva de la que podía existir en el ambiente moral de lugares comunes en que iba corriendo su azarosa existencia.

    Pero D. Remigio, en vez de asustarse ante aquella alarmante precocidad, procuraba ejercicio y alimento para ella. Así, en vez de tener Primitivo que discurrir por su cuenta aquella porción de sórdidas matemáticas que descubrió Pascal, a quien su padre ocultaba los libros que las enseñaban, pudo ahorrarse este trabajo, porque Protocolo le rodeó la cama en que se moría más  que vivía, de cuantos libros técnicos, mapas, aparatos fueron necesarios para que el prodigio aprendiera lo que no sabía ninguno de su edad.

    Así es, que cuando Primitivo abandonaba el lecho y podía asistir a la escuela, primero, y a los estudios del Instituto y preparatorios después, contaba sus viajes al aula por triunfos y por catarros. Siempre volvía malo y cargado de laureles.

    En la escuela era rey de Roma, y cada poco tiempo traía un celemín de medallas y de diplomas de honor. Ni él ni su padre se cansaban de tanto galardón, de tanto ostensible testimonio de una abrumadora superioridad sobre el resto de los mortales.

    Disfrutaban padre e hijo de tales premios con la glotonería del gastrónomo goloso y tragaldabas. Vivían en perpetuo hartazgo de vanagloria.

    Por desgracia, en el sistema de enseñanza corriente no faltaban elementos para satisfacer esta pícara vanidad, pues lo general era convertir la noble emulación en una encarnizada lucha por la existencia del orgullo y el egoísmo. Se medía el valor intelectual por la pícara medida de las comparaciones odiosas y enemigas de toda humildad y caridad.

    Cuando el chico entró en cierto colegio vio el cielo abierto, pues allí tomaba aires de heroísmo aquella riña de gallos de la aplicación y el mérito: los que sabían más, eran capitanes generales, caudillos, Aquiles y Cides... Primitivo, a  quien tumbaba el vuelo de un pájaro, era siempre el Napoleón de aquellas campañas, en que no había balas, pero sí algo no menos peligroso, pues había mortales asechanzas contra la salud de aquellas criaturas, a quien el amor propio... y el odio al mérito ajeno obligaban a trabajar quince y más horas diarias.

    De allí salió bien aleccionado el mocosuelo ilustre para emprender los estudios más graves de la Academia, que le había de dar el título facultativo, objeto inmediato de su carrera.

    Ya se sabía: Primitivo, como en la escuela, como en el colegio de segunda enseñanza, en la Academia siempre el primero: si había notas, sobresaliente y premio; si había escalafón, el número uno.

    En casa de Protocolo no se concebía mayor desgracia que la que hubiera caído sobre aquel hogar si una vez sola Primitivo hubiera descendido al número dos. ¡Horror! Ni pensarlo.

    Y el diablo del chico, según se iba haciendo mozalbete, como si le probasen mejor las raíces cuadradas y los logaritmos, que el rábano y el hígado de bacalao, iba echando... así, una especie de cecina que podía pasar por carne fresca. Seguía amarillento y verdoso y seco... pero algo había medrado, y ya pasaba meses y meses sin una mala pulmonía.

    Tenía una fama de sabio, que valía por la de los siete de Grecia, entre toda la juventud víctima de la politécnica emulación.

    Por supuesto que la sabiduría de Protocolo-Lepijo se limitaba, voluntariamente, a los libros de texto y sus afines; pues el chico despreciaba todo lo que no conocía; y así, por ejemplo, tenía por imbéciles e ignorantes a todos los literatos y juristas, porque los primeros no necesitan una carrera, y los otros la solían ganar muy holgadamente. Sólo porque no había rigor en los exámenes, tenía el derecho por una pamplina; y así de lo demás. Ignoraba tan profundamente lo que no había estudiado de modo perfecto, que no sospechaba apenas su existencia; de dolido deducía que todo se lo sabía él.

    Llegó a ser en él segunda naturaleza aquello de ver en sí el número uno. Hasta cuando la debilidad le hacía soñar esa extraña pluralidad del yo, esa alarmante anarquía de la conciencia en que parece que cada centro misterioso de la vida sacude el yugo de cierta heguemonía cerebral: hasta en esas disparatadas visiones en que se convertía en muchos Primitivos, seguía siendo el primero en todos ellos: sí, todos aquellos Primitivos interiores eran números unos. Por supuesto, Primitivo salió de la Academia con el número uno de la promoción, y esta ventaja la llevó al escalafóndel cuerpo.

*   *   *

    Pero ¡ay, amigo! que él creía que el mundo era otra especie de escalafón, en que ocupaba el primer lugar el muchacho que más matemáticas, conformes o no con Euclides, sabía y podía explicar en un periquete.

    Su idea era que nadie le pondría el pie delante: ¡era el número uno de la Academia en que se hilaba más delgado!

    Empezó a notar. Con gran asombro y grandísimo disgusto, que la sociedad no le admiraba demasiado.

    Ya el jefe de la oficina le trataba con una superioridad que le mortificaba y le parecía injusta; pues el jefe, en su promoción, había sido de los últimos.

    La segunda persona que le trató con menos consideración de la que él creía merecer fue una muchacha rubia, muy guapa, a quien se declaró en un baile, y que le dio calabazas, con el frívolo pretexto de que ya había dado el sí a un oficial del Gobierno civil que no había pasado de bachiller en artes, pero que era más alto, de mejor color que Protocolo, y que pesaba lo menos veinte kilos más que él.

    De estos disgustos fue teniendo muchos. Asistía a los teatros, y veía que sacaban a las tablas para aturdirlos a palmadas a músicos y danzantes, tenores, poetas, hasta oradores; pero a nadie se le ocurría pedir que saliera el número uno de la promoción  de Primitivo. A él, tan matemático, no se le ocurría jamás hacer un cálculo muy sencillo, que se fundara, por ejemplo en los siguientes datos: En su misma Academia había cada año un número uno que salía de ella con esta supremacía; la Academia contaba, sin hablar de los muertos, lo menos con treinta o cuarenta números unos ni más ni menos que él. Por aquí ya iba entrando en el coro general.

    Había en el país (y no se hable del extranjero) muchas Academias con sendos números unos para cada promoción. Aquí había que multiplicar cuarenta por veinte lo menos.

    Había otras muchas carreras que, sin llamarse Academias ni numerara el mérito de los alumnos como cuartos de fonda, también tenían sus gallitos; es decir, sus números unos correspondientes. Y aquí ya no se sabía cuánto había que multiplicar por cuánto.

    Fuera de las carreras, en la industria, en las profesiones libres, y en la escuela del mundo, había multitud de actividades a que acudían muchos jóvenes en noble emulación, y en que los más listos y aprovechados eran también el número uno correlativo.

    Y aquí ya Primitivo pasaba a perderse en una verdadera multitud de números unos. Y además... no todo era en la vida la inteligencia, la aplicación  en la enseñanza, en el arte. quedaban los números unos, infinitos, de la fortuna, que solían pasar delante: los números unos de la energía, de la audacia, del favor, de la gracia, de la malicia, de la desfachatez, de la hermosura física, de la moral, del amor, del crimen, de la salud, de la diligencia, de la oportunidad, de la casualidad... ¡de tantas cosas! Y toda esta proporción considerable de la humanidad era tanto como el pobre Primitivo; todos eran los primeros de algo, los adocenadísimos números unos de cualquier miseria humana.

    Pero estas cuentas no se las echaba el chico de Protocolo, que si bien había mejorado algo de salud al acabar la carrera y dejarse de empollar tanto, no mejoró de color, porque todos los desengaños que le daba el mundo se convertían en bilis.

    Quería que la vida, la ancha vida, la compleja, la misteriosa vida, fuese como una especie de regatas o carreras de primeros lugares, de números unos, en que todo se rigiera por un reglamento de recompensas análogo al que usaban los Padres Jesuitas para tales casos, o al que regía en la Academia. Y como no era así, el orgullo, la bilis y la poca salud hicieron del carácter de Protocolo una materia... moral... así como viscosa... amarillenta... un veneno asqueroso. La envidia, por musa del chiste, le sirvió para crear cierta fama de gracioso, de satírico, y para ganarse una  porción considerable de bofetadas, desaires, sustos y más graves contratiempos.

    En su espíritu no podía buscar consuelo para tantos desengaños, porque allí no había nada vago, poético, misterioso, ideal, religioso.

    Todo era allí positivo; todo estaba cuadriculado, ordenado, numerado. Todo

era para él número uno, y el que venga detrás que arree.

    Y como aquella salud a media asta que gastaba el infeliz era cosa ficticia, al llegar la edad en que otros empiezan a echar panza y a tomar las buenas carnes y el aspecto con que han de llegar a la vejez, Primitivo, comido por el despecho, los desengaños y la bilis, empezó a descomponerse, a encogerse y doblarse, a convertirse en una raíz cuadrada de su propia personilla.

    Y así desapareció del mundo. Los periódicos dijeron que había muerto tísico; pero ello fue que una tarde de mucho calor el número uno se evaporó en una podredumbre que era una peste. Como su padre ya había muerto antes, Primitivo se fue de este planeta sin que nadie le llorase.

    ¡Cómo habían de llorarle el número dos, ni el tres, ni le cuatro, ni el último, a quienes había despreciado tanto!

*   *   *

    Y le faltaba la imagen más negra.

     La otra vida.

    Cuando allá le pidieron sus títulos para la gloria, para el premio a que aspiraba, se encontró con que lo del número uno de la promoción era poco más que un papel mojado.

    Y como Primitivo se impacientase, le dijeron:

    -Vea usted, vea usted los que tienen que pasar delante de usted.

    Y fueron pasando delante a ocupar en la gloria en el escalafón de Dios, mejor puesto que Protocolo, infinidad de corderos y ovejas del rebaño humano que jamás habían sido el número uno de nada en la lucha por la existencia. Fueron pasando, sí, aquellos humildes borregos que se habían dejado trasquilar con paciencia; los pobres, los humildes, los santos, los mártires, los sencillos. La mayor parte de aquellos bienaventurados no sabían leer. Contar, ni uno solo. Y allí eran la aristocracia.

    Después pasó la clase media de la virtud... y, con sudor de congoja, Protocolo empezó a calcular que la índole de méritos que él alegaba allí era de las últimas en el aprecio de quien repartía recompensas... ¡Qué vulgo revulgo, santo Dios, era en la gloria el número uno de la Academia!

    Y pasaban, pasaban gentes anónimas sin numeración, sin factura, bultos extraviados en los azarosos viajes del tren de la vida...

    ¡Y él, Primitivo Protocolo, con su etiqueta en regla, su número uno en la factura, allí olvidado en el andén, sin que una mano caritativa le metiera entre los bultos amontonados en el furgón de cola...!

    Y así está todavía, esperando vez; esperando, como hay que esperar en el cuento de las cabras de Sancho...

    Pasará, llegará a pasar, porque la bondad de Dios es infinita... pero ¡Dios sabe cuándo será llamado al festín de la caridad... el número uno.

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 La tara

    Pasillo cómico.

    Efectivamente: el teatro representa un pasillo en una fonda. Una dama elegante, mince y frèle, que diría un traductor, envuelta en un manto, a ser posible misteriosamente, se detiene delante del cuarto número 13.

    Llama discretamente a la puerta con los ¡oh prosa! nudillos de la mano derecha, (derecha, no del espectador, sino de la tapada). Se abre la puerta, entra la dama y termina la primera escena, que como ustedes ven, es muda. No se rompen moldes, ni siquiera un plato, a lo menos por ahora.

    Escena segunda.- Ni vista ni oída. El pasillo sólo. Pasa... un buen rato. Llega un caballero que está pasando un mal rato... pero esto ya constituye la escena tercera. Se conoce que está disgustado en que blasfema entre dientes (¡adiós moldes!) y da patadas, pietinando sobre la plaza, como diría el traductor de marras.

    Se detiene ante la puerta del cuarto número 13. ¡Nada! Es decir, que a la otra puerta, aunque llama también con los nudillos. Llama con el puño del bastón. Nada. Llama a gritos blasfemando y rompiendo moldes y casi cinchas.

    Una voz dentro.- ¿Quién va?...

    El caballero del pasillo.- Soy López. ¿Es usted Pérez?

    La voz.- Servidor de usted. ¿Qué se le ofrecía al señor López?

    López.- Que me entregue usted a la... (moldes nuevos) de mi mujer, viva o muerta.

    Pérez.- ¡Caballero!...

    López.- ¡Señor mío!...

    Pérez.- Ni viva ni muerta; aquí no tengo ninguna mujer, ni de usted, ni de nadie...

    López.- ¡Abra usted, cobarde, o descerrajo la puerta a tiros!

    Pérez.- ...

    (En fin, se insultan ad libitum; pero, por fin, y después de estar sin contestar a López como unos tres minutos, Pérez abre la puerta).

    Mutación.- El cuarto número 13. Es un cuarto con dos camas. A derecha e izquierda, arrimados a la pared, sendos armarios de espejo, que se parecen como dos gotas de agua... y como dos armarios completamente iguales. No hablan. El de la derecha está abierto, el de la izquierda cerrado. López se precipita furioso hacia el armario cerrado, y sólo ve su brutal imagen.

    López.- ¡Ahí está la muy!... (m. n.)

    Pérez.- ¡Pero señor López! ¿Cómo ha de estar ahí una señora? ¡Como no esté descuartizada! Serénese usted y repare que estos dos armarios son completamente iguales; repare usted que ese que está abierto consta de varios cajones separados por tableros horizontales, y lo mismo le sucede al que está cerrado. Es más, si usted quiere podemos registrar los armarios de las habitaciones contiguas, donde no hay huéspedes, y verá usted que todos los armarios de todos los cuartos son absolutamente iguales, y todos tienen tableros; están divididos en cajones. ¿Quiere usted que su señora de usted se haya metido en píldoras dentro de ese armario?

    Mientras habla Pérez, López mira debajo de las camas, donde no hay nada ni nadie; palpa las paredes, que no ocultan ninguna puerta secreta; se asoma al balcón, donde no está su mujer.

    López.- Veamos esos otros armarios de otros cuartos... pero yo miraré desde la puerta para no perder de vista esta habitación (lo hacen como lo dicen). En el número 14 no hay huésped. Registran los armarios de este cuarto, idénticos a los del 13, y los dos están divididos en cajones por tableros horizontales.

    López.- (En el cuarto número 13, donde se cierra por dentro, con Pérez). Está bien; pero como yo estoy seguro de que mi mujer se ha metido aquí... porque la conozco... y he sorprendido con... en fin, ¡como yo sé que está aquí!... y no se habrá tirado por el balcón, ni aquí hay puertas falsas, ni está entre esos colchones (dando palos sobre las camas) y ese armario está cerrado... tiene que estar ahí dentro. Abra usted o lo abro yo a tiros.

    Pérez (con cierta energía).- De ningún modo. Ahí guardo yo mi secreto, un secreto de industria que no puede ver nadie. Yo le daré a usted todas las pruebas racionales que quiera y se me ocurran para convencerle de que es absurdo pensar que ahí dentro esté una mujer; pero abrir, de ningún modo. Primero doy parte a la policía, o grito diciendo: «¡Socorro, ladrones!».

    López.- ¡Señor Pérez!

    Pérez.- ¡Señor López! ¡Ah, se me ocurre una idea! Voy a convencerle a usted de que es imposible que su señora de usted esté ahí dentro. Aguarde usted cinco minutos. Queda usted en su cuarto... es decir, en el mío: vigile usted para que no se escape... y soy con usted en seguida.

    Desaparece Pérez, y López se queda contemplando su terrible figura en el espejo del armario cerrado.

No hay monólogo, aunque no estaría del todo mal, ni sería contrario a las leyes naturales que López increpase hipotéticamente a su mujer, en el supuesto de que estaba en el armario. Vuelve Pérez acompañado de cuatro mozos de cordel, que son como armarios en lo de no hablar, cargados con una báscula que le han prestado a Pérez en la portería de la fonda. Paga Pérez a los mozos y los despide.

    López.- ¿Para qué es eso?

    Pérez.- ¿Sabe usted, señor López, aproximadamente, cuánto pesa su señora de usted?

    López.- ¡Como que es mi cruz! Sí, señor, yo la hacía pesarse muy a menudo, porque la quería mucho, y me preocupaba verla tan delgada... La última vez que se pesó, hará una semana, pesaba 56 kilos.

    Pérez.- Perfectamente. El artefacto que yo tengo ahí dentro, y que es mi secreto, pesa algo, pero mucho menos que puede pesar una mujer. Bueno; pues ahora, vamos a pesar los dos armarios. Primero este, el abierto, para conocer la tara del otro; pesemos después el cerrado, y la diferencia acusará el peso del artefacto, que es mi secreto. Verá usted que pesa mucho menos que su señora de usted... y se marchará usted y me dejará tranquilo.

    López (después de pensarlo).- Convenido. Mi mujer es capaz de ocultarme cualquier cosa... pero lo que pesa... No puede ocultarlo.

    Entre los dos colocan el armario abierto sobre la báscula: lo pesan; López apunta en un papel el número de kilos que pesa el mueble.

    Cogen entre los dos el armario cerrado, después de dejar libre la báscula, y lo pesan en ella también. La diferencia de peso entre los dos armarios es de 40 kilos, que pesa de más el armario cerrado.

    Pérez (triunfante).- Ya lo ve usted, caballero. Le han engañado a usted, y ha venido a ofender a dos inocentes: por lo menos a uno, a mí. Su esposa de usted no puede estar en ese armario... a no ser que en una semana haya perdido 16 kilos de peso. Si usted tiene una mujer que pesa nada más 40 kilos... no merece la pena de seguirle los pasos.

    López (meditando).- Efectivamente... Este armario abierto está vacío... son iguales los dos, y este otro pesa 40 kilos más... y mi mujer pesa 56... luego, descontada la tara, no es mi mujer el artefacto que queda allá dentro.

    -¡Caballero! ¡Me he equivocado! Respetaré el secreto de su industria de usted... Usted dispense.

    López se dirige a la puerta. Pérez le acompaña haciendo cortesías y respirando con fuerza.

    Al llegar al umbral, López se da una palmada en la frente, y exclama:

    «¡Ah!». Pero no dice ahora lo comprendo todo, porque eso no es de los nuevos moldes. Se lanza sobre el armario abierto, desarma los cuatro tableros que separan los cajones, echa los tableros sobre la báscula, que está desocupada, los pesa... mira... ¡16 kilos! Lo que va de 40 a 56, es decir, del peso del artefacto al peso de su mujer... Se precipita sobre una de las camas, levanta un colchón, descubre dos tableros; se lanza sobre, la otra cama, descubre otros dos tableros... mira triunfante y con terrible ironía (antiguos moldes) al señor de Pérez, y dice con voz ronca, lenta y tono atrozmente sardónico:

    -¡Caballero! si no quiere usted morir de cinco tiros (saca un revólver), llame usted a ese timbre y diga usted que suba el dueño de la fonda.

    Se hace todo como se pide.

    López (al amo de la fonda).- Caballero, por razones que usted no puede saber, este mueble (el armario cerrado), es para mí de un valor artístico inapreciable. Así como está, sin abrirlo, necesito trasladarlo ahora mismo a mi casa. El señor Pérez tiene conmigo una deuda que me va a satisfacer ahora mismo, abonando a usted por ese armario la cantidad que usted exija... y le advierto, en conciencia, que este mueble vale mucho más de lo que usted puede figurarse: para mí vale más que para nadie; pero aun para el señor Pérez y para cualquiera vale mucho... Conque... pida usted... pida usted... que todo lo pagará el señor Pérez.

    El fondista.- Señor, yo... pediría... mil pesetas...

    López.- ¡Mucho más!... ¡mucho más!...

    El fondista va subiendo; López dice siempre: ¡más, mucho más!...

    Y por fin hace cargar a cuatro mozos de cordel con el armario cerrado, por el cual el señor Pérez abona al dueño del mueble cuarenta mil reales, a mil reales por kilo de lo que pesaba el artefacto, que era su secreto.

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