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Camilo José Cela

ÍNDICE

Viaje a la Alcarria    El fantasma  de Dantón  

Marcelo Brito

Noventa minutos de rebotica

  En la mesa de la profesora hay unos libros, unos cuadernos y dos vasos de grueso vidrio verdoso con unas florecitas silvestres amarillas, rojas y de color lila. La maestra, que acompaña al viajero en su visita a la escuela, es una chica joven y mona, con cierto aire de ciudad, que lleva los labios pintados y viste un traje de cretona muy bonito. Habla de pedagogía y dice al viajero que los niños de Casasana son buenos y aplicados y muy listos.
 Desde fuera, en silencio y con los ojillos atónitos, un grupo de niños y
niñas mira para dentro de la escuela. La maestra llama a un niño y a una
niña.
  _A ver, para que os vea este señor. ¿Quién descubrió América?
  El niño no titubea.
  _Cristóbal Colón.
  La maestra sonríe.
  _Ahora, tú. ¿Cuál fue la mejor reina de España?
  _Isabel la Católica.
  _¿Por qué?
  _Porque luchó contra el feudalismo y el Islam, realizó la unidad de nuestra patria y llevó nuestra religión y nuestra cultura allende los mares.
  La maestra complacida, le explica al viajero:
  _Es mi mejor alumna.
  La chiquita está muy seria, muy poseída de su papel de número uno. El
viajero le da una pastilla de café con leche, la lleva un poco aparte y le
pregunta:
  _¿Cómo te llamas?
  _Rosario González, para servir a Dios y a usted.
  _Bien. Vamos a ver, Rosario, ¿tú sabes lo que es el feudalismo?
  _No, señor.
  _¿Y el Islam?
  _No, señor. Eso no viene.
  La chica está azarada, y el viajero suspende el interrogatorio
.

                                                              (Viaje a la Alcarria)

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EL FANTASMA DE DANTÓN

  Dantón se fue  para el otro mundo en bicicleta; la noticia no viene en las historias, pero sí en los periódicos. Dantón iba en su bicicleta, pin.., pan..., pin..., pan..., pin..., pan..., pedaleando por las afueras dc Champier, tan tranquilo, cuando de repente lo enguiló un Dauphine y lo dejó sequito, lo que se dice sequito. Esto es algo que le puede pasar a cualquiera, ¡Dios nos libre!, y que tampoco tiene mayor mérito ni curiosidad. Lo raro del lance fue que, según los primeros síntomas, Dantón parecía como haber pasado directamente de la bicicleta al purgatorio, sin las acostumbradas escalas administrativas del depósito de cadáveres y la fosa dcl cementerio.

   _¡ Con! _exclamaban los franceses que fueron testigos del tránsito (bueno, los franceses no dicen ¡con! cuando se sorprenden, que dicen otras cosas, a lo mejor peores; debían ser paisanos nuestros, se conoce que eran obreros españoles)_. ¡Con, con el occiso! ¿Dónde con está el occiso?

  Visto y no visto, Dantón había sido visto en su bicicleta, sí, pin..., pan..., pin..., pan..., pin..., pan..., pedaleando tan tranquilo, etc., hasta que de repente le dieron un golpe a modo y se esfumó sin dejar ni rastro. El fantasma de Dantón era muy ágil y aseado e inició el tránsito hasta el más allá (no el más allá de Champier, sino el otro: el Más Allá de la bola del mundo) sin descalzarse las sandalias, ni destocarse la gorra de visera, ni dejar el jersey _bien dobladito_  sobre el manillar. ¡Con! ¡Qué cosas pasan, a veces, por el mundo adelante! ¡ Para que después diga la gente que no hay fantasmas ni metempsicosis! ¡ Vaya si los hay! Como bien sostenía don Flegonte Melendo Gutiérrez, procurador por el tercio de representación familiar: cuando a las almas las contamina el disolvente escepticismo, ¡ se cohabitó la marrana! En fin, sigamos con Dantón.

   Los mirones, el dueño del Dauphine (que estaba más asustado que un gato) y los tres o cuatro gendarmes que acudieron atraídos por el tumulto, empezaron a buscar. y encontraron la bicicleta, que estaba ahí mismo, al ladito del coche, pero no a Dantón, ni vivo ni muerto.

   _Se conoce que salió galopando _aclamó una viejecita_; hay atropellados que salen galopando porque no quieren líos con la Policía; a lo mejor el atropellado que ustedes buscan es uno de éstos.

 _¡ Quién sabe! _le replicó un señor_. Ahora se ven sucesos muy extraños.

   El dueño del Dauphine terció en la conversación.

  _No, señora, perdón, no creo que haya salido galopando, perdón; a lo más se habrá ido cojeando, perdón. Quizás sea un caso de amnesia, perdón, y hasta se olvidó de que le atropellaron. ¡Ah, qué desgracia, qué desgracia, atropellar a un ciudadano y no poder decide: perdón, no pude evitarlo!

   _¡Cálmese, cálmese! _le dijo un gendarme, el más dicharachero y cumplidor de los tres o cuatro_. Procure usted reconstruir el suceso; siguiendo la trayectoria del cuerpo de la víctima, no hay duda de que acabaremos encontrándolo. A ver: usted venía por ahí, por su derecha, claro, ¿o no venía usted por su derecha?, sí, usted venía por ahí, por su sitio y a velocidad moderada, y entonces... A ver, siga usted.

     El dueño del Dauphine tragó saliva.

    _Perdón, el caso es que no sé seguir. Yo venía por ahí, perdón, por mi derecha, claro; y de repente oí un ruido y vi una bicicleta y un ciudadano por el aire. Perdón, eso es todo. Yo no sé más. La bicicleta es ésa, ¡qué barbaridad, perdón, como quedó!, pero la víctima, perdón, el ciudadano, salió volando y no le volví a ver más. Perdón, lo que le digo es todo lo que sé...

   Madame Beaurepaire, de soltera Sacramento Balbastre Butragueño, actriz dramática, que acertaba a pasar por el lugar, digo, por el escenario del suceso, recordó a don Pedro Calderón de la Barca, autor del que _dadas sus naturales inclinaciones_ no era muy partidaria, cuando, en Los hijos de la Fortuna, hacía exclamar a uno de los graciosos: "¿Aún no es muerto y ya es fantasma?"

   _No, no se dijo la Beaurepaire para su coleto, a fin de darse ánimos_, lo más probable es que ese fantasma ya esté muerto. como todos.

    Y se alejó. digo. hizo mutis mascullando los versos de El estudiante de Salamanca, de Espronceda. _

El vago fantasma que acaso aparece

y acaso se acerca con rápido pie.

y acaso en las sombras tal vez desaparece

cual ánima en pena del hombre que fue.

   _No se puso a cavilar la Beaurepaire, née Sacramento_, el primer verso no pega; este fantasma no aparece... Bueno, el segundo tampoco, i jopé, que tío!: este fantasma no se acerca ni con rápido pie ni de ninguna forma. El tercero ya cuadra mejor, y el cuarto,  ¡vaya!

   Sobre los tilos de Champier empezó a extenderse el manto de la negra noche. Si en Champier no hay tilos, ¡que los pongan y que no mareen! Sobre los tilos de Champier entonaba el mirlo su canción de amor... ¿Eh?, ¿qué tal?

*   *   *

 Chesterton, que era hombre dado a fantasmas, cuenta que una vez, en el rincón más tenebroso y atemorizador de la Torre de Londres _paraje propicio a fantasmagorías y otros dislates_, se encontraron dos personas y se pusieron a hablar.

   _¿ Usted cree en los fantasmas? _preguntó una de ellas.

    _Yo, no. ¿Y usted?

    _Yo, sí.

   Y desapareció.

   Dantón se hizo fantasma más discretamente y sin decir una sola palabra a nadie. Los franceses suelen ser más efusivos y parlanchines que los ingleses, pero con los fantasmas franceses e ingleses, por lo visto, pasa al revés; seguramente es por eso de la ley de las compensaciones.

   Sobre los tilos de Champier (habíamos quedado en que en Champier había tilos, vamos, que aquello está cuajadito de tilos), los fantasmas revoloteaban con alegría para recibir al fantasma de Dantón.

   _Hermano Dantón (los fantasmas se llaman hermanos entre sí, como los masones y los de la doctrina cristiana), sed bien venido al mundo de las sombras y del silencio.

   _j Sapristi! _exclamó Dantón, ya convertido en fantasma_. ¿ Y mi bicicleta? ¿ Quién con me va a pagar a mí la reparación de mi bicicleta? Estoy asegurado en la Muruelle Vélocipédiste del Isere, aqui tienen los papeles, pero no a todo riesgo, sino tan sólo en el caso de daños a terceros, por ejemplo, si escoño a una ancianita o desgracio a una criatura. ¿ Quién me va a pagar a mi la reparación de mi bicicleta?

   _Dejaos de preocupaciones mundanas, hermano Dantón _le respondió el que parecía mandar en todos los demás fantasmas_, en el mundo de las sombras y del silencio no es costumbre gastar bicicleta ni andar asegurándose, bien sea a todo riesgo, bien por el concepto de daños a terceros. En el mundo de las sombras y del silencio volamos como nubecillas, hermano Dantón, de un lado para otro y sin tropezar jamás, y no necesitamos asegurarnos ni asegurar a nadie porque nosotros somos la seguridad misma, la seguridad que no hiere ni puede ser herida.

   _j Hombre, siendo así!

   El hermano Dantón, o sea, el fantasma de Dantón, empezó a planear sobre los tejados de Champier.

   _¡ Qué bien se va!

   _¿Verdad que si?

   Abajo. sobre la costra de la dura tierra de la que brotan los frondosos tilos (y la sabrosa remolacha, y la endibia para hacer ensalada. y el tulipán), el dueño del Dauphine, la gendarmería y la afición seguían buscando. infructuosamente. algún vestigio que poder enseñar al señor juez cuando llegase, que ya no podía faltar tanto. El hermano Dantón, quiere decirse el fantasma de Dantón, empezó a despreocuparse de reparaciones y otros respetos humanos.

    _¡Qué muellemente se navega por el éter. sobre los más altos campanarios del caserío! comentó el fantasma de Dantón. vamos. el hermano Dantón, con su nuevo jefe.

   En efecto, hermano _hubo de decirle el jefe de aquella cuadrilla de fantasmas. que tampoco era, ni mucho menos. uno de los tres jefes importantes_. Mas no es preciso que hable tan relamido. hermano; aquí pueden decirse las cosas más a la pata la llana y en confianza.

   _Gracias.

   _No hay que darlas.

*    *    *

     Según los  periódicos, Fandre Danthon. de cuarenta y cinco años, padre de ocho niños, se dio tal golpe contra la proa del Dauphine que lo atropelló a la salida de Champier (¿habrá tilos en Champier ?), departamento de Isére, que abrió el maletero del coche con la cabeza y se coló dentro, muy limpiamente como un prestidigitador mañoso o un ágil volatinero de Chapinería, provincia de Madrid (que, como es bien sabido. son los mejores del mundo). El capot volvió a cerrarse, quizá del frenazo, y el cadáver de Fandre Danthon. como la merienda de las excursiones, quedó encerrado y a oscuras. Los guardias dieron una batida por los alrededores con el fin de encontrarlo y. cuando ya iban a abandonar la empresa (algunos empezaban a creer en fantasmas, cosa que prohíbe el reglamento), a un mirón listillo se le ocurrió preguntar:

   _¿ Por qué no miran en la maleta del coche?

   _¡Pero; hombre! ¿A quién se le ocurre?

   _A nadie; bueno. se me ocurre a mí. ¿Por qué  no miran? ¿Qué trabajo les cuesta?

   Según los periódicos. el cadáver de Fandre Danthon apareció en la maleta del coche. Esto no es verdad, esto lo dicen los periódicos para tranquilizar a la gente. En la maleta del coche no había nada y Fandre Danthon, convertido en el fantasma de Dantón, se mecía _¡ qué  gusto!_ entre los leves jirones de la niebla.

 

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 Marcelo Brito

    Durante muchos meses no se habló de otra cosa por el pueblo... Marcelo Brito,  el mulato portugués, cantor de fados y analfabeto, sentimental y soplador de vidrio, con su terno color de café con leche, su sempiterna y amarga sonrisa y su mirar cansino de bestia familiar y entrañable, había salido de presidio. Tenía por entonces alrededor de cuarenta años, y allá _como él decía_ se habían quedado sus diez anteriores, mustios, monótonos, reducidos a una reproducción de la carabela Santa María, metida inverosímilmente dentro de una botella de vidrio verde, que había regalado _sabrá Dios por qué_, con una dedicatoria cadenciosa que tardó once meses en copiar de la muestra que le hiciera vaya usted a saber qué ignorado calígrafo presidiario a don Alejandro, su abogado, el mismo que no consiguió convencer al juez de su inocencia. Porque Marcelo Brito, para que usted lo sepa, era inocente; no fue él quien le pegó con el hacha en mitad de la cabeza a Marta, su mujer; no fue él, que fue la señora Justina, su suegra, la madre de Marta. Pero como parecía que había sido él, y como _después de todo_ al juez le era lo mismo que hubiera sido como que no, le mandaron a presidio, y allá le tuvieron casi diez años, metiendo las largas pinzas _con las jarcias y los obenques y los foques de la Santa María_ por el cuello de la botella. Sobre el camastro tenía una fotografía de Marta, su difunta mujer, de traje negro y con un ramo de azahar en la mano; y, según me contó José Martínez Calvet _su compañero dc celda, a quien hube de conocer, andando el tiempo, en Betanzos, en la romería D'os caneiros_, algunas veces su exaltación al verla llegaba a tal extremo, que había que esconderle la botella, con su carabelita dentro, porque no echase a perder toda su labor estragando lo que _cuando no le daba por pensar_ era lo único que le entretenía. Después volvía el retrato de su mujer de cara a la pared, y así lo tenía tres o cuatro días, hasta que se le pasaba el arrechucho y lo volvía a poner del derecho. Cuando esto hacía, la cubría materialmente de besos, con tal frenesí, que acababa derrumbándose sobre el jergón, boca abajo, postura en la que quedaba a lo mejor hasta tres o cuatro horas seguidas, llorando como un niño.

   Una vez fueron por la penitenciaria, en viaje de estudios, unos abogados recién salidos de la Facultad, sentenciosos y presumidillos como seminaristas de último año de la carrera, que hablaban enfáticamente de la Patología críminal y que no encontraban una cosa a derechas. Quiso la Divina Providencia que fueran testigos de una de las crisis de Marcelo, y como si se hubieran puesto de acuerdo, tuvieron a bien opinar _sin que nadie les preguntase nada_ sobre lo que ellos llamaban «caracteres específicos del criminal nato», sentando como incontrastable la teoría de que esos arrebatos del mulato no eran sino expresión del arrepentimiento que experimentaba por «haber segado en flor» _la frase es de uno de los letrados visitantes_ la vida de la mujer a quien en otro tiempo había amado. Los abogadetes se marcharon con su sonrisa satisfecha y su aire triunfal, y yo muchas veces me he preguntado qué habrán dicho, si es que llegaron a enterarse, de lo que más tarde hemos sabido todos: que la pobre Marta se fue para el purgatorio con la cabeza atada con unos cordeles, puestos para enmendar lo que su marido ni hizo ni probablemente se le ocurrió jamás hacer.

   La interpretación de los sentimientos es complicada, porque no queremos hacerla sencilla. Sin su complicación, mucha gente a quien saludamos con orgullo _y con un poco de envidia y otro poco de temor también_ y a quien dejamos respetuosamente la derecha cuando nos cruzamos con ella por la calle, no tendría con qué comprar automóviles, ni radios, ni pendientes para sus mujeres, ni nosotros, los que somos sencillos y no tenemos automóvil, ni radio, ni pendientes para regalar, ni, en última instancia, mujer a quien regalárselos, ¿para qué queremos complicar las cosas, si en cuanto dejan de ser sencillas ya no las entendemos? Usted se preguntará por qué sonrío cuando digo esto. Usted se pregunta eso porque no interpreta los sentimientos del prójimo _los míos en este caso_ con sencillez. Usted piensa que yo sonrío para hacerme enigmático, para llevar a su alma una sombra de duda sobre mi sencillez; pero yo le podría jurar por lo que quisiera que si sonrío no es más que porque me asusta el convencerme de que no entiendo as cosas en cuanto han dado más de dos vueltas por mi cabeza. Mi sonrisa no es ni más ni menos de lo que creería un niño que me viese sonreír y entendiese lo que digo; mi sonrisa no es sino escudo de mi impotencia, de esta impotencia que amo, por mía y por sencilla, y que me hace llorar y , rabiar sin avergonzarme de ello, aunque los abogados crean que si lloro y rabio es porque he dejado de ser sencillo, porque he matado _¡quién sabe si de un hachazo en la cabeza!_ mi sencillez y mi candor, recobrados ahora que ya soy viejo, como un primer tesoro...

   Lo que sí puedo asegurarles es que el llanto del desgraciado portugués no estaba provocado por arrepentimiento de ninguna clase, porque de ninguna clase podía ser un  arrepentimiento producido por una cosa de la que uno no puede arrepentirse porque no la hizo; el llanto de Marce1o no era ni más ni menos _¡y qué sencillo es!_ que por haber perdido lo que no quiso nunca perder y lo que quería  más en el mundo, más que a su madre, más que a Portugal, más que a los fados, más que a la varilla de soplar que le había traído don Wolf la vez que fue a Jena de viaje... El llanto de Marcelo era por Marta, por no poder tenerla,  por no poder hablarle y besarla como antes, por no poder cantar con ella _parsimoniosamente, a dos voces y a la guitarra_ aquellas tristes canciones que cantara años atrás...

   _¡Voy muy desordenado, don Camilo José, y usted me lo perdonará! Pero cuando hablo de todas estas cosas es cuando miro jugar a los niños, ¡que no importa adónde van a parar, como no importa mirar si es más hondo o menos hondo el agujero que hacen las criaturas en la arena de la playa!...

   Habíamos quedado en que no fuera él, sino la señora Justina, su suegra, la que diera fin a los veintitrés años de Marta. El caso es que tardó en averiguarse la verdad tanto  como la vieja tardó en morir, porque la muy bruja _que debía de tener miedo a la muerte_ tuvo buen cuidado de callar siempre, aun cuando más comprometido veía al yerno, y menos mal que cuando se la llevó Satanás tuvo la ocurrencia de dejar una carta escrita diciendo la verdad; que si no, a estas alturas el pobre Marcelo seguía añadiéndole detallitos a la Santa María... Tal maldad tenía. la vieja, que para mí no dijo la verdad ni aun en trance de muerte, al confesor ni a nadie, porque, aunque, según cuentan, pedía confesión a gritos, me cuesta trabajo creer que no fuese hereje. El caso es que, como digo, dejó una carta escrita diciendo lo que había, y al inocente le sacaron de la cárcel _con tanto, por lo menos, papel de oficio como cuando le metieron_, y como era un buen soplador y don Wolf le estimaba, volvió a colocarse en la fábrica _que por entonces tenía dos pabellones más_ y a trabajar, si no feliz, por lo menos descansado.

   Transcurrieron dos años sin que ocurriera novedad, y al cabo de ese tiempo nos vimos sorprendidos con la noticia de que Marcelo Brito, temeroso de la soledad, se casaba de nuevo.

   La soledad, con Marcelo tan al margen, tan a la parte de fuera de lo que le rodeaba, como tiempo atrás lo estuviera de su compañero José Martínez Calvet, era dura y desabrida, y tan pesada y tan difícil de llevar, que Marcelo Brito _quizá un poco por miedo y otro poco por egoísmo, aunque él es posible que no se diese mucha cuenta de este segundo supuesto y que incluso lo rechazara si llegase a percatarse de su verdad_ se decidió a dar el paso, a arreglar una vez más sus papeles (aumentados ahora con el certificado de defunción de Marta) y a «erigir un nuevo hogar», como don Raimundo, el cura, hubo de decir con motivo de la boda. Esta vez fue Dolores, la hija del guarda del paso a nivel, la escogida. Marcelo lo pensó mucho antes de decidirse, y su previsión, para que la triste historia no se repitiese, la llevó hasta tal extremo, que, según cuentan, sometió durante meses a su nueva suegra a las más extrañas y difíciles pruebas; la señora Jacinta, la madre de Dolores, era tonta e incauta como una oveja, y fueron precisamente su tontería y su falta de cautela las que la hicieron  salir victoriosa _la inocencia, al cabo, siempre triunfa_ de las zancadillas y los baches que, por probarla, no por mala intención, le preparara su yerno.

   Dolores era joven y guapa, aunque viuda ya de un marinero a quien la mar quiso tragarse, y el único hijo que había tenido _de unos cuatro años por entonces__ había sido muerto diez u once meses atrás, por un mercancías que pasó sin avisar... Los trenes _no sé si usted sabrá_, cuando van a ser seguidos de otro cuyo paso no ha sido comunicado a los guardabarreras, llevan colgado del vagón de cola un farolillo verde para avisar. El mixto de Santiago, que era el que precedió al mercancías, no llevaba farol, y si lo llevaba, iría apagado; porque nadie lo vio. El caso es que Dolores no tomó cuidado del chiquillo y que el mercancías _con treinta y dos unidades_ le pasó por encima y le dejó la cabecita como una hoja de bacalao... Al principio hubo el consiguiente revuelo; pero después _como, desgraciadamente, siempre ocurre_ no pasó más sino que a la víctima le hicieron la autopsia, la metieron en una cajita blanca _que, eso sí, le regaló la Compañía_ y la enterraron.

    El gerente le echó la culpa al jefe de Servicios; el jefe de Servicios, al jefe de la estación de La Esclavitud; el jefe de la estación de La Esclavitud, al jefe de tren; el jefe de tren, al viento... El viento _permítame que me ría_ es irresponsable.

   La boda se celebró, y aunque los dos eran viudos, no hubo cencerrada, porque el pueblo, ya sabe usted, es cariñoso y afectivo como los niños, y tanto Marcelo como Dolores eran más dignos de afecto y de cariño _por todo lo que habían pasado_ que de otra cosa. Transcurrieron los meses, y al año y pico de casarse tuvieron un niño, a quien llamaron Marcelo, y que daba gozo verle de sano y colorado como era. Marcelo padre estaba radiante de alegría; cuando vino el verano y ya el chiquillo tenía unos meses, iba todos los días, después del vidrio, al río con la mujer y con el hijo; al niño le ponian sobre una manta, y Marcelo y la mujer, por entretenerse, jugaban a la brisca. Los domingos llevaban, además, chorizo y vino para merendar, y la guitarra (mejor dicho, otra guitarra, porque la otra se desfondó una mañana que la señora Justina se sentó encima de ella) para cantar fados.

   La vida en el matrimonio era feliz. No andaban boyantes, pero tampoco apurados; y como al jornal de Marcelo hubo de unirse el de Dolores, que empezó a trabajar en una aserrería que estaba por Bastabales, llegaron a reunir entre los dos la cantidad bastante para no tener que sentir agobios de dinero. El niño crecía poquito a poco, como crecen los niños, pero sano y seguro, como si quisiera darse prisa para apurar la poca vida que había de restarle.

    Primero echó un diente; después rompió a dar carreritas de dos o tres pasos; después empezó a hablar... A los cinco años, Marcelo hijo era un rapaz moreno y plantado, con los labios rojos y un poco abultados, las piernas rectas y duras... No había pasado el sarampión; no había tenido la tos ferina; no había sufrido lo mismo para echar la dentadura...

   Los padres seguían yendo con él _y con el chorizo, el vino y la guitarra_ a sentarse en la hierbita del río los domingos por la tarde. Cuando se cansaban de cantar, sacaban las cartas y se ponían a jugar _como cinco años atrás_ a la brisca. Marcelo seguía gastándole a su mujer la broma de siempre _dejarse ganar_, y Dolores seguía correspondiendo al marido con la seriedad de siempre; una seriedad un poco cómica que a Marcelo _un sentimental en el fondo_ le resultaba encantadora.

    Al niño le quitaban las alpargatas y correteaba sobre el verde, o bajaba hasta la arena de la orilla, o metía los pies en el agua, arremangándose los pantaloncillos de pana hasta por encima de las rodillas.

    Hasta que un día _la fatalidad se ensañaba con el desgraciado Brito_ sucedió lo que todo el mundo (después de que sucedió, que antes nadie lo dijo) salió diciendo que tenía que suceder: el niño _nadie sino Dios, que está en lo alto, supo nunca exactamente cómo fue_ debió de caerse, o resbalar, o perder pie, o marearse, el caso es que se lo llevó la corriente y se ahogó.  

   ¡Sabe Dios lo que habrá sufrido el angelito! Don Anselmo, que conocía bien los horrores de verse rodeado de agua por completo, que sabía bien el pobre _tres naufragios, uno de ellos gravísimo, hubo de soportar_ de los miedos que se han de pasar al luchar, impotentes, contra el elemento, comentaba siempre con escalofrío la desgracia de Marcelo hijo.

   No se oyó ni un grito ni un quejido; si la criatura gritó, bien sabe Dios que por nadie fue oída... Le habrían oído sólo los peces, los helechos de la orilla, las moléculas del agua... ¡lo que no podía salvarle! Le habrían sólo oído Dios y sus santos, los ángeles, niños a lo mejor como él, y quien sabe si, por la voluntad divina, parados en sus cinco años inocentes, aunque en sus alas hubieran soplado ya vendavales de tantos siglos...

    El cadáver fue a aparecer preso en la reja del molino, al lado de una gallina muerta que llevaría allí vaya usted a saber los días, y a quien nadie hubiera encontrado jamás si no se hubiera ahogado el niño del portugués; la gallina se hubiera ido medio consumiendo, medio disolviendo lentamente, y a la dueña siempre le habría quedado la sospecha de que se la había robado cualquier vecina o aquel caminante de la barba y el morral que se llevaba la culpa de todo...

   Si el molino no hubiera tenido reja, al niño no le habría encontrado nadie. ¡Quién sabe si se hubiera molido, poquito a poco; si se hubiera convertido en polvo fino, como si fuera maíz, y nos lo hubiéramos comido entre todos! El juez se daría por vencido, y doña Julia _que tenía un paladar muy delicado_ quizá hubiera dicho:

   _¡Qué raro sabe este pan!

   Pero nadie le hubiera hecho caso, porque todos habríamos creído que eran rarezas de doña Julia...

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NOVENTA MINUTOS DE REBOTICA

CRÓNICA DE UN PARTIDO DE FÚTBOL ENTRE BASTIDORES

Todos los oficios del mundo tienen su rebotica, su trastienda. Algunos, los más antiguos o los más perfectos _el del platero, el del cirujano, el del mago_, son todo rebotica y, a la vista del público, sus oficiantes hacen mangas y capirotes, y de tripas corazón. Otros, más modernos o aún no tan decantados _el del bisutero, el del poeta, el del prestidigitador_, distinguen todavía entre cuartito de estar y sala de recibo, entre taller y escaparate, entre camiseta y camisa.

El fútbol es un oficio moderno, rico, pujante y con rebotica; un oficio tan joven, tan áureo, tan arrollador y con tantos pasillos como la aviación, la radio o las organizaciones pacifistas. Cuando envejezca y se perfeccione, cuando ya esté con un pie en la tumba, todo él será rebotica y los partidos ya no habrá que jugarlos ni que disputados; entonces será llegado el momento en que, en los banquetes de confraternidad, ya nadie se levantará a decir que no hubo vencedores ni vencidos, frase que sólo podía justificarse en los tanteos de 5-0 para arriba, como los que les hacíamos a Portugal, aún no hace mucho. Entonces, los discurseadores de la hora del café y del puro alzarán la voz para congratularse ya de haber superado aquellos tiempos ominosos en que veintidós hombres tenían que reventarse para que cincuenta mil se divirtiesen.

Pero mientras llega la hora de la superación... ¡Caray, mientras llega la hora de la superación!

El escritor, que en su vida había escrito una sola línea sobre deporte, se echó al bolsillo su "Pase a los vestuarios" _algo así como el salvoconducto de la rebotica, el sésamo ábrete de todas las puertas cerradas_ y enfiló a pie, paseo de la Castellana arriba, el camino del estadio de Chamartín, donde  había de jugarse el partido Atlético de Bilbao-Real Madrid. Son las tres y media de la tarde. En los vestuarios _la caseta de aquellos tiempos en que, según las crónicas, se llevaban los palos al hombro_ aún no hay nadie; la piscina, las duchas, los largos bancos, las perchas están aún, aunque ya por poco tiempo, vacíos.

Un señor con bombín cruza un pasillo y uno ensaya su mejor sonrisa.

_How do you do, Mr. Keeping?

_Yo no soy Mr. Keeping, caballero; yo soy el marqués de la Valdavia.

 _ Usted perdone.

Luego resultó que tampoco era el marqués.

Otro señor que parecía alguien, pero que después resultó que no era nadie, se nos acercó, oficioso.

_ Mr. Keeping está con la gripe.

_¡Vaya por Dios!

_No, no se preocupe, ya parece que está mejor. ¿Quiere usted que le presente a Albéniz, el segundo entrenador?

_No, muchas gracias; yo quería un inglés.

_No se apure, los de Bilbao tienen otro que está también muy bien.

 _¡Ah!¿Sí?

_Sí, señor; la mar de bien.

El inglés del Atlético es un señor que no habla ni una palabra de español, y el escritor que, como todo el mundo, cuando algún extranjero no le entiende, le grita creyéndose que, además de inglés o alemán, es sordo, enronquece en el interrogatorio.

_¡Vaya campo! ¿Eh?

_¡Oh! ¡ Beautiful!

_¿ Le gusta Madrid?

_j Oh! ¡ Beautiful!

_¡Vaya! Oiga, ¿quién cree usted que va a ganar?

_ ¡ Oh ! ¡ Beautiful!

_Pues muy bien y muy agradecido a sus amables declaraciones.

 _¡Oh! ¡Beautiful!

_Sí, sí; ya entiendo.

Después se encuentra con Hernández Coronado y la cosa cambia. El inglés del Atlético, que no sabía español, tampoco debía de saber demasiado inglés.

El partido empieza. En la pecera del palco presidencial, el general Millán Astray, el canario Molowny, recién operado, un señor de Bilbao que se llama Isasi y que canta los goles, sin equivocarse, antes de que se produzcan; Hernández Coronado y el cronista, miran para el campo.

Lo que pasó en el campo ya lo saben ustedes. Llega el descanso y vuelta a los vestuarios. Hernández Coronado no está nada optimista.

_En este  partido vamos a perder la Liga.

_No, hombre; a lo mejor en el segundo tiempo da la vuelta.

_¡ Pché!

Los jugadores toman café puro muy caliente. A Azcárate le han partido una ceja. A Panizo también le han dado un golpe.

_Oiga, ¿qué llevan debajo de la camiseta?

Palliño mira al cronista con un extraño mirar.

_ Nada; la piel.

En el segundo tiempo viraron las tornas y la cosa se puso mejor para el equipo de casa. Con empate a dos goles, faltando cinco minutos para terminar el partido, el cronista vuelve a la rebotica. El tercer gol le coge en los pasillos. Hernández Coronado está impasible. A los treinta años de fútbol, verdaderamente, ya se deben desatar los nervios en muy pocas ocasiones. La  gente está desbordada, enloquecida. Unos se revuelcan por el suelo, otros  pegan patadas a las paredes y otros se abrazan entre grandes gritos. Un guardia tira su gorra al aire; está tan contento, que empieza a sacudir porrazos a diestro y siniestro. Esto de la alegría popular es algo muy misterioso. El cuarto gol se produce estando el cronista en los vestuarios. ¡ Menos mal!

Al minuto o minuto y medio empiezan a llegar los jugadores blancos (los críticos ingeniosos les llaman "merengues", que, como salta a la vista, es bastante original), y muy poco después hacen lo mismo los de la listada camiseta rojiblanca (a quienes los críticos ingeniosos llaman "colchoneros", lo que tampoco está nada mal, o "leones de San Mamés", lo que es también muy nuevo).

El vestuario del Real Madrid no tiene ya mucho interés: abrazos, sonrisas y ¡ahs! de alivio.

En el del Bilbao tres jugadores discuten a gritos hasta que el directivo señor Zabala los manda callar, gritando más que ellos. Ni un soto comentario, por parte de nadie, contra el Madrid.

_Están en un gran momento y van camino de campeones.

El inglés se peina en silencio.

El árbitro, en su cuarto, está en calzoncillos y camiseta. Así, en paños menores, parece mas joven.

Hace ya un cuarto de hora que el partido acabó y, afuera, los guardias siguen luchando a brazo partido con los que quieren colarse. Bien mirado, hay vocaciones de abordaje más fuertes que el tiempo o que el amor. .

Una señora gorda rueda por unos desmontes. Su marido, con la ayuda de dos o tres voluntarios, la iza a la superficie.

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