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Geofrey Chaucer

Cuentos 
de Canterbury

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El cuento de la comadre de Bath
El cuento del mercader

El cuento del monje

                   EL CUENT0 DE LA COMADRE DE BATH

   En los viejos tiempos del rey Arturo, cuya fama todavía pervive entre los naturales de Gran Bretaña, todo el reino andaba lleno de grupos de hadas. La reina de los Elfos y su alegre cortejo danzaba frecuentemente por los prados verdes. Según he leído, ésta es la vieja creencia; hablo de hace muchos centenares de años; pero ahora ya no se ven hadas, pues actualmente las oraciones y la rebosante caridad cristiana de los buenos frailes llenan todos los rincones y recovecos del país como las motas de polvo centellean en un rayo de sol, bendiciendo salones, aposentos, cocinas y dormitorios; ciudades, burgos, castillos, torres y pueblos; graneros, alquerías y establos; esto ha ocasionado la desaparición de las hadas. En los lugares que frecuentaban los elfos, ahora andan los frailes mañana y tarde, musitando sus maitines y santos oficios mientras rondan por el distrito. Por lo que, actualmente, las mujeres pueden pasear tranquilamente junto a arbustos y árboles; un fraile es al único sátiro que encuentran, y todo lo que éste hace es quitarles la honra. Pues bien, sucedió que en la corte del rey Arturo había un caballero joven y alegre. Un día que, montado en su caballo, se dirigía a su casa después de haber estado dedicándose a la cetrería junto al río, se topó casualmente con una doncella que iba sin compañía y, a pesar de que ella se defendió como pudo, le arrebató la doncellez a viva fuerza.

     Esta violación causó un gran revuelo. Hubo muchas peticiones de justicia al rey Arturo, hasta que, por el curso de la ley, el caballero en cuestión fue condenado a muerte. Y hubiese sido decapitado (tal era, al parecer, la ley en aquellos tiempos) si la reina y muchas otras damas no hubieran estado importunando al rey solicitando su gracia, hasta que al fin él le perdonó la vida y lo puso a merced de la reina para que fuese ella a su libre albedrío la que decidiese si debía ser ejecutado o perdonado.

    La reina expresó al rey su profundo agradecimiento y, al cabo de uno o dos días, encontró la oportunidad de hablar con el caballero, al que dijo:

    _Os encontráis todavía en una situación muy difícil, pues vuestra vida no está aún a salvo; pero os concederé la vida si me decís qué es lo que las mujeres desean con mayor vehemencia. Pero, ¡ojo! , tened mucho cuidado. Procurad salvar vuestra cerviz del acero del hacha. No obstante, si no podéis dar la respuesta inmediatamente, os concederé el permiso de ausentaros durante un año y un día para encontrar una solución satisfactoria a este problema. Antes de que os pongáis en marcha, debo tener la certeza de que os presentaréis voluntariamente a este tribunal.

    El caballero estaba triste y suspiró con mucha pena; sin embargo, no tenía otra alternativa. Al fin decidió partir y regresar al cabo de un año con cualquier respuesta que Dios quisiese proporcionarle. Por lo que se despidió y púsose en marcha.

    Visitó todas las casas y lugares en los que pensaba que tendría la suerte de averiguar qué cosa es la que las mujeres ansían más, pero en ningún país encontró a dos personas que se pusiesen de acuerdo sobre el asunto.

    Algunos decían que lo que más quieren las mujeres es la riqueza; otros, la honra; otros, el pasarlo bien; otros, los ricos atavíos; otros, que lo que preferirían eran los placeres de la cama y enviudar y volver a casarse con frecuencia. Algunos decían que nuestros corazones se sienten más felices cuando se nos consiente y lisonjea, lo que tengo que admitir está muy cerca de la verdad. La lisonja es el mejor método con que un hombre puede conquistarnos; mediante atenciones y piropos, todas nosotras caemos en la trampa.

Pero algunos afirmaban que lo que nos gusta más es ser libres y hacer nuestro antojo y no tener a nadie que critique nuestros defectos, sino que nos recreen los oídos diciendo que somos sensatas y nada tontas; pues, a decir verdad, no hay ninguna de nosotras que no diese coces si alguien le hiriese en un sitio doloroso. Si no, probad y lo veréis; por malas que seamos por dentro, siempre queremos que se piense de nosotras que somos virtuosas y juiciosas.

    No obstante, otros opinan que nos gusta muchísimo ser consideradas discretas, fiables y firmes de propósitos, incapaces de traicionar nada de lo que se nos diga. Pero yo encuentro que esta idea no vale un comino. ¡Por el amor de Dios! Nosotras las mujeres somos incapaces de guardar nada en secreto. Ved, por ejemplo, el caso de Midas. ¿Os gustaría oír la historia? Ovidio, entre otras minucias, dice que Midas tenía ocultas bajo su largo pelo dos orejas de asno que le crecían de la cabeza. Un defecto que él ocultaba cuidadosamente lo mejor que podía; solamente su esposa lo conocía. Él la idolatraba y también le tenía gran confianza. Le rogó que no contase a ningún ser vivo que tenía dicho defecto. Ella juró y perjuró que, por todo el oro del mundo, no le haría aquel flaco favor ni le causaría daño, para no empañar su buen nombre. Aunque fuese por propia vergüenza, no lo divulgaría. A pesar de ello creyó morir si guardaba este secreto tanto tiempo; le pareció que crecía y se hinchaba dentro de su corazón hasta tal punto que no pudo más de dolor y tuvo la sensación de que debía hablar o estallaría. Pero, sin embargo, como no se atrevía a decirlo a nadie, se aproximó a una marisma cercana _su corazón lleno de fuego hasta que llegó allí_ y puso sus labios sobre la superficie del agua como un avetoro que se solazaba en el barro: «Agua, no me traiciones con tu rumor _dijo ella_. Te lo digo yo a ti y sólo a ti: mi marido tiene dos largas orejas de asno. Ahora que lo he soltado, no podía callármelo por más tiempo, ya lo creo.» Esto demuestra que nosotras no sabemos guardar nada en secreto; lo podemos callar por un tiempo, pero a la larga tiene que salir. Si queréis oír el resto del cuento, leed a Ovidio; todo lo hallaréis allí.

Pero regresemos al caballero de mi historia. Cuando se dio cuenta de que no podía descubrirlo _quiero decir lo que las mujeres queremos por encima de todo_, sintió una gran pesadumbre en el corazón; pero, con todo, se puso en camino hacia casa, pues no podía esperar más. Había llegado el día en que debía regresar al hogar.

   

Mientras iba cabalgando lleno de tristeza pasó junto a un bosque y vio a veinticuatro damas o más, que bailaban; se acercó por curiosidad esperando aumentar su sabiduría. Pero antes de llegar hasta donde estaban aquéllas, por arte de birlibirloque, desaparecieron, sin que él tuviese la menor idea de hacia dónde habían ido. Excepto una sola anciana que estaba allí sentada sobre el césped, no divisaba a un solo ser viviente. Por cierto que esta anciana, que era la persona más fea que uno pueda imaginar, se levantó del suelo al acercársele el caballero y le dijo:

    _Señor, no hay camino que siga desde aquí. Decidme lo que buscáis; será probablemente lo mejor; nosotros las ancianas sabemos un montón de cosas.

    _Buena mujer _replicó el caballero_, la verdad es que puedo darme por muerto si no logro poder decir qué es lo que las mujeres desean más. Si me lo podéis decir, os recompensaré con largueza.

_Poned vuestra mano en la mía y dadme vuestra palabra de que haréis la primera cosa que os pida si está en vuestra mano _dijo ella_, y antes de que caiga la noche os diré de qué se trata.

_De acuerdo _dijo el caballero_. Tenéis mi palabra.

 _Entonces _dijo ella_ me atrevo a asegurar que habéis salvado la vida, pues apuesto que la reina dirá lo mismo que yo. Mostradme a la más orgullosa de ellas, aunque lleve el tocado más valioso, y veremos si se atreve a negar lo que os diré. Ahora partamos y dejémonos de charlas.

    Entonces ella le susurró su mensaje al oído, diciéndole que se animase y no tuviera más miedo.

    Cuando llegaron a la corte, el caballero anunció que, de acuerdo con lo prometido, había regresado puntualmente y estaba dispuesto a dar su respuesta. Más de una noble matrona, más de una doncella, y muchas viudas también (puesto que tienen mucha sabiduría), se reunieron a escuchar su respuesta, con la mismísima reina sentada en el trono del juez. Entonces hizo llamar al caballero a su presencia.

    Se mandó que todos callasen mientras el caballero explicaba en pública audiencia qué es lo que más desean las mujeres en este mundo. El caballero, lejos de quedarse callado como un muerto, dio su respuesta enseguida. Habló con voz sonora para que todos pudiesen oírla: "tener  autoridad tanto sobre sus esposos como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos. Aunque con ello respondo con mi vida, éste es su mayor deseo. Haced lo que queráis; estoy aquí a vuestra merced.

    Ni una sola matrona, doncella o viuda en todo el tribunal contradijo tal afirmación. Todas declararon que merecía conservar la vida. En aquel momento la anciana, a quien el caballero había visto sentada en el césped, se puso en pie de un salto y exclamó:

    _¡Gracias, soberana señora! Ved que se me haga justicia antes de que este tribunal se disuelva.

    Yo di la respuesta al caballero, a cambio de lo cual él empeñó su palabra de que realizaría la primera cosa que pudiera que estuviese en su poder hacer. Por consiguiente, señor caballero, os lo ruego ante todo este tribunal: tomadme por esposa, pues sabéis muy bien que os he librado de la muerte. Si lo que afirmo es falso, negadlo bajo juramento.

    _¡Ay de mí! _repuso el caballero_. Sé muy bien que hice esta promesa. Por el amor de Dios, pedidme otra cosa: tomad todos mis bienes, pero dejadme mi cuerpo.

    _De ninguna manera _dijo ella_. ¡Que caiga una maldición sobre nosotros dos si renuncio! Vieja, pobre y fea como soy, por todo el oro y todos los minerales que están enterrados bajo tierra o se encuentran en su superficie, no quiero nada que no sea ser tu esposa y también tu amante.

    _¡Mi amante! _exclamó él_. Tú lo que quieres es mi perdición. ¡Hay que ver! Que uno de mi estirpe tenga que contraer tan vil alianza.

    Pero no hubo nada a hacer. Al final él se vio obligado a aceptar el casarse con ella y llevar a la anciana a su lecho. Ahora quizá alguno de vosotros me diréis que no me preocupo en describir todas las preparaciones y el regocijo que hubo en la boda por pereza. Mi respuesta será breve: no hubo ni regocijo ni festejo de boda alguno, nada, excepto tristeza y desánimo. A la mañana siguiente él la desposó en secreto y se ocultó como una lechuza durante el resto del día. ¡Se sentía tan desgraciado por la fealdad de su mujer!

    El caballero sufrió mucha angustia mental cuando su mujer le arrastró a la cama. Él se volvió y revolvió una y otra vez, mientras su anciana esposa le miraba sonriendo acostada. Entonces ella dijo:

    _¡Bendícenos, querido marido! ¿.Todos los caballeros se comportan así con su esposa? ¿Es ésta la costumbre en la corte del rey Arturo? ¿Todos sus caballeros son tan poco complacientes? Soy tu esposa y también tu enamorada: la que te salvó la vida. Verdaderamente, hasta ahora, no me he portado mal contigo. Por consiguiente: ¿por qué te comportas así conmigo en nuestra primera noche? Te portas como un hombre que ha perdido el seso. ¿Qué es lo que he hecho mal? ¡Por el amor de Dios! ¡Dímelo y lo arreglaré si puedo!

    _¿Arreglarlo? _exclamó el caballero__. ¡Ay de mí! Eso nunca, nunca se podrá arreglar. Eres horrorosa, vieja y, además, de baja estirpe. No debe maravillarte que me vuelva y me revuelva. ¡Ojalá quisiera Dios que mi corazón reventase!

    _¿Esta es la causa de tu desasosiego? _preguntó ella.

    _¡Claro que lo es! No debe maravillarte _replicó él.

    _Pues bien, señor _repuso ella_. Yo podría arreglar eso en menos de tres días si me lo propusiese, con tal que te portases bien conmigo.

   »Pero ya que tú hablas de la clase de nobleza que proviene de antiguas posesiones y crees que la gente debe pertenecer a la nobleza, por tal razón ese tipo de orgullo no vale un pimiento. El hombre que es siempre virtuoso, tanto en público como en privado, y que trata siempre de realizar cuantos actos nobles puede, a ése, sí, tómalo por el más grande entre los nobles. Jesucristo quiere que obtengamos nobleza de Él y no de nuestros padres gracias a su riqueza ancestral; pues, aunque puedan darnos toda su herencia _merced a la cual pretendemos ser de elevado linaje_, no puede haber forma de que no dejen en testamento su virtuoso sistema de vida, que es el único que realmente les faculta para poderse llamar nobles y que nos obliga con su ejemplo. `[...]

       »Puede deducirse claramente de esto que la nobleza no depende de las posesiones, ya que la gente no siempre se ajusta al modelo, mientras que el fuego siempre es fuego. Dios sabe con qué frecuencia se ve al hijo de un señor comportarse indigna y vergonzosamente. El que quiera ser respetado por su rango _por haber nacido en el seno de una familia noble con dignos y virtuosos antepasados_ no es noble, aunque sea duque o conde, si él personalmente no realiza actos nobles o sigue el ejemplo de sus antepasados difuntos: las acciones malas y perversas son las que configuran a un sinvergüenza.

        »En cuanto a la pobreza que me reprocháis, el Señor que está en las alturas (y en quien creemos) eligió voluntariamente vivir una vida de pobreza. Me parece que resulta evidente para todo hombre, mujer y niño que Jesús, el rey de los Cielos, jamás hubiese elegido vivir un tipo de vida inadecuado. La pobreza es honorable cuando se acepta animosamente, como Séneca y otros hombres sabios os contarán. El que está contento con su pobreza, le tengo por rico aunque ande descamisado. El que envidia a los demás es un hombre pobre, porque quiere lo que no puede poseer; pero el que no tiene nada no ambiciona nada, es rico, aunque podáis pensar que no es más que un campesino. [...]

    »Luego, señor, me echáis en cara el ser vieja. Pero, realmente, señor, incluso aunque no hubiese justificación de la vejez en los libros, los caballeros honorables como vos decís que la gente debe respetar al anciano y le llamáis "señor" en señal de buenos modales. Me imagino podría encontrar autoridades sobre ello.

    »Luego decís que soy vieja y fea, pero por otra parte no tenéis miedo de que os haga cornudo, pues, como que vivo y respiro, la suciedad y edad avanzada son los mejores guardianes de la castidad. Pero sé qué es lo que os deleita y satisface vuestros más torpes apetitos.

    »Ahora, elegid. Escoged una de estas dos cosas: o me tendréis vieja y fea por el resto de mi vida, pero fiel y obediente esposa; o bien me tendréis joven y hermosa, y habréis de exponeros a que todos los hombres vengan a vuestra casa por mí, o quizá a algún otro lugar. La selección es vuestra, sea cual sea la que elijáis.

    El caballero se lo pensó largamente, suspirando profunda mente todo el rato. Al fin, dio la respuesta:

    _Mi señora, queridísima esposa y amor mío. Me confío a vuestra sabia experiencia; haced vos misma lo que creáis que sea más agradable y honroso para los dos. No me importa la elección que hagáis, pues la que os guste me satisfará a mí también.

    _Entonces he ganado el dominio sobre vos dijo ella_, ya que puedo escoger y gobernar a mi antojo. ¿No es así?

    _Claro que sí _replicó él_. Creo que es lo mejor.

     _Bésame _contestó ella_; no volveremos a pelear, pues por mi honor os aseguro que seré las dos (quiero decir que seré hermosa y también buena). Pido a Dios que me envíe locura y muerte si no soy una esposa buena y fiel como jamás se ha visto desde que el mundo es mundo. Y mañana por la mañana, si no soy más bella que cualquier señora, reina o emperatriz entre Oriente y Occidente, entonces disponed de mi vida como os plazca. Levantad la cortina y contemplad.

    Y cuando el caballero vio que era así realmente, que era tan joven como encantadora, la tomó entre sus brazos embargado de alegría; su corazón estaba inundado por un océano de felicidad. La besó más de mil veces de un tirón y ella le obedeció en todo lo que le podía producir deleite o proporcionarle placer.

    Y así vivieron alegres y felices por el resto de sus vidas. Que Jesucristo os envíe mandos obedientes, jóvenes y animosos en la cama y que nos conceda la gracia de sobrevivir a aquellos con los que nos casemos. También ruego a Jesús que acorte los días de aquellos que no quieren ser gobernados por sus esposas; y en cuanto a los esperpentos viejos, gruñones y tacaños, ¡que Dios les confunda.

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EL CUENTO DEL MERCADER

 Hace tiempo, en Lombardía vivía un noble caballero, nacido en Pavía, con gran prosperidad. Había permanecido soltero durante sesenta años, solazando su cuerpo con las mujeres que le gustaban, como suelen hacerlo estos insensatos mundanos. Ahora, sea por un acceso de piedad o de chochez _no sé decir cuál_, al pasar de los sesenta, a dicho caballero le entraron unas ganas irreprimibles de contraer matrimonio y se pasaba todos los días y todas las noches buscando a la mujer de sus sueños. Rezó a Dios para que le permitiese catar las delicias de la vida que consiguen marido y mujer cuando viven unidos por el sagrado vínculo con el que Dios unió a hombre y mujer.

    _Todos los demás sistemas de vida no valen un comino _decía él_. Son las delicias puras del himeneo las que convierten esta tierra en un edén.

    Así habló el anciano caballero con toda su sabiduría.

    Y es verdad, tan cierto como que Dios está en el Cielo, que el casarse es una cosa excelente, especialmente cuando un hombre es viejo y tiene el pelo canoso, pues entonces una esposa constituye su más preciada posesión. Por consiguiente, decidió agenciarse una esposa, joven y bonita, para que le diese un heredero y vivir con ella una vida de alegría y solaz, y no hacer como estos solterones que gimen y se quejan cuando sufren cualquier contrariedad amorosa; lo que les pasa que es que no tienen hijos. Y es que, realmente, es justo que los solterones se metan en líos y pasen apuros, porque construyen sobre arenas movedizas y encuentran inestabili­dad allí donde buscan seguridad. [...]

    Con estas ideas en la cabeza, Enero (el caballero del que os estoy hablando) deseaba para su vejez esa vida de felicidad y virtuosa tranquilidad que es el dulcísimo matrimonio.

    Un día mandó venir a sus amigos para darles cuenta de las conclusiones de su larga meditación. Con el semblante pro­fundamente serio empezó su perorata:

    _Amigos míos, soy viejo y tengo el pelo canoso, y Dios sabe que estoy con un pie en la tumba. Debo ponerme a pensar un poco en mi alma. He disipado insensatamente mi cuerpo, pero ¡gracias a Dios! esto puede remediarse. Pues he decidido casarme lo antes posible. Por tanto, hacedme el favor de efectuar los preparativos para mi matrimonio inmediato con alguna muchacha joven y bonita. Pues no quiero esperar. Por mi parte mantendré un ojo abierto, a ver si encuentro a alguien con quien pueda casarme sin más dilación. No obstante, como yo soy uno y vosotros varios, es mucho más probable que vosotros descubráis una novia adecuada para mí que yo mismo, por lo que he decidido tener aliados. Sin embargo, una advertencia, queridos amigos: nada me inducirá a tomar una esposa de edad. Ella no debe pasar de los dieciséis. Esto es innegociable. Mi gusto puede ser el del pescado hecho, pero la carne, joven; un lucio será mejor que un pequeño lucio, pero la carne de ternera joven es mejor que la de buey. No quiero tener a una mujer de treinta años _no son más que forraje, simple paja_, forraje de invierno. Y, además, Dios sabe que estas viejas viudas saben más trucos que Lepe y pueden promover tantas trifulcas como se les antoje. Nunca viviría en paz con una de ellas. Las distintas escuelas hacen a un erudito más juicioso. Lo mismo ocurre cuando una mujer ha tenido varios maridos. En cambio, una mujer joven puede ser moldeada, de la misma forma que uno puede hacerlo con una cera caliente.  En resumen, que no pienso tomar a ninguna mujer entrada en años.[...]

    Día tras día, el alma de Enero estaba llena de extraordinarias fantasías y complejas conjeturas sobre su matrimonio; noche tras noche, figuras y rostros arrebatadores discurrían por su mente, como si alguien hubiese tomado un espejo pulido y lo hubiese situado en la plaza del mercado para contemplar la multitud de figuras que pasasen junto al mismo. De esta forma, Enero veía en su mente a las chicas que vivían cerca de él. No sabía por cuál decidirse. Pues si una tenía un rostro hermoso, otra poseía tal prestigio de amabilidad y ecuanimidad entre la gente, que todo el mundo la proponía. Algunas eran ricas, pero tenían mala fama. Al fin, medio serio, medio en broma, descartó de su corazón a todas las demás y se fijó en una a la que eligió para sí.

    El amor es siempre ciego y no sabe ver. Se la imaginó en su corazón, cuando él se disponía a acostarse: su alegre belleza, sus tiernos años, su diminuta cintura y sus brazos esbeltos y largos, su comportamiento sensato y su noble sangre, su porte femenino y sus modales pausados. Habiéndose decidido por ella, pensó que no podía haber hecho mejor elección. Y una vez tomada su decisión, dejó de creer en la sensatez de los demás. No sabía ver la menor objeción o, por lo menos, así se engañaba a sí mismo. Entonces envió una invitación a sus amigos solicitando el placer de su compañía cuanto antes, pues tenía la intención de abreviar el trabajo que ellos se tomaban en su beneficio. Ya no había necesidad de que ellos fuesen a caballo de aquí para allá. Él ya había en­contrado su refugio.

    Pronto llegaron Placebo y sus amigos. Lo primero que hizo fue rogarles que, por favor, no le discutiesen la decisión que había tomado, pues con ella no solamente complacía a Dios, explicó, sino que constituía la auténtica base de su felicidad personal.

    Había, según dijo, una doncella en la ciudad, famosa por su belleza, y aunque no era de elevado rango, para él su juventud y belleza eran suficientes. Declaró que tomaría a esta doncella por esposa y viviría cómodamente y en santidad, y dio gracias a Dios de que la poseería por completo, de forma que ningún otro hombre compartiría su deleite. Luego les rogó que le ayudasen para que sus propósitos no fracasaran, en cuyo momento su corazón descansaría. [...]

     Ellos arreglaron las cosas de tal modo que la muchacha _que se llamaba Mayo_ se casase con Enero lo antes posible. Pero creo que sería malgastar el tiempo si tuviese que detallar todas las actas y documentos con los que ella recibió como dote las tierras de él o explicaros su rico y suntuoso ajuar.

     Finalmente llegó el día en que ambos fueron a la iglesia para recibir el santo sacramento. Salió el sacerdote con la estola rodeándole el cuello y le pidió a ella que fuese como Sara y Rebeca en sabiduría y fidelidad ante los votos matrimoniales. Entonces rezó las oraciones de costumbre, les santiguó y pidió la bendición de Dios sobre ellos y efectuó los sagrados ritos que están prescritos.

   

    De este modo quedaron casados formalmente y tomaron asiento junto a otras personalidades en el estrado, en el festín de la boda. El palacio de Enero se llenó de música, alegría y diversión con los mejores manjares de toda Italia. Sonaron en su honor instrumentos de sonido más dulce que cualquier música ejecutada por Orfeo o por Amfión de Tebas. Cada plato fue anunciado mediante un floreo de clarines tocados por juglares con más fuerza que el trompeteo de Joab y con mayor claridad que la trompa que tocó Tiodamas en Tebas, cuando la ciudad se hallaba en peligro.

Por cada lado Baco vertía el vino, mientras Venus sonreía a todos, pues Enero se había convertido en el caballero de ella y estaba a punto de ensayar sus fuerzas en el himeneo, como solía hacerlo cuando era libre. Y así danzó la diosa con una antorcha llameante en su mano, ante la novia y todos los allí reunidos. Llegaré incluso a afirmar que Himen, el dios de las bodas, jamás había visto a un novio más feliz.

    Resultaba encantador ver sentada allí a Mayo. Contemplarla era como un cuento de hadas: la reina Ester nunca dirigió al rey Asuero una mirada así o hizo un gesto tan recatado. No sabré describir ni la mitad de su belleza, pero os diré esto: parecía una clara mañana del mes de mayo llena de belleza y delicias. Y cada vez que Enero miraba el rostro de ella caía como en un trance de arrobamiento, empezando a gozar anticipadamente en su fuero interno el abrazo nocturno que él le daría mucho más apretado que el de Paris a Helena. Sin embargo, se sentía, por otra parte, como compungido al pensar lo que tendría que ofenderla aquella noche: «¡Ah! ¡Pobre criatura! ¡Ojalá Dios te conceda fuerzas para soportar toda mi lujuria; siento tal ardor y tales deseos! Tengo miedo que no sepas soportarlo. ¡Por Dios, que haré todo lo que pueda! ¡Que Dios haga que llegue la noche y dure eternamente y que se vayan todos los presentes!» Al final hizo todo cuanto pudo (sin ser grosero) para echarlos de ahí discretamente y que se marcharan de la mesa

    Cuando, llegado el tiempo, se levantaron de la mesa, todos bailaron y bebieron largamente y luego se fueron por toda la casa esparciendo especias olorosas. Todos se sentían felices y muy animados. Todos, salvo uno: un escudero llamado Damián, que hacía mucho tiempo que cortaba y servía la carne en la mesa del caballero. Su señora Mayo le tenía tan arrebatado el seso, que estuvo a punto de extraviar la razón, tal era su dolor.

    Al bailar con la antorcha en la mano, Venus le tentó con tanta crueldad, que él estuvo a punto de desmayarse o morir allí mismo; por lo que se fue rápidamente a la cama. De momento no diré nada más sobre él; sólo le dejaré allí llorando y lamentándose, hasta que la sonriente Mayo se apiadara de él. ¡Oh, fuego peligroso, el que se nutre de la paja de los lechos! ¡Enemigo doméstico simulando servilismo! ¡Oh, criado traicionero, doméstico infiel, como astuto y traidor áspid en el pecho! ¡Que Dios nos evite el conocerte!

    ¡Oh, Enero, borracho de alegría por tu matrimonio, mira cómo Damián, tu propio escudero, nacido siervo tuyo, planea tu deshonor! ¡Que Dios te permita descubrir al enemigo que albergas en tu casa! Pues no existe plaga peor en todo el mundo que un enemigo dentro de tu propio hogar, siempre presente ante ti.

    A estas horas el sol había terminado su recorrido diario por el cielo y estaba a punto de ocultarse. No podía permanecer más tiempo por encima del horizonte en aquella latitud. La noche extendió su áspero manto oscuro sobre el hemisferio. Así, gracias a todas estas acciones, la alegre multitud empezó a despedirse de Enero. Con gran regocijo cabalgaron hacia sus casas, donde atendieron sus asuntos tranquilamente y, llegada la hora, fueron a acostarse. Así que se hubieron marchado, el impaciente Enero insistió en ir a la cama sin esperar ya más. En primer lugar bebió vino caliente muy cargado de especias para darse coraje _hipocrás, salvia y jarabe_, pues poseía mucho acopio de fuertes afrodisíacos como los que el maldito monje Constantino anotó en su libro De Coitu. Enero se lo tragó sin la menor vacilación.

   _Por el amor de Dios, apresuraos _dijo él a sus amigos más íntimos_. Sed corteses, pero haced que todos se vayan de la casa.

    Ellos lo hicieron como se les pidió. Se bebió un último brindis, se corrieron las cortinas y la novia fue llevada al lecho, callada como una muerta.

    Después de que el sacerdote hubiera bendecido el lecho y que todos se hubiesen marchado de la habitación, Enero estrujó a su preciosa Mayo _su paraíso, su media naranja _fuertemente entre sus brazos, acariciándola y besándola una y otra vez, frotando su erizada y dura barba (que era igual que papel de lija y punzante como una zarza) contra su tierno cutis. Exclamó:

    _¡Ay, esposa mía! Tengo que tomarme ciertas libertades contigo y ofenderte gravemente antes de que me una maritalmente contigo. Pero, no obstante, recuerda esto: no hay buen artesano que efectúe una buena tarea apresuradamente; por ello, tomémonos el tiempo necesario y hagámoslo bien. No importa el rato que estemos retozando: los dos estamos atados por el sagrado vínculo del himeneo _¡bendito sea este yugo!_, y nada de lo que hagamos puede ser pecado. Un hombre no puede pecar con su esposa _sería como cortarse con su propia daga_, pues la ley permite nuestros juegos amorosos.

    Por lo que él estuvo «trabajando» hasta que empezó a clarear. Entonces tomó un pedazo de pan y lo mofó con un vino que contenía fuertes especias. Después se sentó muy tieso en la cama y empezó a cantar y gorjear en voz alta y clara; luego besó a su esposa y se dedicó al juego amoroso. Retozaba como un potrillo, farfullaba como una urraca. Mientras cantaba y hacia voz de falsete, chirriando como un totoposte, la arrugada piel de su cuello se movía flácida arriba y abajo.

    Dios sabe lo que pensaría Mayo contemplándole allí sentado con su gorro de dormir y su cuello huesudo. No le gustaban nada todos sus juegos y jolgorio. Finalmente, dijo él:

    _Ahora que ya ha llegado el día, me dormiré. No me puedo aguantar despierto ni un minuto más.

    Y, reclinando su cabeza, durmió hasta las nueve. Luego, cuando fue hora, Enero se levantó y vistió; pero la hermosa Mayo no se movió de su aposento hasta el cuarto día, que es lo mejor que pueden hacer las recién desposadas _todo tra­bajador debe descansar de vez en cuando_, pues de lo contrario no duraría mucho. Y esto es válido para toda criatura viviente, sea pájaro, animal o persona.

    Ahora volveré a referirme al desgraciado Damián y os contaré cómo sufría de amor. Pero esto es lo que me gustaría decirle: «¡Ay, pobre Damián! Contéstame si puedes: ¿cómo piensas declarar tu pasión a tu señora, la hermosa Mayo? Ella no puede sino rechazarte. Además, si hablas, ella tendrá que delatarte. Todo lo que puedo decirte es:. ¡que Dios te ayude!»

    El enamorado Damián se quemaba en las llamas de Venus hasta que casi llegó a perecer de puro deseo, por lo que, no pudiendo seguir sufriendo así, se lo jugó todo a una carta. Subrepticiamente se agenció un estuche de escribir y escribió una misiva en la que vertió su pena en forma de queja o can­ción dedicada a su bella dama Mayo. Dicha misiva la colocó en una bolsita de seda que colgó debajo de su camisa y la puso cerca de su corazón.

    La Luna, que se hallaba en el segundo grado de Tauro el mediodía del día en que Enero se casó con la bella Mayo, había corrido ya hasta el signo de Cáncer, pero Mayo seguía en su habitación, como era costumbre entre la gente de alcurnia. Una novia no debía nunca comer en el salón de los banquetes hasta transcurridos cuatro días o, por lo menos, tres. Entonces podía comer en público.

    Habiendo completado el cuarto día, contado de mediodía a mediodía, Enero y Mayo ocuparon sus asientos en el salón de los banquetes, después de oír misa solemne. A ella se la veía tan lozana como un bello día de verano. Y dio la casualidad de que el buen caballero pensó en Damián y exclamó:

    _¡Por Santa María! ¿Cómo es que Damián no está de servicio? ¿Está enfermo todavía? ¿Qué es lo que le pasa?

    Los demás escuderos, que se hallaban de pie junto a él, le excusaron, diciendo que una enfermedad le impedía cumplir con sus obligaciones. Ninguna otra razón podía alejarle de sus deberes.

    _Lamento saberlo _dijo Enero_, pues, por mi alma que es un buen escudero y si se muriese sería una catástrofe. Es tan sensato, discreto y de fiar como el que más de su rango. Además, es un tipo muy varonil, útil y muy capaz. Le visitaré lo antes que pueda después de comer y me llevaré a Mayo conmigo para animarle lo más posible.

Esto mereció la aprobación general de los presentes, por la amabilidad y magnanimidad que mostraba en querer consolar a su escudero en su enfermedad. Todos creyeron que se trataba de un acto muy caballeroso.

    _Señora, _dijo Enero _así que terminemos de comer, cuando os marchéis del salón con vuestras damas, no os olvidéis de visitar todas a Damián. Divertidle _se trata de una persona noble _y anunciadle que iré a verle tan pronto haya descansado un poco. No tardéis, pues os estaré esperando a que vengáis a dormir en mis brazos.

    Y habiendo dicho esto, llamó al escudero que estaba a cargo del salón y empezó a darle diversas instrucciones.

    La hermosa Mayo, ayudada por sus damas, fue directamente a ver a Damián y se sentó al lado de su cama para animarle lo mejor que supo. Damián, viendo su oportunidad, sin otra señal que un suspiro considerablemente largo y profundo, colocó subrepticiamente en la mano de ella la bolsita que contenía el papel en el que había depositado sus anhelos. Y, en voz baja, susurró:

    _¡Piedad! No me descubráis, pues soy hombre muerto si esto llega a saberse.

    Ella escondió la bolsita en el hueco de su pecho y se fue diciendo: "esto es todo lo que conseguiréis de mí." Pero ella volvió junto a Enero, que estaba cómodamente sentado al lado de la cama. Enero la tomó entre sus brazos, la cubrió toda de besos una y otra vez y pronto se echó a dormir. En cuanto a Mayo, hizo ver que tenía que visitar cierto lugar, al que, como sabéis, todos tenemos que ir de vez en cuando. En cuanto ella hubo leído la nota, la hizo pedazos y los arrojó cuidadosamente al retrete.

    Ahora, ¿qué pensamientos eran más bulliciosos que los de la bella Mayo? Se acostó al lado del viejo Enero, que siguió durmiendo hasta que le despertó su propia tos. Entonces le pidió que se desnudara del todo, pues quería algo de diversión y los vestidos de ella se lo impedían. De buen o de mal grado, ella le obedeció. No me atrevo a decir cómo se despachó él, ni si a ella aquello le pareció un paraíso o el infierno, pues no quiero ofender los oídos de las personas refinadas. Les dejaré ocupados hasta que sonó la campana de vísperas y tuvieron que levantarse.

    Si se debió al destino, a la casualidad, a la Naturaleza o a la influencia de las estrellas; o si las constelaciones se hallaban en posición favorable en el firmamento para lograr que una mujer jugase el juego de Venus, o para ganar su amor (los estudiosos dicen que hay un momento para cada cosa), no sabría ciertamente decirlo; pero que sea Dios _sabedor allá en las alturas que nada sucede sin una causa o motivo_ el juez, pues yo voy a guardar silencio. La verdad es que aquel día Damián causó muy buena impresión a la compasiva y hermosa Mayo, quien no pudo sacarse del corazón la idea de hacerle feliz. «Una cosa es cierta: me importa un comino a quien pueda saberle mal _pensó ella_, pues puedo prometer a Damián ahora mismo que le amo más que a ninguna criatura viviente, aunque solamente posea la camisa que lleva puesta.»

    ¡Con qué rapidez invade la piedad los corazones nobles! Esto demuestra la maravillosa generosidad de las mujeres cuando se empeñan en serlo. Algunas _muchas de ellas_son unas tiranas de corazón de piedra que hubieran tolerado que Damián hubiese muerto allí mismo antes que concederle sus favores, gozando todo el tiempo de su orgullosa crueldad, sin importarles nada ser sus asesinas.

  Llena de compasión, la dulce y comprensiva Mayo le escribió de su puño y letra una carta en la que ella le concedía todo su corazón. Nada faltaba, excepto la hora y el lugar en que ella podría satisfacer sus deseos, pues él iba a tener todo lo que quisiera. Y un día, en cuanto ella vio la oportunidad, Mayo visitó a Damián y, discretamente, deslizó la carta debajo de su almohada, para que la leyese si quería. Rogándole que se repusiese, ella le tomó a él de la mano y se la apretó con fuerza, aunque con tal sigilo, que nadie se percató de ello. Mayo regresó a donde estaba Enero, en cuanto él la mandó llamar.

Cuando, a la mañana siguiente, Damián se levantó, toda su enfermedad y desesperación habían desaparecido. Después de peinarse, arreglarse y atusarse, después de haber hecho todo lo que pudo para hacerse atractivo a los ojos de su dama, se presentó a Enero, como el perro de un cazador, todo él presto a la obediencia. Se hizo agradable a todos (la adulación es la que consigue esto, si sabéis dosificarla) hasta que todos estuvieron dispuestos a hablar bien de él, gozando así el favor de su dama. Aquí dejaré ahora a Damián que siga con sus asuntos y proseguiré con mi historia.

     Algunos eruditos creen que la felicidad más pura se encuentra en la diversión. Si es así, el excelente Enero ciertamente hizo cuanto pudo para llevar una vida de lujo y vivir tal como correspondía a un caballero. Su casa, sus muebles y su tren de vida cuadraban tanto con su rango como el de un rey.

    Entre otras cosas hermosas, había mandado construir un parque con un perímetro amurallado, todo en piedra. No sé de jardín más hermoso que aquél. Realmente creo que inclu­so al autor del Roman de la Rose le costaría describir su en­canto; incluso Príapo, aunque es el Dios de los jardines, no lograría describir justamente dicho jardín y su pozo que se hallaba bajo un laurel, siempre verde. Dicen que alrededor de este pozo, Plutón y su reina Proserpina y su tropel de hadas solían divertirse con música y danzas.

    Este anciano y digno caballero gozaba mucho paseando y estando largos ratos en este jardín. No permitía a nadie, salvo a él mismo, que guardara la llave. Por ello siempre llevaba una pequeña llave de entrada con la que abrir la cerradura de la verja, cuando así le venía en gana. Y si, durante el verano, le parecía que tenía que ejercer el débito conyugal con su encantadora mujer, entonces lo visitaba acompañado de Mayo, no entrando nadie más que ellos dos, practicando allí mucho mejor las cosas que no habían hecho en la cama.

    Enero y su esposa pasaron así bastantes días felices. Pero para Enero, como para todos los demás hombres, la dicha te­rrenal no puede durar eternamente.

    ¡Oh, imprevisto azar! ¡Oh, inestable fortuna! Eres engañosa como el escorpión, cuya cabeza fascina a la presa a la que quiere picar y cuya cola venenosa significa la muerte. ¡Oh, alegría insegura! ¡Oh, dulce y extraño veneno! La monstruosa Fortuna, sutilmente, escamotea sus dones bajo la apariencia de la estabilidad, hasta que todos y cada uno caen en su engaño. ¿Por qué habiendo sido gran amiga de Enero le engañas así? Ahora le has quitado la vista de sus dos ojos, y es tanta su pena, que quisiera estar muerto.

    ¡Qué desgracia para el noble y generoso Enero! En medio de toda su felicidad y prosperidad se quedó ciego. ¡Con qué lamentos lloró y se quejó! Y, para colmo, el fuego de los celos le quemaba el corazón _pues temía que su esposa se encaprichase_, y llegó a desear que alguien matase a ambos, a ella y a él mismo. Vivo o muerto, no podía soportar la idea de que ella fuese la amante o la esposa de otro. Quería que ella viviese el resto de su vida, vestida completamente de negro como si fuese viuda y solitaria como una palomita que hubiese perdido a su pareja. Pero después de un mes o dos, su pena empezó a remitir,

    Al ver que la cosa no tenía remedio, aceptó su desgracia con paciencia y resignación; pero hubo algo en lo que no cedió, y eran sus continuos celos. Éstos eran tan dominantes, que no permitía que Mayo fuese a ninguna parte _su propia mansión, las casas de los demás, cualquier lugar, en suma_ sin tener su mano posado sobre ella todo el tiempo. La hermosa Mayo derramó muchas lágrimas por ello, pues amaba a Damián con tal cariño, que pensaba que o bien debería tenerlo como deseaba, o que moriría allí mismo de deseo. Por lo que esperaba que, a cada momento, el corazón le estallase.

    En cuanto a Damián, se volvió el hombre más triste que jamás se haya visto, pues en ningún momento podía decir una palabra a la bonita Mayo sobre nada que viniese a cuento, que Enero no la escuchase, pues su mano estaba siempre en la de ella. Sin embargo, con señales secretas y escribiéndole notas, pudo comunicarse con Mayo, y así ella logró averiguar qué maquinaciones le rondaban por la mente.

    ¡Ah, Enero! ¿De qué te hubiese servido poder ver hasta el horizonte más lejano? Lo mismo da ser ciego y engañado, que tener ojos y, sin embargo, ser también engañado. Argos tenía cien ojos, pero, como muchos otros, a pesar de su mucho mirar, estaba ciego, como todo el mundo sabe, estando convencido de todo lo contrario. Lo que quiero decir es: «Ojos que no ven, corazón que no siente.»

    La hermosa Mayo, de la que estaba hablando ahora mismo, sacó un molde de cera de la llave que Enero llevaba de la puertecita enrejada por la que solía entrar a su jardín; y Da­mian, sabiendo exactamente la idea que ella albergaba en su mente, fabricó, en secreto, un duplicado de la llave. No hay más que decir. Muy pronto algunos acontecimientos notables tuvieron lugar con relación a dicha puertecita enrejada, de los cuales, si aguardáis un poco, os enteraréis.

    ¡Oh noble Ovidio, qué gran verdad dices, cuando afirmas que por ingeniosa y elaborada que sea la estratagema, el amor siempre encuentra el modo de superarla! Tomad lección de Píramo y Tisbe: aunque cuando ambos fueron custodiados por todos lados, sin embargo llegaron a un entendimiento susurrándose a través de un muro. Y bien, ¿quién hubiese podido imaginar un truco semejante?

    Pero volviendo al relato. Durante la primera semana del mes de junio sucedió que Enero, alentado por su mujer, tuvo la ocurrencia de divertirse a solas con ella en el jardín. Así que una mañana le dijo:

    _¡Levántate, esposa mía, mi dama, mi amor! Dulce palo­mita, se oye el canto de la tórtola, ya no es invierno, se han acabado ya las lluvias! Ven conmigo, ven con tus ojazos de palomita. Tus pechos son más dulces que el vino. El jardín está completamente rodeado por un muro. ¡Ven, pues, mi novia, blanca como la nieve blanca! No hallo mancha en ti. Ven, pues, y gocemos, pues a ti te elegí por esposa y para mi solaz.

    Estas eran las frases lujuriosas que utilizó. Mayo hizo señas a Damián para que se adelantase con su llave. Dicho y hecho: Damián abrió con su llave la puertecita enrejada y se coló dentro sin que nadie le viese u oyese. Una vez dentro, se agazapó silenciosamente debajo de un arbusto. Enero, ciego como una piedra, cogió a Mayo por la mano y se fue solo con ella a su jardín encantador. Rápidamente cerró la puerta enrejada de golpe y dijo:

    _Ahora, esposa mía, aquí no hay nadie más que yo y que tú, la criatura a la que más amo. Pongo al Cielo por testigo: antes me apuñalaría yo mismo hasta morir que llegar a ofenderte, mi querida y fiel esposa. Por amor de Dios, recuerda cómo fue que te elegí, ciertamente no por consideraciones mercenarias, sino simplemente por el amor que te tenía. Séme fiel, aunque sea viejo y ciego, y te diré el por qué. Con ello saldrás ganando tres cosas: la primera, el amor de Cris­to; la segunda, honor y honra para ti; la tercera, toda mi hacienda, ciudad y castillos serán tuyos; redacta el documento como quieras, y te aseguro, como que Dios es mi Salvador, que todo quedará arreglado antes de que mañana se ponga el sol. Pero, primeramente, bésame para sellar nuestro pacto. No me culpes si soy celoso. Mis pensamientos están tan unidos a ti, que siempre que pienso en tu belleza _y luego en mi desagradable edad avanzada_, aunque me tuviese que morir, realmente no podría soportar estar sin tu compañía. Te quiero tanto... Esta es la pura verdad. Ahora, querida esposa mía, bésame y caminemos por ahí.

    A esta palabras dio la hermosa Mayo una suave respuesta; pero antes de nada rompió a llorar.

    _También yo tengo un alma que cuidar, y no hablemos de mi honra, este delicado capullo de esposa que confié en tus manos cuando el sacerdote unió mi cuerpo al tuyo. Por eso, si no te importa, queridísimo señor mío, ésta es mi respuesta: rezo a Dios para que nunca amanezca el día en que avergüence a mi familia y manche mi buen nombre con la infidelidad. Si no es así, hazme sufrir una muerte más terri­ble que la que haya sufrido jamás mujer alguna. Es decir, si alguna vez cometiese este delito, desnúdame, méteme en un saco y ahógame en el río más cercano. ¡Soy una dama, no una meretriz! Pero ¿por qué digo yo esto? Vosotros, los hombres, tenéis siempre tan poca confianza en las mujeres, que nunca dejáis de formularles reproches. Esto es lo que siempre estáis haciendo: desconfiar y denigrar a las mujeres. Mientras hablaba, ella divisó a Damián agachado detrás del arbusto. Tosió y le hizo señal con el dedo de encaramarse a un árbol cargado de fruta: allí trepo él. La entendía mucho mejor, por rara que fuese la señal que hiciese, que su propio esposo, Enero, pues ella le había explicado en una carta todo lo que tenía que hacer. Aquí dejaré a Damián sentado encima de un peral, mientras Enero y Mayo caminan felices por ahí.

    El día era claro, y el cielo, azul; Febo _que por mis cuentas se hallaba entonces en Géminis, no lejos de su máxima declinación septentrional, Cáncer, que es la exaltación de Júpiter_ enviaba sus rayos dorados para con su calor animar las flores. Sucedió que aquella clara mañana, Plutón, el rey del Averno, acompañado por muchas damas del séquito de su esposa, la reina Proserpina _a quien había arrebatado del Etna mientras se hallaba recogiendo flores en los campos (podéis leer en Claudianoel relato de cómo se la llevó en su horrible carro)_, se hallaba sentado sobre un banco de verde césped fresco en el otro extremo del jardín hablando con su reina.

_Mi querida esposa _decía_, nadie puede negarlo: la experiencia confirma diariamente las traiciones que vosotras las mujeres inflingís a los hombres. Te puedo dar una decena de cientos de millares de ejemplos destacados de vuestra falsedad y veleidades. ¡Oh, tú, sapientísimo Salomón, rico entre los ricos, lleno de sabiduría y de gloria, qué memorables son tus proverbios para cualquiera que tenga seso e inteligencia! Pues así elogia la bondad de los hombres: «A un hombre encontré yo entre mil; pero a una mujer no la puedo encontrar entre todas.» Así habló el rey. Y él conocía muy bien la maldad existente en vosotras, las mujeres. Tampoco creo que Jesús, el hijo de Sirach, hable usualmente de las mujeres con respeto.

»¡Que la peste y azufre caiga sobre vuestros cuerpos! ¿No ves a ese honorable caballero a punto de que su propio escudero le ponga cuernos, sólo porque el pobre hombre es viejo y ciego? Mira a aquel libertino encaramado en el árbol. Ahora le voy a conceder un favor real: en el momento en que su mujer empiece a engañarle, el anciano caballero recobrará la vista. Así podrá ver claramente lo puta que es ella: un reproche que se le puede hacer a ella y a otras muchas como ella.

    _¿Con que sí, eh? _dijo Proserpina_. Pues bien, entonces juro por Saturno, el padre de mi madre, que le facilitaré a ella una respuesta completa, y no sólo a ella, sino que todas las mujeres en el futuro, por causa de ella, cuando se les sorprenda en pleno delito, se disculparán con un semblante tan severo, que sus acusadores tendrán que bajar los ojos. Ni una sola perecerá por falta de respuesta. Aunque un hombre lo vea todo con ambos ojos, nosotras las mujeres pondremos una cara tan atrevida, con lágrimas, votos y recriminaciones ingeniosas, que vosotros, los hombres, pareceréis tan estúpidos como gansos.

    Ahora volvamos nuevamente junto a Enero, que está sentado en el jardín con la hermosa Mayo cantándole «Siempre te amaré y sólo a ti», con la alegría de un jilguero. Él paseó largamente por los caminos del jardín y, al fin, llegó al pie del peral sobre el que se hallaba Damián, sentado alegremente arriba, entre las nuevas hojas verdes.

La hermosa Mayo, brillándole los ojos y con el rostro en­cendido, suspiró y dijo:

    _¡Ay de mí! Pase lo que pase, quiero tener algunas de esas peras que veo allí arriba. Me ha entrado tal frenesí por comer algunas de esas peritas verdes, que creo que moriré si no logro comerlas. ¡Por amor de Dios, haz algo! Déjame que te lo diga: una mujer en mi estado puede tener un apetito tan grande de comer fruta, que fácilmente puede morir si no la consigue.

     _¡Cáspita! _exclamó él_. Si tuviese al menos un muchacho aquí para que trepase o si, al menos, no fuera ciego...

     _No importa _dijo ella_. Si solamente quisieses abrazar el peral y me soltases ya sé que no confias en mí_, me sería fácil trepar si pudiese apoyar mi pie en tu espalda.

    _Naturalmente _dijo él_. Haré eso y más: tendrás la sangre de mi corazón.

El se inclinó doblándose y ella pudo subirse a su espalda, se agarró a una rama y se encaramó. Por favor, no os ofendáis, damas: soy un tipo rudo y no sé andarme con rodeos. Damián no perdió el tiempo: le tiró el sayo hacia arriba y penetró en ella.

     Cuando Plutón vio este agravio vergonzoso, devolvió la vista a Enero y le hizo ver tan bien como antes. Nadie se encontraba más feliz que Enero al recuperar la vista. Pero sus pensamientos estaban todavía fijos en su mujer, por lo que al poner sus ojos en el árbol constató que Damián había colocado a su esposa de una forma que me resulta imposible explicar sin ser rudo. En aquel momento emitió un rugiente aullido, como el de una madre cuyo hijo está muriéndose, [y gritó:]

    _¡Socorro! ¡Es un crimen! ¡Detened al ladrón! ¿Qué es lo que buscas? ¡Puta! ¡Eres una puta descarada!

    _¿Qué te pasa? _repuso ella_. Ten un poco de paciencia y utiliza el cerebro. Acabo de curar tu ceguera. Por mi alma te juro que no miento. Me dijeron que lo mejor para curar tus ojos y que tú vieses de nuevo era que forcejease con un hombre en lo alto de un árbol. Dios sabe que mis intenciones eran buenas.

    _¿Forcejear? _gritó él_. ¡Esta sí que es buena! ¡Pero si llegó a entrar! ¡Que Dios os envíe una muerte vergonzosa! Él te la metió. Lo he visto con mis propios ojos. ¡Que me aspen si no lo he visto!

    _En este caso mi medicina no funciona _dijo ella_, pues si tú pudieses ver, no me hablarías así. Solamente ves a ramalazos. No ves todavía como es debido.

    _Gracias_a Dios, veo tan bien como antes con mis dos ojos _replicó él_. Y palabra de honor que eso era lo que parecía estar haciendo contigo.

    _Estás borracho, completamente borracho, mi querido señor _dijo ella_. ¿Estas son las gracias que me das por haber contribuido a que vieses? ¡Ojalá no hubiera tenido tan buen corazón!

   _Vamos, vamos, querida _repuso él_, quítate todo eso de la cabeza; baja, queridísima, y si he hablado incorrectamente, que Dios me perdone; ya he sido suficientemente castigado. Pero, ¡por el alma de mi padre!, creí que había visto a Damián encima de ti y tu vestido completamente levantado sobre su pecho.

    _Bueno, señor, podéis pensar lo que gustéis. Pero un hombre al despertarse no se entera de las cosas adecuadamente ni ve perfectamente hasta que está totalmente despierto. Del mismo modo, un hombre que ha estado ciego durante mucho tiempo no va a ver instantáneamente igual de bien que un hombre que hace un día o dos que ha recuperado la visión. Antes de que vuestra vista haya tenido tiempo de asentarse, es posible que os equivoquéis frecuentemente so­bre lo que creáis ver. Tened cuidado, por favor. Pues, por el Señor de los Cielos, que más de un hombre cree haber visto una cosa que no era. Que vuestras equivocaciones no os lle­ven a emitir juicios erróneos.

Y, con esto, ella bajó del árbol de un salto.

    ¿Quién había más feliz que Enero? La besó y abrazó una y otra vez y acarició suavemente su vientre; luego la condu­jo de regreso a su palacio.

    Ahora, caballeros, os deseo felicidad, pues aquí termina mi cuento de Enero. ¡Que Dios y su Madre, Santa María, nos bendigan a todos!

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EL CUENTO DEL MONJE

 A guisa de tragedia, lamentaré las desgracias de los que cayeron desde su alta posición a la irremediable adversidad, pues es bien cierto que, cuando la diosa Fortuna decide abandonarnos, nadie puede disuadirla. Que nadie cone ciegamente en la prosperidad, sino que tome ejemplo de estos antiguos y verdaderos casos.

SANSÓN

Ved, por ejemplo, a Sansón, cuyo nacimiento fue anunciado por un ángel mucho antes de que aconteciera, y se consa­gró a Dios Todopoderoso y recibió grandes honores hasta que perdió la vista. Nunca hubo otro de su fuerza y del valor que le acompaña; pero contó su secreto a su mujer, y ésta le precipitó a la desgracia. Sansón, ese grande y poderoso adalid, que mató un león mientras transitaba por un camino ha­cia una boda, destrozándolo totalmente con sus dos manos como única arma. Pero su traicionera mujer insistió una y otra vez hasta que se enteró de su secreto. Entonces la traidora lo delató a sus enemigos y lo dejó por otro marido.

    En su rabia y furor, Sansón cogió trescientos zorros y, atándolos por sus colas, los juntó y prendió fuego, con lo que ardieron todas las cosechas del país, incluso viñas y olivos. También mató, él solo, a un millar de hombres con una quijada de asno por toda arma. Después de haberlos matado, sintió tanta sed que creyó morir y rogó al Señor que se apiadase de su desgracia y le enviara de beber. Entonces de una de las muelas de aquella reseca quijada de asno surgió un manantial del que sació su sed. De este modo Dios acudió en su ayuda, como dice el Libro de los jueces.

    Una noche en Gaza, a pesar de los filisteos que se hallaban en la ciudad, arrancó las puertas de la misma a viva fuerza y, cargándoselas a la espalda, las subió a la cima de una colina, donde todos las pudieron ver. Si el gran y poderosísimo Sansón, tan querido y honrado por los demás, no hubiera reve­lado su secreto a mujeres, el mundo jamás habría contempla­do a otro igual.

    Por mandato del mensajero angélico no tocaba el vino ni bebía bebidas fuertes, ni permitía que navajas o tijeras se acercasen a su cabeza, pues toda su fuerza residía en ellas. Pero el que gobernó en Israel durante veinte inviernos segui­dos pronto tuvo que derramar abundantes lágrimas: las mujeres le traerían la ruina. Contó a su amada Dalila que toda su fuerza radicaba en su cabellera, y ella lo vendió traicioneramente a sus enemigos. Pues un día, mientras dormía en su regazo, ella hizo que le cortasen el cabello y le pelasen y dejó a sus enemigos que descubrieran su secreto. Cuando le encontraron en este estado, le ataron fuertemente y le sacaron los ojos. Antes de cortarle el cabello y pelarlo, nada habría podido mantenerle atado; ahora, estaba prisionero en una cueva y le obligaban a mover un pequeño molino.

    ¡Ya puede ahora el gran Sansón, el más fuerte de los hombres, que llegó a juez de Israel y vivió con riqueza y esplendor, llorar sin ojos, arrojado desde la felicidad a la sima de la desgracia!

    Este fue el final del pobre cautivo. Un día sus enemigos prepararon una fiesta y le obligaron a estar ante ellos sirviendo de blanco. Ocurría todo en un templo lleno de gente. Pero al final él causó terror y estragos, pues sacudió dos columnas hasta que cayeron, y entonces el templo entero se derrumbó. Así pereció junto con sus enemigos, es decir, todos los príncipes y unas tres mil personas sucumbieron allí al hundirse el gran templo de piedra. No hablaré más de Sansón. Pero quedad advertidos por esta antigua y sencilla frase: que ningún hombre diga nada a su esposa que quiera mantener realmente en secreto, en particular si afecta a la seguridad de su vida o la integridad de sus miembros.

NERÓN

  Aunque Nerón era tan perverso como cualquier diablo en el pozo más hondo del infierno, tenía bajo su dominio las cuatro partes del mundo, según nos cuenta Suetonio. Le encantaban las joyas y sus ropajes estaban bordados, de pies a cabeza, con rubíes, zafiros y perlas blancas. Ningún emperador vistió con mayor suntuosidad que él, o fue más vanidoso y exigente. Una vez había llevado una túnica, no quería volverla a ver. Poseía un almacén de redes de hilo de oro para ir a pescar en el Tíber cuando se le ocurría divertirse así. Su menor deseo era ley, y la Fortuna le obedecía como si fuera amiga suya.

    Mandó incendiar Roma para su diversión y matar a sus senadores para oírles llorar y gritar; dio muerte a su hermano y se acostó con su hermana. De su madre hizo un lastimoso espectáculo: abrió su vientre para contemplar el lugar en que había sido concebido. ¡Ay! ¡Qué poco sentimiento tuvo para con su propia madre! Ni una sola lágrima cayó de sus ojos al verla. Simplemente observó:

    _Era una mujer de buen ver.

    Ya podéis preguntaros cómo es que pudo emitir un juicio ante su belleza muerta. Mandó que le trajeran vino, que bebió en el acto, pero sin mostrar ninguna señal de pena. Cuando el poder es aliado de la crueldad, el veneno discurre demasiado profundamente.

    De joven, este emperador tuvo un tutor quien, a menos que los libros mientan, era el modelo de la sabiduría moral de su época. Éste le enseñó cultura y modales. Nerón fue inteligente y tratable mientras este tutor le tuvo a su cargo, y pasó mucho tiempo antes de que el despotismo o cualquier otro vicio osara entrar en su corazón. Nerón admiraba muchísimo a este tal Séneca, pues de él estoy hablando, porque solía reñirle con mucha circunspección por sus vicios, utilizando palabras en vez de golpes, pues le decía:

    _Señor, un emperador debe ser virtuoso y detestar la opresión.

    Por esto, Nerón hizo que se suicidase abriéndose las venas de los brazos mientras se bañaba, muriendo desangrado. De joven, Nerón había sido acostumbrado a permanecer de pie ante su tutor, lo que más tarde le pareció como un insulto y, por ello, le mandó que se suicidase. Sin embargo, Séneca mismo eligió morir de esta manera en el baño, antes de sufrir otras torturas. De esta forma Nerón mató a su querido tutor.

    Llegó el día en que la Fortuna se cansó de proteger la enorme arrogancia de Nerón, y, aunque era fuerte, ella lo era más aún. «Por Dios, debo de estar loca _pensó_. Situar a un hombre tan hundido en los vicios en una posición tan elevada y dejar que le llamen emperador. Voy a derribarle de su trono, precisamente cuando menos lo espere.»

    Una noche, el pueblo se levantó contra él a causa de sus muchos delitos. Al verlo, Nerón se escapó sigilosamente por las puertas del palacio; iba solo y llamó a una puerta, tras la cual confiaba encontrar ayuda; pero cuanto más gritaba y más fuerte aporreaba la puerta, tanto más deprisa ponían cerrojos los de dentro, para que no entrara. Llegó un momento en que se dio cuenta de que se había engañado. No atreviéndose a seguir llamando, se fue. Por todas partes el pueblo gritaba y vociferaba buscándolo, hasta que él con sus propios oídos les oyó chillar:

    _Dónde está Nerón, ese maldito tirano?

    Casi se volvió loco de miedo y rogó piadosamente a los dioses que le socorrieran, pero el socorro no llegó nunca. Medio muerto de terror corrió hacia un jardín para ocultarse, en donde encontró a dos campesinos sentados junto a una enorme fogata. Les rogó a los dos que le cortasen la cabeza para que, después de su muerte, no se cometiera ignominia alguna que le deshonrara. No sabiendo qué hacer para escapar a su destino, se suicidó: la diosa Fortuna rió su pro­pia broma.

NABUCODONOSOR

¿Qué lengua puede describir adecuadamente el poderoso trono, el precioso tesoro, el glorioso cetro y la real majestad del rey Nabucodonosor, que conquistó por dos veces la ciudad de Jerusalén y se llevó los vasos sagrados del templo? El regio trono se hallaba en Babilonia, su gloria y orgullo. Castró a los más hermosos hijos de la real casa de Israel y los convirtió a todos en eunucos. Entre sus esclavos se hallaba Daniel, que era el más avispado entre todos los hijos de Israel, pues interpretó los sueños del rey cuando no hubo sabio en Caldea que supiera adivinar su correcto significado. Este rey vanidoso y sediento de gloria encargó que le hicieran una estatua de oro de sesenta codos de altura y siete de ancho, y ordenó que jóvenes y viejos saludasen y reverenciasen esta imagen; los que se negaran a obedecer serían quemados en un horno al rojo vivo. Pero ni Daniel ni sus dos jóvenes compañeros quisieron acatar semejante orden.

Orgulloso y encumbrado, este rey de reyes creyó que el Dios que está sentado en su gloria jamás le privaría de su elevada posición; sin embargo, perdió repentinamente su cetro, se convirtió en algo parecido a una bestia y anduvo por algún tiempo entre animales salvajes, comiendo heno como si fuera un buey y durmiendo al aire libre y bajo la lluvia. Sus cabellos crecieron como plumas de águila y sus uñas como las garras de un ave de presa, hasta que algunos años después Dios le perdonó y le devolvió la facultad de razonar. Entonces dio gracias a Dios, mientras las lágrimas le resbalaban por el rostro. Durante el resto de su vida vivió en temor de pecar o abusar; hasta el día en que se le puso en el féretro, supo que Dios era todo poder y misericordia.

BALTASAR

Su hijo Baltasar gobernó el reino después que su padre pasó a mejor vida; sin embargo, no hizo el menor caso de las enseñanzas recibidas por su padre, sino que fue de corazón orgulloso, vivió con pompa y magnificencia y, además, fue un empedernido idólatra. Su elevada posición le afirmó en su orgullo; sin embargo, la Fortuna lo derribó y dividió su reino.

Un día en que daba una fiesta para sus nobles, con el fin de ponerles más alegres, llamó a sus oficiales y les dijo: -Id a buscar todos aquellos vasos que mi padre se llevó del templo de Jerusalén en los días de su triunfo, y demos gracias a los dioses del cielo por el honor que nuestros antepasados nos legaron.

Su esposa, sus nobles y sus concubinas bebieron a más no poder de diversos vinos en estos vasos sagrados. Entonces el rey levantó la vista y miró a la pared, en donde vio una mano sin brazo que escribía deprisa sobre la misma. Al contemplar esta visión, tembló de miedo y dio un gran suspiro, mientras la mano que tanto le había asustado escribía: «Mane, Tecel Fares», y nada más.

Ningún mago en todo el país supo interpretar el significado de lo escrito excepto Daniel, que pronto lo explicó diciendo:

-¡Oh, rey! Dios dio a tu padre gloria, honor, un reino, un tesoro e ingresos; pero él era orgulloso y no tenía temor de Dios, por lo que Ëste tomó venganza y le despojó de su reino. Fue arrojado de la compañía de los hombres para vivir entre asnos y comer sus pastos, como un animal, bajo el sol y la lluvia, hasta que por gracia divina y razonamiento entendió que el Dios de los cielos tiene dominio sobre las criaturas y los reinos. Entonces Dios se compadeció de él y le repuso en su reino con su aspecto normal. Ahora, tú, su hijo, sabiendo que todo eso es verdad, eres orgulloso como lo fue tu padre, te rebelas contra Dios y eres su enemigo; además has tenido el descaro y la audacia de beber en sus vasos sagrados, y de los mismos han bebido tu mujer y tus meretrices profanándolos. Para colmo, tú rindes culto perverso a falsos dioses. Por ello te esperan grandes sufrimientos. Créeme, la mano que escribió «Mane, Tecel Fares» sobre la pared fue enviada por Dios. Tu reinado ha terminado: has sido pesado y has sido encontrado en falta. Tu reino será dividido y entregado a los medos y a los persas.

Aquella misma noche el rey fue muerto y su trono ocupado por Darío, aunque no tenía ningún derecho sobre él. Señores, la moraleja de esta historia es: no hay seguridad en el poder. Cuando la veleidosa Fortuna quiere perder a un hombre, le quita su reino, sus riquezas y sus amigos, tanto de alta como de baja condición. Los amigos que un hombre hace en la prosperidad creo que le convertirán en enemigos en la adversidad, proverbio que no sólo es cierto, sino que puede aplicarse universalmente.

ALEJANDRO MAGNO

La historia de Alejandro Magno es tan sabida, que todas las personas con uso de razón conocen todas o algunas de sus hazañas. Conquistó todo el mundo por la fuerza, excepto cuando sus oponentes pidieron la paz, gracias a su formidable reputación. Dondequiera que fue, humilló el orgullo de hombres y bestias desde un extremo al otro de la Tierra. No puede establecerse comparación entre él y los demás conquistadores. Todo el mundo tembló de terror ante él. Fue modelo de caballerosidad y magnanimidad, la diosa Fortuna le nombró heredero de todos sus honores. Tan lleno estaba él de valor leonino, que nada, salvo el vino y las mujeres, podía frenar su ambición de grandes trabajos y grandes hechos de armas. ¿De qué serviría elogiarle nombrando a Darío y cien mil otros reyes, príncipes, duques y condes valientes a los que venció y sometió? ¿Qué más puedo decir sino que todo el mundo, de parte a parte, era suyo? Aunque hablase eternamente de su gran proeza caballeresca, no bastaría. Según el libro de los Macabeos, reinó durante doce años. Era hijo de Felipe de Macedonia, el primer rey de Grecia. ¡Oh noble y excelente Alejandro! ¿Quién tenía que decir que serías envenenado por tu propia gente? Jugando a dados con la diosa Fortuna, transformó tu seis en uno, sin derramar una lágrima.

    ¿Quién pondrá lágrimas en mis ojos para lamentar la muerte de este ser noble y generoso que gobernó el mundo entero como si fuera un reino y aún no lo consideró suficiente, tan lleno estaba de espíritu de ambición? ¿Quién me ayudará a acusar a la traicionera Fortuna y a condenar al veneno, culpables ambos de tal infamia?

CRESO

  El opulento Creso fue un tiempo rey de Lidia, al que el propio Ciro reverenciaba con admiración, pero en medio de todo su orgullo fue hecho prisionero y conducido al fuego para morir abrasado. Sin embargo, cayó del cielo tal diluvio que apagó las llamas, lo que le permitió escapar. Pero no tuvo en cuenta el aviso, y la diosa Fortuna acabó colgándole de una horca, pues, tras escapar, no pudo aguantarse y entabló nueva guerra. Como sea que la diosa Fortuna mandó la lluvia para permitirle huir, él estaba convencido de que sus enemigos no podrían matarle. Además, una noche tuvo un sueño que le agradó tanto y le llenó de tanto orgullo, que su corazón se inclinó a la venganza.

    Soñó que estaba encaramado en un árbol. Allí Júpiter lavaba su espalda y sus costados, mientras Febo le traía una toalla con la que secarse. Quedó tan hinchado de orgullo, que pidió a su hija, que estaba junto a él, que le explicara el significado, pues sabía que ella poseía una gran sabiduría. La hija interpretó el sueño de este modo:

    _El árbol representa una horca. Júpiter te manda lluvia y nieve. Febo con su toalla limpia representa a los rayos solares. Padre, es seguro que serás colgado, te lavará la lluvia y te secará el sol.

    De este modo su hija, cuyo nombre era Fania, le dio un claro aviso. A pesar de todo, Creso, el orgulloso rey, murió colgado; su trono regio no le sirvió de nada.

La moraleja de todas las tragedias es la misma: que la Fortuna siempre ataca a los reinos prepotentes cuando menos lo esperan. Pues, cuando los hombres confían en ella, se desva­nece y oculta tras una nube su cara resplandeciente.

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