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Carlos Martínez Aguirre

Declaración de amor en Mahagonny

Amor, en el principio fuimos secreto y nada

Amada, eres los dientes ...

Dalila

Con cantos de sirena ...

Conquistaador

Ille vetus miles

Un robot no envejece...

Declaración de amor en Mahagonny

Dame el calor de tu cuerpo, querida,
y ofréceme tu más dulce manzana.
No esperes a un estúpido mañana
ni dejes que la muerte o que la vida
destruyan con su rueda tus neuronas
y la eterna cadena de tu gen
no encuentre en este mundo más sostén
que un triste devenir de cromosomas.
Ven a quemar tu ser junto a mi infierno
y no tengas cuidado por lo eterno:
los siglos se han disuelto ya en cenizas,
Caronte quedó en paro el mes de enero,
Satán tiene los cuernos hechos trizas
y Osiris se ha marchado de crucero.
(
De La camarera del cine Doré y otros poemas, Ed. Hiperión 1997)

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AMOR, en el principio fuimos secreto y nada.
Qué cansancio del tiempo fundido en el silencio
hasta alcanzar la exacta certeza de sus nombres.
Qué lejana quedaba la fiesta de tu aliento
No existían las horas ni los frutos.
Éramos piedra y polvo. Alma sin ruido.
Aves a ras de suelo, desahuciadas,
locas por conocer la primavera.
Pero tú fuiste riego del alma y las entrañas,
y la respiración de bestias y de cosas.
Como el heno palpita en el estío
y el pino da salud a la mañana
tú y yo juntos, con simplemente amamos,
dimos forma sagrada a todo lo que existe.
 

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AMADA, eres los dientes clavados en mi pecho,
amor, eres el pan de la mañana.
Amada, de tu cuerpo fue formado el deseo,
amor, eres la vaca nutriente y la caricia.
Amada, qué delicia el mosto de tus senos,
tus pechos son de miel, dos copas luminosas.
Quisiera no dormir jamás por tener siempre
las olas infinitas de tus pechos.
Amor, la luna no hace una cuna tan blanda,
amada, surco a surco, espiga tras espiga
todo tu cuerpo es campo de batalla.
Amor, dame tu seno y déjame que beba,
amada, ¿qué adivinan tus ojos en mis ojos?
amor, nada tan calmo y febril como tu pecho.

 

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Dalila

Cuentan los libros de jueces historias obscenas.
Dulces historias nacidas de un cándido ayer.
Cuando bajaban a Gaza de putas los héroes.
Tiempos de horror y justicia, de sangre y de fe.
Era Sansón un muchacho de largos cabellos.
Gran jugador, asesino, la flor de Yavé.
Un formidable guerrero de bajos instintos.
Fue el elegido de Dios como Juez de Israel.
Y era Dalila la chica más guapa de Gaza.
Una monada, la joya de todo el burdel.
Piel de manzana perversa, pestañas de luna.
Fuego con muslos de diosa y perfil de mujer.
Con el antiguo calor de esos tiempos se amaron.
Fueron sus noches de pura lujuria y placer.
Pero el amor de Dalila tenía su precio.
Precio que pagan los fieles del culto a Astarté.
¡Ay,
mi Dalila!
Deja que muera en tus brazos de amor otra vez!

 

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Con cantos de sirena hice afinar mi lira
y escuché las preguntas de mi esfinge interior.

Di espinas a la rosa, valor a la mentira,
naufragio a la tormenta y cuerpos al amor.
Sentí del marinero el vago desengaño
de un cielo sin estrellas, de una noche sin luna
y en islas ignoradas viví como un extraño
sin apretar la mano de la diosa Fortuna.
En busca de la fuente de mis propios latidos
hice correr mi pulso con vigor de centella
más perdí la consciencia vital de mis sentidos
en el eco infinito que eterniza su huella.
Cansado de mi mismo, de vuelta de mi lodo
desaprendí el secreto del sagrado temblor:
Los dioses están cerca, le tengo miedo a todo,
la muerte es el pecado, la vida es el amor.

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Conquistador
"¡Aquello de que fui testigo y los combates...!"
La hacienda se oscurece bajo luces granates
que caen. Sobre occidente alza la vista un hombre.

Regidor Bernal Díaz del Castillo es su nombre.
El regidor no duerme, es hombre muy anciano
y esto es lo que ha heredado del tiempo, ya lejano,
en que ganó las tierras estas de Nueva España:
el no dormir, la gloria de su olvidada hazaña,
una mujer morena, sus hijos, ya barbados,
el ver a Moctezuma de verdes coronado,
y pasarse las noches recordando y despierto
con el alma vencida y el corazón desierto.

 

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Ille vetus miles
Y yo que te creía derrotado.
O pensaba más bien
que habrías desertado de la lucha.
O abatido en el fango
(el casco boca arriba
como una palangana)
esperabas la muerte
incapaz de volver a la trinchera.
Aquel viejo soldado
ha vuelto a dispararme.
El enemigo espera sus medallas.

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Un robot no envejece
Un robot no envejece
y ni siquiera tiene sentimientos.
Su mente positrónica se rige por tres leyes:
"Proteger al humano."
"Obedecer sus órdenes
(siempre que no interfieran
con la primera ley.)"
"Protegerse a sí mismo
(esto es, al robot,
siempre que no interfiera
con la primera ley o la segunda.)
Un robot no comprende
quién programó este mundo, tan contrario
a las leyes robóticas.

 

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