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Giovanni Boccaccio

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El Decamerón

 

 

 

JORNADA CUARTA. NOVELA DÉCIMA

…En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades  de los desiertos de la Tebaida se habían retirado.

La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin nada decir a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se  encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después   de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién la enseñara cómo se le debía servir.

El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa,  temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:

            -Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.

            Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas,  comenzó a venirle al pensamiento la juventud y la hermosura de la joven , y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella. Y probando primero con ciertas preguntas, averiguó que no había nunca conocido a hombre y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor le había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:

 -Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose,  dijo:

 -Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?

-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarle.

            Entonces dijo la joven:

            -Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.

Dijo Rústico:

            -Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.

Dijo Alibech:

            -¿El qué?

            Rústico le dijo:

            -Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.

            La joven, de buena fe, repuso:

            -Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.

            Dijo entonces Rústico:

            -Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.

Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus             yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios.

            La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:

            -Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.

            Dijo Rústico:

            -Hija, no sucederá siempre así.

            Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo.

            Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:

 -Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.

            Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:

            -Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.

            Haciendo lo cual, decía alguna vez:

            -Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.

            Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la             cabeza:

            -Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz. Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:

            -Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.

            Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había esta cuestión, por el demasiado deseo y por el menor poder,            sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió  el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa, Alibech quedó heredera de todos sus bienes. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y             encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en             el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio.

            Las mujeres preguntaron:

            -¿Cómo se mete al diablo en el infierno?

            La joven, entre palabras y gestos, se lo mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:

 -No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.

            Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye.

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DAFNI Y CLOE

HEPTAMERÓN

MIGUEL DE CERVANTES

BÉCQUER

JUAN VALERA

EMILIA  PARDO BAZÁN

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FELIPE TRIGO

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

JULIO CORTÁZAR

JOSÉ LUIS SAMPEDRO

DANIEL SUEIRO

ANTONIO MARTÍNEZ MENCHÉN

ISABEL ALLENDE

JOSÉ MARÍA MERINO

JESÚS FELIPE MARTÍNEZ

 

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 JORNADA QUINTA. NOVELA CUARTA.

  No ha pasado, valerosas señoras, mucho tiempo desde que hubo en la Romaña un caballero muy de bien y cortés que fue llamado micer Lizio de Valbona , a quien por acaso, cerca de su vejez, le nació una hija de su mujer llamada doña Giacomina; la cual, más que las demás de la comarca al crecer se hizo hermosa y placentera; y porque era la única que les quedaba al padre y a la madre sumamente por ellos era amada y tenida en estima y vigilada con maravilloso cuidado, esperando concertarle un gran matrimonio. Ahora, frecuentaba mucho la casa de micer Lizio y mucho se entretenía con él un joven hermoso y lozano en su persona, que era de los Manardi de Brettinoro, llamado Ricciardo, del cual no se guardaban micer Lizio y su mujer más que si hubiera sido su hijo; el cual, una vez y otra habiendo visto a la joven hermosísima y gallarda y de loables maneras y costumbres, y ya en edad de tomar marido, de ella ardientemente se enamoró, y con gran cuidado tenía oculto su amor. De lo cual, percibiéndose la joven, sin esquivar el golpe, semejantemente comenzó a amarle a él, de lo que Ricciardo estuvo muy contento.

  Y habiendo muchas veces sentido deseos de decirle algunas palabras,y habiéndose callado por temor, sin embargo una vez, buscando ocasión y valor, le dijo:

   -Caterina, te ruego que no me hagas morir de amor.

   La joven repuso de súbito:

   -¡Quisiera Dios que me hicieses tú más morir a mí!

   Esta respuesta mucho placer y valor dio a Ricciardo y le dijo:

   -Por mí no quedará nada que te sea grato, pero a ti corresponde encontrar el modo de salvar tu vida y la mía.

   La joven entonces dijo:

   -Ricciardo, ves lo vigilada que estoy, y por ello no puedo ver cómo puedes venir conmigo; pero si puedes tú ver algo que pueda hacer sin que me deshonre, dímelo, y yo lo haré. Ricciardo, habiendo pensado muchas cosas, súbitamente dijo:

  -Dulce Caterina mía, no puedo ver ningún camino si no es que pudieras dormir o venir arriba a la galería que está junto al jardín de tu padre, donde, si supiese yo que estabas, por la noche sin falta me las arreglaría para llegar, por muy alta que esté.

   Y Caterina le respondió:

   -Si te pide el corazón venir allí creo que bien podré hacer de manera que allí duerma. Ricciardo dijo que sí, y dicho esto, una sola vez se besaron a escondidas, y se separaron. Al día siguiente, estando ya cerca el final de mayo, la joven comenzó delante de la madre a quejarse de que la noche anterior, por el excesivo calor, no había podido dormir. Dijo la madre:

   -Hija, pero ¿qué calor fue ése? No hizo calor ninguno.

   Y Caterina le dijo:

   -Madre mía, deberíais decir «a mi parecer» y tal vez diríais bien; pero deberíais pensar en lo mucho más calurosas que son las muchachas que las mujeres mayores. La señora dijo entonces:

   -Hija, es verdad, pero yo no puedo hacer calor y frío a mi gusto, como tú parece que querrías; el tiempo hay que sufrirlo como lo dan las estaciones; tal vez esta noche hará más fresco y dormirás mejor.

   -Quiera Dios -dijo Caterina-, pero no suele ser costumbre, yendo hacia el verano, que las noches vayan refrescándose.

   -Pues -dijo la señora-, ¿qué vamos a hacerle?

   Repuso Caterina:

   -Si a mi padre y a vos os placiera, yo mandaría hacer una camita en la galería que está junto a su alcoba y sobre su jardín, y dormiría allí oyendo cantar el ruiseñor; y teniendo un sitio más fresco, mucho mejor estaría que en vuestra alcoba.

   La madre entonces dijo:

   -Hija, cálmate; se lo diré a tu padre, y si él lo quiere así lo haremos. Las cuales cosas oyendo micer Lizio a su mujer, porque era viejo y quizá por ello un tanto malhumorado, dijo:

   -¿Qué ruiseñor es ése con el que quiere dormirse? También voy a hacerla dormir con el canto de las cigarras.

   Lo que sabiendo Caterina, más por enfado que por calor, no solamente la noche siguiente no durmió sino que no dejó dormir a su madre, siempre quejándose del mucho calor. Por lo cual,la madre fue por la mañana a micer Lizio y le dijo:

   -Micer, vos no queréis mucho a esta joven; ¿qué daño os hace durmiendo en esa galería? En toda la noche no ha cerrado el ojo por el calor; y además, ¿os asombráis porque le guste el canto del ruiseñor siendo como es una criatura? A los jóvenes les gustan las cosas semejantes a ellos. Micer Lizio, al oír esto, dijo:

   -Vaya, ¡que le hagan una cama allí y que la rodeen con sarga, y que duerma allí y que oiga cantar el ruiseñor hasta hartarse!

   La joven, enterada de esto, prontamente hizo preparar allí una cama; y debiendo dormir allí la noche siguiente, esperó hasta que vio a Ricciardo y le hizo una señal convenida entre ellos, por la que entendió lo que tenía que hacer.

   Micer Lizio, sintiendo que la joven se había acostado, cerrando una puerta que de su alcoba daba a la galería, del mismo modo se fue a dormir. Ricciardo, cuando observó que todo estaba tranquilo, con la ayuda de una escala subió al muro, y luego desde aquel muro, agarrándose a unos saledizos de otro muro, con gran trabajo (y peligro de precipitarse al vacío), llegó a la galería, donde calladamente con grandísimo gozo fue recibido por la joven; y luego de muchos besos se acostaron juntos y durante toda la noche tomaron uno del otro deleite y placer, haciendo muchas veces cantar al ruiseñor. Y siendo las noches cortas y el placer grande, y sin advertir que estaba amaneciendo, caldeados tanto por el tiempo como por el jugueteo, sin tener nada encima se quedaron dormidos, teniendo Caterina con el brazo derecho abrazado a Ricciardo bajo el cuello y cogiéndole con la mano izquierda por esa cosa que vosotras mucho os avergonzáis de nombrar cuando estáis entre hombres. Y durmiendo de tal manera sin despertarse, llegó el día y se levantó micer Lizio; y acordándose de que su hija dormía en la galería, abriendo la puerta silenciosamente, dijo:

   -Voy a ver cómo el ruiseñor ha hecho dormir esta noche a Caterina. Y saliendo afuera calladamente, levantó la sarga con que estaba oculta la cama, y encontró a Ricciardo y a su hija y destapados, que dormían en la guisa arriba descrita; y habiendo  conocido a Ricciardo, en silencio se fue de allí a la alcoba de su mujer y la llamó diciendo:

   -Anda, mujer, pronto, levántate y ven a ver que tu hija estaba tan deseosa del ruiseñor que lo ha cogido y lo tiene en la mano.

   Dijo la señora:

   -¿Cómo puede ser eso?

   Dijo micer Lizio:

   -Lo verás si vienes enseguida.

   La señora, apresurándose a vestirse, en silencio siguió a micer Lizio, y llegando los dos juntos a la cama y levantada la sarga, claramente pudo ver doña Giacomina cómo su hija había cogido y tenía el ruiseñor que tanto deseaba oír cantar. Por lo que la señora sintiéndose gravemente engañada por Ricciardo quiso dar gritos y decirle grandes injurias, pero micer Francisco le dijo:

   -Mujer, guárdate, si estimas mi amor, de decir palabra porque en verdad, ya que lo ha cogido, será suyo. Ricciardo es un joven noble y rico; no puede darnos sino buen linaje; si quiere separarse de mí con buenos modos tendrá que casarse primero con ella, así se encontrará con que ha metido el ruiseñor en su jaula y no en la ajena.

   Por lo que la señora, consolada, viendo que su marido no estaba irritado por este asunto, y considerando que su hija había pasado una buena noche y había descansado bien y había cogido el ruiseñor, se calló. Y pocas palabras dijeron después de éstas, hasta que Ricciardo se despertó; y viendo que era día claro se tuvo por muerto, y llamó a Caterina diciendo:

   -¡Ay de mí, alma mía! ¿Qué haremos, que ha venido el día y me ha cogido aquí?

    A cuyas palabras micer Lizio, llegando de dentro y levantando la sarga contestó:

   -Haremos lo que podamos.

   Cuando Ricciardo lo vio, le pareció que le arrancaban el corazón del pecho; e incorporándose en la cama dijo:

   -Señor mío, os pido merced por Dios, sé que como hombre desleal y malvado he merecido la muerte, y por ello haced de mí lo que os plazca, pero os ruego, si puede ser, que tengáis piedad de mi vida y no me matéis.

Micer Lizio le dijo:

    -Ricciardo, esto no lo ha merecido el amor que te tenía y la confianza que ponía en ti; pero puesto que es así, y que a tan gran falta te ha llevado la juventud, para salvarte de la muerte y a mí de la deshonra, antes de moverte toma a Caterina por tu legítima esposa, para que, así como esta noche ha sido tuya, lo sea mientras viva; y de esta guisa puedes mi perdón y su salvación lograr, y si no quieres hacer eso encomienda a Dios tu alma.

   Mientras estas palabras se decían, Caterina soltó el ruiseñor y, despertándose, comenzó a llorar amargamente y a rogar a su padre que perdonase a Ricciardo; y por otra parte rogaba a Ricciardo que hiciese lo que micer Lizio quería, para que con tranquilidad y mucho tiempo pudiesen pasar juntos tales noches. Pero no hubo necesidad de muchos ruegos porque, por una parte, la vergüenza de la falta cometida y el deseo de enmendarla y, por otra, el miedo a morir y el deseo de salvarse, y además de esto el ardiente amor y el apetito de poseer la cosa amada, de buena gana y sin tardanza le hicieron decir que estaba dispuesto a hacer lo que le placía a micer Lizio; por lo que pidiendo micer Lizio a la señora Giacomina uno de sus anillos, allí, sin moverse, en su presencia, Ricciardo tomó por mujer a Caterina. La cual cosa hecha, micer Lizio y su mujer, yéndose, dijeron:

    -Descansad ahora, que tal vez lo necesitáis más que levantaros.

    Y habiendo partido ellos, los jóvenes se abrazaron el uno al otro, y no habiendo andado más que seis millas por la noche anduvieron otras dos antes de levantarse, y terminaron su primera jornada.      Levantándose luego, y teniendo ya Ricciardo una ordenada conversación con micer Lizio, pocos días después, como convenía, en presencia de sus amigos y de los parientes, de nuevo desposó a la joven y con gran fiesta se la llevó a su casa y celebró honradas y hermosas bodas, y luego con él largamente en paz y tranquilidad, muchas veces y cuanto quiso dio caza a los ruiseñores de día y de noche.

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 JORNADA QUINTA. NOVELA OCTAVA

  En Rávena, antiquísima ciudad de Romaña, ha habido muchos nobles y ricos hombres, entre los cuales un joven llamado Nastagio de los Onesti , que por la muerte de su padre y de un tío suyo quedó riquísimo sin medida, el cual, así como ocurre a los jóvenes, estando sin mujer, se enamoró de una hija de micer Paolo Traversaro, joven mucho más noble de lo que él era, cobrando esperanza de poder inducirla a amarlo con sus obras. Las cuales, aunque grandísimas, buenas y loables fuesen, no solamente de nada le servían sino que parecía que le perjudicaban, tan cruel y arisca se mostraba la jovencita amada, tan altiva y desdeñosa (tal vez a causa de su singular hermosura o de su nobleza) que ni él ni nada que él hiciera le agradaba; lo cual  le era tan penoso de soportar a Nastagio, que muchas veces por dolor, después de haberse lamentado, le vino el deseo de matarse; pero refrenándose, sin embargo, se propuso muchas veces dejarla por completo o, si pudiera, odiarla como ella le odiaba a él. Pero en vano tal decisión tomaba porque parecía que cuanto más le faltaba la esperanza tanto más se multiplicaba su amor.

     Perseverando, pues, el joven en amar y en gastar desmesuradamente, pareció a algunos de sus amigos y parientes que él mismo y sus haberes por igual iban a consumirse; por lo cual muchas veces le rogaron y aconsejaron que se fuera durante algún tiempo a vivir  a algún otro sitio, porque, haciéndolo así, haría disminuir el amor y los gastos. De este consejo muchas veces se burló Nastagio; mas, sin embargo, siendo requerido por ellos, no pudiendo decir tanto que no, dijo que lo haría, y haciendo hacer grandes preparativos, como si a Francia o a España o a algún otro lugar lejano ir quisiese, montado a caballo y acompañado por algunos de sus amigos, salió  y se fue a un lugar a unas tres millas de Rávena , que se llamaba Chiassi; y haciendo traer allí pabellones y tiendas, dijo a quienes le habían acompañado que quería quedarse allí y que ellos se volvieran a Rávena. Quedándose aquí, pues, Nastagio, comenzó a darse la mejor vida que nunca nadie se dio, s invitando a cenar y a almorzar ahora a éstos y ahora a aquéllos, como acostumbraba. Pero sucedió que un viernes, a comienzos de de mayo, un día  de tiempo  pacible, mandó  a todos sus criados que le dejasen solo , para poder pensar más a su gusto en su dama y , caminando , se quedó abstraído.

     Y habiendo pasado ya casi la hora quinta del día, y habiéndose adentrado ya una medía milla por el pinar, no acordándose de comer ni de ninguna otra cosa, súbitamente le pareció oír un grandísimo llanto y ayes altísimos dados por una mujer, por lo que, rotos sus dulces pensamientos, levantó la cabeza por ver qué fuese, y se maravilló viéndose en el pinar; y además de ello, mirando hacia adelante,  vio venir por un bosquecillo bastante tupido de arbustillos y de zarzas, corriendo hacia el lugar donde estaba, una hermosísima joven desnuda, desmelenada y toda arañada por las ramas y las zarzas, llorando y pidiendo piedad a gritos; y además de esto, vio a sus flancos dos grandes y feroces mastines, los cuales, corriendo tras ella rabiosamente, muchas veces cruelmente donde la alcanzaban la mordían; y detrás de ella vio venir sobre un corcel negro a un caballero moreno, de rostro muy sañudo, con un estoque en la mano, amenazándola de muerte con palabras espantosas e injuriosas. Esto  primero despertó en su ánimo maravilla y espanto  y, por último, piedad por la desventurada mujer, de lo que nació deseo de librarla de tal angustia y muerte, si pudiera. Pero encontrándose sin armas, recurrió a coger una rama de un árbol en lugar de bastón y comenzó a salir al encuentro a los perros y contra el caballero.

     Pero el caballero que esto vio, le gritó desde lejos:

     -Nastagio, no te molestes, deja hacer a los perros y a mí lo que esta mala mujer ha merecido.

      Y diciendo así, los perros, cogiendo fuertemente a la joven por los flancos, la detuvieron, y alcanzándolos el caballero se bajó del caballo; acercándose al cual Nastagio, dijo:

-No sé quién eres tú que así me conoces, pero sólo te digo que gran vileza es para un caballero armado querer matar a una mujer desnuda y haberle echado los perros detrás como si fuese una bestia salvaje; ciertamente la defenderé cuanto pueda.

El caballero entonces dijo:

     -Nastagio, yo soy natural de la misma ciudad que tú, y eras todavía un muchacho pequeño cuando yo, que fui llamado micer Guido de los Anastagi, estaba mucho más enamorado de ésta que lo estás tú ahora de la de los Traversari; y por su fiereza y crueldad de tal manera  aumentó mi desgracia que un día desesperado me maté, con este estoque que me ves en la mano,  y estoy condenado a las penas eternas. Y no había pasado mucho tiempo cuando ésta, que con mi muerte se había alegrado desmesuradamente, murió, y por el pecado de su crueldad y la alegría que sintió con mis tormentos no arrepintiéndose, como quien no creía con ello haber pecado sino hecho méritos, del mismo modo fue (y está) condenada a las penas del infierno; en el cual este el fue el castigo  que se nos impuso : a ella, que  huyera delante, y a mí, que la amé tanto, seguirla como a mortal enemiga, no como a mujer amada, y cuantas veces la alcanzo, tantas con este estoque con el que me maté la mato a ella y le abro la espalda, y aquel corazón duro y frío en donde nunca el amor ni la piedad pudieron entrar, junto con las demás entrañas  le arranco del cuerpo y se las doy a comer a estos perros. Y no pasa mucho tiempo hasta que ella, como la justicia y el poder de Dios ordena, como si no hubiera estado muerta, resurge y de nuevo empieza la dolorosa fuga, y los perros y yo a seguirla, y sucede que todos los viernes hacia esta hora la alcanzo aquí, y aquí hago el destrozo que verás; y los otros días no creas que reposamos sino que la alcanzo en otros lugares donde ella cruelmente contra mí pensó y obró; y habiéndome de amante convertido en su enemigo, como ves, tengo que seguirla de esta guisa cuantos meses fue ella cruel enemigo. Así pues, déjame poner en ejecución la justicia divina, y no quieras oponerte a lo que no podrías vencer.

     Nastagio, oyendo estas palabras, muy temeroso y no teniendo un pelo encima que no se le hubiese erizado, echándose atrás y mirando a la mísera joven, se puso a esperar lleno de pavor lo que iba a hacer el caballero, el cual, terminada su explicación, como un perro rabioso, con el estoque en mano se le echó encima a la joven que, arrodillada, y sujetada fuertemente por los dos mastines, le pedía piedad; y con todas sus fuerzas le dio en medio del pecho y la atravesó hasta la otra parte. Cuando la joven hubo recibido este golpe cayó boca abajo, siempre llorando y gritando; y el caballero, echando mano al cuchillo, le abrió los costados y sacándole fuera el corazón, y todas las demás cosas de alrededor, a los dos mastines las arrojó; los cuales, famélicos las comieron; y no pasó mucho hasta que la joven, como si ninguna de estas cosas hubiesen pasado, súbitamente se levantó y empezó a huir hacia el mar, y los perros siempre tras ella hiriéndola, y el caballero volviendo a montar a caballo y cogiendo de nuevo su estoque, comenzó a seguirla, y en poco tiempo se alejaron, de manera que ya Nastagio no podía verlos. El cual, habiendo visto estas cosas, largo rato estuvo entre piadoso y temeroso, y luego de un tanto le vino a la cabeza que esta cosa podía muy bien ayudarle, puesto que todos los viernes sucedía; por lo que, señalado el lugar, se volvió con sus criados y luego, cuando le pareció, mandando a por muchos de sus parientes y amigos, les dijo:

     -Muchas veces me habéis animado a que deje de amar a esta enemiga mía y ponga fin a mis gastos: y estoy presto a hacerlo si me conseguís una gracia, la cual es ésta: que el viernes que viene hagáis que micer Paolo Traversari y su mujer y su hija y todas las damas parientes suyas, y otras que os parezca, vengan aquí a almorzar conmigo. Lo que quiero con esto lo veréis entonces. A ellos les pareció una cosa bastante fácil de hacer y se lo prometieron; y vueltos a Rávena, cuando fue oportuno invitaron a quienes Nastagio quería, y aunque fue difícil llevar a la joven amada por Nastagio, sin embargo allí fue junto con las otras. Nastagio hizo preparar magníficamente de comer y  poner la mesa bajo los pinos en el pinar que rodeaba aquel lugar donde había visto el destrozo de la mujer cruel; y haciendo sentar a la mesa a los hombres y a las mujeres, los dispuso de manera que la joven amada fue puesta en el mismo lugar frente al cual debía suceder el caso.

     Habiendo, pues, servido ya la última vianda, he aquí que el alboroto desesperado de la perseguida joven empezó a ser oído por todos, de lo que se maravillaron mucho y preguntaron qué era aquello; pero nadie lo supo decir, y poniéndose todos en pie y mirando lo que pudiese ser, vieron a la doliente joven y al caballero y a los perros que venían havia ellos. Se  produjo un gran alboroto  clamando todos contra los perros y el caballero, y muchos se adelantaron a ayudar a la joven ; pero el caballero, hablándoles como había hablado a Nastagio, no solamente los hizo retroceder, sino que a todos espantó y llenó de maravilla; y haciendo lo que la otra vez había hecho, cuantas mujeres allí había (que bastantes habían sido parientes de la doliente joven y del caballero, y que se acordaban del amor y de la muerte de él), todas tan miserablemente lloraban como si a ellas mismas aquello les hubieran querido hacer.

     Y llegando el caso a su término, y habiéndose ido la mujer y el caballero, todos debatieron bastante tiempo sobre los pormenores del suceso; pero entre quienes más espanto sintieron estuvo la joven amada por Nastagio; la cual, habiendo visto y oído claramente lo ocurrido, y sabiendo que a ella más que a ninguna otra persona que allí estuviera tocaban tales cosas, pensando en la crueldad siempre por ella usada contra Nastagio, ya le parecía ir huyendo delante de él, airado, y llevar a los flancos los mastines. Y tanto fue el miedo que de esto sintió que para que no le sucediese a ella, no veía el momento (que aquella misma noche se le presentó) para, habiéndose su odio cambiado en amor, a una fiel camarera mandar secretamente a Nastagio, que de su parte le rogó que le pluguiera juntarse con ella, porque estaba pronta a hacer todo lo que a él le  apeteciese.  Nastagio le respondió que aquello le era muy grato, pero que, si le placía, quería que su placer fuese con honor suyo, y esto era tomándola como mujer.

     La joven, que sabía que no dependía más que de ella ser la mujer de Nastagio, le hizo decir que estaba encantada; por lo que, siendo ella misma mensajera, a su padre y a su madre dijo que quería ser la mujer de Nastagio, con lo que ellos estuvieron muy contentos; y el domingo siguiente Nastagio se casó con ella, y, celebradas las bodas,  vivió contento con ella mucho tiempo. Y no fue este susto ocasión solamente de este bien,  sino que todas las mujeres ravenenses sintieron tanto miedo que fueron siempre luego más dóciles a los placeres de los hombres que antes lo habían sido

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 JORNADA SÉPTIMA . NOVELA SÉPTIMA

      Debéis saber que en París vivió un hombre noble florentino, el cual, por su pobreza, se había hecho mercader, y le había ido tan bien con el comercio que se había hecho en él riquísimo; y tenía de su mujer un solo hijo al que había llamado Ludovico. Y para que a la nobleza del padre y no al comercio saliese, no lo había el padre querido poner en ningún negocio sino que lo había puesto con otros hombres nobles al servicio del rey de Francia, donde muchas buenas maneras y buenas cosas había aprendido. Y estando allí, sucedió que ciertos caballeros que volvían del Sepulcro, mezclándose en una conversación de los jóvenes entre los que estaba Ludovico, y oyéndolos razonar entre sí sobre las damas hermosas de Francia y de Inglaterra y de otras partes del mundo, comenzó uno de ellos a decir que ciertamente de cuanto mundo él había recorrido y de cuantas mujeres había visto, nunca una hermosura semejante a la mujer de Egano de los Galluzzi de Bolonia, llamada doña Beatriz, había visto; en lo que todos sus compañeros que junto con él la habían visto en Bolonia, concordaron, la cual cosa escuchando Ludovico, que todavía no se había enamorado de ninguna, se inflamó en tanto deseo de verla que en otra cosa no podía fijar el pensamiento; y del todo dispuesto a ir hasta Bolonia a verla, y allí quedarse si a ella le placía, dio a entender a su padre que quería ir al Sepulcro, lo que consiguió con gran dificultad. Poniéndose, pues, de nombre Aniquino, llegó a Bolonia, y como quiso la fortuna, al día siguiente vio a esta señora en una fiesta, y con mucho le pareció más hermosa de lo que pensado había; por lo que, enamorándose ardentísimamente de ella, se propuso no irse nunca de Bolonia si no conseguía su amor. Y pensando en qué camino debía seguir para ello, dejando cualquier otro decidió que, si pudiera hacerse criado del marido de ella, que tenía muchos, por acaso podría sucederle lo que deseaba. Vendidos, pues, sus caballos, y colocados sus criados de manera que estaban bien, habiéndoles ordenado que fingiesen no conocerlo, habiendo hecho amistad con su posadero, le dijo que de buena gana entraría como servidor de algún señor de bien, si alguno pudiese encontrar; al cual dijo el posadero: -Tú eres propiamente un sirviente que debía de ser muy apreciado por un hombre noble de esta tierra que tiene por nombre Egano, el cual tiene muchos, y todos los quiere aparentes como eres tú; yo le hablaré de ello.

     Y como dijo, así lo hizo; y antes que se separase de Egano, hubo colocado con él a Aniquino, el cual le agradó lo más que podía ser. Y viviendo con Egano y teniendo oportunidades de ver con mucha frecuencia a su gobierno, tan bien y tan de grado comenzó a servir a Egano que éste le tomó tanto amor que sin él no sabía hacer ninguna cosa; y no solamente de sí sino de todas las cosas le había encomendado el gobierno. Sucedió un día que, habiendo ido Egano de cetrería y quedándose Aniquino en casa, doña Beatriz, que de su amor no se había apercibido todavía por mucho que para sí misma, mirándole a él y a sus maneras, muchas veces le había elogiado y le agradase, se puso con él a jugar al ajedrez; y Aniquino, que agradarle deseaba, muy diestramente se dejaba vencer; de lo que la señora hacía maravillosas fiestas . Y habiéndose apartado de mirarlos jugar todas las damas de la señora y dejándolos jugando solos, Aniquino lanzó un grandísimo suspiro.

     La señora, mirándolo, dijo:

     -¿Qué tienes, Aniquino? ¿Tanto te duele que te venza?

     -Señora -repuso Aniquino-, mucho mayor cosa que lo es ésta fue la razón de mi suspiro. Dijo entonces la señora:

      -¡Ah! Dímela, si me quieres bien.

     Cuando Aniquino se oyó rogar «si la quería bien» por quien sobre todas las cosas amaba, lanzó uno mucho mayor de lo que lo había sido el primero; por lo que la señora otra vez le rogó que le pluguiese decirle cuál era la razón de sus suspiros.

     A quien Aniquino dijo:

     -Señora, mucho temo que os sea molesta si os la digo y además temo que la digáis a otra persona. A quien la señora dijo:

     -Por cierto que no me será enojoso; y estate seguro de esto, que nada que tú me digas, sino cuando te plazca, le diré a nadie nunca.

    Entonces dijo Aniquino:

    -Puesto que así me lo prometéis, os lo diré.

    Y con las lágrimas en los ojos le dijo quién era él, lo que de ella había oído y dónde, y cómo de ella se había enamorado y cómo venido, y por qué había entrado como servidor del marido; y luego, humildemente le rogó que si podía ser le pluguiera tener piedad de él y complacerle en este su secreto y tan ferviente deseo; y que, si esto no quería hacer, que, dejándolo estar en el traje en que estaba, le permitiese amarla. ¡Oh, singular dulzura de la sangre boloñesa, que digna de alabanza has sido siempre en tales casos! Nunca te enorgulleciste de las lágrimas y los suspiros y continuamente has sido sensible a las súplicas, y a los amorosos deseos doblegable; si yo tuviera dignas loas para alabarte, nunca saciada se vería mi voz. La noble señora, al hablar Aniquino, le miraba; y dando plena fe a sus palabras, con tanta fuerza recibió por sus ruegos el amor en la mente, que también ella comenzó a suspirar, y luego de algún suspiro repuso:

     -Dulce Aniquino mío, ten buen ánimo: ni dones ni promesas ni cortejar de nobles ni de señor alguno ni de ningún otro (que he sido y soy cortejada por muchos) nunca pudo mover mi ánimo tanto que amase a alguno; pero tú en tan poco tiempo como han durado tus palabras me has hecho más tuya que lo soy mía. Juzgo que óptimamente has ganado mi amor, y por ello te lo doy y te prometo que te haré gozar de él antes de que termine esta noche que viene. Y para que esto tenga lugar, hacia la medianoche vendrás a mi alcoba; yo dejaré la puerta abierta; sabes de qué lado de la cama duermo yo; vendrás allí y si durmiere, tócame hasta que me despierte, y te consolaré de tan largo deseo como has sentido; y para que lo creas quiero darte un beso en prenda.

     Y echándole un brazo al cuello, amorosamente lo besó, y Aniquino a ella. Dichas estas cosas, Aniquino, dejando a la señora, se fue a hacer algunas de sus obligaciones, esperando con la mayor alegría del mundo que llegase la noche. Egano volvió de la caza, y cuando hubo cenado, como estaba cansado se fue a dormir, y la señora tras él; y como había prometido dejó la puerta de la alcoba abierta; a la cual, a la hora que le había sido dicha, vino Aniquino y calladamente entrando en la alcoba y volviendo a cerrar la puerta por dentro, del lado donde dormía la señora se fue, y poniéndole la mano en el pecho la encontró que no dormía. La cual, como sintió llegar a Aniquino, tomando su mano con las dos suyas y sujetándolo fuerte, dándose vueltas en la cama tanto hizo que despertó a Egano que dormía; al cual dijo: -No quise decirte nada anoche porque me pareciste cansado; pero dime, así te guarde Dios, Egano, ¿a cuál tienes tú por el mejor criado y el más leal, y quién amas más, de los que tienes en casa? Repuso Egano:

     -¿Qué es eso, mujer, qué me preguntas? ¿No lo sabes? No hay ni ha habido nunca ninguno de quien tanto me fiase o me fíe o ame, cuanto me fío y amo a Aniquino. Pero ¿por qué me lo preguntas? Aniquino, sintiendo despierto a Egano y oyendo hablar de él, había muchas veces tirado de la mano hacia sí para irse, temiendo mucho que la señora quisiese engañarle; pero ésta lo había sujetado y lo sujetaba de manera que no había podido alejarse ni podía.

     La señora repuso a Egano, y dijo:

     -Yo te lo diré. Yo creía que era que fuese como tú dices y que más fiel que ninguno otro te fuera; pero me ha engañado, porque cuando te fuiste hoy de cetrería, él se quedó aquí, y cuando le pareció oportuno no se avergonzó de pedirme que consintiera en hacer su gusto; y yo, para que esta cosa no necesitase probarte con demasiadas pruebas, y para hacértelo tocar y ver, repuse que me parecía bien y que esta noche, pasada la medianoche, iré al jardín nuestro y le esperaré al pie del pino. Ahora, en cuanto a mí yo no entiendo ir allí, pero si tienes ganas de conocer la fidelidad de tu criado, puedes fácilmente, poniéndote encima una de mis sayas y en la cabeza un velo, ir allá abajo a esperar si viene, que estoy segura de que sí. Egano, oyendo esto, dijo:

     -Por cierto que conviene que lo vea.

     Y levantándose como mejor pudo en la oscuridad, se puso una saya de la señora en la cabeza, y se fue al jardín y al pie de un pino se puso a esperar a Aniquino. La señora, como lo sintió levantado y fuera de la alcoba, se levantó y cerró la puerta por dentro. Aniquino, que el mayor miedo que nunca había sentido sintió, y que cuanto podía se había esforzado en salir de las manos de la señora y cien mil veces a ella y a su amor y a sí mismo, que confiado se había, había maldito, oyendo lo que al final había hecho, fue el hombre más feliz que nunca hubo; y habiendo la señora vuelto a la cama, como quiso ella, como ella se desnudó, y juntos se solazaron y disfrutaron por buen espacio de tiempo.

     Luego, no pareciendo a la señora que Aniquino debiese quedarse más, lo hizo levantarse y volver a vestirse, y así le dijo:

     -Dulces labios míos, coge un buen bastón y vete al jardín, y fingiendo haberme requerido para tentarme, como si fuese yo misma, dirás insultos a Egano y me lo sacudirás bien con el bastón, porque de ello se seguirá luego maravilloso deleite y placer.

     Levantándose Aniquino y yendo al jardín con una vara de sauce en la mano, cuando llegó junto al pino y Egano lo vio venir, y levantándose como si quisiese recibirlo con grandísima fiesta, le salió al encuentro; al cual dijo Aniquino:

     -¡Ay, mala mujer, así que has venido! ¿Y has creído que yo quisiera o quiero a mi señor hacerle esta afrenta? ¡Seas mil veces mal venida!

     Y alzando el bastón, comenzó a sacudirlo.

     Egano, al oír esto y ver el bastón, sin decir palabra comenzó a huir, y tras él Aniquino, siempre diciendo:

     -Fuera, que Dios te dé malahora, mala mujer, que por cierto que mañana se lo diré a Egano. Egano, habiendo recibido dos de las buenas, lo antes que pudo se volvió a la alcoba; al cual preguntó la señora si Aniquino había venido al jardín.

Egano dijo:

     -Así no hubiera ido, porque creyendo que eras tú me ha molido con un bastón y dicho las mayores injurias que nunca se han dicho a una mala mujer. Y así yo me maravillaba mucho de que él te hubiese dicho aquellas palabras con ánimo de hacer algo que fuese en vergüenza mía; sino que porque te vio tan alegre y cordial, quiso probarte.

     -Entonces -dijo la señora-, alabado sea Dios porque a mí me ha probado con palabras y a ti con obras; y creo que podría decir que yo soporto con más paciencia las palabras que tú las obras. Mas puesto que tal lealtad te tiene, hay que tenerlo en estima y honrarle.

     Egano dijo:

     -Por cierto que dices la verdad.

     Y basándose en aquello, era de la opinión de que tenía la mujer más leal y el más fiel servidor que nunca había tenido un noble; por la cual cosa, como luego muchas veces con Aniquino, éste y la señora riesen de este hecho, Aniquino y la señora tuvieron mucha más facilidad de la que por ventura habrían tenido para hacer aquello que les daba deleite y placer mientras que a Aniquino le plugo quedarse con Egano en Bolonia.

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 JORNADA OCTAVA NOVELA OCTAVA

    Debéis, pues, saber, que en Siena, como he oído decir, hubo dos jóvenes asaz acomodados y de buenas familias plebeyas, de los cuales uno se llamaba Spinelloccio de Távena y el otro Zeppa de Mino, y los dos eran vecinos en Cainollia . Estos dos jóvenes siempre estaban juntos y, a lo que parecía se amaban como si fuesen hermanos o más; y cada uno tenía por mujer a una muy hermosa. Ahora bien, sucedió que yendo Spinelloccio muy frecuentemente a casa de Zeppa, estando allí Zeppa o sin estar, de tal manera intimó con la mujer de Zeppa que comenzó a acostarse con ella; y así continuaron durante bastante tiempo sin que nadie se apercibiese. Pero al cabo, estando un día Zeppa en casa y no sabiéndolo su mujer, Spinelloccio vino a buscarlo. La mujer dijo que no estaba en casa; con lo que Spinelloccio, subiendo prestamente y encontrando a la mujer en la sala, y viendo que nadie más había, abrazándola, comenzó a besarla, y ella a él. Zeppa, que esto vio, no dijo palabra sino que se quedó escondido para ver a dónde llegaba aquel juego; y en breve vio a su mujer y a Spinelloccio irse así abrazados a la alcoba y encerrarse en ella; de lo que mucho se enfureció. Pero sabiendo que ni por hacer un alboroto ni por otra cosa se aminoraría su ofensa, sino que crecería el deshonor, se puso a pensar qué venganza podría tomar que, sin divulgarse, tranquilizase a su ánimo. Y después de mucho pensar, pareciéndole haber encontrado el modo, estuvo tanto tiempo escondido cuanto Spinelloccio estuvo con su mujer; y en cuanto se hubo ido entró él en su alcoba, donde encontró a su mujer que todavía no había terminado de colocarse en la cabeza la toca, que jugueteando Spinelloccio le había desordenado; y dijo:

     -Mujer, ¿qué haces?

     A lo que la mujer respondió:

     -¿No lo ves?

     Dijo Zeppa:

     -Bien lo veo, ¡y también he visto otra cosa que no querría! Y con ella empezó a hablar de las cosas ocurridas; y ella, con grandísimo temor, después de mucho darle vueltas, habiéndole confesado lo que claramente negar no podía de su intimidad con Spinefloccio, llorando comenzó a pedirle perdón. A quien Zeppa dijo:

     -Mira, mujer, has hecho mal; y si quieres que te lo perdone piensa en hacer obedientemente lo que voy a ordenarte, que es esto: quiero que digas a Spinelloccio que mañana por la mañana hacia la hora de tercia encuentre alguna razón para separarse de mí y venir contigo; y cuando esté aquí, yo volveré, y al oírme, hazlo meterse en este arcón y enciérralo dentro; luego, cuando hayas hecho esto, te diré lo demás que tienes que hacer; y en hacer esto no tengas ningún temor porque te prometo que no le haré ningún mal.

La mujer, por satisfacerle, dijo que lo haría; y así lo hizo. Llegado el día siguiente, estando Zeppa y Spinelloccio juntos, hacia la hora de tercia, Spinelloccio, que había prometido a la mujer ir a verla a aquella hora, dijo a Zeppa:

     -Esta mañana tengo que ir a almorzar con un amigo a quien no quiero hacer esperar, así que quédate con Dios.

     Dijo Zeppa:

     -Todavía no es hora de almorzar hasta dentro de un rato.

     Spinelloccio dijo:

     -No importa; tengo también que hablar con él de un asunto mío; de manera que me conviene estar temprano.

     Separándose, pues, Spinelloccio de Zeppa, dando una vuelta, se fue a su casa con su mujer; y había acabado de entrar en la alcoba cuando Zeppa volvió; el cual, al sentirlo la mujer, mostrándose muy miedosa, le hizo meterse en el arcón que su marido le había dicho, y lo encerró dentro y salió de la alcoba. Zeppa, llegando arriba, dijo:

    -Mujer, ¿es hora de almorzar?

     La mujer respondió:

     -Si, ya es.

     Dijo entonces Zeppa:

     -Spinelloccio ha ido a almorzar con un amigo suyo y ha dejado sola a su mujer; asómate a la ventana y llámala, y dile que venga a almorzar con nosotros.

     La mujer, temiendo por ella misma, y por eso muy obediente, hizo lo que el marido le ordenaba. La mujer de Spinelloccio, rogándoselo mucho la mujer de Zeppa, vino allí al oír que su marido no venía a almorzar; y cuando ella hubo llegado, Zeppa, haciéndole grandes halagos y cogiéndola familiarmente por la mano, mandó en voz baja a su mujer que se fuese a la cocina, y a ella se la llevó a la alcoba; y cuando estuvo allí quedándose atrás, cerró la alcoba por dentro. Cuando la mujer le vio cerrar la alcoba por dentro, dijo:

    -¡Ay, Zeppa!, ¿qué quiere decir esto? ¿Éste es el amor que tenéis a Spinelloccio y la leal compañía que me hacéis?

     A quien Zeppa, acercándose al arcón donde estaba encerrado su marido y agarrándola bien, dijo: -Señora, antes de quejarte, escucha lo que voy a decirte: yo he amado y amo a Spinelloccio como a un hermano; y ayer, sin saberlo él, me encontré con que la confianza que yo tenía en él había llegado a que él con mi mujer se acuesta como lo hace contigo; ahora bien, como le amo, no entiendo tomar otra venganza contra él sino la que iguale a la ofensa: él hatenido a mi mujer y yo entiendo tenerte a ti. Si tú no quieres, tendré que cogerlo en ello y como no pienso dejar esta ofensa sin castigo, le daré uno con el que ni tú ni él estaréis nunca contentos.

     La mujer, al oír esto, y luego de muchas confirmaciones que le dio Zeppa, creyéndole, dijo:

     -Zeppa mío, puesto que esta venganza debe caerme encima, estoy contenta de ello, siempre que hagas que esto que debemos hacer no me enemiste con tu mujer tal como yo espero seguir en paz con ella a pesar de lo que me ha hecho.

     A quien Zeppa contestó:

     -Con seguridad eso haré; y además de ello te daré una joya tan hermosa y preciada como ninguna otra tienes.

     Y dicho esto, abrazándola y comenzando a besarla, la echó sobre el arcón donde estaba encerrado su marido, y allí encima, cuanto le plugo se solazó con ella y ella con él. Spinelloccio, que en el arcón estaba y había oído todas las palabras dichas por Zeppa y la respuesta de su mujer, y luego había sentido la danza trevisana que le bailaban sobre la cabeza, durante un rato grandísimo sintió tal dolor que le parecía morir; y si no fuese porque temía a Zeppa, le habría gritado a su mujer un gran insulto, así encerrado como estaba. Luego, pensando mejor que la injuria la había empezado él y que Zeppa tenía razón en hacerle lo que le hacía y que hacia él se había comportado humanamente y como amigo, se dijo a sí mismo que debía ser más amigo que nunca de Zeppa, si éste quería. Zeppa, después de estar con la mujer cuanto quiso, bajó del arcón, y pidiéndole la mujer la joya prometida abriendo la alcoba, hizo venir a su mujer, la cual no dijo otra cosa sino:

     -Señora me habéis dado un pan por unas tortas -y lo dijo riéndose-. A quien Zeppa dijo:

     -Abre ese arcón -y ella lo hizo; dentro del cual enseñó a la señora a su Spinelloccio. Y largo sería de decir cuál de los dos se avergonzó más, si Spinelloccio viendo a Zeppa y sabiendo que sabía lo que él había hecho, o la mujer viendo a su marido y conociendo que él había oído y sentido lo que le había hecho sobre la cabeza.

     A la cual dijo Zeppa:

    -Aquí está la joya que te doy.

     Spinelloccio, saliendo del arcón, sin gastar muchas palabras, dijo:

     -Zeppa, estamos igualados, y por ello está bien, como le decías antes a mi mujer, que sigamos siendo amigos como solíamos: y no teniendo entre nosotros nada que no sea común sino las mujeres, que también las mujeres compartamos.

     Zeppa estuvo contento, y en la mayor paz del mundo almorzaron los cuatro juntos; y de entonces en adelante cada una de aquellas mujeres tuvo dos maridos y cada uno de ellos tuvo dos mujeres sin que tuvieran nunca ninguna discusión ni enfado por aquello.

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JORNADA NOVENA. NOVELA SEGUNDA

Debéis saber, pues, que en Lombardía hubo un monasterio famosísimo por su santidad y religión en el cual, entre otras monjas que allí convivían, había una joven de sangre noble y dotada de maravillosa hermosura, llamada Isabetta. Habiendo venido ésta un día a la reja para hablar con un pariente suyo, se enamoró de un apuesto joven que con él estaba; y éste, viéndola hermosísima, y  habiendo entendido su deseo con los ojos, igualmente se inflamó por ella, pero, no sin gran tristeza de ambos, este amor no tuvo ningún fruto durante mucho tiempo . Hasta que un día encontró el joven una vía para reunirse con su amada en secreto; con lo que, alegrándose ella, no una vez, sino muchas, con gran placer de los dos, la visitó.    Pero tras muchos encuentros, sucedió que una de las monjas  le vio ir a reunirse con Isabetta y volver, y se lo comunicó a las demás. Y primero tomaron la decisión de acusarla a la abadesa,  doña Usimbalda, buena y santa señora según su opinión y de cualquiera que la conociese; luego pensaron, para que no pudiese negarlo, en hacer que la abadesa la sorprendiese con el joven, y, así, callándose, se repartieron entre sí las vigilias y las guardias secretamente para cogerla. Y, no cuidándose Isabetta de esto ni sabiendo nada de ello, sucedió que le hizo venir una noche; lo que inmediatamente supieron las que estaban a la expectativa. Las cuales, cuando les pareció oportuno, estando ya la noche avanzada, se dividieron en dos grupos: una parte se puso en guardia a la puerta de la celda de Isabetta y otra se fue corriendo a la alcoba de la abadesa, y dando golpes en la puerta de ésta, dijeron:

     -¡Sús!, señora, levantaos deprisa, que hemos encontrado a Isabetta con un joven en la celda.

     Estaba aquella noche la abadesa acompañada de un cura al cual hacia venir con frecuencia metido en un arcón; y, al oír esto, temiendo que las monjas fuesen a golpear tanto la puerta (por demasiada prisa o demasiado afán) que se abriese, apresuradamente se puso en pie y lo mejor que pudo se vistió a oscuras, y creyendo coger unas tocas dobladas que llevan sobre la cabeza y las llaman «el salterio», cogió los calzones del cura, y tanta fue la prisa que, sin darse cuenta, en lugar del salterio se los echó a la cabeza y salió, y prestamente se cerró la puerta tras ella, diciendo:

     -¿Dónde está esa maldita de Dios?

     Y con las demás, que tan excitadas y atentas estaban para que encontrasen a Isabetta en pecado que de lo que llevase en la cabeza la abadesa no se dieron cuenta, llegó a la puerta de la celda de ésta y, ayudada por las otras, la echó abajo; y entradas dentro, en la cama encontraron a los dos amantes abrazados, los cuales, de un tan súbito acontecimiento aturdidos, no sabiendo qué hacerse, se estuvieron quietos. La joven fue  asida por las otras monjas y, por orden de la abadesa, llevada a capítulo. El joven se había quedado y, vistiéndose, esperaba a ver en qué acababa la cosa, con la intención de jugar una mala pasada a cuantas pudiera alcanzar, si a  fuese hecho algún mal a su amada, y luego llevársela con él. La abadesa, sentándose en el capítulo, en presencia de todas las monjas, que solamente a la culpable miraban, comenzó a decirle las mayores injurias que nunca a una mujer fueron dichas, como a quien contaminaba la santidad, la honestidad y la buena fama del monasterio con sus sucias y vituperables acciones; y tras las injurias añadía gravísimas amenazas.

    La joven, vergonzosa y tímida, como culpable, no sabía qué responder, sino que callando, hacía a las demás sentir compasión de ella. Y multiplicando la abadesa sus denuestos, le ocurrió a la joven levantar la mirada y vio lo que la abadesa llevaba en la cabeza y las cintas que de acá y de allá le colgaban; por lo que, dándose cuenta de lo que era, dijo con tranquilidad:

     -Señora, así os ayude Dios, ataos la cofia y luego me diréis lo que queráis.

     La abadesa, que no la entendía, dijo:

     -¿Qué cofia, mala mujer? ¿Tienes la desvergüenza de decir gracias? ¿Te parece que has hecho algo con lo que vayan bien las bromas?

Entonces la joven repitió:

     -Señora, os ruego que os atéis la cofia; después decidme lo que os plazca.

     Con lo que muchas de las monjas levantaron la mirada a la cabeza de la abadesa, y la propia abadesa se llevó allí las manos, por lo que unas y otra  se dieron cuenta de por qué Isabetta decía aquello; con lo que la abadesa, considerando que su falta era vista por todas y no podía ocultarla, cambió de sermón, y de guisa muy distinta de la que había comenzado a hablar, llegó a la conclusión de que era imposible defenderse de los estímulos de la carne; y dijo que, por ello, cada una se divirtiera cuanto pudiese  calladamente, como se había hecho hasta aquel día. Y poniendo en libertad a la joven, volvió a acostarse con su cura, e Isabetta con su amante, al cual muchas veces después, a pesar de aquellas que le tenían envidia, lo hizo venir allí; las demás que no tenían amante, probaron fortuna lo mejor que pudieron .

JORNADA NOVENA. NOVELA SEXTA

   En la llanura del Muñone hubo, no ha mucho tiempo, un hombre bueno que a los viandantes daba, por dinero, de comer y beber; y aunque era una persona pobre y tenía una casa pequeña, alguna vez, en caso de gran necesidad, albergaba no a todas las personas sino a algún conocido ; ahora bien, tenía éste una mujer que era asaz hermosa hembra, de la cual tenía dos hijos: y el uno era una jovencita hermosa y agradable, de edad de quince o de dieciséis años, que todavía no tenía marido; el otro era un niño pequeñito que todavía no tenía un año, al que la misma madre amamantaba. A la joven le había echado los ojos encima un jovenzuelo apuesto y placentero y hombre noble de nuestra ciudad, el cual mucho andaba por el barrio y fogosamente la amaba; y ella, que se gloriaba de ser amada por un joven tal como aquel, mientras se esforzaba en retenerlo en su amor con placenteros gestos , de él igualmente se enamoró; y muchas veces con gusto de cada una de las partes hubiera tenido efecto aquel amor si Pinuccio, que así se llamaba el joven, no hubiera sentido disgusto en causar la deshonra de la joven y de él.

    Pero de día en día multiplicándose su ardor, le vino el deseo a Pinuccio de reunirse con ella, y se le ocurrió el modo de albergarse en casa de su padre, pensando, como quien la disposición de la casa de la joven sabía, que si aquello hiciera, podría ocurrir que estuviese con ella sin que nadie se apercibiese; e inmediatamente puso en marcha su plan. Él, junto con un fiel amigo llamado Adriano, que este amor conocía, cogiendo un día al caer la noche dos rocines de alquiler y poniéndoles encima dos valijas, tal vez llenas de paja, salieron de Florencia, y dando una vuelta, cabalgando, llegaron  de noche a la llanura del Muñone ; y entonces, como si volviesen de Romaña, dándose la vuelta, se vinieron hacia las casas  y a la del buen hombre llamaron; el cual, como quien muy bien conocía a los dos, abrió la puerta prontamente. Y Pinuccio dijo:

     -Mira, tienes que darnos albergue esta noche: pensábamos poder entrar en Florencia, pero no hemos conseguido apurarnos tanto para llegar antes de que se hiciese de noche.

     Y el posadero le replicó;

     -Pinuccio, bien sabes qué no tengo comodidades  para albergar a hombres  como vosotros; pero como esta hora os ha alcanzado aquí y no hay posibilidad para  ir a otro sitio, os daré albergue de buena gana.

     Echando pie a tierra, pues, los dos jóvenes, y entrando en el albergue, primeramente acomodaron sus rocines y luego, habiendo ellos llevado la cena consigo, cenaron con el huésped. No tenía el huésped sino una alcoba muy pequeña en la cual había tres camitas puestas como mejor el huésped había sabido; y no había, con todo ello, quedado más espacio (estando dos a uno de los lados de la alcoba y la tercera contra el otro) que se pudiese hacer allí nada sino moverse muy estrechamente. De estas tres camas, hizo el hombre preparar para los dos compañeros la menos mala, y allí se acostaron; poco después, no durmiendo ninguno de ellos aunque fingiesen dormir, dispuso el huésped que su hija  se acostase en una de las dos que quedaban, y en la otra se metieron él y su mujer, y junto a este cama  puso la cuna en la que dormía el bebé. Y estando las cosas de esta guisa dispuestas, y habiendo Pinuccio visto todo, después de algún tiempo, pareciéndole que todos estaban dormidos, levantándose sin ruido, se fue a la camita donde la joven amada por él estaba echada, y se le echó al lado; por la cual, aunque medrosamente lo hiciese, fue alegremente acogido, y con ella se estuvo, tomando el placer que más había deseado. Y estando así Pinuccio con la joven, sucedió que un gato hizo caer ciertas cosas, que la mujer, despertándose, oyó; por lo que levantándose, temiendo que fuese otra cosa, así en la oscuridad como estaba, se fue allí adonde había oído el ruido. Adriano se levantó por alguna necesidad natural  y yendo a satisfacerla se tropezó con la cuna puesta por la mujer, y no pudiendo sin levantarla pasar delante, cogiéndola, la levantó del lugar donde estaba y la puso junto al lado de la cama donde él dormía; y cumplido aquello por lo que se había levantado, volviéndose, sin preocuparse de la cuna, se metió en la cama . La mujer, habiendo buscado y no encontrado aquello que había caído al suelo , no se preocupó de encender ninguna luz para ver mejor sino que, habiendo gritado al gato, se volvió a la alcobita, y a tientas se fue derechamente a la cama donde dormía su marido; pero no encontrando allí la cuna, se dijo:

     -¡Ay, desdichada de mí! Mira lo que hacía: a fe que me iba derechamente a la cama de mis huéspedes.

     Y yendo un poco más allá y encontrando la cuna en la cama junto a la cual estaba, se acostó con Adriano  creyendo acostarse con su marido. Adriano, que todavía no se había dormido, al sentir a la mujer la recibió bien y alegremente; y sin decir palabra tensó la ballesta y la descargó de un solo golpe con gran placer de la mujer que se asombraba del vigor de su marido. Y estando así, temiendo Pinuccio que el sueño le sorprendiese con su joven, habiendo logrado el placer que deseaba, se levantó de su lado para volverse a dormir a su cama  y, yendo a ella, encontrando la cuna, creyó que era aquélla la del huésped; por lo que, avanzando un poco más, se acostó con el huésped, que con la llegada de Pinuccio se despertó.

     Pinuccio, creyendo estar al lado de Adriano, le susurró:

     -¡Bien te digo que nunca hubo cosa tan dulce como Niccolosa! Por el cuerpo de Cristo, he tenido con ella el mayor placer que nunca un hombre tuvo con mujer; y te digo que he bajado seis veces a la villa desde que me fui de aquí.

     El huésped, oyendo estas noticias y no gustándole demasiado, se dijo primero: «¿Qué diablos hace éste aquí?».Después, más airado que prudente, dijo:

     -Pinuccio, la tuya ha sido una villanía y no sé por qué tienes que hacerme esto; pero por el cuerpo de Cristo me la vas a pagar.

     Pinuccio, que no era el joven más sabio del mundo, al darse cuenta de su error no corrió a enmendarlo como mejor hubiera podido sino que dijo:

     -¿Qué te voy a pagar? ¿Qué podrías hacerme?

     La mujer del huésped, que con su marido creía estar dijo a Adriano: -¡Ay, mira a nuestros huéspedes que están riñendo por no sé qué!

Adriano, riendo, repuso:

     -Déjalos en paz y que Dios los confunda: bebieron demasiado anoche.

     La mujer, pareciéndole haber oído a su marido gritar y oyendo ahora a Adriano,inmediatamente conoció dónde había estado y con quién; por lo cual, como discreta, sin decir palabra, súbitamente se levantó, y cogiendo la cuna de su hijito, como ninguna luz se viese en la alcoba, por conjetura la llevó junto a la cama donde dormía su hija y con ella se acostó; y, como  si se despertase con el barullo del marido, le llamó y le preguntó qué riña se traía con Pinuccio. El marido respondió:

     -¿No le oyes lo que dice que ha hecho esta noche con Niccolosa?

     La mujer dijo:

     -Miente con toda la boca, que con Niccolosa no se ha acostado; que yo me he acostado aquí en el momento en que no he podido dormir ya; y tú eres un animal por creerle. Bebéis tanto por la noche que luego soñáis y vais de acá para allá sin enteraros y os parece que hacéis algo grande; ¡gran lástima es que no os rompáis el cuello! ¿Pero qué hace ahí ese Pinuccio? ¿Por qué no se está en su cama?

     Por otra parte, Adriano, viendo que la mujer discretamente su deshonra y la de su hija tapaba, dijo:

     -Pinuccio, te  he dicho cien veces que no vayas dando vueltas, que este vicio tuyo de levantarte dormido y contar las fábulas que sueñas te va a traer alguna vez una desgracia; ¡vuélvete aquí, así Dios te dé mala noche!

     El huésped, oyendo lo que decía su mujer y lo que decía Adriano, comenzó a creer  que Pinuccio estaba soñando; por lo que, cogiéndolo por los hombros, empezó a menearlo y a llamarlo, diciendo:

     -Pinuccio, despiértate; vuélvete a tu cama.

     Pinuccio, habiendo oído lo que se había dicho, comenzó, a guisa de quien soñase, a entrar en otros desatinos; de lo que el huésped se reía con las mayores ganas del mundo. Al final, sintiendo que lo meneaban, aparentó  despertarse, y llamando a Adriano dijo:

     -¿Es ya de día, que me llamas?

     Adriano dijo:

    -Sí,ven aquí.

    Él,mostrándose muy somnoliento, por fin se levantó de junto a su huésped y se volvió a la cama con Adriano; y venido el día y levantándose el huésped, comenzó a reírse y a burlarse de él y de sus sueños. Y así, de una broma en otra, preparando los dos jóvenes sus rocines y poniendo sobre ellos sus valijas y habiendo bebido con el huésped, vinieron a Florencia, no menos contentos del modo en que la cosa había sucedido que de sus efectos. Y después, mediante otras argucias, Pinuccio se encontró con Niccolosa, la cual  decía una y otra vez a su madre que éste verdaderamente había soñado; por lo cual la mujer, acordándose de los repetidos abrazos de Adriano,  se decía a sí misma que era la única que había estado en vela.

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