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José Martínez Ruiz
Azorín

La mariposa y la llama

      _¿Se acuerda usted, Blanca, de aquella plazoleta que vimos en León, hace seis años?

      _¿Hace seis años? ¿Hace ya seis años?

       Y Blanca Durán, recostada en un amplio sillón, indolentemente, pasea una mirada, un poco triste, por la estancia.

      _Sí; hace ya seis años _replica el poeta Joaquín Delgado.

      _¡Cómo pasar el tiempo! __exclama Blanca. Y lanza a lo alto una bocanada de humo. Con el cigarrillo entre los dedos se queda luego absorta, pensativa.

      La comida ha terminado. Después de la comida _no en el comedor grande del palacio; en un comedor chiquito, íntimo_, después de la comida, los cuatro o seis comensales _poetas, novelistas, escritores independientes_ charlan con entera libertad en la estancia cómoda, silenciosa. El tiempo transcurre plácidamente. En tanto que el humillo del cigarro se eleva en caprichosas espirales, Blanca piensa en la lejana y vieja ciudad. Una grata sensación _de melancolía, de voluptuosidad_ embarga sus nervios.

      _¡Cómo pasa el tiempo! _toma a exclamar la dama.

      Los comensales se hallan también arrellanados en anchos divanes; fuman, y de cuando en cuando se incorporan y alargan el brazo para tomar una copita de licor en una mesilla próxima. La conversación es lenta, suave, apacible. No hay en la grata charla ni prejuicios, ni temores, ni escrúpulos. Se habla de todo libremente y con sencillez.

      _¡Cómo pasa el tiempo! _dice por tercera vez Blanca.

      Sus labios, rojos, sensuales, se entreabren para arrojar una bocanada de humo. Con la punta rosada del meñique derriba la ceniza del cigarrillo.

      _¡Yo quisiera ver otra vez esa plazoleta de León! _dice después de un momento de meditación.

      _¿Se acuerda usted, Blanca, qué paz, qué silencio, qué profundo sosiego había en aquella placita? _pregunta el poeta.

      _¡Sí, sí!... _exclama Blanca_. ¡Una paz maravillosa! _¡ Un silencio tan denso, tan profundo, como  si fuera de muerte! _replica su interlocutor.

      _¿Quién habla de muerte? _pregunta otro de los comensales, después de sorber, tumbado, una copita de licor.

      _¡Un silencio maravilloso! _añade Blanca_. ¡Yo quisiera ver otra vez esa plazoleta!

      _Las plazoletas de las viejas ciudades españolas _añade el poeta_ tienen un encanto inexplicable, misterioso.

      _¿Misterioso como la muerte? _pregunta desde lejos el comensal que había sorbido antes la copita de licor.

      _¡No habléis de muerte! _grita otro_. ¡Viva la vida!

      _¡Yo quisiera ver otra vez esa plazoleta! _repite Blanca. Su mirada vaga por el ámbito del salón, ensoñadora, melancólica; de sus labios se escapa otra bocanada de humo. Y ahora, recostada en el sillón, permanece un largo rato absorta, ensimismada, pensando en lo indefinido.  

      Es el otoño. Las arboledas se tiñen de amarillo pálido; luego, el amarillo es más intenso; luego, el matiz es de oro viejo. Blanca ha salido de Madrid para hacer, en automóvil, el viaje a León. Desea ver, en estos días melancólicos del declinar del año, la plazoleta que le encantara otra vez. El automóvil, poderoso, camina rápidamente. Blanca contempla, a lo lejos, la silueta azul de las montañas, y no piensa en nada. A la salida del Guadarrama, un accidente hace detenerse el coche. No ha pasado cosa mayor; los viajeros no han sufrido ningún daño; pero es preciso volver a Madrid para reparar los desperfectos del coche. ¿Podrán a la mañana siguiente reanudar el viaje los distinguidos viajeros? La jornada ha comenzado mal. Dos días después del retorno a Madrid, Blanca recibe un telegrama de París. Es preciso que la dama se ponga inmediatamente en camino; asuntos urgentes reclaman su presencia en la capital de Francia. El viaje a León queda aplazado indefinidamente; pero Blanca piensa en la vieja ciudad, y con los ojos del espíritu ve la reducida plazoleta, donde ella quisiera volver a estar un momento. Un momento en que ella tornaría a gozar del silencio, de la paz, del sosiego profundo.

      ¿Por qué no emprender ahora mismo, en estos días, el viaje a León? ¿Por qué no ponerse de nuevo en camino? El automóvil se halla ya reparado, los asuntos de París tal vez puedan ser resueltos sin su presencia. De Madrid a París y de París a Madrid van y vienen telegramas. Blanca trata de excusar su presencia en la gran ciudad; a un telegrama urgente, conminatorio, contesta con otro terminante, categórico. Desea no hacer en estos días su viaje a París; que se arregle todo sin ella; que hagan lo que les parezca pertinente; ella irá más tarde... Y todo es en vano. La plazoleta de León _tan silenciosa, tan sosegada_ no podrá ahora ser vista por la romántica dama. La presencia de Blanca en París es imprescindible. Y allá se va, entristecida, contrariada, nuestra bella viajera...

      Pero de París puede ir a todas partes. De París, indudablemente, se puede ir a Roma, a Berlín, a Viena, a Constantinopla. De París se puede ir también a León. En su cuarto del hotel, en París, Blanca piensa en la placita de León. El cielo es gris, de plata, en estos días invernizos; la temperatura es templada, no aprietan los fríos; una sensación agridulce de frialdad, no mucha, incita al paseo, al paseo largo, tonificador. A lo largo de los pretiles del Sena, Blanca, la ensoñadora, la romántica; Blanca, la generosa, va marchando rápidamente bajo el cielo de color de ceniza. De cuando en cuando se detiene un momento ante un puestecillo de libros viejos; sus finas manos cogen un volumen, , pasan sus hojas negligentemente. Lo toman a dejar con cuidado. .. Y el pensamiento de Blanca, divagador, ensoñador, va lejos, muy lejos; va a la plazoleta de la vieja ciudad.

      Dentro de dos días, resueltos los asuntos de París, Blanca marchará a León. Ya es cosa decidida. Dos días en León, y después a Madrid. Pero al volver esta tarde al hotel esperaba a la viajera una grata sorpresa. Han venido de Londres a verla unos antiguos amigos. La alegría de Blanca ha sido sincera, cordialísima. Los queridos amigos vienen a París a ver a Blanca, y luego han de proseguir su viaje hacia el Mediterráneo. ¡Qué hermoso viaje este que van a emprender los amigos de la distinguida madrileña! Y Blanca debía de acompañarles; ellos no se consolarían nunca de que su amiga, su querida amiga, no vaya con ellos. Las instancias son tan reiteradas, tan cariñosas, que Blanca decide acompañarles en su peregrinación.

¡Qué azul es el Mediterráneo! En el azul del mar, bajo el azul del cielo, se ve allá, a lo lejos, emerger el resalto de una isla. No hay en toda la inmensidad _llana y plácida_ más que dos colores, dos matices de azul, el del cielo y el del mar. Dos colores que son uno mismo; un mismo color de azul, con combinaciones y matices diversos. A veces, el del cielo más intenso; a veces, más intenso el del mar. Y de tarde en tarde, arriba y abajo, unos penachos, unos burujones blancos, espumosos, que se mueven y caminan lentos o rápidos. Arriba, las nubes; abajo, la crestería de las olas. Y ahora, a lo lejos, en la remota lejanía, después de la embriaguez del azul, los ojos comienzan a distinguir una pincelada _tenue, sutil_ de violeta, de morado y de oro.

      Sobre cubierta, Blanca, sentada en una larga silla, contempla este surgimiento lejano de una isla. Y su pensamiento, del cielo, del mar, de la isla remota, pasa en un instante a la placita silenciosa de la vieja ciudad.

      Después del largo viaje por el Mediterráneo, por oriente, Blanca ha invitado a sus amigos a pasar unos días en su casa de San Sebastián. Cuando, dentro de un par de semanas, sus amigos regresen a Londres, ella emprenderá el viaje a León. De camino a Madrid, torcerá un poco la ruta: se detendrá unas horas en la histórica ciudad y luego continuará su marcha hacia la capital de España.

      Al día siguiente de marcharse los amigos de Londres, Blanca se siente un poco indispuesta. No es nada, sin embargo. No es nada; pero el médico le aconseja que no vuelva a Madrid. Lo indicado, dada la naturaleza de la enferma, es que Blanca vaya a pasar un mes o dos en Suiza. Blanca necesitaba, en realidad, hace tiempo haber estado en un clima de altura. El médico insiste en su recomendación. No es posible hacer por ahora el viaje a la ciudad castellana.

      Y ya se halla la viajera en un hotel de la montaña suiza. Desde su cuarto, con las ventanas abiertas, Blanca contempla ahí cerca, muy cerca, la cumbre alba, cana por las nieves, de un monte. ¿Cerca, muy cerca? La transparencia del aire es tal, que, estando muy distante la montaña, parece que se va a tocar con la mano. Y en el aire, tan sutil, tan transparente, se eleva y resalta la blancura de la montaña. Luego, debajo, en las vertientes, todo es oscuro, negro, hosco. Los barrancos son de una profundidad tenebrosa; acá y allá, en la negrura, brilla, resplandece, una arista cubierta de nieve.

La mirada de Blanca se apacienta de lo blanco de la nieve, penetra en lo hondo de las quiebras, corre por el cielo translúcido. Y el pensamiento de la dama, ensoñador, corre en tanto hacia la plazoleta de la vieja ciudad.

       Ya se divisa, a lo lejos, la vieja ciudad. El viaje ha sido, por fin, realizado. La fatalidad ha ido haciendo que esta visita a León se demore. Los días, los meses, han ido pasando. Diríase que una fuerza oculta, misteriosa, iba poniendo obstáculos para que el viaje no se realizase. Y diríase también que otra fuerza, igualmente misteriosa y potente, iba poco a poco, con perseverancia, luchando por destruir esos obstáculos. Una lucha terrible, trágica, entre dos fuerzas contrarias, enemigas, se había entablado alrededor de tal viaje. Como una brizna, como una hoja seca que rueda por el suelo, la vida de Blanca, en la región insondable del misterio, iba y venía, llevada y traída, agitada por un vendaval de fatalidad. En tanto que su destino se decidía _allá, en lo Infinito_, Blanca contemplaba el Guadarrama, el cielo de París, el Mediterráneo, las montañas suizas...

      Ya está Blanca _tras tantos obstáculos vencidos_ en la vieja ciudad. La plazoleta no es ya la misma; han derribado parte de sus casas; en un lado, en unas edificaciones nuevas, han establecido un bar... La dama se halla en la plazoleta. Se oyen, de pronto, furiosas vociferaciones en el bar. Salen dos hombres corriendo; suena un disparo; la dama vacila un segundo; se lleva las manos al pecho; cae desplomada.

      En la región del insondable misterio, la batalla ha terminado. De las dos fuerzas contrarias, enemigas, ha vencido una: la muerte. Desde la nebulosa _la nebulosa del planeta_ acaso estaba dispuesto que una mujer ensoñadora, fina, delicada, romántica, había de vencer mil dificultades, mil obstáculos, que se oponían a su muerte, para ir _como la mariposa a la llama_ a buscar su fin a una placita llena de silencio, de paz, de sosiego, en la vieja ciudad.

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