Armando López Salinas

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El boxeador

Debajo del cerezo

El calor humano

La muchacha

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EL BOXEADOR

También él tuvo que ir tras el campeón. Delante del «saco» les estuvieron haciendo algunas fotografías. Luego, al campeón, le midieron el pecho y los antebrazos. Después, le pesaron. Setenta y dos kilos, doscientos gramos.

_Se encuentra en plena forma _dijo el patrón.

Dentro de seis días ponía el título en juego y tenía que hacer guantes por consejo del entrenador. Por la mañana, contaba el patrón, el muchacho había saltado a la comba y corrido unos cuantos kilómetros para desengrasar.

Ruiz, delante de los periodistas, inflaba el pecho. El sol que se filtraba por la cristalera del techo le daba en la cara y le hacía engurruñir los ojos. Sonreía mientras escuchaba las conversaciones del patrón y los periodistas. Enseguida comenzó a golpear el saco, hundía los puños hasta hacer crujir la crin.

_ Dale ahora la «punching» _ indicó el entrenador. Era un hombre de mediana estatura que iba embutido en un jersey muy amplio y de cuello cerrado.

Le estuvo cronometrando, tres golpes por segundo durante un minuto y con la mano izquierda.

_No está mal.

_Que va a estar _replicó el patrón.

Los muchachos del rincón que hacían pelea de sombra se habían detenido, también los que hacían piernas en la comba.

_ Vamos a ver al muchacho con los guantes _dijo uno de los periodistas.

_ No está mal el chico, ¿eh? _ volvió a repetir el patrón.

_ Veremos cómo se las apaña delante del negro ese.

_ Ruiz, ¿conoces al negro? _ preguntó uno de los fotógrafos al campeón.

_ Nunca le vi, dicen que es bueno, ¿no?

_ No debe ser fácil de tumbar, parece un buen fajador.

_ Ya veremos.

El entrenador miró a los tres hombres. Luego, se agarró a las cuerdas.

_ Le conviene bajar un poco de peso, ha engordao un poco. Lo malo es que Ruiz apenas suda, le metes tres kilómetros de marcha y se queda más fresco que una lechuga. Ahora Luis le va a trabajar la cintura.

_ Luis _ gritó el campeón _ ya podías estar arriba. Tú eres mi «sparring», ¿no? Pues sube rápido que para eso te pago.

Los periodistas se sentaron cerca de las cuerdas y encendieron los cigarrillos.

_ El negro tiene un buen «swing» de derecha, es una primera serie de Cuba.

_Así le golpearé a ese negro _dijo Ruiz.

Sus dos puños comenzaron una serie en el vació.

_¿Cuántos años tienes?

 _ Veinticinco.

_ ¿No has perdido pelea?

_ De profesional ni una.

_ Lleva diez combates sin besar la lona _ comentó el patrón. 

Luis, el «sparring», se despojó de su jersey. Se había hecho viejo calzándose los guantes. Nunca había llegado a nada en el cuadrilátero pero aún conversaba una buena pegada y un gran aguante. Al poco de nacerle su segundo hijo volvió a su antiguo oficio de descargador en el mercado de Legazpi. Aunque de cuando en cuando  se contrataba como telonero para los programas de boxeo del Campo del Gas, y también de vez en cuando, iba al Cerro de los Locos en la Dehesa de la Villa a correr entre los pinos, cruzar los guantes con algún aficionado y luego remojarse en el caudalillo de Isabel que por allí corre abierto. Pero cuando, tras vencer en dos combates, le ofrecieron el puesto en el gimnasio no lo dudó un solo instante. Tenía mucha afición y aquello le recordaba otro tiempo. Ahora no estaba para mucho. Cuarenta años, setenta y cinco kilos, plomo en las piernas y una ceja que se abría enseguida, casi al primer golpe.

Nunca como en aquel momento temió subir al «ring». Ruiz parecía tenerle manía, siempre se ensañaba con él en los entrenamientos. Y hoy, estando los periodistas, lo haría mucho más. El entrenamiento iba a ser sin casco y con vendajes duros. Con todos los honores de un combate de verdad, para eso se había invitado a la prensa.

       Iban a hacer tres asaltos de tres minutos. El boxeador viejo apartó las cuerdas para que Ruiz entrara en el cuadrilátero. Éste, se sentó en el taburete de su rincón; le pusieron el vendaje y le calzaron los  guantes. Luego, le dieron un masaje en los brazos y le quitaron el albornoz rojo. Después, mordió la goma y se puso en pie. 

_ Tira unas placas. Dijo uno de los periodistas al fotógrafo.

Luis ya estaba en el centro del «ring», nadie le hacia caso. Todos los pupilos del gimnasio se habían sentado en banquetas alrededor de la tarima y miraban al campeón por ver de copiarle el estilo. 

_ Luis, trabájale la cintura.

Cruzaron los guantes. Ruiz tenía la guardia adelantada, el brazo izquierdo extendido. Tieso y elegante, la pierna izquierda adelantada; facha de campeón.

El campeón empezó a bailar alrededor de su contrario, giraba con  movimientos rápidos. Comenzó a fintar con la izquierda casi con la misma velocidad con la que diera al «punching». Enseguida quiso colocar la derecha pero Luis esquivó el golpe. «Hoy viene con ganas de lucirse, maldita sea su leche. Si tuviera diez años menos este se iba a lucir, una leche se iba a lucir».

También Luis empezó a moverse por la tarima siempre buscando el apoyo de las cuerdas. Allí abajo estaba el amo del gimnasio fumando un puro. De cuando en cuando se oía su voz animando a Ruiz:

_ Anda, Ruiz. Ábrele la guardia. Y tú, trabájale la cintura; dale en los costados.

Luis esbozó una serie sobre el campeón, pero éste seguía bailando, y sus golpes sólo segaron el aire. Antes de que pudiera cerrar de nuevo los brazos Ruiz le colocó la izquierda en la cara. Tuvo que encogerse y alzar la guardia. 

Empezó a sudar, las gotas le caían por la cara; escurriéndose hasta la boca. Un sudor ácido con sabor a sangre. Tenía la cara hinchada pero de cuando en cuando lograba colocar sus puños en los costados del campeón.

Ruiz estaba excitado por las voces del entrenador y las luces de magnesio de los fotógrafos. Sus manos se colocaban matemáticas  sobre la cara del «sparring». Este, como buen «hoocker», procuraba trabarse pues conocía todos los trucos del cuerpo a cuerpo y a la salida de ellos colocar algún buen golpe. Empezaba Luis a sangrar por la nariz, el campeón le estaba tratando malamente.

Se sentó en el taburete. Le quitaron la goma de la boca y respiró hondo. Tenía la lengua llena de un sabor amargo, la sangre detenida entre los labios. Cuando le pusieron el hemostático se le cortó la hemorragia.

_No des tan fuerte, Ruiz. Conmigo no estás jugando él título, resérvate para el negro _ dijo.

_ Ruiz está un poco lento de reflejos, tiene una cintura de preñada; apenas se mueve _ dijo uno de los periodistas.

El amo del gimnasio se acercó hasta el rincón de Luis. El humo del puro hizo toser al boxeador.

_ Bien, Luis. Bien, aún te conservas. Pero tienes que entrarle. El domingo que viene no va a tener Ruiz tantas facilidades como tú le estás dando. Me juego mucho dinero en la pelea y no quiero que el muchacho me falle.

El campeón seguía bailando en las cuerdas. De alguna parte llegaba la musiquilla de un aparato de radio. Los periodistas y el fotógrafo bebían cerveza y hacían comentarios.  

Se cubrió bien con los guantes, temía por su ceja. Por entonces haría diez años que se la rompieron. Desde entonces no veía bien  con el ojo izquierdo y Ruiz lo sabía. Muchas veces se preguntaba las causas de la manía de Ruiz. Quizá fuera por aquella vez, cuando el  campeón estaba empezando, que le tumbó delante de una muchacha rubia. Ahora, el campeón era el amo y las estaba pagando todas  juntas. A veces Ruiz le insultaba, le decía que nunca había sido un boxeador, que había sido un saco de recibir golpes.

Flotaba en el aire. Tenía la cabeza hueca, con un gran ruido dentro de ella. Ya tenía la guardia caída y el  campeón le golpeaba insistentemente. De nuevo le sangraba la nariz, el ojo izquierdo cerrado. Pero seguía aguantando, pensando en sus cinco mil pesetas y en los chicos. Les había dicho el dueño. «Si gana Ruiz tendrá cinco de los grandes; si pierde, dos». Luis mordió con fuerza el protector y se  encogió un poco más. «Ruiz es un cerdo, me va a sacar los billetes a tiras. ¿Qué tendría dentro de la cabeza? Llena de ruido. Ahora me tendré que pasar unos días en la cama y me tendré que comprar unas gafas oscuras.»

Ruiz boxeaba mejor que todos aquellos con los que se había enfrentado. Tenía el estilo clásico de los boxeadores ingleses, una gran pegada. Siempre estaba sonriendo. Ni una cicatriz en la cara y la dentadura brillante como un anuncio de pasta dentífrica. Seguro de su pegada no se había puesto el protector. El campeón disparaba su derecha con la seguridad de encontrar la cara del «sparring». Luego, cruzó la izquierda repetidas veces. Luis se doblaba sobre el cuadrilátero. Al ponerse de nuevo en pie, Ruiz le conectó tres series seguidas. Sabía que estaba «grogui» pero no quería hacerle doblar del todo. Aun faltaban tres minutos y los periodistas se tenían que dar cuenta de que se encontraba en plena forma. Además, a Luis le iban a dar cinco billetes y podía aguantar. Pensaba en el coche que viera el día anterior, Jaguar descapotable que hacía los doscientos a la hora. Cuando acabara el combate con el negro iba a ir con Maria Luisa a probarlo a la cuesta de las Perdices.

Con las espaldas en las cuerdas Luis no podía pensar en nada. Las voces del patrón y de los periodistas resbalaban dentro de su cabeza, solo escuchaba la musiquilla. Pensó que sería el aparato de pilas del patrón; lo había comprado hacía poco y siempre lo dejaba funcionando en el despacho. Luis se repetía la copla insistentemente como si aquella música fuera capaz de vaciar su dolor.

_ Anda, Luis, ya sólo quedan tres minutos.

No sabía de quién era la voz pero le daba lo mismo. Nunca había odiado cuando peleaba, pero el campeón no tenía necesidad de golpearle como lo estaba haciendo. Ahora sí que le odiaba, a él y al patrón. Además eran los que ganaban dinero de verdad, el patrón no exponía nada. El había hecho de «paquete» muchas veces cuando dejó de cotizarse. Para ganar unos billetes se enfrentaba con todos aquellos que iban para campeones, se dejaba aporrear por dos o tres mil pesetas. Pero en la prensa le llamaban el fajador y mantenían su nombre para que se ¡llenara el local. Siempre tenía que perder, pero lo hacía sin odio, como algo irremediable.

Uno de los fotógrafos le hizo un plano de la cara, la debía tener bonita, pensó. Un ojo cerrado y la nariz sangrando, Luis se sabía todos los trucos de la prensa, mañana en los periódicos dirían que Ruiz le había tumbado. Pero eso era lo que menos le importaba si era capaz de aguantar hasta el final. Se puso en pie para el último asalto.

De salida el campeón le santiguó la cara con un zurdazo a la ceja. Luego, un derechazo al hígado, le dolía más que cuando se la partieron. Fue en aquel combate con el francés, aquel sí que era un tipo serio, boxeaba como los ángeles. Fue el último combate honrado que pudo hacer, aguantó hasta el final sin doblar la rodilla. Estuvo en el hospital mucho tiempo pero perdió como un hombre, pegando de firme hasta el final como un buen encajador.

 Otro golpe de Ruiz en la ceja. El «sparring», con el ojo ya completamente cerrado, se incorporó contra las cuerdas. Luis piensa que le va a dejar ciego si le sigue golpeando. Muerde sus labios hasta hacerse sangre en ellos. Ya no piensa en nada, ni siquiera en el dolor.Delante de él I solo ve una figura borrosa, tiene que apartarla, tiene que matar al Ruiz antes de que este termine con él. Lanza la derecha y siente como el guante se clava en la carne del otro hombre. El campeón se tambalea.

 Luis le insulta y lanza la derecha, para doblar luego con un gacho al estómago. No ve a su contrario pero sabe que le ha dejado clavado en el ring. De nuevo sus puños se hunden en el cuerpo del campeón. Ya no le duele la ceja, no siente nada. Solo nota la proximidad del otro hombre, su respiración.

Ruiz retrocede, se encoge. Con los guantes trata de guardarse la cara. Pero un «uppercut» le deja desencajada la mandíbula.

Se oye la voz del dueño.

_Luis, ¿te has vuelto loco? Baja del ring o te despido.

Los periodistas se han puesto en pie, los pupilos gritan enardecidos. Los fotógrafos tiran placa tras placa. Va a ser un escándalo, había que suspender el combate del domingo. El campeón destrozado por el «sparring».

El campeón ha caído al suelo, ha perdido el sentido y sangra por la boca y la nariz. Luis se ha quedado quieto, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo. Se vuelve hacia las cristaleras que quedan a su espalda. El sol le da en la cara y le hace cerrar los ojos aún más.

Tambaleándose cruza por bajo de las cuerdas. Se cae al suelo y queda un momento como un ovillo. Otra vez ha luchado como un hombre. Renqueando se va hacia la ducha. El patrón le sigue, los periodistas también. El entrenador de Ruiz ha tirado el puro y masculla cien blasfemias.

_ Vete. Vete a descargar sacos. Para eso es lo que vales. Me has hecho perder veinte mil duros y por esas que no te lo perdono.

 Jura sobre los dedos cruzados, escupe.

El agua fría le hace estremecerse. Abre su ojo derecho. Mira al patrón y quiere disculparse. Pero no puede, no le salen las palabras. Bebe un trago de agua de la que cae de la ducha.

Después, se viste. Cruza por delante del ring. Un periodista llama a un médico. El campeón ha vuelto en sí. Los dos hombres se miran un instante, ya apenas con odio.

En la primera taberna Luis pide una cerveza, necesita algo fresco que le apague el calor que tiene en la cabeza. Bebe de un trago y pide otra botella. Se deja caer en una silla y, de nuevo, vuelve a pensar en sus hijos, en lo que iba a hacer con los cinco billetes grandes.

Abre y cierra los puños hasta hacerse daño en las manos. Volverá a descargar sacos y les comprará la bicicleta.  

El tabernero le mira y Luis se tienta la nariz y la ceja. La sangre le aflora a los labios pero sonríe.

_¿Fue buena la pelea?

_ Buena.

Hace un gesto con la mano como para indicar que ya se encuentra bien, que la pelea fue buena y que luchó como un hombre.

PULSA EN CADA ESCRITOS PARA LEER RELATOS PROTAGONIZADOS POR BOXEADORES: JULIO CORTÁZAR  ANTONIO MARTÍNEZ MENCHÉN   FRANCISCO AYALA

 

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DEBAJO DEL CEREZO

    Cuando Antón se bajó del tranvía ya era la atardecida. Un sol de membrillo se ocultaba tras los edificios de la Castellana y el aire se levantaba fresco. Con el cuello de la chaqueta subido, las manos  dentro de los bolsillos del pantalón, cruzó el ancho recibimiento del cine. Debajo del brazo derecho llevaba un pequeño paquete.

    Hasta él llegaba el ruido acompasado que hacían las bolas al correr por las pistas. Bajó los escalones con curiosidad. Nunca había ido a una bolera y, a no ser porque había quedado citado allí con Joaquín, cualquiera sabe cuándo hubiera ido.

    Abajo la temperatura era agradable en extremo. Las chicas que servían las mesas, bonitas de verdad, como escogidas. Como aún no había llegado Joaquín, se sentó junto a una de las mesas próximas a las pistas. En la más cercana jugaban unas muchachas. Las otras cuatro mesas estaban ocupadas por soldados americanos de la base de Torrejón, los cuales, de cuando en cuando, bebían a morro botellas de Coca_Cola. Las muchachas vestían pantalones ceñidos y chalecos de punto muy amplios, como de hombre. Fumaban pitillo tras pitillo y salpicaban su conversación con frases en inglés. Paredan conocer a los americanos de la mesa tercera, pues, más que jugar, se entretenían en hacer posturas y reír a carcajadas con las bromas de los otros.

    Pidió Antón un café y, luego, tras probarlo, se ensimismó en el correr de las bolas. Eran negras y tenían tres agujeros para meter los dedos y poder lanzarlas con facilidad. Corría la bola sobre la madera encerada para estrellarse en el bolo del centro. Cayeron siete bolos. Después, con la segunda bola, tiró los tres que quedaban en pie.

    _¡Spare! _gritó la chica.

    Los americanos que andaban en mangas de camisa bromearon a la muchacha, agitaban en el aire las botellas de Coca Cola.

    Al final de las pistas se encontraban una especie de jaulas numeradas por las cuales se podían ver, colgando las piernas de cinco hombres. Uno por cada pista. Al final de cada tirada, los empleados de la bolera quedaban a gatas sobre el entarimado, ponían en pie los bolos caídos. Y de nuevo se encaramaban en algo que había por detrás de las fachadas de las jaulas.

    Estaba Antón pensando en aquellos hombres cuando sintió que le golpeaban ligeramente en la espalda. Volvió la cabeza para saludar a Joaquín. Hizo éste un gesto de saludo para, enseguida, pedir a la camarera una cerveza.

    _Qué, ¿me habrás traído los libros?

    Antón hizo un gesto señalando el paquete que se encontraba encima de la mesa y que Joaquín abrió para, seguidamente, hojear uno de los libros. Otra vez vio cómo las piernas de aquel hombre de la pista se descolgaban en la jaula.

    _Estrai _decía una voz de hombre.

    Joaquín seguía hojeando libros cada vez más interesado, al rato levantó la cabeza para preguntar a su amigo.

    _Oye, ¿de dónde sacas tú estos libros?

    _ Verás, me los dio hace tiempo mi padre. Tienen una historia muy larga estos libros y la escopeta. Yo creo que más que la historia de los libros es la historia de mi padre.

    La camarera puso encima de la mesa el batido de vainilla. La muchacha tenía los ojos grandes, rasgados. La boca roja, como un tomate abierto. Antón, luego de mirarla, continuó contando la historia.

    _ Fue el día en que acabó la guerra de Madrid. Aún se pegaban tiros en Usera cuando mi padre vino a casa. Tu ya conoces mi casa, es un barrio bonito. Hotelitos baratos y casas de una planta, con jardín. Yo estaba jugando a la puerta de casa, con los amigos de entonces, era un crió como te puedes suponer. Quítame veinte años y casi ando a gatas. Como te decía, mi padre, aún no habían entrado los nacionales como se les llamaba, igual que otras veces vino andando desde el frente. Llegó, se quitó el uniforme y se tumbó en la cama. Yo le sentí triste, como si algo grande le pasara. Le puse la mano en la cara y, entonces, te lo juro, Joaquín, me dio un abrazo tan grande que casi me hizo gritar. Yo vi que le caían las lágrimas y salí corriendo a buscar a mi madre que estaba en la cocina. Mi madre, tú no la conociste en aquellos años, siempre tan alegre, tenía la cara más larga que un día sin pan.

    Antón calló un momento, el cigarro apretado entre los dedos y la mirada perdida entre las manos del hombre de la jaula que, una vez más, levantaba los bolos para colocarlos en pie.

    _ ¿Esos hombres, Joaquín?

    Joaquín giró el cuerpo sobre la silla para mirar hacia donde señalaba su amigo.

    _ ¿Quiénes? ¿Los de los bolos? No son hombres, son chicos de quince a diecisiete años.

    _ Pues vaya un trabajo puñetero, todo el día arriba y abajo, y para nada. Como te decía, tú conoces mi casa y sabes que tiene un pequeño jardín y que allí está plantado un cerezo, seguro que alguna vez has comido nuestras cerezas, son gordas como nueces. Pues bien, aquella mañana estuvimos un rato bien juntos los tres, apretados como si nunca se fuera a repetir el abrazo. Luego, al rato, mi padre se levantó y como si yo fuera un hombre, un camarada suyo, me dijo que le acompañara al jardín. Como era tan chico y me gustaba jugar a guerras, me dejó llevar la escopeta de dos caños y la caja de los cartuchos. Casi no podía con la escopeta. Madre cogió los libros y padre se echó el azadón al hombro. ¡Si vieras qué bien me acuerdo de todo! Hacía una mañana tan buena como la que hizo hoy, o mejor. Mientras mi madre engrasaba la escopeta y la envolvía en trapos mojados en aceite, él, debajo del cerezo, cavó un hoyo grande y profundo. Después hizo un paquete con los libros que hoy te dejo y con otros más que tengo. Lo metimos todo en un arcón y tapó el hoyo. Entre todos apisonamos la tierra con los pies. No sé por qué, pero recuerdo que lo primero que dijo mi padre al acabar la faena fue que los libros había que guardarlos como fuera, que algún día yo tendría que leerlos.

    Antón encendió de nuevo el pitillo.

    _Como ya te dije es toda una historia. Hará un año o así que desenterramos el arcón entre los dos, lo desenterramos cuando volvió de Burgos. Lástima que ya no estuviera mi madre, mucho le hubiera gustado. Pero el padre aún está tieso, aún está para hacer cosas. Yo ya he leído los libros, quiero que tú los leas.

    Los dos amigos quedaron en silencio. Antón terminó de tomarse el café mientras su camarada envolvía los libros.

    _ ¿Me los llevo todos? _ preguntó.

    _ Todos, los traje para ti. Cuando los leas, los pasas a otro amigo, sobre todo el Manifiesto.

    Por los canales volvían las bolas negras. Una de las chicas, 1: I más feúcha, se secaba las manos con un trapo colgado en la pared. Luego, se restregó las palmas con polvos de talco. En el mostrador de la bolera unos hombres se jugaban la consumición a los dados, cantaban las jugadas. En el tocadiscos se escuchaba otra canción. Antón, de nuevo, preguntó lo mismo.

    _Esos chicos, vaya trabajo puñetero. Te digo Joaquín, las cosas que tiene que hacer un hombre para vivir.

    _Se llevan bastante dinero con las propinas. Fíjate en esos de la pista segunda. 

    Ya se habían ido los soldados americanos y cuatro hombres de mediana edad ocupaban la pista. Uno de ellos sacó un montón de billetes del bolsillo derecho del pantalón. Después, introdujo uno de cinco pesetas en uno de los agujeros de la bola. Luego, la rozo rodar sobre la pista y el muchacho de la jaula tuvo que dar un salto para que no le cogiera agachado.

    El hombre gritaba, reventando su risa.

    _ Toma, niño. Para que te des prisa.

     Se volvió hacia sus amigos de partida.

    _ ¿Habéis visto cómo salta el canario? Tienen gracia esos uniformes amarillos que llevan, parecen pájaros.

    Joaquín, al levantarse preguntó a su compañero.

    _Antón, ¿y la escopeta? ¿Qué hicisteis con ella?

    _ Verás, la engrasamos de nuevo y allí está.

    La tarde ya se había ido del todo. Sólo, por poniente, quedaba un jirón rojizo.

 

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El CALOR HUMANO

     Llegaban los tranvías con su luz amarilla. Daban vuelta al jardín y luego quedaban quietos. Los viajeros descendían rápidamente para meterse en el metro. Una neblina gris se agarraba al suelo y casi no dejaba ver la hondonada de Canillas. La carretera de Aragón se perdía entre los altos de Ventas, las luces de los faroles, las casas sucias y un cielo apizarrado.

     Se puso a llover.

    En la estación de espera del tranvía un hombre acostado, y una mujer sentada, miraban caer el agua. El hombre estaba tumbado a la larga, en el banco de piedra que corría a lo largo de las paredes de la espera. La mujer, en un rincón, se calentaba las manos en los brasas que se consumían en una pequeña lata.

    El hombre acostado se arrebujaba con la chaqueta, tosía de cuando en cuando. La mujer vestía gabardina y calzaba chanclos, se cubría la cabeza con una boina muy chica que llevaba ladeada.

    De lo oscuro, por entre la niebla y la lluvia, se acercaba la figura de un hombre.

    _Hola, Luisa _saludó el recién llegado. _ Hola, López, siéntese a la lumbre.

    _¡Vaya noche!  _contestó este frotándose las manos_ .Ya tenía ganas de llegar.

    El tranvía se detuvo en la curva, frente a la puerta grande de la Plaza de Toros. A través de las cuadrículas amarillas de los cristales se veían difusamente las caras de los viajeros.

    _ ¿Tienes un cigarro? _ pidió ella.

    _ Negro de picadura.

    _ Bueno, dame papel que lo líe.

    Lió el pitillo despacio, con calma, recreándose en ello. Luego, mordió la punta del cigarro y escupió un trozo de papel. Lo encendió en una brasa. Dos guardias de la policía armada se refugiaban de la lluvia bajo el alero del puesto de refrescos.

   _ Ahí están los de gris _ murmuró López mirando a los guardias.

    Fumaban en silencio. Luisa revolvía las brasas con un palo. Los camiones, con los faros encendidos, ascendían lentamente la cuesta del fielato. Las busconas de Ventas se morían de frío bajo los soportales de la Plaza de Toros. No se veía un alma.

    _ ¡Vaya noche!

    _ Una noche como para destetar hijos de puta.

    _ ¿Qué tal por el Abroñigal?

    _ Como siempre _dijo ella.

     _ Decían que os iban a echar con lo de las obras, que no iban a dejar una chabola en pie.

    _  Eso decían, tantas cosas dicen... Pero han abandonado las obras, ya no hay obreros. Y tú, ¿qué haces?

    _ Trampeando por ahí. Cojo papeles y botellas. De vez en cuando voy a la Parroquia, algún día dan vales para sopa.

    _ La Nochebuena pasada fueron unas señoras al barrio, fueron a llevar leche en polvo de los americanos. Después del reparto nos echaron un sermón.

    Luisa se calló de pronto, estaba como pensándolo.

   _ ¿Pero para qué quiere una ser honrada me pregunto yo? ¿Para pasar hambre? Más vale el andar en la vida, al menos se tiene para comer y vestir, para dar alguna perra a los viejos. ..

     El cobrador descendió del vehículo e hizo el cambio de vía con la palanqueta en la mano. El tranvía partió de vacío. La lluvia caía mansa, resbalaba en las hojas de los árboles de la rotonda, cantaba en los charcos.

    El hombre acostado tosía.

    _ ¿Quién anda ahí? ¿Es el Juan? _ preguntó López a la mujer.

    _ No es el Juan, el Juan hace mucho que no cae por aquí. Es uno nuevo, no le conozco.

    Delante del cobertizo de la espera dos hombres jóvenes hablaban.

    _ Pregunta cuánto lleva.

    _ Pregúntale tú.

    Uno de ellos encendió un cigarro tapando la cerilla con la mano.

    _ Nos estamos poniendo como sopas.

    _ Anda, pregúntala _ insistió el otro.

    Pasaron bajo el techado de la espera. La mujer no se movió, les miró a la cara aguardando las palabras. Seguía hurgando en la lumbre. López secaba su abrigo.

    _ ¿Cuánto? _ dijo uno de los hombres.

    _ Cinco duros.

    _ No tengo más que catorce pelas.

    _ No _ contestó la mujer _ por catorce pelas me quedo aquí, llueve mucho.

    Los hombres permanecieron indecisos un instante, enseguida se marcharon. Luisa les siguió con la mirada hasta que definitivamente se perdieron entre la niebla.

    _ ¡Desgraciaos! _ gritó como con rabia.

    López sacó una botella del bolsillo de su abrigo.

      _ ¿Quieres un trago? _ofreció.

     _ Bueno, nunca viene mal el calentarse por dentro.

    Bebió a morro y luego secó su boca con el revés de la mano.

    _ Es un chico joven, no le conozco, se ha tumbao en tu sitio, no hace más que toser _ dijo, señalando al rincón oscuro donde alguien rebullía.

    _ Pues verás como lo espabilo. Solo faltaba eso, que un gilipollas cualquiera le quitara a uno el sitio.

    López se puso en pie. López era un hombrachón viejo con el pelo algo cano. Con sus manos grandes tanteó al hombre acostado.

    _ Que te levantes _ dijo en voz baja para que los guardias no se enteraran.

    El que dormía abrió los ojos para fijarlos en la cara del que le za randeaba. Tenía la mirada turbia, afiebrada.

   _ No chille tanto, que no estoy sordo _dijo.

    _Chillo por que quiero, estás durmiendo en mi sitio _gritó López pérdida ya la paciencia.

    _ Bueno ¿Y que? ¡Ni que esto fuera un hotel!

    López abría y cerraba sus manos grandes a la altura de la cara del muchacho. Agarró la chaqueta de éste y de un tirón la arrojó al suelo.

    _¡Que ahueques el ala! ¡Que te voy a meter el puño por bajo de las narices!

    _Déjeme en paz _contestó secamente el muchacho.

    Luisa se acercó al rincón oscuro donde los hombres discutían, miró para el puesto de refrescos.

    _ No griten, si gritan los guardias nos van a llevar a todos a la trena.

    _ Déjeme en paz_volvió a decir el muchacho. Mas, luego, al ver las amenazadizas manos y el corpachón de López, se incorporó. Tiritaba.

    _ Tengo frío, me duele aquí _añadió con gesto cansado, llevándose las manos al pecho.

    _¿Vas a acabar? Yo también toso ¿Y qué? Revienta, pero ahueca el ala.

    _ El muchacho se sentó en el poyete. Tenía aspecto de campesino.

    Un aire triste, dulce. Llevaba la camisa rota, la chaqueta mojada.

    _¿Usted siempre duerme aquí? _preguntó.

    _Sí _López miró para los ojos del muchacho.

    _ Perdone, pero no sabía que estuviera ocupao el sitio, es la primera noche que vengo aquí.

    _ ¿Dónde vives? _preguntó Luisa.

    _ Dormía en la obra, pero hace tres días se acabó el tajo, me despidieron. ¿Saben? Yo soy de Cuenca y me vine a trabajar, a Madrid. No tengo a nadie aquí.

    _Vete a tu pueblo muchacho_dijo Luisa.

    _No.

    _Vete.

    _ ¿Para qué? _dijo_ allí tampoco hay donde ganarlo, al menos quito una boca en casa.

    _ Pues no te quejas poco por dormir al aire libre, haberte ido al refugio de la Corredera, por dos pelas dan cama _ intervino López.

    El muchacho no dijo nada, volvió a sujetarse el pecho con las manos. Quedaron los tres en silencio. Los tranvías iban y venían por  la carretera. Por cima del Barrio de la Concepción refulgía la mancha acardenalada de un anuncio luminoso. Un cielo insensible se desplomaba sobre la ciudad. En la oscuridad de la noche la gente del suburbio escupía para el cielo.

    _ Esos son cuentos para que me dé pena y te deje dormir en mi sitio, pero a Faustino López no le da pena nadie ¿sabes?

    _ Estos días dormí en la obra, el vigilante me dejaba. Pero ayer el capataz nos echó a los dos. Tuve que dormir aJ raso, me mojé y me duele el pecho del frío.

    Luisa acercó la lata con brasas, miró para el muchacho.

    _Caliéntate _dijo.

    _ Está enfermo, eso dice _murmuró López.

     _ ¿Qué tienes? _preguntó Luisa.

   _No se, me silba el pecho al respirar, me hace daño. Como si tuviera una mano apretándome la garganta.

    _ Eso es que has pillao un trancazo, la gripe _ terció López.

    _ Espera _la mujer revolvió en los bolsillos de su gabardina..

    _ Espera, toma una aspirina, te vendrá bien. ¿Cómo te llamas?

    _ Me dicen Pedro.

    López desconfía aún. Se agarró al cuerpo del muchacho y puso su oído derecho sobre el pecho del otro. Silbaba el aire con un ruido sordo.

     _ Parece que tienes una locomotora ahí dentro. Anda, Luisa _añadió_ trae la botella y dale vino para que sude, que beba un buen trago, aunque se emborrache no importa.

    _Gracias _dijo Pedro.

     _ No me des las gracias, te tengo lástima. Sois de mantequilla de Soria los jóvenes de ahora. Estas más flaco y demacrao que una recién parida. Fíjate en mí, con mis setenta y siete cumplidos de un cogotazo te partía la espina de la espalda.

    El hombrachón se puso a respirar ensanchando el pecho.

    _ De un cogotazo te aplastaba _repitió presumiendo.

    _ El invierno no es bueno para los pobres, cuando mañana salga el sol se te pasará todo. Cuando el sol calienta parece que a una persona le entran ganas de vivir. Yo me llamo Luisa.

    _ Anda, duerme, Si quieres puedes venir todos los días, nos turnaremos el sitio.

    _Caliéntate, bebe más vino _añadió Luisa.

    La lluvia seguía cayendo. Los tranvías dejaron de pasar. Los guardias se habían ido, carretera de Aragón adelante, con el mosquetón por bajo del capote. López, el vagabundo viejo, dormía abrazado al muchacho por darle calor.

    La noche era interminable. La prostituta miraba para el cielo y se calentaba las manos en las últimas escorias. La caída del agua y el cantar de la mujer se confundían en un solo compás. Después, con el nuevo día, llegaron los tranvías con su luz amarilla. Hacía un frío que calaba hasta el tuétano.

 

 

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LA MUCHACHA

     La mujer regañaba a la muchacha. Esta tenía la mirada perdida entre las manos del hombre que bebía cerveza. Aquellas manos, grandes y morenas, sujetaban toda su atención. La muchacha, de un tiempo a esta parte, miraba a las cosas y a las personas como si les viera por vez primera, como si hasta entonces no hubieran existido.

    Intranquila y nerviosa continuó comiendo. Su padre hablaba con un hombre flaco que se había sentado al otro lado de la mesa a despacharse un vaso de vino. El hombre tenía facha de arriero y ganas de conversar.

    _ ¿Ustedes viven aquí, en la fonda?

     _ Sí, señor

    _ Oiga ¿Y que tal se come de costumbre?

    _ Vaya, parece que bien. Nosotros lo hacemos por nuestra cuenta, solo nos sube la cuenta del vino, solo tenemos alquiladas las camas. Es lo mejor para el bolsillo, y mire que de esto yo sé bastante.

    _ ¿Ustedes son veraneantes?

    _ No señor, estamos trabajando aquí. Somos artistas.

    El arriero le miró a la cara; luego, se bebió el vino de un solo trago.

    _ ¿Titiriteros? _ No señor.

    _ ¿Cómicos entonces?

    _ Artistas de teatro, señor. Damos una representación esta noche en el local del cine.

     _ Yo soy verato, voy para la feria de Ávila con dos muletos de un año, buenas bestias que me van a valer mis buenos duros.

    Después, al tiempo que pedía otro vaso de vino al ventero, el feriante añadió.

    _ Así que usted es cómico. Una vez estuve en Madrid, vi a Borrás haciendo el Manelic, también vi el Juan José. El Juan José es una buena obra, se decían muchas cosas.

    _ Esa obra está prohibida, nosotros la teníamos en el repertorio antes de la guerra. Porque la compañía, aquí donde nos ve, ha recorrido todo el mundo. En América, antes del treinta y seis, hicimos más de cuarenta mil duros. Pues tierra para ganar cuartos es aquella, Méjico, Venezuela, Cuba... Pero todo se lo llevó el diablo. El año que viene trabajaremos en Barcelona con obras buenas, Calderón, Lope, Benavente...

    La muchacha, con los ojos entornados, escuchaba a su padre. A veces, oyéndole, terminaba por creerse lo que éste decía. Cuando el padre empezaba su retahíla de embustes ella, soñadora, le adoraba. En su entender, aunque era muy joven, solo tenía diecisiete años, aquel hombre impresionable y soñador al que todos querían, siempre andaba inventando historias fabulosas que no se podían creer, pero que a ella le llenaba la vida. Ofelia, Romeo, Othelo, todos los personajes hablaban por boca de su padre. «También tu estás pálida, amor mío. El dolor bebe nuestra sangre. Adiós». «¡Tornadiza fortuna! A ti te lo entrego. Y si es verdad que eres tornadiza, devuélvemelo pronto». Aplausos en todos los escenarios del mundo, le decía muchas veces.

    Sí. Aquí daban la representación en el cine pues no había otro local. Ya sabe, no hay protección para el teatro.

    _ Cobramos un duro a los caballeros, las señoras y los niños entran gratis. Nosotros alquilamos el local, el dueño pone, de su cuenta, el decorado. La ropa es nuestra. Algunas noches fin de fiesta al terminar la obra. Yo recito a Lorca y mi mujer me acompaña la guitarra. La chica canta cuplés, que tiene voz para ello, aunque más le gusta el drama o la alta comedia.

    Podían hacerlo barato por que todo quedaba en familia. Todos eran artistas: su compañera y él, los cuatro hijos, el sobrino y la madre de su mujer.

    _ Los chicos han mamao en las tablas, entre los telones.

    Hoy daban «El derecho de nacer». «Una cosa mejicana de mucho sentimiento, la misma vida puesta en las tablas. Usted me comprende, ¡no!» El padre hablaba, hablaba y hablaba, y todos los hombres del pueblo que se encontraban en la taberna le hicieron corro junto a la mesa. Bebían anís con agua y fumaban tabaco de picadura. Junto al mostrador un perro canelo husmeaba a la busca de los desperdicios.

    El muchacho de las manos morenas se había marchado. Las mujeres de la compañía, tras la comida, subieron al primer piso de la fonda para dormir la siesta. Era un mediodía de cielo despejado, pegajoso y cálido.

    La abuela regañó a la muchacha porque ésta se tumbó vestida encima de la cama. Había veces que la moza no podía soportar la compañía de la abuela ni la de nadie.

    _ No tienes que ponerte nerviosa, hay días que pareces estar en Babia. Ayer mismo te equivocaste en la letra del cuplé.

    _ Sí, abuela.

    _ No me llames abuela, que no me gusta. Me parece que me haces más vieja.

    _ Sí, abuela.

    No prestaba atención a las palabras, tampoco podía dormir. Se encontraba como desasosegada, como si tuviera un avispero entre los pechos. Con los ojos muy abiertos intentaba ver las manchas del techo, recordar lo que las manchas le sugerían. Su pensamiento volaba de un lado a otro, como en sus juegos de niña.

    _ Sí, abuela.

    La abuela no había dicho nada, dormía profundamente.

    Subían las voces de la taberna, el canto del vino al ser trasegado de una cuba a otra, el golpear de los cascos de las caballerías arriatadas en la cuadra de junto a la posada.

    La muchacha seguía inmóvil, pensando. Su imaginación se sumergía en las más extraordinarias aventuras y en las ideas más atrevidas. El calor de la tarde le taladraba la carne hasta llegar al tuétano. Se puso en pie para desnudarse. Se quitó todas las prendas delante del espejo, contemplando su cuerpo magro, la punta de sus pechos, con una sensación oscura y extraña. Desde el espejo volvió los ojos hacia su abuela por si esta le veía, pero la mujer seguía durmiendo.

     Anduvo, así, desnuda por la habitación. Haciendo posturas, bailando. Fue hasta el palanganero. Se chapuzó la cabeza silenciosamente y encontró algo de alivio a la quemazón.

Las voces de la taberna habían menguado. Alguien roncaba en la habitación vecina. Las cuatro paredes de la alcoba parecían desplomarse, aplastarla el vientre, morderla el pecho y los ojos. Entreabrió el ventanuco y miró a la calle vacía. A la vía pueblerina, golpeada por el sol, por la que de vez en vez rodaba una pelota de polvo. Sentía, no sabía por qué, la necesidad de hablar con alguien, huir de aquella soledad, nadar en el río que serpenteaba entre las breñas del pinar.

    Se puso el traje de baño y se vistió con la falda nueva. Luego, bajó los escalones de madera que daban a la puerta trasera de la taberna. Su padre seguía bebiendo anís, emborrachándose lentamente, rodeado por los hombres del pueblo que mataban el tiempo escuchando al cómico. El tabernero, apoyado en el mostrador, atendía a los dichos de los hombres. El ventero tenía la cara amarilla y escuálida; desde joven, según dijo una vez, padecía el mal del cobre.

    La muchacha salió a la calle, un sur caliente rastreaba la vía. En la reja de la ventana estaba atado un caballo, pasó su mano por la estrella blanca que adornaba la cabeza del animal.

    _ Hola, amigo _ dijo. '.

    Después, continuó callejeando durante largo rato. Se detuvo un instante a beber agua en la fuente de la plaza. Al final de la calle se alzaba la silueta ocre del castillo. Anduvo hasta allí pensando en lo mucho que la gustaría corretear por las almenas, por las vacías habitaciones. Pero no dejaban subir. El castillo servía de garaje a unos cuantos camiones.

    Estuvo palpando las piedras antes de cruzar por delante del portón grande, por el jardín de la Prisión Municipal y por el puente. Bajo las arcadas, en la sombra que se proyectaba sobre el ribero, algunas mujeres jabonaban la colada; luego, extendían la ropa sobre el herbazal.

La muchacha no pensaba en nada. O, mejor dicho, sus ideas se habían hecho como bolas de escarabajo y rodaban empujadas por ella misma. De cuando en cuando, una ráfaga de viento oloroso llegaba desde el cercano pinar.

    Sin razón alguna, sólo por escucharse, se puso a cantar en voz alta una tonada antigua perdida en su memoria de niña.

Como quieres que tenga

La la la

Si soy carbonerita

De de de

De Salamanca

De Salamanca.

 

    Al verla, un grupo de madereros de la factoría de junto al arroyo dejaron sus trabajos. Miraron a la cómica y se metieron con ella diciendo algunas procacidades. Mas ésta no les hizo maldito caso y tomó el camino que bordeaba el río. Junto al ribera se hallaba el hombre de la taberna, el de las manos morenas. Al sentir los pasos de la muchacha se volvió para mirar y sonreírla. El muchacho tenía la camisa entreabierta y daba  espaldas al grupo de bañistas que se chapuzaban en lo hondo de la barranca.

    La chica miró al hombre y le devolvió la sonrisa. Lo hizo sin pensarlo bien, quizá sólo porque le gustaban las manos morenas.

    _ Buenas tardes _ dijo.

    Subió la pequeña pendiente del ribazo; llevaba la cabeza cubierta con un gorro como el de los jugadores de «jockey».

    _ ¿Te vas a bañar?

    _ Sí.

    _ Allá arriba está mejor el río. Aquí, en esta parte, los de las huertas revientan el regato y el agua se pone sucia. ¿Estás solo?

    _Sí.

    _ Vente para allá arriba.

    La muchacha  v el hombre fueron caminando  por la trocha, luego por el veril que se perdía entre  unos matojos junto al río. La jara, crecida, les llegaba hasta los hombros. Allí se sentaron.

    El agua se remansaba hasta parecer de cristal. En el bosque, los viejos pinos movían el aire. Unos pececillos se escondían bajo las piedras del alveo y María Luisa, por verles huir, tiró una piedra al agua.

    Olía a jaras y fresquedal, también olíaa el agua y el barco de la orilla. La muchacha tocó la piel del río y sintió ganas de separar las aguas como si fueran ramas del camino.

     Era menuda y dorada, como el trigo en agosto. Los senos duros, apenas florecidos. Se lanzó al agua para sentir los fríos brazos del río ceñidos a su cuerpo. En el centro de la charca se puso en pie, tiritaba. En los labios tenía el sabor dulce del río.

    El muchacho se desnudaba en la orilla, entre los jarales. Pensaba en la chica. Ella también pensaba en él, en su nombre.

    _ ¿Como te llamas? ~"7

    _ Me llamo Miguel.

    _ Yo, María Luisa.

    Se zambulló de nuevo para dejar en lo hondo lo que le angustiaba el corazón. Luego, mientras nadaba, salió del agua para ocultarse entre unas ramas. Allí permaneció con las manos estiradas en la arena, sin recordar nada, dejándose besar. Cantó un pájaro y pensó tranquila que jamás volvería a tener otra vida y otro río como aquel.

    _ ¿Qué haces tú en este pueblo?

    _ Yo canto, trabajo en el teatro, con mi padre. El año que viene debutaremos en Barcelona.

    _ Iré esta noche a verte.

     _ Bueno.

    Sonrió recordando a su padre. Seguiría en la taberna deslumbrando a las pobres gentes del pueblo, bebiendo y poniéndose triste.

    _¿Y tú?

     _ Soy maderero. 

    _ Oye, Miguel, te contaría...

    _¿ Qué?

    Pero no dijo nada, difícil sería que pudiera entenderla. Siguió allí, abrazada a él, dejándose hacer. AL caer la tarde se marchó. Tenía que arreglarse para la representación. Miguel quedó allí, sin saber qué hacer o qué decir. Contento por lo que la aventura le había deparado sin ninguna complicación. Una bonita historia para contar en la taberna a los amigos.

    María Luisa corrió por el camino y ya en el cielo se alzaban las estrellas. Su padre, como pensó, seguía en la taberna bebiendo anís, ya  casi borracho. No había gente y el tabernero, apoyado en el mostrador, parecía tener la cara más amarilla a la luz de la bombilla. El mal del cobre, se dijo otra vez.

    _ ¿Dónde has estado?

    _ En el río

     _ ¿Hasta ahora?

    No contestó y pidió cerveza al tabernero. No había y bebió un vaso de tinto. El vino le calentó las venas, igual que la tierra del río.

     Miró a la cara de su padre, a la de todos, como temiendo  que en  su rostro hubiese quedado reflejada la imagen de  aquella tarde  calurosa. Pero todo seguía igual.

     Cenó aprisa. Camino del teatro la abuela le estuvo recordando que no tenía que equivocarse en los cuplés, y que pusiera más vida en las escenas de amor.  

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