Antonio
Martínez
Menchén

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Espectros

Habíamos cenado copiosamente y nos encontrábamos en ese momento en que, ya vencida la medianoche y agotados los temas políticos, la conversación languidece entre la neblina del tabaco y el coñac. Entonces alguien sacó a relucir un reciente artículo de García Márquez en el que trataba del popular y, al parecer, universal fantasma de la carretera. El conjuro de lo mágico reavivó el fuego de la charla. Habíamos tocado algunos tópicos de aparecidos cuando Javier dijo:

_A mí, más que el fantasma tradicional, me interesa el fenómeno que, sin tener un origen mágico, escapa a las leyes físicas. Por ejemplo: un excursionista se detiene ante la torre de un antiguo castillo ruinoso. Saca la obligada fotografía. Al revelarla descubre con sorpresa que, delante de la torre, una figura humana cae en el vacío. Una posterior indagación le permite averiguar que, unos meses antes de sacar la foto, un hombre se suicidó arrojándose desde las almenas de ese castillo.

La historia, que muchos aseguramos conocer, fue acogida con escepticismo. Alguien dijo que le recordaba Las barbas del diablo con ribetes parasicológicos. Todos la encontramos tan irreal como literaria. Ni siquiera Javier puso demasiado empeño en defenderla. Al fin, Luis terció:

_La verdad, no creo que una imagen pueda fijarse en el tiempo, invisible para el ojo humano y, sin embargo, sensible al objetivo de una cámara. Otra cosa sería una intensa emoción humana.

_A ver, a ver, explícate _interrumpió Javier.

_Lo haré con otra historia. Le sucedió a un conocido mío, a quien llamaré C.A. Era el último miembro de una aristocrática familia, y, después de permanecer largo tiempo en el extranjero, vino a España para hacerse cargo del patrimonio familiar. Arregló el caserón de sus antepasados y, sin otra compañía que la de un viejo criado, tuvo la humorada de instalarse en él. Pues bien, la primera noche que durmió en aquel antiguo palacio, se despertó sobresaltado bajo la impresión de una terrible angustia. El era un hombre tranquilo y sereno, de fácil sueño, poco propicio a terrores y pesadillas. Por eso, cuando las dos siguientes noches volvió a despertarse con la misma sensación, decidió acudir a un médico.

Le recetaron unos calmantes que no surtieron efecto. Más intrigado que alarmado, recurrió a un amigo suyo, psicoanalista. Este le aconsejó viajar durante unas semanas. En el viaje desapareció aquella sensación de terror que le hacía despertar angustiado. Pero nada más volver a su casa, el terror nocturno reapareció.

_Luego _dijo Luis_ aquel terror estaba ligado a la casa.

_Y más concretamente a la habitación en que dormía. Porque cuando cambió de dormitorio, la angustia cesó. Pero mi amigo era obstinado y valiente y estaba dispuesto a descubrir el misterio. Así que, de acuerdo con el psicoanalista, decidió seguir durmiendo en aquel cuarto, pero retirando cada vez un objeto. Cambió de cama y fue sacando diversos muebles y objetos sin resultado. Hasta que, al fin, un día retiró un Cristo barroco que colgaba de la pared. A partir de entonces, la angustia y los terrores desaparecieron.

_Bueno, ¿y qué tenía aquel Cristo...? _pregunté.

 _Tenía una historia.

_¿ Una historia?

_Sí; mi amigo era un obstinado y le siguió la pista. Su padre lo había comprado a un anticuario, quien, a su vez, lo adquirió en la subasta de los bienes de una familia venida a menos, enriquecida durante la desamortización. Procedía de un monasterio dominico. Visitaron el monasterio y afortunadamente pudieron encontrarle catalogado. El crucifijo era una pieza del siglo XVI y su primer destino había sido presidir la sala del Tribunal de la Inquisición de Sevilla.

C.A. sabía que allá, en el siglo XVI, un antepasado suyo que llevaba su mismo nombre había comparecido ante el santo tribunal, precisamente en los días que aquel Cristo presidía la sala. Convicto de luteranismo, fue condenado a la hoguera. C.A. continuó indagando. Supo que existía en los sótanos del museo cierto retrato de autor desconocido que se consideraba correspondía al desgraciado primer C.A. Pidió permiso para visitar aquella sala cerrada al público y vio el retrato. Con aterrorizado asombro pudo comprobar que aquel descolorido retrato reproducía su propia imagen.

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COMENTARIO A «ESPECTROS», DE ANTONIO MARTÍNEZ MENCHÉN (Realizado por el el mismo autor)

Generalmente el Comentario de un texto supone la existencia de un señor muy erudito que se enfrenta con un texto literario como un médico con el cadáver que va a disecar. Armado de una serie de conocimientos que vienen a hacer el oficio del serrucho o el bisturí, nuestro comentarista corta, separa, descompone y compone el dichoso texto, para sacar al final de tanto trajín una serie de consideraciones que seguramente dejarían pasmado al autor del susodicho texto si alguna vez leyera el erudito comentario.

Por supuesto que esto no le importa al Comentarista, porque el autor no cuenta para él. Lo que importa es el texto: algo con una existencia propia tan real y, por consiguiente, tan susceptible de examen como un mineral o una planta. Lo que pensó quien lo hizo, es música celestial. Pero como este comentario de texto lo va a realizar quien lo escribió, será algo distinto. No me voy a enfrentar con el texto como algo independiente de mí y definitivamente separado, sino como algo que nació tras un determinado proceso de creación.

Iremos por partes.

1.  Este texto o, por mejor decir, este cuento es muy corto. Yo puedo decir que es el cuento más corto que he escrito. ¿Hay alguna razón para ello? Sí; es muy corto porque lo escribí para un periódico, y el periódico me exigía un límite de folios de los que no podía pasar. La extensión me vino impuesta.

¿Pero que importa esto? _dirá el comentarista al uso_. Pues yo sí creo que importa. Un hecho externo determina el que un texto tenga una determinada extensión. Y, por supuesto, esa extensión determinará una manera y otra de escribir el texto.

Si alguna vez habéis leído novelas del siglo XIX, novelas de Dickens, por ejemplo, habréis observado que abundan en digresiones que para el gusto actual pueden resultar farragosas. En otras palabras, que se enrollan mucho. Pues bien, la razón acaso esté en que Dickens, como gran parte de los novelistas de su tiempo, publicaba las novelas por capítulos en periódicos semanales a lo largo de todo un año. Y para llenar tanto papel tenían que enrollarse un poco.

En el primer tercio de este siglo, diversos periódicos y revistas americanos publicaban cuentos que, necesariamente, debían ser muy cortos. Pues bien, para atender esta demanda, los escritores de Norteamérica buscaron un estilo literario muy peculiar, donde todo era diálogo y acción, sin casi ninguna descripción ni consideración del autor. Todo lo contrario de los novelistas del diecinueve.

Pero estas cosas, dirá el comentarista, no afectan al texto en sí. Bueno, yo creo que sí; que ayuda a comprender un texto mejor que el contar todas las paradiástoles  _¡vaya palabreja!_ que en él se encuentran.

2.  Al escribir para un periódico un texto breve, decidí que éste debía ganar pronto la atención del lector. Por lo tanto, busqué un tema interesante. Se me ocurrió que podía ser una historia de fantasmas.

Pero yo no he inventado los fantasmas. Al escribir tenía presente: a) Todas las historias que me habían contado desde que era un niño, con tema de fantasmas o similares. b) Todas aquellas que había leído _y son bastantes_ sobre el mismo tema.

Mi texto, como cualquier otro, no nace de la nada. Hay detrás de él una historia literaria. Y esto supone un análisis comparativo. Algo que los comentarios más formalistas suelen desdeñar.

3. Pero si escribo un cuento de fantasmas, lo primero que se me plantea es si creo en ellos o no. En otras palabras, si debo meterme en el cuento o mantenerme distanciado.

Si decido lo primero, lo principal es crear un clima, una atmósfera que haga verosímil el cuento. Insertar lo extraordinario en el contexto de lo cotidiano, sin que desentone. En esta antología hay dos buenos ejemplos: Los cuentos de Merino y de Juan Benet.

Pero si me mantengo distante, no debo buscar a toda costa esta verosimilitud. Por el contrario, debo prescindir de todo lujo de ambientación. Contar la anécdota como algo que se ha oído, pero sin poner la mano en su certeza. Esto es lo que hice. Consecuencia de ello es:

Un estilo directo, sencillo, conversacional.

Una falta de procedimientos retóricos destinados a impresionar al lector.

Una diversidad de narradores. Todo es indirecto. No hay nadie que se responsabilice del hecho, que quiera hacer ver que él «vivió» aquella historia.

Dada la carencia de elementos retóricos y descriptivos para llenar el cuento, no es una anécdota la que se cuenta, sino tres. Estas anécdotas se gradúan desde una mayor distancia e inverosimilitud a una mayor proximidad en la credibilidad. (La primera es una historia que todo el mundo sabe y a la que sólo se alude; la segunda, alguien se la ha contado a uno de los presentes, que la repite sin convicción; sólo en la tercera existe una mayor proximidad entre el narrador y el protagonista y procura hacerse más verosímil.)

El final es un efecto de sorpresa con el que se pretende sorprender al lector, al hacer coincidir dos vidas separadas por el tiempo.

(Texto tomado de la obra  La narrativa española contemporánea)

 

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