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Retrato

El hospicio

Campos de Soria

A un olmo seco

Caminos

Una noche de verano

Soñé que tú me llevabas

Allá, en las tierras altas

Un loco

Un criminal

La tierra de Alvargonzález

Apuntes

Parábolas

La saeta

La muerte del niño herido

El crimen  fue en Granada

¡Madrid, Madrid...

Antonio Machado

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Campos de Castilla (1907-1917)

Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido

_ya conocéis mi torpe aliño indumentario_

  más recibí la flecha que me asignó Cupido,

 y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética

 corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

 mas no amo los afeites de la actual cosmética,

  ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos

 y el coro de los grillos que cantan a la luna.

 A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera

 mi verso, como deja el capitán su espada:

 famosa por la mano viril que la blandiera,

 no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo

_quien habla solo espera hablar a Dios un día_

 mi soliloquio es plática con ese buen amigo

 que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

 A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

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 EL HOSPICIO
Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
en donde los vencejos anidan en verano
y graznan en las noches de invierno las cornejas.
Con su frontón al Norte, entre los dos torreones
de antigua fortaleza, el sórdido edificio
de grietados muros y sucios paredones,
es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!
Mientras el sol de enero su débil luz envía,
su triste luz velada sobre los campos yermos,
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,
a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
¡sobre la tierra fría la nieve silenciosa!...

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Campos de Soria

¡Soria fría, Soria pura,

cabeza de Extremadura,

con su castillo guerrero

arruinado sobre el Duero;

con sus murallas roídas

y su casa denegridas!

¡Muerta ciudad de señores

soldados o cazadores;

de portales con escudos

de cien linajes hidalgos.

y de famélicos galgos,

de galgos flacos y agudos,

que pululan

 por las sórdidas callejas ,

y a la media noche ululan,

cuando graznan las cornejas!

¡Soria fría! La campana

de la Audiencia da la una.

Soria, ciudad castellana,

¡tan bella! bajo la luna.

 

¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, oscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera,
hoy siento por vosotros, en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria,
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais! ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!...

He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio:
tras las murallas viejas
de Soria -barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra-.
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña;
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!

¡Oh, sí! conmigo vais, campos de Soria,
tardes tranquilas, montes de violeta,
alamedas del río, verde sueño
del suelo gris y de la parda tierra,
agria melancolía
de la ciudad decrépita,
me habéis llegado al alma,
¿o acaso estabais en el fondo de ella?
¡Gentes del alto llano numantino
que a Dios guardáis como cristianas viejas,
que el sol de España os llene
de alegría, de luz y de riqueza!

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A UN OLMO SECO

Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo

           algunas hojas verdes le han salido.

        ¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

         le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores

que guardan el camino y la ribera,

habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera

va trepando por él, y en sus entrañas

urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;

antes que rojo en el hogar, mañana,

ardas en alguna mísera caseta,

al borde de un camino;

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

Pulsa aquí para escuchar este poema recitado por Carmen Feito

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 CAMINOS
De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
A solas con mi sombra y con mi pena.
el río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza.
Tiene las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.
Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.
El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna esta subiendo
amoratada, jadeante y llena.
Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos...
¡Ay, ya no puedo caminar con ella!

 

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Una noche de verano
-estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa-
la muerte en mi casa entró.
Se fue acercando a su lecho
-ni siquiera me miró-,
con unos dedos muy finos,
algo muy tenue rompió.
Silenciosa y sin mirarme,
La muerte otra vez pasó
Delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no respondió.
Mi niña quedó tranquila,
Dolido mi corazón.
¡Ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!

Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,

una mañana serena.
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...
Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!

 

Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero 
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños...
   ¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.

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PABLO NERUDA

LUIS CERNUDA

GABRIEL CELAYA

ÁNGEL GONZÁLEZ

CARLOS ÁLVAREZ

LUIS GARCÍA MONTERO

LUIS ANTONIO DE VILLENA

 

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 Un loco
Es una tarde mustia y desabrida
de un otoño sin frutos, en la tierra
estéril y raída
donde la sombra de un centauro yerra.
Por un camino en la árida llanura,
entre álamos marchitos,
a solas con su sombra y su locura,
va el loco, hablando a gritos.
Lejos se ven sombríos estepares,
colinas con malezas y cambrones,
y ruinas de viejos encinares,
coronando los agrios serrijones.
El loco vocifera
a solas con su sombra y su quimera.
Es horrible y grotesca su figura;
flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,
ojos de calentura
iluminan su rostro demacrado.
Huye de la ciudad... Pobres maldades,
misérrimas virtudes y quehaceres
de chulos aburridos, y ruindades
de ociosos mercaderes.
Por los campos de Dios el loco avanza.
Tras la tierra esquelética y sequiza
_rojo de herrumbre y pardo de ceniza_
hay un sueño de lirio en lontananza.
Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!
_Carne triste y espíritu villano!_
No fue por una trágica amargura
esta alma errante desgajada y rota;
purga un pecado ajeno: la cordura,
la terrible cordura del idiota.

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RAFAEL MORALES
LEOPOLDO PANERO

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 Un criminal
El acusado es pálido y lampiño.
Arde en sus ojos una fosca lumbre,
que repugna a su máscara de niño
y ademán de piadosa mansedumbre.
Conserva del oscuro seminario
el talante modesto y la costumbre
de mirar a la tierra o al breviario.
Devoto de María,
madre de pecadores,
por Burgos bachiller en teología,
presto a tomar las órdenes menores.
Fue su crimen atroz. Hartóse un día
de los textos profanos y divinos,
sintió pesar del tiempo que perdía
enderezando hipérbatons latinos.
Enamoróse de una hermosa niña,
subiósele el amor a la cabeza
como el zumo dorado de la viña,
y despertó su natural fiereza.
En sueños vio a sus padres ?labradores
de mediano caudal? iluminados
del hogar por los rojos resplandores,
los campesinos rostros atezados.
Quiso heredar. ¡Oh guindos y nogales
del huerto familiar, verde y sombrío,
y doradas espigas candeales
que colmarán las trojes del estío!.
Y se acordó del hacha que pendía
en el muro, luciente y afilada,
el hacha fuerte que la leña hacía
de la rama de roble cercenada.
................................................
Frente al reo, los jueces con sus viejos
ropones enlutados;
y una hilera de obscuros entrecejos
y de plebeyos rostros: los jurados.
El abogado defensor perora,
golpeando el pupitre con la mano;
emborrona papel un escribano,
mientras oye el fiscal, indiferente,
el alegato enfático y sonoro,
y repasa los autos judiciales
o, entre sus dedos, de las gafas de oro
acaricia los límpidos cristales.
Dice un ujier: «Va sin remedio al palo».
El joven cuervo la clemencia espera.
Un pueblo, carne de horca, la severa
justicia aguarda que castiga al malo.

 

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GABRIEL CELAYA  JOSÉ LUIS GALLEGO  MARCOS ANA   JOSÉ HIERRO 

 MARÍA BENEYTO   ALFONSO SASTRE    CARLOS ÁLVAREZ

  VÁZQUEZ MONTALBÁN       LEOPOLDO MARÍA PANERO   

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Llegaron los asesinos

hasta la Laguna Negra,

agua transparente y muda

que enorme muro de piedra,

donde los buitres anidan

y el eco duerme, rodea;

agua clara donde beben

las águilas de la sierra,

donde el jabalí del monte

y el ciervo y el corzo abrevan;

agua pura y silenciosa

que copia cosas eternas;

agua impasible que guarda

en su seno las estrellas.

¡Padre!, gritaron; al fondo

de la laguna serena

cayeron, y el eco ¡padre!

repitió de piedra en piedra.

(La tierra de Alvargonzález)

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(Nuevas canciones (1917-1930)

(Apuntes)

I

Desde mi ventana ,

¡campo de Baeza

a la luna clara!

¡Montes de Cazorla,

Aznaitín y Mágina!

¡De luna de piedra

también los cachorros

de Sierra Morena!

II

Sobre  el olivar,

se vio la lechuza

volar y volar.

Campo, campo, campo.

Entre los olivos,

los cortijos blancos.

Y la encina negra

a medio camino

de Úbeda a Baeza.

III

Por un ventanal,

entró la lechuza

en la catedral.

San Cristobalón

la quiso espantar

al ver que bebía

el velón de aceite

de Santa María.

La Virgen habló:

Déjala que beba,

San Cristobalón.

 

IV

Sobre el olivar

se vio la lechuza

volar y volar.

A Santa María

un ramito verde

volando traía.

¡Campo de Baeza,

soñaré contigo

cuando no te vea!

V

Dondequiera vaya,

José de Mairena

lleva su guitarra.

Su guitarra lleva,

cuando va a caballo,

a la bandolera.

Y lleva el caballo

con la rienda corta,

la cerviz en alto.

 

VI

¡Pardos borriquillos

de ramos cargados,

entre los olivos!

 

VII

¡Tus sendas de cabras

y sus madroñeras,

Córdoba serrana!

 

VIII

¡La del Romancero,

Córdoba la llana!...

Guadalquivir hace vega,

el campo relincha y brama.

 

IX

Los olivos grises,

los caminos blancos.

El sol ha sorbido

la color del campo

y hasta tu recuerdo

me lo va sacando

este alma de polvo

de los días malos.

 

 

 

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PARÁBOLAS
Era un niño que soñaba
con un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía ...
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedose el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!

PULSA EN CADA AUTOR PARA LEER POEMA SOBRE SUEÑOS:

ROMANCE ANÓNIMO    JUAN BOSCÁN    FERNANDO DE HERRERA    LUPERCIO ARGENSOLA  G. ADOLFO BÉCQUER    JOSÉ MARTÍ 

  JUAN RAMÓN JIMÉNEZ    GERARDO DIEGO      ÁNGEL GONZÁLEZ

 

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La saeta
                                 
¿Quién me presta una escalera
                      para subir al madero
                          para quitarle los clavos
                         a Jesús el Nazareno?

                          
SAETA POPULAR

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía
que echa flores
al Jesús de la agonía
y es la fe de mis mayores!
!Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a este Jesús del madero
sino al que anduvo en el mar!

PINCHA EN CADA AUTOR PARA LEER UN POEMA A CRISTO CRUCIFICADO:

Miguel de Unamuno

José Bergamín

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La muerte del niño herido

Otra vez en la noche...Es el martillo

de la fiebre en las sienes vendadas

del niño. _Madre, ¡el pájaro amarillo!

¡Las mariposas negras y moradas!

_Duerme, hijo mío_. Y la manta oprime

la madre junto al lecho. _¡Oh, flor de fuego1

¿quién ha de helarte, flor de sangre, dime?

hay en la pobre alcoba olor de espliego;

fuera, la oronda luna que blanquea

cúpula y torre de la ciudad sombría.

Invisible avión moscordonea.

_¿Duermes, oh dulce flor del alma mía?

El cristal del balcón repiquetea.

_Oh, fría, fría, fría, fría!

El crimen fue en Granada

A Federico García Lorca

Se le vio caminando entre fusiles,

por una calle larga,

salir al campo frío,

aún con estrellas, de la madrugada.

mataron a Federico

cuando la luz asomaba.

El pelotón de verdugos no osó mirarle la cara.

Todos cerraron los ojos;

rezaron: ¡ni Dios te salva!

Muerto cayó Federico

_sangre en el frente y plomo en las entrañas_

...Que fue en Granada el crimen,

sabed  _¡pobre Granada!_, en su Granada.

 

"¡Madrid, Madrid! ¡Que bien tu nombre suena!"

 

 

¡Madrid, Madrid! ¡Qué bien tu nombre suena,

rompeolas de todas las Españas!

La tierra se desgarra, el cielo truena,

tú sonríes con plomo en las entrañas!

 

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LEON FELIPE

CÉSAR VALLEJO

VICENTE ALEIXANDRE

RAFAEL ALBERTI

MAX AUB

PABLO NERUDA

MANUEL ALTOLAGUIRRE

MIGUEL HERNÁNDEZ

RAFAEL MORALES

JOSÉ HIERRO

CARLOS ÁLVAREZ

 

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