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Antonio

Martínez Menchén

Plaza de Ópera

El colchón

Punto y contrapunto

Expediente de cierre

La nieve

La iniciación

El viejo

Torito

Morgazo

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  PLAZA DE LA ÓPERA

    Ya bien entrada la noche fría de octubre eran pocos quienes aún rondaban en la plaza de la Ópera, a las espaldas del Teatro Real. Se había despejado la entrada principal, que en aquella noche de gala había llenado la plaza de Oriente de carrozas, carruajes y coches de alquiler y allá, en las traseras, tan solo estaban los cocheros de algunos simones sin servicio y algunos randas trasnochadores que se agrupaban en torno al fogón de la castañera y el puesto de azucarillos y aguardiente para, por fuera y por dentro, matar el frío.

Destacaban en aquella concurrencia dos caballeros bien trajeados que tampoco presentaban la pinta característica del señorito calavera. Uno, ya entrado en años, era grueso, coloradote. El otro, algo más joven, alto y fuerte, moreno, de espesas cejas y ojos negros de mirada profunda. Ambos pidieron dos copas de aguardiente y, mientras bebían, prestaban atención a las palabras que el dueño del aguaducho dirigía a uno de los cocheros.

      _Pensarás lo que quieras _decía_ pero yo fui un buen barítono y canté en teatros muy principales de España e incluso del extranjero. Precisamente esta ópera, Un ballo in maschera, fue crucial para mí. En La Fenice se la escuché al genial Battistini, y eso me marcó. Estaba obsesionado con aquel papel, y en mi interior resonaba  continuamente  la voz del rey de los barítonos. Un año después la canté en Zaragoza. Mientras cantaba, seguía escuchando por dentro la voz de Battistini. Y de pronto, se quebró la mía. Ese fue el fin. Y es que si uno mira fijamente al sol, se quema los ojos.

       Los concurrentes escuchaban con sonrisa incrédula. También sonreía el caballero moreno que había pedido otra copa, pero en aquella sonrisa, más que burla, había ternura. El del aguaducho, molesto con el cochero, dijo:

      _¿No me crees? Ahora verás.

      Y con una voz débil y algo vacilante, pero bella, comenzó a cantar:

        Eri tu che macchiavi quell'anima

        La delizia dell' anima mía:

        Aquí tuvo que interrumpir su canto por un ataque de tos. Bebió un poco de aguardiente e hizo un gesto de des- ánimo, como si se diera por vencido.

        El caballero moreno apoyo un momento la mano sobre su hombro. Después chocó en un brindis su copa con la suya. Dejó la copa sobre el mostrador y separándose un poco, continuó el aria:

         Che m'affidi e d'un tratto esecrabile

         L 'universo avveleni per me

         Era una voz dulcísima y potente. Un cálido chorro de plata líquida que endulzaba la noche, llenando la plaza entera.

Traditor! Che compensi en tal guisa

Del amico tuo primo la fe!

O dolcezze perdute! O Memorie

d'un amplesso che l'essere india!...

         Se habían abierto varias ventanas asomándose a ellas los vecinos. Al aguaducho se acercaban apresurados algunos transeúntes. También se aproximaba el sereno que, al estar junto a él, golpeó el suelo con su chuzo.

        Entonces el aguador, saliendo de su puesto, sujetó el brazo del sereno mientras le decía:

      _Silencio, gallego, y prostérnate. El gran Titta Ruffo está cantando ahora para nosotros, los pobres...

(Veinticinco instantáneas y un prólogo)

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VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

PÍO BAROJA

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    EL COLCHÓN

     _ Y la culpa, señor cabo, la tiene esta mujer, que tuvo que empeñarse en que el abuelo nos acompañase a la boda de su sobrina. Y mira que yo le dije que su padre no estaba para bodas, pero ella arre que arre y hasta que no vio al viejo encaramado en el carro no paró. Y no crea usted que el trayecto es un paseo, que son casi ocho horas bajo la solanera.

     »Sí, señor cabo, abrevio, pero es que tengo que ponerle en los antecedentes para que usted comprenda. El caso es que el viejo, que nunca ha sido morigerado, se hartó de comer y de beber; así que cuando a la mañana siguiente me lo encontré tieso, no se crea que me llevé ninguna sorpresa, no señor.

     » Y ahora viene la otra manía de esta mujer, la de que a su padre había que enterrarlo en su pueblo. Y por más que yo le decía que eso no podía ser, que debíamos enterrarlo donde había muerto, ella con su perra de que su padre tenía que reposar en donde había nacido y pasado toda su vida. Y yo que aquello no podía ser, que si era necesario para el traslado hacer una serie de trámites y llenar un montón de papeles. Y entonces fue cuando saltó ella con que ni trámites ni papeles; que lo único que había que hacer era envolverlo en el colchón.

    »Sí, ya sé que eso no está bien, que no se puede llevar un muerto por ahí de cualquier manera. Pero qué quiere que le diga... Usted no sabe cómo es esta mujer, machaca y machaca. Además el cadáver estaba bien envuelto,  primero  en una manta y luego en el colchón, que no había quien lo notase...

    »Total que nos pusimos en camino. Llevábamos cinco horas bajo el sol, cuando pensé, y ésta sí que fue mi culpa, que podíamos detenemos junto al río para comer y refrescarnos. Metimos el carro en una arboleda y nosotros fuimos hasta el río, apenas cincuenta metros más abajo. En ningún momento perdimos el carro de vista, pero el caso es que cuando volvimos, se habían llevado el colchón.

    » Y esto es lo que vengo a denunciar, señor cabo: Que nos han robado el colchón. Tiene que haber sido una partida de gitanos que siempre anda rondando por allí, pero asegurar no puedo asegurarlo. El colchón no creo que pueda recuperarlo, y bien que lo siento porque era un colchón de matrimonio nuevecito. Pero lo que sí quiero es que quede constancia de que dentro iba el cadáver de mi suegro. Y como esos desalmados en cuanto lo descubran lo dejaran tirado por ahí, repito que quiero que quede constancia de lo que pasó para que cuando aparezca no tenga yo que cargar encima con el muerto...

(Veinticinco instantáneas y un prólogo)

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PUNTO Y CONTRAPUNTO

   Formaban  mis padres una pareja de lo más dispar. Papá era brusco y fuerte como un toro. Cuando en el verano descendía del camión en camiseta desmangada yo admiraba sus brazos membrudos y musculosos, cubiertos de tatuajes recuerdos de su servicio militar en África. Mamá, por el contrario, era una rubita menuda, dulce y suave, que cantaba además como los mismos ángeles.

     Soy gran aficionado a la ópera, de ahí que entre mis discos figuren, comenzando con una venerable reliquia de la Melba, casi todas las grandes divas que nos han dejado el registro de su voz. Pues bien, ninguno de estos prodigiosos ruiseñores me ha causado la impresión que me causaba la voz de mamá.

     Claro que la memoria es infiel y por entonces tenía pocas referencias comparativas. Nosotros, por no tener, no teníamos ni radio: así que sólo contaba con las coplas de mamá y las vecinas. Alguna vez, a través de la ventana entreabierta, escuchaba la voz que salía de un receptor, pero siempre la escuchaba de una manera incompleta y borrosa. También algún que otro sábado me llevaba papá a casa de un compañero suyo para que, en la vieja Telefunken, siguiésemos el concurso de «Fiesta en el Aire». Ese era todo mi bagaje musical.

     En «Fiesta en el Aire» los participantes se agrupaban por géneros. Papá prefería el flamenco, donde triunfaban siempre quienes la emprendían con medias granaínas preñadas de gorgoritos y floreos. Yo me quedaba con un joven dotado de un chorro de voz con el que atacaba _intervenía en varios géneros_ romanzas de zarzuela, jotas navarras y una canción tirolesa en la que, tras una cascada de tirolirolirolíes, nos informaba que «su caballo le miraba con la persistencia de mujer fatal». Cantaba muy bien _como que se llevó varios premios_; pero lo de mi madre era otra cosa.

      Mamá entonaba canciones de la Imperio y la Piquer, así como tangos y romances. Como los tangos y romances tenían unas letras tristísimas eran mis predilectos, pues no sé por qué siempre he tenido querencia por las cosas tristes.

     El día que pescaba unas anginas -_lo que ocurría una vez cada mes_ era un día de fiesta mayor; y ello no sólo por quedarme en cama sin ir al colegio, sino porque cuando mamá entraba en mi cuarto para darme un toque de vinagre en las amígdalas, yo me ponía tan quejica que, al final, ella se sentaba a la cabecera de mi cama y acababa cantando para consolarme.

     Una tarde en que entonaba el romance de La pobre Adela _una copla tan lúgubre que, hacia su mitad, siempre se me saltaban las lágrimas_ papá, entrando en el cuarto de improviso, nos sorprendió. Tras miramos un momento, dijo:

     _Tú sigue, sigue así, mujer, que verás como acabas haciendo de este niño un mariquita.

     Mis padres salieron de la habitación discutiendo. Yo me quedé de piedra. Jamás se me había ocurrido que mi gusto por las canciones de mi madre pudiera acarrearme consecuencias tan funestas. Porque de lo que estaba muy seguro era de que eso de convertirse en mariquita era lo peor que podía ocurrirle a un niño. Así que, para evitar la tragedia, decidí cortar por lo sano. Cuando al mes siguiente llegaron las anginas, no solicité las canciones de mamá.

     Dos años después cruzábamos toda la familia el Depeñaperros para instalamos en una pequeña ciudad castellana con un río muy grande y un frío más grande todavía.

     Como llegamos a mitad del verano, lo del frío no lo notamos aún. Sí notamos que en el colegio los nuevos tienen  el mismo recibimiento que las gallinas en corral ajeno. Pero nosotros supimos afrontar la situación.

     Puntos principales del comité receptivo eran dos hermanos a quienes, por la color del pelo, llamaban los zanahorias. Dos gallitos de roja cresta.

     Fue el más pequeño quien rompió las hostilidades. Tuvo el hombre la envidiable fortuna de ir a tropezar con Pepote. Pepote era mi hermanito menor. Cómo sería la criatura que papá, tan poco dado a admirarse por esas cosas, le contemplaba de vez en vez con admiración y asombro al par que exclamaba: «¡Pero es que este niño las caga cuadrás!»

     Así que en cuanto el zanahoria menor comenzó a cacarearle, Pepo te le largó tal guantada que le puso la cara del revés. Entonces decidió intervenir el zanahoria mayor. Seguro que Pepote no hubiera necesitado ayuda, pero yo pensé que, por correspondencia de edad, aquel me tocaba a mí. Salí airoso del lance y a partir de entonces los andaluces, como nos llamaban, gozamos del debido respeto.

     Habíamos ganado una batalla, pero ¡ay!, todavía faltaba mucha guerra. No contábamos con el general invierno. Acaso por no estar acostumbrados a sus rigores, hizo estragos en nosotros. No habían comenzado todavía las nevadas cuando nos invadieron los sabañones. A mí se me pusieron las manos que apenas podía empuñar el lápiz, y aunque los entendidos decían que se curaban con orines, por mucho que me las orinaba no sanaban las grietas. Claro que lo de Pepote fue aún peor. Malo maldito yo podía andar; pero mi hermano, a más de tener las manos hechas una pena, no podía dar un paso.

     Para ir a la escuela adoptamos un método ingenioso. Pepote se cargaba a la espalda las dos carteras y yo, a mi vez, cargaba en las mías con mi hermano. Y así, con el hermanazo a cuestas y arrastrando los pies, iba al colegio como Cristo camino del calvario.

     Cuando los zanahorias advirtieron nuestra inutilidad total, vieron abrirse el cielo. Nos aguardaban en una plazoleta, sentados en un pilón  de cuyo caño colgaban cristalinos carámbanos. Cuando llegábamos, empezaba la función. Tras unos escogidos insultos para abrir boca, venían los correazos, los golpes con la regla y la cartera, y la lapidación con  bolas de nieve endurecidas que guardaban en sus frías entrañas algún que otro canto. A mí me descalabraron tres veces. A Pepote, cinco.Los otros niños contemplaban la somanta con cierta compasión pero sin atreverse a intervenir. Algunos nos incitaban a que se lo contásemos a don Lápiz, el maestro. Pero nosotros nunca hemos sido chivatos.

     Y así día tras día. En cuanto llegábamos a la dichosa plaza, los hermanos se encaminaban jubilosos hacia nosotros. Pepote los recibía mentándoles sus muertos, expresión desconocida por aquellos lugares antes de nuestra llegada pero que pronto gozó de general aceptación. Yo, más estoico, aguantaba en silencio.

     Pero una mañana descubrimos gozosos que, aun cuando no había acabado el invierno y el cielo amenazaba nieve, nuestros sabañones estaban casi curados. éramos ya capaces de cerrar las manos y, lo que es más importante, Pepote podía andar.

     Salimos a la calle. Para probar sus recuperados pies, mi hermano ensayó una torpe carrerita. Marchaba delante de mí, alegre como unas Pascuas. Estábamos llegando a la plazuela fatídica, cuando le dije:

     _Ven, Pepote, que te tome a cuestas.

     _Para qué, ¿no ves que puedo andar?

     _Pareces tonto. Podemos andar, pero aún no podemos correr deprisa.

     Aunque algo cerrado de mollera, mi hermano comprendió.

     Así que entré en la plaza con el hermanito a cuestas, cara de sufrimiento y arrastrando los pies. Como todas las mañanas los zanahorias, que ya esperaban en la fuente, se encaminaron hacia sus víctimas. Estaban casi a nuestro lado cuando nos tiramos sobre ellos sin darles tiempo a huir.

     Yo, con el mayor, estuve moderado. Me limité a sacudirle tres cates aunque, eso sí, con el primero le empavoné un ojo. Pero Pepote, fiel a su condición, se cebó. Cuando por fin llegó el carbonero, sacado de su tienda por los gritos, no podía creerlo. Con un puntapié separó a mi hermano de su víctima llamándole asesino y poniendo así fin a la masacre.

     A la tarde siguiente se presentó en nuestra puerta el padre de los zanahorias con los dos cuerpos del delito, preguntando por papá. Éste, muy calmoso, salió a recibirlo.

     _Y bien _dijo el hombre señalando las caras de las criaturas_, ¿qué les parece esto?

     Tras contemplarlos, deteniéndose particularmente en la estampa del menor, respondió mi padre:

     _¡Horroroso!

     _Pues los causantes de este horror son sus hijos. ¿Tiene usted algo que decir?

     _Sí. Que esto es lo que ocurre cuando uno se cobra en un día la deuda acumulada durante tres meses.

     _¿Qué?

     _Sí, hombre. ¿No lo sabía? Durante tres meses todos, lo que se dice todos los días y aprovechando que ellos no podían casi moverse, sus hijos han estado zurrando a los míos. Así que ayer éstos se cobraron la deuda. Han hecho mal. Yo le aseguro que el próximo año se la cobrarán poco a poco, durante toda la primavera, en vez de en una sola sesión.

     El hombre, mohíno, se fue sin rechistar. Yo estaba asombrado. Así que papá sabía lo de la zurra diaria y se había estado callado sin comentar nada, sin decir ni mu. ¡Hay que ver cómo era mi padre!

     Cuando nuestros enemigos se hubieron alejado, papá, con gesto severo, nos dijo:

     _Me parece bien que mis hijos sepan portarse como hombres. Pero, y esto Pepín va sobre todo por ti, una cosa es comportarse como un hombre y otra como una bestia. Que no vuelva a repetirse.

     Fue entonces, cuando en un tonto impulso, dije a mi padre:

     _¿Verdad, papá, que me he portado como un hombre? ¿ Verdad que no soy ningún mariquita?

     Papá me miró con asombro. Luego exclamó:

     _Pero qué idioteces dices. Cómo iba a ser mariquita un hijo mío.

     _Entonces, si me pongo malo, ¿dejarás que mamá me cante?

     Volvió a contemplarme en silencio y, tras un encogimiento de hombros, se alejó. Y hoy, después de tantos años, aún me queda la duda de si en aquel encogimiento de hombros mi padre aceptaba mi proposición, o tan sólo se limitaba a expresar ese sentimiento de profundo desánimo que tiene todo padre cuando un día, antes o después, reconoce la total imposibilidad de poder influir en el destino de su hijo.

(Una infancia perdida)

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Expediente de cierre

      Me despierta el silbido del calentador. El reloj, de esfera fosforescente, marca las siete y media. De nuevo cierro los ojos…Durante unos minutos _o segundos, ¿quién podría decirlo?_ creo dormir… El chorro del grifo del lavabo me vuelve a la realidad

      Pienso que se está bien aquí, en el cálido nido de la cama, frente a la fría hostilidad de la luz borrosa, de esa neblina de día invernal enseñando su  feo hocico al otro lado de los cristales…Pero oigo correr el agua del lavabo…Y ese sonido es, para mí, como una pantalla cinematográfica  que me permite ver toda la escena… Él está en camiseta, chapoteando en el agua fría que deja correr para lavarse en el mismo chorro, abierto el desagüe para que no se llene el lavabo. Ahora resopla, mientras se frota violentamente con la toalla para avivar la circulación de la sangre y entrar en calor. Ha cesado el ruido del agua caliente. Se está afeitando. Moja la brocha en la bacinilla de agua templada y comienza a frotarla en la barra cilíndrica del jabón. Hace muchos años, en su cumpleaños, me presenté con una maquinilla eléctrica. Al día siguiente estaba otra vez en el comercio, devolviéndola… Ahora tiene la cara cubierta por esa crema de inmaculada blancura, que tanto me impresionaba   de niña, y comienza a abrir en aquella homogénea superficie nevada, en aquella inviolada estepa ártica, amplias sendas con la navaja barbea. Se frota la arrugada piel con esa piedra rosa, esa extraña piedra que yo siempre unía a tesoros ocultos. Pone en la palma de la mano un chorro de loción y, suavemente, se restriega las mejillas, el cuello y la barba. Puedo sentir el olor, el olor de  mi niñez, el hermoso olor de los hombres, el olor de mi padre…Ya ha terminado; pronto oiré su voz, pidiendo a gritos el desayuno. Tengo que levantarme.

        Recuerdo la felicidad  de los primeros días, la felicidad humilde y maravillosa de levantarme pasadas las nueve; la felicidad de despertarme pronto, condicionada por el  hábito de toda mi vida para, en lugar de levantarme, permanecer en la cama tibia pensando: no tengo prisa, no tengo que estar en  pie a las siete y media para prepararle el desayuno, para disponer todas las cosas antes de las ocho, su hora de salida; no tengo prisa, puedo seguir aquí, en esta dulzura cálida, puedo aún dormir una hora más, una mágica y celestial hora... Sí; recuerdo, como un sueño, la felicidad de aquellos primeros  días en  que podía levantarme pasadas las nueve porque él también permanecía en la cama, porque él tampoco tenía que salir... Recuerdo aquella pobre y humilde dicha, tan breve, tan lejana...

      En fin, cada uno tiene su sino. Por supuesto, Mary y Lucía vienen frecuentemente; rara es la semana que faltan. ¡Y qué dulces, qué cariñosas durante sus visitas! Todo es papá, papá... "Papá, ten cuidado con lo que comes. Papá ¡ese tabaco! Pero cómo le pones otra taza de café, hija; luego así anda él con la tensión..." Resulta casi conmovedor verlas así, tan buenas hijas, tan maternales...Después, claro, que si el marido, que si los hijos..., se van. Y aquí nos quedamos. Él y  yo. Yo, la gruñona, la del mal carácter, la del genio tan fuerte que por eso, sin duda, te quedaste soltera; la hermana mayor, la que se hizo cargo de todo cuando murió mamá y aún sigue igual, haciéndose cargo de todo...Sí; él Y yo... La hija con su padre...

      Casi adormilada me pongo las medias, los zapatos, la bata. Entro en la cocina, caliento el café con leche y le preparo la tostada. Dejo la bandeja en la mesa del comedor, mientras le oigo zascandilear por el despacho arreglando sus papeles. Bajo a la calle a por el periódico. En estas pequeñeces, se va casi una hora. Dentro de nada, el bueno de Liborio estará llamando al timbre. 

       En el fondo, no me quejo. Al menos sé que no está solo, aunque a veces me angustia pensar que un día seré yo la que posiblemente estaré sola, completamente sola. Pero después de todo, fui yo quien elegí. Aunque, bien pensado, tampoco elegí nada. Murió mamá y yo dejé los estudios, ¿para qué iba a terminar la carrera?; ocupé el lugar de la madre, me hice cargo de la casa, y aquí estamos. Las cosas vinieron así, no hay que darle más vueltas. Sólo que, pienso, todo podía ser algo mejor, más fácil...

      No son aún las nueve, cuando un discreto timbrazo anuncia la llegada de Liborio. Liborio es pequeño, sonrosado, con la cabeza redonda como un garbancito. Liborio sonríe como pidiendo perdón, anda y mira como pidiendo perdón... Liborio viste siempre de gris oscuro, con chaquetas de deshilachadas mangas. Los puños y los cuellos de sus camisas vocean a los cuatro vientos que no hay, que no ha habido nunca una mujer en su vida…Hoy, como la mañana es fría, Liborio oculta mejor esa soledad con una bufanda que le tapa una buena parte de la  boca. Liborio, sonriendo, levanta hacia mí sus oscuros ojillos de pájaro, y pregunta:

      _¿Está ya don Juan en su despacho?

      Sí; no son las nueve pero don Juan espera ya en su despacho la llegada de Liborio.

Este golpea tímidamente la puerta. La voz de papá, aún fuerte, aún seca y utoritaria,

gruñe: "¡adelante!". Me alejo hacia la cocina; sin necesidad de verla la escena que se repite casi todos los días, surge ante mí.

      Papá, de forma brusca, gruñe un "¡a buenas horas llega usted, Liborio!".

      "Aún no son las nueve, don Juan". Papá se sulfura: "Bueno, bueno, Liborio; no tengo ganas de comenzar la mañana discutiendo con usted". Calla el hombrecito pero, mirando fijamente a mi padre, saca su grueso reloj de bolsillo, lo examina ostentosamente, mira a mi padre sin decir nada, le da cuerda y lo vuelve a guardar en el bolsillo del chaleco. Mi padre, parapetado tras su gran mesa de despacho, se ha sumergido en unos legajos y parece ignorar la presencia de Liborio. Este cuelga el abrigo y la bufanda en el perchero y toma asiento en la mesa pequeña situada junto a la pared de la derecha de la entrada, a la izquierda de mi padre, colocado en el fondo. Reina el silencio durante un rato, un silencio que rompe papá diciendo algo como "porque no sé si sabrá que tenemos mucho trabajo..." Liborio, entre tanto, ha sacado una petaca de cuero llena de picadura y un librito de papel de fumar _y yo me pregunto dónde pueden encontrarse aún esas cosas_, lía un cigarrillo delicadamente, casi con mimo, y lo fuma despacio, muy despacio, afirmando en el sencillo acto la legitimidad de su derecho. Mi padre masculla que las cosas no salen, se atrasan; los expedientes se amontonan, esto no puede seguir así...,lanzando a Liborio una mirada, más que enojada, irónica; una mirada que encierra toda una pesimista concepción del mundo y de sus posibilidades de cambio. Impávido, Liborio soporta las miradas de mi padre mientras consume su pitillo, mientras detenta su derecho. Después, abre el portafolios que hay sobre la mesa, toma unos papeles, saca del bolsillo interior de su americana una estilográfica  _una vieja Parker que compró Dios sabe cuándo, y que ningún bolígrafo del mundo podrá desterrar_  y da comienzo a su trabajo de cada día...

      Mientras, yo continúo con el mío... Bajo a la calle. Paso por la panadería, la carnicería, la tienda de ultramarinos. Voy de una tienda a otra, escuchando distraídamente el parloteo de las mujeres, las amas de casa, mis iguales... Escucho su cháchara y, a veces, yo misma tomo parte de ella... Esperando que nos despachen la fruta, la carne,  el pescado, hablamos de cómo está la vida, de cómo ha subido todo, de cómo tal o cual cosa es cada día más cara y peor y ya no se puede vivir... Hablo de estas cosas que son las mismas de las que hablamos ayer, las mismas de las que hablaremos mañana. Mecánicamente, participo en los ritos de este pequeño mundo, el mío, tan distinto de aquel que en mi juventud deseé. Y entre tanto, puedo imaginar lo que ocurre en este otro mundo pequeño, cerrado y repetido; en ese mundo ritual del despacho de mi padre.

      Papá examina un expediente. Sus ojos cansados pasan sobre la apelmazada prosa administrativa, sin captar del todo su sentido. A veces el sueño, calladamente, como un ladrón, le asalta traicionero. Durante unos instantes, sus ojos se cierran. Una brusca cabezada le saca de su sopor. Mira, casi aterrado, a Liborio, temiendo haya podido sorprender ese pasajero momento de debilidad... No; parece que no... Liborio intenta vanamente concentrarse sobre una larga suma de guarismos que no acaba de cuadrar. Papá dice algo como: "Mire, Liborio, tiene que prepararme una recopilación de los reglamentos de precedencias de ordenación de autoridades y corporaciones"; o bien algo corno "Liborio, haga el favor de traerme el pliego de cláusulas generales para contratos de estudios y servicios técnicos del departamento"; o, más simplemente: "Mire, Liborio; aquí tenemos otra carta de los Crevillente. Es intolerable que este asunto siga rodando por ahí”. Y Liborio abre el cajón de su mesa, saca un montón de carpetas  verdes atadas con cintas rojas, revuelve papeles de diversas formas y tamaños _papeles mecanografiados, reintegrados, firmados y sellados; instancias que acaso sean de hace dos años, o de hace diez, o veinte, o treinta; solicitudes cuyos firmantes posiblemente hace lustros alcanzaron su objeto o, sin alcanzarlo, se dieron por vencidos, resignados; solicitudes firmadas por gente que, quizá, hace años ya murieron…Y repasando aquellos papeles, contesta alguna de aquellas cartas, redacta un oficio dirigido a algún organismo puede que ya extinguido, y después de ordenar minuciosamente el portafolios, pasa todo a la firma de papá…

      Subo la escalera con la compra cuando me cruzo con Liborio. Sí; son las once de la mañana. Un nuevo rito acaba de cumplirse. Después de consultar su reloj, como todas las mañanas desde hace treinta años, dice a papá _no es una pregunta, sino una aseveración_-: "Don Juan, ¿puedo salir a tomar el café?" Y don Juan, como todas las mañanas, gruñe: "Sí, Liborio; pero no se duerma usted. Ya sabe el atraso que tenemos..." Y el hombrecito, embutiéndose en su abrigo y bufanda, sale.

      Al cruzarnos en la escalera, me saluda con su tímida sonrisa. Ahora en el bar de la esquina, goza de las delicias del café de la media mañana. Le lleva su buena media hora el consumir la minúscula taza, media hora que papá aprovecha para devorar el ABC que yo le entré y que se había apresurado a guardar en su cajón. Lee, tranquilo al principio, más nervioso, atento al menor ruido, como colegial que hojea una novela aprovechando la salida del profesor, conforme se acerca la hora del probable regreso de Liborio. Y cuando el timbrazo de la, puerta le anuncia la posible vuelta de su subordinado, se precipita a guardar el periódico en el cajón, poniendo esa cara entre resignada y escéptica que tan sólo se alcanza tras muchos años de servir a la administración, ya muy al tanto de sus tristes entresijos. Liborio entra; papá mira al reloj y, después, al administrativo con esa tristeza resignada e irónica que dice más que cualquier discurso sobre el destino de este desdichado país y la incorregible irresponsabilidad de sus hijos. Y Liborio, como todas las mañanas, sosteniendo con estoicismo heroico la mirada de la gorgona, refunfuña por lo bajo algo sobre la imposibilidad de hacer nada con la penuria de recursos humanos del Departamento. Después, cada uno vuelve a su tarea.

      En la cocina, preparo la comida y la cena. Es el fin de mi diario trabajo. Esta tarde saldré con Enriqueta, con Pepita, con Charo... Seguramente iremos a sentarnos para tomar el té con pastas en una de esas raras cafeterías que aún no ha descubierto nuestra despendo lada juventud. O puede que no. Con suerte, Charo habrá sacado entradas para algún teatro, una de esas maravillosas comedias mundanas que tanto le gustan y de las que invariablemente sale diciendo: "Chica, es muy divertida, no me lo negarás; si no fuera tan verde..." A lo que Enriqueta, siguiendo el juego, añadirá que esto es ya una desvergüenza, y no sabe dónde vamos a llegar...; mientras yo guardo silencio, acostumbrada como estoy a tragarme mis comentarios... Sí, como casi todas las tardes, mientras papá está en el casino, saldré con Charo, con Pepita, con Enriqueta... (Y qué viejas, qué ajadas que están; qué viejas estamos, Dios mío...) Saldré con ellas y me pasaré la tarde pensando que estaría mucho mejor en mi casa, leyendo; (pero no puedo estar siempre encerrada, tiene que darme el aire, tengo que salir). Nos sentaremos en una cafetería... O iremos al teatro, o al cine, a esa sesión que ellas siguen llamando "del vermut", lo mismo que en los años cuarenta, para volver a eso de las diez, tomar con papá una cena ligera y, tras ver un rato la televisión, irnos a la cama...

     

       Son casi las doce de la mañana. La hora en que papá, mirando el reloj, se lamenta ante Liborio de que ya apenas le queda tiempo para visitar al Interventor, o al Jefe del Departamento de Recursos, o al Subdirector General de lo Contencioso; que ya casi no le queda tiempo para ver a cualquiera de esas altas y misteriosas  personalidades con quienes, en turnos cada día distintos, despacha todas las mañanas del año... Apresuradamente, toma su sombrero y su gabán y sale a la calle. Liborio espera unos minutos, inclinado sobre sus papeles. Después, va a su abrigo y coge del bolsillo el ABC. Sabe  que dispone de una larga hora bien cumplida para entregarse a una lectura tranquila y plácida, sin ningún sobresalto. Porque durante ese tiempo, don Juan, sentado en la mesa del café en el que hace un rato su administrativo dio largas a su cortado, realiza su consumo de alcohol con esa fruición que proporciona el saltarse todas las normas médicas y todas las admoniciones filiales. Después pasea calle abajo, buscando el sol, hasta llegar al cuchitril de libros viejos de don Braulio _judío y masón según papá_ a quien sin embargo visita todas las mañanas, pues les une el común amor al género chico y a los dimes y diretes de aquellos gloriosos tiempos que van de la Restauración al Alzamiento. Con acritud, con hostilidad, desde posturas que jamás podrán encontrarse, discuten sobre cualquier hecho de aquel periodo, aportando cada cual en apoyo de sus antagónicas tesis un repertorio de datos nimios y de anécdotas semidesconocidas realmente admirable. Durante casi una hora, masón y ultramontano hablan de los tiempos idos, de los políticos y saineteros muertos. Por último don Braulio sacará un tomo polvoriento que mi padre hojea y comenta largamente, para, tras una larga discusión sobre el precio, cargar al fin con él y así engrosar su extravagante biblioteca.

      La una de la mañana. Papá ha vuelto a sentarse en su imponente mesa de despacho. Tras concentrarse un momento en la lectura de uno de esos papeles que siempre hay sobre su mesa, saca un cigarrillo y, dirigiéndose a Liborio con voz afable dice: “Oiga, Liborio, he visto hoy en el ABC..."  Ha llegado el momento en que, durante una hora, señor y siervo, olvidadas todas las categorías, todas las murallas levantadas por la estructura de cuerpos y escalafones, pasan revista a los acontecimientos diarios con esa plena satisfacción a la que sólo se accede desde una total identidad de ideología; desde una comunión plena en los juicios, costumbres y valores. Y así, en un acorde perfecto que se extenderá hasta las dos y media, don Juan y Liborio ponen epílogo a su jornada administrativa.

       _Hasta mañana, señorita Isabel... Con su tímida sonrisa, con sus pasitos menudos, con su gabán gris y su gruesa bufanda que cubre el mal planchado cuello de su camisa y oculta su soledad irremediable, el hombrecito se va... Sonrío, respondiendo a su humilde despedida. Sonrío con una ternura que seguramente él no sabe captar. Quiero a este anciano pequeño y ridículo; quiero a este hombre a quien, salvo su madre, posiblemente ninguna mujer quiso nunca.

      Era una niña cuando le vi por primera vez. Recién llegados a Madrid, alquilamos esta casa de la que ya nunca habría de moverme. Un día, no sé por qué, fui al Ministerio, al despacho de papá. Una pepona con acné, de gruesas pantorrillas cubiertas de medias negras, afeada por uno de aquellos uniformes con los que, en la inmediata posguerra, nos disfrazaban a las alumnas de los colegios de monjas: bandas rosas, bandas azules, bandas blancas. Medallones de hijas de María. Pías mojigangas sobre la hipocresía maliciosa de nuestros trece años... Miradas de complicidad, secretitos al oído, risitas tontas. Así era yo; así entraría yo en aquel gran edificio lleno de guardias y de ujieres, al lado de mi padre, recio e imponente,  un funcionario importante. Y allí, en una mesa pequeñita, en un cuartito adosado al gran despacho de papá, estaba él. "Mira, Isabelita, este señor es Liborio..." Entonces le vi por primera vez... Un hombre de la edad de papá, pero ya empequeñecido, ya menudo e insignificante, ya con la marca de la vejez.

       Sin necesidad de volver a verlo, de tratarlo, me fui familiarizando con él, como todos los de casa. Era nombre constante en nuestras comidas, cuando papá hablaba y hablaba de ese mundo suyo de expedientes, de papeles; ese mundo en el que el inútil de Liborio, el desastre de Liborio, ocupaba un lugar destacado. De creer a papá, aquel funcionariete era capaz de dar él solo al traste con todo el país. Afortunadamente allí estaba él, velando para enmendar sus errores, para remediar sus catástrofes... Sin duda, debido a esa necesidad de vigilarlo, siguieron juntos. Pasaba papá a una nueva dependencia, y con él Liborio, su cruz. Corrieron los años, y en nuestra casa Liborio seguía presente. A veces, muy de tarde en tarde, volvía a encontrármelo. Cambiábamos sólo unas pocas palabras. Yo era para él una persona extraña, lejana; para mí, casi un familiar...

      Recuerdo el día del entierro de mamá. La casa llena de gente que entra, que sale. Sobreponiéndome al dolor, me hago cargo de todo, pongo un cierto orden en aquel caos. Papá, tan grande, tan imponente, se ha derrumbado; moviéndose como un autómata, recibe inclinaciones corteses, estrecha manos, se deja estrujar en ostentosos abrazos... Cansada, asqueada y dolorida, deseando que todo acabe y de una vez me dejen sola, voy y vengo por la casa. De pronto, en un rincón, casi perdido, me topo con él, el hombrecito vestido de gris, con su corbata negra. Con ese gesto suyo humilde, con ese gesto de pedir por todo perdón, me tiende la mano. No dice nada. No necesita decir nada. Yo sé que, de todo aquel protocolario carnaval, la única persona que realmente comparte mi dolor es él...

      Murió mamá y las hermanas se casaron. Seguimos en esta casa que ya era demasiado grande para papá y para mí. Papá ya no hablaba tanto en la mesa. Los últimos diez años pasaron como un sueño. Sin damos cuenta, llegó la jubilación. Un día fui al Ministerio, acompañándole para resolver un trámite de habilitación. Allí encontré a Liborio. "Buenos días, señorita Isabel". "Buenos días, Liborio. Qué ¿usted no se jubila?". "Sí, señorita, el mes que viene, el mes que viene".

      Eran aquellos días maravillosos en que permanecía en mi cama hasta bien pasadas las nueve. Pero una mañana todo acabó. Llamaron a la puerta, y allí estaba él. "Buenos días, señorita IsabeL." Antes de poder contestarle, ya estaba papá gritando: "Pase, pase a mi despacho, que se nos hace tarde..." Salió a las dos y media. Papá no dio ninguna explicación, pero a la noche, como de pasada, me dijo: "Sabes, mañana vendrá Liborio a las nueve..." En efecto, llegó a las nueve y, cuando se iba a las dos y media, se despidió con su sonrisa humilde: "Hasta mañana, señorita Isabel..."

      Lo comprendí de golpe... No tuve necesidad de ninguna aclaración, no tuve necesidad de atormentar a mi padre, obligándole a perderse en explicaciones embrolladas. Fue como un relámpago. Vi el ritual, la ceremonia con que querían exorcizar al tiempo y a la muerte. Los mismos actos, las mismas palabras, los mismos gestos, los mismos papeles y expedientes... No; no existía la jubilación, la segregación dolorosa y humillante... Sólo hubo un cambio de destino; un cambio más de los muchos que habían tenido durante casi cuarenta años... Pero ahora, el nuevo despacho estaba en nuestra casa...

      No sé cómo empezaría todo. Sería un encuentro casual. Un hablar de los asuntos de apenas hacía un semestre. Una referencia a un expediente inconcluso. Un decir, como de pasada, "podía usted pasarse por mi casa a echar una mano". O ni siquiera eso; acaso un simple ademán, un cambio desolado de miradas...

      Papá me llama. Algo necesitará de mí. Soy su hija, quien le cuida y vela por él. Pero este hombrecito que vendrá mañana a las nueve es para él algo más, mucho más que yo. Lo comprendo muy bien; acaso, por eso, me siento tan sola...

      A veces, por las noches, a pesar mío, imagino el fin de la historia. ¿Quién de los

dos será el primero en faltar? Quisiera tener a papá aún mucho tiempo; y aun cuando sé que, si Liborio muere, él vivirá muy poco y sus días finales serán muy duros para mí, deseo que esto sea lo que ocurra. Me aterra sólo imaginar la angustiosa soledad que habría en su mirada cuando, vestido de gris con su corbata negra, perdido en el último rincón, me tienda, humilde y silencioso, su temblorosa mano.

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La nieve

Cuando volvió en sí tardó algo en hacerse cargo de la situación. Se encontraba en una hoya profunda, abierta por el estallido de una granada. Le dolía la frente, junto a la sien, y cuando se la tocó notó que tenía un coágulo de sangre seca. Yacía sobre las raíces de un árbol arrancado por la explosión, y pensó que al caer en la hoya arrojado por la fuerza de la onda expansiva, era con aquella raíz con lo que se había golpeado.

Tras dos días de batalla el enemigo se dispersó batiéndose en retirada. Oyó el cañoneo más al norte y se dijo que él tenía que ir hacia allá para unirse con las fuerzas que le habían dejado atrás en su ciega persecución. Se levantó y tras algunos esfuerzos consiguió salir de la hoya. Estaba aterido y cubierto de nieve; la nieve menuda que, agitada por el viento en furiosos torbellinos, se clavaba en su rostro como agujas de fuego.

No habría andado un kilómetro siguiendo el ruido del cañoneo, cuando escuchó unos débiles gemidos que surgían tras unos arbustos. Se arrojó al suelo y, arrastrándose, con el fusil preparado, se aproximó hacia ellos. Tendido boca arriba, con los brazos en cruz, yacía un soldado.

A la débil luz del anochecer, por el uniforme y el pañuelo rojo y negro, que era un enemigo. Estuvo a punto de disparar, pero un quejido débil le detuvo. Inclinándose sobre el caído, comprobó que era muy joven, casi un niño. También comprobó que tenía todo el muslo izquierdo desgarrado por la metralla.

Aquella cara aniñada le recordó a su hermano Enrique. Se sentó junto al herido, rasgó con la bayoneta el borde inferior de su capote, y procedió a vendarle el muslo fuertemente para contener la hemorragia. Pensaba que era inútil, pero sin embargo ponía toda su atención en aquel vendaje.

EL herido gemía débilmente. Para entretenerlo, le dijo:

_Eres casi un niño. ¿Cómo es que estás aquír? Seguro que eres un voluntario.

Y como el herido no contestara, continuó:

_Valiente tonto. Yo, en cambio, estoy aquí porque me obligaron, porque llamaron a mi quinta. De cuando si no me iba a haber metido en esta guerra de mierda.

Cuando terminó el vendaje, había entrado la noche. Continuaba la nevasca. Se escuchaba, ya algo lejano, el cañoneo, y más cerca el largo y lúgubre aullido de los lobos.

Cuando se incorporó, el muchacho le agarró por la parte inferior del pantalón, y le suplicó débilmente:

_No me dejes así. ¡Mátame! ¡Pégame un tiro, pero no me dejes aquí para que me devoren los lobos!

Por un momento se mantuvo erguido, indeciso. Por fin inclinose y, cogiendo con cuidado al herido, se lo echó a la espalda.

_Agárrate fuerte _le dijo_, agárrate a mi cuello.

Comenzó a caminar con el muchacho a su espalda. El peso no le agobiaba demasiado. Antes de la guerra, cuando trabajaba de peón agrícola y de vez en cuando era arrojado al paro y al hambre, para sobrevivir se lanzaba a la caza furtiva, y más de una vez había tenido que caminar por el monte varias leguas con un marrano o un venado a las espaldas. Aquel muchacho no pesaba más. Lo peor era el frío y la borrasca.

La nieve le venía de frente, cegándole. Si volviese la espalda a la ventisca caminaría mejor, pero la única salvación era marchar hacia el norte, guiado por el lejano cañoneo.

El pecho le pesaba, ahogándolo, y las piernas, entumecidas, se movían rígidamente, como si fueran de palo, marchando sin alzar apenas los pies del suelo. El herido abrazaba fuertemente su cuello, agravando la sensación de ahogo. Notó que sus brazos se habían vuelto rígidos y que le estrechaban como un dogal de madera.

Escuchaba el cañoneo cada vez más lejano y esparcido. Andaba y andaba progresivamente más lento. Ahora apenas sentía sus piernas. Dio un traspié y cayó boca abajo, con el muchacho a sus espaldas.

Hizo un leve esfuerzo para levantarse, pero desistió. Ahora se sentía envuelto por un aura tibia y dorada, por una dulce sensación de somnolencia que pesaba sobre sus párpados.

Había cesado la ventisca y la nieve caía en grandes copos mansos. Así continuaría cayendo durante toda la noche.

(De Veinticinco instantáneas y cinco escenas infantiles)

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ARTURO BAREA

MIGUEL DELIBES

CARMEN MARTÍN GAITE

JESÚS FELIPE MARTÍNEZ

JOSÉ MARÍA MERINO

RAMIRO PINILLA

JUAN EDUARDO ZÚÑIGA

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LA INICIACIÓN

         Que uno vaya de niñas la primera vez, porque cuando se está en la mili un hombre debe conocer mujer, y se encuentre con que la moza que va a iniciarle  es su propia hermana, es algo que sólo me ha ocurrido a mí. Y lo mejor es que cuando me entró en su cuarto y comenzó a desnudarse no la conocí, pues aparte de los años transcurridos, aquella tía rubia y pintarrajeada  poco tenía que ver con la muchacha morena que yo guardaba en mi memoria. Pero el caso es que desde el principio la encontré un no sé qué familiar que me hizo permanecer quieto, mirándola embobado. Y ella, que tampoco me había conocido, y mal podía conocerme, pues yo era un crío cuando se fue, me dijo: "Vamos, desnúdate. ¿O es que te doy miedo?" Y fue por la voz por lo que la conocí, y más cuando se quitó la combinación y vi en su muslo derecho aquel antojo que tenía y del que decía mi madre que menos mal que le había salido en la pierna y no en la cara. Entonces ya no tuve la menor duda, así que me acerqué a ella y le dije: ¿Es que no me conoces, Amparito? Y ella, crispando la boca como la crispaba cuando se ofendía, replicó: "Qué dices tú de Amaprito. Yo soy Rosa". Mas sin hacerle caso, insistí: "¿Pero es que no me conoces, Amparo? Soy tu hermano Teo."

        Entonces ella dijo "Teo"  mientras me tomaba la cara con las dos manos y me miraba fijo, fijo. Después me dejó y se sentó en la cama y allí permaneció inmóvil su tiempo. Y aunque no soltaba ni una lágrima yo sabía que estaba llorando por dentro. Y era igual que la tarde aquella tan lejana en que se fue. Ella sentada, inmóvil, sin decir nada, sin moverse, mientras le gritaba mi hermano Alejandro. Sin decir nada, pero llorando por dentro.

        Lo curioso es que padre también estaba callado. Y era Alejandro, mi hermano mayor, quien hacía todo el gasto. Y ahora, viéndola allí medio desnuda y sentada en la cama, recordaba aquella escena tan lejana como si fuese ayer.

          _Vamos _gritaba_ di quién ha sido para que cumpla. ¿No quieres decirlo? Se habrá acostado la muy zorra con medio pueblo o con algún casado y por eso se empeña en callar. Menos mal que madre ya no vive para verte. Pero si sigues así, sin decir quién fue, ya sabes lo que te espera.

         Le esperaba lo que a todas las mozas de mi pueblo que quedan preñadas y no tienen a nadie para responder. Irse. Nunca más supimos de ella ni nadie volvió a pronunciar su nombre.

         Y ahora estaba allí, sentada en la cama medio desnuda y llorando por dentro. De pronto se levantó y, acercándose, fue y me dijo: "¡Ay, Teo! Mi Teo ya es un hombre. Un hombre que se dedica a ir con malas mujeres para gastarse el dinero y pillar lo que no tiene."

         Y cuando le contesté, y aún no sé por qué, que era la primera vez que iba a una casa, me preguntó que si nunca había estado con una mujer. Denegué con la cabeza. Entonces ella acarició mis cabellos y dijo como  para sí: "Con quién mejor que con la propia hermana."

         La aparté de un empujón. Pero ella, con una sonrisa triste, me dijo: "¿Por qué no con el hermano, si antes ya lo hice con el padre? " Y al ver mi gesto de asombro, susurró. "Claro, tonto. Por eso estaba tan callado padre, y yo tenía que callar también."

PULSA EN CADA AUTOR O TEXTO PARA LEER UN RELATO RELACIONADO CON LA INICIACIÓN ERÓTICA:

DAFNI Y CLOE

DECAMERÓN

HEPTAMERÓN

MIGUEL DE CERVANTES

BÉCQUER

JUAN VALERA

EMILIA  PARDO BAZÁN

MIGUEL DE UNAMUNO

FELIPE TRIGO

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

JULIO CORTÁZAR

JOSÉ LUIS SAMPEDRO

ARMANDO LÓPEZ SALINAS

DANIEL SUEIRO

ANTONIO MARTÍNEZ MENCHÉN

ISABEL ALLENDE

JOSÉ MARÍA MERINO

JESÚS FELIPE MARTÍNEZ

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EL VIEJO

      Generalmente en el patio no nos mezclábamos los políticos con los comunes, pero yo me saltaba la regla cundo veía al viejo perorando ante un círculo de novatos.

      La verdad es que el viejo tenía prestancia. Tenía prestancia aun en la cárcel, con su traje raído y su camisa sucia, pero siempre bien aseado y afeitado. Alto, delgado, con el pelo blanco y unos ojos oscuros y melancólicos, con el atavío adecuado aquel viejo bien podría haber salido de un cuadro del Greco.

      Y luego estaba su habla, pausada y cuidadosa, como escuchándose a sí mismo...Aquel hablar tan distinto de la balbuciente jerga de los jóvenes chorizos a quienes se dirigía de una manera despectivamente paternal.

      _Porque comer _decía_ lo que se dice comer, es algo que vosotros ignoráis. Estoy abrir boca unos camarones o unos percebes con un buen Alvariño. ¿A que vosotros no sabéis lo que es eso? ¡Qué vais a saber! ¿Sabéis lo que es un hígado de ganso trufado, graso, aromático y tan suave que se deshace en la boca? ¿Y una lubina a la sal?  Aunque, hablando de pescados, sin despreciar el salmón a la parrilla, ni el rodaballo, ni unas cocochas con una salsa bien ligada, para mí no hay nada como una cazuelita de angulas en su punto. Pero, claro, vosotros de todo esto, ni idea...Y para qué os voy a hablar de la terrina de becada, de las codornices asadas en pimientos morrones, del faisán a las uvas de la pularda en chaud-froid o de la langosta a la americana. Por no mentar cosas menos sofisticadas, pero tan deliciosas como un chuletón de ternera de Ávila o un cordero lechal bien asado. En fin, para qué seguir. Como vosotros no tenéis ni idea de lo que es todo esto, ni siquiera al hablar yo ahora de ello se os puede hacer, como a mí, la boca agua.

 

       _No te rías. ¿Tú te crees que yo no he comido esas cosas? Pues te voy a decir que las he comido muchas veces y que las volveré a comer. No soy millonario, no. Soy un pobre como vosotros. Pero la diferencia está en que yo tengo un traje. ¿Sabéis lo que es eso? No, tampoco lo sabéis. Vosotros creéis que un traje son esos pantalones vaqueros y esas camisas blancas mugrientas estampadas con el letrero de "Universidad de Berkeley". ¡Universidad de Berkeley!  A la vista salta vuestra Universidad...No, un traje es un traje.  Un terno oscuro, de pura lana inglesa y unos zapatos italianos y una camisa de seda impecable y una corbata a tono, elegante y discreta, y el correspondiente sombrero. Si, no te burles: el sombrero sello de señorío, hoy desterrado por esta ola de vulgar mediocridad que nos invade.

       >>Así que, como os digo, yo tengo un traje. Y además del traje, tengo otra cosa que vosotros no tenéis ni tendréis jamás: señorío, prestancia, saber estar...En otras palabras: ser un perfecto caballero.

       >> Por eso, este caballero cuando dentro de un mes cruce esa puerta, tras descansar durante unas semanas y pasear y tomar el sol, un buen día se pondrá su traje y bien afeitado y perfumado cogerá un taxi y se dirigirá a un cuatro o cinco tenedores que haga más de dos años que haya visitado o que no haya visitado nunca. Y allí elegirá cuidadosamente el menú, comentando con el camarero la carta de vinos y encargando los más apropiados para el caso, porque no en vano uno tiene práctica y sabe de estas cosas. Y durante un par de horas comerá y beberá lenta y pausadamente, degustando como se merece la ocasión. Y tras los postres, mientras le sirven el café, llamará a la cerillera y le comprará un buen puro sin reparar en el precio, pues un día es un día. Y saboreará el habano con su copa de Napoleón o de Carlos I, pues ambos emperadores me van. Y mientras sacude la última ceniza llamará al camarero y le dirá en voz baja: "Por favor, sin escándalo, sin alterar ni molestar a los demás clientes: ¡Llame a la policía! " "¿Qué dice, señor?", me responderá el perplejo camarero. "Lo que ha oído. Que llame a la policía. Que no tengo ni chapa." Entones el camarero se entrevistará con el maitre, y éste vendrá a mi mesa, y yo pacientemente le expondré las mismas razones. Y al fin, convencido y resignado, telefoneará a la policía y se presentarán al cabo de un rato dos buenos amigos que me dirán risueños. "¿Pero tú otra vez, Manolito?" Y saldré entre ellos del restaurante,  y tras cambiarme de ropa con su amable permiso, regresaré otra vez aquí para disfrutar durante una temporadita del rancho que nos proporciona el Estado.

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TORITO

    Aquel domingo, tras el partido de fútbol había boxeo. Cuando se lo conté a mamá, protestó.

    -No sé -dijo- cómo los frailes os llevan a esa brutalidad.

    -Si boxea Torito... Es de mi colegio. Como vivía con los frailes, yo creía que él también lo era, pero Alejandro me desengañó:

    -Tú eres tonto. Es un hermano lego. ¿ Lleva acaso sotana? Además, siempre está trabajando en la huerta. ¿ Y tú has visto a los frailes trabajar?

    Sí, Torito siempre estaba trabajando en la huerta. Cuando entrábamos en ella para recoger alguna pelota que habíamos echado tras la tapia que la separaba del campo de juego, allí lo encontrábamos. Nos admiraba la facilidad con que cargaba los sacos.

    -Éste -dijo un día el padre Jesús- es capaz de matar un pollino de un guantazo.

    Como tenía tanta fuerza, todos pensábamos que Torito podría ser boxeador. Y ahora iba a boxear. Tras levantar el ring al final del partido, saltamos todos al campo. Alejandro y yo nos pusimos en primera fila.

    El combate inicial era de aficionados. Boxeaba un chico de séptimo que iba al gimnasio de don Andrés y un alumno de la Academia Militar. Alejandro me dijo que aquella pelea no valía nada pues boxeaban con guantes de entrenamiento que marean, pero no hacen daño. Además ése, añadió señalando al del colegio, es un manta. Mi hermano Gerardo le ha achantado más de una vez.

    Aunque los del colegio animaron mucho, el combate fue aburrido. Apenas se pegaron. Al final dieron nulo.

    El segundo, de profesionales, ya era otra cosa. Peleaba Gascón, que había sido campeón de España, contra El Vallecano.

    Gascón lucía un flamante batín rojo. En cambio El Vallecano llevaba un gastado albornoz azul. Era calvo y parecía muy mayor.

    Un señor que estaba detrás de nosotros comentó a su compañero.

    -¡Vaya combate que nos han preparado! Menudo tongo.

    En el primer asalto Gascón comenzó a bailotear en torno a su contrario al tiempo que alargaba de vez en vez su brazo izquierdo, tocando con su guante la cara de su rival.

   -Fíjate qué juego de piernas y cómo puntea -me dijo Alejandro que entendía mucho porque su hermano Gerardo compraba todos los días el Marca.

   Aunque parecía que aquellos golpes de Gascón no hacían daño, sí debían de hacerlo, pues cuando acabó el asalto El Vallecano tenía toda la cara colorada y sangraba un poco por una ceja.

   El segundo asalto comenzó como el anterior, con Gascón bailando sobre la punta de los pies y tirando golpes con su izquierda. De pronto uno de esos golpes de izquierda fue seguido por uno de derecha. El Vallecano cayó al suelo. El árbitro se acercó y comenzó a contar. Apenas había contado tres o cuatro cuando se levantó el boxeador alzando su brazo derecho. Entonces, desde su rincón, tiraron una toalla.

   -Abandono -me aclaró Alejandro mientras el señor de atrás le decía a su vecino que aquello había sido un tongo.

   El tercer combate era el fetén, el de Torito. Cuando apareció, todo el campo comenzó a gritar animándolo.

    Torito boxeaba contra el hijo de Gascón. Éste, como su padre, vestía un resplandeciente batín rojo y llevaba el pelo peinado con gomina. Torito vestía un viejo albornoz blanco. Cuando se despojaron de sus batines todo el mundo pudo ver que el lego era el doble de ancho que su rival.

   -A ese pollo -le comentó su compañero al señor de atrás que había dicho lo del tongo- le descuajaringa nuestro paisano de un guantazo.

   -Bah -contestó el otro-. No es oro todo lo que reluce demasiada berza conventual.

    Empezó la pelea en medio de un griterío de ¡anda Torito! Éste tiraba tortazos con la derecha y la izquierda, lo mismo que nosotros cuando nos pegábamos, pero no alcanzaba ninguno a su rival que bailoteaba sobre sus pies al par, que como hacía su padre, alargaba el brazo golpeando la cara de Torito que, al fin del asalto, ya tenía un ojo a la virulé. El segundo fue lo mismo. El nuestro venga a tirar tortas sin dar ni una, y el Gascón baila que te baila y pega que te pega. El público ya casi no gritaba, y cuando acabó el asalto Torito tenía el ojo empavonado cerrado por completo.

   Ante la desilusión de todos el tercer asalto continuaba igual pero, casi al final, uno de los tortazos de Torito alcanzó al jovencito que se derrumbó como un saco.

   Mientras el árbitro iniciaba la cuenta, todos empezamos a saltar y a gritar. Sobre la algarabía se alzó una voz poderosa que gritó exultante: «¡Éstas son las hostias que dan los de mi pueblo!»

   Pero antes de terminar la cuenta, el caído se levantó. Todos creíamos que Torito lo iba otra vez a tumbar, pero Gascón se agarró a él, y aunque el árbitro los separó volvió a agarrarse. Entonces sonó la campana.

    En el descanso Gascón padre mojó con agua la cara de su hijo y le dio aire con una toalla, mientras le decía algo que no pudimos escuchar.

    Empezó el último asalto. Todo el campo gritaba a Torito que le rematase ya, pero su contrario bailoteaba de nuevo y los tortazos  de Torito se perdían en el aire. Y ahora Gascón, además de golpearle en la cara con la izquierda, también le golpeaba en el estómago. Finalizado el asalto Torito, jadeante, apenas se podía mover. Tenía los brazos bajos y el otro le pegaba una y otra vez en la cara, que la tenía cubierta de sangre. Yo sentí un calambre en el vientre, como si tuviera ganas de vomitar.

   Acabó el combate. El árbitro alzó el brazo de Gascón Junior quién a su vez, alzó el de Torito abrazándolo. Todos empezamos a aplaudir. Antes de irnos, pude escuchar cómo el señor de atrás le decía a su compañero.

   -Le ha dejado hecho un santo Cristo. Y es que, hasta para ser boxeador, hay que ser inteligente.

   Unos días después, al pasar a la huerta a coger una pelota, encontramos a Torito. Estaba cavando, y aún mostraba en su cara algunas huellas del combate.

   -Pudiste ganar, Torito -dijo el Alejandro-. Si el tercer asalto dura algo más, lo tumbas.

   Él no contestó, limitándose a sonreír con su sonrisa bondadosa y bobalicona.

   Entonces, no sé por qué, a mí se me ocurrió decir:

   -Es que, para ser un buen boxeador, hay que ser inteligente.

   Sonrió de nuevo. Después, dejando la azada en el suelo y apoyando sus manazas sobre nuestras cabezas, dijo:

   -Claro. Por eso yo seguiré siempre aquí, cavando...

 

PULSA EN CADA AUTOR PARA LEER UN RELATO PROTAGONIZADO POR BOXEADORES:     Francisco de Ayala       Julio Cortázar        Armando López Salinas

 

 

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MORGAZO

Entré en el fútbol de mano del rosa rosae y el teorema de Pitágoras; pasado el tiempo, abandonaría a Euclides y al latín, pero desde aquellos lejanos días he guardado para el fútbol la más constante de las fidelidades.

En aquel entonces la vida era un continuo formar filas. Nosotros lo hacíamos al reclamo del silbato del padre inspector. Ni los domingos escapábamos a aquella disciplina castrense. Formábamos por la mañana, en el amplio patio del colegio, tantas filas como cursos y en orden de colocación inverso al de estatura, facilitando así el recuento de los asistentes a la misa dominical. Ya en la capilla, también en ordenada fila, abandonábamos nuestros bancos y, los ojos bajos, las manos juntas a la altura del pecho, nos dirigíamos al altar para recibir la eucaristía, obedientes a los mandatos de un interiorizado silbo. Y por la tarde, un domingo de cada dos, volvíamos a formar en el patio para después encaminamos jubilosos, pastoreados por el padre, hacia el campo del Peñascal pues todos y cada uno de los alumnos del colegio éramos socios de la Gimnástica, cuyo recibo se nos incluía en el de la mensualidad escolar bajo. un, apartado que respondía al curioso enunciado de «Deportes, cine y juegos».  

Eran, aquellos, tiempos de gloria para el fútbol segoviano, tiempos en que el equipo de la vieja ciudad competía con el Salamanca, la Burgalesa y el Real Valladolid en la recién creada Liga de Tercera División. Soñando con holgados triunfos la grey estudiantil, bajo la atenta mirada de nuestro Quirón celoso de que no se colasen !a cabras entre las ovejas, cruzaba la puerta dorada. Pero antes de llegar a ésta ya nos había alcanzado el penetrante olor de embrocación proveniente de la ventanilla de los vestuarios donde se preparaban los héroes. Los más enterados _aquellos con hermanos mayores_ nos informaban sobre la causa y razón de aquel olor: les estaban dando masaje. Para mí aquella palabra _masaje_ se ornaba con un halo sobrenatural. Aquella palabra y aquel aroma intenso y dulzón me trasladaban a un mundo mágico, a un mundo de alquimistas, de elixires de eterna juventud, de cultos bárbaros y paganos hechos de extraños conjuros y de cruentos sacrificios a los terribles y viriles señores de la guerra.

 De aquellos dioses nuestro favorito indiscutible era Morgazo. Jugaba de delantero centro, el puesto ideal. Al saltar al campo,  andar, al correr, Morgazo sacaba extraordinariamente el pecho; y  aquel sacar el pecho de Morgazo constituía nuestra admiración y nuestra meta.  Todos, todos, nosotros intentábamos imitarle. Pero, ¡que diferencia! ¿Como osábamos comparar con aquel ariete nuestro pecho ruin? Sobre todo yo, desnutrido y enclenque mequetrefe... Cuando a solas, en mi casa, procurando andar como él, aspirando una bocanada de aire y distendiendo los pectorales me cruzaba con un espejo, el mundo se quebraba a mis pies. Pero, cerrando los ojos, negaba la evidencia y soñaba,.. Sí, algún día sería como él. O, mejor aún: no es que sería como él; es que ahora, ahora mismo, yo era él; yo no era yo, era Morgazo.

 Jugábamos al fútbol y todos aspirábamos a la maravillosa metamorfosis; pero tan sólo unos pocos la alcanzaban. Eran los buenos,  los ágiles, los veloces, los que sabían para lo que sirve una pelota entre los pies, los que lograban el alto honor de jugar en centro del ataque... Sí, tan sólo unos pocos,  los elegidos, conseguían el milagro del cambio de identidad.

_Ahí te va, Morgazo, remata _le gritaba al afortunado el que centraba una de aquellas pelotas de la posguerra que, a las dos horas de jugar con ella, perdida su forma esférica, se transformaba en un raro objeto prismático con todas sus caras ligera y simétricamente curvadas. Y mientras yo, de portero, le contemplaba  envidioso  y entristecido, el agraciado con la maravillosa metamorfosis ensayaba el remate de chilena tan infructuosamente como nuestro héroe.

Porque Morgazo tenía un sentido dannunziano del balompié. Hijo de su tiempo, despreciaba el pedestre utilitarismo y  una y  otra vez se entregaba al gesto heroico, a la inútil belleza, a la hazaña inalcanzable. Su juego, aparte de aquel correr  airoso y viril, braceando y sacando pecho, era una continua persecución del talonazo acrobático, de la tijereta a la  media vuelta, del vuelo en picado para  el cabezazo imposible. Es cierto que casi  nunca alcanzaba su objetivo y  los  mayores, incomprensivos como siempre, renegaban de aquel derroche espectacular tan parco en goles. Pero nosotros no oíamos sus voces. Prendidos en aquellas altísimas gestas, suplíamos con nuestra imaginación los fallos y  allá, en el recogimiento de nuestros cuartos, transformábamos en goles irrepetibles aquellos remates malogrados por un destino injusto y cruel.

Pero si yo, desmañado con el  cuero, me  hallaba muy lejos de Morgazo en  el campo de fútbol, sin embargo gozaba  de un privilegio vedado a todos los otros: el demiurgo era mi vecino. Milagrosamente, frente a  mi modesta casa se alzaba un palacio encantado, una pensión especializada en futbolistas y toreros. Estos, raras aves de paso, nos deslumbraban solo de tarde  en tarde,  cuando, luciendo sus multicolores ternos alquilados, salían del portal para tomar el viejo taxi que los conduciría a la plaza. Pero los futbolistas, más sedentarios y  constantes, eran los continuos polarizadores de mi atención.

Destacándose como un sol entre los planetas menores, Morgazo ocupaba el centro del grupo, arrastrando todas las miradas. Vestido con un resplandeciente traje azul eléctrico, luciendo una corbata de fantasía de ancho lazo, haciendo repiquetear en la calle sus  relucientes zapatos de altos tacones, nada más abandonar la pensión concentraba una nube de chiquillos que le seguían gritando su nombre. Él reía y charlaba con sus compañeros y, de vez en cuando, se volvía gritando ¡hala, largo de ahí!, haciendo con los dos brazos ese amplio ademán con el que las aldeanas oxean las gallinas. La turba infantil paraba un instante para enseguida reemprender la persecución del grupo. Y Morgazo, haciendo un gesto de impotencia y resignación, continuaba charlando con sus compañeros, su cara cruzada por una ancha sonrisa, braceando airosamente y sacando su atlético pecho en una profunda inspiración en la que aspiraba no sólo el aire sino también el cielo azul, las palomas y vencejos que lo cruzaban, los caserones y palacios, las iglesias y conventos, la catedral, el alcázar y el acueducto, los hombres y mujeres que cruzaban las empinadas calles...; aspirando, en fin, la totalidad de la ciudad con sus dos mil años de historia.

Desde el ventanuco yo seguía su airoso caminar con una admiración y entrega que jamás habría de volver a sentir por nadie. Aquella vecindad me acercaba al héroe, posibilitando de alguna manera la soñada identificación; esa identificación que era el primer deseo que me asaltaba cuando, hundida la cara entre las manos, me arrodillaba en el banco tras comulgar; deseo sin embargo jamás formulado, pues algo impreciso me hacía unir aquella petición con un pecado oscuro y terrible que haría de mi comunión un horrendo sacrilegio...

  Hace años, en una de mis visitas a Linares, mi padre me llevó a un bar situado junto al mercado. Era un local pequeño, un cuartucho ocupado casi enteramente por la barra. Me entretenía mirando las fotos de toreros colgadas en la pared cuando la voz de mi padre, apartándome bruscamente de aquella realidad, me llevó a un mundo de brumas en el que lentamente iba aflorando como un espejismo una ciudad irreal, difuminada e imprecisa, pero que de una manera paulatina iba tomando forma, volumen, consistencia.

Y mientras en aquel bar caldeado por el terrible sol veraniego de mi pueblo sentía de pronto en mis mejillas el viento helado del Guadarrama; mientras me invadía una lacerante tristeza que tan sólo podía relacionar vagamente con algo ya vivido; mientras surgía de pronto, sobre un montón de nieve endurecida, apartada tan sólo hacía unas horas por los obreros del terreno de juego, el niño cubierto por su capote _una manta con una abertura para la cabeza, dos para los brazos, dos más pequeñas, un poco más abajo, para poder guardar las manos ateridas_ y oculta casi toda la cara por el pasamontañas, miraba asombrado a aquel hombre que, obediente al mandato de mi padre _«Anda, Morgazo, pon dos cañas»_, colocaba los espumantes vasos sobre el mostrador.

Sí, era él. Más tarde, respondiendo a mis preguntas, mi padre me lo confirmaría. Había llegado a Linares el año que el equipo ascendió de la Regional a Tercera. No jugó más de tres partidos. Pasó a la reserva. El año siguiente jugó en Regional, en el Bailén. Después entrenó a unos juveniles, trabajó en diversas cosas, lampando, viviendo a salto de mata. Por fin, hacía un par de años, consiguió montar con otro aquel tabernucho. _Un buen hombre _concluyó mi padre. Pero antes de que me contase todas aquellas cosas, yo, nada más oír su nombre, nada más mirarlo, sabía que era él: Morgazo... Ahora vestido con una mugrienta camisa vaquera, con el pelo blanco, cargado de espaldas, adiposo, la cara surcada de arrugas...

Y me imaginé todos aquellos años: peregrinando de club en club, rodando de pensión en pensión; rodeado de compañeros de los que cada vez se siente, conforme pasa el tiempo, conforme envejece, más lejano; perdida aquella ilusión juvenil que le hacía intentar una y otra vez el remate acrobático mientras se sentía Mundo o Mariano Martín, lo mismo que nosotros, al intentar a nuestra vez la pirueta, nos sentíamos Morgazo.

         Volví otro día. Venciendo mi natural timidez, le pregunté:

_¿Usted vivió en Segovia?

_¿Segovia...? _Perdida la mirada, permaneció durante unos momentos sin contestar.

_Sí _insistí_. Hace mucho tiempo... Más de veinte años... Jugaba con la Gimnástica...

Permaneció con la mirada perdida, Mientras nos servía las cañas, contestó al fin:

_Sí. Uno ha pasado por tantos equipos, que ya casi ni los recuerda... , ,

Le miré a los ojos. En aquella mirada acuosa, desvaída, en vano buscaba un cielo azul cruzado por alcotanes  y vencejos; en vano las plazuelas resonantes de griterío  infantil; en vano un airoso caminar, braceando y sacando el pecho. No había nada en ella. Ni nostalgia, ni duelo por el fracaso y la derrota.  Estaba allí, como un árbol, arraigado en el presente, sin añorar nada. El  dolor, la añoranza, eran únicamente míos. Era yo quien únicamente lloraba.  Yo, Morgazo...

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