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Alfonso Sastre

Soneto a la yaya

Seguidillas

La bruja de la calle de Fuencarral

Nada de llantos

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SONETO A LA YAYA

Querida yaya, como el buen Cervantes

en prisiones oscuras nos hallamos.

Lo que importa está libre: nos amamos

su hija y yo, señora, más que antes.

Mas no es sólo el fervor de ser amantes

la alegría actual, sino el empeño

de dedicar a la verdad de un sueño

nuestras vidas contantes y sonantes.

Miedo al exterior, oh prisión mía,

oigo risas que llegan a mis huesos:

hay quien se piensa libre todavía.

Pero a pesar de todos los procesos

la noche es enemiga, nuestro día:

nosostros somos libres y ellos presos.

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SEGUIDILLAS QUE ALFONSO SASTRE ESCRIBE A SU HIJA DESDE LA PRISIÓN DE CARABANCHEL COMENTANDO QUE ELLA NACIÓ EL 1 DE MAYO DE 1962

1

En un uno de mayo,

rejiflorido

tú dijiste: aquí estoy

porque he venido!

(Ese momento

tiene el nombre corriente

de nacimiento.)

 

 

2

Siendo una jovencita

de cuatro meses

sufriste sin saberlo

nuestros reveses.

(Muestran los hechos

reveses en nosotros,

nunca derechos)

 

3

Conociste los hierros

de las prisiones.

(El de mamá y el tuyo

dos corazones.)

Nadie me quita

que tú fuiste la presa

más chiquitita.

 

4

Luego, a los cuatro años

de dulce miel,

conociste de cerca

Carabanchel.

Niña sin par:

al verme tras las rejas

te vi llorar.

 

5

Pasaron otros años

y esto ya es hoy.

Y voy sin más palabras

a lo que voy:

¡Aunque no puedo

abrazarte, te abrazo,

niña sin miedo!

 

6

¡En este cumpleaños

haya alegría!

¡Rompamos toda oscura

melancolía!

(Porque a esta edad

es un clamor de trueno

la libertad.)

 

7

¡Viva el uno de mayo

por dos razones!

¡Porque es la fiesta obrera!

¡Y porque pones

en esta fecha

tus trece años de niña

hecha y derecha!

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La bruja de la calle de Fuencarral

Desde que me establecí en este pisito de la calle de Fuencarral he tenido algunos casos extraordinarios que me compensan sobradamente de la pérdida del sol y del aire; elementos, ay, de que gozaba en los tiempos, aún no lejanos, en que desempeñaba mi sagrado oficio en Alcobendas. Y cuando digo que tales casos me han compensado no me refiero sólo, desde luego, al aspecto pecuniario del asunto (tan importante sin embargo), sino también a la rareza y dificultad de algunos de esos casos; rareza y dificultad que han puesto a prueba _y con mucho orgullo puedo decir que siempre he salido triunfante_ la extensión y la profundidad de mis conocimientos ocultos y de mis dotes mágicas.

Pero ninguno de ellos tan curioso como el que se me ha presentado hoya media tarde. Voy a escribirlo en este diario mío, y lo que siento es no disponer para ello de una tinta dorada que hiciera resaltar debidamente la belleza de lo ocurrido, que más parece propio de una buena novela que de la triste y oscura realidad.

Era un muchacho pálido. Cuando se ha sentado frente a mí en el gabinete que yo llamo de tortura, sus manos temblaban violentamente dentro de sus bolsillos. Ha mirado la cuerda de horca  _la cual pende del techo_ con un gesto de mudo terror y he comprendido que lo que yo llamo la «preparación psicológica» estaba ya hecha y que podíamos empezar. Después, él ha mirado la bola de cristal; que no es, ni mucho menos,  un objeto mágico _no  pertenezco a la ignorante  y descalificada secta de de los cristalománticos_, sino una concesión decorativa al mal gusto, a la tradición y al torpe aburguesamiento que sufre nuestra profesión, otrora alta y difícil como un sacerdocio, viciada hoy por el intrusismo oportunista de tantos falsos magos, de tantos burdos mixtificadores. ¡Ellos han convertido lo que antaño era un templo iluminado y científico en un vulgar comercio próspero e infame!

He dejado (en el relato, no en la realidad) al joven mirando la bola de cristal. Prosigo.

El joven miraba fijamente la bola de cristal y yo le he llamado la atención sobre mi presencia, santiguándome y diciendo en voz muy alta y solemne, como es mi costumbre: «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». «Cuéntame tu caso, hijo mío», he añadido en cuanto he visto sus ojos fijos en los míos  cerrados como es mi costumbre, pues es sabido que yo veo perfectamente a través de mis párpados; lo cual, sin tener importancia en realidad, impresiona mucho a mi clientela cuando describo los mínimos movimientos de mis visitantes.

El relato del joven ha sido, poco más o menos, el siguiente: «Estoy amenazado de muerte por la joven María del Carmen Valiente Templado, de dieciocho años, natural de Vicálvaro (Madrid), dependienta de cafetería, la cual dice haber dado a luz un hijo concebido por obra y gracia de contactos carnales con un servidor; el cual que soy de la opinión de que  la Maricarmen es una zorra que anda hoy con uno y mañana con otro y que lo que ahora quiere ni más ni menos es cargarme a mí el muerto _o séase, el chaval.

»Mi nombre es Higinio Rosales Cruz, de veintinueve años, natural de Getafe, de profesión oficial de churrería, con domicilio en esta capital, en el Gran San Blas, dode tiene usted, señora bruja, su propia casa si de ella hubiera menester.

» Mi caso es que pretendo desgraciar a la Maricarmen de modo que me deje en paz la condenada, para lo cual después de leer algunas obras norteamericanas _que en esto, como en otras técnicas_ los yanquis van a la cabeza me he fabricado esta estatuilla de cera que representa a la andoba en pelota viva tal y como yo la he tenido en la cama  sin que a ella, que es una sinvergüenza, le diera ni una pizca de garlochi; y vengo con la pretensión de que usted le endiñe , que usted sabrá el cómo y de qué manera, algún alfilerazo mortal, de modo que la tía golfa abandone esta jodida persecución y me deje en la misma paz que para usted deseo; y hablando así no hago, con perdón de la mesa, más que seguir fielmente la doctrina pontificia de que nos dejemos en paz los unos a los otros».

A lo cual yo he respondido levantándome  y yéndome derecha al acerico; entre las cabezas multicolores he elegido una roja y la he clavado con el debido ritual, en el sexo de la estatuilla, no por hacerle daño, sino tan sólo para impedir a la perdida que continuara su desordenada vida sexual; y acto seguido he penetrado en mi sanctasanctórum y he cogido con las pinzas de plata una de mis arañas locas, la cual la he introducido en una bolsita de cuero, cuya boca he atado con un cordel. Otra vez en la cámara o gabinete (siempre con los ojos cerrados, como es mi antiquísima costumbre), he puesto al cuello del joven el amuleto diciéndole: «Has de llevar esta bolsita, que contiene una sagrada piedra, sobre tu pecho, durante tres días y tres noches; ni una más ni una menos; pues ésta es la garantía de que esa tal desista de su persecución». Y (una vez abonado en caja el importe de la consulta) he acompañado al joven a la puerta y le he deseado, al despedirle, todo género de bienandanzas.

A esta hora en que escribo el joven quizás esté durmiendo. Es seguro que no se ha dado cuenta de que no es una piedra, sino un peludo insecto lo que lleva en la bolsita sobre su pecho. (Estas arañas locas mueven sus patas suavemente hasta el momento del ataque.) Ahora, por la noche, la araña conseguirá (por virtud de su ataque lunático) salir de su encierro; se paseará a su antojo, silbando como acostumbran, por el desnudo cuerpo del. muchacho, y morderá por fin en algún lugar propicio _probablemente el pubis_ con su repugnante mandíbula que es, por otra parte, una mortal fuente de veneno. El joven morirá seguramente al amanecer entre atroces dolores lo más seguro abdominales.

Yo me he quedado aquí, desvelada. He cogido en mis manos la muñequita de cera. Su rostro se parece, inexplicablemente, al de mi hija pequeña, la cual murió hace un año por su propia voluntad, pues se cortó las venas en el cuarto de baño de una modesta pensión de Tetuán de las Victorias. Era camarera en un bar de la Ciudad Jardín.

En la autopsia se descubrió que estaba embarazada. Ahora beso la frente de la muñequita y lloro.

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NADA DE LLANTOS

Nada de llantos: jocundos himnos, tableteo

de un tropel de leones de ametralladoras, lumbres

incendiando las sedes de oro de los déspotas,

horcas erguidas, sierras encrespadas, tormentas

en el culo de Johnson asesino, banderas desplegadas,

yanquis a casa (y ¡pumba!), gritos

de cólera rabiosa, intestinas, y aquí guerra,

Señor, y después Gloria.

¡Compañero, ha muerto Che Guevara!

 

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