Pedro Antonio
de Alarcón

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Tic-tac
La buenaventura
El afrancesado de Padrón

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                                                     Tic...tac...
   
 Arturo de Miracielos (un joven muy hermoso, pero que, a juzgar por su conducta, no tenía casa ni hogar) consiguió cierta noche, a fuerza de ruegos, quedarse a dormir en las habitaciones de una amiga suya, no menos hermosa que él, llamada Matilde Entrambasaguas, que hacía estas y otras caridades a espaldas de su marido, demostrando con ello que el pobre señor tenía algo de fiera...
    Más he aquí que dicha noche, a eso de la una, oyéronse fuertes golpes en la única puerta que daba acceso al departamento de Matilde, acompañados de un vocejón espantoso, que gritaba:
    -¡Abra usted, señora!
    -¡Mi marido!... -balbuceó la pobre mujer.
    -¡Don José! -tartamudeó Arturo-. ¿Pues no me dijiste que nunca venía por aquí?
    -¡Ay! No es lo peor que venga... -añadió la hospitalaria beldad-, sino que es tan mal pensado, que no habrá manera de hacerle creer que estás aquí inocentemente.
    -Pues mira, hija, ¡sálvame! -replicó Arturo-. Lo primero es lo primero.
    -¡Abre, cordera! -prosiguió gritando don José, a quien el portero había notificado que la señora daba aquella noche posada a un peregrino. (El apellido de don José no consta en los autos; sólo se sabe que no era hermoso).
    -¡Métete ahí! -le dijo Matilde a Arturo, señalándole uno de aquellos antiguos relojes de pared, de larguísima péndola, que parecían ataúdes puestos de pie derecho.
    -¡Abre, paloma! -bramaba entre tanto el marido, procurando derribar la puerta.
    -¡Jesús, hombre!... -gritó la mujer-. ¡Qué prisa traes! Déjame siquiera coger la bata...
    A todo esto Arturo se había metido en la caja del reloj, como Dios le dio a entender, o sea reduciéndose a la mitad de su volumen ordinario.
    Ya podéis adivinar que aquel cuerpo extraño, con que no contó el relojero al construir su obra, impidió la función de las pesas y la oscilación de la péndola, parando, por
consiguiente, la máquina.
    -¡No pares el reloj, desgraciado! -exclamó Matilde-. ¡Si lo paras, me pierdes y te pierdes! Mi marido no puede conciliar el sueño más que al arrullo de ese reloj o de otro igual que tiene en su alcoba, y al advertir que el mío se halla parado tratará de darle cuerda... ¡y se encontrará contigo!
    Así diciendo, echó la llave a la caja de la péndola.
    En el ínterin, don José había conseguido por su parte forzar la cerradura de la puerta del gabinete, y penetraba en la alcoba echando fuego por los ojos...
    -¿Dónde está? -berreó de una manera indescriptible.
    -¿Qué buscas, Pepe? -interrogó la mujer con asombrosa calma-. ¿Se te ha perdido algo?
    -¡Se me ha perdido el honor! -repuso el marido, mirando debajo de la cama.
    -¡Desventurado! ¡Y lo buscas ahí!
    En aquel tiempo no había en Sevilla mesitas de noche. Porque la escena era en Sevilla.
    -Dónde está -seguía preguntando don José-. ¿Dónde está tu infame cómplice?
    En cuanto al reloj.... el reloj andaba perfectamente, como si nadie hubiera dentro de la caja. Quiero decir que la péndola sonaba cual si oscilase libremente en el vacío... -Tic... tac..., tic... tac.... tic... tac... -oíase allí dentro.
    No se le ocurrió, pues, a don José, ni por asomo, registrar el interior del reloj. Y como en ningún otro paraje encontrara a persona alguna, nuestro hombre cayó de rodillas delante de su esposa, cuya indignación, elocuencia y cólera iban tomando vuelo, y le
dijo:
    -¡Perdona, Matilde mia! He sido engañado por ese miserable portero, que sin duda estaba borracho. Mañana lo despediré. Por lo que a ti hace, cree que mi amor, mi renovado amor, te demostrará cuán arrepentido estoy de haber dudado de tu inocencia.
    Matilde hizo inauditos esfuerzos por que no hubiera paz; quejose de lo ocurrido, protestó; lloró; insultó a don José, etc., etc.; pero éste le respondía a todo:
    -Tienes razón..., tienes razón... ¡Soy una fiera!
    Y, entre tanto, volvía a cerrar la puerta que forzó, guardábase la llave, y tomaba posesión de su propio y legitimo puesto en el lecho conyugal, exclamando como un bendito:
    -¡Vaya, mujer, acuéstate y no seas tonta!...
    A la madrugada, despertose don José bruscamente, y dijo en voz baja:
    -¿Duermes, Matilde?
    -No; que estoy despierta.
    -Dime, es ilusión mía, o se ha parado el reloj?
   -Tic... tac.... tic... tac.... tic... tac. -resonó al mismo tiempo dentro de la caja.
    - Es ilusión tuya... -respondió la mujer-. ¿No estás oyendo?
    -¡Es verdad! -repuso don José-. Pero lo que no es ilusión es que te adoro más que nunca..., y que no me canso de repetírtelo esta noche...
    Un año después había en la casa de dementes de Toledo un joven muy hermoso, cuya locura estaba reducida a figurarse que era un reloj de pared, y a estar siempre imitando el ruido de la péndola, por medio de un chasquido en el cielo de la boca, hasta producir este sonido: -Tic... tac.... tic... tac.... tic... tac...
    Y dicen que era admirable la perfección con que lo hacía.
    De donde se deduce, como moraleja, que algunas veces los célibes hermosos hacen el papel de maridos feos.

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La buenaventura  

   No sé qué día de agosto del año de 1816 llegó a las puertas de la Capitanía general de Granada cierto haraposo y grotesco gitano de sesenta años de edad, de oficio esquilador y de apellido o sobrenombre Heredia, caballero con flaquísimo y destartalado burro mohíno, cuyos arneses se reducían a una soga atada al pescuezo; y, echado que hubo pie a tierra, dijo con la mayor frescura "que quería ver al Capitán general".

   Excuso decir que semejante pretensión excitó sucesivamente la resistencia del centinela, las risas de los ordenanzas y las dudas y vacilaciones de los edecanes antes de llegar a conocimiento del excelentísimo señor don Eugenio Portocarrero, conde de Montijo, a la sazón Capitán general del antiguo reino de Granada...Pero como aquel prócer era hombre de muy buen humor y tenía muchas noticias de Heredia, célebre por sus chistes, por sus cambalaches, y por su amor a lo ajeno...con permiso del engañado dueño, dio orden de que dejasen pasar al gitano.

   Penetró éste en el despacho de Su Excelencia dando dos pasos adelante y uno atrás, que era como andaba en las circunstancias graves, y poniéndose de rodillas exclamó:

   _¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo de toitico el mundo!

  _Levántate; déjate de zalamerías, y dime qué se te ofrece..._respondió el conde con aparente sequedad.

   Heredia se puso también serio, y dijo con mucho desparpajo:

   _Pues, señor, vengo a que me den los mil reales.

   -¿Qué mil reales?

   _Los ofrecidos, hace días, en un bando al que presente las señas de Parrón.

   -Pues, ¡qué! ¿Tú le conocías?

   -No, señor.

   -Entonces...

   _Pero ya le conozco

   -¡Cómo!

   _Es muy sencillo. Lo he buscado: lo he visto; traigo sus señas y pido mi ganancia.

   _¿Estás seguro de lo que has visto? _exclamó el Capitán general con un interés que se sobrepuso a sus dudas.

   El gitano se echó a reír y respondió:

   _¡Es claro! Su merced dirá: Este gitano es como todos, y quiere engañarme. ¡No me perdone Dios si miento! Ayer vi a Parrón.

   -Pero, ¿sabes tú la importancia de lo que dices? ¿Sabes que hace tres años que se persigue a ese monstruo, a ese bandido sanguinario, que nadie conoce ni ha podido nunca ver? ¿Sabes que todos los días roba, en distintos pueblos de estas sierras a algunos pasajeros y después los asesina pues dice que los muertos no hablan y que ése es el único medio de que nunca dé con él la Justicia? ¿Sabes, en fin, que ver a Parrón es encontrarse con la muerte?

    El gitano se volvió a reír y dijo:

   _Y, ¿no sabe su merced que lo que no puede hacer un gitano no hay quien lo haga sobre la tierra? ¿Conoce nadie cuándo es verdad nuestra risa o nuestro llanto? ¿Tiene su merced noticia de alguna zorra que tenga tantas picardías como nosotros? Repito, mi general, que no sólo he visto a Parrón, sino que he hablado con él.

   _¿Dónde?

   _En el camino de Tózar

   _Dame pruebas de ello.

   _Escuche su merced. Ayer mañana hizo ocho días que caímos mi borrico y yo en poder de unos ladrones. Me maniataron muy bien, y me llevaron por unos barrancos endemoniados hasta dar con una plazoleta donde acampaban los bandidos. Una cruel sospecha me tenía desazonado: "¿Sería esta gente de Parrón? _me decía a cada instante_. ¡Entonces no hay remedio: me matan!, pues ese maldito se ha empeñado en que ningunos ojos que vean su fisonomía vuelvan a ver cosa ninguna."

   Estaba yo haciendo estas reflexiones, cuando se me presentó un hombre vestido de macareno con mucho lujo, y dándome un golpecito en el hombro, y sonriéndose con suma gracia, me dijo:

   _Compadre ¡yo soy Parrón!

Oír esto y caerme de espaldas, todo fue una misma cosa. El bandido se echó a reír.

   Yo me levanté desencajado, me puse de rodillas y exclamé en todos los tonos de voz que pude inventar:

   _¡Bendita sea tu alma, rey de los hombres!...¿Quién no había de conocerte por ese porte de príncipe real que Dios te ha dado? ¡Y que haya madres que paran tales hijos! ¡Jesús! ¡Deja que te dé un abrazo, hijo mío! ¡Que en mal hora muera si no tenía gana de encontrarte el gitanico para decirte la buenaventura y darte un beso en esa mano de emperador! ¡También yo soy de los tuyos! ¿Quieres que te enseñe a cambiar burros muertos por burros vivos? ¿Quieres vender como potros tus caballos viejos? ¿Quieres que le enseñe el francés a una mula?

   El conde de Montijo no pudo contener la risa...Luego, preguntó:

   _Y, ¿qué respondió Parrón a todo esto? ¿Qué hizo?

   _Lo mismo que su merced: reírse todo trapo.

   _¿Y tú?

   _Yo, señorico, me reía también; pero me corrían por las patillas lagrimones como naranjas.

   _Continúa.

   _Enseguida me alargó la mano y me dijo:

   _Compadre, es usted el único hombre de talento que ha caído en mi poder. Todos los demás tienen la maldita costumbre de procurar entristecerme, de llorar, de quejarse y de hacer otras tonterías que me ponen de mal humor. Sólo usted me ha hecho reír; y si no fuera por esas lágrimas...

   _Qué, ¡señor, si son de alegría!

   _Lo creo. ¡Bien sabe el demonio que es la primera vez que me he reído desde hace seis u ocho años! Verdad es que tampoco he llorado...Pero despachemos. ¡Eh, muchachos!

Decir Parrón estas palabras y rodearme una nube de trabucos, todo fue un abrir y cerrar de ojos.

  _¡Jesús me ampare! _empecé a gritar.

  _Deteneos! _exclamó Parrón_. No se trata de eso todavía. Os llamo para preguntaros qué le habéis tomado a este hombre.

   _Un burro en pelo.

   _¿Y dinero?

   _Tres duros y siete reales.

   _Pues dejadnos solos.

   Todos se alejaron.

   _Ahora dime la buenaventura _exclamó el ladrón tendiéndome la mano.

   Yo se la cogí; medité un momento; conocí que estaba en el caso de hablar formalmente, y le dije con todas las veras de mi alma:

   _Parrón, tarde que temprano, ya me quites la vida, ya me la dejes..., ¡morirás ahorcado!

   _Eso ya lo sabía yo..._respondió el bandido con entera tranquilidad_. Dime cuándo.

   Me puse a cavilar.

   Este hombre, pensé, me va a perdonar la vida; mañana llego a Granada y doy el cante; pasado mañana lo cogen...Después empezará la sumaria...

   _¿Dices que cuando? _le respondí en alta voz_. Pues ¡mira!, va a ser el mes que entra.

   Parrón se estremeció; y yo también, conociendo que el amor propio de adivino me podría salir por la tapa de los sesos.

   _Pues mira tú, gitano..._contestó Parrón muy lentamente_. Vas a quedarte en mi poder...¡Si en todo el mes que entra no me ahorcan, te ahorco yo a ti tan cierto como que ahorcaron a mi padre! Si muero para esa fecha, quedarás libre.

   "¡Muchas gracias! _le dije yo en mi interior_. ¡Me perdona... después de muerto!"

Y me arrepentí de haber echado tan corto el plazo.

   Quedamos en lo dicho: fui conducido a la cueva, donde me encerraron, y Parrón montó en su yegua y tomó el tole por aquellos breñales...

   _Vamos, ya comprendo..._exclamó el conde de Montijo_. Parrón ha muerto; tú has quedado libre, y por eso sabes sus señas...

   _¡Todo lo contrario, mi general! Parrón vive, y aquí entra lo más negro de la presente historia.

II

    Pasaron ocho días sin que el capitán volviese a verme. Según pude entender, no había aparecido por allí desde la tarde que le hice la buenaventura; cosa que nada tenía de raro, a lo que me contó uno de mis guardianes:

   _Sepa usted _me dijo_, que el jefe se va al infierno de vez en cuando, y no vuelve hasta que se le antoja. Ello es que nosotros no sabemos nada de lo que hace durante sus largas ausencias.

   A todo esto, a fuerza de ruegos, y como pago de haber dicho la buenaventura a todos los ladrones, pronosticándoles que no serían ahorcados y que llevarían una vejez muy tranquila, había conseguido yo que por las tardes me sacasen de la cueva y me atasen a un árbol, pues en mi encierro me ahogaba de calor.

   Pero excuso decir que nunca faltaban a mi lado un par de centinelas.

   Una tarde a eso de las seis, los ladrones que habían salido de servicio aquel día a las órdenes del segundo de Parrón, regresaron al campamento llevando consigo, maniatado como pintan a nuestro Padre Jesús de nazareno, a un pobre segador, de cuarenta a cincuenta años, cuyas lamentaciones partían el alma.

   _¡Dadme mis veinte duros! _decía_. ¡Ah! ¡Si supierais con qué afanes los he ganado! ¡Todo un verano bajo el fuego del sol..! ¡Todo un verano lejos de mi pueblo, de mi mujer y de mis hijos! ¡Así he reunido, con mil sudores y privaciones, esta suma, con que podríamos vivir este invierno! Y cuando ya voy de vuelta, deseando abrazarlos y pagar las deudas que para comer hayan hecho aquellos infelices, ¿cómo he de perder ese dinero, que es para mí un tesoro? ¡Piedad, señores! ¡Dadme mis veinte duros! ¡Dádmelos, por los dolores de María Santísima!

   Una carcajada de burla contestó a las quejas del pobre padre.

   Yo temblaba de horror en el árbol a que estaba atado; porque los gitanos también tenemos familia.

   _No seas loco..._exclamó al fin un bandido, dirigiéndose al segador_. Haces mal en pensar en tu dinero, cuando tienes cuidados mayores en que ocuparte...

   _¡Cómo! _dijo el segador, sin comprender que hubiera desgracia más grande que dejar sin pan a sus hijos.

   _¡Estás en poder de Parrón!

   _Parrón...¡No le conozco...! Nunca lo he oído nombrar...¡Vengo de muy lejos! Yo soy de Alicante, y he estado segando en Sevilla.

   _Pues, amigo mío, Parrón quiere decir muerte. Todo el que cae en nuestro poder es preciso que muera. Así, pues, haz testamento en dos minutos y encomienda el alma en otros dos. ¡Preparen! ¡Apunten! Tienes cuatro minutos.

   _¡Voy a aprovecharlos! ¡Oídme, por compasión!

   _Habla.

   _Tengo seis hijos...y una infeliz...diré viuda..., pues veo que voy a morir...Leo en vuestros ojos que sois peores que fieras...¡Sí, peores! Porque las fieras de una misma especie no se devoran unas a otras. ¡Ah! ¡Perdón! No sé lo que me digo. ¡Caballeros, alguno de ustedes será padre...! ¿No hay un padre entre vosotros? ¿Sabéis lo que son seis niños pasando un invierno sin pan? ¿Sabéis lo que es una madre que ve morir a los hijos de sus entrañas, diciendo: "Tengo hambre...tengo frío"? Señores, ¡yo no quiero mi vida sino por ellos! ¿Qué es para mí la vida? ¡Una cadena de trabajos y privaciones! ¡Pero debo vivir para mis hijos...! ¡Hijos míos! ¡Hijos de mi alma!

   Y el padre se arrastraba por el suelo, y levantaba hacia los ladrones una cara...¡Qué cara! Se parecía a la de los santos que el rey Nerón echaba a los tigres, según dicen los padres predicadores.

   Los bandidos sintieron moverse algo dentro de su pecho, pues se miraron unos a otros...; y viendo que todos estaban pensando la misma cosa, uno de ellos se atrevió a decirla...

   _¿Qué dijo? _preguntó el Capitán general profundamente afectado por aquel relato.

   _Dijo: "Caballeros, lo que vamos a hacer no lo sabrá nunca Parrón..."

   _Nunca...nunca..._tartamudearon los bandidos.

   _Márchese usted, buen hombre _exclamó entonces uno que hasta lloraba.

   Yo hice también señas al segador de que se fuese al instante.

   El infeliz se levantó lentamente.

   _¡Pronto...! ¡Márchese usted! _repitieron todos, volviéndole la espalda.

   El segador alargó la mano maquinalmente.

_¿Te parece poco? _gritó uno_ ¡Pues no quiere su dinero! ¿vaya, vaya...¡No nos tiente usted la paciencia!

   El pobre segador se alejó llorando, y a poco desapareció.

  Media hora había transcurrido, empleada por los ladrones en jurarse unos a otros no decir nunca a su capitán que habían perdonado la vida a un hombre, cuando de pronto apareció Parrón, trayendo al segador en la grupa de su yegua.

   Los bandidos retrocedieron espantados.

  Parrón se apeó muy despacio, descolgó su escopeta de dos cañones, y, apuntando a sus camaradas, dijo:

   _¡Imbéciles! ¡Infames! ¿No sé cómo no os mato a todos! ¡Pronto! ¡Entregad a este hombre los duros que le habéis robado!

   Los ladrones sacaron los veinte duros y se los dieron al segador, el cual se arrojó a los pies de aquel personaje que dominaba a los bandoleros y que tan buen corazón tenía...

   Parrón le dijo:

   _¡A la paz de Dios! Sin las indicaciones de usted nunca hubiera dado con ellos. ¡Ya ve usted que desconfiaba de mis motivos..! He cumplido mi promesa...Ahí tiene usted sus veinte duros...Conque...¡en marcha!

   El segador le abrazó repetidas veces y se alejó lleno de júbilo.

   Pero no habría andado cincuenta pasos, cuando su bienhechor lo llamó de nuevo.

   El pobre hombre se apresuró a volver pies atrás.

   _¿Qué manda usted? _le preguntó, deseando ser útil al que había devuelto la felicidad a su familia.

   _¿Conoce usted a Parrón? _le preguntó él mismo.

   _No lo conozco.

   _¡Te equivocas! _replicó el bandolero. Yo soy Parrón.

   El segador se quedó estupefacto.

   Parrón se echó la escopeta a la cara y descargó los dos tiros contra el segador, que cayó redondo al suelo.

   _¡Maldito seas! _fue lo único que pronunció.

   En medio del terror que me quitó la vista, observé que el árbol en que yo estaba atado se estremecía ligeramente y que mis ligaduras se aflojaban.

   Una de las balas, después de herir al segador, había dado en la cuerda que me ligaba al tronco y la había roto.

   Yo disimulé que estaba libre, y esperé una ocasión para escaparme.

   Entretanto, decía Parrón a los suyos, señalando al segador:

   _Ahora podéis robarlo. Sois unos imbéciles..., ¡unos canallas! ¡Dejar a este hombre para que se fuera, como se fue, dando gritos por los caminos reales...! Si conforme soy yo quien lo encuentra y se entera de lo que pasaba, hubieran sido los migueletes, habría dado vuestras señas y las de nuestra guarida, como me las ha dado a mí, y estaríamos ya todos en la cárcel. ¡Ved las consecuencias de robar sin matar! Conque basta ya de sermón, y enterrar este cadáver para que no apeste.

   Mientras los ladrones hacían el hoyo y Parrón se sentaba a merendar, dándome la espalda, me alejé poco a poco del árbol y me descolgué al barranco próximo...

   Ya era de noche. Protegido por sus sombras salí a todo escape y, a la luz de las estrellas, divisé mi borrico, que comía allí tranquilamente, atado a una encina. Montéme en él, y no he parado hasta llegar aquí.

   Por consiguiente, señor, déme usted los tres mil reales, y yo daré las señas de Parrón, el cual se ha quedado con mis tres duros y medio...

   Dictó el gitano la filiación del bandido; cobró desde luego la suma ofrecida, y salió de la Capitanía general, dejando asombrado al conde de Montijo y al sujeto, allí presente, que nos ha contado estos pormenores.

   Réstanos ahora saber si acertó o no acertó Heredia al decir

la buenaventura a Parrón.

III

    Quince días después de la escena que acabamos de referir, y a eso de las nueve de la mañana, muchísima gente ociosa presenciaba, en la calle de San Juan de Dios, y parte de la de San Felipe, de aquella misma capital, la reunión de dos compañías de migueletes que debían salir a las nueve y media en busca de Parrón, cuyo paradero, así como sus señas personales y las de todos sus compañeros de fechorías, había al fin averiguado el conde de Montijo.

   El interés y emoción del público eran extraordinarios, y no menos la solemnidad con que los migueletes se despedían de sus familias y amigos, para marchar a tan importante empresa. ¡Tal espanto había llegado a infundir Parrón a todo el antiguo reino granadino!

   _Parece que ya vamos a formar..._dijo un miguelete a otro_, y no veo al cabo López.

   _¡Extraño es, a fe mía, pues el llega siempre antes que nadie cuando se trata de salir en busca de Parrón, a quien odia con sus cinco sentidos!

   _Pues, ¿no sabéis lo que pasa? _dijo un tercer miguelete, tomando parte en la conversación.

   _¡Hola! Es nuestro nuevo camarada...¿Cómo te va en nuestro Cuerpo?

   _Perfectamente _respondió el interrogado.

   Era éste un hombre pálido y de porte distinguido, del cual se despegaba mucho el traje de soldado.

   _¿Conque decías...? _replicó el primero.

   _¡Ah! ¡Sí! Que el cabo López ha fallecido..._respondió el miguelete pálido.

   _Manuel...¿qué dices? ¡Eso no puede ser...! Yo mismo le he visto a López esta mañana, como te veo a ti...

   El llamado Manuel respondió fríamente:

   _Pues hace media hora que lo ha matado Parrón.

   _¿Parrón? ¿Dónde?

  _¡Aquí mismo! ¡En Granada! En la Cuesta del Perro se ha encontrado el cadáver de López.

   _Todos quedaron silenciosos, y Manuel empezó a silbar una canción patriótica.

  _¡Van once migueletes en seis días! _exclamó un sargento_. ¡Parrón se ha propuesto exterminarnos! Pero, ¿cómo que está en Granada? ¿No íbamos a buscarlo a la Sierra de Loja?

   Manuel dejó de silbar y dijo con su acostumbrada indiferencia:

   _Una vieja que presenció el delito dice que, luego que mató a López, ofreció que, si íbamos a buscarlo, tendríamos el gusto de verle...

  _¡Camarada! ¡Disfrutas de una calma asombrosa! ¡Hablas de Parrón con un desprecio...!

  _Pues, ¿qué es Parrón más que un hombre? _repuso Manuel con altanería.

  _¡A la formación! _gritaron en este acto varias voces.

  Formaron las dos compañías, y comenzó la lista nominal.

  En tal momento acertó a pasar por allí el gitano Heredia, el cual se paró, como todos, a ver aquella lucidísima tropa.

  Notóse entonces que Manuel, el nuevo Miguelete, dio un retemblido y retrocedió un poco como para ocultarse detrás de sus compañeros...

  Al propio tiempo Heredia fijó en él sus ojos, y dando un grito y un salto como si lo hubiese picado una víbora, arrancó a correr hacia la calle de San jerónimo.

Manuel se echó la carabina a la cara y apuntó al gitano... Pero otro miguelete tuvo tiempo de mudar la dirección del arma, y el tiro se perdió en el aire.

  _¡Estás loco! ¡Manuel se ha vuelto loco! ¡Un miguelete ha perdido el juicio! _exclamaron sucesivamente los mil espectadores de aquella escena.

  Y oficiales y sargentos y paisanos rodeaban a aquel hombre que pugnaba por escapar, y al que por lo mismo sujetaban con mayor fuerza, abrumándolo a preguntas, reconvenciones y dicterios que no le arrancaron contestación alguna.

Entretanto, Heredia había sido preso en la plaza de la Universidad por algunos transeúntes, que viéndole correr después de haber sonado aquel tiro, lo tomaron por un malhechor.

  _¡Llevadme a la Capitanía general! _decía el gitano. ¡Tengo que hablar con el conde de Montijo!

  _¡Qué conde de Montijo ni qué niño muerto! _le respondieron sus aprehensores_. ¡Ahí están los migueletes, y ellos verán lo que hay que hacer con tu persona!

  _Pues lo mismo me da _respondió Heredia_. Pero tengan cuidado de que no me mate Parrón...

  _¿Cómo Parrón? ¿Qué dice este hombre?

  _Venid y veréis.

  Así diciendo, el gitano se hizo conducir delante del jefe de los migueletes, y señalando a Manuel, dijo:

  _Mi comandante, ¡ése es Parrón, y yo soy el gitano que dio hace quince días sus señas al conde de Montijo!

  _¡Parrón! ¡Parrón está preso! ¡Un miguelete era Parrón...! _gritaron muchas voces.

  _No me cabe duda _decía entretanto el comandante, leyendo las señas que le había dado el Capitán general_. ¡A fe que hemos estado torpes! Pero, ¿a quién se le hubiera ocurrido buscar al capitán de los ladrones entre los migueletes que iban a prenderlo?

  _¡Necio de mí! _exclamaba al mismo tiempo Parrón, mirando al gitano con ojos de león herido_. ¡Es el único hombre a quien he perdonado la vida! ¡Merezco lo que me pasa!

  A la semana siguiente ahorcaron a Parrón.

  Cumplióse, pues, literalmente la buenaventura del gitano...

  Lo cual (dicho sea para concluir dignamente) no significa que debáis creer en la infalibilidad de tales vaticinios, ni menos que fuera acertada regla de conducta la de Parrón, de matar a todos los que llegaban a conocerle...Significa tan sólo que los caminos de la Providencia son inescrutables para la razón humana; doctrina que, a mi juicio, no puede ser más ortodoxa.

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    En la pequeña villa de Padrón, sita en territorio gallego, y allá por el año de 1808, vendía sapos y culebras y agua llovediza, a fuer de legítimo boticario, un tal García de Paredes, misántropo solterón, descendiente acaso, y sin acaso, de aquel varón ilustre que matara un toro de una puñalada.

     Era una fría y triste noche de otoño. El cielo estaba encapotado por densas nubes, y la total carencia de alumbrado terrestre dejaba a las tinieblas campar por sus respetos en todas las calles y plazas de la población.

    A eso de las diez de aquella pavorosa noche, que las lúgubres circunstancias de la patria hacían mucho más siniestra, desembocó en la plaza que hoy se llamará de la Constitución un silencioso grupo de sombras, aún más negras que la oscuridad de cielo y tierra, las cuales avanzaron hacia la botica de García de Paredes, cerrada completamente desde las Ánimas, o sea desde las ocho y media en punto.

    -¿Qué hacemos? –dijo una de las sombras en correctísimo gallego.

    -Nadie nos ha visto... –observó otra.

    -¡Derribar la puerta! –propuso una mujer.

    -¡Y matarlos! –murmuraron hasta quince voces.

    -¡Yo me encargo del boticario! –exclamó un chico.

    -¡De ése nos encargamos todos!

    -¡Por judío!

    -Dicen que hoy cenan con él más de veinte franceses...

    -¡Ya lo creo! ¡Como saben que ahí están seguros, han acudido en montón!

    -¡Ah! ¡Si fuera en mi casa! ¡Tres alojados llevo echados al pozo!

    -¡Mi mujer degolló ayer a uno!...

    -¡Y yo... –dijo un fraile con voz de figle- he asfixiado a dos capitanes, dejando carbón encendido en su celda, que antes era la mía!

    -¡Y ese infame boticario los protege!

    -¡Qué expresivo estuvo ayer en paseo con esos viles excomulgados!

    -¡Quién lo había de esperar de García de Paredes! ¡No hace un mes que era el más valiente, el más patriota, el más realista del pueblo!

    -¡Toma! ¡Como que vendía en la botica retratos del príncipe Fernando!

    -¡Y ahora los vende de Napoleón!

    -Antes nos excitaba a la defensa contra los invasores...

    -Y desde que vinieron al Padrón se pasó a ellos...

    -¡Y esta noche da de cenar a todos los jefes!

    -¡Oíd que algazara traen! Pues no gritan ¡Viva el Emperador!

    -Paciencia... –murmuró el fraile-. Todavía es muy temprano.

    -Dejémosles emborracharse... –expuso una vieja-. Después entramos..., ¡y ni uno ha de quedar vivo!

    -¡Pido que se haga cuartos al boticario!

    -¡Se le hará ochavos, si queréis. Un afrancesado es más odioso que un francés. El francés atropella a un pueblo extraño: el afrancesamiento vende y deshonra a su patria. El francés comete un asesinato: el afrancesa ¡un parricidio!

  II

    Mientras ocurría la anterior escena en la puerta de la botica, García de Paredes y sus convidados corrían la francachela más alegre y desaforada que os podáis figurar.

Veinte era, en efecto, los franceses que el boticario tenía a la mesa, todos ellos jefes y oficiales.

    García de Paredes contaría cuarenta y cinco años; era alto y seco y más amarillo que una momia: dijérase que su piel estaba muerta hacía mucho tiempo; llegábale la frente a la nuca, gracias a una calva limpia y reluciente, cuyo brillo tenía algo de fosfórico; sus ojos, negros y apagados, hundidos en las descarnadas cuencas, se parecían a esas lagunas encerradas entre montañas, que sólo ofrecen oscuridad, vértigos y muerte al que las mira: lagunas que nada reflejan; que rugen sordamente alguna vez, pero sin alterarse; que devoran todo lo que cae en su superficie; que nada devuelven; que nadie ha podido sondear; que no se alimentan de ningún río, y cuyo fondo busca la imaginación en los mares antípodas.

    La cena era abundante, el vino bueno, la conversación alegre y animada.

    Los franceses reían, juraban, blasfemaban, cantaban, fumaban, comían y bebían a un mismo tiempo.

    Quién había contado los amores secretos de Napoleón; quién la noche del 2 de Mayo en Madrid; cuál la batalla de las Pirámides, cuál otro la ejecución de Luis XVI.

    García de Paredes bebía, reía y charlaba como los demás, o quizás más que ninguno; y tan elocuente había estado a favor de la causa imperial, que los soldados del césar lo habían  abrazado, lo habían vitoreado, le habían improvisado himnos.

    -¡Señores! –había dicho el boticario-: la guerra que os hacemos los españoles es tan necia como inmotivada. Vosotros, hijos de la Revolución, venís a sacar a España de su tradicional abatimiento, a despreocuparla, a disipar las tinieblas religiosas, a mejorar sus anticuadas costumbres, a enseñarnos esas utilísimas e inconcusas verdades de que que no hay Dios, de que no hay otra vida, de que la  penitencia, el ayuno, la castidad y demás virtudes católicas son quijotescas locuras, impropias de un pueblo civilizado, y de que Napoleón es el verdadero Mesías, el redentor de los pueblos, el amigo de la especie humana... ¡Señores! ¡Viva el Emperador cuanto yo deseo que viva!

    -¡Bravo, vítor! –exclamaron los hombres del 2 de Mayo.

    El boticario inclinó la frente con indecible angustia.

     Pronto volvió a alzarla, tan firme y tan sereno como antes.

     Bebióse un vaso de vino, y continuó:

    -Un abuelo mío, un García de Paredes, un bárbaro, un Sansón, un Hércules, un Milón de Crotona, mató doscientos franceses en un día... Creo que fue en Italia. ¡Ya veis que no era tan afrancesado como yo! ¡Adiestróse en las lides contra los moros del reino de Granada; armóle caballero el mismo Rey Católico, y montó más de una vez la guardia en el Quirinal, siendo Papa nuestro tío Alejandro Borja! ¡Eh!, ¡eh! ¡No me hacíais tan linajudo! Pues ese Diego García de Paredes, este ascendiente mío..., que ha tenido un descendiente boticario, tomó a Cosenza y Manfredonia, entró por asalto en Ceriñola y peleó como bueno en la batalla de Pavía. ¡Allí hicimos prisionero a un rey de Francia, cuya espada ha estado en Madrid cerca de tres siglos, hasta que nos la robó hace tres meses ese hijo de un posadero que viene a vuestra cabeza, y a quien llaman Murat!

Aquí hizo otra pausa el boticario. Algunos franceses demostraron querer contestarle; pero él, levantándose e imponiendo a todos silencio con su actitud, empuñó convulsivamente un vaso, y exclamó con voz atronadora:

     -¡Brindo, señores, porque maldito sea mi abuelo, que era un animal, y porque se halle ahora mismo en los profundos infiernos!... ¡Vivvan los franceses de Francisco I y de Napoleón Bonaparte!

    -¡Vivan! –respondieron los invasores dándose por satisfechos.

    Y todos apuraron su vaso.

    Oyóse en esto rumor en la calle o, mejor dicho, a la puerta de la botica.

    -¿Habéis oído? –preguntaron los franceses.

    García de Paredes se sonrió.

    -¡Vendrán a matarme! Dijo.

    -¿Quién?

    -Los vecinos de Padrón.

    -¿Por qué? 

    -¡Por afrancesado! Hace algunas noches que rondan mi casa... Pero ¿qué nos importa? Continuemos nuestra fiesta.

    -Si... ¡continuemos! –exclamaron los convidados-.

    ¡Estamos aquí para defenderos!

    -Y chocando ya botellas contra botellas, que no vasos contra vasos.

    -¡Viva Napoleón! ¡Muera Fernando! ¡Muera Galicia! –gritaron a una voz.

    García de Paredes esperó a que se acallase el brindis, y murmuró con acento lúgubre:

    -¡Celedonio!

    El mancebo de la botica asomó por una puertecilla su cabeza pálida y demudada, sin atreverse a penetrar en aquella caverna.

    -Celedonio, trae papel y tintero –dijo tranquilamente el boticario.

    El mancebo volvió con el recado de escribir.

    -¡Siéntate! –continuó su amo-. Ahora, escribe las cantidades que yo te vaya diciendo. Divídelas en dos columnas. Encima de la columna de la derecha pon: Deuda, y encima de la otra: Crédito.

    -Señor... –balbuceó el mancebo-. En la puerta hay una especie de motín... Gritan ¡Muera el boticario!... Y ¡quieren entrar!

    -¡Cállate y déjalos! Escribe lo que te he dicho.

     Los franceses se rieron de admiración al ver al farmacéutico ocupado en ajustar cuentas cuando le rodeaban la muerte y la ruina.

    Celedonio alzó la cabeza y enristró la pluma, esperando cantidades que anotar.

-¡Vamos a ver, señores! –dijo entonces García de Paredes, dirigiéndose a sus comensales-. Se trata de resumir nuestra fiesta en un solo brindis. Empecemos por orden de colocación. Vos, capitán, decidme: ¿cuántos españoles habréis matado desde que pasasteis los Pirineos?

    -¡Bravo! ¡Magnífica idea! –exclamaron los franceses.

    -Yo... –dijo el interrogado, trepándose en la silla y retorciéndose el bigote con petulancia-. Yo... habré matado... personalmente... con mi espada..., ¡poned unos diez o doce!

-¡Once a la derecha! –gritó el boticario, dirigiéndose al mancebo.

El mancebo repitió, después de escribir:

-Deuda... once.

-¡Corriente! –prosiguió el anfitrión-. ¿Y vos?... Con vos hablo, señor Julio...

-Yo... seis.

-¿Y vos, mi comandante?

-Yo... veinte.

-Yo... ocho.

-Yo... catorce.

-Yo... ninguno.

-¡Yo no sé!...; he tirado a ciegas... –respondía cada cual, según le llegara el turno.

Y el mancebo seguía anotando cantidades a la derecha.

-¡Veamos ahora, capitán! –continuó García de Paredes-. Volvamos a empezar por vos. ¿Cuántos españoles esperáis matar en el resto de la guerra, suponiendo que dure todavía... tres años?

-¡Eh!... –respondió el capitán-. ¿Quién calcula eso?

-Calculadlo...; os lo suplico...

-Poned otros once.

-Once a la izquierda –dictó García de Paredes.

Y Celedonio repitió:

-Crédito, once.

-¿Y vos? –interrogó el farmacéutico por el mismo orden seguido anteriormente.

-Yo... quince.

-Yo... veinte.

-Yo... ciento.

-Yo... mil –respondían los franceses.

-¡Ponlos todos a diez, Celedonio!... –murmuró irónicamente el boticario-. Ahora, suma por separado las dos columnas.

El pobre joven, que había anotado las cantidades con sudores de muerte, viose obligado a hacer el resumen con los dedos, como las viejas. Tal era su terror.

Al cabo de un rato de horrible silencio, exclamó, dirigiéndose a su amo:

-Deuda..., 285. Crédito..., 200.

-Es decir... –añadió García de Paredes-, ¡doscientos ochenta y cinco muertos, y doscientos sentenciados!  ¡Total, cuatrocientas ochenta y cinco, víctimas!

Y pronunció estas palabras con voz tan honda y sepulcral, que los franceses se miraron alarmados.

En tanto, el boticario ajustaba una nueva cuenta.

-¡Somos unos héroes! –exclamó al terminarla-. Nos hemos bebido setenta botellas, o sean ciento cinco libras y media de vino que, repartidas entre veintiuno, pues todos hemos bebido con igual bizarría, dan cinco libras de líquido por cabeza. ¡Repito que somos unos héroes!

Crujieron en esto las tablas de la puerta de la botica, y el mancebo balbuceó tambaleándose:

-¡Ya entran!...

-¿Qué hora es? –preguntó el boticario con suma tranquilidad.

-Las once. Pero ¿no oye usted que entran?

-¡Déjalos! Ya es hora.

-¡Hora!... ¿de qué? –murmuraron los franceses procurando levantarse.

Pero estaban tan ebrios que no podían moverse de sus sillas.

-¡Que entren! ¡Que entren!... –exclamaban, sin embargo, con voz vinosa, sacando los sables con mucha dificultad y sin conseguir ponerse de pie-. ¡Que entren esos canallas! ¡Nosotros los recibiremos!

En esto, sonaba ya abajo, en la botica, el estrépito de los botes y redomas que los vecinos del Padrón hacían pedazos, y oíase resonar en la escalera este grito unánime y terrible:

-¡Muera el afrancesado!

 

 

III

    Levantóse Hacía de Paredes, como impulsado por un resorte, al oír semejante clamor dentro de la casa, y apoyóse en la mesa para no caer de nuevo sobre la silla. Tendió en torno suyo una mirada de inexplicable regocijo, dejó ver en sus labios la inmortal sonrisa del triunfador, y así, transfigurado y hermoso, con el doble temblor de la muerte y del entusiasmo, pronunció las siguientes palabras, entrecortadas y solemnes como las campanadas del toque de agonía:

    -¡Franceses!... Si cualquiera de vosotros, o todos juntos, hallarais ocasión propicia de vengar la muerte de doscientos ochenta y cinco compatriotas y de salvar la vida a otros doscientos más; si sacrificando vuestra existencia pudieseis desenojar la indignada sombra de vuestros antepasados, castigar a los verdugos de doscientos ochenta y cinco héroes y librar de la muerte a doscientos compañeros, a doscientos hermanos, aumentando así las huestes del ejército patrio con doscientos campeones de la independencia nacional, ¿repararíais ni un momento en vuestra miserable vida? ¿Dudaríais ni un punto en abrazaros, como Sansón, a la columna del templo, y morir, a precio de matar a los enemigos de Dios?

     -¿Qué dice? –se preguntaron los franceses.

    -Señor..., ¡los asesinos están en la antesala! –exclamó Celedonio.

    -¡Que entren!... gritó García de Paredes-. Ábreles la puerta de la sala... ¡Que vengan todos... a ver cómo muere el descendiente de un soldado de Pavía!

    Los franceses aterrados, estúpidos, clavados en sus sillas por insoportable letargo, creyendo que la muerte de que hablaba el español iba a entrar en aquel aposento en pos de los amotinados, hacían penosos esfuerzos por levantar los sables, que yacían sobre la mesa; pero ni siquiera conseguían que sus flojos dedos asiesen las empuñaduras: parecía que los hierros estaban adheridos a la tabla por insuperable fuerza de atracción.

En esto inundaron la estancia más de cincuenta hombres y mujeres, armados con palos, puñales y pistolas, dando tremendos alaridos y lanzando fuego por los ojos.

    -¡Mueran todos! –exclamaron algunas mujeres, lanzándose las primeras.

    -¡Deteneos! –gritó García de Paredes, con tal voz, con tal actitud, con tal fisonomía que, unido este grito a la inmovilidad y silencio de los veinte franceses, impuso frío terror a la muchedumbre, la cual no se esperaba aquel tranquilo y lúgubre recibimiento.

-No tenéis por qué blandir los puñales... –continuó el boticario con voz desfallecida-. He hecho más que todos vosotros por la independencia de la Patria... ¡Me he fingido afrancesado/... Y ¡ya veis!... los veinte jefes y oficiales invasores..., ¡los veinte!, no los toquéis..., ¡están envenenados!...

    Un grito simultáneo de terror y admiración salió del pecho de los españoles. Dieron éstos un paso más hacia los convidados, y hallaron que la mayor parte estaban ya muertos, con la cabeza caída hacia delante, los brazos extendidos sobre la mesa, y la mano crispada en la empuñadura de los sables. Los demás agonizaban silenciosamente.

-¡Viva García de Paredes! –exclamaron entonces los españoles, rodeando al héroe moribundo.

-Celedonio... murmuró el farmacéutico-. El opio se ha concluido... Manda por opio a La Coruña...

Y cayó de rodillas.

    Sólo entonces comprendieron los vecinos del Padrón que el boticario estaba también envenenado.

    Vierais entonces un cuadro tan sublime como espantoso. Varias mujeres, sentadas en el suelo, sostenían en sus faldas y en sus brazos al expirante patriota, siendo las primeras en colmarlo de caricias y bendiciones, como antes fueron las primeras en pedir su muerte. Los hombres habían cogido todas las luces de la mesa, y alumbraban arrodillados aquel grupo de patriotismo y caridad... Quedaban, finalmente, en la sombra veinte muertos o moribundos, de los cuales algunos iban desplomándose contra el suelo con pavorosa pesantez.

    Y a cada suspiro de muerte que se oía, a cada francés que venía a tierra, una sonrisa gloriosa iluminaba la faz de García de Paredes, el cual de allí a poco devolvió su espíritu al Cielo, bendecido por un ministro del Señor y llorado de sus hermanos en la Patria.

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MESONERO ROMANOS   BÉCQUER    GALDÓS

 BAROJA  PÉREZ REVERTE

 

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