LA COLMENA

Fragmentos de
LA COLMENA (CAMILO JOSÉ CELA)
PÁGINAS 96- 115.
 Plaza y Janés, Barcelona, Edición de 1995.

 

Para facilitar la visión de los cambios de situación, conversaciones y personajes, me he permitido añadir en el formato una serie de puntos horizontal a la edición citada

 

El matrimonio González vive al final de la calle de Ibiza, en un pisito de los de la Ley Salmón, y lleva un apañado pasar, aunque bien sudado. Ella trabaja hasta caer rendida, con cinco niños pequeños y una criadita de dieciocho años para mirar por ellos, y él hace todas las horas extraordinarias que puede y donde se tercie; esta temporada tiene suerte y lleva los libros en una perfumería, donde va dos veces al mes para que le den cinco duros por las dos, y en una tahona de ciertos perendengues que hay en la calle San Bernardo y donde le pagan treinta pese­tas. Otras veces, cuando la suerte se le vuelve de espaldas y no encuentra un tajo para las horas de más, don Roberto se vuelve triste y ensimismado y le da el mal humor. Los cuñados, por esas cosas que pasan, no se pue­den ni ver. Martín dice de don Roberto que es un cerdo ansioso y don Roberto dice de Martín que es un cerdo huraño y sin compostura. ¡Cualquiera sabe quién tiene la razón! Lo único cierto es que la pobre Filo, entre la espada y la pared, se pasa la vida ingeniándoselas para capear el temporal de la mejor ma­nera posible. Cuando el marido no está en casa le fríe un huevo o le calienta un poco de café con leche al hermano, y cuando no puede, porque don Roberto, con sus za­patillas y su chaqueta vieja, hubiera armado un escán­dalo espantoso llamándole vago y parásito, la Filo le guarda las sobras de la comida en una vieja lata de ga­lletas que baja la muchacha hasta la calle.

 

-¿Es esto justo, Petrita?

-No, señorito, no lo es.

-¡Ay, hija! ¡Si no fuera porque tú me endulzas un poco esta bazofia!

Petrita se pone colorada.

-Ande, deme la lata, que hace frío.

-¡Hace frío para todos, desgraciada!

-Usted perdone...

Martín reacciona en seguida.

-No me hagas caso. ¿Sabes que estás ya hecha una mujer?

-Ande, cállese.

-¡Ay, hija, ya me callo! ¿Sabes lo que yo te daría, si tuviese menos conciencia?

-Calle.

-¡Un buen susto!

-i Calle!

 

Aquel día tocó que el marido de Filo no estuviese en casa y Martín se comió su huevo y se bebió su taza de café.

-Pan no hay. Hasta tenemos que comprar un poco de estraperlo para los niños.

-Está bien así, gracias; Filo, eres muy buena, eres una verdadera santa.

-No seas bobo.

A Martín se le nubló la vista.

-Sí; una santa, pero una santa que se ha casado con un miserable. Tu marido es un miserable, Filo.

-Calla, bien honrado es.

-Allá tú. Después de todo, ya le has dado cinco becerros.

Hay unos momentos de silencio. Al otro lado de la casa se oye la vocecita de un niño que reza.

La Filo sonríe.

-Es Javierín. Oye, ¿tienes dinero?

-No.

-Coge esas dos pesetas.

-No. ¿Para qué? ¿A dónde voy yo con dos pe­setas?

-También es verdad. Pero ya sabes, quien da lo que tiene...

-Ya sé.

 

…………………………………

 

¿Te has encargado la ropa que te dije, Laurita?

-Sí, Pablo. El abrigo me queda muy bien, ya verás cómo te gusto.

Pablo Alonso sonríe con la sonrisa de buey bené­volo del hombre'que tiene las mujeres no por la cara, sino por la cartera.

-No lo dudo... En esta época, Laurita, tienes que abrigarte; las mujeres podéis ir elegantes y, al mismo tiempo, abrigadas.

-Claro.

-No está reñido. A mí me parece que vais dema­siado desnudas. ¡Mira que si te fueras a poner mala ahora!

-No, Pablo, ahora no. Ahora me tengo que cui­dar mucho para que podamos ser muy felices...

Pablo se deja querer.

-Quisiera ser la chica más guapa de Madrid para gustarte siempre... ¡Tengo unos celos!

 

La castañera habla con una señorita. La señorita tiene las mejillas ajadas y los párpados enrojecidos, como de tenerlos enfermos.

-¡Qué frío hace!

-Sí, hace una noche de perros. El mejor día me quedo pasmadita igual que un gorrión.

La señorita guarda en el bolso una peseta de cas­tañas, la cena.

-Hasta mañana, señora Leocadia.

-Adiós, señorita Elvira, descansar.

 

…………………………….

 

 

La mujer se va por la acera, camino de la plaza de Alonso Martín. En una ventana del Café que hace es­quina al bulevar, dos hombres hablan. Son dos hom­bres jóvenes, uno de veintitantos y otro de treinta y tantos años; el más viejo tiene aspecto de jurado en un concurso literario; el más joven tiene aire de ser novelista. Se nota en seguida que lo que están ha­blando es algo muy parecido a lo siguiente:

 

-La novela la he presentado bajo el lema «Teresa de Cepeda» y en ella abordo algunas facetas inéditas de ese eterno problema que...

-Bien, bien. ¿Me da un poco de agua, por favor.?

-Sin favor. La he repasado varias veces y creo po­der decir con orgullo que en toda ella no hay una sola cacofonía.

-Muy interesante.

-Eso creo. Ignoro la calidad de las obras presentadas por mis compañeros. En todo caso, confío en que el buen sentido y la rectitud...

-Descuide; hacemos todo con una seriedad ejemplar.

-No lo dudo. Ser derrotado nada importa si la obra premiada tiene una calidad indudable; lo que descorazona...

La señorita Elvira, al pasar, sonrió: la cos­tumbre.

 

………………………………………………………..

 

Entre los hermanos hay otro silencio.

-¿Llevas camiseta?

-Pues claro que llevo camiseta. ¡Cualquiera anda por la calle sin camiseta!

-¿Una camiseta marcada P. A.?

-Una camiseta marcada como me da la gana.

-Perdona... Martín acabó de liar un pitillo con tabaco de don Roberto.

-Estás perdonada, Filo. No hables de tanta ter­neza. Me revienta la compasión.

La Filo se creció de repente.

-¿Ya estás tú?

-No. Oye, ¿no ha venido Paco por aquí? Tenía que haberme traído un paquete.

-No, no ha venido. Lo vio la Petrita en la calle de Goya y le dijo que a las once te esperaba en el bar de Narváez.

-¿Qué hora es?

-No sé; deben de ser ya más de las diez.

-¿Y Roberto?

-Tardará aún. Hoy le tocaba ir a la panadería y no vendrá hasta pasadas las diez y media.

 

Sobre los dos hermanos se cuelgan unos instan­tes de silencio, insospechadamente llenos de suavi­dad. La Filo pone la voz cariñosa y mira a los ojos a Martin.

-¿Te acuerdas que mañana cumplo treinta y cua­tro años?

-¡Es verdad!

-¿No te acordabas?

-No, para qué te voy a mentir. Has hecho bien en decírmelo, quiero hacerte un regalo.

-No seas tonto, ¡pues sí que estás tú para re­galos!

-Una cosita pequeña, algo que te sirva de re­cuerdo.

La mujer pone las manos sobre las rodillas del hombre.

-Lo que yo quiero es que me hagas un verso, como hace años. ¿Te acuerdas?

-Sí...

La Filo posa su mirada, tristemente, sobre la mesa.

-El año pasado no me felicitasteis ni tú ni Ro­berto, os olvidasteis los dos.

Filo pone la voz mimosa: una buena actriz la hu­biera puesto opaca.

-Estuve toda la noche llorando... Martín la besa. `

-No seas boba, parece que vas a cumplir catorce años.

-Qué vieja soy ya, ¿verdad? Mira cómo tengo la cara de arrugas. Ahora, esperar que los hijos crezcan, seguir envejeciendo y después morir. Como mamá, la pobre. 

…………………………………..

 

Don Roberto, en la panadería, seca con cuidado el asiento de la última partida de su libro. Después lo cierra y rompe unos Papeles con los borradores de las cuentas.

En la calle se oye lo de los de los pantalones estrechitos y lo de los señoritos de la misa.

-Adiós, señor Ramón, hasta el próximo día.

-A seguir bien, González, hasta más ver. Que cumpla muchos la señora y todos con salud.

-Gracias, señor Ramón, Y usted que lo vea.

……………………………..


Por los solares de la Plaza de Toros, dos hombres van de retirada.

-Estoy helado. Hace un frío como para destetar hijos de puta.

-Ya, ya.

- Los hermanos hablan en la diminuta cocina. Sobre la apagada chapa de carbón, arde un hornillo de gas.

-Aquí no sube nada a estas horas, abajo hay un hornillo ladrón

En el gas cuece en un puchero no muy grande. En­cima de la mesa, media docena de chicharros espera la hora de la sartén.
-A Roberto le gustan mucho los chicharros fritos.

-Pues también es un gusto...

-Déjalo. ¿A ti qué daño te hace? Martín, hijo, por qué le tienes esa manía?

 

-¡Por mí! yo no le tengo manía, es él quien me la tiene a mí. Yo lo noto y me defiendo. Yo sé que so­mos de dos maneras distintas.

Martín toma un ligero aire retórico, parece un profesor.

-A él le es todo igual y piensa que lo mejor es ir tirando como se pueda. A mí, no; a mí no me es todo igual ni mucho menos. Yo sé que hay cosas buenas y cosas malas, cosas que se deben hacer y cosas que se deben evitar.

-¡Anda, no eches discursos!

-Verdaderamente. ¡Así me va!

La luz tiembla un instante en la bombilla, hace una finta, y se marcha. La tímida, azulenca llama del gas lame, pausadamente, los bordes del puchero.

-¡Pues sí!

-Pasa algunas noches, ahora hay una luz muy mala.

-Ahora tenía que haber la misma luz de siempre. ¡La Compañía, que querrá subirla! Hasta que suban la luz no la darán buena, ya verás. ¿Cuánto pagas ahora de luz?

-Catorce o dieciséis pesetas, según.

-Después pagarás veinte o veinticinco.

-¡Qué le vamos a hacer!

-¿Así queréis que se arreglen las cosas? ¡Vais buenos!

La Filo se calla y Martín entrevé en su cabeza una de esas soluciones que nunca cuajan. A la incierta lu­cecilla del gas, Martín tiene un impreciso y vago aire de zahorí.

 

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A Celestino le coge el apagón en la trastienda.

-¡Pues la hemos liado! Estos desalmados son ca­paces de desvalijarme.

Los desalmados son los clientes.

Celestino trata de salir a tientas y tira un cajón de gaseosas. Las botellas hacen un ruido infernal al cho­car contra los baldosines.

-¡Me cago hasta en la luz eléctrica!

Suena una voz desde la puerta.

-¿Qué ha pasado?

-¡Nada! ¡Rompiendo lo que es mío!

 

……………………………………

 

Doña Visitación piensa que una de las formas más eficaces para alcanzar el mejoramiento de la clase obrera, es que las señoras de la junta de Damas orga­nicen concursos de pinacle.

-Los obreros---piensa-también tienen que co­mer, aunque muchos son tan rojos que no se merece­rían tanto desvelo.

Doña Visitación es bondadosa y no cree que a los obreros se les deba matar de hambre, poco a poco.

……………………………………………


Al poco tiempo, la luz vuelve, enrojeciendo primero el filamento, que durante unos segundos parece he­cho como de venidas de sangre, y un resplandor in­tenso se extiende, de repente, por la cocina. La luz es más fuerte y más blanca que nunca y los paquetillos, las tazas, los platos que hay sobre el vasar, se ven con mayor precisión, como si hubieran engordado, como si estuvieran recién hechos.

-Está todo muy bonito, Filo.

-Limpio...

-¡Ya lo creo!

Martín pasea su vista con curiosidad por la co­cina, como si no la conociera. Después se levanta y coge su sombrero. La colilla la apagó en la pila de fre­gar y la tiró después, con mucho cuidado, en la lata de la basura.

-Bueno, Filo; muchas gracias, me voy ya.

-Adiós, hijo, de nada; yo bien quisiera darte algo más... Ese huevo lo tenía para mí, me dijo el médico que tomara dos huevos al día.

-¡Vaya!

-¡Déjalo, no te preocupes! A ti te hace tanta falta como a mí.

-Verdaderamente.

-Qué tiempos, ¿verdad, Martín?

-Sí, Filo, ¡qué tiempos! Pero ya se arreglarán las cosas, tarde o temprano.

-¿Tú crees?

-No lo dudes. Es algo fatal, algo incontenible, algo que tiene la fuerza de las mareas.

Martín va hacia la puerta y cambia de voz.

-En fin... ¿Y Petrita?

-¿Ya estás?

-No, mujer, era para decirle adiós.

-Déjala. Está con los dos peques, que tienen miedo; no los deja hasta que se duermen.

La Filo sonríe, para añadir:

-Yo, a veces, también tengo miedo, me imagino que me voy a quedar muerta de repente...

 

Al bajar la escalera, Martín se cruza con su cu­ñado que sube en el ascensor. Don Roberto va leyendo el periódico. A Martín le dan ganas de abrirle una puerta y dejarlo entre dos pisos.

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Laurita y Pablo están sentados frente a frente; entre los dos hay un florerito esbelto con tres rosas peque­ñas dentro.

-¿Te gusta el sitio?

-Mucho.

El camarero se acerca. Es un camarero joven, bien vestido, con el negro pelo rizado y el ademán apuesto. Laurita procura no mirarle; Laurita tiene un directo, un inmediato concepto del amor y de la fidelidad.

-La señorita, consomé; lenguado al horno y pe­chuga Villeroy. Yo voy a tomar consomé y lubina hervida, con aceite y vinagre.

-¿No vas a comer más?

-No, nena, no tengo ganas.

Pablo se vuelve al camarero.

-Media de Sauternes y otra media de Borgoña. Está bien.

Laurita, por debajo de la mesa, acaricia una rodilla de Pablo.

-¿Estás malo?

-No, malo no; he estado toda la tarde a vueltas con la comida, pero ya me pasó. Lo que no quiero es que repita.

La pareja se miró a los ojos y con los codos apoyados sobre la mesa, se cogieron las dos manos apartando un poco el florerito.

 

En un rincón, una pareja que ya no se coge las manos, mira sin demasiado disimulo.

-¿Quién es esa conquista de Pablo?

-No sé, parece una criada, ¿te gusta?

-Psché, no está mal...

-Pues vete con ella, si te gusta, no creo que te sea demasiado difícil.

-¿Ya estás?

-Quien ya está eres tú. Anda, rico, déjame tran­quila que no tengo ganas de bronca; esta temporada estoy muy Poco folklórica.

 

El hombre enciende un pitillo.

-Mira, Mari Tere, ¿sabes lo que te digo que así no vamos a ningún lado.

-¡Muy flamenco estás tú! Déjame si quieres, ¿no es eso lo que buscas? Todavía tengo quien me mire a la cara.

-Habla más bajo, no tenernos por qué dar tres cuartos al pregonero.

 

…………………………………………….

 

La señorita Elvira deja la novela sobre la mesa de noche y apaga la luz. Los misterios de París se que a oscuras al lado de un vaso mediado de agua, de unas medias usa­das y de una barra de rouge ya en las últimas. Antes de dormirse, la señorita Elvira siempre piensa un poco. -Puede que tenga razón doña Rosa. Quizá sea mejor volver con el viejo, así no puedo seguir. Es un baboso, pero, ¡después de todo! Yo ya no tengo mu­cho donde escoger. La señorita Elvira se conforma con poco, pero ese poco casi nunca lo consigue. Tardó mucho tiempo en enterarse de cosas que, cuando las aprendió, le cogie­ron ya con los ojos llenos de patas de gallo y los dientes picados y ennegrecidos. Ahora se conforma con no ir al hospital, con poder seguir en su miserable fonducha; a lo mejor, dentro de unos años, su sueño dorado es una cama en el hospital, al lado del radiador de la calefacción.

 

……………………………………………

 

El gitanito, a la luz de un farol, cuenta un motón de calderilla. El día no se le dio mal: ha reunido, can­tando desde la una de la tarde hasta las once de la no­che, un duro y sesenta céntimos. Por el duro de cal­derilla le dan cinco cincuenta en cualquier bar; los bares andan siempre mal de cambios. El gitanito cena, siempre que puede, en una taberna que hay por detrás de la calle Preciados, ba­jando por la costanilla de los Ángeles; un plato de alubias, pan y un plátano le cuestan tres veinte. El gitanito se sienta, llama al mozo, le da las tres veinte y espera a que le sirvan. Después de cenar sigue cantando, hasta las dos, por la calle de Echegaray, y después procura coger el tope del último tranvía. El gitanillo, creo que ya lo di­jimos, debe andar por los seis años.

 

……………………………………………

 

Al final de Narváez está el bar donde, como casi to­das las noches, Paco se encuentra con Martín. Es un bar pequeño, que hay a la derecha, conforme se sube, cerca del garaje de la Policía Armada. El dueño, que se llama Celestino Ortiz, había sido comandante con Cipriano Mera durante la guerra, y es un hombre más bien alto, delgado, cejijunto y con algunas marcas de viruela; en la mano derecha lleva una gruesa sortija de hierro, con un esmalte en colores que representa a León Tolstoi y que se había mandado hacer en la calle de la Colegiata, y usa dentadura postiza que, cuando le molesta mucho, deja sobre el mostrador. Celestino Ortiz guarda cuidadosamente, desde hace muchos años ya, un sucio y desbaratado ejemplar de la Auro­ra, de Nietzsche, que es su libro de cabecera, su catecismo. Lo lee a cada paso y en él encuentra siempre solución a los problemas de su espíritu. -«Aurora» -dice-, «Meditación sobre los prejui­cios morales, ¡Qué hermoso título! La portada lleva un óvalo con la foto del autor, su nombre, el título, el precio -cuatro reales- y el pie editorial: F. Sempere y Compañía, editores, calle del Palomar, 10, Valencia; Olmo, 4 (sucursal), Madrid. La traducción es de Pedro González Blanco. En la portada de dentro aparece la marca de los editores: un busto de señorita con gorro frigio y rodeado, por abajo, de una corona de laurel y, por arriba, de un lema que dice “Arte y Libertad”. Hay párrafos enteros que Celestino se los sabe de memoria. Cuando entran en el bar los guardias del garaje, Celestino Ortiz esconde el libro debajo del mostrador, sobre el cajón de los botellines de vermú. -Son hijos del pueblo corno yo -se dice-, ¡pero por si acaso! Celestino piensa, con los curas de pueblo, que Nietzsche es realmente algo muy peligroso. Lo que suele hacer, cuando se enfrenta con los guardias, es recitarles parrafitos, como de broma, sin decirles nunca de dónde los ha sacado.

-«La compasión viene a ser el antídoto del suici­dio, por ser un sentimiento que proporciona placer y que nos suministra, en pequeñas dosis, el goce de la superioridad.»

Los guardias se ríen. -Oye, Celestino, ¿tú no has sido nunca cura?

-¡Nunca! «La dicha -continúa, sea lo que fuere, nos da aire, luz y libertad de movimientos.»

Los guardias ríen a carcajadas.

-Y agua corriente.

-Y calefacción central.

.Celestino se indigna y les escupe con desprecio:

-¡Sois unos pobres incultos!

 

Entre todos los que vienen hay un guardia, ga­llego y reservón, con el que Celestino hace muy bue­nas migas. Se tratan siempre de usted.

 

-Diga usted, patrón, ¿y eso lo dice siempre igual?

-Siempre, García, y no me equivoco ni una

-¡Pues ya es mérito!

 

……………………………………………..

 

 

La señora Leocadia, arrebujada en su toquilla, saca una mano.

-Tome, van ocho y bien gordas.

-Adiós.

-¿Tiene usted hora, señorito?

El señorito se desabrocha y mira la hora en su grueso reloj de plata.

-Sí, van a dar las once.

 

A las once viene a buscarla su hijo, que quedó cojo en la guerra y está de listero en las obras de los Nuevos Ministerios. El hijo, que es muy bueno, le ayuda a recoger los bártulos y después se van, muy cogiditos del brazo, a dormir. La pareja sube por Co­varrubias y tuerce por Nicasio Gallego. Si queda al­guna castaña se la comen; si no, se meten en cual­quier chigre y se toman un café con leche bien caliente. La lata de las brasas la coloca la vieja al lado de su cama, siempre hay algún rescoldo que dura, en­cendido, hasta la mañana.

 

Martín Marco entra en el bar cuando salen los guar­dias. Celestino se le acerca. Paco no ha venido aún. Estuvo aquí esta tarde y me dijo que lo esperara usted. Martín Marco adopta un displicente aire de gran señor.

-Bueno.

-¿Va a ser?

-Solo.

Ortiz trajina un poco con la cafetera, prepara la sacarina, el vaso, el plato y la cucharilla, y sale del mostrador. Coloca todo sobre la mesa, y habla. Se le nota en los ojos, que le brillan un poco, que ha hecho un gran esfuerzo para arrancar.

-¿Ha cobrado usted?

  Martín lo mira como si mirase a un ser muy ex-traño.     1

-No, no he, cobrado. Ya le dije a usted que cobro los días cinco y veinte de cada mes.

Celestino se rasca el cuello.

-Es que...

-¡Qué!

-Pues que con este servicio ya tiene usted veinti­dós pesetas.

-¿Veintidós pesetas? Ya se las daré. Creo que le he pagado a usted siempre, en cuanto he tenido dinero.

-Ya sé.

-¿Entonces?

Martín arruga un poco la frente y ahueca la voz. -Parece mentira que usted y yo andemos a vuel­tas siempre con lo mismo, como si no tuviéramos tantas cosas que nos unan.

-¡Verdaderamente! En fin, perdone, no he que­rido molestarle, es que, ¿sabe usted?, hoy han v nido a cobrar la contribución.

Martín levanta la cabeza con un profundo gesto de orgullo y de desprecio, y clava sus ojos sobre un grano que tiene Celestino en la barbilla.

Martín da dulzura a su voz, sólo un instante.

-¿Qué tiene usted ahí?

-Nada, un grano.

Martín vuelve a fruncir el entrecejo y a hacer dura y reticente la voz.

-¿Quiere usted culparme a mí de que haya con­tribuciones?

-¡Hombre, yo no decía eso!

-Decía usted algo muy parecido, amigo mío. ¿No hemos hablado ya suficientemente de los pro­blemas de la distribución económica y del régimen contributivo?

Celestino se acuerda de su maestro y se engalla.

-Pero con sermones yo no pago el impuesto.

-¿Y eso le preocupa, grandísimo fariseo?

Martín lo mira fijamente, en los labios una son­risa mitad de asco, mitad de compasión.

-¿Y usted lee a Nietzsche? Bien poco se le ha pegado. ¡Usted es un mísero pequeño burgués!

-¡Marco!

Martín ruge como un león.

-¡Sí, grite usted, llame a sus amigos los guardias!

-¡Los guardias no son amigos míos!

-íPégueme si quiere, no me importa! No tengo dinero, no tengo dinero, ¿se entera? ¡No tengo di­nero! ¡No es ninguna deshonra!

 

Martín se levanta y sale a la calle con paso de triunfador. Desde la puerta se vuelve.

-Y no llore usted, honrado comerciante. Cuando tenga esos cuatros duros y pico, se los traeré para que pague la contribución y se quede tranquilo. ¡Allá usted con su conciencia! Y ese café me lo apunta y se lo guarda donde le quepa, ¡no lo quiero!

Celestino se queda perplejo, sin saber qué hacer. Piensa romperle un sifón en la cabeza, por fresco, pero se acuerda: «Entregarse a la ira ciega es señal de que se está cerca de la animalidad». Quita su li­bro de encima de los botellines y lo guarda en el ca­jón. Hay días en que se le vuelve a uno el santo de espaldas, en que hasta Nietzsche parece como pa­sarse a la acera contraria.

 

………………………………….

 

Pablo había pedido un taxi

-Es temprano para ir a ningún lado. Si te parece nos meteremos en cualquier cine, a hacer tiempo.

-Como tú quieras, Pablo, el caso es que poda­mos estar muy juntitos.

El botones llegó. Después de la guerra casi ningún botones lleva gorra.

-El taxi, señor.

-Gracias. ¿Nos vamos, nena?

Pablo ayudó a Laurita a ponerse el abrigo. Ya en el coche, Laurita le advirtió:

-¡Qué ladrones! Fijate cuando pasemos por un farol: va ya marcando seis pesetas.

 

………………………………….

 

Martín, al llegar a la esquina de O'Donnell, se tropieza con. Paco. En el momento en que oye «¡Hola!», va pensando: -Sí, tenía razón Byron: si tengo un hijo haré de él algo prosaico: abogado o pirata. Paco le pone una mano sobre el hombro.

 

-Estás sofocado. ¿Por qué no me esperaste

 

Martín parece un sonámbulo, un delirante ¡Por poco lo mato! ¡Es un puerco!

-¿Quién?

-El del bar.

-¿El del bar? ¡Pobre desgraciado! ¿Qué te hizo?

-Recordarme los cuartos. ¡Él sabe de sobra que, en cuanto tengo, pago!

,-Pero, hombre, ¡le harán falta!

-Sí, para pagar la contribución. Son todos iguales.

 

Martín miró para el suelo y bajó la voz.

-Hoy me echaron a patadas de otro Café.

-¿Te pegaron?

-No, no me pegaron, pero la intención era bien clara. ¡Estoy ya muy harto, Paco!

-Anda, no te excites, no merece la pena. ¿A dónde vas?

-A dormir.

-Es lo mejor. ¿Quieres que nos veamos mañana?

-Como tú quieras. Déjame recado en casa de Filo, yo me pasaré por allí.

-Bueno.

-Toma el libro que querías. ¿Me has traído las cuartillas?

-No, no pude. Mañana veré si las puedo coger.

 

……………………………………….

 

La señorita Elvira da vueltas en la cama, está desazonada; cualquiera diría que se había echado al papo una cena tremenda. Se acuerda de su niñez y de la picota de Villalón; es un recuerdo que la asalta a veces. Para desecharlo, la señorita Elvira se pone a rezar el Credo hasta que se duerme; hay noches -en las que el recuerdo es más pertinaz- que llega a rezar hasta ciento cincuenta o doscientos Credos seguidos.

 

……………………………..

 

Martín pasa las noches en casa de su amigo Pablo Alonso, en una cama turca puesta en el ropero. Tiene una llave del piso y no ha de cumplir, a cambio de la hospitalidad, sino tres cláusulas: no pedir jamás una peseta, no meter a nadie en la habitación y marcharse a las nueve y media de la mañana para no volver hasta pasadas las once de la noche. El caso de enfermedad no estaba previsto. Por las mañanas, al salir de casa de Alonso, Martín se mete en Comunicaciones o en el Banco de España, donde se está caliente y se pueden escribir versos por detrás de los impresos de los telegramas y de las imposiciones de las cuentas corrientes. Cuando Alonso le da alguna chaqueta, que deja casi nuevas, Martín Marco se atreve a asomar los hocicos, después de la hora de la comida, por el hall del Palace. No siente gran atracción por el lujo, ésa es la verdad, pero procura conocer todos los ambientes. Siempre son experiencias -piensa.

 

 

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