
Cada día
Ante un panorama tan descorazonador, emociona la
lectura de esta sencilla historia que Jean Giono escribió
cuando, a mediados del pasado siglo, una editorial norteamericana le pidió que
escribiese un relato breve acerca de un personaje real que fuese inolvidable.
Giono escribió entonces “El hombre que plantaba árboles”, texto
que donó ‘a todo el mundo’ tras ser rechazado por la editorial que le encargó
la historia porque Elzéard Bouffier,
el protagonista de la misma, no era un personaje real.
Este es un relato lleno de sensibilidad que es
un canto al desinterés y a la generosidad y que exalta el enorme valor que hay
en un acto tan sencillo como es plantar un árbol:
En una yerma comarca de Provenza, un hombre
solitario planta centenares de miles de árboles y transforma en un paraíso
lleno de vida lo que antes era una región inhóspita y casi deshabitada. Es la
historia de Elzéard Bouffier,
un personaje inolvidable por su desinterés, por su enorme generosidad y por
dejar huella en la tierra sin anhelar recompensa alguna. Jean Giono, uno de los escritores franceses más importantes de este
siglo (XX), creó el personaje de Bouffier para “hacer que la gente amara a los árboles,
para ser más exacto, hacer que amen el plantar árboles”. En su obra alienta
una comunión con el silencio mundo de las plantas, que purifica y renueva la
tierra que nos rodea, nos reconforta y nos reconcilia.
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El hombre que
plantaba árboles:
Narración en inglés con subtítulos
en español
El
hombre que plantaba árboles: Narración en francés
con subtítulos en español
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Para que el carácter de un ser humano
excepcional muestre sus verdaderas cualidades, es necesario contar con la buena
fortuna de poder observar sus acciones a lo largo de los años. Si sus acciones
están desprovistas de todo egoísmo, si la idea que las dirige es una de
generosidad sin ejemplo, si sus acciones son aquellas que ciertamente no buscan
en absoluto ninguna recompensa más que aquella de dejar sus marcas visibles;
sin riesgo de cometer ningún error, estamos entonces frente a un personaje
inolvidable.
Hace
aproximadamente cuarenta años, yo hacía una larga travesía a pie, en las
regiones altas, absolutamente desconocidas para los turistas, en la vieja
región de los Alpes que penetra hasta
Esta región está delimitada al sureste por el
curso medio del Durance, entre Sisteron
y Marabeau; al norte por el curso superior del Drome, después de su nacimiento, justo al oeste, por las
planicies de Comtant Venaissin
y al pie de monte de Mont-Ventoux. Comprende toda la
parte norte del Departamento de Bases - Alpes, el sur del Drome
y un pequeño enclave de Vaucluse.
En el momento en el que emprendí este largo
viaje, entre los 1200 y
Yo pasaba por esta región en su parte más
ancha cuando después de tres días de camino me encontré en medio de una
desolación sin igual. Acampaba al lado del esqueleto de un pueblo abandonado.
Ya no tenía agua. La que me quedaba del día anterior la había utilizado durante
la vigilia y necesitaba encontrar más. No pude encontrarla. Las casas, de lo
que alguna vez había sido un poblado, estaban aglomeradas al rededor de unas
ruinas apiladas, lo que me hizo pensar que en algún tiempo ahí debió haber
habido una fuente o un pozo. El arreglo de las cinco o seis casitas de piedra
con techos volados y lavados por el viento, y la pequeña capilla daban la
apariencia de un pueblo habitado. Sin embargo, cualquier resquicio de vida
había desaparecido.
Era un hermoso día de junio, pleno de sol, pero
en estas tierras sin abrigo, y a estas alturas del cielo, el viento soplaba con
una brutalidad insoportable. La fuerza con la que el viento golpeaba las
carcasas de las casas era tan violenta como el de una bestia salvaje que es
interrumpida durante sus alimentos.
Era necesario mover mi campamento. A cinco
horas de marcha, no había encontrado agua, ni ningún otro indicio que pudiera
darme la esperanza de encontrarla. Por todas partes era la misma aridez, las
mismas hierbas leñosas. Me pareció percibir a lo lejos una pequeña silueta
negra, de pie. De primera instancia pensé que se trataba de la sombra de un
tronco solitario. Por casualidad, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una
treintena de corderos yacían sobre la tierra ardiente reposando cerca de él.
Me dio de beber agua de su botella, y un poco
más tarde él me condujo hasta su casita en una ondulación de la meseta. El
obtenía su agua -excelente, por cierto- de un pozo natural muy profundo, en el
que él mismo había instalado un malacate muy rudimentario.
Este hombre hablaba poco. Esta es una práctica
común entre aquellos que viven solos. Sin embargo, se le percibía como un
hombre seguro de sí mismo, confiado en sus convicciones. Me parecía insólita su
presencia en estos lugares tan desprovistos de todo. No vivía en una cabañita,
sino en una verdadera casa de piedra donde saltaba a la vista claramente que él
mismo había restaurado las ruinas con las que se encontró a su arribo. El techo
era sólido y estaba bien fijo. El viento que golpeaba las tejas del techo
producía un ruido similar al del mar cuando golpea en las playas.
Sus muebles y pertenencias estaban en orden,
su bajilla estaba lavada, el piso estaba pulcramente trapeado, su rifle estaba
engrasado; su sopa hervía en el fuego. Fue entonces cuando me dí cuenta de que
también estaba recién afeitado, que todos sus botones estaban sólidamente
cosidos y que su ropa estaba cuidadosamente remendada, a tal punto, que los
parches eran casi invisibles.
El compartió su sopa conmigo y después de
cenar yo le ofrecí tabaco de mi saquito. Él me comentó que ya no fumaba. Su
perro era tan silencioso como él, era amigable sin llegar a ser ruin.
Rápidamente entendí que pasaría la noche ahí,
el poblado más cercano se encontraba todavía a más de un día y medio de marcha.
Más aún, ya había tenido la oportunidad de conocer el raro carácter de los
habitantes de esta región. Que por cierto, no era en absoluto recomendable. En
las laderas de estas montañas, entre los matorrales de encinos blancos que
están en los extremos de los caminos aptos para vehículos, hay cuatro o cinco
poblados dispersos, lejos los unos de los otros. Estos poblados están habitados
por talamontes que hacen carbón con la madera. Son
lugares donde se vive mal; en las garras de la exasperación. Las familias viven
unas en contra de las otras, en un clima hostil, de rudeza excesiva, ya sea en
el verano o en el invierno, viven amagando su egoísmo aún más por la irracional
desmesura en su deseo de escapar de este ambiente.
Los hombres llevaban su carbón al pueblo en
sus camiones y, después regresaban. Las más sólidas cualidades se rompen bajo
este perpetuo baño escocés. Las mujeres cocinaban a fuego lento sus rencores.
Había competencia en todo, desde la venta del carbón hasta las bancas de la
iglesia; las virtudes se combaten entre ellas, los vicios y las virtudes se
arrebatan unas a otras haciendo un revoltijo sin reposo. Hay epidemias de
suicidios y numerosos casos de locura casi siempre fatales.
El pastor, que no fumaba, saco un pequeño saco y
vació su contenido sobre la mesa, formando una pila de bellotas. Se puso a
examinarlas una por una, poniendo muchísima atención, separando las buenas de
las malas. Yo fumaba mi pipa y le propuse ayudarle. Él me respondió que esto
era asunto suyo. En efecto, viendo la devoción y cuidado que ponía a su
trabajo, decidí no insistir más. Esa fue toda nuestra conversación durante la
noche. Cuando hubo terminado de separar todas las bellotas que estaban en buen
estado, entonces las contó y las puso en montoncitos de diez. De esta manera
iba haciendo una selección más, eliminando aquellas bellotas que eran muy
pequeñas o aquellas que tenían ligeras grietas. Al terminar, una vez más las
examinaba gravemente. Cuando tuvo enfrente de él cien bellotas perfectas detuvo
su tarea, y entonces nos retiramos a dormir.
La compañía de éste hombre me daba paz. Al
día siguiente, le pedí permiso para quedarme todo el día con él. Él lo encontró
perfectamente natural, o con mayor exactitud, él me daba la impresión de que
nada podría distraerlo. Este descanso no me era absolutamente necesario, pero
yo estaba intrigado, quería saber más acerca de este hombre. Antes de salir,
sumergió en una cubeta con agua el pequeño saco donde había puesto las bellotas
que habían sido seleccionadas y contadas previamente con tanto cuidado.
Me dí cuenta de que su cayado tenía un triángulo
de fierro tan grueso como un dedo pulgar y de alrededor de un metro cincuenta
de largo. Yo me fuí siguiendo una ruta paralela a la
suya. La pastura de sus corderos yacía en el fondo de un pequeño valle. Él dejó
el pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia la derecha donde yo me
encontraba parado. Me temía que hubiera venido a reprocharme por mi
indiscreción, pero este no fue el caso de ninguna manera. Era su propio camino,
y me invitó a acompañarlo si no tenía nada mejor que hacer. Continuamos unos
doscientos metros más hacia arriba.
Cuando llegamos al lugar que el quería,
comenzó a enterrar su triángulo de fierro en la tierra. Este hacía un pequeño
agujero en él que el ponía una de las bellotas, que posteriormente cubriría de
tierra nuevamente. Él estaba plantando árboles de encino. Entonces le pregunte
si la tierra le pertenecía. Él me respondió que no. - ¿Sabe de quién es? Él no
lo sabía. Suponía que se trataba de una tierra comunal, o quizás podría ser que
se tratara de tierras a cuyos propietarios no les interesara. De esta manera,
él plantó cien bellotas con mucho cuidado.
Después de los alimentos del medio día, él
comenzó una vez más a seleccionar semillas. Creo que puse demasiada insistencia
en mis preguntas, porque él las respondió una a una. A tres años de haber
comenzado, él continuaba plantando árboles en esta soledad. Él había plantado
ya cien mil. De estos cien mil, veinte mil habían germinado. De estos veinte
mil, él consideraba que todavía se perderían la mitad, por causa de los
roedores o por cualquier otro designio de
Fue en este momento en el que comencé a
preguntarme sobre la edad de este hombre. Era evidente que se trataba de un
hombre de más de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Se llamaba Eleazar Bouffier. Solía tener una granja en las planicies, donde
había vivido la mayor parte de su vida. Había perdido a su único hijo y después
a su mujer. Se retiro a la soledad donde acogió el placer de vivir lentamente
con su rebaño de corderos y su perro. El había juzgado que este país se estaba mueriendo porque le faltaban árboles. Añadió entonces que
no teniendo nada más importante que hacer había tomado la resolución de poner
remedio a este estado de las cosas.
Viviendo yo mismo en ese momento una vida
solitaria, y a pesar de mi juventud, sabía como acercarme con delicadeza a
aquellas almas solitarias. Aún así, cometí un error. Fue precisamente mi
juventud la que me forzó a imaginar el porvenir en mis propios términos, y en
cierta medida también un anhelo en la búsqueda por felicidad. Le comenté que
dentro de treinta años estos cien mil encinos serían majestuosos. Me respondió
con tal simpleza, que si Dios le prestaba vida, en treinta años él habría
plantado tantos otros que estos diez mil serían tan sólo como una gota en el
mar.
Él había comenzado también a estudiar la
propagación de las hayas. Cerca de su casa había instalado un pequeño vivero
donde crecía los arbolitos. Los sujetos que había
protegido de sus corderos con una pequeña barda, que funcionaba como barrera,
estaban creciendo hermosamente. Él estaba considerando plantar también algunos
abedules que serían muy convenientes para las partes bajas de los valles, donde
aclaro que había en estado latente un poco de humedad que se extendía sobre la
superficie del suelo por algunos metros.
Al siguiente día, nos separamos.
Al
año siguiente la guerra del catorce había comenzado. Yo estuve comprometido en
ella por cinco años. Un soldado de infantería apenas y podía pensar en árboles.
A decir verdad, todo este asunto no me había dejado ninguna impresión. En lo
personal la considere como un hobby pueril, como una colección de timbres y la
olvide.
Al terminar la guerra me encontré al frente a
una pequeña desmovilización y con un gran deseo de tomar un pequeño respiro de
aire puro. Sin ninguna otra preconcepción más allá de tomar un nuevo aliento.
Fue así que retomé el camino hacia aquellas tierras desérticas.
La región no había cambiado. Sin embargo, más
allá de ese poblado abandonado percibí a la distancia una especie de neblina
grisácea que convergía en las alturas de las colinas como una alfombra. A
partir de ese momento no deje de pensar en el pastor que plantaba árboles. Diez
mil encinos, me dije: ocupan un gran espacio verdaderamente.
Había visto morir a mucha gente durante esos
cinco años de guerra, pero no me podía imaginar de ninguna manera la muerte de
Eleazar Bouffier, a pesar de que un hombre de veinte
años piense que un hombre de cincuenta es ya tan viejo que no le resta más que
morir. Él no estaba muerto, en efecto, estaba lleno de vitalidad. Había
cambiado la materia de su interés. Ahora sólo tenía cuatro corderos, pero tenía
un centenar de colmenas. Se había desecho de los corderos porque amenazaban los
retoños de los árboles. Él me comentó entonces que la guerra no lo había
distraído en absoluto, como yo mismo me pude dar cuenta, él continuó con su
labor de cultivador de árboles imperturbablemente.
Los encinos de 1910 ahora tenían 10 años y
eran más altos que yo y que él mismo. El espectáculo era impresionante. Yo me
quede literalmente privado de la palabra. Como él, no podía hablar más. Pasamos
todo el día en silencio caminando por su bosque. Estaba divido en tres
secciones, el largo total era de once kilómetros, y en su punto más ancho la
sección era de tres kilómetros. Cuando caí en la cuenta de que todo esto había
florecido de las manos y del alma de este único hombre solo, sin ningún avance
técnico en su herramienta, comprendí que los hombres pueden llegar a ser tan
eficaces como Dios en otros dominios además de el de
la destrucción.
Él había perseguido su ideal, prueba fehaciente
de ello era que las hayas habían alcanzado mis hombros y se habían extendido
tan lejos como la vista podía alcanzar. Los encinos eran ahora robustos y
frondosos, habían ya pasado la edad en la que estaban a la merced de los
roedores y en cuanto a los designios de
La creación estaba en el aire, por doquiera,
se veía como la sucesión estuviera tomando su propio camino. Él no se
preocupaba, se ocupaba. Perseguía obstinadamente su objetivo. Era tan simple
como eso. Al descender por el poblado, pude ver agua correr en los arroyos que
en la memoria de los hombres, habían estado siempre secos. Era la más
extraordinaria reacción en cadena la que este hombre me había dado la
oportunidad de presenciar. Estos arroyos secos que en tiempos muy antiguos
habían llevado agua, habían vuelto a florecer. Algunos de estos tristes
poblados, de los que había comentado al comienzo de mi relato, estaban
construidos sobre edificios de antiguas ciudades galo-romanas, donde aún
quedaban algunos trazos de estas antiguas culturas. Ahí, los arqueólogos habían
encontrado anzuelos de pesca, en lo que en tiempos más recientes habían sido
cisternas para abastecer de un poco de agua a estos secos lugares.
El viento dispersaba también algunas
semillas. Al mismo tiempo que el agua reapareció, reaparecieron los sauces, las
enredaderas, los prados, los jardines, las flores y positivas razones para
vivir.
Realmente la transformación había tenido
lugar de manera tan paulatina que había penetrado y se había instalado en la
costumbre sin provocar ningún sobresalto o sorpresa. Los cazadores que subían a
la soledad de las montañas para perseguir liebres o jabalíes habían constatado
también la presencia de pequeños árboles. Sin embargo, atribuían los cambios a
los procesos naturales de la tierra. Esta era la razón por la que nadie había
tocado su obra, porque nadie en absoluto había llegado a estar en contacto con
este hombre. Era insólito. ¿Quién podría imaginar que en estos poblados y
administraciones, que existiera alguien con tal obstinación y poseedor de una
generosidad extrema que llegase al punto de ser sublime?
A
partir de 1920, no dejé pasar más de un año sin ir a visitar a Eleazar Bouffier. Jamás lo vi decaer, ni
dudar. A pesar de que sólo Dios sabe los sin sabores que hubo de superar. Para
obtener el éxito en su empresa fue necesario superar muchas adversidades y
luchar contra la desesperación. Baste decir que durante un año había logrado
plantar diez mil arces y todos murieron. Al siguiente año de este suceso,
decidió abandonar los arces y volver a plantar hayas. Estas lograron crecer
sanas y con mayor esplendor que los encinos.
Para tener una idea más precisa del carácter
excepcional de nuestro personaje, no hace falta más que recordar que vivía en
una soledad total, sí total, a tal punto que hacía el final de su vida había
perdido la costumbre de hablar. O quizás: ¿Era que ya no había visto la
necesidad de hacerlo?
En 1933 recibió la visita de un guardia forestal
atolondrado. Este funcionario le advirtió de no provocar fuegos a la
intemperie, ya que podría a poner en riesgo el bosque "natural". Fue
la primera vez que un hombre le dijera de forma tan pueril que había visto
crecer este bosque por sí solo, de manera espontánea. En este tiempo él estaba
pensando en plantar hayas en un claro a doce kilómetros de su casa. Para evitar
el ir y venir de ese sitio, - ya que para aquel entonces él contaba ya con
setenta y cinco años de edad-, estaba ambicionando construir una pequeña casita
de piedra en el lugar mismo donde se encargaría de plantar los árboles. Esto
fue lo que hizo al año siguiente.
En 1935, un verdadero delegado de la
administración vino a examinar "el bosque natural". Había con él un
personaje importante del Ministerio de Aguas y Bosques, un diputado y técnicos.
Se pronunciaron muchas palabras inútiles. Se decidieron hacer algunas cosas y,
afortunadamente, no se hizo nada; excepto por una medida verdaderamente útil:
se puso al bosque bajo la salvaguarda del Estado, y se prohibió que se viniera
a hacer carbón. Era evidente que era imposible no ser subyugado ante la belleza
de estos jóvenes árboles plenos de salud. Este bosque ejercía sus poderes
seductivos incluso en el mismo diputado.
Yo tenía un amigo entre los directores del
departamento forestal que estaban en la delegación. Le explique lo que para él
era un misterio. Un día de la siguiente semana, fuimos los dos juntos a buscar
a Eleazar Bouffier. Lo encontramos en pleno trabajo,
a veinte kilómetros del sitio donde se había realizado la inspección anterior.
Este capitán forestal no era mi amigo nada
más porque sí. Él conocía el verdadero valor de la cosas. El sabía permanecer
en silencio. Le ofrecí algunos huevos que había traído conmigo como regalo;
dividimos nuestros alimentos en tres y pasamos algunas horas sin decir ninguna
palabra, en la contemplación del paisaje.
La ladera donde estábamos estaba cubierta por
árboles de seis a siete metros de alto. Yo recordé el aspecto del sitio en
1913: un desierto... El trabajo apacible y regular, el aire lleno de vitalidad
de las alturas, la frugalidad, y sobretodo la serenidad de su alma le habían
dado a este hombre una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me preguntaba
cuántas hectáreas más él habría todavía de cubrir con árboles.
Antes de partir, mi amigo hizo una simple
sugerencia concerniente a algunas especies de árboles para las que el terreno
parecía especialmente adecuado. Él no insistió más. Por una muy buena razón. Me
aclaro después. Este buen hombre sabe mucho más que yo. A una hora más de
camino, - esta idea se le había fijado en su pensamiento, y entonces
agregó:"Él sabe mucho más que todo el mundo". Él había encontrado un
motivo para sentirse orgulloso y feliz.
Fue gracias a este capitán forestal que no
solamente el bosque fue protegido, sino que junto con él la felicidad de este
hombre. Hizo nombrar a tres guardias forestales para la protección de los
territorios. Los ubico de tal manera que permanecieran indiferentes a cualquier
cantidad de vino que los talamontes pudieran ofrecer
como soborno.
La obra no estuvo en riesgo grave, salvo en la
guerra de 1939; cuando los automóviles comenzaron a entrar por madera, pues
nunca había suficiente. Comenzaron a talar algunos de los encinos de las
parcelas de 1910. Por suerte, estos bosques están tan lejos de cualquier arroyo
o camino que no resultó costeable seguir extrayendo la madera y la compañía
decidió pronto abandonar esta extracción. El pastor no vió
nada. Él estaba a treinta kilómetros del sitio, y continuaba pacíficamente con
su labor, tan imperturbable por la guerra de 39 como lo había estado por la
guerra de 14.
Vi por última vez a Eleazar Bouffier
en 1945. Tenía entonces ochenta y siete años. Yo había retomado de nueva cuenta
el camino del desierto, sólo para encontrarme ahora con lo que a pesar de todo
había dejado como legado la guerra en esa región. Había un carro que hacía la
ruta entre el Valle del Durance y la montaña. Yo me
apreste a tomar este relativamente rápido medio de transporte, pues los cambios
eran tan grandes que yo no pude reconocer el lugar de mis últimas visitas. Me
pareció también que el trayecto me hacía pasar por lugares nuevos. Me ví obligado a preguntar el nombre del poblado, para estar
bien seguro que esta era la región que en otros tiempos había visto en ruinas y
desolación. El carro me dejó en Vergons.
En 1913, en este pequeño caserío había diez o
doce casas con tres habitantes. Estas gentes eran salvajes, detestándose los
unos a los otros, siempre en eterno conflicto y pillaje. Física y moralmente,
ellos parecían hombres prehistóricos. Eran devorados por el contorno de las
paredes de las casas abandonadas. Su condición era de total desesperanza.
Parecía que sólo estaban esperando a que la muerte los encontrara. Una
condición que claramente no los predisponía a cultivar ninguna virtud.
Todo había cambiado. Incluso el aire mismo.
En el lugar de borrascas secas que en otros tiempos había sido, ahora soplaba
suavemente una brisa con dulce olor. Un sonido que recuerda el del correr del
agua que cae de las alturas. Pasaba lo mismo con el viento que ululaba entre
los árboles del bosque. En fin, lo más asombroso de todo era que se escuchaba
el ruido del agua que circulaba hacía un verdadero pozo. Ví
que habían construido una fuente, y que había abundante agua en ella; lo que me
estremeció más es que junto a esta fuente habían plantado limoneros que tenían
por lo menos cuatro años y que ya habían crecido gruesos. Eran un símbolo de la
indisputable resurrección.
Más aún Vergons
mostraba ya signos de trabajo, de aquellos que tienen por condición necesaria
la presencia de la esperanza. La esperanza había retornado. Habían limpiado las
ruinas, habían tirado las paredes rotas, y habían reconstruido las cinco casas.
El poblado contaba ahora con veintiocho habitantes que incluía a cuatro parejas
jóvenes. Las casas nuevas, recién remozadas estaban rodeadas por jardines,
hortalizas y verduras entremezcladas con malezas alineadas, había legumbres y
flores, coles y rosales, puerros y albahaca, apios y anémonas. Era ahora un
lugar donde cualquiera estaría encantado de vivir.
A partir de este poblado seguí mi camino a
pie. La guerra de la que a penas estábamos saliendo, no nos permitía más que
reincorporarnos pausadamente a la vida. Sin embargo, Lázaro estaba fuera de su
tumba. En los flancos de las montañas vi campos
verdes de cebada y de centeno en hierba. Al fondo podía ver algunas praderas
que reverdecían.
Nos separan ahora ocho años desde que vi a toda esta región florecer con una suave ligereza que
resplandecía de verdor. Los despojos de las ruinas que
había visto en 1913, ahora mantenían granjas prósperas, que proporcionaban una
vida feliz y confortable. Los viejos manantiales eran alimentados por agua de
lluvia y nieve que ahora podía ser alojada y retenida por los bosques; el agua
volvía a correr recuperando su ciclo natural. Parte del agua se había acanalado.
Bordeando a cada granja había arboledas de pinos y arces, los manantiales de
agua estaban bordeados por carpetas de mentas frescas. Los poblados estaban
siendo reconstruidos poco a poco. Una población venida de las planicies donde
la tierra era muy cara llegaron a establecerse,
trayendo con ellos juventud, movimiento y espíritu de aventura. Ahora se
encuentran por los caminos hombres y mujeres bien nutridos,
jóvenes y muchachas que saben reír, y que han retomado el gusto por las fiestas
de la campiña. Si reencontramos a la antigua población, ahora veremos que es
irreconocible por su dulzura y plenitud por la vida. Contando a los nuevos
llegados, tenemos a más de diez mil personas que le deben su felicidad a
Eleazar Bouffier.
Cuando
reflexiono que un solo hombre confiado en sus simples recursos físicos y
morales fue suficiente para hacer surgir de un desierto esta tierra de Cannan, me doy cuenta que a pesar de todo, la condición
humana es admirable. Pero, cuando hago un recuento de lo que puede crear, la
constancia, la generosidad y la grandeza de un alma resuelta a lograr su
objetivo, soy presa de un inmenso respeto por aquel viejo campesino sin cultura
que a su manera supo como materializar una obra digna de Dios.
Eleazar Bouffier murió
apaciblemente en 1947 en el asilo de Banon.
DÍA INTERNACIONAL DEL MEDIOAMBIENTE

Cuestionario
1. Describe cómo eran las tierras que se veían al principio de la historia y cuál era la causa:
2. ¿Cómo se encontraban los pueblos en esos primeros años?
3. Explica brevemente cómo se comportaban los pobladores de esas tierras:
4. ¿Cuál era la profesión de EL HOMBRE QUE PLANTABA ÁRBOLES?
5. ¿Qué clase de árboles fueron los primeros que comenzó a plantar?¿Cómo los seleccionaba?
6. ¿Qué usaba de cayado (bastón) y para qué lo utilizaba?
7. ¿Por qué comenzó a plantar árboles?
8. Nombra otras dos clases de árboles que plantara después.
9. ¿Qué guerra impidió al narrador volver a esas tierras y por cuánto tiempo?
10. ¿Cuál fue el segundo oficio al que se dedicó EL HOMBRE QUE PLANTABA ÁRBOLES?
11. ¿Qué puso en peligro el bosque en 1939?
12. Describe los efectos que tuvieron los árboles en la naturaleza de esas tierras y en las poblaciones de los alrededores. Explica los cambios.