A
modo de epílogo
al IV
Centenario del "Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha", nos
acercamos a este personaje singular desde una perspectiva cristiana,
para descubrir qué dice el texto sobre Dios,
María,
los cristianos... Prescindimos de comentarios para ceñirnos
a
las citas textuales; cada cual podrá hacer su comentario
personal si le place.
Sin
duda, Miguel de
Cervantes Saavedra dedicó mucho tiempo a pensar en su
héroe, hasta comprenderlo como un
hombre real, con personalidad propia, dotado de genio y
libertad. Cincelado
por el sufrimiento, Cervantes
distingue lo esencial de lo secundario, lo valioso y lo ordinario, lo
efímero y lo eterno. Y crea un personaje que, a despecho de
afanes y prejuicios, se lanza a la
aventura de buscar lo Bueno. No sabe dónde, pero lo busca; y
recorre caminos y se sacrifica por hacer el bien y predicar la virtud
cuando tiene ocasión. No espera que nadie le dicte normas de
comportamiento: toma como modelos a los grandes personajes del pasado
y, amoldándose a las circunstancias, imita su virtud. Se
compara a veces con los caballeros andantes y, aunque no se atreve a
reconocerlo explícitamente, se cree revestido de una
misión mayor y más noble, como la de San Pablo,
el gran caballero de la cristiandad; o Santiago, apóstol de España; o la de Cristo, espejo perfecto
del que ama y se entrega.
Mirado en
su conjunto, El Quijote respira por todos sus poros
espiritualidad cristiana y una honda experiencia de fe y amor a Dios.
No estoy seguro que muestre siempre la misma reverencia por la Iglesia.
Con delicada sutileza o de forma abrupta, irrumpe a veces en la
crítica llana y mordaz contra personas y aspectos
eclesiásticos discutibles o censurables. Pero en
ningún momento ataca a la Iglesia en cuanto
institución y comunidad de creyentes, entre los cuales se
incluye con todos sus defectos y pecados. Debilidades, en fin, comunes
a todos, especialmente en los que no lo reconocen. Es contra
éstos que lanza sus dardos; para que se corrijan, no por
condenarlos. En ocasiones, nos incita a distinguir a los representantes
de la Iglesia, a menudo poco ejemplares, con los cristianos sencillos,
rudos o pecadores, entre los cuales vive y muere Don Quijote como hijo
de Dios y miembro pleno de la Santa Iglesia:
—
¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me
ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las
abrevian ni impiden los pecados de los hombres.[...]
—
Las misericordias —respondió don
Quijote—, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios
conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo
juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia,
que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los
detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus
disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este
desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para
hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma. Yo me
siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal
modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan
mala que dejase renombre de loco, que, puesto que lo he sido, no
querría confirmar esta verdad en mi muerte.
Llámame, amiga, a mis buenos amigos: el cura, al bachiller
Sansón Carrasco y a maese Nicolás, el barbero,
que quiero confesarme y hacer mi testamento. (I-LXXIII)
Nótese el detalle significativo de que Don Quijote, al
recobrar el juicio y cercana ya su muerte, se aferra a Dios con la
humildad de un penitente, recurre a los sacramentos que la Iglesia le
ofrece y, a modo de testamento espiritual, incita a los lectores a
compartir sus creencias, los valores que dieron sentido a su vida:
— Los de hasta aquí —replicó
don Quijote—, que han sido verdaderos en mi daño,
los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo,
señores, siento que me voy muriendo a toda priesa;
déjense burlas aparte, y traíganme un confesor
que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales
trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma;
y así, suplico que, en tanto que el señor cura me
confiesa, vayan por el escribano.
[...] — Señores —dijo don
Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya en los
nidos de antaño no hay pájaros hogaño:
yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha, y soy
agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. (II-LXXIII)
Tenemos la impresión de encontrarnos ante un gran Hombre, de
los que hacen la Historia. Un apóstol que muere sereno y
lúcido, maduro por el combate en defensa del Bien,
satisfecho por el deber cumplido durante su larga
peregrinación y fiel a sus convicciones sin importarle las
consecuencias.