Ignacio Aldecoa

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Chico de Madrid

La noche de los grandes peces

Los pozos

La despedida

Hasta que lleguen las doce

 

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Chico de Madrid

   El mejor y más bonito modo de atrapar gorriones es el de la sábana emplomada cuando hay nieve, acercándose a la bandada silbando de distraídas. Si se quiere apedrear a un gato desinflado de hambre y pelón de tiña, lo importante es el sigilo, llevando las alpargatas colgando del cinturón. Para cazar una mariposa es necesario fingirse miope y poseer una boina grande, sucia y agujereada. Tratándose de un perro vagabundo, al que hay que atar una ristra de latas vacías a la cola, la técnica exige guiñar un ojo y caminar a la pata coja, como si se jugara. Las lagartijas requieren el cuerpo erguido, la mirada al frente y una delicada y cimbreante varita de fresno. Los grillos piden para que se les haga prisioneros tino y necesidades verecundas. Así y no de otro modo son las ordenanzas.

    "Chico de Madrid" era un maestro zagalejo de moscas y Job caracol, llevando consigo un estercolero; a sus trece años sabía mucho más de caza suburbana que el más calificado cinegético. Se había educado en las orillas del Manzanares, aprendiéndolo todo por experiencia. "Chico de Madrid" era bisojo y autodidacto, sucio y tristón, colillero vicioso y rondador de cuarteles en busca del pre sobrante; saltaba tapias y trepaba a los árboles con agilidad, pero nunca se salió de la ley. Tenía algo de orgullo y bastante puntería, por lo que pudo tener pandilla o doctorarse en golfo o pertenecer a cualquier sociedad de pequeños ladrones. Mas nada de esto le interesaba, porque poseía un alma pura y aventurera. Proposiciones tuvo de pecar del séptimo y ciertos vividores de orilla le pronosticaron una gran carrera, mas el prefirió siempre la alegría de sus cotos y el croar de las ranas cuando, panza arriba, contemplaba las estrellas en las noches de verano, luminoso y santificado por las luciérnagas y llevándole el sueño las libélulas, el sueño y los picores de los piojos que olvidaba.

    "Chico de Madrid" no se metía con nadie; vivía a temporadas con su madre, viuda de un barrendero, que se dedicaba a vender caramelos y semillicas a los niños más pobres de la ciudad; vivía, por duelo y misterio, algunas veces en cuevas de solares y otras en garitos _cuando apretaba el padre invierno_ de perra gorda y abundante compañía. Comía lo dicho antes: sobrantes de rancho y alguna fritanga de extraordinario. Se empleaba de recadero con el dueño de un tiovivo, diminuto y solitario, colocado junto a un puesto de melones _cuando había melones_, que casi nunca funcionaba, y al que traía arenques y vino aguado para las comidas; chismes de un lado y otro para las sobremesas. Con los gorriones sacaba algunas pesetas; con los grillos, pan y tomate; con las lagartijas, harto solaz, y con los perros sacó una vez un mordiscote que le dio fiebre como si estuviera rabiando, y que le obligó a andar con tiento en adelante.

    Casi era el único viajero del tiovivo. Se reía con todas sus fuerzas viajando en el aeroplano de hojalata o en el cerdito desorejado o en el rocinante, desfallecido de antiguos galopes en las verbenas de verdad. Porque aquella verbena, su verbena, era una especie de asilo de inválidos que las corrieron buenas, pero que ya no estaban para muchas. Al dueño, que se llamaba Simón y tuvo barraca de monstruos de la naturaleza cuando joven, se le ocurrió repintar el tiovivo. Nunca la gozó más "Chico de Madrid" ; se puso hecho un adefesio, y entre ambos dejaron todo pringoso y con expresivas huellas digitales. La pintura se la había comprado a un chapucero y era de tan mala calidad que no se secaba; el polvo se pegaba en todas partes, ennegreciendo el conjunto, según ellos. Para colmo, todos los niños que se montaron con sus trajecitos limpios, el domingo de aquella semana, salieron verdaderamente repugnantes, costándole a Simón muchas reclamaciones de indignados padres y llantos de niños de diversos colores, que se retiraban de su clientela. Simón cambió de barrio, pero "Chico" no se fue con él porque era, ante todo, libre, y porque las orillas del Manzanares tenían mucho que descubrir y que colonizar.

  Llegó la temporada de las ratas... Las ratas no son animales repugnantes y tienen, por otra parte, el morro gracioso y los bigotes de carabinero de tiempo de Mazzantini. Las ratas viven en una ciudad al revés, que impulsa a despreciar las pompas y vanidades humanas; una ciudad donde hay mucho sueño y donde ni ellas pueden dormir. "Chico de Madrid" mataba las ratas; las mataba por sport, como otros matan pichones. Se divertía con su tiragomas, paqueándolas sin prisa. Conocía la mejor hora: la del atardecer, cuando la tierra se pone morena y hay violetas en los tejados y el primer murciélago hace su ronda de animalejo complicado. Se sentaba solemne frente a las cuevas, mirando fijamente con la media risa de sus ojos, el arma homicida sobre las piernas y una canción como de cazadores por los labios. Se decía a sí mismo:

    _Ya está. Asoma, bonita.

    Y la rata averiguaba con su morrito saltimbanqui lo que había en la tarde. Luego se veía en silueta, aún indecisa, dando una carrerilla hasta la trinchera del río. Se encendía un farol lejano que enviaba una triste luz de iglesia pueblerina hasta la orilla. "Chico" empujaba una piedrecilla con el pie. La rata salía disparada y de pronto se le quebraba la vida en un aspaviento. Le había acertado . Después bombardeaba el cadáver con pedruscos. Solía hacer tres o cuatro víctimas por sesión.

    Las ranas también le atraían. Mostraban su barriga búdica y una como papada de bonzo bien alimentado que le despertaban escalofríos criminales. Las atrapaba por el método del caracol y luego les hacía el martirio chino, cumpliendo un rito geográfico de grave importancia cultural. Acababa malvendiéndolas en algún figón y con las monedas que le daban se iba al cinematógrafo, que todavía era mudo y se cortaba siempre en lo más emocionante, porque la película duraba varias sesiones, en las que no había forma de apresar a Fu-Man-Chu, a pesar de que el gallinero animaba constantemente a los buenos, que, aparte de buenos, eran algo cerrados de mollera.

   "Chico de Madrid" hizo un día amistad con un muchacho, resabiado de la vida, que hablaba como un loro, jugaba a las cartas como un profesional y era hijo de un oscuro anarquista que penaba en San Miguel de los Reyes. "Chico de Madrid" quedó deslumbrado y aquel vaina desplazó de su corazón a los héroes de las películas y de los periódicos de aventuras. Se hizo fanático de él y abandonó sus cacerías y sus purezas por seguir su pata coja hasta la misma Puerta del Sol. Él le enseñó a pedir con voz sollozante, acercándose mucho al limosnero para despertarle ascos:

    _ Señor, señor, una limosna para este expósito, que paga culpa de padres desnaturalizados. Nacido en enero y abandonado en la nieve.

    Y después, recitado velozmente:

   _El blanco sudario fue el regazo que acogió sus primeros llantos de niño. Una limosna para lo mas necesario, y vaya usted con Dios con la conciencia tranquila por haber hecho una obra de caridad.

    Nadie se tragaba el cuento, pero todo el mundo les daba alguna perrilla, porque se los querían quitar de encima. El pregón de sus miserias lo había sacado aquella especie de paje de espantapájaros de una novelista sentimental y manoseada que un amigote le había prestado. "Chico" colaboró literariamente, arreglándolo a las circunstancias. Ganaban su dinero. En los repartos el cojo se quedaba con la mayor parte, porque para algo era el jefe.

    Una tarde de toros en que el sol quemaba de canto y la gente tenía los ojos llenos de picores de modorra, "Chico" y su jefe fueron a piratear a las puertas de la plaza. La gavilla de sus conocidos haraganeaba por allá en busca de corazones blandos o de estómagos satisfechos que necesitaban digestión sin molestias. Los guardias a caballo estaban tristes como estatuas.

    Se hacía obligatoria la tragedia en el ruedo. Los novilleros _porque había novillada_ debían estar desfigurados, borrosos de miedo. Los novillos estarían medio ahogados y quemados de las punzadas de los tábanos. Tal vez los picadores estuvieran aletargados con sus caras de tortugas gigantes, balanceando las cabezotas. Los caballejos, como los de su tiovivo, vacilantes y cansados. El presidente, orondo, fumándose un veguero, entre eructos disimulados. La plaza, frenética. Y la bandera, que él veía sobre el azul del cielo, poniendo sus crudos colores de estío africano, cortando, inmóvil, las retinas de los contempladores. Pasaban rostros abotagados que con el calor y la respiración parecían higos reventones llenos de dulzor. A ellos se acercaba "Chico" misereando:

    _Señor, señor, una limosna, por caridad, para este pobrecito, que hace dos días que no prueba bocado y vive en una choza con siete hermanitos, sin madre y con padre holgazán.

    Había variado la retahíla con astucia porque si se le ocurría decirles a los señores gordos que habían sido abandonados en la nieve los iban a juzgar los pobres más felices del mundo.

    "Chico de Madrid" oyó voces detrás de él y de pronto se sintió cogido por el cuello de la camisa. Un municipal lo tenía agarrado con la mano izquierda, mientras con la derecha casi arrastraba a su compañero, que pataleaba con fingido llanto. "Chico" intentaba escaparse por ley natural, por lo que recibió un terrible puntapié que lo calambró y lo dejó como cuando a una lagartija le cortan el rabo. Comenzó a hipar y a dar berridos, por lo que fue sacudido violentamente y conminado a callarse. Otro guardia municipal parsimonioso y con galones, se acercó a ver lo que pasaba. Ya tenían grupo en torno y algunas señoras, con impertinentes, aromosas y con ganas de saberlo todo, hociqueaban entre ellos con tristeza falsificada y evidente repulsión. El de los galones interrogaba al que le estaba dando garrote vil con sus manazas:

    _¿ Y estos pájaros?

    _El cojitranco este que se pringaba en un reló _decía dándole un empujón al jefe. Y este otro _lo señalaba con gesto de cabeza_ , que había venido con él, que yo los vi cuando llegaron y estaban haciendo el paripé pidiendo.

    _Pues a la trena, y los amansas si se sienten gallos.

    "Chico de Madrid" no se sentía gallo; se sentía pájaro humildísimo y asustado gorrión. El guardia casi le ahogaba, pero se mordió los labios aguantándose porque, sin ninguna duda, había llegado la hora de callar y echarle pecho al asunto. De su jefe juraba vengarse, porque no estaba bien hacerle aquella jugada de silencio cuando el guardia se acercó a cogerle. Se derrumbó su héroe al mismo tiempo que le llegaba a la boca un sabor agrio de principios de vómito, porque el guardia le apretaba cada vez más. Tuvo una arcada. El guardia se paró soltándole del cuello y cogiéndole por la espaldera de la camisa. "Chico" notó que su salvación llegaba, dio una arrancada y salió corriendo. Oía confusamente las voces del guardia pidiendo ayuda e incapaz de perseguirle, so pena de perder al prestidigitador aficionado que danzaba como un ahorcado entre los bandazos y los achuchones de lo que quería ser carrera entre la gente... "Chico" se escurría con rapidez; pasó un tranvía y se colgó de los topes. ¡Estaba salvado!

    Le sorprendió el fresquillo acariciante de la madrugada tumbado a las orillas de su río, oyendo cantar a las ranas y dejando que se fuera el pensamiento por los incidentes de la tarde. No volvería a la ciudad; su puesto no estaba en la ciudad, sino en el límite de ella: entre el campo grande de las anchas llanadas y la apretura estratégica de los primeros edificios. En aquel terreno de nadie, suyo, con gorriones vestidos de saco y lagartijas pizpiretas, con perros famélicos y sabios y gatos alucinantes, con ratas y mariposas, con grillos y ranas, con el hedor de su río y el perfume lejano del tomillo campesino. No, no volvería a la ciudad y se dedicaría a pasarlo bien por aquellos andurriales hasta que lo llamaran a quintas. Se fue quedando dormido en el relente de la mañana; luego, el sol comenzó a calentarle los pies y a ascenderle por el cuerpo, despertándole con un grato hormigueo. "Chico de Madrid" se desperezó, se restregó los ojos y marchó en busca del desayuno silbando alegremente. Ahora sí que estaba salvado de verdad.

   Habían pasado algunos días. Su vida era tranquila y medieval: comer, dormir, cazar. No comía muy bien, ni dormía muy blandamente, ni cazaba otra cosa que animales inmundos, pero él estaba muy a sus anchas. Aquella tarde pensaba hacer una exploración por una alcantarilla vieja y abandonada, y ya se regodeaba soñando con lo que en ella iba a encontrar. Iba a encontrar ratas como caballos y puede que de añadidura se topase con algún esqueleto humano. Esto le parecía difícil; pero si lo encontrara, si lo encontrara, iba a ser rico, tremendamente rico de misterios. Sabía que cierta vez unos obreros, en un solar cercano, cuando trabajaban para levantar los cimientos de una casa, al lado de una antiquísima cloaca, hallaron varios esqueletos que, según se dijo, eran de los franceses, de cuando el 2 de mayo. "Chico" soñaba desde entonces con esqueletos de franceses, aunque no le importaban mucho sus nacionalidades, porque con que fueran esqueletos como los que había visto tenía bastante.

    A las cuatro de la tarde, armado de una estaca y con un farolillo de carro, dio comienzo a su exploración. Llevaba un riche por si tenía hambre y una vela y una caja de cerillas por si necesitaba repuesto o se dilataba demasiado cazando. Entró por el tunelillo encorvado y un tufo ácido le avispó la nariz. Se colocó un trapo a modo de careta preservadora y siguió avanzando impertérrito rumbo a lo desconocido. El farolillo le danzaba la sombra: una humedad grasa le manchaba las manos cuando las rozaba con las paredes; el garrote le hacía caminar como un extraño animal que tuviera allí mismo su cubil. Estuvo andando mucho tiempo, hasta que las espaldas se le cansaron; entonces montó su campamento, dejó el garrote y merendó su riche. Pensó en volver. La cloaca estaba vacía. No había esqueletos y lo más gordo era que tampoco había ratas. Se volvió.

    "Chico de Madrid" comenzó a sentir algunos trastornos intestinales. La frente le ardía. La última noche no pudo dormir de desasosiego. Fue a casa de su madre, a la que no veía desde la tarde en que se le ocurrió explorar la cloaca.

    La pobre mujer, después de regañarle, lo lavó como pudo; le hizo ponerse una camisa de su padre, guardada con todo esmero como recuerdo, y le invitó a tenderse en jergón. Salió breves momentos a la calle y luego regresó con un gran vaso de leche. "Chico" tampoco pudo dormir esta noche.

    Pasaron dos días. Cuando el médico llegó era ya demasiado tarde. "Chico", el buen "Chico", estaba en las últimas. La madre, fiel, sentada a sus pies, sin soltar una lágrima, se asombraba de lo que le ocurría a su hijo. El médico se limitó a decir: "Tifus; ya no hay remedio". Y "Chico de Madrid" murió porque no había remedio. Murió a la misma hora en que salen sus ratas a averiguar la tarde con los morritos saltimbanquis, cuando la tierra se pone morena y hay violetas en los tejados y el primer murciélago hace su ronda de animalejo complicado y se extiende como una gasa de tristeza por las orillas del Manzanares. "Chico de Madrid" murió a consecuencia de su última cacería, en la que si no pudo cazar ratas, como nunca falló, cazó un tifus; el tifus que lo llevó a los cazaderos eternos, donde es difícil que entren los que no sean como él, buenos; como él, pobres, y como él, de alma incorruptible.

 

LA NOCHE DE LOS GRANDES PECES

    Las marrajeras estaban abarloadas en el muelle chico, en el rincón más africano del puerto. Olían las aguas pútridas del reguero que bajaba de los cuarteles dividiendo el baldío en escombrera y basurero de la población. Las ratas se paseaban por su asqueroso imperio sin aparente temor y cruzaban una vez y otra desde la escombrera de sus guaridas al basurero de sus banquetes, las cabecillas altivas hociqueando melindrosamente.

    En el muelle los grandes bloques de cemento de las abandonadas obras del espigón entristecían con su siniestro parapeto y era allí donde los pescadores de caña probaban su suerte, sentados en los enormes cubos, bajo el sol de julio, en centinela impasible. Chinchorros inútiles, de maderas podridas y esponjosas, bidones de fueloil vacíos y derribados, postes para colgar las redes, blanquecinos o de color de huesos, con años de intemperie, amueblaban el reducido paisaje. Más allá del espigón la mar de añil, extendía su virtud.

    La marrajera «Apasionada» tenía a su tripulación de compras y solamente el pesca y su ayudante faenaban preparando los palangres. Bajo el toldo de proa hacían inspección minuciosa de los cestillos con las liñeas y anzuelos, y mientras, mascullaban una conversación de fútbol, interrumpida momentáneamente por exigencias de la labor. Alguien les distrajo desde el muelle.

    -Oiga, ¿ cuándo venimos? -preguntó un tipo de aire impertinente y torerito     -.¿Cuándo es la hora buena?

    - ¿ Usted es de los que vienen esta noche? -interrogó calmosamente el pesca.

    -Sí, señor -gritó el hombrecillo. -Pues... -dudó- como a las cuatro y media o cinco. Para salir en seguida, ¿ eh? No vengan más tarde, porque ya estaremos en la mar. ¿ Y cuántos son ustedes?

    -Tres. -Bueno, bueno... -dijo el pesca cazurramente.

    El hombre se despidió y se fue con paso nervioso y contoneado hacia la población.

    -¿ Para qué quieren venir? -preguntó extrañado el ayudante. -¿ No estarían mejor divirtiéndose con alguna furcia?

    -Aventuras -dijo el pesca-. Luego lo cuentan a sus amigos y presumen.

    -Si se divierten... -condicionó, sin convencimiento el ayudante.

    -Tú eres muy chico para entender las diversiones de las gentes. Esto, para ellos, es una hazaña, una cosa muy grande. Ya están hartos de mujeres. ¿ No lo comprendes?

    -No -dijo tajantemente el ayudante-. No lo comprendo de ninguna manera.     ¿Cómo se pueden hartar?

    -Porque eso es como la mar para nosotros. Al cabo del tiempo, estraga.

    El pesca y su ayudante guardaron silencio ensimismados. Las manos del pescador ponían orden, como una cuidadosa costurera en su cestillo, en el lío de cuerdas y anzuelos. El ayudante comprobaba el acetileno de los faroles y las corcheras de las boyas.

    A las cinco de la tarde la tripulación estaba a bordo, pero los huéspedes no habían llegado. El costa traslucía sus altas meditaciones rascándose los labios simiescamente y hurgándose con excesiva naturalidad e inquietud en el sexo. El costa, sentado en la incómoda cabina del puente, se iba enfadando.

    -¿Va algo mal? -preguntó el pesca-. Por mí, todo está listo.

    -Va todo mal. ¿ A qué ahora les dijiste a los maricas que había que estar embarcados?

    -Pero... ¿son maricas? - interrogó asombrado el pesca-. Desde luego, el que vino, voz tiene.

    -Son mierda de señoritos que no tienen vergüenza, ni dignidad, ni palabra, ni nada -estalló el costa-. No sé por qué me habré comprometido -añadió pesaroso.

    -Las invitaciones tienen la culpa - reprochó solemnemente el pesca.

    -No me cabrees, Miguel, que yo soy de los que se emborrachan gastándose el parné. No necesito invitaciones de nadie. Es el señor Marí el que tiene la culpa, el que se ha aplomado para que los llevemos.

    -Pues larga amarras.

    -No, no; hay que esperar por lo menos un cuarto de hora.

    El pesca se fue hacia la proa dispuesto a echar un cigarro con su ayudante. La vejez y los años de mar habían dado a su andar vacilación y lentitud. Su ayudante estaba tumbado en la escotilla.

    -¿Qué pasa? ¿No salimos? -Calma, muchacho -dijo el pesca-. En un cuarto de hora doblamos la farola.

    -¿Y el señor Antonio?

    -Tragando quina.

    -Pero las demás barcas ya han partido...

    -Ya están aquí -dijo el pesca-. Ya han llegado. Por fin...

    De un 2 CV bajaron tres hombres cargados de paquetes y se acercaron a la «Apasionada».

    -i Ah, del barco! -gritó el que tenía tipo impertinente y torerito y parecía llevar la voz cantante -. ¿Se puede saltar ya?

    -Dense prisa -ordenó el costa, al que se le había evaporado el malhumor-. Mauricio y Plácido, en cuanto ellos estén a bordo, soltar amarras... Venga, motor. Arriba, señores.

    Saltaron a la barca y comenzaron a estrechar las manos de los tripulantes desocupados.

    -Me llamo Iñigo; éste -indicó a uno de sus amigos de alborotada pelambre-, Paco, y éste es belga y se llama Jean. ¿ Dónde podemos dejar todo esto? ¿ Cuál es el sitio más a propósito? -daba la sensación de haber tomado posesión de la barca-. Es vino, chuletas y pasteles. Supongo que ustedes tendrán pan; la panadería estaba cerrada. El vino es un rioja estupendo. Tocamos a dos botellas por barba. También hemos traído una botella de coñac.

    -De momento, se pueden dejar en la timonera -dijo el costa-. O mejor abajo, en los ranchos.

    -Carmelo -llamó al ayudante del pesca-, echa todo este macizo para el rancho.

    -Bueno, ya estamos a bordo, rumbo a la aventura- aclaró Iñigo a sus compañeros.

    -¿Se marean ustedes? -preguntó el costa.

    -Yo un poco, pero traigo pastillas -explicó el belga.

    -Para no marearse, lo mejor es la distracción -afirmó el pesca-. Si esto les divierte, si la pesca se da...

    -¿Cogeremos muchos? -inquirió Iñigo, y sin esperar respuesta urgió a sus compañeros: -Hay que retratarlo todo. Un viaje como éste no lo volvéis a hacer en la vida. Hay que llevarse recuerdos.

    -Si hay suerte -dijo sonriendo el pesca-, se cogerá algo. Es difícil coger muchos. Los grandes peces son de picada, y si quieren picarán, y si no...

    -Hoy tendremos suerte, estoy seguro -interrumpió Iñigo-. y ahora vamos a organizamos. Lo primero es abrir unas botellas.

    La «Apasionada» se fue separando del muelle con suavidad. El motor cloqueaba y la barca, ancha y baja, tenía algo gallináceo en su andar.

    -Corra el tinto -dijo Iñigo con afectación-. Corra el zumo de la vid.

    El pesca fue el primero que bebió del gollete de la botella destapada.

    -¿Qué tal, maese? -preguntó Iñigo.

    -Un buen vino -respondió el pesca chasqueando la lengua-. Debe costar unas cuantas pesetas...

    -Sesenta la pieza, nostramo -aclaró Iñigo.

    -Ya son pesetas. Da pena beberse tantas pesetas.

    -Un día es un día. ¿ Todo va viento en popa?

    La «Apasionada» acababa de doblar la farola y se hacía a la mar libre. Al fondo el ocre de los islotes fulgía de oro. La isla grande aparecía opaca y polvorienta. La ermita del monte Atalaya espejeaba un mensaje heliográfico. La población desde la mar, al fondo de la bahía, era un rimero de construcciones sepulcrales.

    Al anochecer habían navegado veinte millas y no se veían las islas. El pesca anunció la echada de los palangres. Se seguían descorchando botellas, pero ya más lentamente. Iñigo y sus dos compañeros fraternizaban con la tripulación. Se hablaba de mujeres en términos cuarteleros. El ayudante del pesca babeaba de regocijo.

    -Cuente usted, cuente usted...

    -Pues aquella gachí...

    - Venga, Rubio -advirtió el pesca-, que esto no puede esperar, luego habrá tiempo.

    Los cebos habían sido sacados de la nevera y sobre la escotilla de proa, la marinería tajaba las aletas pectorales de los peces voladores. El barco acortó su andar. El pesca ayudado por Rubio dejó caer la boya maestra con la luz de pilas encendida.

    -Ahora aprisa -indicó el pesca-. Antonio, el barco al rumbo. Id encendiendo las luces de las primeras boyas.

    El pesca iba prendiendo en los anzuelos por los ojos parejas de peces voladores y los lanzaba de bolea al agua.

    -Acorta, Antonio, que va la primera boya.

    La primera boya de acetileno fue posada en el sereno de la mar. Cabeceó un poco y luego tomó el casi imperceptible vaivén de las aguas.

    -Más cebo -gritó el pesca.

    -Esto es emocionante -dijo Iñigo a sus compañeros. El belga sacaba fotografías una y otra vez.

    -Es muy mala hora -explicó -y van a quedar mal.

    -Usa el flash - recomendó Paco.

    -Entonces se reduce el mar, se pierde panorama.

    A las diez habían tendido tres millas de palangres y una procesión de luces cortaba la mar como si fuera la emigración de grandes peces fosforescentes en columna.

    -Ahora a pasear -dijo el costa-. Ya no nos queda más que pasear y que piquen. Podemos ir cenando.

    Se abrieron los paquetes de chuletas y se descorcharon botellas. El belga no tenía demasiadas ganas de cenar y percibía demasiado insistentemente para su estómago el balanceo de la «Apasionada».

    -¿Y tú, Paco? - preguntó Iñigo.

    -¡Como nuevo!

    -Y ahora ¿ que pasa? -inquirió Iñigo al pesca.

    -Cuando se apaga una luz, ha picado algo. Nosotros navegamos arriba y abajo de los palangres. Sabemos las luces que son. Cuando falta una, nos acercamos: ha picado algo grande y ha tirado a fondo la boya de acetileno...

    El pesca contempló paternalmente a Jean.

    -Bueno, hombre, debería echarse un rato. Ya le avisaremos cuando haya picada.

    -Pica, picada -gritó con entusiasmo Iñigo-. Allá se ha apagado una luz.

    -Todavía no -dijo el pesca-, aunque pudiera ser. El ayudante estaba contando las boyas encendidas.

    -Falta una en el segundo, señor Miguel -aclaró -, y están cabeceando las de los lados.

    -Vamos por él -anunció el costa.

    Interrumpieron la cena y arrumbaron hacia la boya apagada. Había en el barco expectación. Iñigo se movía a proa, estribor y babor, con la inquietud de la primera captura.

    Paco preguntaba al ayudante.

     -¿Qué puede ser?

    -Casi seguro, un pez espada, no muy grande. Si fuera grande. hubiese sacado al palangre de su liñea y probablemente apagado otra boya.

    Era un pez espada de unos veinticinco quilos y no había luchado. Su mordida fue profunda y tenía el gran anzuelo prendido en el esófago. La línea de caleo había herido su delicada piel y estaba como latigueado.

    -Reventó -dijo el pesca-. Los grandes que ascienden vivos son tan bravos como toros y á veces se lanzan contra el barco, rompiendo la espada en el costado. Esta noche ha comenzado bien. .

    -Parece que ustedes nos han traído suerte.

    -Esta va a ser noche de grandes peces -habló con entusiasmo Iñigo-. Tenemos que hacer una gran pescada. La pescada del siglo. Vamos a llenarlo todo hasta el pañol de popa. Iñigo acrecía su vocabulario marinero a medida que avanzaba la noche.

    A las dos de la mañana la pesca había aumentado: un gran pez espada, tres pequeños y una raya de aguijón. A las dos y media, el marinero que hacía de serviola anunció con grandes gritos que tres luces estaban apagadas en la primera liñea, junto a la boya maestra. El barco se fue aproximando a la procesión.

    -Este sí que es bueno - dijo el pesca -. Este puede ser un marrajo grande, o quién sabe, pero grande.

    Por 1a amura de babor estaban al ojo los tripu1antes.Iñigo se había subido en la escotilla y y Paco se empinaba discretamente para no molestar a los pescadores. Del rancho salió con la cara desencajada el belga montando su máquina de fotografía.

    -Ya lo veo -gritó el ayudante-: es tiburón. Blanquea allá abajo y ha enredado el palangre.

    Blanqueaba a la luz de los focos como una movediza galaxia, y cuando ascendieron la liñea y las boyas, ayudándose de gamos, de allá abajo, de las aguas de sus dominios surgió un gran pez como un remolino, golpeando con su larga aleta caudal, trayendo agonía y destrucción.

    _Es un pez zorro -dijo el pesca-. Uno de los más hermosos que he visto en mi vida.

    La barca estaba en la vorágine del animal, y cuando lo hirieron y sujetaron con los grandes gamos, logrando acercarlo a un costado, todos se llenaron de alegría.

    A medida que lo izaban a la cubierta, el pesca y su ayudante lo iban rajando y desviscerando con sus cuchillos. Luego, en la cubierta golpearon su poderosa cabeza con mazos y estacas, hasta que dejó de boquear, Y quedó tendido a babor y hacia proa, entre la escotilla y la amura, midiendo en toda su longitud cuatro metros largos.

    -Ha habido muy buena suerte -dijo el pesca-. Creo que por esta noche tenemos bastante. Ya no volverán a picar. Hay demasiado espanto en los fondos.

    Al amanecer comenzaron a recoger los palangres y a desanzuelar los peces voladores. Un marinero corrió hacia proa pasando por encima del pez zorro con los pies descalzos. Iñigo reclamó a Paco.

    -Coge la máquina de Jean y hazme una fotografía sobre el pez. Y asentó los pies sobre el costado absurdamente triunfal. El pez muerto se contrajo y después de un tremendo espasmo, que lanzó a Iñigo contra la escotilla, comenzó a coletear guadañando el aire. Iñigo extendió las manos para preservarse Y en la última coletada el pez le golpeó la izquierda, haciéndole gritar de dolor.

    A las nueve de la mañana la marrajera «Apasionada» estaba abarloada a sus hermanas en el muelle chico.

    Por la tarde Iñigo, escoltado por sus amigos, bebía en los bares de la población. La mano izquierda, cuidadosamente vendada, reposada en un cabestrillo.

    -El escualo... -decía Iñigo, y exageraba las medidas y el peso.

    Luego llevó un dramático guante negro durante unos días hasta que se cansó. Más tarde, en el invierno, hablaba de la noche de los grandes peces y mostraba una pequeña cicatriz, entre el pulgar y el índice: un corte limpio y recto que desmentía la magnitud del animal de fondo.

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LOS POZOS

    Todos los ayuntamientos de pueblo huelen a muerto... Contemplaba el muro blanquiañil. Sobre los pajizos ladrillos del rodapié, la humedad había festoneado una diminuta y crepuscular serranía, plomiza hasta el perfil oriniento, elevada en agujas o en llamas por los dos rincones. La faja del rodapié era rastrojo, comienzo de tierra paniega.

  - ...un tufo que te da mal sabor de boca y que no te lo saca la cazalla.

    El espectro de paisaje se borró sobre el muro. Las palabras enturbiaban la imaginación y sintió que la serranía en sombra, con el sol elevándose u ocultándose tras de ella, se iba sedimentando en simples manchas de humedad. Ya no había cielo blanquiañil, ni crepúsculo, ni montaña, ni tierra de campos. Estaba sentado. Del respaldo de la silla colgaban sus pantalones y de un  clavo de la puerta su chaqueta. Dobló la cintura y comenzó a frotar1e suave- mente las piernas, cubiertas con medias rojas. Luego sé ciñó las zapatillas, que habían perdido su negro azabache y parecían sucias y estaban despellejadas por las puntas.

    -.. . un ansia de vomitar y encima amolado con las piernas. Con varices no se puede correr bien...

    Por un ventanuco miraba al patio el Chato la Nava, distraído, deslumbrado por el espejeo del sol en la albura de la fachada frontera; rumorosos los oídos del monólogo de su compañero. Fumaba y expelía el humo con fuerza, dándole tiemblo de azogue a una iluminada telaraña.

    -¿Tú sabes lo que es bueno, Perucho? - dijo lentamente -.Quedarse en casa. Ni ansias, ni varices, ni canguelo; sopa de ajo.

    -Y me pasas una renta para vicios -añadió desabrido Peucho.

    -Yo te digo lo que es bueno -volvió la cabeza hasta el punto en que  su perfil fosco, tosco, morrosco, quedó recortado en el chorro de luz -. Si no lo puedes hacer te fastidias, que hay quien lo hace y engorda.

    Perucho hizo un gesto de desesperanza. Se levantó de la silla. El asiento de adornos barrocos tenía un agujero en medio, con flecos de cartón.

     El Chato la Nava se pasó despaciosamente una mano por las rucias barbas de dos días y se apartó del ventano.

    - ¿Qué piensas? -dijo Perucho.

    El Chato la Nava guardó una pausa antes de responder:

    -Que no huelen a muerto, Perucho, que huelen a gallinas...

    Perucho fue hacia la puerta. De su chaqueta cogió un paquete de cigarrillos. Dijo:

    -Todos los ayuntamientos de pueblo huelen a muerto, y las sacristías también.

    El Chato la Nava tenía los faldones dé la camisa por encima del pantalón.

    - ¿A que no te has vestido nunca en una sacristía? -preguntó Perucho. 

    -Yo me he vestido en muchos sitios. En todos los sitios que tú quieras.

    -Pero no en una sacristía.

    -En una sacristía, no; pero me he vestido en una cuadra con mulos zaínos, y en un carro andando, y debajo de un puente, y en un rincón tras de una sobrecama en la Plaza Mayor de un pueblo, y bajo un tendido viendo las pantorras a las mujeres, y donde tú me digas..., y en las afueras, en el campo...

    -Pues las sacristías huelen a fiambre como esto. A un fiambre que se lo han llevado hace un rato. Un olor como a polvo meado, a papelotes, a ropa sucia... Yo sé lo que me digo... Como esto, como esto, y que se te pega...

    El matador Antonio Abanales, llamado el «Migas», estaba viendo el fundón de las espadas. Un fundón viejo que tenía repujado un nombre que no era el suyo y mostraba en la tapa de la cartera la huella rectangular de la chapa de propiedad de su antiguo dueño.

    Acaba ya -dijo el matador-. Mira que tienes gusto, mira que se te ocurren ideas...

    Por el ventanuco entraba mucha luz. Del alto techo colgaba una bombilla encendida. En el fondo de la habitación estaban amontonados pupitres y bancos rotos y palos de banderas y una monstruosa cabeza de cartón y varios escudos de madera pintados de azul celeste con la Virgen descalza sobre el filo de una media luna navajera ornada de estrellas.

    -Este traje me tira -afirmó Perucho después de un largo silencio- y voy a tener que descoserlo por la entrepierna.

    -¿ Dónde se ha ido Pepe? - preguntó el matador.

    -A llenar el botijo -respondió Perucho y continuó quejándose -: He engordado, que también perjudica a las varicés. Un día tengo un disgusto...

    -No puedo matar con ellos... -dijo Abanales probando los estoques-.  Pero ¿ a quién se le ocurre...? Son de alambre. Buscadme a Pepe... No sirven... Buscadme a ese tío...

    Al Chato la Nava le llegaban los calzoncillos a las corvas. Estaba de espaldas a sus compañeros preparando su traje. Desde el omoplato derecho hasta la cintura le culebreaba una cicatriz blancuzca, con relieves de zurcimiento malo. Se volvió hacia el matador. Tenía el pecho ancho y velludo con un lucero de canas sobre el esternón. Sostenía cuidadosamente la taleguilla entre sus manos. De sus brazos podían proliferar brazos; eran como dos ramas, largos, nudosos, fuertes y sombreadores. Las delgadas piernas, un poco zambas, parecían estar unidas de un modo artificial a los pies; pies de alpargatas y abarcas, cuerudos, aplastados, firmemente puestos sobre la tierra.

    -Me estoy vistiendo -dijo el Chato la Nava.

    Perucho abrió la puerta y gritó:

     -Pepe, venga ya...

    -¿ Pasa algo? - dijo acercándose un empleado del Ayuntamiento, vestido de domingo y con gorra de plato gris con un galoncillo -. ¿ Queréis algo?

    -Tráete al mozo de espadas, que ha ido a llenar el botijo.

    -Estará en la taberna.

    -Estará.

    -¿ y si no está?

    -Lo buscas. Que venga inmediatamente.

    -Estará viendo el ganado.

    -Estará.

    Perucho cerró la puerta.

    -Se me ha guardado diez duros... -dijo el matador-. Por diez cochinos duros ése es capaz de vender a su madre...

    El Chato la Nava, con la taleguilla puesta, se acercó a su matador.

    -Déjame -cogió uno de los estoques y lo probó contra la puerta haciendo un poco de fuerza-. No están mal, no te quejes, no son alambre, puedes matar un elefante.

    -Por diez cochinos duros... - dijo el matador.

    -Ten tranquilidad - habló reposadamente el Claro la Nava. Esto se despacha en seguida.

    -¿Qué hora es?

    -Falta poco.

    -¿Serán las cinco y cuarto?

    -Por ahí. 

    Entró el mozo de estoques, seguido del empleado del Ayuntamiento.

    -Daos prisa. El alcalde dice que hay que empezar ahora mismo, que el señor marqués se tiene que marchar a Madrid y quiere veros.

    -No podemos - gritó el matador -Han dicho a una hora y tiene que ser a esa hora.

    -Siempre caerá algo, Antonio. En estas cosas es mejor...

    -Me importa un pimiento el marqués.

    El empleado municipal hablaba con Perucho por  lo bajo. El Chato la Nava contemplaba a su matador. Pepe, el mozo de estoques, bebía del botijo.

    -Siempre caerán unos duros - dijo el Chato la Nava-. Media hora más, media hora menos...

    -¿Qué hora es? -preguntó el matador.

    -Casi la hora de salir.

    -Daos prisa - dijo el matador.

    Terminaron de vestirse. El mozo de estoques había salido con el esportón de los trastos.    

    -¡Vamos ya! -dijo el matador.

   

    Los dos peones le dejaron pasar. El empleado del Ayuntamiento salió el último. Los carros que formaban la plaza estaban atestados de gente. En el balcón del Ayuntamiento se sentaban el alcalde el señor marqués. Una mujer con toquilla les ofreció unos vasos de limonada en una bandeja.

    Los tres toreros caminaban entre los mozos que ocupaban el círculo arenado.

    -A ver cómo lo hacéis... A ver si os arrimáis... A ver si los matáis bien, que son buen ganado... A ver...

    Los toreros se colocaron frente al Ayuntamiento.

     -¿La música? - preguntó el matador.

    -Ahora va -dijo el empleado del Ayuntamiento, que les había seguido.

    Los mozos despejaron el círculo subiéndose a los carros Gritaban. Sonó un tamboril, y luego, las notas agridulcillas de dos dulzainas comenzaron un pasacalle. Los toreros iniciaron el paseíllo.

    De la leve capa de arena del suelo de la fiesta emergía el empedrado cotidiano: reticulados caparazones, serpentinas formas escamadas, adoquines grises, verdinegros y anaranjados.

    -Me lo quitáis de encima, ¿ eh? -dijo el matador.

    Saludaron a la presidencia.

    Lentamente fueron al burladero grande. La torre de la iglesia daba sombra a la plaza.

    -Me lo quitáis de encima, ¿eh? - repitió el matador.

    -Tú, tranquilo - respondió el Chato la Nava.

    Se hizo silencio. En el silencio estaban los tres solos. Desde el brocal de talanqueras y carros les contemplaba el pueblo entero.

    -Tranquilos - dijo el Chato la Nava -. Tranquilos.

    Cuando salió el toro, viejo y negro, el pozo se fue llenando de su sombra.

    -Tranquilos - repitió el Chato la Nava -. Tranquilos.

    La gente gritaba pidiendo que abandonaran el burladero. El Chato la Nava miró a los compañeros.

    -Tranquilos - dijo.

    Y salió. En el brocal se hizo un silencio de campo.

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LA DESPEDIDA

    A través de los cristales de la puerta del departamento y de la ventana del pasillo, el cinemático paisaje era una superficie en la que no penetraba la mirada; la velocidad hacía simple perspectiva de la hondura. Los amarillos de las tierras paniegas, los grises del gredal y el almagre de los campos lineados por el verdor acuoso de las viñas se sucedían monótonos como un traqueteo.

    En la siestona tarde de verano, los viajeros apenas intercambiaban desganadamente suspensivos retazos de frases. Daba el sol en la ventanilla del departamento y estaba bajada la cortina de hule.

    El son de la marcha desmenuzaba y aglutinaba el tiempo; era un reloj y una salmodia. Los viajeros se contemplaban mutuamente sin curiosidad y el cansino aburrimiento del viaje les ausentaba de su casual relación. Sus movimientos eran casi impúdicamente familiares, pero en ellos había hermetismo y lejanía.

Cuando fue disminuyendo la velocidad del tren, la joven sentada junto a la ventanilla, en el sentido de la marcha, se levantó y alisó su falda y ajustó su faja con un rápido movimiento de las manos, balanceándose, y después se atusó el pelo de recién despertada, alborotado, mate y espartoso.

    -¿ Qué estación es ésta, tía? -preguntó. Uno de los tres hombres del departamento le respondió antes que la mujer sentada frente a ella tuviera tiempo de contestar.

    -¿Hay cantina?

    -No, señorita. En la próxima.

    La joven hizo un mohín, que podía ser de disgusto o simplemente un reflejo de coquetería, porque inmediatamente sonrió al hombre que le había informado. La mujer mayor desaprobó la sonrisa llevándose la mano derecha a su roja, casi cárdena pechuga, y su papada se redondeó al mismo tiempo que sus labios se

afinaban y entornaba los párpados de largas y pegoteadas pestañas.

    -¿Tiene usted sed? ¿Quiere beber un traguillo de vino? -preguntó el hombre.

    -Te sofocará -dijo la mujer mayor -y no te quitará la sed.

    - ¡ Quiá !, señora. El vino, a pocos, es bueno.

    El hombre descolgó su bota del portamaletas y se la ofreció a la joven.

    -Tenga cuidado de no mancharse -advirtió.

    La mujer mayor revolvió en su bolso y sacó un pañuelo gran- de como una servilleta.

    -Ponte esto -ordenó-. Puedes echar a perder el vestido. Los tres hombres del departamento contemplaron a la muchacha bebiendo. Los tres sonreían pícara y bobamente; los tres tenían sus manos grandes de campesinos posadas, mineral e insolidariamente, sobre las rodillas. Su expectación era teatral, como

si de pronto fuera a ocurrir algo previsto como muy gracioso. Pero nada sucedió y la joven se enjugó una gota que le corría por la barbilla a punto de precipitarse ladera abajo de su garganta hacia las lindes del verano, marcadas en su pecho por una pálida cenefa ribeteando el escote y contrastando con el tono tabaco de la piel soleada.

   

    Se disponían los hombres a beber con respeto y ceremonia, cuando el traqueteo del tren se hizo más violento y los calderones de las melodías de la marcha más amplios. El dueño de la bota la sostuvo cuidadosamente, como si en ella hubiera vida animal, y la apretó con delicadeza, cariciosamente.

    -Ya estamos-dijo.

    -¿Cuánto para aquí? -preguntó la mujer mayor.

    -Bajarán mercancía y no se sabe. La parada es de tres minutos.

    -¡Qué calor! -se quejó la mujer mayor, dándose aire con una revista cinematográfica -.i Qué calor y qué asientos! Del tren a la cama...

    -Antes era peor -explicó el hombre sentado junto a la puerta -.Antes, los asientos eran de madera y se revenía el pintado. Antes echaba uno hasta la capital cuatro horas largas, si no traía retraso. Antes, igual no encontraba usted asiento y tenía que ir en el pasillo con los cestos. Ya han cambiado las cosas, gracias a Dios. Y en la guerra... En la guerra tenía que haber visto usted este tren. A cada legua le daban el parón y todo el mundo abajo. En la guerra...

Se quedó un instante suspenso. Sonaron los frenos del tren y fue como un encontronazo.

    -¡Vaya calor! -dijo la mujer mayor.

    -Ahora se puede beber -afirmó el hombre de la bota.

    -Traiga usted - dijo, suave y rogativamente, el que había hablado de la guerra -. Hay que quitarse el hollín. ¿ No quiere usted, señora? -ofreció a la mujer mayor. "

    -No, gracias. No estoy acostumbrada.

    -A esto se acostumbra uno pronto.

    La mujer mayor frunció el entrecejo y se dirigió en un susurro a la joven; el susurro coloquial tenía un punto de menosprecio para los hombres del departamento al establecer aquella marginal intimidad. Los hombres se habían pasado la bota, habían bebido juntos y se habían vinculado momentáneamente. Hablaban de cómo venía el campo y en sus palabras se traslucía la esperanza. La mujer mayor volvió a darse aire con la revista cine-

    -Ya te lo dije que deberíamos haber traído un poco de fruta -dijo a la joven- Mira que insistió la Encarna; pero tú, con tus manías...

    -En la próxima hay cantina, tía.

    -Ya lo he oído.

     La pintura de los labios de la mujer mayor se había apagado y extendido fuera del perfil de la boca. Sus brazos no cubrían la ancha mancha de sudor axilar, aureolada del destinte de la blusa.

    La joven levantó la cortina de hule. El edificio de la estación era viejo y tenía un abandono triste y cuartelero. En su sucia fachada nacía, como un borbotón de colores, una ventana florida de macetas y de botes con plantas. De los aleros del pardo tejado colgaba un encaje de madera ceniciento, roto y flecoso. A un lado estaban los retretes, y al otro un tingladillo, que servía para almacenar las mercancías. El jefe de estación se paseaba por el andén; dominaba y tutelaba como un gallo, y su quepis rojo era una cresta irritada entre las gorras, las boinas y los pañuelos negros.

    El pueblo estaba retirado de la estación a cuatrocientos o quinientos metros. El pueblo era un sarro que manchaba la tierra y se extendía destartalado hasta el leve henchimiento de una colina.La torre de la iglesia - una ruina erguida, una desesperada permanencia- amenazaba al cielo con su muñón. El camino calcinado, vacío y como inútil hasta el confín de azogue, atropaba las soledades de los campos.

    Los ocupantes del departamento volvieron las cabezas. Forcejeaba, jadeante, un hombre en la puerta. El jadeo se intensificó. Dos de los hombres del departamento le ayudaron a pasar la cesta y la maleta de cartón atada con una cuerda. El hombre se apoyó en el marco y contempló a los viajeros. Tenía una mirada lenta, reflexiva, rastreadora. Sus ojos, húmedos y negros como limacos, llegaron hasta su cesta y su maleta, colocadas en la redecilla del portamaletas, y descendieron a los rostros y a la espera, antes de que hablara. Luego se quitó la gorrilla y sacudió con la mano desocupada su blusa.

    -Salud les dé Dios -dijo, e hizo una pausa-. Ya no está uno con la edad para andar en viajes.

    Pidió permiso para acercarse a la ventanilla y todos encogieron las piernas. La mujer mayor suspiró protestativamente y al acomodarse se estiró buchona.

    -Perdone la señora.

    Bajo la ventanilla, en el andén, estaba una anciana acurrucada, en desazonada atención. Su rostro era apenas un confuso burilado de arrugas que borroneaba las facciones, unos ojos punzantes y unas aleteadoras manos descarnadas.

    -¡María! -gritó el hombre-. Ya está todo en su lugar.

    -Siéntate, Juan, siéntate -la mujer voló una mano hasta la frente para arreglarse el pañuelo, para palpar el sudor del sofoco, para domesticar un pensamiento -. Siéntate, hombre.

    -No va a salir todavía.

    -No te conviene estar de pie.

    -Aún puedo. Tú eres la que debías... -Cuando se vaya...

    -En cuanto llegue iré a ver a don Cándido. Si mañana me dan plaza, mejor.

    -Que haga lo posible. Dile todo, no dejes de decírselo.

    -Bueno, mujer.

    -Siéntate, Juan.

    -Falta que descarguen. Cuando veas al hijo de Manuel le dices que le diga a su padre que estoy en la ciudad. No le cuentes por qué.

    -Ya se enterará.

    -Cuídate mucho, María. Come.

    -No te preocupes. Ahora, siéntate. Escríbeme con lo que te digan. Ya me leerán la carta. ..

    -Lo haré, lo haré. Ya verás cómo todo saldrá bien..

    El hombre y la mujer se miraron en silencio. La mujer se cubrió el rostro con las manos.. Pitó la locomotora. Sonó la campana de la estación. El ruido de los frenos al aflojarse pareci6 extender el tren, desperezarlo antes de emprender la marcha.

    -¡No llores, María! -gritó el hombre-. Todo saldrá bien.

    -Siéntate, Juan, -dijo la mujer confundida por sus lágrimas.-Siéntate, Juan -y en los quiebros de su voz había ternura, amor, miedo y soledad.

    El tren se puso en marcha. Las manos  de la mujer revolotearon en la despedida. Las arrugas y el llanto habían terminado de borrar las facciones.  

    -Adiós, María.

    Las manos de la mujer respondían al adi6s y todo lo demás era reconcentrado silencio. El hombre se volvi6. El tren rebasó e1 tinglado del almacén y entró en los campos.

    -Siéntese aquí, abuelo -dijo el hombre de la bota, levantándose.

    La mujer mayor estir6 las piernas. La joven baj6 la cortina le hule. El hombre que había hablado de la guerra sac6 una petaca oscura, grande, hinchada y suave como una ubre.

    -Tome usted, abuelo. La mujer mayor se abanic6 de nuevo con la revista cinematográfica y preguntó con inseguridad.

    -¿Las cosechas son buenas este año? El hombre que no había hablado a las mujeres, que solamente había participado de la invitación al vino y de las hablas del campo, mir6 fijamente al anciano, y su mirada era solidaria y amiga. La joven decidió los prólogos de la intimidad compartida.

    -¿Va usted a que le operen? Entonces el anciano bebi6 de la bota, aceptó el tabaco y comenz6 a contar. Sus palabras acompañaban a los campos.

    -La enfermedad..., la labor..., la tierra..., la falta de dinero...; la enfermedad:.., la labor , la tierra...; la enfermedad..., a labor...; la enfermedad... La primera vez, la primera vez que María y yo nos separamos...

    Sus años se sucedían monótonos como un traqueteo.

 

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HASTA QUE LLEGAN LAS DOCE

   A las doce menas cuarto

del mediodía de ayer se derrumbó

una casa en construcción. (De los periódicos.)

 

   Hacía daño respirar. Las sirenas de las fábricas se clavaban en el costado blanco de la mañana. Pasaron hacia los vertederos los carros de la basura. Pedro Sánchez se sopló los dedos.

    Despertó Antonia Puerto; lloraba el pequeño. Antonia abrió la ventana un poquito y entró el frío como un pájaro, dando vueltas a la habitación. Tosió el pequeño. Antonia cerró y el frío se fue haciendo chiquito, hasta desaparecer. También se despertó Juan, con ojos de liebre asustada; dio una vuelta en la cama y desveló a su hermano mayor.

    Antonia cerró la ventana. La habitación olía pesadamente. Pasó los dedos, con las yemas duras, por el cristal con postillas de hielo. Tenía un sabor agrio en la boca que le producía una muela careada. Miró la calle, con los charcos helados y los montones de grava duros e hilvanados de escarcha. Oyó a su hijo pequeño llorar. Pedro se había marchado al trabajo. Llevaban diez años casados. Un hijo; cada dos años, un hijo. El primero nació muerto y ya no lo recordaba; no tenía tiempo. Después llegaron Luis, Juan, y el pequeño. Para el verano esperaba otro. Pedro trabajaba en la construcción; tuvo mejor trabajo, pero ya se sabe: las cosas... No ganaba mucho y había que ayudarse. Para eso estaba ella, además de para renegar y poner orden en la casa. Antonia hacía camisas del Ejército.

    El pequeño lloraba y despertó a sus hermanos. Luis, el mayor, saltó de la cama en camisa y apresuradamente se puso los pantalones. Juan se quedó jugando con las rodillas a hacer montañas y organizar cataclismos.

    La orografía de las mantas le hacía soñar; inventaba paisajes, imaginaba ríos en los que pudiera pescar, piedra a piedra, por supuesto, cangrejos. Cangrejos y arroz, porque esto era lo mejor de las excursiones domingueras del verano.

    Luis ya se había lavado y el pequeño no lloraba. Entró una vecina a pedir un poco de leche - en su casa se cortó inexplicablemente -. Antonia se la dio. La vecina, con un brazo cruzado sobre el pecho y con el otro recogido, sosteniendo un cazo abollado, comenzó a hablar. A Juan le llegaban las voces muy confusas. La vecina decía:

    -Los chicos, al nacer, tienen los huesos así... Después tienen que crecer por los dos lados para que vuelvan a su ser... Si crecen sólo por uno...

    -¡Juan!

    La voz de la madre le sobresaltó. Todavía intentó soñar.

    -Ya voy.

    -Levántate o te ganas una tunda.

    Juan no tuvo más remedio: se levantó. La habitación estaba pegada a la cocina. En la habitación se estaba bien, pero luego de haber ido a la cocina no se podía volver: se comenzaba a tiritar.

    Juan cogió el orinal. La voz de la madre le llegó con otra nueva amenaza.

    -Cochino. Vete al water.

    No quería ir al retrete porque hacía mucho frío, pero fue; el retrete estaba en el patio. Al volver se había marchado la vecina. La madre le agarró del pescuezo y le arrastró a la fregadera;

    -i A ver cuándo aprendes a lavarte solo! Por fin desayunó.

    Con la tripa caliente salió al patio. Sus amigos estaban jugando con unas escobas a barrenderos de jardines. Trazaban medios círculos y se acompañaban con onomatopeyas. Estuvo un rato mirándoles con las manos en los bolsillos. Estuvo mirándoles con desprecio. Se puso un momento a la pata coja para rascarse un tobillo. Sin embargo, no sacó la mano izquierda del pantalón. A poco bajó su hermano Luis a un recado. Decidió acompañarle.

    Daba gusto subir a los montones de grava. Pararse a mirar un charco y romper el hielo con el tacón. Recoger una caja de cerillas vacía o un simple, triste y húmedo papel. Antonia trabajaba junto a la ventana sentada en una silla ancha y pequeña. La luz del patio es amarga; es una luz prisionera, una luz que hace bajar mucho la cabeza para coser. En el fogón una olla tiembla. Antonia deja la camisa sobre las rodillas y abulta la mejilla con la lengua, tanteando la muela. Hasta las diez no vuelven los chiquillos, porque se han entretenido o tal vez porque prefieren el frío de la calle al encierro de la casa. Antonia les insulta con voz áspera y tierna. Luis está convicto de su falta. Juan saca los labios bembones.

    -Y tú no te hagas el sueco, Juan. No seas cínico.

    Luego Antonia comienza un monólogo - siempre el mismo -que la descansa. Los chicos están parados observando a su madre, hasta que los larga a la calle.

    -Podéis iros, aquí no pintáis nada.

    Juan camina lentamente hacia la puerta, la entreabre. Está a punto de saltar a la libertad cuando la madre le llama:

    -No corras mucho; puedes sudar y enfriarte, y, ¡ya sabes!, al hospital, porque aquí no queremos enfermos.

    Las dos amenazas que usa, sin resultado alguno, con sus hijos, son el hospital y el hospicio. Cuando no los conmueve a primera vista echa mano del padre:

    -Se lo diré a tu padre; él te arreglará... Cuando vuelva, tu padre te ajustará las cuentas... Si lo vuelves a hacer, ya verás a las doce la que te espera.

    Juan siente escalofríos por la espalda cuando le amenazan con su padre. Llegará cansado y si le pega le pegará aburrida y serenamente. Está seguro que le pegará sin darle importancia. No como la madre, que lo hace a conciencia y entre gritos.

    Un rayo de sol dora las fachadas, ahora que la niebla alta se ha despejado. Los gorriones se hinchan como los papos de un niño reteniendo el aire. Un perro se estira al sol con la lengua fuera. El caballo de la tartana del lechero pega con los cascos en el suelo y mueve las orejas. La mañana bosteza de felicidad.

    Juan se mete en un solar a vagabundear. Silba y tira piedras.

    Los cristales de la casa de enfrente son de un color sanguinolento, tal que el agua cuando se lava las narices ensangrentadas por haberse hurgado mucho. Las paredes de la casa contigua al solar son grises, como cuando se pone la huella del dedo untado de saliva en el tabique blanqueado. Juan sí que sabe buscar caras de payasos en las manchas de las paredes. Recuerda algún catarro en el que el único entretenimiento eran las caras de la pared.

    Antonia se asoma y grita:

    -Juan, sube.

    -Ya voy, madre.

     Pero Juan, el soñador Juan, se retrasa buscando no sabe qué.

    Al fin alcanza el portal y sube. La madre, sencillamente, dice:

    -Coge eso y llévalo al tendero. Ya pasaré yo. En cuanto a lo que hagas, puedes seguir; no te vaya decir nada.

     La madre ensaya un bello gesto de ironía:

    -Hasta que lleguen las doce te queda tiempo; puedes hacer lo que quieras.

    Luis está sentado con el hermano pequeño en brazos. Luis sonríe porque siente que están premiando su virtud. Juan se asusta. Hace muchos días que no le decían esto. Sí, ahora Juan puede hacer lo que quiera, pero por muy poco tiempo: una hora, hora y cuarto todo lo más, si el padre se para a tomar un vaso con sus amigos. Pero le parece difícil; es viernes, y los viernes ni hay vino para su padre ni mucha comida para ellos. Ha tenido mala suerte. Juan no entiende de reloj. Cuando llega a la tienda con el capazo de su madre, pregunta al dueño:

    -Por favor, ¿me dice qué hora es?

    -Las once y diez, chico.

    -Mi madre, que luego pasará.

    -Bien, chico. Toma unas almendras.

    El tendero es bueno y da almendras a los hijos de sus clientes. Juan balbucea las gracias y sale. Hoy no le interesan mucho las almendras. Las mete en un bolsillo y se dedica a ronzar una, mientras cavila en lo pronto que llegarán las doce.

    Juan se sienta en el umbral de su casa a meditar lo que puede hacer. Puede hacer: volver al solar a buscar; subir a casa y pedir perdón; llegarse hasta la esquina y ver cómo trabajan unos hombres haciendo una zanja; subir a casa y acurrucarse en un rincón a esperar; entretenerse en el patio y dar voces para que su madre lo sienta cerca y juzgue que es bueno. Sí; esto último es lo que tiene que hacer.

    En el patio juegan con un cajón los que antes jugaban a barrenderos.

    Juan se les queda mirando con un gesto de súplica en los ojos. Uno de ellos,  sudoroso, jadeante, se vuelve a él y le pregunta:

   -¿Quieres jugar¿

     -Bueno.

    Juan reparte las almendras generosamente. Antonia Puerto sigue cosiendo. De vez en cuando se levanta a atender la cocina. La olla continúa temblando y gimiendo. Indefectiblemente, al quitarle la tapa se quema los dedos. Tiene que cogerla con el delantal. Luis le ayuda; el pequeño balbucea. De abajo le llegan las voces de Juan; enternecida, se asoma a la ventana.

    Juan se vuelve en aquel momento y sorprende a su madre. A las doce menos cuarto Juan ha ganado.

    Una vecina entra de la calle y cruza el patio con rapidez. Al ver a Juan le pregunta:

   -¿Está tu madre?

    El chico asiente con la cabeza y echa tras de ella. Cuando llegan a su piso la vecina llama con los nudillos, nerviosa, rápida, telegráficamente. Es como un extraño SOS. Esta llamada de timbre, de nudillos, de aldaba, que hace a los habitantes de una casa salir velozmente con el corazón en un puño. Aparece Antonia Puerto.

    -¿Qué ha pasado, Carmen? .

    -Ahora te lo digo. Pasa, Juan. Que tienes que ir al teléfono.Te llama el capataz de la obra. A tu Pedro le ha pasado algo.

    Quitándose el delantal, Antonia se abalanza escaleras abajo. .

    -Cuídate de esos.

    -No te preocupes.

    Juan lo ha oído todo y empieza a llorar ruidosamente. Luis, asustado, le imita. la vecina coge al pequeño en brazos e intenta calmarlos. La vecina ha cerrado la puerta.

    Antonia entra en la tienda donde está el único teléfono de la calle. No acierta a hablar:

    -Sí..., yo... ¿Ha sido mucho?.. Ahora mismo.

    El sol entra por el escaparate reflejando el rojo color de un queso de bola sobre el mármol del mostrador.

    Las sirenas de las fábricas se levantan al cielo puro, transparente del mediodía. Han llegado las doce.

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