Bajo este nombre se agrupan las obras
que, como rey de Castilla y León, promoviera Alfonso X el Sabio.
Éstas son muchas y pertenencen a muy diversos géneros.
Las más importantes son:
La llegada de Sancho IV (hijo menor
de Alfonso X) al trono estuvo motivada, en parte, por el rechazo de un
sector de la alta sociedad castellana a la política de Alfonso X
y a su admiración por la cultura árabe y judía.
Por ello, Sancho IV reaccionará contra estas tendencias, apoyado
por su mujer, María de Molina. Esta actitud ortodoxa, acorde con
el cristianismo y la moral conservadora se conoce como molinismo.
Sancho IV
Su época fue casi tan activa en la composición
de libros como la de su padre. Así, además del libro
Castigos y documentos del rey don Sancho
(colección de sentencias e historias para la educación
del príncipe heredero), promueve la traducción de dos
grandes enciclopedias: el
Libro del
Tesoro, versión casi literal de
Li livres dou tresor, de Brunetto
Latini y el
Lucidario,
traducción muy libremente del
Elucidarius
de Honorio de Autun.
Otras muy importantes de este período son la
Gran conquista de Ultramar
(historia novelesca de las Cruzadas) y, sobre todo, el
Libro del cavallero
Çifar, primer libro de caballerías
hispánico.
Su elaboración comienza en tiempo de Sancho IV y su estructura
se enriquece a lo largo del siglo XIV. Comienza como una
adaptación de la vida de san Eustaquio, sobre la que se
ensamblan diversos elementos. La redacción que nos ha llegado se
compone de dos prólogos y cuatro partes. Las dos primeras partes
–“El caballero de Dios” y “El rey de
Mentón”- siguen una historia de separación y
encuentro de los miembros de una familia. En ellas se entretejen
colecciones de ejemplos y sentencias. La tercera parte, titulada
“Castigos del rey de Mentón”, recoge los consejos
que Zifar –ya rey de Mentón- da a sus hijos Garfin y
Roboán. La cuarta narra la historia de Roboán desde que
abandona el reino de Mentón (como hijo menor sus expectativas en
él son mínimas) hasta que consigue ser coronado
emperador.
El infante don Juan
Manuel (1282-1348)
Sobrino de Alonso X, es el prosista de más personalidad en este
siglo.
Su primer libro debió escribirlo entre 1320 y 1324: es la
Crónica abreviada, resumen
de una de las derivadas de Alfonso X.
El
Libro de los estados, escrito entre 1327 y 1332, es un desahogo
de sus preocupaciones y amarguras. En él expone la realidad
política y social de su tiempo.
Su obra más conocida es el
Libro de los
enxiemplos del Conde Lucanor e de Patronio, compuesto en
1335. Consta de dos prólogos y cinco partes, la primera de las
cuales es la más célebre por sus cincuenta y un ejemplos
o cuentos, tomados de fuentes diversas: árabes, latinas o de
crónicas castellanas.
Todas las narraciones de esta primera
parte tienen la misma estructura:
- Introducción: El Conde Lucanor tiene un problema y le pide
consejo a Patronio.
- Núcleo: Patronio cuenta un cuento que se asemeja al
problema planteado.
- Aplicación: Patronio aconseja la manera adecuada de
solucionar el problema, en relación con el cuento narrado.
- Moraleja: Se termina con dos versos en los que el autor resume la
enseñanza de la narración.
Pedro López de
Ayala (1332-1407)
A este
canciller de Castilla debemos la
Crónica del rey don Pedro, a
la que siguieron las de Enrique II, Juan I y Enrique III. Son unas
narraciones que presentan personajes y situaciones vividas por
él, con puntos de vista y justificaciones de su actitud no
siempre clara.
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La prosa en el siglo
XV
- En la prosa doctrinal
destaca un tratado de Alfonso Martínez de Toledo (1398-1468),
capellán de Juan II y de Enrique IV, titulado Arcipreste de Talavera o Corbacho. Presenta cuatro partes:
la primera se centra en una reprobación del amor mundano. La
segunda ofrece como exempla estampas que imitan la realidad cotidiana y
atraen por su frescura y costumbrismo. La tercera parte expone los
tipos de hombres y prueba su tendencia a la lujuria, para concluir en
una cuarta parte, que combate las creencias en hados y fortunas.
- De entre los diferentes géneros, uno de los más
populares fue el de los libros de
caballerías, cuya cima en castellano es el Amadís de Gaula, de Garci
Rodríguez de Montalvo y en valenciano el Tirant lo Blanc. A imitación
de los libros artúricos, presenta una serie de aventuras
caballerescas con magos, brujos, monstruos, islas desiertas y
amoríos.
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TEXTOS
Infante don Juan
Manuel, Conde Lucanor. Cuento XLVI
Lo que sucedió a un
filósofo que por casualidad entró en una calle donde
vivían malas mujeres
Otra vez hablaba el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, de este
modo:
-Patronio, vos sabéis que una de las cosas de este mundo por la
que más debemos esforzarnos es por alcanzar buena fama y
conservarla intacta. Como sé que en esto y en otras tantas cosas
nadie me podrá aconsejar mejor que vos, os ruego que me
digáis cómo podré acrecentar y guardar mi fama.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, mucho me agrada lo que
decís. Para que podáis hacer en esto lo mejor, me
gustaría que supierais cuanto ocurrió a un gran
filósofo, que era muy anciano.
El señor conde le preguntó lo que le había
ocurrido.
-Señor conde -dijo Patronio-, un gran filósofo, que
vivía en una ciudad del reino de Marruecos, padecía una
molesta enfermedad, pues sólo podía obrar con dolor, con
pena y muy despacio.
»Para librarlo de las molestias que padecía, le
habían mandado los médicos que, siempre que lo
necesitara, obrase en seguida, sin dejarlo para más tarde, pues
pensaban que, cuanto más lo dejase, las heces se pondrían
más secas y duras, con el consiguiente daño y perjuicio
para su salud. Siguiendo el consejo de sus médicos, obraba como
os digo y sentía cierto alivio.
»Sucedió que un día, yendo por una calle de aquella
ciudad, en la que tenía muchos discípulos que
seguían sus enseñanzas, le vinieron ganas de obrar como
os he contado. Para hacer lo que sus médicos le aconsejaban y
que tan buenos resultados le daba, se metió en una callejuela
para hacer lo excusado.
»Dio la casualidad de que en aquella calleja vivían las
mujeres de vida pública, que si hacen daño a su cuerpo
también deshonran su alma. Pero el filósofo nada
sabía de que aquellas mujeres vivieran allí. Por la clase
de enfermedad que padecía, por el tiempo que permaneció
en aquel lugar y por el aspecto que ofrecía al salir de la
calleja, aunque ignoraba quiénes vivían
allí, todos pensaron que había ido allí para hacer
algo impropio de lo que debe hacerse y de lo que hasta entonces
había hecho. Si alguna persona respetable hace alguna cosa que
merece censura y crítica, por pequeña que sea, a todos
les parece peor y da más que hablar que cuando se trata de
alguien que hace públicamente cosas peores; así, a este
filósofo comenzaron a criticarlo y a hablar mal de él,
pues, siendo tan anciano y aparentando tanta virtud, había
visitado un lugar como aquel, tan dañino para su cuerpo, para su
alma y para su propia fama.
»Cuando llegó a su casa, vinieron a él sus
discípulos que, con mucha pena y pesar, le dijeron qué
desgracia o pecado había sido aquel por el cual se había
desprestigiado a sí mismo y a ellos, sus discípulos, a la
vez que había perdido la fama que hasta entonces había
conservado sin mancha alguna.
»El filósofo, al oírles hablar así, se
asombró mucho y les preguntó por qué decían
aquello, o qué falta había cometido, pues no sabía
de qué le estaban hablando. Ellos le contestaron que no
debía disimular, pues no quedaba nadie de la ciudad que no
comentara su mala acción al visitar la calleja donde
vivían las malas mujeres.
»Cuando el sabio escuchó esta explicación,
sintió gran pesar, pero les pidió que no se lamentaran,
pues de allí a ocho días les podría dar una
respuesta.
»Se retiró luego a su estudio, donde escribió un
libro, corto pero muy bueno y provechoso. Amén de otras cosas
buenas que tiene, como si mantuviera una conversación con sus
discípulos sobre la buena y mala ventura, les dice así:
»"Hijos, con la buena y la mala suerte sucede así: a veces
se la busca y se la encuentra, aunque a veces es encontrada sin
buscarla. La buscada y hallada es cuando un hombre hace buenas
acciones, gracias a las cuales consigue alguna felicidad; eso mismo
ocurre cuando por sus malas obras le sucede alguna desgracia. Esta es
la suerte, buena o mala, hallada y buscada por el hombre, pues hace
cuanto puede para que le venga el bien o el mal que busca.
»"Igualmente, la hallada y no buscada es cuando a un hombre, sin
hacer nada para ello, le sucede alguna cosa buena o algún bien;
por ejemplo, un hombre que vaya por el campo y encuentre un gran tesoro
o cualquier cosa de gran valor sin haberse esforzado en buscarlo. Eso
mismo ocurre cuando a un hombre, sin haberlo merecido, le sobreviene
alguna cosa mala o alguna desgracia; es como si un hombre fuera
caminando por la calle y le cayera una piedra que otro lanzó
contra un pájaro que iba por el cielo. Esta es la mala ventura
encontrada y no buscada, puesto que ese hombre nunca hizo nada para que
le ocurriera esa desgracia.
»"Hijos, debéis saber que en la buena o mala suerte
hallada y buscada se unen dos cosas: que el hombre se ayude a sí
mismo, haciendo el bien para lograr el bien y obrando mal si es esto lo
que busca; además, merecerá el premio o el castigo de
Dios según sus obras sean buenas o malas. Igualmente, en la
suerte buena o mala, hallada y no buscada, se necesitan otras dos
cosas: que el hombre evite en cuanto le sea posible hacer el mal o
parecerlo, de donde le pueda venir alguna desgracia o mala fama y, en
segundo lugar, pedir y rogar a Dios que, pues Él procura alejar
de nosotros la desventura o la mala fama, también le ayude para
que no le sobrevenga alguna desgracia, como me ocurrió a
mí el otro día cuando entré en una calleja para
hacer lo que no se podía excusar por mi propia salud que, aunque
era algo inocente y de lo que no podía venirme mala fama, como
por desventura mía vivían allí aquellas mujeres,
aunque yo salía sin culpa, fui muy criticado y quedé
infamado".
»Vos, Conde Lucanor, si queréis mantener y acrecentar
vuestra fama y honra, debéis hacer tres cosas: la primera, muy
buenas obras que complazcan a Dios y, logrado esto, que,
después, en cuanto sea posible, agraden también a los
hombres, cuidando siempre vuestro estado y dignidad, pero sin olvidar
que, por muy buena fama que tengáis, podéis perderla si,
debiendo realizar buenas obras, hacéis las opuestas, porque
muchos hombres obraron bien durante cierto tiempo y, como
después se apartaron de ese camino, perdieron los méritos
conseguidos y acabaron de mala manera. La segunda cosa es rogar a Dios
para que os ilumine en la conservación y aumento de vuestra
fama, a la vez que aleje de vos la ocasión de perderla, por
obras o palabras vuestras. La tercera cosa es que ni de palabra ni de
obra hagáis nunca nada por lo que las gentes pongan en duda
vuestra fama, que siempre debéis guardar por encima de todo,
pues muchas veces los hombres hacen buenas acciones, pero, como
levantan sospechas y parecen malas, ante la opinión de las
gentes quedan como realmente malas. Tened presente siempre que en
asuntos tocantes a la fama tanto aprovecha o perjudica lo que opinan
las gentes como la propia verdad, aunque para Dios y para el alma
sólo cuentan las obras que el hombre hace, así como la
intención que guarda.
Al conde le pareció este cuento muy bueno y rogó a Dios
para que le permitiera hacer las obras necesarias para salvar su alma y
aumentar su fama, su honra y su estado.
Y como don Juan vio que el cuento era excelente, lo mandó
escribir en este libro e hizo unos versos que dicen así:
Haz
siempre el bien sin levantar recelos,
que así siempre tu fama se
extienda por los cielos.
Arcipreste de
Talavera, Corbacho. Segunda parte. Capítulo primero De los
vicios y tachas y malas condiciones de las perversas mujeres, y primero
digo de las avariciosas
(...)
Así la mujer piensa que no hay otro bien en el mundo sino haber,
tener y guardar y poseer, con solícita guarda condensar, lo
ajeno francamente despendiendo y lo suyo con mucha industria guardando.
Donde por experiencia verás que una mujer en comprar por una
blanca más se hará oír que un hombre en mil
maravedís. Ítem, por un huevo dará voces como loca
y henchirá a todos los de su casa de ponzoña:
«¿Qué se hizo este huevo? ¿quién lo
tomó? ¿quién lo llevó? ¿A dó
le este huevo? Aunque vieres que es blanco, quizá negro
será hoy este huevo. Puta, hija de puta, dime:
¿quién tomó este huevo? ¡Quién
comió este huevo comida sea de mala rabia: cámaras de
sangre, correncia mala le venga, amén! ¡Ay huevo
mío de dos yemas, que para echar vos guardaba yo! ¡Que de
uno o de dos haría yo una tortilla tan dorada que cumplía
mis vergüenzas. Y no vos enduraba yo comer, y comiovos ahora el
diablo! ¡Ay huevo mío, qué gallo y qué
gallina salieran de vos! Del gallo hiciera capón que me valiera
veinte maravedises, y la gallina catorce; o quizá la echara y me
sacara tantos pollos y pollas con que pudiera tanto multiplicar, que
fuera causa de sacarme el pie del lodo. Ahora estarme he como
desaventurada, pobre como solía. ¡Ay huevo mío, de
la meajuela redonda, de la cáscara tan gruesa!
¿Quién me vos comió? ¡Ay, puta Marica,
rostros de golosa, que tú me has lanzado por puertas! ¡Yo
te juro que los rostros te queme, doña vil, sucia, golosa!
¡Ay huevo mío! Y ¿qué será de
mí? ¡Ay, triste, desconsolada! ¡Jesús, amiga!
¿cómo no me fino ahora? ¡Ay, Virgen María!
¿cómo no revienta quien ve tal sobrevienta? ¡No ser
en mi casa mezquina señora de un huevo! ¡Maldita sea mi
ventura y mi vida sino estoy en punto de rascarme o de mesarme toda!
¡Ya, por Dios! ¡Guay de la que trae por la mañana el
salvado, la lumbre, y sus rostros quema soplando por encenderla, y
fuego hecho pone su caldera y calienta su agua, y hace sus salvados por
hacer gallinas ponedoras, y que, puesto el huevo, luego sea arrebatado!
¡Rabia, Señor, y dolor de corazón! Endúrolos
yo, cuitada, y paso como a Dios place y llévamelos al huerco.
¡Ya, Señor, y llévame de este mundo; que mi cuerpo
no guste más pesares ni mi ánima sienta tantas amarguras!
¡Ya, Señor, por el que tú eres, da espacio a mi
corazón con tantas angosturas como de cada día gusto!
¡Una muerte me valdría más que tantas, ya por
Dios!».
(...)
Esto y otras cosas hace la mujer por una nada. (...) Y si alguno se lo
retrae, responde: «Pues hago como las otras». Y bien dice
verdad; que ya la mujer del menestral, si ve la mujer del caballero de
nuevas guisas arreada, aunque no tenga qué comer, cayendo o
levantando, ella así ha de hacer o morir. No son sino como
monicas: cuanto ven tanto quieren hacer. «¿Viste Fulana,
la mujer de Fulano, la vecina, cómo iba el domingo pasado? Pues
¡quemada sea si este otro domingo otro tanto no llevo yo, y aun
mejor!». Cuántas ropas visten las otras, de qué
paño, qué color, qué arreos, qué cosas
traen consigo: yo te digo, que tanto paran mientes en estas cosas que
no se les olvidan después. «Fulana llevaba esto; Zutana
vestía esto». Por cuanto en aquello ponen su
corazón y voluntad, mas no en el provecho de su casa, estado y
honra, sino en vanidades y locuras y en cosas de poca pro. Y si el
marido con menester empeña alguna aljuba o manto de ella, o
cinta u otra alhaja, aquí son los llantos, aquí son los
gemidos, los rezongos, los zaheríos, lágrimas y
maldiciones, diciendo: «¡Ay sin ventura de mí! no
hube yo ventura como mi vecina; que en lugar de medrar desmedro; en
lugar de hacerme paños nuevos, empeñásteme estos
cautivos que en la boda me distes, y tales cuales ellos son.
¿Esto esperaba yo medrar convusco? ¿Así medran las
otras? ¿Así van adelante? ¡En buena fe de esta casa
nunca salga -y ¿para qué?- que hayan qué decir! Ya
no tengo con qué salir. ¡Ay triste de mí!
¡Pues tomadlo todo! ¡Tomad eso otro que queda;
empeñadlo todo; vendedlo todo! Y después siquiera
esté yo emparedada y nunca salga; que vos por esto lo
habéis. Pues, yo vos hartaré; yo vos contentaré;
que yo vos prometo que por aquella puerta no me veáis salir
más. Yo sé qué digo: séame Dios
testigo», etc. Luego amenazan -ya se vos entiende con qué-
nunca hacen buena cara, ni buen cocinado: mal cocho, peor asado, y
maldiciones abondo. Pero si el cuitado de marido, padre o amigo no lo
puede ganar, a su oficio no se corre, y para mantener a ella ha
menester algunos dineros, y empeña sus balandranes, su espada,
sus armas, el jubón, las botas, hasta las mezquinas; o vende su
casa, viña o campo o heredad: allí no dan voces, no hay
maldiciones, lágrimas ni gemidos. Empero lo suyo y de su ajuar y
dote sea bien guardado y no se lleguen a ello. Lo del cuitado vaya y
venga, que hilando ella lo reparará con la rueca o el torno.