LA PROSA MEDIEVAL






 

De los orígenes a Alfonso X el Sabio

Los primeros testimonios de la prosa española se dan en el siglo X, cuando un monje del monasterio de San Millán de la Cogolla copia, en un libro escrito en latín, una breve oración.   Esta es la primera vez que el castellano va más allá de palabras aisladas y compone una frase con sentido. Por encontrarse en libros del Monasterio de San Millán de la Cogolla se llaman glosas emilianenses.

Posteriormente, los intereses literarios se proyectarían sobre temas históricos o religiosos. Entre los históricos, destacan los Anales toledanos, escueta relación de acontecimientos asociados a cada año. Los religiosos se relacionan con el problema judío español. Encontramos opúsculos polémicos, como la Disputa entre un cristiano y un judío o las Biblias romanceadas.

Ya en el siglo XIII se traducen del árabe las dos primeras colecciones de cuentos:

La literatura alfonsí

Bajo este nombre se agrupan las obras que, como rey de Castilla y León, promoviera Alfonso X el Sabio. Éstas son muchas y pertenencen a muy diversos géneros. Las más importantes son:

De Sancho IV a López de Ayala: la época de Don Juan Manuel

La llegada de Sancho IV (hijo menor de Alfonso X) al trono estuvo motivada, en parte, por el rechazo de un sector de la alta sociedad castellana a la política de Alfonso X y a su admiración por la cultura árabe y judía. Por ello, Sancho IV reaccionará contra estas tendencias, apoyado por su mujer, María de Molina. Esta actitud ortodoxa, acorde con el cristianismo y la moral conservadora se conoce como molinismo.

Sancho IV


Su época fue casi tan activa en la composición de libros como la de su padre. Así, además del libro Castigos y documentos del rey don Sancho (colección de sentencias e historias para la educación del príncipe heredero), promueve la traducción de dos grandes enciclopedias: el Libro del Tesoro, versión casi literal de Li livres dou tresor, de Brunetto Latini y el Lucidario, traducción muy libremente del Elucidarius de Honorio de Autun.

Otras muy importantes de este período son la Gran conquista de Ultramar (historia novelesca de las Cruzadas) y, sobre todo, el Libro del cavallero Çifar, primer libro de caballerías hispánico.

Su elaboración comienza en tiempo de Sancho IV y su estructura se enriquece a lo largo del siglo XIV. Comienza como una adaptación de la vida de san Eustaquio, sobre la que se ensamblan diversos elementos. La redacción que nos ha llegado se compone de dos prólogos y cuatro partes. Las dos primeras partes –“El caballero de Dios” y “El rey de Mentón”- siguen una historia de separación y encuentro de los miembros de una familia. En ellas se entretejen colecciones de ejemplos y sentencias. La tercera parte, titulada “Castigos del rey de Mentón”, recoge los consejos que Zifar –ya rey de Mentón- da a sus hijos Garfin y Roboán. La cuarta narra la historia de Roboán desde que abandona el reino de Mentón (como hijo menor sus expectativas en él son mínimas) hasta que consigue ser coronado emperador.

El infante don Juan Manuel (1282-1348)


Sobrino de Alonso X, es el prosista de más personalidad en este siglo.

Su primer libro debió escribirlo entre 1320 y 1324: es la Crónica abreviada, resumen de una de las derivadas de Alfonso X. El Libro de los estados, escrito entre 1327 y 1332, es un desahogo de sus preocupaciones y amarguras. En él expone la realidad política y social de su tiempo.

Su obra más conocida es el Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor e de Patronio, compuesto en 1335. Consta de dos prólogos y cinco partes, la primera de las cuales es la más célebre por sus cincuenta y un ejemplos o cuentos, tomados de fuentes diversas: árabes, latinas o de crónicas castellanas.
 
Todas las narraciones de esta primera parte tienen la misma estructura:

Pedro López de Ayala (1332-1407)

A este canciller de Castilla debemos la Crónica del rey don Pedro, a la que siguieron las de Enrique II, Juan I y Enrique III. Son unas narraciones que presentan personajes y situaciones vividas por él, con puntos de vista y justificaciones de su actitud no siempre clara.


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La prosa en el siglo XV


 
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TEXTOS

Infante don Juan Manuel, Conde Lucanor. Cuento XLVI


Lo que sucedió a un filósofo que por casualidad entró en una calle donde vivían malas mujeres

Otra vez hablaba el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, de este modo:

-Patronio, vos sabéis que una de las cosas de este mundo por la que más debemos esforzarnos es por alcanzar buena fama y conservarla intacta. Como sé que en esto y en otras tantas cosas nadie me podrá aconsejar mejor que vos, os ruego que me digáis cómo podré acrecentar y guardar mi fama.

-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, mucho me agrada lo que decís. Para que podáis hacer en esto lo mejor, me gustaría que supierais cuanto ocurrió a un gran filósofo, que era muy anciano.

El señor conde le preguntó lo que le había ocurrido.

-Señor conde -dijo Patronio-, un gran filósofo, que vivía en una ciudad del reino de Marruecos, padecía una molesta enfermedad, pues sólo podía obrar con dolor, con pena y muy despacio.

»Para librarlo de las molestias que padecía, le habían mandado los médicos que, siempre que lo necesitara, obrase en seguida, sin dejarlo para más tarde, pues pensaban que, cuanto más lo dejase, las heces se pondrían más secas y duras, con el consiguiente daño y perjuicio para su salud. Siguiendo el consejo de sus médicos, obraba como os digo y sentía cierto alivio.

»Sucedió que un día, yendo por una calle de aquella ciudad, en la que tenía muchos discípulos que seguían sus enseñanzas, le vinieron ganas de obrar como os he contado. Para hacer lo que sus médicos le aconsejaban y que tan buenos resultados le daba, se metió en una callejuela para hacer lo excusado.

»Dio la casualidad de que en aquella calleja vivían las mujeres de vida pública, que si hacen daño a su cuerpo también deshonran su alma. Pero el filósofo nada sabía de que aquellas mujeres vivieran allí. Por la clase de enfermedad que padecía, por el tiempo que permaneció en aquel lugar y por el aspecto que ofrecía al salir de la calleja, aunque ignoraba quiénes vivían  allí, todos pensaron que había ido allí para hacer algo impropio de lo que debe hacerse y de lo que hasta entonces había hecho. Si alguna persona respetable hace alguna cosa que merece censura y crítica, por pequeña que sea, a todos les parece peor y da más que hablar que cuando se trata de alguien que hace públicamente cosas peores; así, a este filósofo comenzaron a criticarlo y a hablar mal de él, pues, siendo tan anciano y aparentando tanta virtud, había visitado un lugar como aquel, tan dañino para su cuerpo, para su alma y para su propia fama.

»Cuando llegó a su casa, vinieron a él sus discípulos que, con mucha pena y pesar, le dijeron qué desgracia o pecado había sido aquel por el cual se había desprestigiado a sí mismo y a ellos, sus discípulos, a la vez que había perdido la fama que hasta entonces había conservado sin mancha alguna.

»El filósofo, al oírles hablar así, se asombró mucho y les preguntó por qué decían aquello, o qué falta había cometido, pues no sabía de qué le estaban hablando. Ellos le contestaron que no debía disimular, pues no quedaba nadie de la ciudad que no comentara su mala acción al visitar la calleja donde vivían las malas mujeres.

»Cuando el sabio escuchó esta explicación, sintió gran pesar, pero les pidió que no se lamentaran, pues de allí a ocho días les podría dar una respuesta.

»Se retiró luego a su estudio, donde escribió un libro, corto pero muy bueno y provechoso. Amén de otras cosas buenas que tiene, como si mantuviera una conversación con sus discípulos sobre la buena y mala ventura, les dice así:

»"Hijos, con la buena y la mala suerte sucede así: a veces se la busca y se la encuentra, aunque a veces es encontrada sin buscarla. La buscada y hallada es cuando un hombre hace buenas acciones, gracias a las cuales consigue alguna felicidad; eso mismo ocurre cuando por sus malas obras le sucede alguna desgracia. Esta es la suerte, buena o mala, hallada y buscada por el hombre, pues hace cuanto puede para que le venga el bien o el mal que busca.

»"Igualmente, la hallada y no buscada es cuando a un hombre, sin hacer nada para ello, le sucede alguna cosa buena o algún bien; por ejemplo, un hombre que vaya por el campo y encuentre un gran tesoro o cualquier cosa de gran valor sin haberse esforzado en buscarlo. Eso mismo ocurre cuando a un hombre, sin haberlo merecido, le sobreviene alguna cosa mala o alguna desgracia; es como si un hombre fuera caminando por la calle y le cayera una piedra que otro lanzó contra un pájaro que iba por el cielo. Esta es la mala ventura encontrada y no buscada, puesto que ese hombre nunca hizo nada para que le ocurriera esa desgracia.

»"Hijos, debéis saber que en la buena o mala suerte hallada y buscada se unen dos cosas: que el hombre se ayude a sí mismo, haciendo el bien para lograr el bien y obrando mal si es esto lo que busca; además, merecerá el premio o el castigo de Dios según sus obras sean buenas o malas. Igualmente, en la suerte buena o mala, hallada y no buscada, se necesitan otras dos cosas: que el hombre evite en cuanto le sea posible hacer el mal o parecerlo, de donde le pueda venir alguna desgracia o mala fama y, en segundo lugar, pedir y rogar a Dios que, pues Él procura alejar de nosotros la desventura o la mala fama, también le ayude para que no le sobrevenga alguna desgracia, como me ocurrió a mí el otro día cuando entré en una calleja para hacer lo que no se podía excusar por mi propia salud que, aunque era algo inocente y de lo que no podía venirme mala fama, como por desventura mía vivían allí aquellas mujeres, aunque yo salía sin culpa, fui muy criticado y quedé infamado".

»Vos, Conde Lucanor, si queréis mantener y acrecentar vuestra fama y honra, debéis hacer tres cosas: la primera, muy buenas obras que complazcan a Dios y, logrado esto, que, después, en cuanto sea posible, agraden también a los hombres, cuidando siempre vuestro estado y dignidad, pero sin olvidar que, por muy buena fama que tengáis, podéis perderla si, debiendo realizar buenas obras, hacéis las opuestas, porque muchos hombres obraron bien durante cierto tiempo y, como después se apartaron de ese camino, perdieron los méritos conseguidos y acabaron de mala manera. La segunda cosa es rogar a Dios para que os ilumine en la conservación y aumento de vuestra fama, a la vez que aleje de vos la ocasión de perderla, por obras o palabras vuestras. La tercera cosa es que ni de palabra ni de obra hagáis nunca nada por lo que las gentes pongan en duda vuestra fama, que siempre debéis guardar por encima de todo, pues muchas veces los hombres hacen buenas acciones, pero, como levantan sospechas y parecen malas, ante la opinión de las gentes quedan como realmente malas. Tened presente siempre que en asuntos tocantes a la fama tanto aprovecha o perjudica lo que opinan las gentes como la propia verdad, aunque para Dios y para el alma sólo cuentan las obras que el hombre hace, así como la intención que guarda.

Al conde le pareció este cuento muy bueno y rogó a Dios para que le permitiera hacer las obras necesarias para salvar su alma y aumentar su fama, su honra y su estado.

Y como don Juan vio que el cuento era excelente, lo mandó escribir en este libro e hizo unos versos que dicen así:

Haz siempre el bien sin levantar recelos,
que así siempre tu fama se extienda por los cielos.

 

Arcipreste de Talavera, Corbacho. Segunda parte. Capítulo primero De los vicios y tachas y malas condiciones de las perversas mujeres, y primero digo de las avariciosas


(...)

Así la mujer piensa que no hay otro bien en el mundo sino haber, tener y guardar y poseer, con solícita guarda condensar, lo ajeno francamente despendiendo y lo suyo con mucha industria guardando. Donde por experiencia verás que una mujer en comprar por una blanca más se hará oír que un hombre en mil maravedís. Ítem, por un huevo dará voces como loca y henchirá a todos los de su casa de ponzoña: «¿Qué se hizo este huevo? ¿quién lo tomó? ¿quién lo llevó? ¿A dó le este huevo? Aunque vieres que es blanco, quizá negro será hoy este huevo. Puta, hija de puta, dime: ¿quién tomó este huevo? ¡Quién comió este huevo comida sea de mala rabia: cámaras de sangre, correncia mala le venga, amén! ¡Ay huevo mío de dos yemas, que para echar vos guardaba yo! ¡Que de uno o de dos haría yo una tortilla tan dorada que cumplía mis vergüenzas. Y no vos enduraba yo comer, y comiovos ahora el diablo! ¡Ay huevo mío, qué gallo y qué gallina salieran de vos! Del gallo hiciera capón que me valiera veinte maravedises, y la gallina catorce; o quizá la echara y me sacara tantos pollos y pollas con que pudiera tanto multiplicar, que fuera causa de sacarme el pie del lodo. Ahora estarme he como desaventurada, pobre como solía. ¡Ay huevo mío, de la meajuela redonda, de la cáscara tan gruesa! ¿Quién me vos comió? ¡Ay, puta Marica, rostros de golosa, que tú me has lanzado por puertas! ¡Yo te juro que los rostros te queme, doña vil, sucia, golosa! ¡Ay huevo mío! Y ¿qué será de mí? ¡Ay, triste, desconsolada! ¡Jesús, amiga! ¿cómo no me fino ahora? ¡Ay, Virgen María! ¿cómo no revienta quien ve tal sobrevienta? ¡No ser en mi casa mezquina señora de un huevo! ¡Maldita sea mi ventura y mi vida sino estoy en punto de rascarme o de mesarme toda! ¡Ya, por Dios! ¡Guay de la que trae por la mañana el salvado, la lumbre, y sus rostros quema soplando por encenderla, y fuego hecho pone su caldera y calienta su agua, y hace sus salvados por hacer gallinas ponedoras, y que, puesto el huevo, luego sea arrebatado! ¡Rabia, Señor, y dolor de corazón! Endúrolos yo, cuitada, y paso como a Dios place y llévamelos al huerco. ¡Ya, Señor, y llévame de este mundo; que mi cuerpo no guste más pesares ni mi ánima sienta tantas amarguras! ¡Ya, Señor, por el que tú eres, da espacio a mi corazón con tantas angosturas como de cada día gusto! ¡Una muerte me valdría más que tantas, ya por Dios!».

(...)

Esto y otras cosas hace la mujer por una nada. (...) Y si alguno se lo retrae, responde: «Pues hago como las otras». Y bien dice verdad; que ya la mujer del menestral, si ve la mujer del caballero de nuevas guisas arreada, aunque no tenga qué comer, cayendo o levantando, ella así ha de hacer o morir. No son sino como monicas: cuanto ven tanto quieren hacer. «¿Viste Fulana, la mujer de Fulano, la vecina, cómo iba el domingo pasado? Pues ¡quemada sea si este otro domingo otro tanto no llevo yo, y aun mejor!». Cuántas ropas visten las otras, de qué paño, qué color, qué arreos, qué cosas traen consigo: yo te digo, que tanto paran mientes en estas cosas que no se les olvidan después. «Fulana llevaba esto; Zutana vestía esto». Por cuanto en aquello ponen su corazón y voluntad, mas no en el provecho de su casa, estado y honra, sino en vanidades y locuras y en cosas de poca pro. Y si el marido con menester empeña alguna aljuba o manto de ella, o cinta u otra alhaja, aquí son los llantos, aquí son los gemidos, los rezongos, los zaheríos, lágrimas y maldiciones, diciendo: «¡Ay sin ventura de mí! no hube yo ventura como mi vecina; que en lugar de medrar desmedro; en lugar de hacerme paños nuevos, empeñásteme estos cautivos que en la boda me distes, y tales cuales ellos son. ¿Esto esperaba yo medrar convusco? ¿Así medran las otras? ¿Así van adelante? ¡En buena fe de esta casa nunca salga -y ¿para qué?- que hayan qué decir! Ya no tengo con qué salir. ¡Ay triste de mí! ¡Pues tomadlo todo! ¡Tomad eso otro que queda; empeñadlo todo; vendedlo todo! Y después siquiera esté yo emparedada y nunca salga; que vos por esto lo habéis. Pues, yo vos hartaré; yo vos contentaré; que yo vos prometo que por aquella puerta no me veáis salir más. Yo sé qué digo: séame Dios testigo», etc. Luego amenazan -ya se vos entiende con qué- nunca hacen buena cara, ni buen cocinado: mal cocho, peor asado, y maldiciones abondo. Pero si el cuitado de marido, padre o amigo no lo puede ganar, a su oficio no se corre, y para mantener a ella ha menester algunos dineros, y empeña sus balandranes, su espada, sus armas, el jubón, las botas, hasta las mezquinas; o vende su casa, viña o campo o heredad: allí no dan voces, no hay maldiciones, lágrimas ni gemidos. Empero lo suyo y de su ajuar y dote sea bien guardado y no se lleguen a ello. Lo del cuitado vaya y venga, que hilando ella lo reparará con la rueca o el torno.
Pero si el cuitado de marido, padre o amigo no lo puede ganar, a su oficio no se corre, y para mantener a ella ha menester algunos dineros, y empeña sus balandranes, su espada, sus armas, el jubón, las botas, hasta las mezquinas; o vende su casa, viña o campo o heredad: allí no dan voces, no hay maldiciones, lágrimas ni gemidos. Empero lo suyo y de su ajuar y dote sea bien guardado y no se lleguen a ello. Lo del cuitado vaya y venga, que hilando ella lo reparará con la rueca o el torno.